Capítulo 6: El General
Kanon se permitió hundirse en el placer de entregarse al vampiro al que su destino había quedado sellado durante largas noches. Las largas faenas eróticas practicadas bajo el manto nocturno dejaban al teniente tan exhausto que dormía durante la mayor parte del día y sólo despertaba para asearse y comer. Humano y vampiro fueron presas de aquel festín carnal sin tomar en cuenta el tiempo y el espacio. Encontraron tan insoportable la distancia durante los últimos 3 años que el devorarse sin control era la única manera de paliar la sed y el anhelo sin fondo que sentían el uno por el otro.
Sin embargo, la luna de sangre tuvo un tiempo límite para Kanon quien regresó a la realidad cuando un peón al mando del Emperador Julián tocó a la puerta de la casa de Radamanthys exigiendo que el cazador fuese liberado de su cautiverio o de lo contrario el Ejército Imperial rescataría a Seadragon bajo cualquier medio. El teniente salió a toda prisa a entrevistarse con el alborotador y aclaró que se encontraba en aquel lugar bajo su propia voluntad. A cambio recibió una miarada ceñuda y la orden de presentarse ante el Emperador para darle las debidas explicaciones.
Seadragon gruñó en respuesta y cerró la puerta de la casa. Luego, se recargó en el marco de la puerta y exhaló largamente. Enterró una mano en el nacimiento de su largo cabello y finalmente comenzó a darse cuenta de lo inquietos que debían estar Julián y su aprendiz Milo a causa de su inexplicable desaparición. La imagen de la Orden llegó a su mente y el estómago comenzó a revolvérsele. Su pulso se aceleró y mordió sus labios cayendo en cuenta en el enorme dilema en el que estaba metido tras admitir expresamente que correspondía al lazo de sangre con Wyvern.
El Emperador de los Siete Mares no estaba feliz con la ausencia sin explicaciones por parte del cazador a quien había estado a punto de nombrar General de su Armada. Aquella mañana, sentado de piernas cruzadas desde su trono, escuchaba las explicaciones del peliazul mientras lo miraba con el ceño fruncido.
Muy cerca de la puerta de audiencias imperiales, Milo escuchaba a su maestro sin dar crédito a las razones de Kanon quien adjudicó su desaparición a una infección estomacal que casi lo mata hasta que un buen samaritano lo resguardó en su casa durante todo aquel tiempo hasta su recuperación.
— No doy crédito al cuento que estás narrando, teniente Seadragon. Deja de burlarte de mi inteligencia creyendo que creeré esa patraña. Si sólo querías darte un encerrón con quiera que viva en esa casa, lo hubiera comprendido bien.
— Me disculpo si mis explicaciones no le parecen suficientes, su majestad imperial.
— La impetuosa vida sexual que lleva no es ningún secreto para nadie, teniente. Sólo despierta mi curiosidad la persona con quien estuvo todo este tiempo para que le avergüence tanto admitir la verdad.
Un aura incómoda brotó entre los testigos de la escena, pisando fuerte la presencia de Milo en especial.
— Emperador Julián, me permito aprovechar esta audiencia para solicitar permiso de regresar a la Orden de Nike de inmediato.
El soberano se puso de pie dramáticamente y le dio la espalda al cazador. Se encontraba someramente ofendido por los actos erráticos de su soldado favorito.
— ¿Te vas para graduar oficialmente al joven Milo como cazador?
— Así es, mi señor.
— No quiero que tardes más de tres meses ¿Entendiste? Dile a la Orden que no quiero a ningún otro cazador a mi servicio. Solo a ti.
Kanon le ofreció una larga reverencia al Emperador y salió de la sala lentamente. Milo lo interceptó a la salida y le dedicó una larga mirada inquisitiva. El joven exigía muchas explicaciones, pero su maestro lo evadió.
— Prepara tus cosas, chico. Volvemos a casa para que los viejos te reconozcan de una buena vez. Salimos hoy mismo.
— Maestro ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cuál es la prisa de repente? ¿Dónde estuvo todo este tiempo?
— Primero el Emperador y luego tú. — Suspiró con hartazgo. — La verdad es que me metí en una orgía bacanal y me metí en problemas por ello. Ahorrémonos los detalles desagradables.
Milo no aceptaba aquella confesión. Conocía al legendario cazador como pocos y su maestro se encontraba intranquilo e inquieto. Además, le estaba mintiendo. De cualquier modo, acataría la indicación de su superior, aunque no por ello dejaría de cuestionarlo.
Maestro y aprendiz viajaron ligeros y tras preparar sus monturas, sus caballos corrieron a galope sin descanso. Kanon informó que pasarían la noche nada más y nada menos que en castillo de la Reina Athena, ubicado en una ciudad fronteriza entre su país y el imperio de Poseidón. Aquel sitio era una magnífica fortaleza que repelía cualquier clase de ataque humano o sobrenatural.
Usualmente no era fácil acceder tan profundo en el castillo; sin embargo, la orden de Nike servía a la reina directamente y tanto Milo como Kanon presentaron sus credenciales ante el ejército de Athena, provocando una conmoción por la visita inesperada.
