Capítulo 3: Rubí de Sangre
Kanon se encontraba intrigado debido a los errores de cálculo que tuvo hacia aquel chupa sangre. Debido al ansia hambrienta con el que el depredador lo hubo abordado, en teoría se trataba de un espécimen joven y errático; sin embargo, la daga fue inútil y la fuerza de aquel ser era abrumadora, revelando a un vampiro añejo. Así mismo, el efecto inmediato de su sangre infestada de veneno afirmaba la edad y rango de su contrincante: un espécimen de al menos 500 años de antigüedad. No sería un duelo sencillo.
El cazador escrutó al depredador y la mirada contrariada de este le divirtió, quizás pudiera usar el asunto a su favor. Así que Seadragon soltó un bufido con aires de superioridad.
— ¿Qué se te perdió, chupa sangre? ¿Me parezco a una mascota que quisiste mucho, pero te la tuviste que comer?
A cambio, la mirada ámbar lo escrutó peligrosamente, pero Kanon gozó haber dado cercanamente en el blanco. Mientras tanto, su mano se deslizaba hacia su cinturón para alcanzar una jeringa resguardada en una bolsa que colgaba de su cinto. Cuando la halló, se la enterró en la pierna y jaló rápido su propia sangre. Disfrazó por tres segundos el acto fingiendo que se removía con incomodidad, pero en cuanto su sangre manó, la bestia se percató de lo que sucedía y atacó, pero el cazador era ágil y veloz como el digno Teniente que era. Dos segundos más ganados a su favor. Entonces, el peliazul extrajo la aguja de su piel y comenzó el ataque: se volcó contra el vampiro y este lo esquivó como si se moviera a la velocidad de una ráfaga. El hombre comenzó su cacería y persiguió con una velocidad sobrehumana la mota de humo azul marino en la que se convirtió su rival. Finalmente, sus afinados ojos esmeraldas encontraron un espacio y clavó la jeringa llena con su sangre contra la piel de la bestia, asegurándose de enterrarla con fuerza y técnica suficiente para traspasar la piel dura como el metal del chupa sangre. Después de todo, la punta de aquella aguja era una aleación de diamante y acero negro.
El rubio se detuvo y emitió un respingo de sorpresa. La sangre venenosa había entrado a su sistema y se propagaba como lava incandescente. Kanon saboreó el triunfo momentáneo y de su cinto sacó una nueva arma proveniente de las lejanas y exóticas tierras de su maestro Dohko: chacos.
— Mentiría si te dijera que no disfrutaré esto, pero cada cabeza de maldito chupa sangre que arranco con esta cadena me produce un placer indescriptible. — se regodeó el heleno mientras maniobraba la compleja arma con una soltura, incluso presumiendo de más su habilidad. A pesar de esta muestra de poderío, la herida en su cuello no paraba de manar sangre.
Kanon cesó en un segundo el despliegue de maestría de los chacos y embistió contra el depredador sin esconder sus intenciones. Asombrosamente, Radamanthys podía seguir moviéndose pese al veneno que se distribuía por su cuerpo y que comenzó a tornar sus venas rígidas como piedra, pero existía cierta resistencia en su anatomía que impedía un avance fatal. Aquello no estaba dentro de los planos del cazador quien no cesó su ataque y la ráfaga azul se movió más veloz de lo esperado, así que cuando extendió la cadena de sus chacos esta no se enredó en el cuello de la bestia, pero sí en su muñeca y el heleno tiró con sadismo de los extremos de su arma, la cual había sido consagrada en el Templo del Dios del Sol durante un año entero, instantáneamente la carne blanca y dura del chupa sangre se abrió y el metal se hundió hasta el hueso, el peliazul giró para intentar quebrar el hueso, haciendo uso del peso de su propio cuerpo para ayudar a esta tarea de dificultad titánica. El hueso se quebró y el vampiro profirió un inevitable gemido de dolor al serle desprendida esta extensión pequeña, pero importante del cuerpo.
