CAPÍTULO 2 – LABORES DE VIGILANCIA

- A ver si lo he entendido – decía Michelangelo poco después de que Raphael volviera de su escapada aquella noche– ¿Dices que llegaste hasta una guarida de los Dragones Púrpura y que te has peleado con ellos junto con un tipo grillado y misterioso que además te robó tu sai?

- Sí, Mikey, es exactamente lo que acabo de decir – respondió Raph a regañadientes. Luego se volvió al maestro Splinter – Lo siento sensei, he metido la pata hasta al fondo.

Su maestro no habló de inmediato, si no que parecía meditar tras haber escuchado la historia de su hijo. Cuando le miró lo hizo severamente.

- Un ninja sin sus armas no es un ninja –dijo – Has descuidado tu técnica, por no hablar de tu sentido común, cuando has permitido que te robasen el sai. Debes recuperarlo… y averiguar la identidad del misterioso guerrero.

- ¿Sensei?

Todos miraron al maestro Splinter sorprendidos.

- Resulta que hay un desconocido que se enfrenta a un enemigo común como son los Dragones Púrpura y del que nunca hemos oído hablar. Les está incordiando y quién sabe por cuánto tiempo y a quién habrá llamado la atención.

- ¿Quiere decir que cree que está en apuros? – preguntó Leonardo.

Éste suspiró.

- No creo ni dejo de creer, Leonardo. Pero sí que pienso que sería buena idea indagar más sobre esta cuestión.

- O sea ¿nos está pidiendo que ayudemos al desconocido, sensei? – preguntó Donatello.

- Suele decirse que el enemigo de mi enemigo es mi amigo – replicó éste – Sin embargo eso resulta algo presuntuoso cuando desconocemos las razones de sus actos. A veces detrás de ese supuesto amigo puede esconderse un enemigo aún peor que el primero. Por desgracia Raphael ha sido tan incompetente que debe reparar su error. Debe buscar a ese misterioso guerrero y reclamar su sai para recuperar su honor. De paso quizá podamos confirmar si se trata de un nuevo justiciero, como lo es Casey Jones, o si se trata de alguna otra cosa diferente.

- ¿Cómo qué? – preguntó Mikey.

- No quiero adelantarme a los acontecimientos, pero quizá pueda ser un simple mandado por otra banda rival para perjudicar a los dragones.

- ¡Guay! ¡Una guerra de bandas! ¿Os imagináis? – preguntó Mikey.

- Estoy de acuerdo, pero ¿por dónde buscar? – preguntó Raphael – No tenemos manera de saber dónde vive ese tío.

- Utilizad vuestra astucia y los medios que tengáis al alcance de la mano – replicó Splinter, guiñándole un ojo.


Las tortugas estuvieron muy ocupadas durante los siguientes días. A la mañana que siguió a la noche de la pelea, en las noticias de la primera hora que veían durante los desayunos antes de iniciar sus entrenamientos rutinarios, salió el local donde estuvo Raphael la noche anterior. La reportera informó que la policía había detenido a todos los miembros de la banda que se encontraban allí e incautado una suma de dinero importante que provenía sin duda de sus actividades ilícitas. Por último la reportera dedicó unas palabras de reflexión sobre quién o quiénes habían sido los responsables.

Como comentó Leonardo justo después los dragones no estarían nada contentos con la pérdida de su recaudación y muy probablemente estuvieran enterados de quiénes habían sido los responsables de su fracaso, teniendo en cuenta que uno de ellos consiguió escapar. Sin duda, añadió, estarán muy interesados en echarle el guante a los causantes; Raphael respondió con un despreocupado "que lo intenten".

