Capítulo 17
—¡No lo hagas imbécil!
El disparo había hecho eco en toda la casa, los oídos de Inuyasha vibraban tras el sonido. Con los ojos aun cerrados tocó su pecho, pero no había ningún impacto de bala. Tomando valor abrió lentamente los ojos y encontró a Bankotsu y Miroku forcejeando.
Él había entrado antes de que disparara y desvió su brazo hacia el techo, el impacto de la bala hizo un orificio en el techo.
Bankotsu observaba a Miroku con el cejo fruncido.
—Miroku— le resultaba difícil respirar – Eres un maldito.
—Puedes darme las gracias – su expresión era seria – Ella te necesita y no creo que esto la ayude en nada.
Fue lo único que pudo decir para que Bankotsu se calmara. Una lágrima rodó por su mejilla y agachó la cabeza al recordar el estado en que había llegado Kagome, de la pérdida de su bebé.
—Por su culpa… — se detuvo un momento y cerró los ojos antes de volver a ver a su amigo – Eres un estúpido, debiste dejar que lo matara.
Inuyasha los miraba sin saber en qué pensar, cuestionándose el "ella te necesita" ¿A quién se refería? ¿Kagome estaba bien? Según él, ella se encontraba en su habitación… pero ¿Y si no era así? ¿Si en realidad ella había salido huyendo y ni cuenta se había dado?
Bankotsu relajó el brazo y lo bajó lentamente, entregándole la pistola a Miroku.
—Dale las gracias a mi amigo, quien te salvó la vida – dijo Bankotsu un poco calmado – Y ruega porque ella se recupere. Por que donde no sea así vendré a matarte.
Bankotsu se pasó las manos por la cabeza y salió del estudio, Miroku iba a seguirlo pero Inuyasha lo detuvo.
— ¿De qué mujer estaban hablando? ¿Kagome está bien?
Miroku frunció el cejo, para él los Higurashi eran su familia. Había crecido prácticamente con ellos y eran demasiado cercanos, que alguien lastimara a alguno de ellos era como si también le hicieran el mismo daño.
—Eso no me corresponde decirlo – hizo una leve reverencia – Duerma bien excelencia. Si es que puede hacerlo.
En cuanto salieron de la residencia apareció el mayordomo Totosai para cerciorarse que su amo estuviese bien. Pero eso no le importó a Inuyasha e ignorándolo, subió las escaleras y fue directo a la habitación de Kagome, para asegurarse que ella dormía en la habitación, pero no, la habitación estaba completamente vacía.
¿Qué le había pasado?
De pronto comenzó a sentirse culpable por haber llevado las cosas hasta ese punto, si quería lastimarla, pero no al grado de poner su vida en peligro.
—Mi niña – exclamó alarmada Melissa al ver la habitación vacía — ¿Dónde está?
Pero Inuyasha no supo que contestar.
Melissa lo contempló con odio, rabia e incluso comenzó a golpearle el pecho.
—Si algo le pasa será su culpa.
Él la agarró de las manos para evitar que siguiera golpeándolo.
—Si pierde a su bebé lo maldeciré por completo.
Inuyasha al escuchar esa palabra abrió los ojos de golpe ¿Un bebé? ¿Kagome estaba embarazada? Ahora sí que se sentía miserable.
—¿Ella…esta…
Melissa se soltó del agarré del duque y se dio un paso hacia atrás, las lágrimas surcaban toda su cara.
—Si – asintió — Ella está embarazada de usted.
—¿Por qué nunca me lo dijo?
—¿Será por las humillaciones a las que la hizo pasar? Principalmente trayendo a su amante, mi niña no quería decirle sobre su embarazo por temor a que creyera que no sería de usted.
Inuyasha no decía absolutamente nada, únicamente se quedó ahí, en medio de la habitación con la mirada perdida. La doncella de Kagome en algo tenía razón, había sido un completo error dejar a Sabina hospedarse con ellos, pero no podía culparla del todo, ya que sin duda él era el más responsable en todo esto.
