CAPITULO 6 – ESTILO DE VIDA
Cuando la mutante despertó a la mañana siguiente por un momento no recordó lo sucedido en la noche anterior y se sobresaltó al encontrarse durmiendo en una confortable cama. Pero cuando vio el cuarto atestado de cosas lo recordó todo.
Era la primera vez en mucho tiempo que había dormido de un tirón y se sentía plenamente descansada. ¿Cuánto tiempo había pasado? Un reloj digital le informó de que por lo menos habría dormido unas diez horas.
Se encogió, un tanto perezosa y reacia a abandonar la cama. Sus ojos vagaron por la estancia parcialmente iluminada, estudiando el dormitorio; la forma en que se decoraba una habitación informaba mucho sobre la personalidad de su ocupante. De Michelangelo, por ejemplo, podía decirse que era un tanto desordenado porque tenía cosas esparcidas por todas partes. También que le gustaba el deporte, a juzgar por la cancha de baloncesto de la pared de la izquierda a la cama, por la pista de bolos improvisada y el monopatín que vio en un rincón.
La pared de enfrente estaba dominada por una gran librería llena a rebosar de cómics, libros, revistas, dvd's de películas y cd's de música. Y al lado había una de las cosas que más le gustó de todo el cuarto: una gramola. Todas las paredes lucían algún póster de superhéroes o de películas.
¡Ese cuarto era una auténtica pasada! Mikey tenía un montón de cosas y una parte de ella deseaba tocar y ver absolutamente todas. Pero sabía que era de mala educación hurgar en los enseres de los demás sin su permiso; habían sido muy amables con ella por permitirle dormir allí de modo que ni pensarlo. Aunque imaginaba que la tortuga no mostraría reparos en enseñárselo todo prefirió esperar a que estuviera él delante.
En ese instante sus tripas rugieron sonoramente, ya que pedían alimento, por lo que pensó que a fin de cuentas no sería tan mala idea levantarse.
Pocos minutos después se asomó tímidamente al pasillo por la puerta del dormitorio. No vio a nadie pero enseguida escuchó el eco de voces y golpes. ¿Qué estaban haciendo? Se deslizó lo más silenciosamente de lo que fue capaz y se asomó a echar un vistazo.
Pudo ver tanto a la rata llamada Splinter a la que llamaban "sensei" e incluso "padre" permanecer en el centro del dojo rodeado por sus hijos. Parecían hallarse en medio de un entrenamiento por lo que la chica los observó con creciente curiosidad.
Splinter portaba su cayado, al que le había atado un trozo de tela de color rojo que zarandeaba de un lado a otro cuando las tortugas pasaban por su lado intentando agarrarlo. A veces realizaban todo tipo de cabriolas y piruetas en el aire para conseguirlo pero Splinter se las apañaba para esquivarlas, a veces derribándolas con un ágil y sencillo movimiento. A veces incluso les golpeaba con la vara.
- "Así que él es quien les enseña a pelear" – pensó Gioconda muy interesada – "Qué pasada"
Se maravilló viendo la técnica de Splinter que, a pesar de ser un carroza (según la jerga de la chica) se movía con una agilidad y rapidez increíbles. Era incapaz de retirar la mirada del entrenamiento y escuchaba los comentarios de la rata casi con avidez. ¡Ojalá ella pudiera pelear así!
Entonces Splinter alzó una garra para interrumpir la lucha para, a continuación, olfatear el aire.
- Creo que tenemos una espectadora – dijo y todos se volvieron a mirarla.
La chica dio un respingo y consiguió evitar el absurdo impulso de volverse a esconder. En fin ¿qué sentido tenía si la habían descubierto? En su lugar avanzó para que se la viera mejor y carraspeó, incómoda, manoseando su raída sudadera.
- L-lo siento. No pretendía espiaros…
- No tiene importancia, eres bienvenida a las clases si lo deseas – dijo Splinter – Pero imagino que lo que tenías en mente sería desayunar. Debes estar muy hambrienta ¿me equivoco?
Ella asintió, aliviada por el cambio de tema y le siguió hasta la cocina.
Resulta que se habían tomado la molestia en prepararle el desayuno pero lo habían guardado porque no sabían a qué hora se iba a levantar. La chica devoró el delicioso huevo revuelto con tostadas mientras seguía observando el entrenamiento que acababan de reanudar. Cuando terminó de comer se sentó en el suelo, viéndolos pelear.