Debido a la inercia de la fuerza empleada, el Teniente rodó dolorosamente sobre el suelo y en un segundo tuvo a la rabiosa bestia encima quien, con expresión letalmente enfurecida, le enterró las garras de su mano en la garganta y comenzó a abrir su piel dolorosamente, acompañando al par de perforaciones gemelas que sus colmillos habían hecho minutos atrás.
— Qué lástima, no pensaba morirme hasta arrancarle la cabeza a un chupa sangre mucho más joven que tú, pero espero que mi alma se quede como fantasma en esta Tierra hasta lograr mi cometido. — alcanzó a gesticular el peliazul con voz entrecortada antes de que el puño de acero ajeno cerrara su tráquea.
Kanon logró enterrarle una flecha en el estómago al otro quien al abalanzarse con su propia fuerza contra el ajeno se la había clavado él mismo y Wyvern bramó ciego de ira y de dolor al percatarse de esto. Desconocía el material de fabricación de aquella arma, pero lo estaba dañando críticamente.
El heleno estaba preparado para morir en cualquier momento, era una ley de la Orden que a los aprendices les hacían rezar tres veces al día. Era una lástima que su tiempo hubiese sido más corto de lo planeado. Al menos había logrado conquistar y follarse a esa sexy mesera del pueblo de Rodorio que tanto le gustaba, casi se iba sin arrepentimientos de este mundo.
Luego, una esperada bruma negra inundó su mente y cayó en la inconsciencia.
El cazador despertó tras tener sueños inquietos llenos de luces de vela, utensilios médicos haciendo estragos en su cuerpo, murmullos de personas desconocidas, e incluso la visión de Saga mirándolo detenidamente cruzado de brazos y devolviéndole un rictus de frustración y rabia.
Kanon finalmente regresó a la realidad, exhalando con fuerza, como si saliera debajo del agua después de casi morir ahogado e instantáneamente un lacerante dolor se le clavó en las cicatrices de su cuello y sentía como si la garganta le quemara. Su instinto entrenado le dictó que no se encontraba en un hospital. De hecho, yacía en la habitación de una elegante mansión. Desorientado, el heleno sintió sed y náuseas al mismo tiempo. El segundo síntoma dominó y terminó vomitando; evitó hacerlo en la cama.
Minutos después se aparecieron dos hombres vestidos con túnicas y capas oscuras. Uno era largo y delgado con cabellera fuscia y poseía unos peculiares ojos de insecto, mientras que el otro era pequeño, calvo y feo.
— ¡Hey, quiénes son ustedes! — exclamó el peliazul a pesar de su debilidad física.
— Sólo somos sirvientes de esta casa y no estoy autorizado para decirle nada más, pero sí atender sus necesidades. Zeros, limpia este desorden
El cazador se dio cuenta de que no tenía sus cosas consigo y sólo vestía un delgado camisón de algodón.
— ¿Dónde están mis cosas? ¡Las necesito, desgraciados ladrones!
— Si no quiere que lo amarremos a la cama y le pongamos bozal, será mejor que coopere, señor Kanon.
Definitivamente el Teniente no era un hombre dócil, pero se encontraba enfermo debido a la pérdida de sangre y las heridas de garras que estuvieron a punto de arrancarle la cabeza y cuyas puntadas le punzaban hasta la médula. El escenario de él siendo sometido mientras peleaba no auguraba nada bueno a su salud delicada, así que el heleno fue estratégico y permaneció cabizbajo, pero atento.
— Mi nombres es Myu y él es Zeros, le damos la bienvenida a las tierras de Lord Wyvern.