A las pocas horas, el viejo General Defteros apareció de modo espectral, helando la nunca de todos los soldados quienes se irguieron exageradamente y presentaron un pulcro respeto marcial.
— Seadragon, qué clase de insolencia es esta. No has escrito ni a la orden ni mucho menos a los secretarios de la Reina Athena para informar sobre este movimiento inusual. Más te vale tener una buena explicación o los echaré a ti y a tu aprendiz al río de monstruos cocodrilo para servirlos como cena.
Kanon miró desafiante a su superior, haciendo contacto directo con los ojos del legendario y experimentado cazador. Seadragon intuía que él había sido culpable directo de haberlo separado de sus funciones en la Orden, por lo tanto, y de Radamanthys.
— Él me encontró y yo cedí — confesó directo y frontal. Defteros abrió sus ojos azules con asombro, para después entrecerrarlos inmediatamente. — Mi General, he venido a clamar su ayuda y si eso ya no es posible, le suplico me corte la cabeza y alimente conmigo a sus cocodrilos de una buena vez.
— ¡Ma-maestro! — exclamó Milo quien sintió que el aire escapaba de sus pulmones y a la vez se encontraba aturdido al no saber qué estaba sucediendo.
El veterano gruñó y meditó la situación durante unos momentos.
— Eres un hijo de puta al exponer a este castillo trayendo tu hedor contigo; sin embargo... casualmente tengo la misión perfecta para tu problema. — soltó una risa suave mostrando su colmillo. — Milo.
— Señor... — respondió inquieto el aprendiz.
— Es hora de que te separes de tu maestro. Apruebo que seas ascendido como cazador. Mañana mismo partirás a la Orden a acatar tu rango, pero antes... — apuntó con sus ojos como dagas a Kanon. — Debes enterarte que Seadragon se convirtió en el rubí de sangre de Lord Wyvern hace algunos años y por eso los mandamos a ambos al océano esperando que un poco de razonamiento entrara a la cabeza hueca de este teniente; sin embargo... el viejo vampiro encontró a su dulce de sangre y tu maestro volvió a caer en sus colmillos. — Defteros bufó asqueado. — Qué decepción.
Kanon desvió la mirada al suelo con el rostro enrojecido y por primera vez Milo notó a su superior avergonzado. El joven estaba abrumado con las revelaciones.
— General Defteros yo... — comenzó Milo, pero el superior lo censuró.
— Declaro su relación como maestro y aprendiz terminada. Teniente, sígame. — ordenó el veterano.
Seadragon, abrumado por la vergüenza de defraudar completamente a su aprendiz, asintió distraídamente y por primera vez en su vida en mucho tiempo se comportó dócil y se dejó hacer por el General.
— ¡Maestro! ¡Maestro! ¿Es eso verdad? ¡Míreme, maestro!
Los soldados detuvieron el andar del aprendiz al comprender la orden de la suprema autoridad militar del castillo. Tanto Defteros como Kanon desaparecieron solos en la oscuridad de los pasillos.
— No tenías derecho a revelarle todo eso a Milo. — reprochó sentado en el despacho de Defteros el cual contenía un sinfín de trofeos de cacería: colmillos, garras, pieles y otros órganos contenidos en frascos nadando en líquidos verdes. El lugar poseía en igual cantidad amuletos y joyas exóticas colgadas por doquier. Todo alumbrado en semi penumbra, únicamente una chimenea al fondo y unas cuantas velas arrojaban escasa luz a la macabra estancia que olía a alcohol y amapola, seguramente el remedio casero principal del veterano para aliviar sus incurables y atroces dolores por viejas heridas de batalla.
Defteros miró con crueldad al más joven, ignorando su queja. Le lanzó un frasco de cristal grande que contenía un líquido viscoso y gris, el teniente lo atrapó y lo examinó dubitativo.
— Extracto puro de raíz de pantano. Bebe varios tragos al día para que el aroma de tu sangre cambie y le resulte desagradable a Wyvern. Tengo más para que tengas provisiones para la misión a la que saldrás mañana.
— ¿Misión?
— Una limpia, teniente. Un grupo de chupasangres están aterrorizando a un pueblo campesino al Norte del reino, así que lleva un abrigo porque el invierno se acerca.
Kanon comenzó a temblar y abrió los ojos como plato entrando en estado de shock. La última vez que Dohko y Shion lo enviaron a limpiar un pueblo del yugo de vampiros fue en alguna de sus primeras misiones como cazador. Hubo tal sadismo de parte de Seadragon contra los chupasangre que su reputación como exterminador comenzó a forjarse y los dirigentes de la Orden prefirieron evitar misiones de ese tipo para el gemelo en pos de su salud mental y la seguridad de las personas involucradas en estos altercados.
— Eres...
— Sólo quiero que recuerdes la clase de escoria a la que pertenece el monstruo al que le entregas el culo cuando te llama con el dedo. — Defteros tomó un puñado de amargas semillas y comenzó a mascarlas, inundando el lugar con el sonido de sus muelas triturando las duras cortezas.