Entonces Splinter dijo que sería una buena idea que se tomaran un descanso. Las tortugas se sentaron con las piernas cruzadas y entonces la rata se volvió a la chica
- Raphael me ha dicho que sabes luchar bastante bien. ¿Te apetece hacer una demostración?
Ella le miró con ojos que se salían de sus órbitas.
- ¿Yo? ¿U-una demostración?
Splinter asintió, de lo más risueño. Ella miró a las tortugas que la observaban con rostro inexpresivo, salvo Michelangelo, que le asentía con una gran sonrisa que dejaba ver todos sus dientes.
- Me gustaría que pelearas conmigo. No te preocupes, no usaré el bastón.
Ella le miró un tanto suspicaz pero terminó encogiéndose de hombros. Ambos acudieron al centro del dojo, se saludaron y adoptaron sus respectivas posturas de guardia. Sin embargo ninguno de los dos tomó la iniciativa, si no que se quedaron mirándose durante largo rato.
Entonces Splinter saltó rápidamente hacia ella, pillándola sorprendida. La chica dio un salto hacia atrás y consiguió esquivar por los pelos la garra abierta del sensei, que retrocedió a su posición inicial. Esta operativa se repitió hasta en tres ocasiones y la muchacha no aprovechó ninguna oportunidad para devolverle el ataque. Las tortugas observaban con bastante interés el duelo en silencio: no era apropiado distraer a dos contrincantes con ruidos y ánimos molestos. Además se suponía que ellos debían observar y darse cuenta de los aciertos y fallos de ambos luchadores.
Splinter apenas se estaba esforzando. Sabía que la chica no quería pelear, que era demasiado desconfiada o tímida como para demostrar abiertamente sus habilidades… pero también sabía por boca de Raphael que tendía a extralimitarse una vez que entraba en calor. Aunque cualquiera lo diría, visto lo visto. Quizá necesitara un pequeño empujoncito. Decidió ir más allá y atosigó a la muchacha con varios golpes rápidos, llegando a alcanzarla en un costado. Aprovechando que ella perdía el equilibrio la empujó con su hombro para derribarla, cuidándose de no sacarla del dojo.
- ¿Ya te rindes? – probó a preguntar Splinter, con ánimo de provocarla.
La chica alzó el rostro y le miró desafiante con la mirada. El sensei supo leer la expresión de aquellos fieros y brillantes ojos: ira, determinación y negativa a rendición. Había mordido el anzuelo. Bien.
La chica se incorporó con agilidad y se arrojó sobre Splinter, descargando una lluvia rápida y sucesiva de golpes tanto con las manos como con los pies. Es lo que él había estado esperando y, aunque en un momento parecía que le había pillado desprevenido, éste esquivó y bloqueó todos sus ataques sin problemas a la par que analizaba su forma de luchar.
Observó que sus golpes eran un tanto burdos y descuidados, pero no carecían de técnica. Como todo luchador novel tendía a descuidar la defensa y atacar de frente, por lo que poco tendría que hacer contra alguien experimentado como él.
Sus sospechas se veían confirmadas. La chica SABÍA cómo y dónde golpear, ya que iba directa a sus puntos vitales… interesante. ¿Qué estilo era? ¿Kung fu? ¿Kárate? Splinter se demoró deliberadamente en su ataque y la chica aprovechó para sujetarle por los brazos a la par que ejecutaba un barrido con el pie que tenía más adelantado. ¿Acaso judo? Splinter se dejó derribar pero de tal manera que arrastró a la chica con él, haciéndola rodar lejos de su cuerpo. Ambos se incorporaron a la par y se estudiaron, ella jadeando por el esfuerzo. Volvieron a enzarzarse y entonces Splinter, quien creía haber visto suficiente, decidió poner fin a la prueba de manera contundente. Agarró el brazo que la muchacha proyectaba hacia él, usó la fuerza de la inercia en su contra y la hizo pasar por encima de su hombro, tirándola de espaldas al suelo. Ella ahogó un grito de dolor, cerrando los ojos, pero cuando los abrió se encontró a la rata cerniéndose sobre ella, con la zarpa estirada sobre su cuello: si hubiera sido un enemigo habría podido golpearla en la garganta hasta cortarle el aliento y, de haber llevado un arma…
- Ya es suficiente – dijo Splinter con un tono de voz firme, dando por zanjada el enfrentamiento.
