Capítulo 2: Cazado o Cazador


Milo y Kanon demoraron un par de horas en presentarse ante el coronel Shion para declamar su informe. Su superior les interrumpió varias veces debido a que existían detalles ejecutados fuera del protocolo de la Orden, arriesgando demasiado la misión; sin embargo, maestro y pupilo argumentaban rápidamente los motivos de sus poco ortodoxas decisiones y ensalzaban sus triunfos y victorias.

Finalmente, tras un largo litigio contra sus dos subordinados más rebeldes, el superior les permitió irse no sin antes sancionarlos con tres semanas de trabajo comunitario y obligándoles a presentar un informe escrito para el archivo de la Orden. A pesar de sus quejas y pujidos, a ambos helenos no les quedó más que acatar la orden del sabio veterano y se retiraron ejecutando un pulcro saludo marcial antes de marchar hacia la puerta.

— Al parecer nunca vas a poder controlar a Kanon Seadragon — bufó detrás de él una silueta que había permanecido oculta durante la larga estancia de los fieros subordinados del coronel Shion. El hombre que se dejó ver era de edad madura como la del veterano de cabellera verde, sólo que su estatura era más baja, su piel bronceada y su cabellera y ojos eran color castaño oscuro.

— Creí que te habías quedado dormido, Dohko — replicó su interlocutor masajeándose las sienes.

— ¿Con tanto griterío? Nah, imposible — rio el moreno acercándose por detrás a su semejante para posar sus pesadas y rasposas manos sobre los hombros del de cabellos verdes.

— Debes descansar, entrenar a los pupilos más jóvenes es una tarea tan extenuante que sólo tú has podido llevarla a cabo por los últimos 20 años.

— Lo haré, pero primero, quiero ayudarte a relajarte a ti esta noche —. Dohko comenzó a masajear la espalda del otro, tras mover al frente la esponjosa melena de Shion quien apretó la orilla de su escritorio y ahogó un dulce suspiro mordiendo su labio inferior.


La mañana siguiente, mucho antes del despuntar del alba, Kanon se levantó de su cama en los cuarteles de la Orden. Su cuerpo actuaba automáticamente tras tantos años formando parte de aquella abadía. Recordaba la razón que lo había llevado a aquel endemoniado cuartel militar: el terror. El pánico de toparse con los desgraciados chupa sangre y ser masacrado por ellos para convertirse en su botana. Por ello, tras ardua perseverancia y desesperación logró acceder a la Orden como ayudante de panadero, pues ya era mayor para convertirse en joven aprendiz. No obstante, su sagacidad y personalidad poco discreta lo llevaron a convertirse en pupilo extraordinario del maestro Dohko y luego del maestro Shion. Hoy día, a opinión de varios colegas, era el mejor en la abadía para barrer el suelo con inmundicias nocturnas come humanos.

Durante aquel inicio de jornada, cumpliendo las estrictas rutinas del lugar, el pelilargo tomó su desayuno en la mesa de Tenientes, en donde echó de menos a Aioros y se organizó para visitarlo más tarde. Luego, se dedicó dos o tres horas a su entrenamiento de rutina en el que Milo se le unió y al mediodía cubrió su cuota de tutoría teórica para los aprendices en los salones de clase de la biblioteca. A decir verdad, Kanon era pésimo para lo esquemático, así que dedicaba la clase a narrar sus propias experiencias arriesgadas, ganándose los aplausos de la mayoría de jovencitos, pero más tarde los regaños de sus superiores por desapegarse al protocolo.

Finalmente el peliazul tuvo tiempo libre y decidió regalarle una visita a su colega Aioros quien había salido mal parado de su última misión mientras Kanon estuvo fuera. Con seguridad, el heleno se dirigió hacia el ala de enfermería.

Apostado en la recepción, guiñó un ojo a la enfermera encargada y comenzó una charla casual sobre el día de ella para ablandarla y cuando la mujer estaba demasiado sonriente el Teniente soltó el asunto de su visita.

— Escuché que el Teniente Aioros está siendo cuidado espléndidamente por ustedes.

En seguida el rostro de la enfermera ensombreció.

