No dejamos de soñar en mundos paralelos. Quizás apartemos la vista durante un tiempo, pero al final, terminaremos volviendo a él. Donde reside una parte de nosotros.

Espero que sigais allí


30.

Daisuke era quien se había levantado con mejor humor aquella mañana. Hikari asentía a sus palabras emocionadas cuando él no dejaba de relatarle cosas de su hogar, de aquellas tierras que le habían visto crecer. Sin embargo, la mente de Hikari parecía jugarle malas pasadas a la muchacha, perdiéndola a veces en recuerdos de días pasados o en problemas del presente. Cuando Daisuke veía la mirada perdida en aquellos ojos castaño-rojizos lo único que podía hacer era mover una de sus manos delante del rostro de la joven, intentando recuperar su atención. Ella sonreía ante aquello, se disculpaba y fingía que nada pasaba. Y él parecía creerla. O eso esperaba Hikari.

¿Qué era aquello que tanto la distraía?

Se agarró con más fuerza la capucha de su capa ocre, aquella que le hubiera regalado en sus primeros días Joe. El sol estaba pegando verdaderamente fuerte en aquella zona. Algo que parecía extrañar a casi todos sus acompañantes.

-Creía que en Ame llovía siempre- había dicho en algún momento Ken. Hikari había observado al joven de cabellos lacios y éste le había sonreído suavemente. Sin embargo, ni Taichi ni Yamato parecían estar de tan buen humor como los dos menores. Ambos no se habían dirigido la palabra desde la noche anterior y casi no habían abierto la boca en todo lo que llevaban de recorrido. Hikari se mordió el labio, quizás debiera hacer algo para corregir aquello. Observó de nuevo el cielo, aunque gris ni una nube parecía cubrirlo.

-Sí, siempre llueve en Ame, por eso la tierra es tan fértil y las casas tienen los tejados puntiagudos. No nos importa mojarnos, nos encanta la lluvia- sonrió el moreno. Luego observó a la joven de reojo. –Y los rayos- ante aquello soltó una carcajada. Instantes después colocó ambas manos detrás de su cabeza. Hikari soltó una ligera risa.

Si no fuera por el buen humor de Daisuke, nada podría cortar aquel ambiente tenso que parecía rodear al grupo. Hikari se lo agradeció en silencio. Tras aquello ella observó frente suya, se agarró con fuerza la capucha al sentir una ráfaga de aire en el rostro, la cual había arrastrado polvo y arena. Se cubrió ambos ojos con el brazo.

Cuando pudo volver a abrir a los ojos vio una sombra blanca acercarse desde la lejanía. Era un fantasma corriendo con sus cuatro patas, levantando arena y tierra a su paso, fingiendo ser viento. Era Garuru, quien regresaba de la exploración que le había mandado Yamato. Cuando el perlado lobo llegó junto a su compañero se sentó delante de él, con la lengua fuera. Yamato frunció el entrecejo, mientras sus ojos azules intentaban leer la mente del dios. Todos esperaron pacientes.

-¿Ocurre algo?- fue la pregunta de Ken, al ver la expresión seria de Yamato. Éste esperó unos instantes a responder.

-Ya estamos en Ame- susurró el rubio ante la mirada de todos. –Parece que ahí delante hay algo…-añadió. Pero antes de que pudiera explicar algo más Daisuke saltó de su sitio.

-¡Pero qué dices!- se burló el menor. –Esto no es Ame, nací y me crié ahí, y esto no se parece en nada. En Ame todo es verde y esto es un maldito desierto- sonrió Daisuke señalando a su alrededor.

Y era cierto, ellos se encontraban caminando por lo que parecía un desierto de tierra seca. Los únicos árboles que crecían eran arbustos secos que casi no habían conseguido ni atravesar la dura tierra. No había rastro de nubes ni de lluvia, todo era un cielo gris seco y aire que movía polvo.

-Es cierto que ya deberíamos haber llegado…-dijo entonces Daisuke mirando al frente. Luego se rascó la cabeza, cómicamente. –Supongo que mi memoria me ha fallado un poco- intentó sonreír. Sin embargo Yamato mantuvo el rostro serio, tras eso observó de nuevo a su lobo. Daisuke paró su carcajada al ver aquel gesto. –No puede ser…-soltó. Y tras unos instantes su mirada se perdió en el punto de donde había venido el lobo y empezó a correr hacía allí.

