Capítulo 7: Culpas


Deuteros envió al Teniente Seadragon a la frontera norte en solitario. Le otorgó un pergamino extraordinario de la Orden firmado por él en donde dictaba las instrucciones de la misión de efecto inmediato: "exterminio de la plaga y liberación exitosa del pueblo afectado"; además, el General otorgó a Kanon solamente una espada y una daga como armas, despojándolo del resto de su arsenal "Quiero que sientas la desesperación de los pobladores en carne y cuando logres enterrarles el filo de tu arma en el corazón a esos chupasangre, contemples el brillo sobrenatural de sus ojos desaparecer".

Kanon caminó en medio de la nieve calzando raquetas para evitar hundirse en el espeso manto de blancura que le quemaba los ojos al contraste con el sol. Le llevó dos días más de lo calculado arribar al lugar. Deuteros sí que era un hijo de puta al exponerlo a un clima en extremo opuesto al infierno tropical de los dominios del Imperio de Poseidón.

Seadragon sentía desfallecer tras caminar por horas en aquel desolado sitio fronterizo. El viento helado le quemaba los pulmones de modo atroz, pero no sucumbiría. El cruel General sin duda lo había enviado a aquel sitio a morir deliberadamente. Aun así, no le daría el placer de perecer tan fácilmente. Hasta ahora nunca se lo había concedido a nadie.


Radamanthys fue escoltado por Minos hasta el Castillo del Gran Lord Oscuro. Aquella actitud causó recelo en Wyvern; mientras que Griffon lucía contento de tener un poco de entretenimiento. Cruzaron sin ningún problema las guardias y filtros de la fortaleza debido al alto rango que ostentaban en la corte de Hades. Además, todos los soldados al servicio del Rey de la Oscuridad, les regalaban reverencias y muestras de férreo respeto.

— Pobres ingenuos — comentó el de cabellera plateada mientras sonreía ocultando la mirada bajo su flequillo. — Si supieran que su admirado Lord Wyvern, el más leal de los Tres, estuvo a punto de romper el sagrado pacto de paz con la Reina Athena sólo por un culito mortal que además es cazador.

El rubio torció el labio, pero no respondió a las provocaciones de Minos, el más sádico conspirador de los Tres.

Cuando finalmente se adentraron al ala Oeste de la construcción, un ambiente helado se hizo mucho más presente. Los guardias redujeron su número hasta reducirse a ninguno cuando se toparon con el majestuoso jardín que brillaba espectral bajo el halo plateado de la luna y las estrellas. Minos y Radamanthys sintieron su espina erizarse, pues Thanatos de Hypnos, los vampiros más viejos al servicio de Hades y, por lo tanto, casi tan poderosos como él, solían pasar el tiempo en aquel jardín.

— Radamnthys… — la suave voz de Pandora lo llamó a adentrarse más al campo de flores. — Minos, excelente trabajo como siempre. Puedes esperar en el ala Este.

— Lo que quiere decir que saldrás con vida de esta. Buena suerte. — se despidió el de cabellera plateada.

El rubio se dirigió hacia donde lo llamó la hermana de Hades. Cuando estuvo frente a ella, la reverenció adecuadamente. La regia vampiresa, tan hermosa como letal, no se inmutó e indicó con sus manos hacia donde debía dirigirse. Existía mucha tensión entre ellos. La verdad era que, contrario a lo que la mayoría creía saber, Pandora había sido quien convirtió a Radamanthys siglos atrás, y no Hades. Por ello existía un lazo muy profundo entre ambos que se oxidaba con el tiempo y aún más ahora con las acciones del rubio.

— Mi señora Pandora, yo…

— Nuestro señor te espera.

Wyvern tensó la espalda y comprendió el mensaje reacio de su creadora. Se adentró al jardín hasta encontrar al ancestral vampiro sentado en su trono dispuesto sobre una larga plataforma que sobresalía entre el lago de flores. El Lord colocó una rodilla en el suelo y se inclinó completamente sumiso.

