Capítulo 4: Encrucijada
Radamanthys solía visitar con frecuencia a Kanon y la mitad de las veces lo hacía cerciorándose de que Saga no estuviera en la mansión. No era que se escondiera, después de todo él era amo y señor de aquella casa; sin embargo, deseaba ahorrarse explicaciones.
Francamente, la mayor parte del tiempo Wyvern y el cazador se insultaban, litigaban se empujaban, se sometían… pero inevitablemente terminaban besándose lascivamente, con sus cuerpos pegados y jadeantes, para luego despegar sus rostros y contemplarse con una mezcla de asombro, repugnancia y culpa. Entre más noches sucedían, las muestras de lujuria entre ambos sobrepasaban la pelea y la hostilidad, aunque estas nunca terminaron del todo.
Durante uno de estos encuentros pasionales, Kanon yacía semidesnudo sobre la cama con una erección apuntando hacia la de Wyvern quien rozaba la punta de su propio glande en el canal entre los glúteos del heleno. Valentine entró sin avisar, pero lo hizo con plena intención en cuanto sus agudos sentidos escucharon los gimoteos de su amo acompasados con los de aquel despreciable humano.
— ¡Arpía, por la sangre maldita de Hades! — pronunció profanamente el rubio desgarrando la atmósfera erótica.
— Mi señor, estaba tan distraído jugando con su nuevo entretenimiento que no notó que Saga llegó a la casa y él está furioso porque en todos los rincones podemos escucharlo a usted y a su… asunto.
— ¿Saga? — de repente algo en el cerebro de Kanon hizo "crack" y su la dureza de su verga se redujo casi por completo.
— ¡Que el sol te queme las bolas, Valentine! — escupió venenoso el superior, desmontando a Kanon ignorando el griterío que estaba por venir.
— ¿Qué quiere decir tu sirviente de pacotilla, desgraciado vampiro manco? — inició la feroz diatriba Seadragon subiéndose los pantalones.
Wyvern no permitió que aquello mutara en algo más, se cubrió y salió de la cama en un segundo, encerró a su prisionero en su habitación, empujó a Valentine a un lado y se dirigió a su cámara privada.
El Lord entró a sus oscuros aposentos, ubicados en la mazmorra subterránea más fría y oscura de la residencia. Cuando cerró la pesada puerta de piedra tras de sí, haciendo uso de su única mano, los densos ojos rojos de Saga se encontraron con los de él y el rubio no pudo ocultar su mirada igualmente inyectada en bermellón, algo completamente inusual en el señor de la noche quien había dominado sus instintos tras una larga existencia y siempre se le miraba con las irises limpias y ámbar con un brillo sobrenatural. Aquella noche Radamanthys tenía la mirada de un neófito sediento.
Su pareja le dirigió una ceja arqueada y tenía los brazos cruzados sobre el pecho mientras permanecía de pie e impasible, casi parecía una perfecta estatua de mármol.
— Así que la sangre de mi hermano te gustó demasiado, más allá de mis cálculos.
— Eso a ti no te interesa, Saga.
— ¿Ah, no? No te equivoques, Wyvern, esto no es un numerito humano de celos. Me encuentro completamente preocupado por tu bienestar. Ese hombre es potencialmente peligroso, será mejor que lo dejes seco en cuanto Valentine tenga listos los antídotos ¿O estás esperando a que te arranque la otra mano?
— Lo quiero un poco más conmigo antes de dar el sorbo final.
El gemelo soltó una déspota carcajada.
— ¿Quieres que meta mi puño completo en el orificio que te hizo en el abdomen? Kanon es una leyenda cazadora entre los suyos. En cuanto te descuides va a terminar su trabajo contigo. Nos odia, nos aborrece, su placer es bañarse con nuestra sangre y hacer malabares con nuestras cabezas.
— ¿Y a qué se debe eso, Saga? ¿Por qué tú decidiste tomar la sangre maldita y él no?
El pelilargo frunció el entrecejo y apretó los labios.
— Porque él es un débil sentimental.