— Sobre eso… el Teniente fue envenenado por un ser nocturno demasiado cruel y presumiblemente torturado también.

— ¿Ser nocturno y crueldad no son la misma cosa? — murmuró Kanon torciendo el labio.

— Puede visitarlo — aventuró la enfermera tímidamente. — Pero que sea rápido. Además, ya hay dos visitante con él. De hecho no debería permitir estar a más de uno.

Kanon arqueó las cejas y un segundo después aceptó la oferta con una expresión de seductor agradecimiento en el rostro.


Milo y Aioria acompañaban en silencio al herido. Cuando la puerta de la habitación fue abierta y el peliazul apareció, los dos aprendices se acercaron a él y le miraron compungidos. El maestro asintió y los acompañó hablando en voz baja.

— Sólo podré permanecer unos momentos — declaró mientras posaba su mano sobre la espalda del joven Leo y este soltó un suspiro pesaroso.

— Mi hermano… él supo que aquella bestia nocturna sobrepasaba el poder descrito en los registros y me echó de la batalla. Luego… Aioros, logró ahuyentar a su enemigo, pero a cambio de demasiado — sollozó el aprendiz devastado y Kanon lo sosegó con palmaditas en la espalda.

— Me pregunto qué poderosa criatura debió ser para dejar fuera de combate a Aioros. — Seadragon se acercó de modo respetuoso a la cama donde yacía el herido y al observarlo, una amarga expresión se posó en su rostro. El Sagitario tenía la piel amarillenta y transpiraba copiosamente; a su vez, muchas vendas ocultaban heridas que le cruzaban el torso y los brazos. Además, la expresión en la cara del cazador caído era pesarosa. El peliazul, acercó su mano al brazo de su colega y momentos después, este infló su nariz y abrió los ojos de súbito. Cuando la mirada verde de Aioros enfocó la corporalidad de Kanon, el herido comenzó a bramar.

— ¡El demonio! ¡El demonio está aquí! — gritó con la poca energía que se alojaba en sus pulmones, entonces, el enfermo tomó el brazo del peliazul, atrapándolo como una garra y demencia brotó de la mirada del Sagitario.

— ¡Hermano! — Aioria, confundido, se adelantó.

— Aioria, no te acerques.

Milo actuó rápido y salió de la habitación en busca de una enferma. Al minuto siguiente ella apareció mirando estupefacta la escena y comenzó a preparar un dardo sedante.

— Aioros, soy yo, Kanon, tu compañero ¡Tranquilízate, te harás daño!

— Nos quieres engañar a todos, demonio, yo los protegeré…

La enfermera clavó la aguja en la espalda del enfermo y en un segundo la mirada del Teniente castaño se apagó y cayó noqueado.

— Será mejor que salga inmediatamente de aquí, Teniente Kanon — ordenó inflexible la cuidadora de la salud.

El heleno asintió, observó cómo los aprendices miraban incrédulos la escena. Seadragon se retiró en un segundo.


El cazador de cabello azul se refugió en el salón de entrenamiento privado para los Tenientes de la Orden. Por el momento, el lugar sólo tenía un ocupante más y Kanon se cercioró de evitar contacto con el otro quien ocupaba la sección de pesas. Así que el gemelo se dirigió al ala de agilidad y reflejos en donde activó las complejas y avanzadas máquinas de madera y resortes de acero a su máxima potencia para enfrentar esquivar sus golpes impredecibles y contundentes.

Seadragon estaba completamente furioso puesto que sabía con precisión qué era lo que había atacado exactamente a Aioros y el conocimiento de esto le hacía perder la cabeza.

El entrenamiento comenzó y Kanon dejó que la peligrosa práctica vaciara su mente por completo, pues al iniciar el mecanismo sin un debido progreso paulatino el Teniente se puso en peligro innecesario. Esquivó los golpes y rebotes de los cuerpos de madera vueltos locos por la potencia de vapor al máximo que los puso en movimiento. Arriba, abajo, a los lados, de frente, incluso rebotes por detrás. Demasiados impactos por segundo para lo humanamente posible. Tras 25 minutos sin parar, obteniendo varios rasguños y contusiones en el cuerpo, el Teniente alcanzó el botón de pánico y la máquina cesó abruptamente su funcionamiento. Kanon se echó de bruces en el suelo con la respiración y el pulso hasta el tope mientras sentía cómo la garganta le ardía por el sobresfuerzo.

