31.

El joven había relatado con palabras bruscas y manchadas de odio lo que había ocurrido en las tierras de Ame. De cómo la princesa, la única heredera de la familia real, se había impuesto con brutalidad a los campesinos y ciudadanos, cómo el ejército había ido ganando más poder a lo largo del tiempo. Finalmente el pueblo se había levantado, se había rebelado contra ella, pero no habían sido más capaces que llegar hasta las murallas de la mansión donde se alojaba ella. El castigo, por supuesto, fue duro.

Muchas almas empezaban a vagar por la ciudad, muchos entregaban sus cuerpos a los dioses en busca de bendiciones para los miembros de la familia que todavía podían seguir vivos. Y algunos habían abandonado ya las tierras, incapaces de seguir sobreviviendo, pero incapaces de encontrar un nuevo hogar.

Ryo, que así se había hecho llamar el joven de cabellos castaños y un característico pañuelo rojizo al cuello, se había unido a uno de los grupos rebeldes que intentaron enfrentarse a la monarca. Él, que se definía como un gran espadachín, había luchado junto a aquellos que le brindaron hospedaje en los primeros días que llegó a esas tierras, esos amigos que le enseñaron tantas cosas de la lluvia y el trueno. Esos amigos que habían sido masacrados.

Daisuke había escuchado toda la historia sin tan siquiera sentarse, de pie, mientras todo su cuerpo temblaba a cada una de las palabras que decía Ryo. Sus ojos cada vez se volvían más opacos y la incredulidad teñía cada uno de sus parpadeos. Hikari no dejaba de mirar al joven viajero y a su amigo, moviendo el rostro de uno a otro, sintiendo como cada palabra de aquella historia iba dañando el corazón de su guerrero. Sintiéndolo en carne viva.

-No puede ser, no puede ser… -intentaba negarlo Daisuke. Sin embargo, el relato de Ryo no parecía falso, o al menos esa era la impresión que tenía Hikari. Por supuesto que Daisuke no reveló en ningún momento su identidad, aunque sí que dijo pertenecer a dichas tierras.

-Yo si fuera de vosotros no me detendría aquí…-fueron las palabras de Ryo, al terminar su relato. –Todo se está cubriendo de negro y no dejan de llegar cuervos- ante aquello los cuatro guerreros levantaron la mirada.

-¿Cuervos?- preguntó Taichi torciendo el gesto. Ryo asintió.

-Ya sabes, son un mal augurio- terminó el moreno. Finalmente Ryo se levantó del suelo polvoroso, con sus manos, las cuales llevaba dentro de unos guantes de cuero marrón, se quitó el polvo de sus ropas. Ryo levantó su mirada azul y la clavó lentamente en cada miembro de aquel grupo.

-¿Qué harás ahora?- le preguntó entonces Hikari. -¿Te encuentras bien para ir solo?- dijo suavemente. De reojo pudo observar como Taichi negaba con una sonrisa sencilla en sus labios. Ryo asintió ante la pregunta de ella.

-Ahora no sé donde ir…-fueron sus palabras, mientras la mirada se perdía en el cielo encapotado, gris y triste. –Espero que haya aún un lugar en este mundo donde brille el Sol- añadió al no ver ninguna sombra del astro rey. Tras aquello suspiró. –Me habéis salvado, os debo uno.

Hikari empezó a negar ante aquello.

-No te preocupes- dijo ella, negando con ambas manos. Sin embargo Ryo siguió fiel a sus palabras. Ella le vio sonreír, misteriosamente.

-Seguro que llegará un momento para ello- sonrió él. –Hasta entonces, ya nos veremos- y tras aquello el joven volvió a coger el bastón que llevaba y empezó a caminar entre la bruma. Los jóvenes se despidieron, todos a excepción de Daisuke, quien suponía hacia demasiado tiempo que había dejado de escuchar aquella conversación.

Ryo se perdió entre el viento que levantaba el polvo, y tal cual había llegado la silueta se disolvió en la lejanía.

-¿Qué quieres hacer ahora, Dai?- fue la pregunta que hizo Ken. Tras aquello el de cabellos lacios miró al resto del grupo, todos asintieron con convicción a la pregunta que no era necesario formular. –Estamos contigo.

