Disclaimer: todos los personajes, escenarios y hechizos que reconozcan pertenecen a J.K. Rowling. El resto es producto de mi imaginación.
Este fic participa en el Reto #47: "Larga vida a tu OTP" del foro Hogwarts a través de los años.
Pareja: Draco Malfoy y Hermione Granger.
Condición: Uno de ellos quiere terminar porque no siente que la relación sea la misma de antes.
V. CONSECUENCIAS
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Hermione decidió que lo mejor para su vida era cambiar de aires. En los siguientes días empezó a investigar dónde podía realizar una especialidad en sanación y pociones curativas ancestrales. Esto hizo que, durante tres años, viajara por Egipto, Grecia, Turquía y China estudiando en los mejores centros mágicos de esos países, con los más reconocidos sanadores del mundo. Sólo Ginny y Harry sabían dónde estaba, y por medio de ellos, se había enterado que Draco preguntaba por ella. La primera vez, había sido al mes exacto de haberlo dejado, y luego cada semana del primer año. Cada vez que lo veía, le confiaba a Harry cuánto la extrañaba y la necesitaba de vuelta en su vida, pero Hermione insistía en que su paradero se mantuviera en secreto.
Draco no reaccionó a su nueva situación hasta que había pasado un mes, cuando se dio cuenta de que Hermione ya no trabajaba en San Mungo y cuando ya no pudo seguir fingiendo que ella había sacado vacaciones para pasar un tiempo con sus padres. Sintió que se iba por un abismo cuando esa tarde llegó a la casa y se dio cuenta que su aroma se había extinguido, que ya no volvería a escuchar su alegre risa ni que la tendría en su cama una vez más... En aquella inmensa casa que ahora parecía un mausoleo, se derrumbó y lloró por Hermione Granger.
Días después se exigió salir de su encierro y confiarle al matrimonio Nott y a Zabini que ella lo había abandonado semanas atrás. Blaise tardó varios minutos en creerse la noticia, insistiendo que con ese tipo de cosas no se bromeaba. Cuando Draco se había quedado callado pestañeando con frecuencia para evitar las lágrimas, Blaise se levantó de la silla y luego de ver a su amigo por varios segundos, le propinó un puñetazo en plena mandíbula que lo dejó en el suelo.
—¡Eres un idiota! ¿Por qué la dejaste ir? ¿Acaso no sabes que ella es lo mejor que pudo pasarte en tu estúpida vida? ¡Nunca la mereciste, Draco! ¡No puedo creer que, teniéndola en bandeja de plata y en tu casa, la hayas perdido!
Blaise apretaba sus puños y estaba completamente fuera de sí. Pansy lo miraba extrañada sintiendo que no era normal que Zabini reaccionara de esa forma, pero eso era lo que menos le preocupaba en ese momento. Atajándolo para que no siguiera atacando a Draco, le cuestionó a este último:
—Por qué nunca nos contaste que tenías problemas con ella, Draco, hubiéramos hecho todo por ayudarte.
—¡Porque sigue siendo un arrogante imbécil! ¡El todopoderoso Draco Malfoy! ¡El que no puede verse débil ante nadie! ¡Jamás iba a aceptar que estaba mal con ella! ¡Jamás! —gritó Blaise rojo de ira.
—Es que nunca lo vi así —se defendió Draco alzando la voz—. No me percaté de que ella estaba sufriendo por mi indiferencia… aún ahora no entiendo qué me pasó… si fue la rutina, o el hecho de saberla mía lo que me llevó a perderla —Draco se había sentado y sostenía su cabeza con desesperación—. Este mes sin ella ha sido un infierno. ¡Necesito encontrarla! Decirle lo arrepentido que estoy por haber sido un cobarde, pero Potter no quiere decirme dónde está, y en el hospital no tienen ningún dato que sea útil.
