CAPÍTULO 4 – DILEMA
- Pensaba que era la única…
Habían vuelto a la fábrica abandonada, a la sala donde el barril llameante. La chica miraba el fuego, pensativa, mientras las tortugas la escuchaban con atención.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó Leonardo. Ellos ya habían hecho las debidas presentaciones y les sorprendió el comentario que hizo ella que fue: "Vaya, así que pintores del Renacimiento, qué curioso".
- No tengo nombre – murmuró.
- ¿Cómo no vas a tener nombre? Todo el mundo tiene uno – dijo Mikey, quien se había sentado a su lado y la miraba con gran curiosidad. Su rostro se tornó serio cuando ella no le devolvió la sonrisa; se abstuvo de hacer ningún comentario más.
Leonardo decidió cambiar de tema.
- Hace un momento has dicho que pensabas que eras la única y también me lo dijiste en la azotea. ¿Quieres decir que no habías visto antes a otros mutantes?
- ¿Mutantes? – preguntó ella, abriendo mucho sus ojos castaños de largas pestañas.
- Mutantes, ya sabes – intervino Donatello con voz suave – Aquellos que han sufrido cambios en su secuencia del ácido desoxirribonucleico, bien por errores en la división celular, por exposición a radiaciones ionizantes o sustancias químicas que…
- Eh, Donnie – dijo Mikey – En cristiano. ¿Quieres? Que te entendamos el resto de los mortales.
Don suspiró.
- Quiero decir como nosotros – concluyó, señalándose con el dedo.
Ella sacudió ligeramente la cabeza, intentando comprender.
- No.
- ¿Y de dónde saliste? – preguntó Mikey.
- ¿Qué?
- ¡Sí! Ya sabes… a nosotros nos cayó un compuesto radioactivo encima. ¿Y a ti?
- Yo… pues…
- ¿Uranio? ¿Exposición a rayos gamma? ¿Picadura de una araña radiactiva? ¿Un virus extraterrestre? ¿Quizá una bomba atómica?
Según iba enumerando las opciones se había ido inclinando poco a poco hacia delante en su dirección, lo que hizo que ella a su vez se fuera inclinando poco a poco en la dirección opuesta, mirándole un tanto confusa.
- Mikey… para el carro y dale un respiro - protestó Leo mientras Don negaba con la cabeza.
Ella parpadeó varias veces y frunció el ceño.
- Yo… he sido siempre así.
Raphael soltó una risotada sarcástica pero no dijo nada. A pesar de que finalmente se había calmado aún seguía enfurruñado por lo que había decidido mantener las distancias para que no hubiera problemas; apoyado en una columna y con los brazos cruzados mantenía la vista fija en otro punto que no fuera la muchacha. Cuando bajaron ella se le había acercado tímidamente con un trozo de tela que había sacado de una mochila que tenía escondida para intentar vendarle la herida que le había hecho pero la gélida mirada de la tortuga fue suficiente para que se apartara.
Leo, Don y Mikey intercambiaron una mirada. Donatello se encogió de hombros, de modo que Leo probó otra cosa.
- Los Dragones Púrpura. ¿Qué problema tienes con ellos?
Ella no respondió. Leo no se dio por vencido.
- Mira, no nos meteremos en medio si no quieres. Es sólo que no entiendo cómo una…
- ¿Qué? – preguntó ella en tono brusco y le miró con el ceño ligeramente fruncido.
Iba a decir niña. ¿Cuántos años tendría? Se encontró preguntándose Leonardo. La verdad es que no tenía ni idea pero decidió ser prudente.
- Chica… una chica como tú querría buscarse problemas con ellos.
- Sé cuidar de mí misma – le espetó ella y resopló– No me hables como si fuera una niña.
Raphael ahogó otra risita pero su hermano le ignoró.
- No, no eres una niña – concedió Leo, con paciencia - Pero quiero que entiendas que no son criminales del montón como pueda parecer. ¿Podemos ayudarte?
Mientras hablaba la mutante hizo un gesto extraño. Se llevó una de las manos a las sienes y comenzó a frotarla, entornando los ojos e inclinándose hacia delante.
- ¡No es asunto tuyo! – respondió finalmente y según lo hizo pareció arrepentirse de su reacción – Lo siento… yo… me duele mucho la cabeza.
Raph decidió intervenir, hastiado.
- Mira, está claro que estamos perdiendo el tiempo – dijo – Si esta mocosa quiere meterse en líos es cosa suya; como ella misma ha dicho, sabe cuidarse solita. Yo ya tengo mi sai – entonces la miró directamente – Estoy dispuesto a olvidar la patadita traicionera que me diste y esto – dijo, señalándose el hombro herido – Pero si en algún momento nos encontramos de nuevo y te pones en el medio recibirás algo más por mi parte que una pedrada en la cabeza.
Para su sorpresa ella no se asustó ni se enfureció, si no que pareció ponerse muy triste. Y lo que ya le desarmó del todo fue lo que le dijo.
- De verdad que lo siento mucho. Por cierto, no te lo dije, pero peleas de diez y tus armas molan mucho.
