CAPÍTULO 3 - NEGOCIACIÓN
Los ropajes del desconocido ondulaban por detrás de su delgada figura pero Leonardo y Donatello le pisaban los talones. De hecho estaban tan absortos en darle alcance que apenas pudieron reaccionar cuando el desconocido saltó por encima de una barandilla de piedra y, torciéndose en el aire, les lanzó algo.
Por suerte Leo y Don habían tomado nota de sus métodos y tenían buenos reflejos. Se apartaron por los pelos de la trayectoria de los dos objetos que rebotaron contra la pared de atrás con un chasquido.
- ¡Don! – gritó Leo - ¿Estás bien?
- Sí. ¿Tú?
- Sí…
Donatello buscó con la mirada lo que les había arrojado: dos simples piedras. Por algún motivo lo encontró ligeramente decepcionante. Leo se asomaba por la barandilla cuando llegaron Raph y Mikey.
- ¡Rapha! – exclamó Donatello - ¡Estás herido!
- ¿Dónde está? – preguntó éste con fiereza, ignorando a su hermano y enarbolando los dos sais.
- ¡Ahí! – gritó Leo.
Habían llegado a lo que parecía el hall principal. El edifico estaba dividido en dos alas; la norte y la sur. La planta baja era la fábrica en sí y el centro de logística mientras que las otras plantas correspondían al bloque administrativo, donde aparte de las oficinas se encontraban el departamento de marketing y el de la dirección. Se accedía a las oficinas a través de dos escaleras que nacían en el hall principal, pasada la recepción y de los tornos de acceso. El suelo de la entrada se encontraba a diez metros de altura donde el desconocido se balanceaba en una barra de metal que había anclada en la pared. Propulsándose se lanzó al vacío, alzó las piernas en forma de uve para ganar más fuerza y llegó hasta la barra de la diagonal inferior, a tres metros de distancia, con la agilidad digna de un gimnasta de competición.
- ¡Fijaos en esa técnica! – admiró Michelangelo mientras observaba al desconocido alzarse de pie sobre la barra, que se combó ligeramente bajo su peso. El raído estandarte, que recordaba a la industria anteriormente propietaria del local, ya desaparecida tiempo atrás, hondeó con un discreto frufrú.
- La verdad es que es bueno, sí – asintió Donatello y recibió un gruñido por parte de Raphael.
Si el desconocido había escuchado el comentario no pareció dar muestras de ello. Con los brazos extendidos en cruz alzó la cabeza encapuchada, mirando a las escaleras de enfrente. Estaba clara que su idea era llegar al ala norte por medio de un atajo.
- "¿Quién eres? ¿Y en qué estás metido?" – pensaba Raphael mientras le observaba. Sentía una gran curiosidad, pero estaba muy enfadado con el desconocido. Mientras el dolor le palpitaba en el hombro reparó en las dos piedras que momentos antes había arrojado a Leo y Don. Tomó una.
- ¡Eh! – gritó, y la lanzó.
Había errado el tiro, dando en la pared un palmo por encima de la cabeza del desconocido. Pero había sido a propósito. Sólo quería captar la atención de su perseguido y lo consiguió, pues éste se volvió bruscamente para mirarle.
- Creo que esto es tuyo.
Y le arrojó la segunda piedra, que le dio de lleno en la frente. Escucharon un grito ahogado y el desconocido perdió equilibrio, cayendo hacia atrás. Por un momento pareció que iba a caerse pero se recuperó en el último momento, agarrándose in extremis a la barra, que se bamboleó peligrosamente provocando que varias grietas descorcharan la pared.
- ¡Casi lo tiras! – gritó Mikey.
- Como si me importara, él se lo ha buscado – dijo Raphael con crueldad.
Entonces sonó otro crujido de piedra desprendida y la barra se inclinó peligrosamente. Ya de por sí el anclaje no era bueno por tantos años de abandono pero con el peso extra del desconocido, por no contar el movimiento brusco que había tenido que hacer para sujetarse, lo habían terminado de aflojar del todo.
El misterioso guerrero se había quedado colgando por los dos brazos a unos diez metros de altura. El impacto de la piedra le había dejado ligeramente aturdido, por lo que sacudió la cabeza para despejarse. En seguida se dio cuenta de su apuro e inició un desplazamiento lateral hacia la pared. Lo único que consiguió fue agravar la situación, pues se desprendió otro trozo de piedra y la barra osciló peligrosamente.
- Ups – murmuró Raphael. No había contado con que sucediera eso.
El desconocido, viendo que sólo conseguía empeorar la situación, se detuvo un momento y comenzó a mover frenéticamente la cabeza abajo y a los lados. Sin embargo pronto le vieron reanudar sus intentos. Comenzó a balancearse con clara intención de intentar el salto.