Y Daisuke no contestó, simplemente empezó a andar de nuevo hacia la ciudad. Con los puños apretados, Hikari podía observar como ligeras chispas parecían rodear su piel, como su vello se ponía de punta ante la corriente eléctrica que rodeaba al joven. Entendió que era mejor no acercarse.

El paisaje que presentaba la ciudad era aún más desolador del que se habían encontrado en el anterior pueblo. Las calles hechas de piedra estaban vacías y aquellos canales por donde debía estar circulando agua estaban completamente secos. El viento seguía levantando polvo, y movía las persianas rotas de las ventanas sin rostros de la ciudad. Todo estaba semi derruido, casi nada parecía mantenerse en pie, excepto una enorme estatua hecha en mármol blanco de un tigre con alas de ángel. Tampoco había nadie, ni un alma cruzando la calle. Daisuke había estado negando desde que cruzaron el primer arco que envolvía la ciudad. Mirando sin casi pestañear los canales vacios y el viento levantar polvo y telas rotas.

-No hay nadie- señaló lo obvio Hikari. Garuru anduvo unos pasos delante de ella, Hikari vio como el animal olfateaba una de las telas rotas que había. Al levantar la mirada azulada, el lobo la perdió en el cielo. Tras unos instantes su mirada fue a parar a su compañero. Yamato observó en silencio los ojos del lobo y Hikari intentó intuir qué era aquello que le estaba contando.

El gaznar de un cuervo, y la silueta de uno volando en los ojos de Garuru se le apareció como una ilusión.

-Cuervos- dijo Yamato. Y Hikari supo que ella también lo había sabido desde antes de que lo pronunciara.

-¿Quieres decir que ellos ya han llegado aquí?- preguntó Ken alzando una ceja. Yamato asintió. Luego Ken se acercó a Daisuke y colocó una mano en el hombro de su compañero. –Dai…-empezó. Pero Daisuke se soltó de su agarre.

-Debemos ir a la mansión, ella estará allí, se lo preguntaré todo… resolveré esto- afirmó el moreno. Taichi asintió a la vez que Daisuke. Y los cinco empezaron una subida por una cuesta de piedras hacia la parte más alta de la ciudad.

Hikari no podía dejar de mirar a su alrededor, con la esperanza de encontrar algún rostro de alguien, con la esperanza de que no todos hubieran desaparecido. Deseaba encontrarlo por Daisuke, porque podía notar su ira y su temor a cada paso que andaban.

Pero entonces ella se detuvo, notando algo más en el ambiente. Hikari se paró en uno de los escalones que iban subiendo hacia la mansión, se apretó con más fuerza la capucha. Notaba unos ojos encima de ella, una sensación perturbadora. Entonces dirigió su mirada rojiza hacia una de las estrechas calles que separaban las altas casas de piedra y de techo puntiagudo.

En ese momento una figura saltó hacia ella de entre esas calles. La figura era totalmente negra y andaba a cuatro patas que parecían de araña. Parecía una especie de humano desfigurado andando de espaldas, con el rostro totalmente oscuro y solo una boca enorme llena de dientes puntiagudos. El monstruo saltó hacia ella, quien no pudo más que gritar e intentar esquivarlo.

Pero la figura se congeló en el aire, tras unos segundos estaba totalmente envuelta en un hielo de color plata incapaz de moverse. Pero lo que finalmente la destruyó fue el puño de fuego de Taichi, que golpeó el hielo haciéndolo añicos, tanto lo inmaterial como al monstruo que había dentro.

Hikari, quien había caído al suelo, se encontró a si misma jadeando. Intentando descubrir qué demonios era aquello que ahora desaparecía entre las llamas. Oyendo unos gritos muy flojito, muy cerca de su oído.

-Hikari, ¿te has hecho daño?- le preguntó entonces Taichi acercándose a ella. Pero Hikari no respondió, su mirada seguía perdida en las llamas. Intentando escuchar con más fuerza los gritos. Pero los gritos parecían consumirse con el monstruo, desaparecer al mismo tiempo. Taichi volvió a llamarla, y ella salió de su trance.