Theodore se acercó a su amigo y le puso una mano en el hombro… no era un hombre de muchas palabras, y esa era su única forma de mostrar su apoyo. Lo había comentado con su esposa en varias ocasiones: a él le extrañaba que Malfoy casi no hablaba de Hermione cuando se reunían y muchas veces, cuando le insistía en que ya era hora de regresar a casa, Draco comentaba en que quizá la muchacha ya se había acostado y que, por lo tanto, nada hacía volviendo a casa "tan temprano". Se sentía algo culpable. Quizá si hubiera sido más enérgico con su amigo desde un principio o Blaise lo hubiera golpeado meses atrás, hubiera reaccionado y no estaría pasando por esa situación en ese momento. Lo quería como a un hermano, y a través de él, había llegado tenerle mucho cariño a Hermione. Sabía muy bien que ella debió haber sufrido mucho por la indiferencia de Draco si había tenido que tomar la decisión de abandonarlo. Sabía que ella lo amaba y que su amigo también a ella, pero era más que obvio que eso no había sido suficiente. Él, por orgullo no había aceptado su culpabilidad, la había dejado ir sin hacer ningún esfuerzo y ahora sufría las consecuencias de haber perdido a una persona que realmente amaba.
Con el paso de los meses, Draco se volvió taciturno. Dejó de frecuentar a sus amigos los sábados, abandonó el Quidditch y empezó a contratar detectives para buscar a Hermione por toda Gran Bretaña. Se había dado cuenta lo valiosa que era ella en su vida, lo mucho que realmente la amaba y lo que estaba dispuesto a hacer hasta tenerla de regreso a su lado.
Llegar a casa se había convertido en una tortura. Cada rincón tenía un recuerdo suyo y aún parecía que ella viviera ahí, por lo que había intentado hacer cambios, pero sentía que llegaba a una casa desconocida, así que volvió a colocar todo como ella lo tenía. Nunca fue una opción vivir en otro lugar.
Cuando pasó aproximadamente un año, y en un intento por rehacer su vida, comenzó a salir con Astoria Greengrass, una hermosa bruja sangre pura, hermana de su amiga Daphne. Cuando la llevó a la casa, sintió que estaba profanando un santuario y ni siquiera pudo darle un beso sin que los recuerdos de Hermione aparecieran en su mente. Así que nunca más volvió a llevarla. Esa relación no duró más allá de un año; seis meses después empezó otra, esta vez con una compañera del ministerio que no dejaba de insinuársele. Tampoco funcionó. Con ninguna mujer lograba vivir ni una milésima de la pasión que había vivido con Hermione el primer año de relación; ninguna lograba hacerlo olvidarla. Ninguna era Hermione Granger.
Poco después del cumpleaños veintiocho de Draco, Hermione regresó a Londres. Había concluido su especialidad y volvía a San Mungo. Su regreso fue noticia en El Profeta y el corazón de Draco dio un vuelco cuando leyó que seguía soltera. En la foto del periódico se veía hermosa, con aquella sonrisa que amaba y había extrañado tanto; casi podía escucharla reír.
La primera semana en Londres había vivido en casa de los Potter pero luego había alquilado un pequeño apartamento en un barrio muggle. Él quería visitarla, pero temía mucho su reacción al verlo. Aún así, pensó que quien no apuesta, no gana, y una mañana de sábado le envió un hermoso ramo de claveles blancos hechizados para que cuando ella los tocara, se multiplicaran. Una pequeña nota había aparecido:
"Un clavel por cada día sin ti. Mil ciento diecisiete en total."
Hermione estaba completamente sorprendida. No había un rincón de su diminuta sala de estar que no tuviera una flor. Leyó varias veces la nota aún incrédula por la situación. Era imposible que aún después de tres años, él lograra inquietarla de esa forma. Su corazón latía fuerte, como lo hacía cuando empezaron a salir en secreto y algo similar a una ilusión empezó a crecer en su interior.
Durante el tiempo que estuvo haciendo la especialidad por los diferentes países, no había tenido tiempo de darse otra oportunidad en el amor. Eran tan pocos los meses que pasaba en un lugar que no había chance de conocer a alguien. Pero ella creía que el tiempo separados había logrado hacerla olvidarlo. Por supuesto que estaba equivocada. Unas flores y una pequeña nota que la habían sacado de su zona de confort se lo demostraron.
Los siguientes días recibió un clavel en su escritorio y otro en su casa y, aunque aún no había visto a Draco, sabía que en cualquier momento podría encontrárselo y eso la tenía muy nerviosa. Por supuesto que había planeado miles de posibles reacciones. Cuál sería la definitiva, no sabía.