Raphael se quedó con la boca abierta de par en par y por una vez en su vida no fue capaz de encontrar una réplica a algo que le habían dicho. Entonces se percató de que sus hermanos le estaban mirando con una expresión que era mezcla de sorpresa y de guasa, algo que ayudó a que recuperara su compostura. Carraspeó y adoptó de nuevo su expresión huraña.
- Bueno, pues ¡asunto zanjado! Yo me vuelvo a casa. ¿Chicos?
Donatello y Leonardo se miraron durante unos segundos y entonces Don sonrió. Para consternación de Mikey, se levantó.
- Sí ¿por qué no? Mañana no habrá quien me levante…
Leonardo le imitó, ignorando la expresión de abatimiento de Michelangelo.
- Se ha hecho tarde sí – se volvió a la chica y añadió en un tono severo – Antes de irnos me gustaría darte un consejo: los Dragones Púrpura son peligrosos. Piensa que igual que nosotros hemos dado contigo ellos pueden hacerlo también. Yo que tú vigilaría mis espaldas e incluso, cambiaría de sitio en el que vivir.
Hizo una pausa para asegurarse si ella le había entendido el peso de sus palabras o, por lo menos, si había conseguido que la hicieran reflexionar. Pareció que algo sí había logrado al ver la postura de abatimiento de la chica. Entonces Leo suavizó su expresión en un calculado movimiento.
- Cuídate. Adiós.
Ella asintió si bien parecía un poco incómoda.
- Sí, bueno… adiós.
- ¡Adiós! – dijo Donatello despidiéndose con la mano.
Raphael no hizo más comentarios y salió por la puerta justo detrás mientras Leo esperaba.
- Vamos Mikey…
- ¡Leeeeo! – protestó él pasando la mirada de Leo a la chica mutante y viceversa - ¿Pero y ella?
- No viene con nosotros. Vamos…
Dicho esto siguió a Raphael. Michelangelo parecía muy decepcionado pero no quería quedarse atrás. A regañadientes se puso en pie y se rascó la cabeza.
- Bueno… ehm… ha, ha sido divertido… y, ehm… ya, ya nos veremos. Espero…
Ella se le quedó mirando e hizo un breve asentimiento. Parecía algo avergonzada.
- ¡Mikey! – le llamó el líder.
- ¡Jo, ya voy! – exclamó y salió corriendo.
Poco después las tortugas estaban en marcha para regresar a su hogar en las profundidades de las alcantarillas. Raphael no había dicho palabra desde que abandonaron el edificio que era el hogar de la chica mutante y parecía que seguía de mal humor.
- Oye Raphie – dijo Michelangelo, aproximándose a él - ¿Crees que volveremos a verla?
- Ni lo sé ni mi importa.
- ¡Oh! ¿Por qué estás tan enfadado? Con las cosas tan bonitas que te ha dicho creo que le caes bien.
- Pues ella a mi no. ¿Qué te pasa? – saltó, poniéndose a la defensiva - ¿Por qué estás tan pesado eh?
- ¡Porque es guay! O sea, creo que ella es guay. Oye Leo – dijo, volviéndose al líder - ¿Por qué no nos la quedamo-oh?
Leo le había puesto una mano en el hombro y le guiñó un ojo.
- Tranquilo, Mikey, creo que ella está más cerca de lo que crees…
El más joven de las tortugas se quedó mirando a su hermano mayor con extrañeza y entonces por detrás, a cierta distancia, detectó movimiento. Al ver que Leo sonreía lo entendió todo.
- Es habilidosa pero desde luego que el sigilo no es lo suyo– opinó Donnie, pasando por su lado con una sonrisita.
Los tres hermanos mayores se habían dado cuenta prácticamente enseguida de que la chica mutante les estaba siguiendo. Era demasiado ruidosa y descuidada… para los estándares ninja.
- Sí, se la puede oír a cinco kilómetros de distancia – se burló Raphael con cierta crueldad.
- No seas tan duro con ella – dijo Leonardo – A fin de cuentas está sola, no tiene a nadie que la enseñe.
- ¿Entonces vamos a dejar que nos siga? – preguntó Michelangelo con cierta esperanza.
Para esas alturas de la conversación ya habían llegado a su destino. Descendieron por una escalera de incendios hasta el nivel de la calle y Raphael se quedó mirando la boca de alcantarilla.
- Tú dirás qué hacemos jefe – repuso mirando a Leonardo - ¿Le dejamos o le plantamos cara?
Éste no pudo evitar esbozar una sonrisa.
- ¿Es que ninguno me presta atención cuando hablo?
Los otros tres se miraron y se sonrieron, haciendo que Leo pensara que debería confiar más en ellos. Pero entonces Mikey le dijo.
- La verdad es que no mucho, hermano.
Ante tal afirmación Leo no pudo más que poner los ojos en blanco.
Cuando la muchacha vio que las tortugas desaparecían por la alcantarilla ejecutando por algún motivo ciertas cabriolas antes de desaparecer, entendió varias cosas. La primera, que con razón no los había visto nunca antes. Y, la segunda, que era el momento de tomar una decisión.