Hikari observó como el muchacho se lanzaba a la carrera, viendo su capa oscura ondear ante las ráfagas de viento seco. Viendo a través del polvo. Y ella echó a correr detrás de él.

Y mientras lo hacía no podía dejar de recordar, vagamente, las palabras que Daisuke le había estado contando de su tierra todo el camino. De la lluvia suave todo el año, de los campos fértiles, de las flores de todos los colores que pudieras imaginar. De calles anchas con aguaceros, de casas altas de techos puntiagudos, de niños bebiendo agua en cualquier esquina. Porque era agua pura y fresca la que caía de los cielos. Y los molinos, moviéndose con los ríos y moliendo harina para el pan. Y aunque el agua borrara todos los olores, era el de la tierra húmeda el que permanecía en el aire.

Agua y tierra verde.

Hikari corrió y corrió, dándose cuenta de que empezaba a subir lo que parecía una colina, o una duna de tierra. Finalmente empezó a ver la parte inferior de la capa de Daisuke, y también observó la espalda de Taichi, quien había conseguido llegar antes que ella. A su lado llegó Ken. Hikari se agachó y colocó ambas manos encima de sus rodillas, intentando recuperar el aliento. Pero cuando levantó la mirada hacia el frente aquello la dejó paralizada.

Ante ella, donde debiera estar el primer pueblo de las tierras de la lluvia, no había nada.

Nada.

Hikari abrió la boca sorprendida, llevándose una mano delante de ella. Sus ojos observaron más detenidamente el paisaje. Lo único que podía observar era tierra cubriendo lo que antes hubieran sido calles hechas de piedra y campos de cultivo. Todavía quedaba algún rastro de alguna casa construida con piedra gris, sobresaliendo por entre la rojiza y seca tierra. Algún tejado aquí y allá, alguna pared semi-derruida, alguna bala de paja destruida.

El viento sopló, enterrando aún más el desolado paisaje.

La joven desvió el rostro hacia su amigo, preocupada por la reacción que pudiera tener Daisuke. Y le encontró con los ojos abiertos como platos, quieto ante aquel paisaje. Hikari podía adivinar todas las emociones que estaba cruzando la mente del joven: desconcierto, incredulidad, preocupación, miedo y finalmente rabia. Rabia por no saber qué había ocurrido o qué poder hacer. Daisuke apretó con fuerza ambos puños, tan fuerte que sus brazos temblaban. Hikari quiso acercarse a él, pero antes de que pudiera hacerlo Daisuke empezó a descender hacia las ruinas de aquel pueblo. Llenándose las botas de tierra, arena y fragmentos.

Yamato fue el último en llegar, a paso lento seguido del lobo perlado. Ambos se situaron al lado de la muchacha, ella podía oír como el animal jadeaba rítmicamente.

-Parece que hemos llegado tarde- fueron las palabras de Yamato. Hikari no quiso asentir ante aquello, no queriendo dar por sentado que tenía razón. Sin querer admitirlo. Así que negó en silencio para después lanzarse a seguir al joven.

-¡Daisuke!- le gritó cuando volvió a vislumbrar su espalda, caminaba rápidamente por lo que parecía la calle principal de ese lugar. Con los edificios semi-enterrados, con algunas telas rotas de colores desteñidos volando en el viento. -¡Espérame!- le gritó al ver como él no se detenía. Cosa que tampoco hizo al escuchar la llamada de la joven.

-¿Por qué? ¿Qué es todo esto?- miles de preguntas salían atropelladamente de la boca del joven mientras su mirada se perdía en lo que la verde tierra se había convertido. -¿Quién ha hecho esto?- fue la última pregunta que hizo casi gritando. Hikari pudo notar la desesperación que manchaba su voz, la ira y sobretodo la tristeza. Vio como Daisuke golpeaba con fuerza una de las casas que sobresalía de la arena seca. Su puño chocó contra la construcción y ésta tembló con fuerza. Daisuke siguió golpeando con fuerza aquella pared hasta que esta se rompió en pedazos que empezaron a caer al suelo como una avalancha, para después ser manchados por gotas de sangre que caían de la mano, aún cerrada con fuerza, del joven.