Melissa se acercó a él lo suficiente para que pudiera sentir su aliento.
—Cuando se dé cuenta de lo injusto que fue con ella, será muy tarde milord – dijo segura de sus palabras – La habrá perdido para siempre.
Dicho esto, la mujer dio media vuelta y salió disparada de la habitación, si su niña ya no se encontraba en esa maldita casa, ya no tenía razones para quedarse, su lugar estaba donde Kagome se encontraba y esa era en casa de sus padres.
Por primera vez Inuyasha sintió el peso de la soledad, no era que las cosas hace tres años fueran diferentes, al contrario, había pasado toda su vida planeando una venganza pero nunca llegó a medir hasta qué grado pudiera llegar. Para que Bankotsu apareciera a mitad de la noche a querer matarlo era sin duda una clara señal de que la vida de Kagome estaba en peligro.
La de ella y la del bebé.
Debía ir, aunque no sería lo más correcto, iría al día siguiente cuando todo estuviese calmado, pero en el fondo él sabía que las cosas no serían igual a partir de hoy.
En cuanto regresó Bankotsu a la residencia de sus padres, se encontró a su madre devastada siendo consolada por su padre y la tía Kaede. Le informó la tía Kaede que el medico se había retirado, pero que vendría al día siguiente para averiguar el estado de Kagome.
—Hijo – su madre se levantó del sofá y fue a su encuentro – Tú debes decirle a Kagome lo de su bebé.
Bankotsu no dijo nada, simplemente agachó la cabeza y suspiró.
—Suficiente fue para mí verla sufrir hace tres años al darle la noticia de la muerte de ese desgraciado.
Él la miró a los ojos, no le agradaba en nada la tarea que su madre le estaba encomendando.
—Madre – suspiró – Es diferente, en esta ocasión ella…— la voz se le quebró solo con el hecho de saber que ya no sería madre.
—Lo sé – dijo abrazándose más a su hijo – Te lo imploro, no soportaría verla sufrir.
Bankotsu contempló a su tía, a su padre por el borde de la cabeza de su madre y estos al verlo asintieron a la par. La tarea que le esperaba no era sencilla, odiaba ver a su hermana llorar, odiaba verla sufrir, pero sobre todo odiaba las imágenes de ella inconsciente y empapada entre los brazos de Miroku.
—¿Te haces una idea lo que me pides? – Preguntó en voz suave a la vez que una lagrima rodaba en su mejilla – Esto me supera y mucho.
—A todos hijos, a todos nos ha superado.
Sin decir más asintió y fue a la habitación de su hermana, la vio profundamente dormida, seguramente era a causa del medicamento que le habría suministrado el doctor Johnson. Acercó una silla y tomó asiento a lado de ella, contemplaba el rosto demacrado, sus mejillas no tenían ese tono rosado como de costumbre, sus labios color cereza estaban más resecos.
Apartó la vista de ella, no quería seguir contemplando el semblante de su hermana.
—Maldito Miroku.
Si, maldecía a su propio amigo por no haberle permitido matar al imbécil de Taisho. Ahorita en estos momentos le hubiese traído la cabeza e incluso el corazón.
Tomó su mano y la acercó a sus labios y le dio un tierno.
Dicen que cuando está a punto de perder a un ser querido, todas las cosas que pasaste con él o ella, pasaban como pequeños fragmentos de los momentos vividos.
—Recuerdo cuando eras pequeñas – dijo en voz baja, mirando a su hermana con los ojos cerrados – Miroku y yo no queríamos que juras con nosotros porqué eras mujer y llorabas por todo – suspiró – Te enojaste tanto, que en lugar de decirle a madre, nos golpeaste a los dos dejándonos tirados en la tierra.
Esbozó una débil sonrisa, sorbió su nariz a causa de las lágrimas que iban surcando y se desperezaban en las sábanas blancas.
—O cuando rompimos por error el florero favorito de madre y te echaste la culpa para que no fuéramos regañados.