Por desgracia para él antes de que consiguiera ganar fuerza suficiente la barra osciló de nuevo y dando un grito un tanto afeminado, se abrazó a la barra en un último intento desesperado. Sus pies patalearon el aire mientras otro trozo más de pared se desprendió, cayendo al vacío. El eco del impacto de la piedra contra el suelo retumbó por todo el edificio.
- ¡No lo conseguirá! – exclamó Donatello, alarmado.
- ¡Ay, no quiero mirar! – gritó Mike y se tapó los ojos, si bien seguía mirando por entre sus dedos.
Leonardo, incapaz de permitir que algo así sucediera, había tomado una decisión. Sin mediar palabra saltó a la barandilla.
- ¿Adónde vas? – preguntó Michelangelo mientras Leonardo se incorporaba en toda su estatura, de puntillas, sobre la barandilla.
- A arreglar la cagada de Raph – respondió.
Y saltó al vacío.
El desconocido se percató de que estaba en un punto muerto y más muerto terminaría si no salía de ahí.
¿Qué podía hacer? ¿Qué podía hacer? Se preguntaba una y otra vez, en un estado que ya era de pánico, aferrándose con fiereza al mástil que colgaba casi totalmente vertical. Miró hacia delante, a la barandilla que estaba tan sólo a unos tres metros de distancia. Era imposible que llegara si no se daba impulso; la única opción que le quedaba era intentar llegar hasta la pared y agarrarse a ella con las manos desnudas. Las paredes no eran de cristal de modo que tenía una posibilidad: sin embargo el anclaje de la barra pendía, como quien decía, de un hilo. Y no tenía otra barra debajo de ésta para dejarse caer ni tampoco tenía la opción de dar media vuelta… hiciera lo que hiciera lo más probable es que se estrellara contra el suelo. La pared era su única alternativa. Con temor se forzó a levantar el brazo derecho para intentar hacer contacto con la pared. Apenas llegó a rozar con la punta de sus dedos la superficie rugosa del muro de hormigón cuando, con un último crujido, la barra se soltó.
Leonardo se había decidido en el momento justo. Si hubiera dudado un par de segundos más no habría podido hacer nada. Acababa de incorporarse sobre el mástil posterior al del desconocido cuando escuchó el crujido de la pared al resquebrajarse. Apenas tuvo tiempo de saltar hacia delante con los brazos extendidos. Rezó para que su plan diera resultado… porque si no lo hacía, se convertiría en sopa de tortuga.
Sus hermanos gritaron cuando vieron a Leonardo saltar en el mismo momento que el desconocido se precipitaba al vacío.
- ¡LEO! – gritaron las otras tres tortugas y se abalanzaron contra la barandilla, temerosos porque su hermano no lo hubiera conseguido.
Pudieron escuchar el ruido metálico de la barra impactando contra el suelo y de cascotes de yeso y ladrillo que habían saltado de la pared. Pero allí abajo no había ningún cuerpo. Elevaron la vista y para su alivio vieron a Leo colgando de la barandilla del piso inferior de enfrente por una mano y con la otra sujetando al desconocido, que colgaba con los brazos y las piernas hacia abajo.
- ¡SÍ! ¡SÍ! – gritaron de alivio y chocaron las palmas.
- Chicos – dijo Leonardo, con una voz tranquila pero que dejaba claro que estaba sometido a un gran esfuerzo – Una ayudita no me vendría nada mal, la verdad…
- ¡Ya vamos, Leo!
- ¡Aguanta!
Y se apresuraron escaleras abajo.
Leonardo aún no creía en su buena suerte: estaba vivo e ileso. Tras echar un vistazo rápido al desconocido parecía que éste también. Le había cogido en el último momento y sólo gracias a su abrigo.
Sin embargo, aún no podía cantar victoria. Leo era fuerte, pero cargar con el peso extra del desconocido no le permitía libertad de movimientos. La forma en que lo sostenía tampoco ayudaba; no se veía capaz de izarle con una sola mano por encima de la barandilla y luego saltar él. Tendría que esperar a los demás.
Pero no contaba con un inconveniente y es que el desconocido, en cuanto se recuperó del shock, empezó a revolverse. Esto provocó que Leo perdiera parte de su agarre; con los dientes apretados afianzó más sus tres dedos, a pesar de las protestas de su cuerpo, que empezó a temblar por el esfuerzo.
- ¡Oye! – gruñó, comenzando a enfadarse - ¡Estate quieto! ¿Quieres matarnos o qué?
No obtuvo respuesta ni el desconocido cejó en sus empeños. Leonardo gruñó porque estuvo a punto de dislocarse el brazo pero tras un último tirón notó un gran alivio cuando perdió lastre. Miró interrogadoramente hacia abajo: lo único que sujetaba en la mano era un abrigo vacío. El desconocido se había escabullido por la planta de abajo. Se la había jugado.