Los ojos verdes de Kanon se abrieron como platos y tragó saliva con dificultad. En un segundo comprendió exactamente donde estaba metido y a quién había combatido. El darse cuenta le heló la sangre y despertó su instinto. Se había batido contra uno de los Tres Grandes Lores de la noche. La realeza de los vampiros con quienes los humanos preferían no meterse, aunque un montón de cuentos macabros se contaban alrededor de ellos. La misión de la Orden alguna vez fue aniquilarlos, pero cruentas e inútiles guerras se habían librado por este motivo y surgió una silenciosa tregua de neutralidad entre ambos bandos. Y él le había arrancado la mano a uno de ellos quien lo había hecho su prisionero. Repentinamente sintió ganas de vomitar otra vez.
Radamanthys se había agazapado en sus mazmorras, renegando ayuda de todos sus subordinados quienes se volcaron ciegos de preocupación sobre él cuando Saga lo devolvió a casa casi muerto junto con el causante de tal afrenta. Con el orgullo más herido que nunca, se negó a recibir a nadie más que a su amante para beber de él, se recuperó en solitario y renegó todo el jodido episodio que lo había dejado manco, con un hoyo en el estómago y la sangre envenenada.
Saga lo cuidaba diligentemente, llevándole brebajes de sanación, colocando elixires a base de sangre humana sobre sus heridas y, claro, permitiéndole degustar su propia sangre mientras no se medía en caricias y mimos para el otro.
— Deberías salir pronto de cacería, la sangre fresca de una doncella te sanará cien veces más rápido que esto
— En su momento, Saga, necesito memorizar este dolor hasta que me vuelva loco. No sé cómo dejé que ese hijo de perra me hiciera esto. He quedado completamente deshonrado.
— ¿Fue el aroma de su sangre, no es así? — soltó con molestia su amante torciendo el labio. — Es mejor de lo que creías.
Radamanthys lo miró con acritud.
— Supongo que hace quedar a tu sangre como lejía vieja a comparación — respondió con excesiva sinceridad.
El gemelo se puso de pie, severamente ofendido, y se alejó de su pareja, dándole la espalda de modo teatral.
— Al menos mi sangre no es ácido para tu cuerpo.
— Encontraré la manera de depurarlo, luego haré un antídoto para ti y después lo secaré de un sorbo hasta la muerte.
Aquel plan agradó a Saga y se giró con una expresión más serena en el rostro para continuar atendiendo a su pareja.
El Teniente fingía muy bien ante los sirvientes de Lord Wyvern que se encontraba cooperativo y débil. Incluso hacía pantomimas exageradas para aparentar ser un moribundo y retrasar lo que fuera que planearan hacer con él. Cuando se cercioraba que no lo vigilaban porque lo creían dormido, inspeccionaba su habitación y las posibles vías de escape. Además observaba qué utensilios podrían servirle como armas.
Una noche, un sirviente diferente se apareció en sus aposentos: era pálido y de cabellera rosa, de cierta manera le recordaba a Wyvern. Tras él venían más individuos con aires poco amistosos.
— Sométanlo — ordenó el recién llegado y al instante Seadragon fue reducido contra la cama y sus cuatro extremidades fueron inmovilizadas, entonces el pelirrosa sacó una jeringa detrás de su espalda y sin una pizca de cuidado, la enterró sobre la vena del antebrazo derecho del cazador y extrajo sangre a su antojo. Cuando estuvo satisfecho, hizo una señal con la cabeza y tras retirarse del cuarto, los gorilas dejaron en paz a un furioso e impotente Kanon.
Valentine Harpy era el siervo más fiel de Radamanthys quien 250 años atrás lo rescató de las manos de humanos tratantes de esclavos. De no ser por el Lord oscuro, la vida de Valentine hubiese sido corta, dolorosa e injusta. El hombre de cabellera rosada juró lealtad a su señor y cada año que pasaba se incrementaba su devoción por él. Wyvern fue suficientemente benevolente como para que llegado el momento lo transformara en su hijo de la oscuridad y Arpía describía la noche de su iniciación como el momento de mayor éxtasis jamás igualado en su vida.