Kanon dejó de respirar y cerró sus puños. Miró desafiante los ojos azules del otro y de pronto recordó los rumores que corrían sobre el General.
Defteros también había nacido con un hermano gemelo quien, al igual que Saga, se convirtió hacia el camino de la sangre. El teniente observó la inclemencia que reflejaban los irises de su interlocutor y se preguntó si quería llegar a ser un viejo como aquel, a quien parecía que le habían arrancado el corazón en carne viva hacía demasiados siglos.
Cuando Radamanthys regresó a su casa en Atlantis y sus sirvientes le contaron de la visita del soldado imperial y cómo Kanon salió al Castillo sin regresar nunca más, el lord oscuro se volvió loco de rabia. Tomó su capa y persiguió el rastro del gemelo, cual había salido de la Ciudad. Furioso, el rubio capturó a un guardia personal de Julián y lo obligó a confesar haciendo uso de su habilidad de control mental.
Salió detrás del cazador, siguiendo el camino hasta la Orden. No obstante, el rastro se borró de súbito en la frontera entre el imperio marítimo y las tierras athenienses.
Lord Wyvern se resguardó en un bosque y comenzó concentrarse para apaciguarse. Trató de calmar el desbocado latir de su corazón y el ansia asesina que recorría sus venas y que exigía matar a todos quienes querían separarlo de Kanon.
Cuando lo logró, tomó asiento en el helado suelo musgoso y el aliento helado de la noche enfrió su blanca piel, su sangre y su instinto. Finalmente, obtuvo una respuesta en sus cavilaciones: el castillo de Athena.
Sus espectrales ojos ambarinos se abrieron y brillaron sobrenaturalmente en la oscuridad del bosque. Sin dudarlo, se encaminó hacia aquel horrendo sitio que siglos atrás él mismo y los leales al señor Hades desearon derrumbar en una cruenta guerra.
Tras el paso de un par de horas, Wyvern vislumbró la célebre fortaleza que se desplegaba frente a él en el horizonte. Estaba a punto de cruzar las primeras torras vigías, dispuestas alrededor del castillo a varios kilómetros a la redonda, siempre alertas a cualquier intrusión inusual.
Radamanthys no temió ser detectado y estando a unos metros de cruzar estos puestos estratégicos, fue derribado por una sombra brutal y tan poderosa como él. Los dos cuerpos chocaron y su colisión sonó como dos sólidos cuerpos de metal golpeándose entre sí. Por supuesto que esta conmoción provocó a las torres vigías buscar la fuente de inmediato en medio de la noche. Los soldados de athena comenzaron a alumbrar con sus faros inspeccionando sus alrededores.
Wyvern luchó frenético contra su inesperado contrincante, pero este no buscaba una batalla en realidad; en cambio, tomó al rubio de la túnica y lo arrastró fuera del campo de alcance de las torres. Apenas pudo sacar a Radamanthys de esta zona, cuando este logró contraponerse y se lanzó al ataque.
— Compórtate de una buena vez, maldito cejón — bramó el rival y al levantar la cabeza, el gorro de la capa reveló a un hombre de piel tan pálida como la de Wyvern y una larga cabellera abundante y plateada.
A cambio, el rubio rugió y, haciendo caso omiso de su compañero, siguió peleando con él hasta que se uno de los dos declaró su derrota.
Al terminar aquella batalla, Radamanthys se irguió. Sus irises habían cambiado del ámbar fosforescente a un carmesí que parecía hervir en furia.
— ¿Quién te mandó a seguirme, maldito Minos?
El lord oscuro de melena plata comenzó a reír de modo ronco y malicioso, él había resultado derrotado, así que tosió sangre y estiró su cuello y sus hombros, reacomodando los huesos dislocados.
— Bruto sin misericordia, Wyvern, me rompiste una o dos costillas.
— ¡Habla, maldita sea, Griffon! — exigió el rubio.
— ¿Quién más puede ordenarme sino nuestro señor Hades?
Los ojos de Radamanthys se abrieron pasmados y el brilló demente carmesí en su mirada se redujo a nada. Boqueó como pez fuera del agua y finalmente tocó la realidad a su alrededor.
— Y llegué justo a tiempo. Un segundo más y estarías iniciando una tercera guerra santa sólo por perseguir a tu putilla humana.
— ¡Minos!
— Esta vez la armaste en grande, tienes órdenes de presentarte a nuestro señor cuanto antes y, por cierto...
Los ojos color hierro líquido de Griffon apuntaron al alba que comenzaba a despuntar en el límite del cielo y la tierra.
— Es hora de buscar refugio en alguna cueva, grandísimo imbécil, y no te preocupes por seguir a tu caramelo de sangre. Si él buscó a la reina Athena clamando ayuda, ten por seguro que al anochecer se lo habrán llevado muy lejos de tu alcance.
~~~~~~~~~~~~ Continuará
El final aún no ha llegado, se está extendiendo un poquitín. Gracias por la espera.