Una vez que ellos se habían marchado la incertidumbre sobre qué hacer a continuación la hizo actuar. El haber descubierto que no era la única con esa apariencia había hecho que tuviera sentimientos de lo más encontrados. Así que había tomado su mochila con las cuatro cosas que tenía y se había puesto en movimiento.
Llevaba alrededor de cuatro meses viviendo sola en la calle. Por supuesto que no por gusto pero es que sus intentos por conseguir amigos no habían funcionado; la primera vez que se había acercado a una persona ésta había reaccionado de una manera totalmente inesperada: la había ignorado por completo. La segunda vez lo había intentado con un grupo de chicos que tendrían más o menos su misma edad, que jugaban con un balón. Ella les había estado observando un buen rato, moviendo los pies al son de sus patadas. Cuando se atrevió a acercarse para ver si la dejaban jugar con ellos al principio la animaron pero según se acercó no sólo se burlaron de ella (de su "disfraz" lo llamaron) sino que la tiraron piedras mientras se reían. La tercera y última vez que intentó comunicarse, movida por la más extrema hambre, salió más que de sobra escarmentada: no la descerrajaron un tiro de puro milagro.
Desde entonces los humanos la fascinaban y la atemorizaban a partes iguales pero dados sus infructuosos intentos por acercarse a ellos había decidido pasar desapercibida siempre y cuando no tuviera más remedio que exponerse. La comida y las ropas que había conseguido las había obtenido mediante el hurto; tenía que sobrevivir pero por alguna razón el actuar así la hacía sentirse terriblemente culpable, a pesar de que sabía que los dueños de esas cosas lo más probable es que la tratarían de malas maneras si la verían, por lo que no tenía sentido pedirles ese favor. Así que para convencerse comenzó a decirse que se lo merecían por ser tan desagradables.
Y luego estaban los Dragones Púrpura. Cada vez que intentaba pensar el motivo por el que se sentía atraída por ellos le surgía un terrible dolor de cabeza. Sabía que tenía un asunto pendiente que solucionar con ellos pero el problema era que no recordaba cuál era… y eso la llevaba a una espiral de agresión que nunca la satisfacía. Sólo sabía que cuando veía el dragón en algún sitio impreso, tatuado o pintado necesitaba ponerse en movimiento.
Y ahora estaba el tema de las tortugas.
- ¿Quieres decir que no habías visto antes otros mutantes? – había preguntado el llamado Leonado, y ese término le persiguió desde que lo escuchó, repitiéndose en su mente una y otra vez.
- "¿Eso es lo que soy?" – pensó – "¿Una mutante? ¿Por eso soy diferente de esas personas y no puedo encajar?"
Tenía muchas preguntas que resolver pero aparte tenía mucho miedo por saber las respuestas. Actuó casi sin pensar mientras su cabeza le daba una y mil vueltas a la situación. ¿Qué haría ahora que ya sabía que había otros… mutantes como ella?
Leonardo, Michelangelo, Donatello… incluso el hostil de Raphael parecían tener buenas intenciones pero la experiencia la hacía desconfiar. Aquellas personas de la ciudad también parecían buenas pero si te descuidabas podrías encontrarte con un tiro en las tripas o una lluvia de piedras. Por eso prefería estar sola pero a la vez no quería seguir estándolo. Quería CONFIAR en ellos pero tenía miedo de hacerlo y que la hicieran daño.
Aún no había tomado una decisión en firme mientras permanecía indecisa de pie, al lado de la alcantarilla por la que se habían metido, amasando el extremo de su sudadera con una de sus manos en un tic nervioso. Si todo era una encerrona quizá no tuviera escapatoria: eran cuatro contra uno, pero ¿entonces para qué le habían salvado la vida?
No sabía qué hacer.
Una parte de ella quería entrar en la alcantarilla.
Otra parte quería salir corriendo y esconderse.
Una mitad le decía que los buscara.
La otra quería olvidarse y que la dejaran en paz.
Ir con ellos o huir… huir o ir con ellos…
Entonces se sintió terriblemente cansada: cansada de despertarse con un sobresalto ante cualquier sonido, cansada de robar comida, cansada de estar sola… cansada de ser una paria.
Ellos también se escondían, pero se tenían los unos a los otros. Eran amigos… no, habían dicho que eran hermanos: eran una familia. Se comportaban igual que la gente que había espiado a través de las ventanas. Estaban conformes con su vida, se les veía felices.
Ella les envidió, pero a la vez deseó formar parte de su pequeña piña… a pesar de no estar segura, creía que nunca había tenido amigos. Por eso sí merecía la pena luchar. Si salía mal… bueno, no volvería a confiar nunca en nadie más. A fin de cuentas, se había traído un trozo de tubería rota para defenderse y que llevaba oculto en su mochila, contando con las piedras que llevaba en los bolsillos tras haber recuperado su abrigo… sólo por si acaso.
Estaba decidido.
Y aun así cuando tomó la tapa en sus manos el corazón le latía tan rápido que pensaba que iba a salírsele del pecho. Cuando tiró, revelando el agujero hacia el que iría su destino, no pudo evitar sentir mucho, pero que mucho miedo.