Actualmente este leal subordinado se había formado como un sabio alquimista y místico al servicio permanente de su Lord. Su misión primordial actualmente era purificar la sangre de ese desgraciado cazador que había dañado tanto a su amo como nunca nadie había logrado desde la última guerra contra la Orden. Elaboraba a prisa un antídoto para contrarrestar el veneno en la sangre de Radamanthys y luego esperaba que su señor matara debidamente a ese insolente cazador cuya existencia hacía hiperventilar a Valentine de furia absoluta. Pero lo que más lo sacaba de sus casillas era que el transgresor de Lord Wyvern era el gemelo humano del nuevo juguete favorito de su amo. Harpy había presagiado a esos gemelos como un mal augurio durante una lectura de huesos para su señor 150 años atrás: la maldición de dos gemelos idénticos cimbrará el poderío y linaje del señor de la oscuridad.
Radamanthys parecía no recordar aquel asunto o al menos lo ignoraba, pues estaba demasiado engatusado por su amante de nombre Saga, pero Valentine nunca olvidaba ninguna amenaza contra su señor.
Tres semanas habían pasado desde que había despertado y desde que el loco de cabellos rosas le extrajo la sangre con ojos de maniaco. De hecho a partir de que habían tomado estas muestras contra su voluntad, la dieta que le llevaban a diario a los aposentos le fue cambiada. Kanon no era idiota, sabía lo que querían hacerle: desintoxicar su sangre del veneno de las rosas lo antes posible, pues seguramente el Lord chupa sangre quería su venganza, pero el cazador no se quedaría a esperar su inminente final de brazos cruzados.
Una madrugada, antes del alba, Seadragon, tras robar un cuchillo del servicio de alimentos, logró usarlo de destornillador y desatascó una ventana que lo llevaba hacia un balcón. Cuando aterrizó limpiamente sobre las baldosas de mármol, estudió el risco sobre el que estaba apostada la mansión y sin miedo, comenzó a descender a mano limpia y pies descalzos, mientras el cielo comenzaba a clarear paulatinamente a sus espaldas.
A medio camino y a causa de la mala visibilidad, pisó una piedra floja y su cuerpo se fue abajo hacia una caída seguramente mortal.
Una inesperada ráfaga azul marino lo atrapó con un brazo y este salvador saltó con agilidad inverosímil, lo devolvió al balcón y luego a la habitación en donde tumbó al suelo al osado cazador.
Radamanthys se alzó con ojos rojos sobre el prófugo y su pesada capa de terciopelo ocultaba el mal estado de su cuerpo. Kanon respiraba pesadamente con la adrenalina bombeando en cada rincón de su ser, pero la experiencia en batalla no le permitió avasallarse y se puso de pie frente al enemigo.
— Y el señor Wyvern se aparece en persona a salvar a su futuro bocadillo, tus subordinados son unos ineptos.
— Y los tuyos son una amenaza ¿Todos en la Orden de Nike son tan fuertes, tenaces e irritantes como tú? Si es así, será mejor que yo y los otros Dos Lores nos hagamos cargo de su inmediata aniquilación.
Kanon se mordió los labios y auténtica bravura se reflejó en su mirada esmeralda. El Lord reveló su cuerpo, enfundado únicamente en holgados pantalones negros. En su estómago descubierto existía un orificio oscuro que parecía carne quemada. Además, su mano izquierda era un muñón igualmente ennegrecido.
— No puedo regenerarme adecuadamente por la maldita sangre que me metiste.
— Deberías chupar lagartijas. Pueden regenerar sus colas — bromeó sin pisca de miedo el peliazul.
El vampiro, sin un gramo de paciencia, se volcó sobre Kanon, quien logró esquivarlo, pero al segundo intento Wyvern se impuso y lo apresó con su cuerpo de acero contra el suelo.
— O podría jugar con tu cuerpo para desquitarme. Arrancarte miembro por miembro hasta que sólo quede tu torso y tomar tu sangre a mi antojo cada noche hasta que te marchites.
Esta declaración despertó el odio y repulsión que sentía Kanon hacia aquellas bestias y escupió a la cara del depredador.
