32.

-Jun- susurró Daisuke, sin poder quitar la mirada del rostro de su hermana mayor. La joven le sonrió ligeramente y abrió sus brazos, tras aquello ella anduvo unos pasos hacia adelante. Hikari pudo fijarse en su vestimenta, unas sencillas ropas negras coronadas por media armadura que cubría sus piernas y su torso. De su cuello colgaba un collar plateado con un enorme medallón y una silueta en relieve.

Daisuke no se movió de su sitio y dejó que su hermana le abrazara estrechamente.

-¡Cuánto has crecido!

Ella le apretó con fuerza mientras cerraba los ojos, como si nada más que calma estuviera cruzando su mente. Daisuke se mantuvo inmóvil. Cuando Jun se separó de él la joven reparó en el resto del grupo. Tras una mirada rápida la joven se detuvo en Hikari, quien seguía cubierta por la capucha de su capa. Tras aquello Jun hizo una ligera reverencia.

-Gracias por acompañar a mi hermano- comentó cordialmente mientras volvía a levantar el rostro. Ante aquello Daisuke frunció el entrecejo y rápidamente tomó el brazo de su hermana. Finalmente la enfrentó, ella era ligeramente más alta que él.

-Jun, ¿qué demonios ha ocurrido aquí? ¡Dame una explicación ya!- le ordenó zarandeándola con fuerza. Entonces, a sorpresa de todos, algunas lágrimas parecieron empezar a inundar los ojos castaños de la joven. Las lágrimas se quedaron allí mientras ella se las limpiaba y miraba hacia los guardias.

Entonces las dos siluetas que habían salvaguardado la puerta anduvieron hacia ellos. Hikari pudo fijarse que eran dos hombres de mediana edad, ambos firmes dentro de sus armaduras grisáceas con la misma silueta del tigre con alas en sus pechos. Ambos guardas llevaban unas afiladas lanzas, agarradas con su brazo izquierdo.

-En…entremos- oyeron susurrar a Jun mientras intentaba evitar un sollozo. Daisuke siguió con su mirada de confusión, la misma que lanzó a sus compañeros. Ninguno de ellos parecía demasiado convencido a andar hacia dentro de la desolada mansión. Sin embargo fue Hikari la primera en tomar el rumbo detrás de la joven, quien les aguardaba en la entrada. Tras ella le siguieron los demás.

Hikari notó que ya no había rastro del lobo perlado.

Finalmente se adentraron dentro de la mansión y Hikari no pudo evitar no soltar una pequeña exclamación cuando lo hicieron. La mansión se encontraba completamente en penumbra, solo alumbrada por la ligera claridad grisácea que entraba desde el exterior. Nada más entrar se encontraron en un salón con una gran escalera que subía. Sin embargo, ellos tomaron otro rumbo, siguiendo uno de los pasillos laterales. Grandes ventanales cubiertos por cortinas que antaño fueran rojas coronaban aquel pasillo que estaban recorriendo. El suelo era de mármol y los techos altos y abovedados. Las puertas eran de madera con detalles de piedra y hierro.

Jun iba a la cabeza, franqueada por sus dos guardias de más de metro setenta. Detrás de ella iba Daisuke, quien parecía firme en su convicción. Luego le seguía el resto del grupo, donde cada presente miraba una cosa distinta del recorrido.

-¿Y padre?- preguntó entonces Daisuke. Jun carraspeó y siguió andando. Se detuvo en la siguiente puerta, agarrándose del marco. Sin tan siquiera voltear soltó las siguientes palabras:

-Murió- dijo ella. –Lo asesinaron- corrigió entonces.

Daisuke quedó perplejo, estático. Hikari se llevó una mano delante de la boca. Pero Jun volvió a retomar el camino y Daisuke apretó los puños. La joven volvió a sentir ira desprendiéndose del cuerpo de Daisuke. Intentó acercarse hacia él.

-¿Quién?- preguntó con toda la rabia contenida, el joven de cabellos castaños. -¿¡Quién fue?!- demandó saber. Ante aquello Jun se giró para observarlo de reojo. La muchacha clavó su mirada fija en su hermano.

-Un chico- empezó ella. –No sé como lo hizo, no parecía la gran cosa…-suspiró ella. Entonces señaló su ojo izquierdo. –Llevaba un parche en este ojo y de repente, sin que se moviera, padre estaba muerto.

Y aquella frase pareció destruirlo todo. El corazón de HIkari empezó a latir con fuerza y la joven observó rápidamente la reacción del resto de sus compañeros. Daisuke había abierto los ojos como platos y negaba fervientemente, incapaz de creer esas palabras. Hikari observó de reojo como Yamato había bajado la mirada y parecía totalmente ajeno a aquella conversación.