El rubio negó con la cabeza. Ya no le creía esa diatriba a su pareja. Había visto de cerca los ojos de Kanon, había compartido la casi muerte con el cazador y su contrincante era todo menos un cobarde. De hecho estaba seguro que si era cierto que era su rubí de sangre, aquella bendita sangre no pertenecía a un enclenque sin valor. Todo lo contrario: era un semental de la raza humana. Digno, poderoso, desafiante, majestuoso tenaz, desquiciado y un poco fuera de sus cabales. Si al menos 3 de cada 10 humanos fueran como él, los seres de la oscuridad hubieran sido aniquilados y dominados por los hombres; pero Kanon era una maravilla singular entre un millón, superando quizás incluso a su gemelo.
— No me tomes el pelo, pequeño neófito, tengo 650 años más que tú y ni si quiera te he dicho ni una centésima parte de todo lo que sé sobre la noche. Apuesto a que ustedes dos fueron puestos contra su voluntad en un descabellado rito profano. — Percibió el rechazo por parte de Saga quien tensó su estómago y clavó sus uñas sobre sus antebrazos. Wyvern continuó. — Odio esas prácticas bárbaras ejecutadas por ignorantes y estúpidos, es por culpa de infelices como esos que existe la Orden en la que se entrenó Kanon y que nos toman a todos por la misma escoria.
— Masacraron la aldea donde vivía con Kanon y mis padres. Sólo nos dejaron vivos a 33 muchachos fuertes y de preferencia vírgenes. Vivimos cosas horribles esta noche y lo peor estaba por venir — Saga apartó la mirada. — El ritual profano fue una masacre, nos obligaron a matarnos entre nosotros, amigos que nos habíamos criado juntos desde que aprendimos a caminar. Kanon siempre se negó a hacer daño a nuestros amigos y yo me encargué de protegerlo y vencí en nombre de ambos. El jefe quedó complacido y tenía una mirada depravada al sabernos gemelos. Me convirtió cuando mi hermano se desmayó de la impresión y luego me ordenó que me alimentara de Kanon o de lo contrario me dejaría morir de hambre, pues solía encerrarme en una celda sin gota de alimento. Tuve que hacer lo mío para sobrevivir, Radamanthys, sabes muy bien la sed infinita que tiene un renacido en la oscuridad, así que bebí de Kanon y mis sorbos novatos estuvieron a punto de matarlo un par de veces, pero me lo quitaban de las manos a tiempo para seguir prolongando el espectáculo indefinidamente. Finalmente, mi hermano organizó un motín entre otros humanos prisioneros y, bueno, imaginas el resto.
— Kanon llegó arrastrándose a la Orden y el resultado es la máquina para matar que tengo encerrada en aquella habitación. Supongo que juró venganza y todo eso.
— Radamanthys, mi hermano ya masacró a todos los vampiros involucrados en ese aquelarre y lo hizo cuando apenas era un cabo de la Orden. Bueno, todos excepto a uno…
— A ti, Saga.
— Es él o nosotros, has atestiguado en carne lo que son capaces de hacer él y su secta.
El gemelo mayor descubrió la capa de terciopelo violeta que lo cubría y mostró a su pareja la carne putrefacta que aún no eran capaces de curar. A Wyvern le punzaron sus propias heridas ennegrecidas con aquella simple visión.
Kanon era un león encerrado dando vueltas dentro de aquella prisión de oro. En un segundo lo comprendió todo: Saga era la pareja de ese Lord hijo de perra. Por ello su gemelo había incrementado sus poderes ridículamente siendo un neófito, por eso había encontrado refugio tan seguro y su gemelo cazador le perdió la pista por muchos años. Seguramente ese bastardo de Saga no sanaba el veneno que le había inyectado Aioros en batalla y para eso su amante había capturado a Kanon: ya fuera para que el humano declarara algún antídoto para aquel veneno salido de la Orden o sencillamente para que Saga lo sorbiera hasta la muerte.