Si querían encontrar al enmascarado misterioso debían rastrearle primero. El problema era que no sabían por dónde empezar. Aquí se hizo necesaria la ayuda de Donatello; accediendo de manera ilegal a la base de datos de la policía de Nueva York se hizo con la dirección de varios de los lugares que frecuentaba la banda, aparte de los que ellos ya conocían. Decidieron añadir también a su lista aquellos comercios cuyos propietarios habían sido lo bastante valientes para denunciar a la policía el intento de extorsión que estaban recibiendo por parte de la banda. De hecho, encontró un par de expedientes sumamente interesantes donde se explicaba que alguien que encajaba con la descripción dada por Raphael había frustrado los intentos de los maleantes de intimidar a los dueños unas noches antes. Así que la policía también le conocía pero no disponían de más información que ellos; no obstante esto no preocupaba demasiado a las tortugas. Tal y como sucedía con Casey Jones estaban seguros que le ignorarían en cierto modo porque su presencia les ahorraba trabajo.

El problema que se les presentaba a las tortugas es que eran demasiados puntos a tener en cuenta y no podrían vigilarlos todos a la vez. Tampoco servía de mucho que Donatello usara cámaras de vigilancia o algún otro de sus dispositivos porque si se presentaba en uno de aquellos lugares ellos apenas tendrían tiempo de reacción para acudir.

De modo que la decisión que tomaron, tras mucho discutirlo delante de un mapa de Nueva York marcado con los lugares de interés, fue hacer primero una visita de inspección por sugerencia de Raphael.

Gracias a ello pudieron descartar aquellos sitios donde simplemente se les había visto en contadas ocasiones, como en peleas o atracos, permitiendo que las tortugas se decidieran por tres de los cuatro puntos que tenían más probabilidades de que fueran atacados por el desconocido, ya que en ellos es donde los dragones almacenaban o contaban el dinero, guardaban sus armas y mercancía o simplemente los usaban como base de operaciones. En resumen, se asemejaban mucho al que había acudido Raphael la otra noche.

Como ellos eran cuatro Leo los separó y él se juntó con Raphael, ya que así se aseguraba de vigilar a su impulsivo hermano para evitar cualquier posibilidad de que éste tomara alguna decisión equivocada. Esperó sus protestas, pero curiosamente éstas nunca llegaron. Eso tranquilizó en parte a Leonardo pero no del todo; Raphael no dejaba de ser imprevisible.


Estuvieron de suerte porque un par de días después, durante los cuales montaron guardia todas las noches en los lugares señalados, la voz excitada de Mikey se alzó por el caparamóvil.

- ¡Eh chicos! ¡Chicos!

- ¿Qué pasa Mikey? – preguntó Leo.

- ¡Lo he visto! ¡Al tío enmascarado!

Leonardo se enderezó y vio por el rabillo del ojo cómo Raphael se le acercaba.

- ¿Estás seguro? – le preguntó.

- Sí, eso creo…

- ¿Eso crees? – dijo Raphael, molesto - ¿Estás seguro o no?

- ¡Qué sí, Raphie, lo he visto! Bajito y cubierto de ropa de pies a cabeza, cómo tú contabas. Se acaba de colar por una claraboya de…

- ¡Vamos para allá! - exclamó Leo, poniéndose en movimiento - ¡Pase lo que pase ahí mantente al margen! ¡Donnie!

- Lo he oído, voy de camino.

Tenían que darse prisa; si el desconocido era tan metódico como parecía podía ser que la confrontación no durase mucho. También cabía la posibilidad de que los dragones lo mataran pero Leonardo creía más probable que quisieran cogerle vivo: no era su estilo matar deprisa a alguien que les había estado molestando.

De vez en cuando les llegaban las exclamaciones de Michelangelo al otro lado del comunicador.

- ¡Wuala! – exclamó – Uno de los dragones acaba de salir volando por una ventana de la planta baja.

- Parece que… alguien… se lo está… pasando bien – jadeó Raphael mientras él y Leo corrían, saltaban y se deslizaban por las azoteas – Más… le vale… no perder… mi sai… o puede que… le tenga que… decir cuatro cosas…

Diez minutos después habían llegado a lado de Michelangelo, totalmente exhaustos.

- ¿Si-sigue? – jadeó Leonardo mientras se apoyaba en sus rodillas; su corazón martilleándole fuertemente en el pecho. Raphael se inclinó sobre la barandilla mirando con sumo interés mientras goterones de sudor resbalaban por su rostro - ¿Si-sigue a-ahí, Mike?

- Debe. Yo no lo he visto salir.

