Capítulo 8: Kanon y Radamanthys
En la abadía de la Orden de Nike estaban por llevarse a cabo la ceremonia y los ritos propicios para nombrar a Milo un orgulloso cazador que juraría defender a la humanidad contra las injusticias y masacres de las órdenes oscuras cuya amenaza se encontraba en permanente acecho.
El recinto estaba inundado por una atmósfera de asombro, solemnidad y entusiasmo, pues sorprendentemente la mismísima Reina Athena había acudido para la ceremonia del pupilo y aprovechó para inspirar a las valientes tropas que combatían en su nombre y bajo su protección.
La amorosa Reina se acercaba con naturalidad a los embelesados miembros de la Orden para ofrecerles palabras de agradecimiento y aliento. Ella no hacía distinciones de rango u oficio, dejando a todos en un trance de paz y alegría con el aroma de su dulce perfume de orquídeas.
Mientras tanto, Milo se encontraba en su habitación terminado de envestirse con el uniforme de gala nuevo que su maestro le acababa de regalar para la ocasión. Botas, pantalón, gabardina y gorra militares de tonalidad negra con detalles en cuero igualmente oscuro.
El antiguo pupilo se miró al espejo y suspiró. Se acomodó mejor la larga cabellera que llevaba atada en una coleta alta, pues deseaba que ninguno de sus largos mechones azules ocultaran su nueva insignia elaborada de oro puro: el símbolo de la reina Athena que yacía en su cetro real y que representaba a Nike, la victoria. En la parte inferior del aditamento yacía una estrella pulida y bien visible, aquello reflejaba su ahora nuevo rango: sargento.
— El negro siempre te ha quedado bien, chico.
Sin avisar, Kanon entró a la habitación y sonrió a Milo abiertamente orgulloso.
— ¡Maestro! Cuántas veces le he pedido que no entre sin tocar.
El Teniente de cabellera añil rio suavemente.
— Chico, ya no soy tu maestro, dejaste de tener la incompetencia de un aprendiz desde hace mucho tiempo, ya es hora de que todos te reconozcan como te mereces.
— Maes… — Milo se detuvo, con la voz cargada de sentimiento. — Teniente.
— Te he preparado un regalo, Sargento — continuó la conversación Kanon quien le mostró una caja de madera pintada de dorado que llevaba en la mano izquierda.
Milo la tomó curioso y se le quedó mirando con intriga a lo largo de varios segundos.
— ¡Vamos, ábrela, chico! — apremió su antiguo instructor.
El más joven se apresuró a develar el misterio rápidamente y se encontró con una especie de aditamento que se ajustaba a su dedo índice. Sabía perfectamente qué era aquello: una versión perfeccionada y bellamente cincelada de su arma característica. Un aguijón.
— Está elaborado de una perfecta aleación de hierro negro, partículas de rubí y oro. Por supuesto que fue fabricada por los devotos monjes del Templo del Sol bajo petición especial mía. Fue cargada 365 días sin parar con rezos y ofrendas. Podrás infestarla con tu horrible veneno de lenta penetración. Podrá perforar todo tejido y nunca se romperá. El diseño mejora la falla ergonómica que te hizo romperte el maldito dedo no pocas veces con la baratija que todavía usas, además…
Kanon no pudo terminar su explicación, pues su antiguo pupilo se lanzó a abrazarlo efusivamente con el rostro empapado de lágrimas.
La sala de ceremonias se encontraba abarrotada aquel día, ningún habitante de la abadía deseaba perderse aquel evento sin precedentes. Usualmente era el mando máximo quien oficiaba el ritual de grado para los cazadores, pero debido al repentino anuncio de retiro del General Defteros, la mismísima Reina Athena oficiaría la ceremonia.
No había ningún espacio libre en las bancas del lugar. Muchos tuvieron que permanecer de pie e incluso había gente afuera dando saltos esperando contemplar alguna escena del evento, aunque fuera por escasos segundos.
Milo se encontraba arrodillado con solemnidad sobre la alfombra de terciopelo rojo, apostada sobre las escaleras de mármol que llevaban a la plataforma desde donde la Reina ofició la ceremonia mientras era auxiliada por sus doncellas guerreras: las Santias. Kanon fue un orgulloso testigo desde la primera fila y un profundo suspiro brotó de su pecho cuando la monarca alzó su cetro, lo colocó sutilmente sobre los hombros del joven de cabellera azul y pronunció.
— En nombre del amor y la paz, te reconozco como cazador de la Orden de Nike con el rango de Sargento. Serás conocido como Milo, el Escorpión. La humanidad cuenta contigo para protegerlos ¿Me ayudarás en esta peligrosa empresa?
