CAPÍTULO 5 – ALCANTARILLA, DULCE ALCANTARILLA

Abajo estaba oscuro como la boca del lobo, pero eso no la detuvo: una vez se le metía una idea en la cabeza nada le hacía cambiar de opinión. Tras devolver la tapa a su lugar descendió por la escalerilla de metal. Sus pies dieron contra un suelo húmedo y limoso. Se quedó quieta, totalmente inmóvil, escuchando. Aparte del sonido del agua, del goteo, algunos crujidos y ciertos sonidos de pequeños roces no se oía nada más.

Esperó hasta que sus ojos se adaptaron a la oscuridad y pudo distinguir la galería que se abría a ambos lados y, a su vez, otras perpendiculares. Entonces se dio cuenta de lo estúpida que había sido. Había tardado tanto en decidirse que ahora no tenía manera de saber hacia dónde habían ido las tortugas.

Desesperada intentó pensar y buscar alguna pista pero no encontró nada. ¿En serio tantos nervios para esto? Soltó un gemido de frustración pero entonces llegó hasta sus oídos un sonido diferente; una carcajada y unas voces lejanas.

Agudizó el oído. ¡Sí! Venían justo de delante de ella. Echó a andar, procurando no meter los pies en el agua para que los chapoteos no la delataran.

Fue tan rápido como pudo, manteniéndose alerta y empezó a jurar que las voces se hacían cada vez más y más cercanas. Parecía que al contrario que en la superficie, las tortugas se lo tomaban con calma aquí abajo.

Una bifurcación… por la derecha. Ahora por la izquierda. Ahora recto… y ahora hacia abajo.

Hasta ella llegaban palabras sueltas que no se molestaba en entender: estaba tan nerviosa y tan asustada que de lo único que era consciente era del constante martilleo que sentía en sus oídos por el palpitar acelerado de su corazón. A veces también le llegaba el ruido de los coches y de la gente de la superficie pero se apresuraba a alejarse para no perder la referencia de las voces. Se limitaba a seguir los sonidos que producían las tortugas y, cuando dejaba de oírlas, permanecía en silencio unos segundos hasta que las volvía a oír.

A veces sonaban muy cerca para a continuación sonar muy lejos: lo achacó a la propia reverberación por estar en un subterráneo.

No supo cuánto tiempo estuvo caminando entre las aguas fétidas – aunque ya no las olía porque su olfato se había acostumbrado – entre suciedad y ratas pero finalmente vio una luz proveniente de una de las paredes de ladrillo. No tenía ni idea de dónde estaba porque no se había preocupado de trazar un mapa mental mientras avanzaba. Las voces ya no se escuchaban desde hacía un rato pero ella estaba segura de que había llegado al lugar correcto. La luz escapaba por una gruesa grieta de la pared; mirando con atención su tamaño estimó que las tortugas cabrían muy justas por su caparazón, aunque pasaran de lado. Pero como ella no tenía ese problema podría deslizarse sin esfuerzo.

Se detuvo un par de minutos para respirar profundamente y calmarse. Pensó que sería buena idea sacar la tubería, por si las moscas. Una vez que la tuvo en su mano se asomó por la grieta, sólo un poquito, para echar un vistazo.

Lo poco que podía ver le confirmó sus sospechas de que estaba en el hogar de las tortugas. Pudo ver un sofá delante de un conglomerado de monitores de diferentes tamaños, unos extraños muñecos de tela acolchados en medio de lo que parecía una pista – dojo, eso que estaba viendo era un dojo; no sabía cómo lo sabía pero así era - unas pesas en un rincón junto con un maltratado saco de boxeo, una mesa grande de comedor con cojines y, lo que casi la hizo soltar una carcajada, un cartel hecho con punto de cruz colgado con una alcayata de exageradas dimensiones que rezaba "Alcantarilla, dulce alcantarilla". ¡Qué monada!

Pero también el ver ese cartel hizo que volviera a su mente la idea que tanto la atormentaba, aquella opción que tanto temía porque no se sentía lo suficientemente fuerte para volverlo a soportar.

¿Y si ellos no la admitían?