La oportunidad llegó el día que Harry Potter cumplió años. Hermione tenía un mes de haber regresado y aún no se había topado con Draco aunque seguía recibiendo sus claveles diariamente. Ginny había preparado una fiesta en La Madriguera para celebrarle a su esposo junto con su pequeño hijo James y amigos cercanos de la familia. Por supuesto que Hermione estaba invitada y Ginny, enterada de la historia con los claveles y viendo que su amiga no los rechazaba si no que más bien le alegraban día con día, se aventuró a invitar a Draco y que Merlín los amparara si se armaba una guerra por esa decisión.
"Sé que quieres reconquistarla y estoy dispuesta a ayudarte porque sé que puedes hacerla feliz. Pero te advierto, Malfoy, si vuelves a hacerla sufrir, no me pesará lanzarte una maldición asesina".
La actividad llevaba un buen rato de haber empezado cuando Draco llegó, sorprendiendo a Hermione pues sabía que él no era amigo de la familia Potter. Su corazón quería salirse de su pecho e inmediatamente empezó a revivir en pocos segundos, todo lo que había sentido por él. Tuvo que contenerse para no lanzarse a sus brazos. Aquel amor que ella había tratado de enterrar durante tres años salió a flote y con más intensidad. Quería perderse en aquellos hermosos ojos que a veces desprendían hielo pero que también eran fuego. Descubrió que la distancia no había logrado matar lo que sentía, sólo lo había dormido para despertar ahora con más fuerza.
Draco vestía todo de negro, llevaba el cabello mucho más largo, atado con una cintilla y una cuidada barba de pocos días que le daban un aspecto aún más atractivo. Se había acercado a saludarla y la veía embelesado.
—Hola, Hermione.
Escuchar de nuevo su nombre con aquella dulzura la había debilitado y apenas había logrado devolver el saludo.
—Me alegro mucho de verte —sonrió el mago—. Te ves muy bien.
—Tú también —se atrevió a decir con sonrisa nerviosa.
Draco se sentó a su lado y empezó a preguntarle sobre su tiempo en el extranjero y ella le resumió sus experiencias con los mejores medimagos especialistas en sanación y magia ancestral. Le contó sobre algunos ingredientes para las pociones, hasta ahora desconocidos en Gran Bretaña y que lograban resultados increíbles con muy pocas dosis. Draco, completamente enamorado, la veía hablar de lo que le apasionaba, y una vez más se convenció de que había sido un idiota cuando la dejó irse. Las mejores conversaciones de su vida siempre las había tenido con ella. Los mejores recuerdos siempre habían sido a su lado.
A lo lejos, Ginny ocasionalmente le hacía un gesto divertido a su amiga que la sonrojaban y volvían a poner nerviosa. Aunque debía aceptar que tenía mucho tiempo de no sentirse así de feliz, y vivirlo de nuevo con Draco se sentía muy bien.
—Me gustaría llevarte a un lugar —le dijo cuando había avanzado la fiesta—. Quisiera hablar contigo y acá hay mucha gente.
Casi como en automático, Hermione asintió, así que él, tomándola de una mano con ternura, los apareció en un mirador que solían visitar en sus primeras citas... Había caído la noche y algunas estrellas empezaban a aparecer en el cielo. Sabía que llevarla a la casa que habían compartido, y en donde todo estaba como cuando ella vivía ahí, no era prudente. No quería asustarla o que se prestara a malas interpretaciones… La deseaba y sabía que si estaba a solas con ella, no sería capaz de detenerse pero si algo tenía claro esta vez, es que quería y debía hacer las cosas bien.
Luego de admirar el paisaje que tantos recuerdos les traía a ambos, Draco, un poco nervioso, y con la mirada fija en el horizonte, empezó a hablar.