— Te juro que te voy a matar, Saga — susurró mientras gruesas gotas de sudor bajaban a través de todo su cuerpo y la vista se le ponía borrosa. — No me importa con qué demonio hiciste un pacto para volverte tan poderoso, pero te juro que te aniquilaré…


Tres días después Aioria se acercó nuevamente a Milo y a su maestro cuando estos terminaban de entregar sus pergaminos de reporte a la vasta biblioteca de la abadía. El escorpión parpadeó confundido, pero le sonrió tenuemente a su igual.

— Mi hermano sigue sin responder debidamente a los tratamientos. Teniente Kanon, lamento mucho lo que pasó, Aioros no…

— Jamás dudes del instinto de uno de nosotros, Aioria — Seadragon se inclinó y tomó al compungido aprendiz por el hombro. — Definitivamente sé que yo no le haría jamás algo así a tu hermano; pero ten en cuenta que si mi cara le hace entrar en tal ataque de pánico, hay una certera razón para eso.

Los ojos verdes de Aioria relampaguearon con duda y confusión. Milo igualmente reflejó estrés.

— Conseguiré una cura para Aioros, la sección de investigación ha estado trabajando un antídoto para mí del que sólo necesito un ingrediente final — le calmó el superior. — Por ahora Milo y yo tenemos que hacer una labor de guarda y vigilancia por órdenes de Shion, pero te prometo que lo vamos a solucionar.

El joven Leo asintió con la cabeza y logró gesticular media sonrisa. Minutos más tarde, maestro y aprendiz lo dejaban atrás y con ello Aioria se sentía más calmo que antes. No había duda de que aquel par, pese a su rebeldía e insensatez, eran un bastión de paz y esperanza para la Orden de Nike que juró proteger a la humanidad de sus diabólicos depredadores.


A modo de represalia disciplinar por sus usuales fallas al protocolo, Shion envió a Milo y a Kanon a vigilar los muros de un territorio feudal cuyo Conde solía ser un generoso donador para las arcas de la Orden. Maestro y aprendiz tomaron la tarea sin queja, prepararon su equipaje y armamento y al amanecer se dirigieron hacia las puertas de la abadía en donde Sedragon sonrió coqueto al Capitán bigotón encargado de la primera línea de seguridad; este se abochornó por un segundo, pero luego le devolvió una áspera mirada al Teniente antes de ordenar la apertura de puertas al emerger del primer rayo de sol, el cual, según su reloj de cera, sería en 30 segundos aproximadamente.

Tras este lapso de tiempo, los pesados candados consagrados y las barreras energéticas comenzaron a ser desactivadas de su máxima potencia. El pesado movimiento provocaba al suelo cimbrarse, además la ola de energía liberada podía hacer a cuerpos menos preparados caer de rodillas, pero los dos cazadores permanecían impasibles ante el ritual y únicamente sus espesas melenas no podían evitar moverse al ritmo de la pesada energía al liberarse.

Largos minutos después, la puerta se abrió levemente, lo suficiente para que los dos cazadores cruzaran.

— Muy agradecido Capitán, estaríamos perdidos sin su ardua labor — se despidió el descarado heleno del jefe de custodia, incluso guiñándole un ojo.

El bigotón le devolvió un ceño fruncido; sin embargo, a través de su mira de vigilancia miró el trasero de Kanon moviéndose en aquel sensual paso marcial hasta que lo perdió de vista.


El condado se encontraba a unos 90 kilómetros al Norte de la abadía, por lo que maestro y aprendiz tomaron sus corceles preferidos de las caballerizas del pueblo más cercano a la Orden llamado Rodorio, con quien se tenía un convenio de cooperación a cambio de permanente protección, y los dos cazadores se encaminaron sin mayor preámbulo a su destino al cual arribaron antes de que cayera la tarde.