- ¿Dónde aprendiste a luchar así? – preguntó Splinter momentos después mientras ofrecía a la chica una taza de té caliente que ella aceptó de buen grado, mientras se masajeaba el hombro sobre el que había caído al suelo del dojo.
Ella sopló el té para enfriarlo y se encogió de hombros. Sólo tenía ojos para su bebida.
- Sale solo.
Splinter intercambió una mirada con Leonardo pero no dijo nada más. Decidió cambiar de tema.
- Por cierto, aún no nos has dicho cómo te llamas, jovencita.
- Allí arriba me han llamado "bicho raro" así que supongo que eso valdrá – contestó ella con una sonrisa torcida, sorbiendo un poco del té.
- ¿Te refieres a los humanos?
- Sí… mmm – parecía dubitativa pero Splinter no la apremió - ¿A vosotros no…? Es decir ¿os han…?
- ¿Rechazado?
- Sí e incluso… algo más… sólo por ser, ya sabéis, diferente.
- ¿Algo más? ¿Te refieres a si nos han hecho daño por ser lo que somos?
Asintió con la cabeza. Splinter tomó nota mental de lo que acababan de descubrir: la muchacha había intentado encajar allí arriba pero sólo había recibido rechazo con posibles agresiones. Quizá este fuera uno de los motivos por el que era tan introvertida.
- Esa era una de mis preocupaciones años atrás, cuando mis hijos eran pequeños – confesó el sensei - Ellos parecían mostrar una gran curiosidad por el mundo exterior pero ¿estaba éste preparado para recibirles en su seno? He de confesarte que a día de hoy aún albergo mis reservas si bien ciertos acontecimientos han hecho que tenga esperanzas.
- ¿Cómo cuáles?
Parecía muy interesada. Splinter sonrió para sus adentros. Eso era bueno.
- Tenemos amigos humanos.
Ahora le miraba incrédula.
- ¿En serio? ¡No me lo creo!
- Pues es cierto – intervino Mikey – Están April O'Neil, Casey Jones…
- ¿Tú no tienes amigos? – preguntó Splinter.
La chica le miró aturdida por unos segundos y luego desvió la vista.
- No, y menos humanos.
- ¿Y entonces de dónde has sacado las ropas que llevas puestas?
- Las obtuve por mi cuenta.
- Aquí no vemos con buenos ojos el hurto – le dijo, severo.
Ella soltó un resoplido y se cruzó de brazos.
- Se lo merecen. Son malvados.
- No todos. Generalizar siempre es equivocarse.
- ¡Sí! – dijo Mikey – Es una locura odiar a todas las rosas sólo porque una te pinchó. Mi frase es mucho más entendible, como puedes ver.
- Esa frase no es tuya si no del libro de El Principito – apuntó Donatello meneando la cabeza.
La chica parecía sumamente desconcertada, pero Splinter no podía culparla. Empezaba a formarse una idea bastante clara de su forma de ser y de ver el mundo, pero eso sólo hacía que nuevas preguntas le rondaran la mente.
Casi podía palpar cómo la chica volvía a retraerse, a esconderse en sí misma puesto que estaban echando por tierra unas creencias que tenía firmemente arraigadas en su mente. A pesar de que eso podía provocar que ella se cerrara del todo en banda y quisiera marcharse él debía insistir.
- ¿Puedo saber qué te lleva a atacar a los Dragones Púrpura?
- ¿Acaso importa? Son sólo una panda de perdedores.
- Importa más de lo que crees, chiquilla.
La joven percibió un cambio en la atmósfera que la rodeaba; ahora todos parecían mucho más serios que hacía unos instantes. Hasta Michelangelo, que era el más risueño de todos, la miraba con cara de cordero degollado, casi como le suplicara que respondiera a esa pregunta. ¿Pero qué les iba a explicar? ¿Qué no sabía el por qué? ¿Qué actuaba porque su instinto se lo decía? Empezó a sentir los síntomas previos a un buen dolor de cabeza. Apenas se dio cuenta que había empezado a masajearse las sienes en un gesto automático para espantarlo.