Cerró sus ojos y besó los dedos fríos de su hermana.
—Por favor – suplicó – Sólo quiero que abras tus ojos bonitos, me mires, sonrías y digas que todo va estar bien.
Aunque las cosas no iban a estar bien.
¿Quién había dicho esa expresión "los hombres no lloran"? el dolor que sentía era insoportable, estuvo a punto de perder lo más preciado de su vida.
—Eres la mejor hermana que he tenido. No me dejes solo, tú no Kagome.
A la mañana siguiente despertó, sus ojos los sentía pesados al igual que su cuerpo. Tenía demasiada sed y no sabía en donde se encontraba hasta que reconoció su habitación y Bankotsu dormido, apoyando la cabeza a un costado de la cama.
Su cuerpo le dolía, pero sobre todo le ardía la zona entre sus piernas, era como sentir pequeños piquetes punzantes alrededor. Se removió incomoda, despertando de inmediato a Bankotsu.
Él levantó la cabeza y se encontró con los ojos somnolientos y una sonrisa débil.
—Hola – dijo en una voz débil que parecía más a un susurró.
Una alegría lo invadió pero a la vez desapareció al recordar cuál sería su labor ese día.
—Me siento muy cansada – respondió.
Trató de recargarse en la cabecera de la cama, pero el dolor se lo impidió.
—¿Me das un poco de agua, por favor?
Su hermano asintió y de inmediato se levantó, sirvió un pequeño vaso con agua fresca y se lo tendió. Kagome tuvo que soportar el dolor para incorporarse en la cama y aceptar el vaso con agua.
Al beber el líquido transparente fue como un bálsamo, el agua fría refrescó su garganta y suspiro de alivio.
—Bankotsu – pronunció su nombre cuando le entregó el vaso.
Pero él no se atrevía a mirarla.
—¿Puedes mirarme?
La voz rota de Kagome lo hizo reaccionar y sus ojos azules se encontraron con unos ojos vidriosos.
—¿Perdí a mi bebé, no es así?
Él permaneció en silencio unos momentos, observándola, contemplando cada reacción de su cuerpo, era como si esperara lo peor.
—Si – asintió – Dice el doctor que puedes….
—¿Me puedes dejar sola? – lo interrumpió.
—Kagome…
—Quiero estar sola Bankotsu – lo miró fijamente –Por favor, estaré bien.
No muy convencido él asintió y antes de irse le dio un beso en la frente. Abrió la puerta y la dejó sola tal y como ella lo había pedido.
En cuanto se recargó en la puerta de la habitación escuchó un profundo llanto que provenía del interior de su habitación. Escucharla llorar de esa forma le desgarraba por completo el alma. Tanto su madre como Kaede al escuchar los gritos de Kagome subieron de inmediato, pero Bankotsu, quien custodiaba la entrada les impidió el paso.
—Déjenla sola.
—Pero me necesita – dijo su madre.
—Madre, Kagome en estos momentos quiere estar sola.
Se apartó de la puerta y tomó a ambas mujeres por el hombro y las guio hacia las escaleras, pero al llegar al último peldaño, un golpe seco resonó, alguien llamaba a la puerta con tanto fuerza que Bankotsu creyó que sería Inuyasha.
En cuanto Marcus abrió la puerta, varios oficiales entraron a la residencia. Uno de ellos llevaba una orden en sus manos.
—Señor Higurashi – dijo el oficial deteniéndose en frente de Bankotsu – Se le acusa de contrabando e intento de homicidio. Por lo tanto pasara las siguientes semanas en una celda hasta que se demuestre su inocencia.
Lady Kaede y Flora se aferraban a Bankotsu, evitando a toda costa que esos oficiales se lo llevaran.
¿Intento de homicidio? Así que el muy maldito había corrido a denunciarlo. Pero ¿Quién sabía de su trabajo?
—¿Homicidio? – preguntó Lady Flora — ¿Contrabando?