— Intenta algo así y te juro que aún hecho un muñón incendiaré tu mansión contigo dentro.
Los ojos del vampiro miraron intrigados a aquel hombre. Cualquier humano se habría meado encima con tal amenaza. Respetando el valor, o estupidez altanera, del cazador, lo soltó de una buena vez y le dio su espacio. Igualmente Wyvern necesitaba calmar sus vibraciones, aquel bastardo seguía despertando su sed vampírica y sexual a un ritmo descontrolado sólo por olerlo y mirarlo.
— Repito mi pregunta ¿La Orden de Nike se ha fortalecido tanto y está llena de soldados como tú?
— ¿Y crees que te voy a contestar? Piensa lo que quieras, intenta algo contra ellos y verás. Si yo, un Teniente apenas, te hice todo eso ¿Qué podrá hacer el resto?
— Lograste hacer esto por mera suerte, no te equivoques.
Kanon miró fijamente los pantalones que vestía el Lord y notó un abultamiento que al principio no estaba ahí. Primero frunció el ceño y luego abrió los ojos sorprendido, al descifrar la situación.
— ¿Te estás excitando conmigo, hijo de puta? — exclamó entre escandalizado y divertido el heleno.
Radamanthys bajó la mirada y notó aquella primitiva e inaceptable reacción de su cuerpo. Su espesa ceja rubia se frunció molesta.
— Deja de imaginar cosas.
— ¿Es mi imaginación? ¡Espera, ya entiendo! — Seadragon se colocó pensativo y recordó algunas líneas de sus clases teóricas de cazador. — ¡Soy tu rubí de sangre!
— ¡Cierra la boca, insolente!
— Cuando los vampiros han superado cierta cantidad de siglos, la sangre humana comienza a saberles a ceniza, pero siguen necesitando de ella como nosotros el agua— comenzó a declamar Kanon de memoria. — Se sabe, gracias a decenas de testimonios que coinciden, véase anexo 24, que en esta etapa longeva llega a aparecer un humano especial cuyo aroma y sabor contiene todo el infinitito placer y goce carmín para los sentidos de estas criaturas oscuras. Los motivos pueden ser diversos: afinidad, pasado kármico o mera atracción sexual, pero a estos individuos particulares se les conoce como rubíes de sangre.
Kanon recitó impecablemente y abrió su boca en una perfecta letra "o". Tomo aire y prosiguió.
— ¿Soy el rubí de sangre de Lord Wyvern? — Kanon sacó de sus ropas de lino el cuchillo hurtado para su escape y con él se hizo un corte pequeño sobre la palma de la mano. La sangre empezó a manar fresca y el peliazul no perdió detalle de las reacciones del depredador, este arrugó la nariz y tensó su cuerpo y su expresión. Luego el cazador miró la entrepierna del ajeno y el bulto era más grande. — ¡Sí lo soy! Aunque eres un masoquista — seductor, el Teniente lamió la herida como gatito sediento. — Elegiste a la presa más difícil de todas.
Harto de la insolencia y ego del otro, Radamanthys se volcó hacia él de nueva cuenta, apresándolo con el brazo manco y con la mano sana lo tomó del mentón y lo obligó a mirarlo.
— ¿La presa más difícil? Hablas demasiado, aquí te tengo al primer intento y estás a mi merced.
La longeva consciencia del vampiro estaba siendo dominada por sus instintos y los impulsos sexuales provocados por su rubí de sangre. Wyvern besó a la fuerza a aquel humano y paladeó el exquisito sabor de aquella sangre en cantidad menor diluida con la caliente saliva de sus bocas. Al tener el cuerpo del humano pegado al suyo sintió sobre su muslo cómo Kanon se erectó ante el contacto también.
Y es que el humano no quiso decir el resto de la línea de su libro.
"Vampiro y humano serán esclavos por igual de las consecuencias de este hilo carmesí forjado por el destino".
Continuará