— ¡Entregaré mi vida a ello sin dudar!
Tal como era tradición, después de un nombramiento, un fastuoso festín se daba lugar para todos los que estuvieran presentes en la abadía.
Asado, cervezas, licores, panes, pasteles y pudines se sirvieron sin cuartel a los asistentes quienes corrieron desde la sala de ceremonias hasta el comedor. Pronto, la música de armónicas y banyos comenzó a sonar, creando una atmósfera de alegría y tibio entusiasmo se desbordó entre todos los presentes.
Los cazadores vivían en permanente peligro mortal. Estaban listos a sufrir muertes agonizantes y lentas en cualquier instante, por lo que aprovechaban cualquier oportunidad para gozar el placer de respirar.
Kanon fingió que se hundía al igual que sus acompañantes en la vorágine de embriaguez y excesos de aquella velada. Cuando Milo fue rodeado de colegas que lo vitoreaban y ensalzaban, su antiguo maestro aprovechó para deslizarse fuera del comedor.
Caminó por los jardines bajo la luz de la luna y a la distancia avistó a la guardia de la puerta. Sabía que se turnaban en grupos pequeños para acudir al festín y relevarse cada dos horas para que ninguno se perdiera del banquete.
Intentó sonreír, pero no lo logró. Luego, se sentó en el césped helado y levantó la vista hacia el cielo que estaba salpicado por nubes y la luna creciente se ocultaba ocasionalmente tras ellas.
Una avalancha de sensaciones y culpas lo aplastaban: sentía dicha y orgullo por Milo; sin embargo, la ceremonia de rango le atestó algunas bofetadas de realidad al Teniente. Había respondido el mismo juramento a Defteros mucho tiempo atrás. ¿Y ahora? Ahora sólo lo embargaba una obsesión por el estúpido Lord Wyvern.
Pensar en ese imbécil chupasangre le causaba cosquilleos incómodos por todo el cuerpo sin tregua; sentía que el aire le faltaba en los pulmones y no dejaba de acosarlo el insoportable deseo por hallarlo y entregarse a sus brazos como doncella perdida.
Kanon abrazó sus rodillas y ocultó su rostro en sus muslos. No menos importante era el hecho de que su odio hacia Saga había disminuido considerablemente, pues estaba seguro había sido aquel quien lo salvó del duelo suicida contra Siegrfied. En poco tiempo, todo en lo que creía se había derrumbado y su vocación de aniquilar chupasangres se hallaba borrosa en el horizonte.
La noche transcurrió y el Teniente permaneció en ese solitario y apartado sitio hasta que una presencia de aroma dulce y floral se acercó a él. Era la misma Reina Athena en persona. La amabilísima y hermosa monarca le sonrió y el cazador se sintió avergonzado. Todas las culpas que lo abrumaron cayeron sobre él y algunas lágrimas de rabia contra sí mismo amenazaron con asomarse desde sus ojos ¿Cómo osaba traicionar a aquella soberana cuyo linaje no había hecho sino proteger a los humanos?
Ella pareció comprender todo lo que atormentaba al mejor cazador en activo de la abadía y se sentó a su lado, acomodando su vestido adecuadamente sobre el helado césped.
— ¡Su Alteza, este no es lugar adecuado para usted! Podemos ir a un lugar más acogedor si necesita hablar conmigo.
— Me gusta aquí, Kanon. Mi abuelo me solía enseñar las estrellas desde pequeña y disfruto la vista desde aquí. En el castillo la iluminación no me permite ver tantas como esta noche ¿Me permites compartir este momento a tu lado?
El cazador asintió y ambos permanecieron contemplando el negro firmamento salpicado por miles de luceros parpadeantes. La vía láctea se podía percibir a detalle desde donde se encontraban.
— ¿Sabes cuál ha sido el lema de todas mis antecesoras? — comenzó la conversación la Reina.
— No, su Alteza.
— Nunca subestimes el poder del amor.
— ¿Reina Athena? No comprendo…
La hermosa joven, cuyo nombre de pila sin título era Saori, rio burbujeantemente y sus ojos verdes depositaron calidez en el pecho del Teniente.
— Cazadores humanos y vampiros se han perseguido por siglos, abstraídos en un cruel círculo sin fin. Normalmente, esto termina en la muerte de todos ustedes tarde o temprano, por desgracia. — la Reina bajó la vista y sus ojos amenazaron con verter lágrimas. Suspiró hondo y continuó. — Ambos bandos están tan obsesionados con este destino que le han puesto ciertos sobrenombres interesantes a cierto acontecimiento inusual: "rubí de sangre"; "obsesión roja"; "demencia de la penumbra".