Sin duda su familia se desmoronaba poco a poco, afortunadamente Angus aun no bajaba como para escuchar todo el ajetreo que había en la recepción.
—¿Puedo preguntar quién me acusa?
—Esa información es clasificada – miró a sus hombres que ya lo habían esposado – Llévenselo.
—No pueden – Lady Flora trató nuevamente de impedirlo.
—Le sugiero que busque un buen abogado señora – sugirió el comandante.
—Mamá, estaré bien – Bankotsu la tranquilizó por unos momentos – Cuida a Kagome por mí, debes ser fuerte por todos.
Kagome se enjuagó las lágrimas al escuchar los gritos de su madre que provenían desde abajo. Hizo un esfuerzo por levantarse, todo su cuerpo le dolía pero debía averiguar qué era lo que estaba pasando, puso un pie en el frio piso, después otro y apoyándose sobre los postes de la cama fue como pudo ponerse de pie.
Hizo una mueca de dolor pero no le importó, usando la pared para sostenerse fue que logró llegar hasta la puerta y abrirla. Miró por todo el pasillo pero no había nadie, solo estaba desierto.
A lo lejos se escuchaban los gritos de su madre y las voces de varios hombres.
Igual como hizo para salir de la habitación, fue sosteniéndose por la pared y puertas de las habitaciones que iban a su paso.
Pero a mediación se encontró con su padre, que al verla se preocupó de una manera considerable.
—¿Qué haces de pie? Debes estar reposando.
—He escuchado los gritos de madre.
Su padre la tomó del brazo y ambos bajaron lentamente las escaleras, las voces de Lady Flora iban en aumento cada vez que se acercaban al final de los peldaños.
—Debemos hacer algo – comentó Kaede – Iré averiguar quién lo ha acusado de semejante barbarie.
—No puedo creer que a Bankotsu lo acusen de homicidio y contrabando.
—¿QUÉ HAS DICHO?
Ella al escuchar la voz de su esposo se mordió el labio, giró sobre sus talones y se encontró con él y Kagome.
—Debes descansar hija.
—No cambies el tema – interrumpió su esposo – Repite lo que has dicho.
Su mujer agachó la cabeza, esto era mucho para ella, la familia por la que tanto había luchado comenzaba a desmoronarse.
—Hace unos momentos vinieron unos oficiales a detener a Bankotsu – explicó, con voz rota – Lo acusan de contrabando y homicidio.
En ese momento el padre de Kagome comenzó a sentir que algo pesado se paraba sobre de él y se le dificultaba el poder respirar. Sentía nauseas a la vez que un frío sudor emanaba de su frente.
Tuvo que recargarse en la pared para evitar caer, llevándose consigo a Kagome.
—¿Papá? – preguntó preocupada.
Pero él simplemente no podía decir nada y ayudado por las tres mujeres fue como lo llevaron hasta el sofá
—Debemos llamar al doctor Johnson – sugirió Kaede.
—Resiste querido, enviare a Marcus por él.
Justo en ese momento llamaron a la puerta y Kagome tuvo que ir a abrirla, frunció el cejo al ver al hombre de sus terribles pesadillas y todos sus males.
—¿Qué haces aquí? – preguntó llena de odio al ver a Inuyasha.
—¿Cómo estás?
Inuyasha sabía que era una pregunta demasiado estúpida, ella lo había visto en una posición muy incómoda con Sabina. La respuesta era obvia, pero ver su semblante pálido fue lo que no le gustó. Kagome no tenía las mismas mejillas rosadas que la distinguían.
¿Le había pasado algo malo?
¿El bebé estaba bien?
Ella esbozó una sonrisa irónica ante su pregunta.
—Como si en realidad te importara – respondió.
—Kagome, necesitamos habl…
—No quiero hablar contigo.
Ella le había impedido el acceso al interior de la casa, lo único que deseaba era que se fuera y no regresara nunca más.
—Lo único que deseo es que te largues de aquí y no vuelvas nunca – sus ojos estaban repletos de odio.