Desde donde estaban no podían ver nada pero podían llegar a oír, muy sofocados, los sonidos característicos de una dura pelea.

- ¿Donnie? – llamó Leo por el comunicador - ¿Dónde estás, hermano? ¡Faltas tú!

En ese momento un fuerte sonido que provenía de su retaguardia les hizo darse la vuelta y vieron a Donatello rodando por el suelo. Su aterrizaje, porque eso era, fue un desastre y terminó despatarrado en el suelo con el bo tirado a su lado.

- Ti-tiempo.. mu-muerto – dijo, haciendo el gesto con las manos y se dejó caer de espaldas.

- ¿Estás bien? – le preguntó Leo.

Por toda respuesta su hermano alzó el pulgar. Durante la llegada de Donatello todo se había quedado muy silencioso, pero entonces a sus oídos llegó el inequívoco sonido de las sirenas acercándose.

- ¡Oh no, la bofia! – exclamó Mikey, poniendo voz ronca y sibilante. Cuando sus hermanos le miraron se encogió de hombros - ¿Qué? ¿No os gusta mi acento mafioso?

- ¡Mirad! – exclamó Leonardo y señaló al edificio de los dragones – Parece que nuestro amigo se ha anotado otro tanto.

Raphael no pudo evitar sentirse terriblemente satisfecho. Efectivamente en la fachada que tenían enfrente vieron cómo una figura salía rodando a la azotea del edificio. Sin duda era él. Sin embargo, hizo algo extraño, pues una vez se incorporó se inclinó, llevándose las manos a la cabeza y permaneció en esa extraña postura durante casi un minuto. Donatello le observaba con sus prismáticos.

- Creo que tiene una crisis – comentó– Parece perturbado por algo o quizá sólo sea que se haya dado un golpe en la cabeza.

- Lo que le pasa es que está pirado – dijo Raphael - ¿Ves si lleva mi sai?

- Está demasiado oscuro y alejado para asegurarme, Raph…

El desconocido dio un respingo cuando se escucharon los derrapes de las ruedas de los coches de la policía, que giraron en la esquina llegando hasta el local. Para entonces él ya se había puesto en movimiento.

- Oh, no – protestó Donnie – Otra vez una maratón en los tejados no, por favor…

- ¡Venga Don! – le animó Michelangelo – Si hace falta, te llevo a caballito…

- ¡De eso nada!

- ¡Vamos! – exclamó Raphael tomando la iniciativa e ignorando las chanzas de su hermano pequeño.


Durante su discreta persecución las tortugas se dieron cuenta de varias cosas. El desconocido tenía una agilidad muy equiparable a la suya. Se movía con una gracia y soltura digna de un gimnasta profesional, aunque a veces hacía pausas para retomar el aliento, algo que agradecían los mutantes.

- Está en forma, eso es indudable – observó Leonardo, respirando agitadamente.

Separados por varias decenas de metros de distancia y a otros tantos de altura no le quitaba el ojo de encima.

- Y para no ser un ninja casi se mueve como uno – añadió Michelangelo.

Su objetivo comenzó a moverse de nuevo y tuvieron que dejar la cháchara. Unos quince minutos después parecían haber llegado al fin del viaje. El desconocido, tras examinar los alrededores, se coló en un edificio que tenía todas las pintas de pertenecer a una antigua fábrica.

La construcción de varias plantas se alzaba a orillas del Hudson y estaba en pésimas condiciones: sólo los cristales de los pisos más altos estaban indemnes de la acción de los gamberros, las pintadas decoraban la fachada en casi su totalidad y un montón de objetos variados sin dueño yacían esparcidos en las inmediaciones, repletas de hierbajos y basura. El más grande, un coche que habían desguazado y quemado tiempo atrás, yacía silencioso en su lugar de reposo final. No muy lejos de allí pudieron ver, a juzgar por las hogueras, un nutrido grupo de indigentes o vagabundos. Por suerte, estaban bastante lejos por lo que las tortugas no corrían riesgo de ser vistas.

- ¡Premio! – jadeó Raphael y se crujió los nudillos – Así que aquí es donde vive.