Por primera vez en toda la noche Leonardo se enfadó de verdad… y cuando eso sucedía podía ser incluso peor que Raphael.
- ¡Serás… desagradecido! – exclamó.
Soltó el abrigo, se agarró con la otra mano, tomó aire y se dejó caer para agarrarse a la barandilla inferior. Soltó el aire cuando dio con los brazos en la piedra, pero consiguió agarrarse y en un abrir y cerrar de ojos había pasado por encima de la barandilla, retomando la persecución sin esperar a sus hermanos.
El desconocido estaba confundido, exhausto y aterrorizado. No conseguía quitarse a sus perseguidores de encima y, lo que era más desconcertante: aquel… hombre bajito le había salvado la vida. ¿Por qué lo había hecho? No les había creído cuando decían que sólo querían hablar, pero si no querían acabar con su vida ¿qué querrían pues?
Intentó pensar en ello pero apenas podía concentrarse teniendo en cuenta la situación. Además aún le palpitaba fuertemente el dolor de cabeza que se había iniciado mientras ajustaba cuentas con los dragones, por no hablar de la brecha que le había hecho la pedrada encima de la ceja izquierda. Notaba la sangre tibia goteando, empapándole el pañuelo con el que se cubría el rostro. Intentar pensar en todo esto sólo consiguió que el dolor de cabeza aumentara: debía concentrarse en salir de aquí. Ya tendría tiempo de reflexionar.
Apenas se dio cuenta de que subía las escaleras de emergencia en vez de bajarlas, que iba hacia la azotea y no hacia la calle. Cuando empujó la puerta con el hombro y vio dónde estaba se maldijo por su descuido. Aquí no había salida.
No se entretuvo en admirar el cielo nocturno, parcialmente cubierto por unas nubes altas, que ocultaban la luz de la luna. En su lugar corrió hacia el borde de la fachada y miró hacia abajo: imposible. Si saltaba se rompería todos los huesos del cuerpo y no podía descender sujetándose a la pared. Sintiéndose como un ratón enjaulado empezó a desesperarse. Soltó un gruñido de frustración, pero cuando se dio la vuelta para intentar regresar alguien le interceptaba el paso.
- ¿Acaso vas a alguna parte?
Era el tipo que le había salvado.
Estaba muy oscuro para verle bien pero en sus manos portaba dos espadas, que mantenía ligeramente ladeadas para abarcar más espacio y asegurarse de que no tenía escapatoria. Se maldijo de nuevo por haberse despojado del sai: lo había hecho tanto para asegurarse la ruta de escape como para devolverlo y ver si así le dejaban en paz. Tampoco tenía más piedras, todas se habían quedado en su abrigo. Pero no podía perder tiempo; sabía que los otros estaban de camino y si llegaban no tendría nada que hacer.
Ambos se observaron, sin tomar ninguno la iniciativa de atacarse.
- Podría dejarte pasar el que no me hayas dado las gracias por echarte una mano – prosiguió el otro con una voz firme y contenida; parecía muy enfadado– E incluso estoy dispuesto a olvidar que intentaste abrirme la cabeza hace un momento… pero no puedo dejar pasar que hayas intentado herir a mis hermanos. Veamos ¿qué crees que debería hacer a continuación?
El desconocido no respondió porque pensaba a toda velocidad qué podría hacer para abrirse paso a través de él y llegar a la única salida posible.
Fue entonces cuando la nube que cubría la luna pasó finalmente de largo y su luz iluminó la azotea, permitiéndole ver claramente lo que tenía delante.
Desde luego no era lo que había esperado ver. Se trataba de una tortuga antropomórfica con un antifaz azul, cuyos extremos se mecían por la brisa nocturna a un lado de su cabeza. Y podía asegurar con total certeza que NO era un disfraz. De verdad era una tortuga.
No entendía nada. Esto era… pero quizá… el mero hecho de pensarlo hizo que la cabeza le fuera a estallar. Ahogó un grito, hincando la rodilla en el suelo y llevándose las manos a las sienes. La tortuga retrocedió un paso pero no se apartó si no que alzó más sus espadas.
- ¿Qué es lo que te pasa?
Si se ponía a explicárselo podrían pasar varias cosas: que no se explicara bien y que el otro no quisiera escucharle realmente. Así que lo mejor que podía hacer era mostrárselo.