-No…él no sería capaz de hacerlo- fueron las palabras de Ken. Hikari observó el de cabellos lacios y rápidamente vio como él señalaba hacia Jun. -¡Está mintiendo!- casi gritó Ken. Pero Daisuke se giró violentamente hacia él.

-¿Por qué? ¡Dime! ¿Por qué ella diría algo así si tan siquiera conoce a Takeru?- le gritó tomándolo de los hombros. -¡Además Takeru nos ha traicionado! Dejemos de fingir que eso no es cierto- empezó a negar el de cabellos castaños.

-¿Ta..Takeru?- empezó a decir Jun, Daisuke vio como su hermana contenía las lágrimas. Entonces sintió aún más odio dentro de sí, como si este fuera a reventar. Las imágenes de la ciudad, del monstruo sin alma y de su familia herida le golpearon duramente. Se separó de Ken.

Yamato no dijo nada, mientras que Ken fue en búsqueda del rubio para que diera algún soporte a sus palabras. Pero el mayor parecía totalmente pasivo, con ambos ojos teñidos por una fina capa negra.

-¿Yamato?- le preguntó Hikari, pero se paró en seco al ver una ligera niebla azulada envolver al rubio. No podía acercarse más. Esperaba que no fuera eso todo lo que Yamato podía aguantar.

Jun, quien seguía aferrada al marco de la puerta, se giró de nuevo hacia el frente y todos observaron su espalda alejándose. Daisuke, quien se pasó rápidamente un brazo por delante de sus ojos, fue el primero en seguirla. Luego siguieron el resto, con Yamato mirando todavía el piso y Taichi cerrando la cola. Hikari observó que su hermano llevaba un rostro demasiado serio.

¿Y ella? ¿Qué pensaba ella de todo esto? Por algún motivo su corazón latía con mucha velocidad cuando Jun había dicho esas palabras, pero poco a poco iba calmándose. Era cierto, tanto lo que decía Ken como lo que decía Daisuke. No tenían pruebas de ello, ni de que hubiera sido Takeru, ni de que el padre de Dai hubiera muerto ni de que Jun dijera la verdad. Además… Hikari observó de nuevo la espalda de la joven, su vestimenta negra, su dije colgando y golpeando su pecho cubierto por el bajo de la armadura. Ella tragó saliva.

Finalmente llegaron a una gran sala que a Hikari le recordó a una biblioteca. Las paredes estaban coronadas por altas estanterías llenas de lomos de libros de distintos colores. Una moqueta rojiza cubría todo el suelo. Justo en el centro de la sala, en el techo, había una enorme lámpara dorada llena de polvo y sin emitir ninguna luz. Dos ventanales grandes y estrechos eran los que permitía que entrara la luz grisácea. Hikari se fijó, entonces, en que en total había una docena de guardias postrados en los diferentes ángulos de la sala. Además de la entrada por la que habían entrado ellos, había dos pequeñas puertas situadas en el fondo de la sala, las cuales casi pasaban desapercibidas. Finalmente un sillón coronaba el final de la sala, éste era de decoración ambientada en la lluvia, y de color dorado.

Los guardas que hasta este momento habían seguido a Jun se situaron junto al sillón mientras la joven se quedó de pie en medio de la sala. Tras aquello ella se giró finalmente hacia Daisuke.

-Aquí podremos hablar con tranquilidad- dijo ella nada más empezar. Daisuke asintió y se acercó hacia ella. Ella entonces tomó sus manos entre las suyas. Jun fue a hablar pero Daisuke la interrumpió.

-¿Qué ha ocurrido, hermana?- fue su pregunta. Jun cerró sus labios entreabiertos y respiró hondo. –He oído…-empezó Daisuke. Pero Jun casi gritó.

-¡Mentiras!- dijo casi temblando ella. Hikari se estremeció ante aquello. Y Jun empezó su historia sin soltar las manos de su hermano. –Daisuke, tienes que confiar en mí- le pidió mirándolo a los ojos, Daisuke asintió mecánicamente. Jun medio sonrió ante aquello. Luego suspiró. –Dejó de llover en Ame, como habrás podido ver. Nos robaron nuestros dioses- afirmó ella.

-¿Robaron?- preguntó Taichi desde detrás de Hikari. Pero Jun tan siquiera le observó.

