—Entrega para el santo de escorpio.
Un mensajero entregó un sobre azul cosa que no solo a Milo le tomó por sorpresa, tomó la el sobre y sacó del sobre una llave y una nota.
"Alguien te quiere de verdad"
Alzó la vista para saber si era broma de alguno de sus compañeros pues él no estaba saliendo con nadie.
—Shaina te hacía ojitos hace días. —Aioria le miró con una sonrisita burlesca y presuntuosa —¿Quién es tu admiradora secreta?
—No creo, no tengo esa clase de relación con ella y en realidad no salgo con nadie — respondió el santo de escorpio confundido, siguió su entrenamiento guardando el sobre con la llave entre su ropa —¿A demás, para que pudiera ser la llave?
Una hora más tarde subió a sus aposentos a descansar, sus camaradas le habían ofrecido una salida por unos tragos, pero no había querido, esos días estaban muy solitarios, la mayoría de los santos se habían dispersado por el mundo, no se llevaba muy bien con Aioria, pero si lo suficiente para entrenar juntos apenas.
Al llegar a su templo se llevó la sorpresa de que un teléfono móvil de esos que tenían tan embobados a los ciudadanos del pueblo estaba en su mesa junto a un jarrón con rosas teñidas de azul, al parecer su admiradora secreta sabía que ese era su color favorito.
—No te esfuerces, quien quiera que seas, no tienes oportunidad.
Habló a la nada, a un fantasma en su cama, recordó los días en que intentó conquistar el corazón de alguien, un corazón tan azul como el de aquellas rosas, suspiró, aquel día era su cumpleaños, pero no era una fecha que le gustaba festejar, aún recordaba que el ultimo regalo que había recibido habría sido la despedida de esa persona a quien nunca se pudo permitir confesarse.
Un sonido de fuera de su templo lo sacó de sus recuerdos, salió rápidamente pensando que pudiera ser un enemigo… nada. Y sin embargo sentía una presencia, no era tan siquiera similar a alguno de aquellos camaradas que había dejado en el coliseo, se sentía fuerte pero no ofensiva… su perfume…. imposible, no tenía permitido regresar, había ido a entrenar a su sucesor, solo podría volver si el templo estaba en peligro y aunque había rumores de rebeldes no se podría decir que lo estuviera.
Entró a su templo de nuevo sin dejar de estar al pendiente de aquel poder misterioso, un sonido insistente proveniente de su mesa a un lado de las flores, ese teléfono exigía atención y a como pudo atendió el llamado, no habló, esperó a que del otro lado se escuchar algún sonido y así fue, aunque no fue la voz de una persona sino una canción, no la reconocía, no tenía voz, era una tonada que por más que le resultara agradable y hasta un poco familiar pero por más que trató no encontró nada en sus memorias. Se dejó caer en la silla frente a las flores sin dejar de escuchar la canción. Al fin prestó atención a la cajita de madera que estaba seguro de que no estaba allí antes de que saliera, estaba casi seguro, sacudió su cabeza, dejó el celular en la mesa y puso altavoz para sacar de entre sus ropas el sobre.
Sacó la llave que venía dentro, dudó de sí mismo y por dos segundos dejó de importarle que alguien había entrado a poner las flores y una caja de madera en la mesa, el sonido de piano en su celular dejó de emitirse, si, piano, lo reconocía de cuando el patriarca les quiso enseñar música, cada uno intentó con un instrumento y resulta que "él" había sido bueno con el piano mientras Milo lo había hecho con la guitarra acústica.
—¿Eres tú? ¿De alguna forma te colaste hasta aquí? —Preguntó a la nada, o eso era lo que pensaba.
Un silbido en su habitación se escuchó, el silbido llevaba el ritmo de aquella canción de piano que al fin logró recordar, había sido la primera que habían tocado juntos.
—Mi alumno ya obtuvo su armadura, ya no está en mis manos.
Una sensación casi eléctrica recorrió la espina dorsal de Milo ante aquella voz, no demasiado gruesa ni tan suave, lo vio sentado en la orilla de su cama y tuvo que contenerse para no correr y abrazarlo, y besarlo como tanto había deseado desde el mismo día en que se marchó.
—Bienvenido. —sonrió— ¿era necesario todo el misterio?
—Para ti, claro, además quería ver si tenías otra opción —se levantó para ofrecer la copa de vino— feliz cumpleaños, ¿qué te parece tu regalo?
—¿Mi regalo está en la caja? —preguntó curioso sonriente y curioso, regresó a la cocina para después de beber un trago de vino y la abrió.
—Pensé que ya la habías abierto… —respondió el joven en la cama sin levantarse.
Milo abrió la caja y sacó un dije de oro de la constelación de acuario con un sobre que con letras doradas decía "mi amor"
El escorpión regresó a la habitación solo para descubrir a Camus sin camisa, lo vio con curiosidad y deseo, viejos recuerdos llenaron su mente y estuvo consciente de que al fin tendría el mejor regalo de todos.
—Una guerra se avecina y no quiero que ninguno de los parta sin decirte que te amo — confesó el acuariano mirando con seriedad y rubor al escorpio, todo se quedó en silencio, esperó respuesta pensativo, apuró su copa de vino sintiendo como su corazón latía insistentemente esperando una respuesta por parte del moreno que solo veía el papel azul. —¿Y bien? —se atrevió a romper el solemne silencio para luego dar un largo trago a su copa hasta acabarse la bebida, estaba demasiado nervioso.
Milo siguió mirando el papel como si estuviera leyendo mal, como si no comprendiera, y luego sus palabras, dicen que un santo puede sentir la muerte y no temerle, pero en ese momento tuvo miedo de morir por una vez en su vida porque sentía que aquel era el primero de sus días, el primero del resto de su vida. —¿Tu amor es mi regalo? —El contrario no respondió solo asintió con la cabeza como si aquello fuera poca cosa, el escorpio caminó hacia el acuario y luego de acariciar su rostro con una mano metió sus dedos entre su cabello y jalando de su nuca le besó con ternura y a la vez con todo el amor y el deseo que se había estado guardando tantos y tantos años, toda su vida. —Yo no puedo darte mi amor, porque ya era tuyo mucho antes.
El acuario al fin soltó el aire que retenía en sus pulmones, enredó sus brazos en el cuello del escorpio sonriendo contento.