— ¿Demencia de la penumbra? — preguntó boquiabierto el peliazul.
— Así como ustedes nombran al término rubí de sangre, algunos vampiros más ortodoxos lo llaman así. Creen que es una enfermedad terminal para su especie.
— Su Alteza, discúlpeme, pero no estoy comprendiendo nada.
La Reina Athena sonrió y su boquita se frunció hermosamente cual rosa abriendo sus pétalos.
— Cazadores y vampiros se han empeñado en definir incorrectamente a este fenómeno que ocurre esporádicamente entre un humano y un vampiro: amor. Kanon, tú y Radamanthys están enamorados. Jamás me interpondría entre semejante unión si toda la sabiduría de mis antecesoras me ha dictado que el amor provoca cosas increíbles a nuestro favor.
El gemelo boqueó como pez fuera del agua y no fue capaz de decir algo coherente. En otras circunstancias hubiera censurado y callado majaderamente a cualquier otra persona que le hubiese insinuado semejante cosa. Sin embargo, la resolución con la que la máxima autoridad para él le soltaba aquella declaración lo dejó completamente desarmado.
Saori permitió al Teniente procesar toda aquella avalancha de sensaciones y pensamientos y ella continuó mirando al firmamento, recordando las constelaciones que su abuelo le enseñó con paciencia.
— No quiero convertirme en vampiro. Yo… quiero morir humano. Yo…
— Habla de todas las brumas que asolan tu corazón con Wyvern Radamanthys. Si él te ama de verdad, no te obligará a renunciar a tus convicciones, así como tú no lo harás con las suyas.
— Yo… se supone que debo tomar otro aprendiz y…
Saori volvió a sonreírle con complicidad.
— Kanon ¿Conoces el título de cazador emisario?
— Ese título… lo han ostentado pocos cazadores quienes viajan por el mundo fuera de la jurisdicción de la Orden para proteger a la humanidad de modo independiente y autónomo. Pero sólo puede ser concedido por…
— La Reina
Terminó la oración la monarca con dulzura.
Minos y Aiacos arribaron sin invitación a la mansión de Lord Wyvern bajo el argumento de que era su solmene deber como Lores oscuros vigilar de cerca a su colega quien inimaginablemente había caído en la peligrosa "demencia de la penumbra. El señor Hades hubo ordenado que todo se le permitiría a Radamanthys siempre y cuando no amenazara la paz que apenas se sostenía entre ellos y los patéticos soldados de la odiosa Athena.
— No nos tomes como chaperones, Wyvern — habló Aiacos bebiendo de una copa sangre fresca recién extraída de alguna doncella.
— Seremos tus amistosos y favoritos consejeros — alzó Minos su copa rebosante de espeso líquido bermellón casi negro. — ¿Seguro que no quieres un trago?
El rubio arrugó la nariz y se apartó.
— Si quiero estar con Kanon, debo dejar de beber sangre humana sin consideración.
— Pfff… — Aiacos soltó sonoras carcajadas que fueron secundadas por las risas de Minos.
— ¿Y qué harás? ¿Chupar sangre de perros? ¿De caballos? — inquirió Minos con crueldad.
— No seguiré hablando con un par de orates como ustedes, no lo entenderían — les gruñó Wyvern.
— Hermano mío. Ayúdame a entender… ¿Por qué simplemente no lo conviertes y lo unes al festín sangriento de la noche?
Radamanthys colocó los ojos en blanco y se cruzó de brazos. Hades tenía toda la razón al haber analizado que de entre los Tres Lores, Wyvern era el único que poseía las cualidades de aceptar y abrazar los sentimientos casi dementes que anidaron en él tras encontrar a su rubí de sangre.
Mientras sus dos hermanos seguían sentados en su sala brindando y hablando insensateces, Radamanthys se acercó a un ventanal de la estancia y admiró el cielo oscuro bañado de las eternas estrellas, tan viejas que hacían parecer su propia vida un parpadeo.
Esas mismas estrellas junto con la luna creciente fueron testigos siglos atrás de los momentos cuando la hermosa y espectral Pandora lo rescató de entre el infinito fango de sangre y cadáveres que dejó atrás cierta batalla que el feroz Radamanthys lideró siendo General. A pesar de que el bando contrario había ganado, las tropas de Wyvern liquidaron a la mayoría de los enemigos quienes difícilmente contarían aquella batalla como victoria; más bien una macabra masacre donde sólo un puñado quedó en pie.
Pandora intentó seducir a Radamanthys días antes ofreciéndole al soldado una vida eterna junto a ella abundante de frenesí, lujo y erotismo si aceptaba abandonar a su ejército para huir con ella; sin embargo, el General se negó y aunque admitía estar loco por la vampira, su deber con su pueblo era primero, pues la vida de toda una civilización dependía de la heroica defensa de aquella codiciada frontera bajo su cuidado.