—Yo…
—¿No lo entendiste? – Alzó la voz para escucharse segura—Quiero que te largues de aquí. No quiero verte, tu sola presencia me da asco. Has logrado tu objetivo de destrozar mi vida y mi familia – una lagrima gruesa resbaló por su mejilla – Ojalá llegue un día en que te des cuenta de lo injusto que fuiste y cuando ese día llegue, vendrás de rodillas a pedirme perdón, suplicándome amor, y yo, yo te voy a humillar y a despreciar mil veces como lo hiciste tú.
—Ka…
—Ahora vete.
Sin darle tiempo a añadir más le cerró la puerta en las narices y se recargó en la puerta. Ojala nunca hubiese aparecido, ojala nunca lo hubiera conocido, pero sobre todo ojala nunca lo hubiera amado.
Volvieron a llamar a la puerta, ese hombre era demasiado terco pero ella lo era mucho más y si lo que le había dicho no era suficiente, ya estaba ideando otras palabras más.
Abrió la puerta.
—Que no entiendes que te largues.
Pero la cerró al ver a un joven alto, de ojos inmensamente azules que la miraban con una ceja alzada.
—Veo que ya se encuentra bien.
Kagome lo miró confundida, nunca había visto a ese caballero y que le hablara de esa manera le resultaba demasiado incómodo.
—Perdón… pero no lo conozco milord.
El hombre alto esbozó una sonrisa mostrando sus perfectos dientes blancos.
—Soy el doctor Henry Johnson, milady – hizo una reverencia – Anoche la atendí.
El doctor Henry Johnson fruncía el cejo a medida que revisaba al hombre que yacía recargado en el sofá. De hecho no podía asimilar que tantas desgracias le pasaran a la misma familia con sólo unas cuantas horas de diferencia.
—Necesitará mucho reposo Lord Higurashi – anunció él – Ha tenido pre infarto y requiere de muchos cuidados.
—No es para tanto doctor – dijo él viendo al vacío – Estoy bien.
—Nada de eso – el medico esbozó una sonrisa – Usted se la pasara en reposo hasta que yo lo indique.
Entonces frunció el cejo y miró a la joven que estaba al lado de ellos, ella aun vestía en bata y al parecer no le importaba su aspecto delante de él.
—Al igual que usted.
—¿Perdón? – dijo Kagome confundida.
—Aun no la doy de alta excelenc…
—Lady Kagome por favor, omita el título. – interrumpió ella.
Él se sorprendió ante la actitud de la joven, pero no le dio suficiente importancia, en cambio a eso asintió y sonrió.
—Muy bien, Lady Kagome – asintió Henry – Pero debe irse a descansar – entonces su mirada iba del padre a la hija –Ambos deben hacerlo.
Bankotsu se pasaba de un lado a otro en la celda, lo único que veía eran soldados pasar de un lado a otro. Una cosa era aceptar el hecho de que lo acusaban de contrabando, pero ¿Homicidio? Jamás, nunca en sus años que llevaba dedicado a ese negocio había quitado vidas.
El oficial que lo detuvo se acercó a él con la mirada cabizbaja, pues él era uno de los principales beneficiados con ese negocio.
—Entenderás que no quise hacerlo – se disculpó el oficial.
—¿Quién fue el que me acusa? – decidió saber – Por qué eso que le dijiste a mi madre, no te creo.. No creo que sea extra confidencial.
Había algo que nunca le iba a perdonar a la persona que lo acuso y que sobre todo gracias a él su madre había sido testigo de todo.
—No puedo – él negó.
—Vamos Naraku, te beneficias con mi negocio – lo miró fijamente — ¿Quién fue el desgraciado que me acusa de homicidio?
El oficial Naraku agachó la cabeza y se llevó ambas manos a ella, como si estuviera reflexionando.
—Está bien – asintió – Te lo diré – miró hacía ambos lados, esperando a que nadie los viera ni escuchara – La persona que te acusa de contrabando y homicidio es nada más ni nada menos que el Lord Wescott.