Y ese bastardo desgraciado de Wyvern fingió el asunto del rubí de sangre para hacerle bajar la guardia.
— Muy listos los dos — murmuró bullendo en furia y desatando al lunático asesino de seres sobrenaturales que se había gestado en su alma por largas décadas. Kanon inspeccionó la habitación y revisó sus cicatrices en el espejo. Estaba listo para comenzar a rehabilitarse y salir de ahí.
Valentine espiaba al cazador eventualmente y notó que este había comenzado a entrenar sobre el suelo de mármol de la habitación y utilizaba las cornisas del techo para hacer complicados ejercicios de fuerza, colgándose a sí mismo. Sin poder tolerar más esta amenaza, el pelirrosa aprovechó que su señor había cesado sus visitas al humano y una noche entró con una daga en la mano dispuesto a matar.
Craso error, Kanon lo escuchó caminar desde el pasillo y ya lo estaba esperando. De hecho, era un golpe de suerte que un idiota que poseía las llaves principales de la mansión se presentara en su jaula tan voluntaria y estúpidamente. El cazador estaba listo, concentrado y había fabricado sus propias armas con utensilios de la habitación, consagrándolas él mismo a través de complejas meditaciones. Así que en cuanto Arpía entró con la ingenua intención de matarlo, el Teniente sólo peleó durante un minuto y el resultado fue fatal: Valentine terminó con un pico de madera atravesando su garganta y su yugular: impidiéndole gritar y desangrándolo rápidamente.
El gemelo robó las llaves y siguió el camino hacia la salida, atravesando gargantas por igual a su paso. Sabía que existían caballerizas en la mansión a las que se escabullo con sigilo letal.
Radamanthys se apareció en la habitación al notar perturbaciones en su casa y debía decidir rápidamente entre salvar la vida de su leal subordinado que estaba a un segundo de extinguirse o atrapar a Kanon quien estaba montando un caballo a punto de salir disparado hacia la noche. Si tardaba un poco más en ir tras el heleno, amanecería en un par de horas y Wyvern no podría arriesgarse a salir y ser atrapado por el sol.
Los ojos de Arpía estaban por apagarse por completo y Radamanthys le arrancó la daga improvisada que el Teniente había enterrado con eficacia. El Lord se reventó las venas de su muñeca sana con los colmillos y comenzó el proceso de sanación.
Cuando Kanon arribó desfalleciendo ante las puertas de la Orden a medianoche, el Capitán bigotón se aseguró de que se trataba del Teniente perdido semanas atrás. Sus subordinados se removieron nerviosos esperando una orden de su superior. Las puertas se abrían de noche sólo en situaciones extraordinarias y aquello era un contexto peligroso y los guardianes tenían todo el derecho de mantener sellada la puerta hasta el amanecer sin importar qué sucediera afuera.
El gemelo cayó de su caballo. Estaba deshidratado, exhausto y herido tras haber cabalgado como loco por más de 20 horas en las que paró sólo para cambiar de corcel.
— A-abran … ¡Abran la puerta al Teniente Seadragon! — dictó marcialmente el Capitán.
Las pesadas puertas comenzaron su proceso de apertura en condiciones extraordinarias. Aquel movimiento inusual llamó la atención de los habitantes de la abadía quienes se acercaron para saber qué estaba ocurriendo.
Momentos más tarde, Milo corrió a levantar el cuerpo de su maestro para meterlo de inmediato a la Orden. El aprendiz tenía lágrimas en los ojos.
Kanon despertó tras 24 horas continuas de descanso y cuando abrió los ojos se encontró con la mirada castaña de Dohko quien lo miraba atentamente.
— Chico, esas puertas no se habían abierto durante la noche desde mucho antes que tú llegaras aquí. De verdad eres algo increíble, mira que conmover el duro corazón del Capitán de la guardia.
— Ma-maestro — Kanon se incorporó y buscó desesperado agua para calmar su boca seca. Había un cuenco lleno en la mesita de noche apostada a un costado suyo y bebió por largos momentos hasta que el estómago le dolió.