El consejero del Conde los recibió complacido y este se mostró más aún hospitalario al enterarse de que habían enviado a uno de los cazadores más famosos a hacer guardia en su muralla. Kanon pensó que el viejo Shion era un jodido manipulador. Si tan solo aquel hombre adulador supiera que Seadragon estaba ahí por castigo más que por deber seguramente al consejero se le borraría la estúpida sonrisa de su cara cerosa de escueta barba de chivo.

Maestro y aprendiz se apostaron en la torre principal de las murallas y comenzaron hacer inspección protocolaria y estratégica del lugar con la agradable cooperación de los guardias del condado. Todo apuntaba a ser rutinario y aburrido por las siguientes tres o cuatro semanas para la pareja de cazadores.


Radamanthys y Saga comenzaron su búsqueda implacable. El gemelo sugirió como punto de partida la Abadía principal de la Orden de Nike, lugar donde alegó con burla que su hermano servía como soldadito de juguete.

— ¿Eres idiota, Gemini? No quiero problemas con esa asquerosa agrupación cazadora — bramó Wyvern a quien siglos de vida le habían brindado sensatez y estrategia.

— ¿Acaso un gran señor de la oscuridad cómo tú teme a esos soldados de pacotilla? — se burló el menor con una terrible malicia brillando en sus ojos rojos.

El rubio gruñó y mostró los colmillos intimidantes, plantándose frente a Saga y su postura lo hizo verse más alto que el otro.

— No te equivoques, idiota. Podría destruir esa Orden si me placiera, pero los humanos se reorganizan como una plaga y sus hembras nunca dejan de parirlos. Sólo un estúpido buscaría abrir la cloaca infestada de ratas rabiosas sin razón.

El peliazul soltó una carcajada complacida, sin dejarse avasallar se echó al pecho del más antiguo y le plantó un sediento beso, encontrando resistencia de costumbre, pero pronto amansó al demonio y como premio Saga se mordió el labio inferior y le regaló gotas de su adictiva sangre al otro quien intensificó el contacto tras recibir aquel néctar.


En breve, Radamanthys azotó el cuerpo del gemelo contra una pared y tornó el contacto de sus cuerpos menos hostil y mucho más lascivo.

Kanon se encontraba apostado en un sitio de vigía alejado de la puerta principal, donde estaba Milo, y se dedicó a cantar alrededor de una fogata con los otros guardias canciones obscenas de taberna que hacían alusión al cuerpo de las damas y a historias de cama y burdeles.

Repentinamente, un gritó penetrante rompió la calma de la noche y aunque las risas alrededor del fuego no permitieron distinguir la alerta de peligro, el entrenado oído del cazador lo captó inmediatamente. Les hizo una seña a los guardias de silencio, estos acataron tras unos momentos y el Teniente hizo señales al resto para que comenzaran a desplegarse. El sordo sonido de una espada cayendo al suelo aumentó la alerta y luego dos fogatas distantes sobre la muralla se apagaron.

Los ojos entrenados de Kanon notaron la posición de la amenaza. Indicó a sus compañeros que se desplegaran y el peliazul de deslizó casi tan silenciosamente como la noche al encuentro del enemigo. Conforme se aproximaba, los sonidos de pelea y muerte se confirmaban aún más en sus oídos, pero el sigilo con el que procedía este enemigo no presagiaba un encuentro fácil. No se trataba de una bestia primitiva y básica. En absoluto. Era una criatura serena y silenciosa. Fría y peligrosamente inteligente.

Kanon enfundó su espada de plata con filo consagrado y percibió la batalla inevitable. El duelo cuerpo a cuerpo era su especialidad, más que las municiones, ballestas o flechas.

En tres segundos, supo que entró a la órbita de la amenaza, pues de repente sintió el frío de la noche más helado y una oscuridad más densa. Seadragon localizó la presencia y se batió contra ella. Un brazo sólido chocó contra su espada. Lo miró: un ser antropomorfo que vestía una capa de terciopelo azul.

