¡Hola! Gracias a todos los que seguís leyendo por seguir conmigo. Sé que la espera es larga, pero yo sigo pensando en esta historia todas las noches cuando me voy a dormir... Solo que a veces no encuentro el momento para continuarla.
Espero os guste.
25
El aire era frio, ella podía sentirlo en sus mejillas. El olor era putrefacto.
Observó a Takeru, le vio suspirar profundamente. Tras aquello, el joven se dio la vuelta y empezó a andar hacia cualquier dirección.
-¡Espera!- le llamó Hikari, el se detuvo sin tan siquiera girarse. –No puedes irte, ¡debes venir conmigo!- le recordó ella.
La joven se levantó como pudo, agarrándose de nuevo de la espada. Se tambaleó al hacerlo, notó lo realmente cansada que estaba. En su cabeza millones de imágenes, una muerte prematura que parecía querer acecharla. Las palabras breves del bosque aún en sus recuerdos.
-Sé…sé lo que pretendes- dijo tímidamente con la mirada perdida en el suelo.
Ante aquellas palabras Takeru giró ligeramente para observarla por encima de su hombro.
Tras aquello, silencio. Silencio que fue roto por un trueno escuchándose a lo lejos.
Él no dijo nada, simplemente esperó.
Ella levantó la mirada, para encontrarse, de nuevo, perdida en aquel cielo. Apretó los puños y respiró hondo, reuniendo el valor del que fue capaz.
-Quieres…quieres que alguien te mate- pronunció ella, sin evitar que la voz sonara trémula. Él no mostró ninguna reacción ante aquello. Ella desvió de nuevo su mirada. –Pero… no debes hacerlo- se mordió ligeramente el labio. -¡No hay motivo para eso!- afirmó ella, levantando de nuevo su mirada.
Entonces fue Takeru el que giró el rostro.
-Tú no lo entiendes- susurró. Hikari cogió coraje ante aquellas palabras.
-Sé que estás confuso, puedo sentirlo- afirmó. Recordó la primera mirada del muchacho. Volvió a sentir la calidez en su muñeca, de cuando él la había agarrado. –Sé que, en el fondo, quieres ayudarme… ayudarnos a todos. ¡Puedo sentirlo!
Takeru tragó saliva. Miró de nuevo a la joven, sintiendo, aún, un dolor palpitante en la sien. Un dolor que aparecía cada vez que su ojo terminaba con la vida de alguien. Cada vez que los recuerdos de aquel a quién mataba, sus sueños, sus esperanzas y sus pesadillas, se unían al alma de Takeru para intentar conquistarla y destruirla. Cada vez que destruía el alma de alguien. Se llevó una mano a la cabeza y cerró los ojos.
Ella dio unos pasos, saltando sobre su pie bueno, y finalmente llegó hacia él. Alargó un brazo y tocó el de él.
Ante aquello Takeru dio un salto. Se quedó mirando a la joven con el seño fruncido.
-¿Por qué?- le preguntó. -¿Por qué demonios eres la única persona a la que no puedo ver?- preguntó apretando los puños. –¡¿Qué significa qué puedes sentirlo?! ¿Cómo puedes leerme como si fuera un libro abierto?!- le reprochó el joven con el tono de voz elevado. -¿¡Quién demonios eres tú?!
Tras aquello un rayo sonó aún más fuerte y unas gotas tímidas cayeron del cielo. Una gota cayó en la mejilla de Hikari y empezó a recorrer el camino hacia el suelo mientras la chica tragaba saliva.
-Yo…-empezó. –Yo sólo quiero que vengas conmigo.
Takeru abrió los ojos ante aquello y retrocedió un paso. Empezó a negar, silenciosamente, con la cabeza. Luego negó con más fuerza.
-¡NO!- gritó empezando a temblar. –No lo entiendes, te odio Te odio.- dijo Takeru. –Si tú no existieras, yo no tendría esta maldición, ¡nada de esto hubiera ocurrido! – el joven levantó un brazo y señaló a la joven. –Si no existieras todos estarían vivos- terminó manteniéndose firme.
Hikari sintió algo dentro de ella quebrarse en pedazos pequeños. Algo que pareció romperse. Recordó aquel niño y su madre sin hogar, recordó al ciervo y el bosque muriendo y finalmente recordó la sonrisa de su madre y la calidez de la espada. Respiró hondo. Si algo había aprendido, después de todo, era en empezar a creer en ella misma.
-Te equivocas- dijo, con toda la tranquilidad de la que fue capaz. Miró al joven, ladeando el rostro. Los ojos rubís de ella resplandecían serenidad y compasión. Una mirada que dejó cautivado al joven. Una mirada que no parecía de ese mundo, sino de algo superior. –Yo no soy quien ha causado todo esto- afirmó ella.
Entonces ella volvió a adelantarse un paso, y esta vez le tomó de la mano, con toda la seguridad de la que fue capaz.
-Me has salvado- sonrió ella. –Y yo, haré lo mismo por ti.
Y la lluvia empezó a caer con más fuerza, aunque ninguno de los dos hizo ningún movimiento ante aquello. Hikari simplemente seguía aferrada al brazo del joven y él no podía separarse. La lluvia empapó su cabello, él desvió el rostro.