A fin de cuentas, ésta era su casa. Quizá estuvieran muy a gusto siendo ellos cuatro; tampoco recordaba que hubiera sido invitada. Michelangelo era el único que parecía con ganas de querer volver a verla… pero estaban sus otros tres hermanos, entre ellos Raphael, quien parecía odiarla. La cosa podía ser mucho más simple de lo que había pensado: que las tortugas fueran buenas, que efectivamente no desearan hacerla ningún daño pero que NO LA QUISIERAN con ellos, por muy mutante que también pudiera ser.

Esa posibilidad la dejó totalmente devastada. Las dudas volvieron a asaltarla. Quizá habría sido muy pretencioso por su parte que la admitieran como una amistad, y que le abrieran las puertas de su casa así, sin más…

Quizá no hubiera sido tan buena idea venir hasta aquí.

Quizá nunca debiera haber venido.

Sería mejor que se marchara ahora mismo. No la habían visto, así que aún estaba a tiempo de dar la vuelta.

La "alcantarilla, dulce alcantarilla" no era para ella.

Un dolor familiar se le afianzó en el pecho, en pleno corazón. El dolor del saberse rechazado era muy conocido para ella, aunque en esta ocasión ni siquiera se había molestado en intentarlo. Era mejor así; aunque doliese lo haría mucho menos ahora que dentro de un tiempo.

Dedicó una última mirada al cartel que tanta gracia le había hecho al principio y lentamente comenzó a dar un paso hacia atrás… otro… otro…

Y entonces chocó contra algo blando.

Se revolvió al instante, alzando la tubería de metal en el aire con los ojos cerrados por el sobresalto pero cuando quiso bajarla unas fuertes manos la agarraron por detrás, deteniendo su golpe.

- ¡Ey, tranquila! ¡Somos nosotros! – gritó una voz conocida.

- ¿Michelangelo?

La chica abrió los ojos y vio a Michelangelo delante de ella, encogido y con las manos en alto. Detrás de él surgieron Leonardo y Donatello de las sombras.

Volvió la cabeza y se encontró cara a cara con Raphael. Miró hacia arriba; una de las manos de él agarraba la tubería y hacía fuerza para que no lo bajara contra la cabeza de su hermano.

Ella se horrorizó y soltó la tubería, que quedó en las manos de la tortuga del antifaz rojo. Éste la arrojó lejos, chapoteando cuando se hundió en el agua La expresión de la tortuga era indescifrable. Mikey soltó un suspiro.

- ¡Phew! Casi me abres la cabeza como a un melón.

- ¡L-lo siento! ¡Me diste un susto de muerte! – dijo ella, soltando aire a su vez. El corazón aún la martilleaba fuertemente en el pecho.

- ¿Y qué decías que hacías aquí? – le preguntó Raphael mordazmente, con una ceja enarcada y cruzando los brazos.

Ella se mordió los labios y se llevó sistemáticamente las manos a la sudadera, comenzando a amasarla en un paroxismo de niervos y vergüenza. Agachó la cabeza porque le ardía el rostro y no quería que la vieran tan ruborizada.

- Y-yo sólo… sólo… bueno… ehm…

- Has decidido seguir a mis hijos porque querías ir con ellos – dijo una voz a sus espaldas.

Ella ahogó una exclamación de sorpresa cuando vio a una enorme rata, ataviada con un kimono, delante de la grieta. No sabía qué le sorprendía más; su aparición en sí o que hubiera llamado "hijos" a las tortugas.

- Eres… ¡eres una rata! – exclamó. De pronto se dio cuenta de lo mal que había sonado y rectificó - Q-quiero decir, no hay nada de malo en eso. Es sólo que – señaló a las tortugas y luego a él y de nuevo a las tortugas – Ellos son… tú eres… ¿cómo?

Splinter no pudo evitar soltar una risita entre dientes ante su confusión.

- ¿Por qué no pasas y te lo explico con una taza de té caliente? Será también buena idea echarle un vistazo a esa herida que tienes en la frente…

- ¡Guay! – exclamó Mikey y miró suplicante al maestro Splinter- ¿Significa eso que nos la podemos quedar?