— Qué afortunada experiencia encontrar un rubí de sange, Radamanthys — comenzó el superior cuya voz era terciopelo puro.

— Señor…

— He perdido la cuenta de los siglos que he vivido, milenios quizás y a pesar de ello nunca he experimentado la famosa y terrible sed que provoca un rubí. — Hubo una larga pausa, frecuente en las conversaciones de lento ritmo del ser ancestral. — No está en la naturaleza de todos los seres oscuros hallarlo; depende por completo de la personalidad de cada uno de nosotros. Minos, por ejemplo, se lo devoraría en un segundo y quizás moriría de desesperación tras haber extinguido tan rápido la sangre más dulce. Aiacos probablemente mataría a su rubí, incapaz de concebir una debilidad de semejante calibre y eso lo arrastraría a ser aún más inmisericorde y se refugiaría en hibernación por décadas como auto castigo. Mientras que tú… — los ojos de profundo azul turquesa penetraron su alma. — Eres más mesurado y calculador que los otros dos y; sin embargo, en extremo apasionado. No te resistirías a tu rubí y te obsesionarías libremente con él; sin embargo, no descuidarías tus deberes ni perderías la cabeza hasta que… la sed por él te superara y es lo que estuvo a punto de pasar.

— Mis más profundas disculpas por poner en riesgo la paz que le costó construir con tanto esfuerzo, mi señor. Estoy dispuesto a acatar cualquier castigo que…

— ¿Castigo? No, mi querido Wyvern. Yo soy tu maestro y mentor, no tu dueño. Te llamé para ofrecerte soluciones. No me opondré si decides clamar al cazador Seadragon en cuyo caso ya conozco el final: empezará a envejecer y a enfermar o se accidentará gravemente y terminarás convirtiéndolo, lo cual anulará el efecto rubí. O eliges ahorrarte este melodrama inevitable y me solicitas que te encadene mientras Minos y Aiacos toman su vida.

En un segundo Radamanthys imaginó a esos dos brutos arrebatándole el aliento a Kanon, eufóricos de gozo tras la pelea que el digno cazador seguramente daría y de la que sus iguales no saldrían bien parados. Negó con la cabeza y cerró los ojos, intentando esfumar la visión de Minos sorbiendo del cuello moreno, mientras Aiacos enterraba sus colmillos en las caderas de Kanon, muy cerca del pubis. Wyvern apretó el suelo bajo sus manos, pues aún se encontraba arrodillado. La tierra crujió, partiéndose, y la respiración del rubio se aceleró, volviendo pesado el ambiente.

— Entiendo… — respondió Hades sin necesitar palabras por parte de Radamanthys. — Tienes mi permiso, pero escúchame, si pones en peligro la paz de los nuestros, no serán Minos y Aiacos a quienes envíe tras él, sino a Thanatos e Hypnos.


— ¡Lo enviaste a su tumba! ¡La Reina Athena jamás aprobaría semejante cosa! ¡Como es que…! — Shion vociferaba con desesperación en su oficina en donde se encontraban Dohko y Defteros de pie al igual que él.

El nacido bajo el signo de Libra permaneció callado con los brazos cruzados esbozando un rictus de tensión. Quería apaciguar al de cabellera verde, pero él tampoco había tomado nada bien la noticia de la misión asignada a modo de castigo a su antiguo pupilo Kanon. Dohko intentó vaciar su mente y calmar su respiración.

— La frontera con Asgard ¡Un solo teniente! ¡Y ni siquiera le diste un arsenal adecuado! ¡Maldita sea! Hubiera sido más piadoso sentenciarlo a la horca — insistía Shion.

El maestro de cabellera castaña no pudo deshacerse del todo de su ira y la desesperación de Shion tampoco ayudaba. Finalmente, el castaño tuvo una resolución.