Seadragon comenzó a combatir sin un gramo de miedo. Digno y poderoso. Aquel desgraciado era formidable, pues su piel era tan dura como una armadura de metal, además que sus movimientos tan ágiles como un parpadeo. La espada del cazador le fue arrebatada por su contrincante, pero el peliazul estaba listo y con un giro esparció bombas de humo venenoso para la criatura. Luego Kanon, recupero su espada y desenfundó una daga de madera de su cinto. El duelo continuó hasta que el cazador intentó enterrarla en el corazón de su enemigo tras una danza de batalla, pero falló estrepitosamente. Entonces, el vampiro lo desarmó, lo tomó de la cintura y lo apresó con su brazo que se dobló como acero despiadado alrededor de su cintura. El enemigo encaró al Teniente y la capucha se cayó, reflejando su rostro: un chupa sangre.

Radamanthys miraba a su contrincante con ojos de irises rojo brillante que clamaban sed desbocada, rasgo atípico para su calma personalidad en batalla.

La sangre humana de ese malnacido cazador había descolocado al rubio hasta extremos insospechados, haciéndolo sentir un neófito de la noche desesperado por mitigar su calumniosa sed con su sangre. El viejo corazón de Wyvern aumentó su acostumbrado lento palpitar e incluso bombeó de un segundo a otro hasta su entrepierna. Y el ser de oscuridad detestaba sentirse de ese modo, lo repudiaba. Era indigno y se asqueaba de sí mismo.

El Teniente sacó una segunda daga cuidadosamente aprovechando la turbación hambrienta de su contrincante y se la clavó en el cuello. Automáticamente Radamanthys bramó como bestia, se arrancó el artefacto como si nada, con el otro brazo tomó ambas piernas de su presa y lo hurtó mientras saltaba de la muralla.


Kanon forcejeó con todas sus fuerzas contra aquella despreciable criatura cuya fuerza titánica le impedía soltarse. Sabía que ese hijo de perra con ojos de loco adicto a la sangre lo quería de bocadillo, así que el Teniente respiró rítmicamente hasta sosegarse, consiguió calma y meditó sus posibilidades.

Pronto, el chupa sangre paró en un claro del bosque, azotó el cuerpo del humano contra un robusto tronco y se le fue encima.

— Eso es hijo de perra, aspira hasta mi última gota, pero seré lo último que te tragues, maldito — amenazó Seadragon con sus irises esmeralda brillantes de euforia. El depredador hizo caso omiso de sus palabras y clavó sus letales colmillos sobre el cuello de su presa, perforando dolorosamente y Kanon apretó los puños y el cuerpo, incluso se mordió la lengua, pero no gritó. Esta ausencia de reacción natural, turbó levemente al rubio, pero lo peor estaba por venir.

Una quemazón le inundó la lengua y la garganta, parecía que la anhelada sangre que prometía éxtasis y placer inimaginables era acero fundido letal para su boca. El vampiro apartó su rostro del sangrante cuello y miró con odio al hombre.

Escupió el líquido bermellón que le hacía daño, pero a la vez aquel aroma continuaba atrayéndolo hasta la locura y Kanon río victorioso, regocijándose de la situación.

— ¿Conoces la rosas de sol? Muy bonitas, pero venenosas, sobre todo para los de tu asquerosa estirpe. Me bebo una taza de sus pétalos a diario o mastico sus hojas cuando estoy de viaje. Hoy día el veneno se hizo parte de mí. Un truco que me enseñaron unos brillantes guerreros que cultivan esas bellezas, ellos incluso pelean con ellas, pero no es mi estilo andar lanzando flores.

— Has perdido la cabeza, humano degenerado — habló finalmente el ser oscuro.

— Probablemente, pero prefiero morir torturado a servirte de ganado, malnacido.

Wyvern deseó concederle su deseo a aquel cazador insolente, pero el episodio doloroso en su garganta lo devolvió a la realidad sacándolo del trance al que lo imbuyó el hechizo del aroma de aquel humano, sus ojos pasaron del rojo al ámbar. Matarlo sería un desperdicio y Saga se pondría insoportable al perder la fuente de su posible cura; aunque tenía un pésimo presentimiento de mantener con vida a aquel hombre idéntico a su novedosa pareja.


Continuará