Antes de que el sabio sensei tuviera opción de contestar nada Raphael se le adelantó.

- Pero sólo como mascota.

- ¡Ey! – protestó la chica.

A pesar de que había sido una broma y no hablaba en serio, Michelangelo se lo tomó como un "sí". Agarró a la mutante por la muñeca y se la llevó casi a rastras, pasando por delante del sorprendido maestro Splinter. La llevó hasta su zona de esparcimiento; ella se dejó llevar, casi en trance, y apenas fue consciente de dejar la mochila a un lado y sentarse en el sofá.

- Este es mi lugar favorito de la casa. ¡Ta-tachán! – dijo, colocándose delante de los televisores y alzando los brazos - ¿A qué mola?

Ella no supo qué decir porque se había quedado sin palabras. Aún no se creía que la hubieran invitado a pasar.

- Mikey – comenzó Leonardo pero su hermano pequeño le ignoró.

- ¡Y estos son mis cómics! – explicó Michelangeo muy emocionado, poniéndoselos sobre las rodillas – Me encanta el tipo del traje rojo y mallas azules. ¿A ti no? ¡Oh! Y éstas de aquí son mis revistas de ciencia ficción…

- Este tío no se entera de nada – repuso Raphael mientras Leonardo se llevaba una mano a la frente.

- Mike – intervino Donatello, adelantándose y llamando la atención del otro – Deja eso para después…

- ¿Eh? ¿Por qué?

- Ejem, ejem – carraspeó el maestro Splinter a su lado.

- ¡Oh, sí! Disculpa sensei. Primero la charla y luego la diversión ¿no?

Como él siguió mirándole severamente Mikey decidió cerrar el pico.

- Anda Michelangelo – le dijo Splinter, poniéndose cómodo - ¿Por qué no preparas tú el té?

- ¡S-sí! Marchando…

Pero antes de alejarse Raphael tuvo la ocasión de atizarle un coscorrón.


Después de que Splinter aplicara un desinfectante a la herida causada por la pedrada de Raphael, le diera un par de puntos de sutura para cerrarla y le pusiera un vendaje la chica recibió su taza de té y se sentó en el cómodo sofá. Fue así como el maestro Splinter, tal y como hiciera con April O'Neil tiempo atrás, contara su historia y la de sus "hijos". Explicó cómo a raíz de la exposición con un mutágeno tanto la rata como las tortugas se transformaron en lo que ella veía ahora. La muchacha escuchaba absorta su historia sin interrumpir con la taza humeante de té entre sus manos reptilianas.

Cuando el viejo sensei hubo terminado guardó silencio y estudió a la jovencita. Había sido una sorpresa que aquel guerrero desconocido resultara ser una mutante. Pero también era un hecho preocupante.

Splinter había creído en un principio que el desconocido podía ser una especie de Casey Jones, un autoproclamado justiciero de la ciudad que se dedicara a patrullar las calles buscando resolver el crimen por su propia mano. Había incluso barajado la posibilidad de que fuera algún matón enviado por otra banda, probablemente los mafiosos, para debilitar la presencia de los dragones. Incluso cabía la posibilidad de que fuera alguien perjudicado por las extorsiones de los tenderos y sólo buscara venganza. En cualquier caso, viendo a esta jovencita, que calculaba que tendría una edad similar a sus hijos, se preguntó cuáles serían sus motivos. Dado su carácter huidizo y hermético, tal como había quedado patente tras la rápida conversación que había tenido con las tortugas, supo que debía ser cuidadoso si quería encontrar respuestas.

Pero ¿cómo obtenerlas? Sospechaba que las preguntas directas serían totalmente infructuosas.

- Y ahora…

Lo dijo por probar y sus palabras surtieron el efecto que había imaginado. Ella se había encogido, muy sutilmente, cierto, pero lo había hecho.