— Y no hablemos de tu club de admiradores, Kanon. Me demandaron en el despacho armar una comitiva que fuera en tu búsqueda. — se apareció Shion detrás.
— Milo en persona les paró el carro y les aseguró que tú volverías con vida — agregó el castaño con una sonrisa traviesa.
— Ahora dinos ¿Dónde estuviste todo este tiempo, Teniente? — le miró escrutador el Coronel de cabellera verde.
— Encerrado en la mansión de Lord Wyvern. — sus dos superiores abrieron la boca incrédulos y pensaron que su vástago estaba bromeando. — Y no es un chiste. Les aseguro que habrá tiempo para presentar mi informe y hacer la burocracia que tanto anhelan que prepare, pero primero. — estiró su brazo izquierdo. — Traigan a Mu, nuestro mejor alquimista y ordénenle que me extraiga sangre para terminar de fabricar el suero que hemos estamos preparando para Aioros. No prometo que lo sanará por completo, pero por lo menos lo sacaremos del punto crítico.
— ¿De qué estás hablando, chico?
— Sé qué chupa sangre lo envenenó: mi gemelo Saga ¿Recuerdan la teatral historia de mi infancia? Pues mi hermano se enredó con Lord Wyvern y ahora es su mascota favorita, por eso Aioros se encuentra al borde de la muerte. Mi sangre es similar a la de mi hermano y… además…. Bueno hay unas gotas de Lord Wyvern en mi torrente sanguíneo ahora mismo.
— ¿Qué tonterías estás diciendo, Kanon? — Dohko pasó del asombro al pánico.
Kanon cerró los ojos frustrado de recordar sus encontrones lascivos con el vampiro. Específicamente cierta noche cuando Wyvern se mordió la lengua y se besaron como locos mientras el cazador tragaba estas gotas de sangre maldita, ciego de calentura.
— ¡Sólo háganlo!
Aioros salió del estado crítico unos días después gracias al efectivo suero que Mu le preparó bajo indicaciones de Kanon. Aioria acompañaba a su maestro cuando este salió de la enfermería. Varios miembros de la Orden los recibieron fuera con un efusivo aplauso. Kanon y Milo se encontraban detrás de la muchedumbre y observaban todo con una gran sonrisa. Cuando la encantadora pareja de hermanos terminó de despachar a sus seguidores y admiradores, se encontraron con la otra pareja de helenos.
— ¡Kanon! Escuché que…
— Ssshh — el pelilargo le colocó un dedo sobre los labios. — Te contaré mi trágica historia familiar con detalles en nuestra taberna favorita de Rodorio. Luego… — el gemelo le susurró al oído lejos del alcance del joven Aioria. — Tenemos que ir al burdel para festejar que seguimos vivos.
— ¡Kanon! — Aioros lo apartó con el rostro rojo como una manzana.
— No me digas, maestro, quieres ir al burdel — Milo se cruzó de brazos y rodó los ojos.
— Pero mi hermano aún está en recuperación — se quejó Aioria. — Además ya tengo edad para acompañarlos.
— ¡Wow! Al León ya le creció la melena — se carcajeó Kanon y luego siguieron las risas de los demás.
Y el grupo de cazadores disfrutó de aquel episodio de alegría y de seguir en pie pese a sus encuentros frecuentes con la muerte. Pero Seadragon no podía disfrutar del todo aquel escenario entrañable. No cesaba de pensar en Radamanthys y aquello le frustraba tanto que tenía ganas de castrarse al rememorar con demasiada frecuencia los vívidos encuentros en la habitación de aquella mansión.