Y ella quedó fascinada con el primer hombre que la rechazó entre cientos de incautos a quienes engañó y devoró.
Pandora aún escuchaba el débil latir de aquel hombre quien la obsesionó y cuando logró retirar la pila de cadáveres que lo mantenían atrapado, lo liberó y lo sostuvo entre sus brazos, manchando la exquisita túnica oscura que vestía la vampira con lodo y sangre. Los irises ámbares de él alcanzaron a saludarla, aún rebosantes de ferocidad.
Ella sonrió de medio lado y besó los labios gallardos del héroe lentamente, saboreando el último aliento mortal de Radamanthys.
Ensimismado dentro de sus recuerdos, Wyvern fue devuelto a la realidad al notar desde las profundidades del cielo oscuro a una lechuza volar directo hacia su morada. El ave nocturna se aproximaba diligentemente a la torre de mensajería y el Lord oscuro tuvo una corazonada al respecto.
Se retiró lentamente, sin levantar sospechas de los otros dos y caminó hasta la cima de las pajareras en donde yacían animadas las lechuzas mensajeras que entraban y salían esporádicamente en busca presas que capturar mientras no se les requiriera para alguna entrega por sus amos vampiros.
La recién llegada ululaba insistentemente mostrando su pata derecha en la cual llevaba un brazalete de mensaje. El rubio se acercó y quitó al ave el anillo, después le acarició la cabeza color arena en agradecimiento y la lechuza emitió un sonido de aprobación. Luego, emprendió vuelo fuera de las pajareras.
Radamanthys sacó el papel que yacía dentro y leyó el mensaje escrito con sangre. Wyvern lo acercó a su nariz y reconoció al instante al remitente.
— Kanon…
"Bluegard. Dentro de tres lunas llenas"
Un par de semanas después del nombramiento oficial de Milo y pasado el júbilo en la abadía por el evento, los Coroneles Shion y Dohko encabezaron otra ceremonia de índole mucho más privada en la que contaron con el honor de tener a la mismísima Reina como oradora de nueva cuenta.
Kanon era nombrado "Cazador Emisario" y cuando el cetro de oro de la monarca tocó con sutileza sendos hombros del cazador para culminar con el ritual, el Teniente fue golpeado por dos sensaciones encontradas: sentía como un abrumador peso abandonaba su espalda, pero a la vez una profunda nostalgia lo abordó al saber que la abadía no era más su hogar. Aquel sagrado territorio que fungió como su refugio, su salvación y su universo durante prácticamente toda su vida.
— Teniente Kanon — habló Saori mientras sus Saintias tomaban su cetro y su corona, pues a la Reina no le gustaba cargar todo el tiempo con su indumentaria real. — Para el inicio de tu travesía protegiendo a la humanidad fuera de las puertas de la Orden de Nike, tengo un favor especial que pedirte.
— Cualquier cosa, Reina mía.
— Lleva contigo a mi Caballero más leal y guardia personal, deseo que aprenda a tu lado durante algunas lunas.
Toda la Orden sabía quién era el preferido de la Reina. Su leal Caballero quien ostentaba el título de "Pegaso" al ser el escudo, la espada y las alas personales de Athena.
— Será un honor tener al joven Seiya bajo mi cuidado, su Alteza.
El lugar de entrenamiento elegido por el cazador emisario Kanon fue una Ciudad de clima cruento muy cercana a Asgard: Bluegard: el eterno invierno del Reino. Seiya no titubeó ni un poco cuando su mentor temporal le hizo saber a lo que se enfrentarían durante las siguientes noches.
Ambos guerreros de Athena llevaron a cabo el aseguramiento y vigilancia de la zona durante docenas de heladas veladas. Los pobladores agradecieron su presencia con ahínco, pues banshees de las nieves se encontraban robando niños y bebés para alimentarse dentro de la espesura de las montañas.
Kanon supo por qué la Reina eligió a aquel joven como su guardia más cercano, Seiya era el muchacho más valiente y determinado que había conocido. Por su parte, el Pegaso al principio mostró rebeldía ante el Teniente quien con acciones le demostró por qué su fama lo precedía tanto que la Reina confiaba personalmente en él. Aunque tuvieron un inicio tenso y de pésima comunicación, al final de la segunda luna formaron un estupendo equipo y terminaron con la misión satisfactoriamente. Seiya y Kanon utilizaron el resto de las semanas antes de que el Pegaso regresara al lado de la Reina para entrenar en conjunto.