- "Le he contado nuestra historia sin esperar a que ella me lo pidiera, pensando que eso la ayudaría a tranquilizarse"- pensó – "Pero ahora espera y teme que la interrogue a su vez"

Era la prueba de que, a pesar de que había seguido a los chicos hasta allí y había aceptado la invitación a entrar en su casa, la muchacha no terminaba de fiarse de ellos. ¿Qué le habría sucedido para que, a pesar de estar sola y asustada, no recibiera con los brazos abiertos semejante acogimiento?

Si la presionaba era obvio que ella se marcharía para no volver y Splinter no quería eso. Su intuición le decía que necesitaba su ayuda y que correría un grave peligro si la dejaban ir. Muy probablemente ninguno de sus hijos, ni siquiera Leonardo, se diera cuenta de esto. Quizá le confesara sus preocupaciones al líder del cuarteto, pero no hoy.

Debería ir despacio y tener paciencia… mucha paciencia.

Michelangelo soltó un bostezo. Hacía rato que se le cerraban los ojos. Splinter se puso de pie.

- ¿Qué os parece si nos vamos a dormir? Es muy tarde – dijo.

Vio por el rabillo del ojo cómo ella se relajaba. Bien.

- Buena idea sensei ¡uuuuuaaaaaaahh! – bostezó Michelangelo – La verdad es que estoy para el arrastre. Pero ¿dónde dormirá ella?

Ante la pregunta la chica dio un respingo.

- ¿Y-yo? ¿D-dormir aquí?

- Así es– asintió Splinter – Eres nuestra invitada, es lo menos que podemos hacer.

- Creo que puede dormir en tu cuarto– repuso Leonardo volviéndose a Michelangelo.

Mikey fue a protestar pero considerando que había sido él quien tanto había insistido en que ella viniera, era justo. Leo pensaba lo mismo, a juzgar por cómo le miraba. Sin embargo, estaba tan cansado que no pudo evitar que se entreviera en su rostro lo que pensaba.

- N-no hace falta – intervino la chica, incorporándose y aferrando su maltrecha mochila– No quiero molestar. Además, yo me apaño en el suelo. He traído mi manta…

- ¡Déjale si está encantado! – dijo Raphael, dedicando a Mikey una sonrisa malvada – A fin de cuentas, muchas noches se las pasa ahí sobado. ¿Verdad hermanito?

Donatello le dio un codazo.

- ¡S-sí! E-es verdad – repuso con unas risitas nerviosas. Cuando se volvió a ella lo hizo luciendo una expresión sincera– De verdad que no me importa y además puedes coger las cosas que quieras – luego se inclinó y le susurró confidencialmente – Salvo las revistas de debajo de la cama, esas mejor no las toques ¿eh?

Ella asintió, pero realmente no le escuchaba. Estaba demasiado aturdida ante la posibilidad de dormir en una cama en condiciones.

- Bueno, yo me abro ¡buenas noches! – repuso Raphael retirándose.

Donatello le siguió y Leonardo en cambio le hizo señas.

- Ven, te llevaré hasta el cuarto de Mikey, es por aquí…

Ella se quedó mirando la taza vacía que tenía en las manos y Splinter se la tomó.

- Ya lo recojo yo, vete a dormir y que tengas buenas noches, jovencita.

Ella apenas pudo balbucear una palabra de agradecimiento, sonrojándose como un tomate.

Splinter recogió las tazas mientras observaba a la chica marcharse y sacudió la cabeza, conmovido y pesaroso. Los sonoros ronquidos que emitía Michelangelo le acompañaron hasta que se encaminó a su propio dormitorio.

Cuando pasó por delante de la puerta cerrada del cuarto de Michelangelo se quedó mirándola unos segundos.

- "Pobrecilla" – pensó, prosiguiendo su camino – "Ojalá, de verdad, nos dejes ayudarte".


Mientras tanto, en algún lugar de la ciudad…

El hombre a quien Raphael había apodado como Mohicano se encontraba pasando ciertos apuros. Como había sido el único de su grupo que había escapado de la policía – el resto habían sido detenidos por sus antecedentes y por el dinero incautado – le había tocado informar y comparecer ante Dragon Face y darle una explicación de por qué no podía aportar su parte de la contribución.