El Consejo de la Orden de Nike estaba conformada por Coroneles y Generales de avanzada edad quienes habían sobrevivido toda una vida de cacería. Por supuesto que este número era sumamente reducido y actualmente sobrevivían 7 miembros contando a Dohko y a Shion. El jefe de la mesa era el solitario General Defteros quien había dejado de vivir en la abadía muchos años atrás, pues su trabajo de planta era fungir como jefe militar y asesor de la justa reina Athena cuyas antecesoras habían luchado contra los Tres Lores y su oscuro señor en búsqueda de paz para la humanidad. El General Defteros tenía la autorización de convocar a reuniones extraordinarias y no dudó en organizar una en cuanto a sus ojos llegó el informe de la inusual situación del Teniente Kanon Seadragon a quien, a su parecer, toda la Orden se había vivido solapándolo desde su llegada como un tembloroso aprendiz de panadero.
— El Capitán de la guardia debe ser castigado por su acto totalmente inaceptable. De ese modo nos aseguraremos de que esa puerta no se vuelva a abrir jamás durante la noche — ordenó sin tregua la helada voz del hombre de piel morena curtida por numerosas y gruesas cicatrices. — Así mismo, Seadragon será re-ubicado.
— Defteros ¿Cuál es el motivo? Él es una inspiración para los aprendices más jóvenes cómo no tienes una idea. — replicó Dohko de inmediato.
— Y un símbolo de insubordinación y peligro — le censuró el moreno.
— Concuerdo — asintió un Coronel de larga melena aguamarina quien portaba gafas.
— No sólo eso — gruñó el General peliazul. — Mis más de 80 años de cacería no han sido en vano, mis queridos compañeros. No dudo de la habilidad del joven Kanon; sin embargo, yo he enfrentado a esos Lores en persona y déjenme decirles que es imposible escapar de ellos a menos que…
— ¿A menos qué? — arqueó la ceja Shion temiendo lo que su colega estaba a punto de rebelar.
— Kanon sea el rubí de sangre de Wyvern.
Hubo un gran tumulto sobre la mesa del consejo. Dohko y Shion se removieron incómodos. Degel y Sísifo abrieron la boca pasmados; mientras que Hasgard y el Cid se cruzaron de brazos impasibles.
— General Defteros, tu sabiduría, liderazgo y experiencia son incuestionables, amigo mío — se aventuró Sísifo a calmar la intriga sobre la mesa. — ¿Qué propones?
— Enviar muy lejos al chico Seadragon. Mandémoslo al océano: al Imperio marítimo del Rey Poseidón. Con suerte lo enviarán a una Isla y los Dioses saben que los chupa sangre odian el agua salada después del sol.
— ¿Su aprendiz?
— Por supuesto que el chico del aguijón no abandonará a su Maestro sin poner de cabeza a la Orden, así que irán juntos.
3 años después…
Kanon amaneció sediento, pero empapado de sudor sobre su cama de sábanas blancas. A su lado observó una espalda femenina desnuda de largos cabellos rizados y oscuros. El Teniente se estiró, mareado por el calor. Cuando sus pies descalzos tocaron el suelo buscando sus sandalias, se topó con acostumbrados granitos de arena inevitables cuando tu casa se encuentra en el puerto de una enorme y paradisiaca isla.
El cazador agitó su melena, procurando no hacer ruido, y salió de sus sencillos aposentos. Se dirigió al tocador en donde comenzó a lavarse el rostro, cepillarse los dientes y a poner en orden su largo cabello, Mientras lo hacía fue inevitable que observara las cicatrices sobre su cuello, producto de la garras implacables de cierto Lord oscuro.
Los ancianos decrépitos del consejo lo habían exiliado alegando que era hora de que el Teniente experimentara con nuevos terrenos y enemigos para cuidar de la humanidad. Era cierto que a lo largo de los últimos 3 años había aprendido a combatir monstruos marinos, sirenas devora hombres, seres con cuerpo de ave de rapiña que robaban bebés y niños, y demás criaturas nauseabundas; sin embargo, no era idiota y se imaginaba por qué lo habían echado de sus tierra natales.
Lo sabía porque frecuentemente, aunque cada vez con menor intensidad, su alma vibraba recordando al hijo de puta de Radamanthys Wyvern y se preguntaba qué estaría haciendo ese maldito chupa sangre y si se la pasaba bien follando y jugando con Saga en su mansión a miles de kilómetros de ahí.
Continuará