El último día de Seiya en Bluegrad, Kanon le regaló un festín en la taberna más popular de la Ciudad y el Pegaso terminó con el estómago tan lleno y la boca atiborrada de tantas risas y conversaciones, que el muchacho se quedó dormido sobre la mesa. Conmovido, el Teniente lo ayudó a regresar a su habitación para permitirle dormir aquella última noche de misión juntos.
El peliazul suspiró sabiendo que extrañaría a Seiya y a Milo, pues el papel de maestro era algo que disfrutaba profundamente y hacer caso a las demandas de su corazón lo llevarían a un camino lejano a la enseñanza.
Aquella era la noche. La noche que había indicado en aquel furtivo mensaje escrito con su sangre tres lunas atrás.
Kanon se encaminó hacia la zona de entrenamiento que había designado para Seiya: un paraje a las afueras de la Ciudad ubicado a un lado de un lago que se encontraba congelado. Esperaría en aquel lugar.
Cinco minutos después, el terrible clima bajo cero le hizo saber que era mala idea esperar quieto. Así que Kanon buscó los botines para patinar que Seiya y él resguardaban en el escondite donde guardaban implementos para las rutinas y se colocó el calzado especial con apremio.
Radamanthys acudió puntual a la cita acordada. Durante los días previos se acercó lentamente al destino hasta que arribó a Bluegard a medianoche bajo la luz de la luna llena.
Con la paciencia de haber vivido varios siglos, se deslizó dentro del poblado y comenzó a buscar a Kanon, siguiendo los rastros del cazador que eran fuertes y frescos en aquella Ciudad, el vampiro sonrió complacido. Al peliazul le gustaban los juegos y a Lord Wyvern le fascinaba seguirle la corriente.
En cuestión de minutos con información que sacó a borrachos de la taberna y conjeturas propias, el rubio se aproximó al prado dispuesto a orillas del lago congelado. El aroma fresco y vivo del Teniente se apoderó de sus sentidos y una potente corriente sexual recorrió cada centímetro de su cuerpo.
Lord Wyvern vestía túnicas negras ligeras y vaporosas, rematadas con una pesada capa de terciopelo morado cuyos reflejos relampagueaban sutilmente bajo la luz de la luna llena en aquella noche de cielo despejado. Levantó la cabeza que estaba cubierta con una capucha y admiró a su anhelo de larga cabellera azul: Kanon patinaba despreocupadamente sobre la superficie extremadamente lisa y resbaladiza de aquel cuerpo de hielo, fingió no darse cuenta de la llegada del vampiro y continuó con sus suaves giros y deslizamientos, a veces exhalaba humo de vaho cuando la pirueta exigía esfuerzo de más.
El vampiro soltó un bufido y se preguntó si Kanon había preparado dicha escena que Radamanthys encontró poética, pues parecía una analogía de la situación de ambos: Kanon abriéndose paso en terreno engañoso e inseguro, mientras que Wyvern tenía que abrirse paso en el corazón de aquel hostil territorio para alcanzarlo. Sin mayor preámbulo, Wyvern hizo uso de una de sus habilidades sobrenaturales, la levitación, y con los pies a unos centímetros del suelo, se transportó hacia el cazador.
El Teniente percibió al rubio aproximarse y una traviesa sonrisa se dibujó en su rostro, su corazón bombeó frenético y un alucinante calor placentero invadió su cuerpo a cada latido. El peliazul continuó adentrándose en el lago congelado huyendo del vampiro. Por su parte, Lord Wyvern notó que el cazador se aproximaba a una zona donde el hielo era mucho más delgado y por ello aceleró la velocidad de su levitación, pero el idiota de Kanon percibió aquello como un desafío y se deslizó con mayor ímpetu.
Cuando el fino oído del Lord escuchó el hielo quebrarse, paró con la dinámica de jugueteo y se abalanzó hacia Kanon antes de que su bota de patinaje terminara de romper por completo la lisa superficie. Radamanthys sostuvo al cazador por la cintura mientras ambos flotaban sobre el área de hielo roto. El socavón era lo suficientemente grande para haberse tragado al fugitivo peliazul.
El humano mantuvo su rostro pegado contra el pecho del vampiro y sus hombros comenzaron a temblar. Inquieto, Wyvern buscó la barbilla de aquel y la levantó.
— Kanon, yo…
— Te amo. — le interrumpió el cazador de súbito. — Me odio por ser tan débil y no ser capaz de resistirme a ti.
El Lord sonrió de lado, mostrando uno de sus afilados colmillos y se inclinó para besar aquellos labios que lo volvían loco y que también amaba con demencia.