- Eso parece – asintió Leonardo, estudiando detenidamente el lugar – Vamos a esperar unos minutos y entonces entraremos.

- ¿Por qué no lo hacemos ya? – repuso Raphael sin apartar la vista de su objetivo.

- Debemos estar descansados por si surgen problemas – contestó su hermano y añadió, en tono sarcástico - ¿Quieres recibir otro golpe bajo por ir a tontas y a locas?

Raphael le dedicó un gruñido de enfadado pero Leo, acostumbrado a sus rabietas, le ignoró, volviéndose a sus otros dos hermanos.

- Le damos un margen de diez minutos. Luego, entraremos.

- ¡Guay! – exclamó Michelangelo y se dejó caer al suelo, cruzó los brazos bajo la cabeza y se puso a roncar para desconcierto del resto.

Cuando entraron lo hicieron juntos y en silencio. A sugerencia del líder de las tortugas lo hicieron a través de una de las ventanas de la planta superior ya que, durante el rato que descansaron, surgió una luz amarillenta en una de las plantas intermedias.

Su estrategia tenía como primer punto el diálogo pero si el desconocido no estaba por la labor o reaccionaba de manera hostil tendrían que usar un método menos persuasivo y más directo. Según indicó Raphael por él pasaban directamente al punto dos pero Leonardo no quiso ni oír hablar del tema.

- Si los Dragones Púrpuras son sus enemigos…

- Lo sé, yo también estaba allí cuando el maestro Splinter habló – protestó Raphael en tono aburrido – Eres un aguafiestas de todos modos.

- A ti lo que te pasa es que estás enfadado con él porque te pilló desprevenido– le dijo Donatello señalando hacia abajo a la par que Mikey aguantaba una risita.

- ¿Cuántas veces me vais a recordar eso? – protestó Raphael apretando los dientes.

- Las que hagan falta – dijeron los otros tres.

Raphael soltó un gruñido de enfurruñamiento y miró para otro lado.


Se colaron por una de las puertas laterales. El edificio era grande y adentro estaba oscuro como la boca del lobo a excepción de la poca luz de la luna que se colaba por los sucios ventanales. Por suerte el fuego que había hecho el desconocido para entrar en calor les daba una pista de hacia dónde tenían que ir para encontrarle. Sin embargo eso no significara que estuviera ahí sentado tranquilamente por lo que los cuatro hermanos agudizaron sus sentidos, atentos al más mínimo movimiento, mientras subían por las escaleras.

Llegaron a la puerta y se asomaron a echar un vistazo, entrando por orden en la estancia.

Se encontraban en una habitación muy grande, de suelos de madera en mal estado, y con mucha suciedad acumulada por el paso de los años. Había aún algunos elementos que daban pista de la actividad que se había llevado a cabo ahí: archivadores oxidados, mesas volcadas y sillas con asientos acolchados que habían sido roídos por las ratas. Se encontraban en el ala administrativa del edificio. Aparte de la puerta por la que habían entrado las tortugas había otra en la pared de la derecha y que estaba entreabierta.

Justo delante, en una zona un poco más limpia y despejada, había un bidón de metal que habían usado para hacer el fuego. En el suelo había una manta raída, varios periódicos viejos arrugados, viejos cartones de pizzas y un par de latas de conserva abiertas. Lamentablemente no había ni rastro de la persona que se refugiaba aquí.

Raphael miró a Leonardo, que se había quedado inspeccionando lo que parecía sin duda una cena dejada a medias.

- ¿Y ahora qué, sabio líder? – susurró, con sorna - ¿Crees que esto es una muestra de que quiera escuchar? Está claro que nos ha oído y se ha pirado.

Leo frunció el ceño y sus ojos vagaron de las latas a medio comer, a la manta raída y mal doblada sobre el suelo hasta la puerta entreabierta. La señaló y se llevó un dedo a los labios, dando una señal inequívoca de que no hicieran más ruido e hizo el gesto de que le siguieran.

Los cuatro se aproximaron hasta la puerta entreabierta y se apostaron a ambos lados pero entonces Leonardo hizo algo que sorprendió al impetuoso de Raphael:

- Sabemos que estás ahí – dijo, en voz alta y clara - No queremos hacerte ningún daño.