-Estoy bien, solo me he asustado- dijo ella mientras se levantaba. -¿qué era esa cosa?- preguntó, todavía con el corazón por salirse de su pecho. -¿Era un dios?- preguntó confundida. Pero Ken negó ante aquello, antes de contestar vio como el de cabellera negra miraba a Daisuke con cautela.

-Eso era un alma corrupta…-susurró por lo bajo. Pero antes de que pudiera continuar Daisuke se le adelantó.

-Alguien que teme demasiado a la muerte y se queda en este mundo, como un alma con cuerpo pero sin vida… -susurró el de cabellera castaña perdiendo también la mirada en el fuego. Cuando éste se consumió Daisuke desvió su mirada hacia el suelo. -Sigamos- dijo con firmeza.

Siguieron su marcha, aunque a Hikari le costó despegar la mirada de dónde había aparecido aquella figura. ¿Y si habían más? ¿Acechando entre las sombras? Recordó entonces a los comesombras de la vez anterior, y se fijo que las criaturas eran bastante similares. Sin embargo, éstas eran más aterradoras, al semejarse a una persona desfigurada sin rostro. Notó que se le erizaba la piel al pensar de nuevo en ello. Y estuvo segura, que la sensación que había notado era debido a aquello. Volvió a notarla, y no pudo evitar pensar cuantas almas se escondían en aquellas calles.

Y cuanta oscuridad acechaba.

Se fijó entonces que parecían haber llegado a una calle más ancha que las demás. Entonces delante de ella se levantaba una inmensa mansión, coronada por torreones y construida con la misma piedra gris que el resto de la ciudad. Justo enfrente de la mansión se encontraba una pared alta, culminada en el centro por una reja formando figuras que recordaban a las hojas, la lluvia y al trueno y sellada con un broche con la silueta de un tigre con alas. La reja estaba hecha de metal corroído por las aguas, teñido de rojo. Ésta se encontraba abierta, y bailaba con cada una de las ráfagas de viento que levantaban el polvo.

Hikari se llevó una mano a la boca al descubrir que delante de la puerta se encontraban algunos cuerpos de piel morena, que parecían yacer sin vida en los estanques de su propia sangre. El grupo anduvo lentamente, con precaución hacia la entrada, la cual parecía invitarles a pasar.

-Hikari, ponte detrás de mi- le ordenó su hermano, ella asintió. Sin embargo no quiso agarrarse de sus ropas, como lo hacía antes. Debía sentirse firme, quizás lo que encontraran en el interior fuera mucho peor…

Daisuke fue el primero en llegar a la barrera, la cual tocó con sus manos mientras su mirada pasaba por los cuerpos efectivamente sin vida. Finalmente sus ojos marrones se detuvieron a observar la mansión, que yacía en silencio en aquel desolado sitio. El joven entonces se dispuso a entrar pero fue detenido por las palabras de Ken.

-No sé si sea lo más prudente- dijo él. Entonces de reojo observó a la chica. Hikari frunció el entrecejo y miró a Daisuke con fiereza.

-Entraré contigo- afirmó ella. Daisuke la miró unos instantes y finalmente asintió.

-Esto es espeluznante- contribuyó Taichi mientras todos se adentraban dentro de las murallas de aquella mansión. Hikari asintió ante aquello al notar, de nuevo, su vello erizarse. Entonces todos oyeron el gaznar de un cuervo. Levantaron el rostro y rápidamente vieron a una de esas aves negras entrar rápidamente en la mansión. –Eso lo hace aún más espeluznante…-añadió Taichi ante aquello. El joven tragó saliva y siguió andando.

El grupo de movía con cautela, con Daisuke a la cabeza. Hikari se encontraba entre ellos. Delante suya, al final de unos metros de lo que parecía un jardín seco, se encontraba una enorme puerta de madera franqueando la entrada.

Minutos después, y antes de que llegaran a la puerta, esta empezó a abrirse con lentitud. Y entonces una silueta empezó a dibujarse en el centro de ella.

-¡Dai! ¡Me alegra que ya estés aquí!- dijo una voz chillona. Y cuando las puertas se abrieron finalmente una joven apareció entre ellas. La joven iba franqueada por dos siluetas más, vestidas de negro. Ella tenía el cabello de color marrón y los ojos saltones del mismo tono, su piel era morena.

Y Hikari dedujo rápidamente de quien era hermana.