Hikari tragó saliva, y observó a su amigo desde la distancia.

-Juro que me vengaré…de quién sea… le haré pagar por esto- fueron sus palabras llenas de odio.

Y tras aquello su mirada castaña se perdió en la distancia, al final de lo que Hikari suponía la calle. Más allá de lo que era cubierto por la arena que se levantaba con el aire, más allá de aquella cortina, donde la silueta de una ciudad más grande empezaba a enfocarse.

Nadie pudo detener el torbellino de emociones que era Daisuke. Él simplemente andaba rápido hacia la ciudad que se vislumbraba en el ocaso. Veían su determinación, sus puños cerrados, la sangre que aún brotaba de su mano.

Ni Hikari había podido detenerlo, aunque lo hubiera intentado de todas las maneras posibles. Tras resignarse, había mirado a Ken esperando que éste le diera alguna respuesta. Sin embargo tampoco Ken sabía nada de lo que hubiera ocurrido en aquel lugar, sabía lo mismo que ella, que en Ame no llovía.

-Intentaré hablar con él- fueron las primeras palabras que susurró el de cabellos lacios. Antes de que Hikari pudiera asentir, Ken empezó a andar más deprisa hasta situarse justo detrás del moreno de cabellos puntiagudos. Como pudo consiguió tomarle por el brazo y hacer que se detuviera y se girara hacia él. La mirada de ojos opacos hablaba abiertamente, contando todo lo que sentía el joven por dentro. -¿Estás bien?- fue la pregunta que se le ocurrió ante aquella mirada.

Daisuke no contestó, sino que desvió sus ojos hacia la ciudad que iba apareciendo a lo lejos.

-¿Qué piensas hacer cuando lleguemos? No lo has pensado, ¿verdad? Simplemente te has echado a andar sin tener en cuenta nada, sin recordar porqué estamos aquí y sin pensar en Hikari- le reprochó Ken. Ante aquello Daisuke se soltó del agarre, alterándose. Fue a contestar pero Ken le detuvo levantando el brazo. -¿Verdad que no lo has pensado? Lo sé porqué te conozco, eres un imprudente- continuó el joven. Daisuke entonces observó a su alrededor, pasando la mirada por la ciudad para terminar posándola sobre Hikari.

La joven se encontraba unos metros alejada de él, aún con la capucha de su capa puesta. Con las manos juntas, apretándolas. La mirada de la joven denotaba lo mismo que aquellas manos le hacían sentir, confusión. Ella se mordió el labio inferior.

-Yo te entiendo perfectamente Dai- apareció entonces Taichi, desde detrás de Hikari. El mayor chocó uno de sus puños con la palma de su otra mano. –Encontremos quien haya hecho esto y machaquémosle- fue lo que dijo. Ante aquello Yamato carraspeó.

-Estaba clara tu postura- escupió el único rubio del grupo. Entonces su mirada fría se clavó en el de cabellos castaños. –Eres tan imprudente como él.

Taichi se giró furioso para enfrentar de nuevo al rubio, quien ya le enviaba otra mirada desafiante. Hikari empezó a negar con la cabeza al imaginarse lo que podía venírsele encima. Pero antes de que ninguno pudiera decir nada más, la joven empezó a ver una silueta acercándose.

-Mirad- susurró ella, a lo que sólo Ken pareció hacerle caso. Taichi y Yamato seguían en su batalla silenciosa llena de miradas asesinas. Ken frunció el entrecejo al ver como la figura se tambaleaba y estaba a punto de caer.

Ante aquello una nueva ráfaga de aire y polvo se levantó y todos cubrieron sus ojos. La figura desapareció entre la bruma para volver cuando la ráfaga hubiera pasado. Entonces el grupo pudo observar como la silueta andaba aferrada a un bastón y como se cubría, también, con una capa larga. Y de repente la silueta se desplomó en el suelo.