-Entonces, descubrí que había sido ese chico, ese chico misterioso junto a las demás casas gobernantes. Ese chico apareció y asesinó a padre. ¡Lo averigüé todo y envié al ejército contra las demás casas!- afirmó ella cerrando los puños. –Pero el ejército necesitaba ropa y comida, así que tuve que pedirles la colaboración a todo el pueblo. Pero poca a poco todo iba escaseando más, tuve que pedirles más para poder recuperar a los dioses. Y entonces ellos…-Jun pareció no saber cómo continuar. –Ellos se rebelaron contra mí, ¡yo que intenté protegerlos! Empezaron los ataques furtivos en las calles, los insultos, empezó una guerra civil. No pude detenerlo… tuve que protegerme.

Daisuke tragó saliva ante el relato de su hermana, sus ojos poco a poco se habían ido opacando.

-Pero…-empezó con voz temblorosa. Hikari observó a su amigo y notó la tristeza que desprendía. Se mordió el labio. -¿Qué pasó con nuestros amigos?- y Daisuke empezó a nombrar una larga lista de gente que debía conocer. A cada nombre Jun negaba con la cabeza, haciendo que su desenredada melena castaña bailara en aquella habitación en penumbra.

-Algunos siguen aquí…-dijo y entonces señaló una de las puertas del final de la sala. De allí salieron dos figuras, una muchacha joven que llevaba su cabello atado en dos coletas y un hombre mayor. Daisuke pareció reconocerlos al cruzar ambas miradas. Todas tristes.

-Daisuke, tengo algo que pedirte- fueron las palabras de Jun agarrándose a las manos del joven. –Por favor, tienes que ayudarme, sé que ya no eres un príncipe de Ame, sé que no debería pedírtelo pero… no seré capaz de hacerlo sin ti- le pidió ella intentando evitar que sus ojos se llenaran de lágrimas. Entonces Hikari observó como Jun tomaba el medallón que colgaba de su cuello. –Lo único que podemos hacer es rogarle al Dios Byakko que nos ayude en esta guerra.

Y ante aquella frase tanto Daisuke como Ken y Yamato se sorprendieron de sobremanera. Hikari se giró hacia sus compañeros, sin entender la magnitud de su reacción. Daisuke se separó ligeramente de su hermana.

-¿Qué dices? – empezó a decir mientras su mirada se perdía en la silueta en relieve del tigre con alas, del protectoras de las tierras de Ame, del gran dios del oeste. –Eso es imposible…-susurró él.

Jun negó con fuerza.

-No, no lo es- dijo ella, convencida en sus palabras. –Un verdadero heredero de estas tierras podrá hacerlo para reclamar la paz. ¡Tú siempre has tenido más magia que yo en ti! ¡Tú puedes hacerlo! Si Byakko ruge, volverá la lluvia, y podremos enfrentarnos a esas casas que nos han robado tanto y vengar a nuestro padre- sentenció Jun.

-No podéis hacer eso- para sorpresa de Hikari fue Ken quien se adelantó. El de cabellera lacia se acercó a su amigo. –Byakko es uno de los cuatro dioses que protegen el cielo, si le llamarais y algo saliera mal se desencadenaría algo horrible… y creo que ya estamos rodeados de demasiadas cosas horribles- informó Ken a su amigo, aunque este pareciera incapaz de escucharlo.

-Tú no te metas- susurró Jun con odio en sus palabras. Entonces ella levantó su mirada castaña y Ken fue empujado unos metros hacia atrás. Ken levantó la mirada, totalmente confuso, sin saber de dónde vino aquella ráfaga de aire. Jun entonces se giró de nuevo hacia su hermano, estirando ambos brazos hacia él.

Y entonces Hikari notó que algo realmente malo le estaba ocurriendo al guerrero del rayo. Le vio avanzar como si fuera una máquina, con su mirada perdida en el suelo. Cuando él levantó el rostro, su mirada no parecía la suya. Sus ojos parecían opacos.

-¡Dai!- gritó ella antes de que él tomara las manos de Jun. Pero no pudo evitarlo. Ken, quien había gritado al mismo momento que Hikari, también intentó detenerlo.

Pero fue imposible.

-Ahora, reza conmigo, hermano- susurró Jun.

Y cuando ambos cruzaron sus manos, un aura azulada empezó a salir de ambos hermanos. El cuerpo moreno de Daisuke se vio envuelto en dicha aura, conjuntamente con sus rayos.


¡Que alguien los detenga o tendremos problemas!

Se que tardo siglos en actualizar, da pena no tener el mismo tiempo que tenía hace años para dedicarme a esto. Aunque sigo queriendo estar aquí, como siempre digo.

Gracias por leer,

Kyo*4.