—¿Sabes, Hermione? Fui un cobarde al no luchar por ti… de no luchar por todo lo hermoso que teníamos al inicio… Eres lo único bueno que me ha regalado esta miserable vida y lo acepto, me asusté... Me asusté tanto cuanto te fuiste que no pude reaccionar. No supe cómo detenerte y decirte que tenía miedo. Miedo a perderte, a que no fuera suficiente para ti, a que algún día dejaras de quererme porque habías conocido a otro mejor que yo. Era más fácil fingir que todo estaba bien, que llevábamos una vida normal de pareja cuando en realidad te estaba perdiendo día a día, mis miedos estaban llevándome a lo más oscuro, destrozando mi corazón en un millón de pedazos cuando te fuiste. Me dediqué a perderte y después tuve que aprender a vivir sin ti pero en todos estos años, no lo logré. Hermione, si pudiera devolver el tiempo… créeme que actuaría tan diferente… Ahora sé cuánto daño te hice. Daría lo que fuera por tenerte de nuevo a mi lado —tímidamente se atrevió a tocar su rostro.
Ella cerró los ojos dejándose llevar por lo que el contacto con su piel estaba provocando… sentía cómo poco a poco se empezaba a quebrar esa pared que tanto le había costado levantar para tratar de olvidarlo.
—Tu indiferencia me hizo mucho daño, Draco.
—Lo sé, y estoy muy arrepentido. Quiero intentarlo todo de nuevo, quiero estar contigo, pero esta vez para toda la vida.
—No es así de fácil… No es tan sencillo olvidar todo lo que pasó.
—Soy consciente de eso, pero estoy dispuesto a borrar todos tus malos recuerdos. Quiero estar contigo, demostrarte mi amor diariamente, que sean los actos y no las palabras las que te demuestren que he cambiado. Ahora sé que las relaciones de pareja hay que abonarlas todos los días con pequeños detalles, que no es necesario compartir los mismos gustos, siempre que aprendamos a respetarlos y logremos un equilibrio donde yo cedo unas veces y tú otras… Dame una oportunidad, Hermione —suplicó—. Te aseguro que no volverás a derramar una lágrima por mi culpa, a no ser que sea de felicidad. Por favor, dime que aún no es muy tarde para nosotros, que aún puedes perdonarme y que estamos a tiempo de recuperar todo lo hermoso que teníamos.
Hermione lo veía asombrada, sintiéndose cada vez más vulnerable frente a él. Quería decirle que sí a todo, pero el corazón no podía ser más fuerte que la razón.
—Esta vez quiero hacer las cosas diferente, Hermione —Draco se había arrodillado y había sacado del interior de su saco, una pequeña caja de terciopelo negro; abriéndola para dejar al descubierto un hermoso anillo de oro blanco de 18 quilates, con un diamante en solitario de corte redondo, siguió—. Te amo, y quiero pedirte formalmente que seas mi esposa. Sé que es muy precipitado, pues ni siquiera sé si me perdonas o me quieres, pero por favor, dame una esperanza...
Ante esta declaración, Hermione no pudo evitar que las lágrimas surcaran su rostro.
—Draco…
Él se levantó y la tomó entre sus brazos para luego empezar a besarla, primero con timidez y después con pasión. Una pasión reprimida por tantos años y que ahora no podía ni quería detener.
Sentir de nuevo sus labios sobre los de ella fue tocar el cielo con las manos. Había sido lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Aún así, tratando de sacar cordura de algún rincón de su mente, minutos después se separó de él y le dijo:
—Draco, no te voy a negar que has despertado todo lo que creí muerto, todo el amor que sentía… Pero necesito tiempo para volver a creer en ti.
—Lo sé, Hermione. Y estoy dispuesto a darte todo el tiempo que requieras, siempre que, por favor, no me alejes y me permitas reconquistarte...
Ella asintió por toda respuesta y él la atrajo hacia su pecho en un abrazo que mostraba agradecimiento pero sobre todo, amor.
Durante los siguientes meses, Hermione observó a Draco y notó un cambio real en él. Era un hombre más maduro, centrado y cariñoso, que no se cansaba de decirle con mil y un detalles, cuán importante era ella en su vida y cuánto había lamentado perderla. Ambos habían crecido y habían aprendido de sus errores, por lo que su relación era mucho más fuerte y sólida que antaño. La siguiente vez que Draco le propuso matrimonio, no lo dudó ni un segundo y decidieron hacerlo en ese preciso momento. Ya habían esperado mucho tiempo…
Tan enamorados como siempre, y amándose como nunca, muchos años después le aconsejaban a su hijo Scorpious, próximo a casarse, la importancia de alimentar el amor día a día con pequeños detalles. Ese es el verdadero secreto de la felicidad en una relación de pareja.
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