No, definitivamente el decirles que sólo atacaba a los Dragones Púrpura por dejarse llevar haría que no le encontraran ningún sentido a su respuesta y, por tanto, seguirían interrogándola. Ni siquiera lo tenía para ella. ¿Para qué molestarse entonces en dar explicaciones?
Además ¿qué les importaba a ellos todo eso? Sentía emociones contradictorias; parecían simpáticos y amables, incluso la rata, pero también metomentodos. ¿Por qué les preocupaba tanto lo que ella hiciera o dejara de hacer si apenas la conocían?
- Si me decís primero por qué os interesa tanto saberlo, quizá os lo pueda explicar después.
- Mira, mocosa – estalló Raphael, poniéndose en pie y señalándola con el dedo, ignorando los intentos de Leo por hacerle callar – Te hemos contado nuestra historia. Creo que ahora es tu turno.
Ella se puso igualmente de pie, sacudió la cabeza en un gesto de lo más engreído y encaró a la tortuga más impulsiva.
- ¿Acaso vas a obligarme si no quiero? ¡Y no me llames mocosa!
Su reacción enfadó aún más a Raphael; no sólo porque tuviera la desfachatez de contestarle si no porque efectivamente no podía obligarla.
- Rapha…
- ¡Déjame Leo! – pidió éste, apartando a su hermano – Te llamaré como me dé la gana porque, según tú, señorita desagradecida, no tienes nombre – gruñó y se volvió a Splinter – Sensei, esta niña es una cabezota. No sé por qué seguimos perdiendo el tiempo con ella…
- ¿Yo una niña? ¡Mira quién habla! Si seguro que tenemos la misma edad.
- ¿Ah sí? ¿Tienes dieciséis años?
- Pues puede que sí – respondió ella, cruzándose de brazos y dándole la espalda.
- ¿De veras? Porque pensaba que estaba hablando con una MOCOSA de cinco años… o lo mismo la pedrada que te metí te haya matado las pocas neuronas que te quedaban.
- ¿Y tú ya eras así de gilipollas antes de que te pateara los bajos? – preguntó ella a voz en grito.
Raphael hizo amago de ir a por ella pero entonces la voz de Splinter se elevó como un trueno.
- ¡Ya basta, los dos!
A pesar de su reticencia ambos obedecieron la orden pero siguieron lanzándose miradas asesinas. Splinter entonces miró a la muchacha mutante sin sonreír.
- No toleraré ni insultos ni faltas de respeto en este hogar. Esto va para ambos. ¿Queda claro? – preguntó, moviendo la cabeza interrogadoramente hacia Raphael y la chica.
Ambos contestaron con un gruñido y se sentaron de nuevo. Splinter observó que los labios de la muchacha temblaban, no sabía si porque quería echarse a llorar o se estaba conteniendo en decir algo más. Antes de que la cosa avanzara a peor decidió ser sincero.
- Tienes razón, no es asunto nuestro el motivo que tengas para ir a por ellos. Pero déjame advertirte que los Dragones Púrpura no son unos perdedores, si me permites usar tu propio término. Puede que empezaran como una banda de matones de poca monta, pero hoy en día están muy bien organizados…
- Maestro…
- Silencio, Michelangelo. ¿Has oído hablar alguna vez del Clan del Pie?
Ella negó con la cabeza.
- Pues deberías – intervino Raphael haciendo que Splinter le mirara con reproche – A una mocosa como tú esos le quedan grandes y… ¡ouch! ¡Sensei! – protestó Raphael, frotándose la cabeza dolorida.
Splinter le había atizado con el bastón.
- No vuelvas a interrumpirme – advirtió, consiguiendo que la tortuga se encogiera ligeramente bajo la mirada de sus relampagueantes ojos. Sin embargo, cuando prosiguió su temple habitual había regresado – Para no extendernos, los Dragones Púrpura están estrechamente relacionados con ellos. Debes saber que si sigues con la misma operativa terminarás llamando su atención. Y te puedo asegurar que no te interesa que eso suceda. ¿Entiendes?
La chica no respondió. Permanecía sentada sobre sus rodillas, con las manos puestas sobre los muslos y la mirada gacha.
- Gracias por el consejo, pero sé cuidarme sola – dijo, y entonces se puso de pie de nuevo - Y ahora si me disculpáis creo que voy a echarme otro rato. Me duele la cabeza…
Raphael soltó un sonido de exasperación y se incorporó.