-Aún sigo sin saber si fui yo quien te salvó, o si fue simplemente el sentimiento que duerme en mi sangre- volvió su mirada hacia ella. Aquella mirada del cielo. –Quizás sólo te salvé porque por mis venas corre la sangre del guardián, de tu guardián. Aunque eso no signifique que yo lo sea, que yo quiera serlo.- entonces se llevó una mano a su rostro. –Esto es más que un poder, es una maldición. Al matar a la gente, no sólo les quito la vida, sino que su vida se introduce en mí. Todos sus recuerdos, sus esperanzas y sus miedos se apoderan de mí. E intentan escapar luchando con mi alma. Y al cerrar los ojos, simplemente escucho sus gritos vagando por el mundo de los muertos, incapaces de avanzar.
Entonces él la atrajo con fuerza. Con su mano libre tocó la espada que ella llevaba en los brazos.
-Esta espada es la única que puede matarme- susurró él acariciando la espada. Sonrió ligeramente. –Cualquier otra herida, mi cuerpo simplemente sana debido al poder de mi ojo. Sólo una herida mortal de esta espada haría que muriera- sonrió irónicamente.
Entonces Hikari pudo fijarse en una cicatriz, medio borrada por el tiempo, en el cuello del joven. Apretó los dientes. Su respiración empezó a entrecortarse.
-Sin embargo, yo soy incapaz de desenvainarla- ante aquello él levantó el rostro. –Pero tú- clavó su mirada en ella. –Tú lo hiciste, sin tan siquiera darte cuenta de que lo habías logrado- añadió.
Ella asintió lentamente,
-Es la espada de mi madre- simplemente dijo, encogiéndose de hombros.
El ladeó el rostro. Respiró hondo.
-Eres incapaz de matarme- dijo él, sin hacer ningún gesto ante aquello.
Y ella no supo qué contestar.
Mientras la lluvia no dejaba de caer, haciendo que ambos se encontraran ya empapados.
Entonces él empezó a separarse de nuevo de ella.
-Esa es la diferencia- dijo dando ligeros pasos hacia atrás. Tomó con fuerza la espada rojiza de las manos de ella y empezó a tirar. La chica intentó detenerlo, pero fue incapaz. Ante aquello ella volvió a caer al suelo, debido al dolor en su pie. –Que Ella, Ella sí que lo sabe, Ella sí que lo haría. Y eso es lo que quiero yo- afirmó él, agarrándose a la espada.
-¡Pero has matado a uno de sus sirvientes!- le gritó ella viéndole alejarse. -¡Me has salvado!
Él apretó los dientes.
-No vuelvas a repetirlo- dijo entre dientes. Ella levantó el rostro.
-Lo has hecho- afirmó.
Él apartó la mirada de ella, respiró hondo.
-Eso no lo haré la próxima vez que nos veamos. Si aún quieres salvar a alguien, llévatelos a un lugar donde Ella no puede llegar. O simplemente desaparece- soltó con el tono de voz más frio que consiguió. Volteó de nuevo y, esta vez, si empezó a alejarse.
-¡Espera!- volvió a gritar ella. Pero esta vez él no se detuvo. Hikari intentó levantarse, pero fue incapaz. Se giró de nuevo hacia el joven, para encontrarse con la espalda de este. -¡Espera, Takeru!
Algo dentro de él tembló ante su nombre siendo pronunciado por ella. Algo como si fuera un nudo atándose con fuerza. No entendió, porqué, en ese preciso momento, quiso volver hacia atrás y abrazarla. Levantar su brazo ante cualquier espada que quisiera dañarla. Quiso regresar con ella y quedarse a su lado.
¿Y sólo porqué ella había pronunciado su nombre?
-Takeru…-susurró de nuevo ella. Viendo que aquello había tenido efecto. Aquellas letras entrelazadas saliendo de sus labios. –Por favor, quédate conmigo.
Él se giró de nuevo, lentamente. Y la vio, sentada en el suelo con las gotas de lluvia en su rostro, haciendo de lágrimas. Completamente empapada y con el labio ligeramente hinchado. Aferrada a una mochila rosa llena de recuerdos estropeados. Pidiendo que la ayudara. Sin perder aquella extraña luz que desprendía su mirada.
Ella le observó, con aquella mirada llena de confusión que hacía temblar su corazón. Quiso levantarse y abrazarse a él, susurrarle de nuevo que se tranquilizara. Que ella estaba con él. Que podía confiar en ella, que iba a salvarlo.
Tras unos instantes Takeru desvió su rostro, cerrando los ojos.
-Garuru está viniendo a por ti- soltó y desvió la mirada hacia ella. Suspiró resignado. Abrió la boca pero volvió a cerrarla. –Espero… que no nos volvamos a ver.
Y tras aquello volvió a girarse y anduvo más deprisa que antes. Hikari intentó detenerlo de nuevo. Pero entonces empezó a oír las pisadas rápidas y acompasadas del lobo, acercándose a toda velocidad. Desvió su mirada para encontrarse un reflejo perlado a lo lejos. Y cuando volvió el rostro hacia el lugar en donde había estado Takeru, éste ya no estaba.
Suspiró resignada.
El lobo apareció en unos instantes. Hikari lo aguardó aun sentada en el suelo. Cuando él se acercó ella lo abrazó. Sintiendo su cuerpo mojado entrar en calor al contacto con el dios. El suave pelaje la tranquilizó.
-Me alegra ver que estás bien- susurró ella acariciando el hocico del animal. Y antes de que pudiera darse cuenta, cayó rendida ante el sueño y el cansancio. Y se sumergió en el pelaje suave de aquel animal, siendo arropada por él. En un bosque muerto y lloroso.
Sin saber, que quizás acababa de despertar la esperanza escondida en el fondo de una caja.
Continuará...
Lo sé, chorrea miel y azucar...
Nos leemos,
Kyo.