Aquella misma noche, los dos enamorados irrumpieron en una cabaña desocupada cercana a aquel lago. Aunque Radamanthys apremiaba a consumir aquel incendio de lujuria que los estaba quemando vivos, Kanon alcanzó a prender el fuego de la chimenea, pues estaba helando y no quería morir de hipotermia. Apenas las llamas sobre el fogón hubieron alcanzado a entibiar las manos del cazador, el rubio se abalanzó contra él y comenzó a devorarlo con besos y caricias.
Y ahí, sobre un tapiz hecho de pieles de topo, ambos comenzaron a consumar su apremiante encuentro. El vampiro se obligó a ser mesurado, pues un exceso de ímpetu podría lastimar al cazador; no obstante, esta especie de restricción le resultaba excitante y sólo acrecentaba su lívido. Por su parte, por primera vez en todos sus encuentros, el humano no se contuvo y echó su orgullo a las llamas de la chimenea, desatando sin restricciones todo lo que el rubio provocaba a cada nervio de su cuerpo.
El ritual de juego previo se extendió por un largo rato, después de todo necesitaban aquella larga sesión de besos, caricias y atrevidos contactos. Sus pieles finalmente se encontraron desnudas y la temperatura del íntimo encuentro era tal que olvidaron el frío que arrecía en el ambiente.
En algún punto, Kanon yacía recostado boca arriba con las rodillas dobladas y las piernas abiertas. El rostro del rubio estaba hundido entre sus muslos, pues le estaba practicando sexo oral, provocando al Teniente morderse el antebrazo para ahogar sus gemidos, los cuales se acrecentaron cuando los dedos del Lord invadieron su entrada, embadurnados con aceite frío.
Radamanthys llevó el cadencioso ritmo del acto previo con paciencia, logrando que el orgullo de Kanon se doblegara a base de placer incontenible. Cuando la lengua del vampiro percibió líquido pre seminal desparramándose en gran cantidad desde la punta del glande de su amante, cesó la intensidad de la felación y los dedos que arremetían contra el caliente recto cesaron sus movimientos.
— Házmelo… — gimió quedito el humano, sin dejar de morder su sangrante antebrazo herido por sus propios dientes.
Por supuesto que el aroma alucinante de la sangre de Kanon goteando y desparramándose apenas unos centímetros por encima de su cabeza era suficiente para convertir en un depredador sin consciencia a Radamanthys; sin embargo, no había vivido casi un milenio por nada, así que el nivel de auto control del rubio le ayudó a no cesar su danza de apareamiento. Aquel nivel de voluntad era feroz, considerando que Wyvern no había probado ni una gota de sangre humana en meses.
— Házmelo… — repitió Kanon un poco más alto.
De nuevo, el vampiro fingió ignorarlo. Era parte de su venganza contra Kanon por haberse separado de sus brazos tras su reencuentro en el Palacio del Emperador Julian.
— ¡Maldita sea! — el Teniente separó su brazo de su rostro; con los ojos cerrados y el rostro encendido de rojo, gritó. — ¡Fóllame ya, estúpido vampiro! ¡Hazlo duro hasta hacerme desvanecer de éxtasis!
En un segundo, Radamanthys utilizó su fuerza sobrenatural para complacer los deseos de su amante. Lo tomó por la cintura desnuda y lo levantó; cargó todo el peso de Kanon e hizo que este reposara sus piernas alrededor de sus caderas. Sosteniendo a Kanon y teniendo todo el control de la postura, llevó su miembro erecto a rozarse contra los testículos y la ranura entre las nalgas del cazador.
Por su parte Kanon hundió su boca en la clavícula de Wyvern y mordió tan fuerte como pudo, descargando toda su frustración al no sentir la verga del otro clavándose dentro de él y recibiendo sólo aquel alucinante contacto provocativo. La piel del vampiro apenas y se percató de la dentadura del humano.
El Lord bufó y saboreó su victoria unos segundos más; luego, admitió que ni él podía resistirse más y llevó la espalda de Kanon contra pared más cercana. El Teniente gritó por el helado contraste y soltó una sarta de majaderías, pero el rubio arremetió contra el interior del humano y la intrusión provocó que el Teniente cambiara de sintonía y comenzó a retorcerse de dolor y placer.
Radamanthys penetró a Kanon contra la pared una y otra vez, asegurándose que el humano sintiera gozo ante cada una de las arremetidas contra su próstata. El vampiro no pudo evitar suspirar de placer desbocadamente, perdiéndose por completo en el acto de unió sexual con su rubí de sangre.
El peliazul gemía eróticamente sin control, desahogando el mar de gozo en el que estaba hundido y las embestidas de Wyvern eran olas embravecidas de un huracán de anhelo y deseo que terminó por ahogarlos a ambos.