— Iré ahora mismo a pedir una audiencia urgente a la Reina para reportar todo esto y solicitarle que despleguemos una invasión de emergencia hacia Asgard. No me mires así, Deuteros, tengo la misma autoridad que tú delante de ella. — Dohko gruñó. No era común verlo perder los estribos. — ¡¿Qué es lo que ha pasado contigo todo este tiempo?! Solías ser bueno y justo. Asmita te desconocería y estaría muy decepcionado de ti, maldita sea.

Shion dio un respingo de sorpresa por el atrevimiento del Libra al invocar el nombre del gran amor del General quien murió durante la última guerra contra Hades. Dohko continuó.

— Viejo amigo, Kanon no es Aspros ni se convertirá en algo parecido a él. Confío en mi antiguo pupilo y voy a hacer todo lo posible por salvar su vida.


Siegfried escuchó el informe de sus soldados y lo que contaban le parecía inconcebible. Un solo cazador se infiltró en el territorio fronterizo que sus tropas habían tomado durante semanas tras haber sufrido una pésima época de heladas que estaban matando a la tribu de la sacerdotisa Hilda y que buscaba refugio temporal más el sur.

El presunto enemigo estaba armado únicamente con una espada y una daga. Aun así había podido exterminar él solo a la primera guardia compuesta por robustos y bien alimentados vampiros. El sujeto continuaba avanzando y escabulléndose hábilmente, aunque en su último encuentro Hägen logró herirlo y después el humano escapó.

— ¡Suficiente, basta de juegos! Esta noche me uniré a la guardia y acabaremos con es lunático suicida. — golpeó la mesa el ejemplar sobrenatural de cabellera platinada y ojos azules.


Kanon se hallaba oculto en una helada cueva en donde encendió una fogata para no morir de hipotermia. Con ayuda de una brasa a fuego vivo, cauterizó la herida que el hábil chupasangre de nombre Hägen le había logrado infligir en el costado izquierdo. Kanon gimió sonoramente y se mordió los labios de dolor. Luego, aturdido, se echó sobre el suelo gélido, se cubrió con la única manta de piel que llevaba consigo pero que estaba húmeda y durmió para olvidar el dolor por unas horas.

Siegfried se unió a la tercera guardia esa noche, la última que quedaba, pues el cazador había liquidado a la segunda y a la primera. Además, le había arrancado


un ojo y una oreja a Hägen antes de huir al despuntar el alba. Le sorprendió comenzar a escuchar el movimiento del humano, que apestaba a carne chamuscada, decidido a seguir mermando a sus tropas, pero el de ojos azules había tenido suficiente y él mismo fue a sacar a Kanon de su escondite. La pelea comenzó.

Evidentemente, el asgardiano obtuvo una enorme ventaja ante el debilitamiento continuo del Teniente y a pesar de ello, el combate no dejó de ser mortal. Los soldados restantes quedaron boquiabiertos ante el despliegue de habilidades de su líder y a su vez no cabían en su asombro por la tenacidad del humano, quien parecía más bien un águila herida a esas alturas, y estaba obligando a Siegfried a ponerse serio.

Tras unos minutos de duelo, el de cabellera platinada comenzó a apoderarse de la batalla, finalmente desarmó a Kanon y lo tumbó al suelo. El cazador comenzó a toser sangre.

— Hasta aquí llegó tu juego suicida. Ahora abraza a la muerte.

Los soldados abrieron sus ojos expectantes y suspiraron anhelantes de ver a su líder dar el golpe final.

La sonora colisión de unos poderosos brazos deteniendo las garras letales de Siegfried interrumpió el clímax. Una figura encapuchada por una capa de terciopelo violeta hizo frente al temible asgardiano. Toda la tropa se agitó y se abalanzaron contra el desconocido recién llegado.

Un segundo desconocido aprovechó la conmoción para rescatar al moribundo Kanon. El Teniente se sobresaltó y quiso resistirse, pero un intoxicante aroma a rosas le hizo perder el conocimiento.