Hizo una pausa pero no obtuvo respuesta.

- Sólo queremos recuperar una cosa que te llevaste en una de tus incursiones – prosiguió – Pertenece a mi hermano, Raphael. Yo soy Leonardo. Sólo queremos recuperarla; dánosla y de paso, podemos charlar un rato si quieres. ¿Qué me dices?

Obtuvo la misma respuesta que antes: silencio.

- No parece muy hablador – sususurró Mikey, quien se había apostado al otro lado de la puerta abierta. Donatello secundó sus palabras, asintiendo.

- ¿Plan B? – preguntó Raphael mirando a Leonardo, que parecía un tanto contrariado.

- Escucha – dijo Leonardo mirando a la puerta entreabierta, con voz más firme –Sólo queremos hablar y ahora, abriremos la puerta para vernos cara a cara. ¿Vale?

- Genial, dale pistas – gruñó Raphael por lo bajini

- ¿Haces los honores? – preguntó Leo y enarboló sus dos ninjatos. Sólo por si acaso.

Michelangelo y Donatello hicieron lo propio: los nunchakus y el bo estaban listos.

- Sé amable – le susurró Leonardo, y le apremió con un gesto a que abriera la puerta.

Raphael se le quedó mirando y luego puso los ojos en blanco.

- Ahora voy a abrir la puerta – dijo con voz cansada y más alto de lo normal. Se acercó y agarrando el picaporte, tiró para abrir – No te asustes, venimos en son de…

No tuvo tiempo de terminar la frase. Apenas abrió algo se acercaba a toda velocidad a su cara. Por un breve momento pudo revolverse para esquivarlo pero aun así le cortó en su hombro izquierdo y apenas un segundo después entró en su campo de visión, que se había vuelto rojo, un pie, descalzo y oscuro, acercándose a toda velocidad. La tortuga tampoco pudo esquivar eso: el pie impactó en el plastrón de su pecho, haciendo que saliera despedido hacia atrás.

Raphael expulsó todo el aire que tenía en los pulmones y cayó pesadamente sobre su caparazón, mordiéndose la parte interna de la boca. Todo sucedió muy deprisa pero debido a su aturdimiento Raph lo percibió a cámara lenta. Tendido como estaba pudo ver al desconocido saltando por encima con una pirueta. Escuchó los gritos de sus hermanos muy cerca pero no podía verles: el hombro izquierdo le punzaba de dolor. Pero al contrario de lo que pudiera parecer sus heridas no le amedrentaron: le enfurecieron.

Se puso trabajosamente en pie mientras dos de sus hermanos perseguían a la forma misteriosa, que había salido al pasillo como una centella por la puerta abierta.

- Raph ¡Raph! – era Mikey, acercándose hacia él - ¿Te encuentras bien?

- Per… perfectamente – gruñó. A su lado pudo ver su sai robado, abandonado por su atacante en su huida y con algo de sangre en su punta central. SU sangre.

- ¡Estás herido!

- "Ese bastardo me roba el arma y ahora la usa contra mí" – pensó. Había conseguido herirle, a él. A Raphael. Le iba… ¡uuuf! Cómo le iba a patear el culo en cuanto tuviera oportunidad.

- No es… nada – dijo, apretando los dientes y recuperó el sai robado.

Apenas le dedicó un vistazo a su herida; no era tan grave como pudiera parecer, apenas un rasguño. Estaba bastante claro lo que había sucedido: la puerta por la que había salido el desconocido daba a una especie de armario donde el desconocido se había refugiado tontamente por no tener una vía de escape. El sai había sido arrojado de una manera un tanto burda, de ahí que apenas le hubiera hecho un rasguño. Si lo hubiera lanzado con puntería se lo habría hincado hondamente en la carne. Estaba claro que lo había hecho para pillarle desprevenido y asegurarse sus opciones de escapar. A veces la mejor defensa era un buen ataque, solía decir el maestro Splinter. Estaba claro que el desconocido acababa de ponerlo en práctica.

Lástima que no fuera a servirle de mucho.