Sin pedir permiso, Radamanthys llevó sus labios al cuello de Kanon en medio del coito y tras depositar un beso de agradecimiento sobre la salada piel, clavó sus afilados colmillos sedientos de sangre y el cazador gritó mientras su verga atrapada entre sus cuerpos temblaba amenazante con experimentar el clímax.
El vampiro bebió con apremio, olvidando un poco su consciencia, pues esta se había mezclado inexplicablemente con la del humano. Wyvern bebió lo suficiente y llego al orgasmo casi al unísono con Kanon.
Los dos amantes permanecieron abrazados en la cama más grande que encontraron en aquella cabaña y en cuya sala principal habían dejado un completo desastre tras su tórrido reencuentro amoroso.
Kanon estaba envuelto en mantas y pieles, para cubrirse de la helada madrugada, por su parte, Radamanthys lo acunó en sus brazos y admiró embobado el dormir del peliazul. Le pareció que el amanecer llegó en un parpadeo.
El rubio hizo amago de llevarse al cazador consigo, pero el peliazul abrió los ojos soñolientos y se abrió paso entre su capullo de mantas.
— Tengo cosas que hacer, aún no me puedes llevar contigo.
El vampiro gruñó embravecido y protestó.
— Entonces ¿cuándo? — exigió furioso.
Kanon rio por el apremio de su amante.
— Esta noche.
El rubio no pudo creer que obtuvo una respuesta así de sencilla.
— ¿Y la Orden? ¿Te perseguirán? ¿Serás un proscrito? ¡Montón de humanos de pacotilla, sólo quiero ver que se atrevan a arrancarte de mis…
— Ssshhh … — Kanon selló la labia agresiva del vampiro con su dedo sobre sus labios.
— Ellos no interferirán entre nosotros, palabra de la Reina Athena. Sigo siendo parte de la Orden, pero ahora estoy por mi cuenta y deseo ir contigo, aunque bajo mis condiciones.
Wyvern gruñó desde lo más profundo de la garganta, arisco de conocer cualesquiera que fueran las condiciones del cazador aún en activo.
— Ahora haré las cosas a mi manera, seguiré protegiendo a la humanidad, pero escucharé lo que tengas que decir respecto a alguna de mis decisiones contra las criaturas de la noche. Tú has admitido que no todos los de tu especie y los demás monstruos actúan de manera adecuada y equilibrada. Y otra cosa, la más importante de todas.
Radamanthys miró hacia la ventana más cercana y notó que el cielo comenzó a clarear. Kanon era un bribón tramposo por decirle detalles tan importantes cuando tenía nulo tiempo para protestar.
— Teniente embustero y tramposo… — se quejó a regañadientes el rubio.
— No quiero que me conviertas en vampiro bajo ninguna circunstancia.
Pese a que el Lord se esperaba una condición como esa, escucharla finalmente en vivo le provocó a sus entrañas arder y a su corazón congelarse.
— Pero…
— Te amo como humano y deseo morir amándote como humano.
Radamanthys gruño y miró a Kanon con ojos furiosos. Luego, sin decir ni una sola palabra de despedida, rompió la ventana y se deslizó velozmente a refugiarse de la fatal luz solar.
La noche siguiente, Radamanthys encontró a Kanon en la taberna principal de la Ciudad. Seiya había regresado al Castillo de la Reina Athena y finalmente el Teniente tenía la licencia de cazador emisario en plenitud.
El peliazul comía filete de bisonte en salsa dulce junto con un rebosante tarro de cerveza. Debido a que Wyvern había bebido de él la noche anterior, su cuerpo exigía recuperarse por medio de copiosos nutrientes. El rubio seguía molesto por las condiciones de Kanon, pero no por ello volvería a alejarse de su rubí.
— ¿Los murciélagos te comieron la lengua, Wyvern? — se burló el Teniente intentando romper el hielo.
El rubio lo miró arisco. Luego de terminar su cena, Kanon levantó la mirada y examinó al vampiro. Radamanthys aún mantenía los irises rojos hambrientos y su rostro lucía demacrado. No sobrenaturalmente sombrío: sino seco y enfermizo. Así lucían los vampiros que eran torturados con abstención de alimento durante meses.
El cazador miró su plato y un nudo se atoró en su garganta. Lo comprendió todo. Wyvern se estaba matando de hambre para demostrar que estaba dispuesto a cambiar por Kanon, así se volviera loco de sed en el proceso.
El peliazul ya había pensado la solución a ese dilema y tras pagar su comida, se puso de pie e indicó.
— Sígueme.