- Eso, sal corriendo con la cola entre las piernas, es lo único que sabes hacer…
- ¿Qué quieres decir?
- Te hemos permitido venir aquí, a nuestro hogar, al que no traemos a cualquiera porque se supone que es un secreto. Te hemos dado de comer, te hemos dejado pasar la noche y nuestro maestro te ha hablado de nosotros y para colmo te ha ofrecido un buen consejo. ¿Es esa tu forma de dar las gracias?
Ella no contestó y Raphael, aprovechando su silencio, siguió en su ataque, soltando toda su rabia.
- ¿Sabes qué? Creo que tienes razón, te las apañas bien solita. Adelante, sigue yendo a por esos idiotas pero el día que vayan a por ti y sea demasiado tarde no pienso mover ni un dedo por echarte una mano. Allá te muelan a palos…
- Raph – protestó Mikey pero éste le ignoró.
- Y lo que es más, si de mi dependiera no volverías a poner el pie en esta alcantarilla. Que sepas que hay muchos más mutantes en la ciudad pero no te habías cruzado con ninguno porque no hay quien te soporte. No eres más que una mocosa prepotente y desagradecida que…
- ¡Raphael! ¡YA ES SUFICIENTE! – exclamó Splinter, ya incorporado y golpeando el suelo con el bastón.
La intervención airada de Splinter sacó a Raphael de su estupor. Se había dejado llevar por la ira acumulada pero esta vez en lugar de usar la fuerza como había empleado con Michelangelo había usado palabras. Sin embargo seguía estando muy enfadado y no le ablandó la expresión devastada de la chica, que le miraba con los ojos anegados en lágrimas. Por un momento esperó un insulto de vueltao que ella explotara en un arrebato de furia descontrolada pero no sucedió ni una cosa ni la otra. En su lugar ella se dio la vuelta y echó a correr de camino a los dormitorios. Los ecos de un sollozo llegaron hasta ellos.
Todas las caras se volvieron de la dirección por la que ella se había marchado hacia él.
- ¿Qué? Se lo tiene merecido…
- Eso que has dicho ha sido muy cruel, Raphael – le riñó Splinter.
El viejo sensei estaba muy enfadado a juzgar por su pelaje, que estaba más ahuecado y de punta.
- Sí tío, te has pasado cinco pueblos – intervino Mikey.
- Pero ella…
- ¡Ella es una chica introvertida y vulnerable! – le interrumpió Splinter, perdiendo la poca paciencia que le quedaba – ¡La hemos invitado a nuestro hogar y las has atacado en un lugar donde debería sentirse segura y a salvo! ¿No te das cuenta que su comportamiento se debe a que aún no confía en nosotros y que está muy asustada?
- ¿Cómo?
Splinter suspiró.
- Esta muchacha no comprende el peligro al que se está exponiendo con su comportamiento destructivo. Es joven, impulsiva… como tú mismo; de hecho, ella y tú os parecéis más de lo que crees. La diferencia entre ambos es que ella no dispone de una mano amiga que la guíe por el camino correcto. Hacía apenas un día que pensaba que era la única de su condición y cuando por fin encuentra a otros mutantes, con un estilo de vida totalmente ajeno para ella ¿esto es lo que recibe? Esperaba mucha más empatía de ti. ¡Me has avergonzado con tu comportamiento!
- Nos has avergonzado a todos– replicó Leonardo muy seriamente, en aquel tono que Rapha tanto detestaba.
- Oye, tú no seas pelota…
- ¡Silencio! – dijo Splinter, golpeando de nuevo el suelo con el bastón – No quiero que discutas con nadie más ni repliques cuando tú has sido el causante de esta disputa. Ten por seguro que estás castigado…
- Pero sensei… yo…
- ¡De peros nada!
Raphael miró incrédulo a Splinter. Luego a Leonardo pero éste le contemplaba con el ceño fruncido; su única respuesta fue cruzarse de brazos. Por último, buscó apoyo en Mikey y Donnie pero el primero agachó la cabeza y el segundo miró para otro lado. No recibiría ayuda por su parte.
Finalmente se obligó a aceptar su responsabilidad y agachó los hombros.
- Lo siento sensei.
- No, Raphael, no es conmigo con quien debes disculparte.