Bankotsu frunció el cejo al escuchar el nombre de ese maldito.
—¿El primo del duque Taisho?
Naraku asintió.
—Koga Wescott fue quien vino a denunciarte. No sé cómo se enteró de tus negocios – él se encogió de hombros – Asegura que intentaste matar hace tres años a su primo.
Bankotsu frunció el cejo y se echó hacia atrás.
—¡Eso es lo más estúpido que he escuchado! – Exclamó indignado – Jamás me atrevería a ponerle la mano a ese maldito imbécil.
Bueno, ayer estaba a punto de matarlo, pero tenía sus motivos, él le había hecho mucho daño a su hermana.
En cuanto lograra salir de ahí tendían mucho de qué hablar él y ese tal Koga. No sólo por hecho de acusarlo de homicidio, sino también debía aclarar el hecho de haber tenido a su primo Stone encerrado por tres años en una mazmorra.
—Ese maldito me las va a pagar, jamás le perdonaré el hecho de que mi madre presenciara todo eso.
Suficiente había tenido con Kagome y la pérdida de su bebé como para añadirle algo más a su carga emocional.
¿Qué otra cosa más podía pasar?
Inuyasha necesitaba calmarse ya que estuvo a punto de perder el control, ganas no le habían faltado de tomar a su mujer en brazos para llevársela, pero la actitud desafiante, su mirada perdida y su voz llena de resentimientos lo hicieron frenar.
Nunca la había visto de esa manera, pero conocía las razones por las cuales ella ya no deseaba verlo. Fue con el único propósito de hablar y bien y en cambio ella se rehusó y no la juzgaba. Kagome en varias ocasiones le pidió hacerlo y él simplemente se lo negó.
Llegó a la casa de su primo Koga, tal vez hablar con él le resultaría más fácil. Le podría ayudar aclarar la mente, pero como era sabido él no tenía empleados de servicio y por más que agradó a que le abriera la puerta no acudió a su llamado.
Entonces se le ocurrió girar la manilla y ésta no tenía seguro, entró al interior y estando en el vestíbulo aguardó a que él apareciera.
Pero unos gritos provenientes del estudio lo alertaron, tal vez tenía una visita que se había puesto violenta y su primo requería de ayuda. Así que fue, pero antes de entrar escuchó la voz de una mujer y lo que dijo lo mantuvo intrigado, sólo dejó apoyada la mano en la manilla de la puerta ya que la voz de una mujer lo puso en alerta.
Kikyo tomó asiento en uno de los lugares disponibles y se cruzó de brazos.
—¿Ya tienes mi dinero, imbécil? – gritó todo lo que puedo.
—Cierra la boca, alguien puede entrar y oírte estúpida.
—Que me escuchen – alzó a un más la voz – No me importa si me oyen. Que todos se enteren que el gran Koga Wescott intentó matar a su primo, Inuyasha Taisho justo el mismo día de su boda. ¿Dime aun duermes bien por las noches, sabiendo que la que está pagando los platos rotos es Kagome Taisho?
Hola!
Estuvo tenso, cardiaco, Kagome por fin despertó de su letargo y en cierto modo la llegue admirar porque con todo y el dolor que sentía fue capaz de ir al ayudar a su familia.
La coladera ya se le destapó a Koga y todas sus mentiras salieron a flote, veamos que reacción tiene Inuyasha al enterarse de todo esto.
En un principio iba hacer que Sesshomaru fuera quien lo hiciera hablar, pero no, preferí dejarlo así, ya que tenía un anexo que escribí con la parte original y me gustó mucho, que Inuyasha escuchara la conversación de Koga con Kikyo.
No sé, pero no quiero estar en su pellejo, me sentiría completamente miserable.
Muchas gracias por sus lindos comentarios, respondiendo a July, no sé cuantos capítulos vaya a ser el fic, lo voy escribiendo con forme a la marcha, puede incluso ser 5 más u 8.
Gracias nuevamente, cuidense mucho.
BPB