El sublíder de los dragones era un hombre alto y fuerte de mediana edad, de facciones duras pero lo más llamativo de su apariencia punk era precisamente el tatuaje del dragón que lucía en la parte izquierda de su rostro y que se extendía atravesando su cuello hasta el hombro derecho. Llevaba la cabeza rapada a excepción de una coleta que había teñido de color verde, haciendo juego con su perilla.

El Enmascarado, que así le habían bautizado, se estaba convirtiendo en un grano en el culo para la banda, ya que había realizado diversas apariciones en el último mes. Primero había empezado a entrometerse en el momento en que iban a los comerciantes para cobrarles el pago del mes y ahora había dado un paso adelante y se había presentado en una de sus guaridas. Esto era algo totalmente intolerable… y más cuando lo sucedido llamó la atención del mismísimo Hun.

Dragon Face no soportaba a ese gilipollas pero no tenía más remedio que tragarle por el bien de su organización, como siempre se dignaba en recordarle. El caso es que ese cretino rendía cuentas a otros con los que Dragon Face no estaba dispuesto a negociar; a fin de cuentas, no dejaban de ser competencia y el sublíder de los dragones era un hombre bastante ambicioso. Ansiaba el poder total y absoluto de la ciudad de Nueva York aunque sabía que eso le llevaría muchos años. No importaba, él era un hombre paciente. Pero no toleraba que nadie le plantara cara.

El Mohicano le observaba cavilar en el más absoluto silencio y, aunque intentaba ocultar su nerviosismo, no lo conseguía del todo. A fin de cuentas Dragon Face le culpaba por lo sucedido esas noches atrás.

- Antes de decirte lo que vamos a hacer me gustaría que me volvieras a confirmar una cosa – dijo y el Mohicano se tensó - ¿Estás seguro de que el otro tío que se metió en la pelea no iba con nuestro nuevo amigo?

El Mohicano lo meditó durante unos instantes.

- Iba con él – aseguró – pero por cómo le habló parecía que no se conocían de antes y que habían coincidido.

- ¿Y no pudiste verle?

- No, jefe. Es decir, el otro mamón apagó todas las luces. No se veía prácticamente una mierda…

- Pero te lanzó un sai. ¿No?

- Sí, así es.

Dragon Face tenía sus sospechas de quién podía ser uno de ellos pero el mero hecho de que portara sais no era prueba suficiente. Sin embargo no pudo olvidar la noche en que los vio por primera vez, la noche en que emboscaron al Vigilante en Central Park, donde él mismo se había peleado con uno que llevabas dos katanas… o lo que fueran.

Y luego los volvió a ver un par de veces más, la última cuando uno de sus muchachos lo desenmascaró en la Jaula.

Él los había llamado "lagartos karatekas" pero el que había sido descubierto le contestó en un tono de lo más insolente:

- ¡Tortugas! Tor-tu-gas… ¿es que no te da el cerebro para distinguir una tortuga cuando la ves?

Todos ellos llevaban armas de esas que salían en las películas de karatekas y de kung-fu… como resultaba que eran los sais.

Estaba claro que esos reptiles molestos salidos de vete tú a saber dónde estaban relacionados con el Vigilante. ¿Significaba eso que también estaban relacionados con el Enmascarado? Nunca lo habían visto antes, por lo que no podía llevar mucho tiempo haciendo de las suyas.

Dragon Face quería echarle el guante a toda costa y hasta le convenía que se relacionara con las tortugas, quizá incluso con el Vigilante: si le atrapaban, podría matar a tres pájaros de un tiro. El problema es que Hun también estaba muy interesado: era un problema porque Dragon Face no quería que metiera las narices pero debía reconocer que tenía un punto bueno y es que les había proporcionado ciertos recursos.

- Le quiero vivo – le había dicho.

Él también lo quería vivo, desde luego. Ahora ya el tema de entregárselo o no a Hun por las buenas… ya era otra historia.

Dragon Face asintió con la cabeza y miró al Mohicano.

- Escúchame con atención porque sólo lo diré una vez– le dijo - Esto es lo que vamos a hacer…

Según le iba contando su plan la sonrisa del Mohicano se fue ensanchando.