Kanon llevó a Radmanthys a las entrañas de Bluegard hasta alcanzar el barrio de clase alta del poblado. Intrigado con lo que planeaba su rubí, el Lord lo acompañó en silencio. Se aproximaron a una mansión y el peliazul irrumpió como ratón dentro de los jardines del caserón.
Momentos después, comenzó a escalar con la habilidad de una araña un enorme sauce que cobijaba un ala de la casa. Wyvern esperó a que el humano se acomodara en una de las ramas más altas y lo alcanzó en cuestión de segundos a través de la levitación. En aquel punto, Kanon le señaló con la cabeza mirar hacia una ventana de la planta más alta de la mansión.
Pudieron admirar una escena atroz y cruenta: un hombre gordo y barbudo torturaba a una doncella atada a una cama. Alrededor del verdugo, un grupo de hombres ataviados con indumentaria de ricos admiraban el horrendo espectáculo y parecían esperar su turno.
— ¡Pero qué… — exclamó Radamanthys.
Kanon gruñó iracundo.
— Toda la Ciudad sabe a qué se dedica ese hijo de puta y sus amigos viles. Secuestran doncellas para vejarlas hasta la muerte. — Kanon apartó la vista y se mordió el labio. — Pero nadie se atreve a ponerle un dedo encima, pues es el dueño comercial de Bluegard. El alguacil y el juez están coludidos con él. Cuando me encuentro con estas cosas, me pregunto si vale la pena defender a la humanidad.
Lord Wyvern no podía estar más de acuerdo. Toda la corte de Hades repudiaba la hipocresía de la Orden de Nike empeñada con defender a los humanos, seres más repugnantes y más crueles que la más salvaje de las criaturas de la noche.
— Y he decidido en mi papel como cazador emisario, cazador independiente y autónomo, no defender más a esa basura. No merecen mi sangre ni la de mis hermanos caídos en batalla. — apretando la mandíbula y el rostro, Kanon comenzó a descender del sauce con agilidad.
— ¿Kanon? — le llamó Radamanthys intentando procesar lo que su amante acababa de declarar.
— Por favor, idiota, no te mates más de hambre. Podrás beber de mi sangre en festín lujurioso de vez en cuando; sin embargo, así como yo me alimento de la carne de bestias, también debes nutrirte de bestias. — Finalmente, Kanon aterrizó en el suelo y levantó el rostro hacia el rubio. — Nos vemos en la taberna, imagino que alcanzaremos a adelantar el camino a Caina si terminas pronto.
Wyvern permaneció agazapado en el árbol y cuando observó que el Teniente abandonó la propiedad por completo, sus ojos de depredador relampaguearon hambrientos y como un proyectil, irrumpió en aquella habitación de torturas.
Horas después, un poderoso caballo yakuto de abundante pelaje caliente, salió de Bluegard a galope con dirección al sur. Radamanthys era el jinete y sus irises eran ámbares de nuevo. Su rostro lucía recuperado y satisfecho. Sangre fresca y caliente bombeaba a través de todo su cuerpo, mismo que había recuperado su fornido volumen natural. Con su anatomía protegía de la helada intemperie a Kanon quien montaba delante de él. El cazador disfrutaba la libertad de no ser él quien guiara al equino y se recargaba contra el cuerpo del vampiro disfrutando su aroma y solidez.
— Llegaremos al siguiente poblado y continuaremos nuestro camino la siguiente noche.
— Creía que alcanzaríamos a llegar más lejos.
— Tengo que hacerte el amor otra vez y no quiero el alba nos alcance antes de que termine contigo.
Kanon rio burbujeantemente. Suspiró enamorado y levantó su rostro para besar a Radamanthys en la barbilla quien se inclinó para atrapar los labios de Kanon con los suyos mientras deslizaba una de sus manos hacia la cintura del peliazul, descendiendo hasta la entrepierna de su amante.
— O quizás ni siquiera alcancemos a llegar a la primera Ciudad — gimió Kanon ante el atrevido contacto.
Radamanthys no quería concordar con Kanon aunque este tuviera absoluta razón: se había enamorado de Kanon como humano y no se imaginaba amándolo bajo una naturaleza diferente. Si el tiempo juntos era corto como un suspiro o largo como una noche, no deseaba desperdiciar ningún momento más a su lado.
FIN
¡Gracias por leer!
Espero hayan disfrutado esta historia de vampiros y cazadores, pues adoro abordar esto relatos y temáticas, así que disfruté mucho narrar cada palabra, agradezco su interés y compañía a lo largo de cada capítulo.
Los invito a permanecer pendientes, aún queda el epílogo por leer. Sabremos qué le deparó la fortuna a esta pareja de enamorados.