Hikari fue la primera en decidir acercarse hacia la misteriosa figura. Sin embargo fue detenida por su hermano, quien observó detenidamente la silueta antes de acercarse. Por su parte Daisuke fue el primero en llegar a ella. Lentamente el joven se arrodillo y con cuidado volteó a la misteriosa persona, sólo para terminar encontrándose con un joven semi-inconsciente. El joven se veía debilitado, con una ligera palidez en su moreno rostro. La capucha se cayó lentamente cuando Daisuke levantó un poco su torso, dejando ver su cabello castaño corto. Finalmente el joven entreabrió sus ojos, y todos pudieron ver que eran de un color azulado.

-Agua…-susurró con una débil voz. Hikari se apresuró a tomar su mochila y sacar la cantimplora que llevaba, rápidamente puso agua en la tapa y se la acercó a los labios del joven. Este bebió todo el contenido, sin poder evitar que algunas gotas cayeran por la comisura de sus labios. Al acercarse más, Hikari pudo ver una daga enfundada en la cintura del joven. Se apartó ligeramente, haciendo gestos a Daisuke para que reparara en ella.

-¿Quieres más?- preguntó Hikari, a lo que el joven asintió. Ella volvió a poner agua en la tapa y acercarla a los labios de este. Unos sorbos más y el joven pareció empezar a recobrar color en sus mejillas. Poco a poco fue capaz de sentarse mientras se sobaba el cuello. Hikari entonces rebuscó en su mochila y finalmente sacó un paquete de galletas de chocolate y una manzana y se las entregó al joven. –No es mucho…-afirmó ella al ver la pequeña cantidad de alimento. Sin embargo el joven lo aceptó, agradecido, y lo devoró con rapidez.

-Es más de lo que he pedido- sonrió mientras daba casi el último mordisco a la manzana. Hikari sonrió ante aquello. Y entonces buscó con la mirada a sus compañeros, todos estaban alrededor de Daisuke y ella. Ken y Yamato parecían recelosos a acercarse, cautelosos ante cualquier movimiento sospechoso. Taichi parecía divertirse ante la escena del joven devorando como si no hubiera mañana las galletas.

Entonces Daisuke no pudo aguantar más y decidió que ya era momento para empezar a interrogar al desconocido.

-¿Nos puedes decir quién eres y qué ha ocurrido aquí?- fueron las preguntas directas del moreno a lo que Hikari no pudo evitar echarle una mirada reprobatoria. Daisuke levantó ambas manos ante aquello, sin pensar que hubiera actuado mal.

El desconocido asintió ante la pregunta.

-Sólo soy un viajero- empezó él observando la última galleta que le quedaba. Su mirada azul se encontraba perdida mientras daba vueltas a aquel delicioso postre. –Llegué aquí por casualidad hace unos meses, quería ver los tejados puntiagudos de las casas de Ame, y las calles que se convierten en ríos- dijo él, mientras no dejaba de dar vueltas a la galleta. Daisuke hinchó ligeramente el pecho de orgullo. –Sin embargo- entonces el joven tragó saliva. –De repente dejó de llover, todo empezó a secarse, las cosechas empezaron a morir, los molinos se pararon… todo empezó a caer- su voz se volvió más sombría. –Los dioses dejaron de bendecir las tierras de la lluvia.

Daisuke se movió nervioso en su sitio, con una pregunta atorada en sus labios.

-¿Y qué hizo la familia real?- fue lo que pronunció, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido.

El joven apretó ambos puños antes de contestar.

-No me hables de ellos- escupió, a lo que Daisuke no pudo evitar fruncir el entrecejo. –Ellos dijeron que habían maldito estas tierras, que los campesinos debían trabajar más duro que nunca, que todos debían obedecer. Al principio todos creyeron sus palabras, pero entonces empezaron a reclamar los impuestos, pero era imposible conseguirlos con las tierras secas- intentaba explicar el joven, mientras las palabras se juntaban en sus labios, atropelladamente. –Entonces empezaron con el ejército y ella se levantó.

-¿Ella?- detuvo el discurso Yamato, acercándose. Otra vez esa maldita palabra, otra vez esa misteriosa figura que tanto daño parecía estar causando al mundo.

-Ella- escupió con odio el joven. –La maldita, caprichosa y egoísta princesa.


Sigue