El cazador recuperó momentáneamente la noción del tiempo. Se encontraba en una casa abandonada y fría en la cual habían encendido el fuego de la chimenea, lo habían desnudado y depuesto cubierto con pieles secas y gruesas frente al fogón.

Kanon sentía tanto dolor que no podía moverse, además lo invadía una profunda sed y la boca le sabía a sangre. Sentía arcadas.

El desconocido de capucha violeta le acercó una esponja limpia con agua a los labios y el cazador no dudó en beber. Al terminar levantó la vista y se topó con unos ojos idénticos a los suyos: de iris esmeralda enmarcados por largas pestañas negras.

— ¡Sa…sa…! — intentó gritar, pero tenía la garganta desgarrada por la helada.

— Cálmate, Kanon.

El Teniente se removió intentando liberarse de las pieles, pero fracasó y el dolor lo hizo retorcerse haciéndolo parecer una oruga. Luego, se rindió momentáneamente y los párpados le pesaron a causa del cansancio acumulado.

— Nunca quise convertirme en vampiro y nunca quise matarte ¿Qué opción tenía? Pero nunca has querido escuchar y sólo te obsesiona matarme ¿Y después qué?

— ¿P…por… q…? — farfulló el humano.

— ¿Por qué te rescaté? No lo sé, instinto de hermano gemelo quizás. Kanon, yo nunca voy a olvidar los años cuando era un humano y tú y yo éramos inseparables. Me lastima profundamente que tú si lo hayas olvidado y sólo recuerdes los pocos días cuando fui convertido, torturado y manipulado en contra de mi voluntad

Aunque se resistió profundamente a no sucumbir ante la oscura inconsciencia, el mellizo menor se quedó dormido y dejó de escuchar.


Cuando recobró la consciencia, Kanon despertó en un lugar completamente diferente. Se encontraba de día dentro de la tienda de un campamento militar. El dolor había disminuido y sus heridas estaban siendo tratadas adecuadamente. Se removió en la cama para medir el alcance de sus movimientos y comenzó a gritar pidiendo agua.

En seguida, Dohko y Milo entraron a la tienda y en lugar de atenderlo se pusieron a insultarlo con lágrimas en los ojos, completamente conmovidos de haber recuperado con vida al Teniente.

Poco a poco, la atmósfera se aligeró. Finalmente, atendieron las peticiones de agua de Kanon y al cabo de unos minutos de charla, el maestro Dohko habló.

— Kanon, lo que el General Deuteros te ordenó hacer fue inaudito; sin embargo, aceptase a consciencia y por ello tú y él son igualmente retorcidos. Él te envió a expurgar tus culpas con la muerte y tú aceptaste la sentencia sin chistar al no poder lidiar con la culpa de corresponder a Lord Wyvern

— Maestro Dohko, basta por favor yo no…

— Hablamos con la Reina Athena de la situación, maestro — se adelantó Milo. — Y ella dijo que…

— Dije que es por estas razones que mis antecesoras construyeron con tanto esfuerzo junto a valientes cazadores la actual paz de nuestros días. — La actual Reina se adentró vaporosamente en la tienda. Su belleza era tal que proyectaba un halo divino alrededor de su joven y curvilíneo cuerpo vestido por un primoroso y ceñido vestido blanco.

— ¡Reina Athena!

Milo y Dohko la reverenciaron. Kanon quiso hacer lo propio, pero las vendas y suturas en su cuerpo se lo impidieron. La primorosa mujer se acercó a él y tocó su mano mientras negaba con la cabeza de cabellera lila, coronada con una tirara de oro, y le sonreía.

— Puedes hacer una libre elección respecto a Lord Wyvern. Ahora lo único que te pueda impedir corresponderlo serán las nubes en tu corazón.

— ¡Nunca dejarás de ser mi maestro, no importa qué! — afirmó Milo con rostro serio y determinado.

— Ni tampoco, mi pupilo — secundó Dohko sonriente.


Continuará

El siguiente capítulo será el último de esta historia de vampiros y cazadores ¡Gracias por acompañarme en esta aventura!