El desconocido se alzó muy despacio en toda su estatura, que era ligeramente inferior a la de la tortuga. Acto seguido se llevó lentamente las manos a la cabeza, provocando un movimiento inquieto del llamado Leonardo, que estaba preparado para atacarle si detectaba una amenaza en sus maneras. Entonces echó atrás la capucha con su mano izquierda mientras que con la derecha bajaba el pañuelo que le cubría la parte inferior del rostro, colocándolo en su cuello. Cuando Leonardo vio su cara no pudo hacer otra cosa que bajar sus ninjatos totalmente boquiabierto.
- ¡Ya vamos Leo! – gritó Raphael, corriendo todo lo deprisa que le permitía su caparazón. Detrás de él Michelangelo y Donatello le pisaban los talones.
- Chicos, no sé vosotros pero yo creo que voy a dormir como un bebé el resto de la noche – jadeó Mikey mientras subían por las escaleras, hacia la azotea.
- Ya somos dos – apuntó Donatello justo delante de él.
Habían visto desde el hall cómo Leonardo saltaba por la barandilla de la segunda planta y la caída ondulante del abrigo del desconocido, abandonado por su propietario. Debían darse prisa si no querían que se les escapase.
- ¿Las escaleras suben o bajan? – preguntó Michelangelo cuando llegaron a las escaleras de emergencia tras pasar por un pasillo lleno de puertas que daban a distintos despachos de la oficina.
Raphael observó que un desprendimiento bloqueaba la bajada de modo que el camino a seguir era lógico.
- En este caso suben Mikey. ¡Vamos!
Cuando Raphael vio la puerta abierta de par en par casi se sintió abrumado por la impaciencia: sacó sus sais y saltó al exterior.
Los tres hermanos habían esperado que Leo y el desconocido estuvieran enzarzados en una pelea por lo que quedaron hartamente sorprendidos cuando en su lugar vieron a Leo acuclillado delante de una figura que permanecía de rodillas en el suelo. Sus ninjatos descansaban enfundados en su caparazón.
- ¿Leo? – preguntó Donatello - ¿Qué…?
Leonardo se apresuró a incorporarse, interponiéndose entre sus hermanos y la figura. Se acercó a ellos con las manos en alto.
- Chicos, tranquilos. Guardad las armas.
- ¿Qué? – protestó Raphael de mal humor - ¿Por qué?
- Me temo que todo ha sido un malentendido.
- ¿Ah sí? Pues mira, a mí no me lo parece…
- Raphael, por una vez no me discutas – dijo Leonardo con tono autoritario y voz cansada– Guarda tus sais. Ahora.
Raphael gruñó pero se encogió ligeramente. Había algo en la mirada de Leo y en su forma de hablar que no admitía réplicas. Detrás de él Mike y Donnie habían obedecido y los miraban a los dos con esa expresión de disgusto que siempre adoptaban cuando él y Leo se peleaban. Por un momento se enfadó con ellos por no darle apoyo pero finalmente se rindió. Guardó uno de sus sais despacio y a regañadientes. Entonces detectó movimiento detrás de su hermano y eso le hizo reaccionar instintivamente.
Apartando a Leonardo se abalanzó sobre el desconocido, quien parecía tener intenciones de atacar por la espalda.
- ¡RAPHA, NO!
Leo consiguió agarrarle por el brazo en el momento justo que la mano desarmada de Raph se cerraba en torno al cuello de la ropa del desconocido. Raphael reaccionó de manera instintiva y proyectó su hombro contra el de su hermano, obligándole a soltar a su presa. Donatello y Michelangelo se acercaron desde atrás pero Leonardo fue más rápido e inteligente. Consiguió inmovilizar a Raph en una llave.
- ¡Escúchame de una vez! – gritó Leonardo retrocediendo.
- ¡Que me sueltes, Leo! ¡Quiero ajustarle las cuentas! ¡Quiero patearle el trasero y…!
- Lo siento.
La dulce voz del desconocido le hizo abandonar en su empeño. Sorprendido, se revolvió y miró en su dirección.
El… o mejor dicho ella, no había tenido intenciones de atacar a Leonardo, tan sólo se había puesto de pie. Permanecía cabizbaja de tal modo que su oscuro cabello tapaba parte de su rostro. Vestía una holgada sudadera raída y pantalones cortos de chándal que le permitían una buena libertad de movimientos. Pero lo que más destacaba de su presencia era su cola de reptil, que enroscaba por detrás de una pierna. Alzó ligeramente el rostro y Raph puedo ver, gracias a que ya no tenía la capucha ni el pañuelo puestos, la brecha sangrante sobre su ceja izquierda fruto de la pedrada que le había dado un rato antes.
Sus ojos castaños brillaron, otorgando a su mirada gran profundidad, angustiada y triste...
- Siento mucho haberos atacado – dijo, con una voz que sin la amortiguación de la tela era totalmente femenina, adolescente – No sabía que había otros como yo.
