CAPÍTULO 10 - INTERROGATORIO
Cuando despertó tenía algo de frío y sentía el cuerpo tan pesado y entumecido que parecía pesar un quintal. Tenía la boca seca y pastosa; nunca tuvo tantas ganas de beber agua como en ese momento. Al levantar la cabeza – tenía apoyado el mentón en el pecho – sufrió un fuerte mareo, por lo que instintivamente la bajó de nuevo. Aún así sintió que su postura era de lo más incómoda, de modo que se forzó a alzarla otra vez.
- Jefe, creo que se está despertando…
La voz llegó distorsionada y apenas la entendió. ¿Qué? ¿Dónde estaba? No entendía nada. Abrió los ojos pero había tanta luz que tuvo que parpadear varias veces hasta que su visión se aclaró. Cuando intentó mover las manos descubrió que no podía; sacudió de nuevo la cabeza y miró hacia abajo, hacia su torso. La habían despojado de su abrigo pero seguía llevando su sudadera y pantalones. Vio que estaba atada con unas cuerdas a una silla. Volvió a intentar llevar sus manos adelante pero no lo consiguió, así que lo intentó de nuevo con más fuerza.
- Da igual lo que lo intentes, lagartija, es inútil.
Al escuchar eso dio un respingo y se espabiló de golpe, o casi. Justo delante de ella tenía a dos tipos, uno de ellos le resultaba conocido por su peinado a lo mohicano y sus gafas de sol: el tipo que la había disparado. Enseguida se enfureció pero cuando intentó ir a por él las cuerdas se lo impidieron.
- ¡Vaya! Fíjate qué carácter. Toda una fierecilla – comentó el otro hombre, que la observaba apoyado sobre un escritorio desvencijado que había delante. Aunque su tono parecía desenfadado él no sonreía en absoluto.
A éste nunca le había visto pero dado el nada discreto tatuaje que le adornaba la cara la chica no tenía muchas dudas de quién podía ser. Y si eso era así, estaba en un buen lío.
- ¿Quién eres tú? – le preguntó, no obstante.
Notaba que le costaba mucho pensar, por no hablar de una jaqueca en aumento y la sed que no le daba tregua. Algo normal, teniendo en cuenta que le habían dado algún tipo de droga, pues recordaba lo sucedido en la azotea. No podía escapar si aún seguía adormecida, así que mejor ganar tiempo.
Ambos hombres se miraron y se rieron con desprecio.
- Soy Dragon Face – informó, inclinándose ligeramente para estar a su altura –Y tú eres el Enmascarado, mucho gusto – esto último lo dijo con el tono que alguien usaría para alabar un filetón– El que ha estado dando por saco este último mes a mis muchachos. ¿Pensabas que no te íbamos a coger nunca? Pues ahí lo tienes.
Lo sabía, sabía que era alguien gordo. El jefe de los Dragones Púrpura. ¡Estaba en un buen lío! Las tortugas y su sensei tenía razón; había sucedido precisamente lo que ellos le habían dicho.
Tenía que salir pitando de ahí. Al menos ahora podía ver y hacerse una idea de dónde se encontraba. Parecía un almacén, en un cuarto que bien podía ser un despacho, no estaba segura. A través de una ventana con el cristal parcialmente destruido pudo ver que al otro lado había muchas cajas de madera y contenedores de metal, incluso lo que parecía una pasarela elevada. A juzgar por lo que veía del techo estaba por encima del nivel suelo pero como la luz que la enfocaba era tan intensa apenas podía estar segura.
Sin contar con la ventana la puerta era la única forma de salir. Por cierto ¿dónde estaría Raphael?
- Nadie vendrá a buscarte – informó el Mohicano con una sonrisa, situándose a su lado – Tu amiguito salió huyendo con el rabo entre las piernas cuando te atrapamos. Pero no te preocupes, tarde o temprano nos encargaremos de él…
Eso era mentira. Raphael podía haber traicionado su confianza pero no era un cobarde, de eso estaba totalmente segura. Recordaba cómo había contestado a los dragones cuando se vieron superados en número; de forma altiva y desafiante, efecto que aumentaba aún más por su acento de Brooklyn. Y cómo la había echado una mano en el garito aquél, cómo había peleado en la azotea. Él se había comprometido a que la protegería y, aunque había fallado, la chica se dio cuenta de que no dudaba que había hecho todo lo posible. Pensar en la tortuga del antifaz rojo, a pesar de que aún seguía enfadada, le dio fuerzas; él no se rendiría en su situación.
No sabía qué querían hacerle, pero no quería quedarse a averiguarlo. Probó a tensar más las cuerdas; quizá consiguiera soltarse. Por otro lado la silla tampoco parecía sólida, sobre todo si iba a juego con el escritorio de delante. Quizá tuviera una oportunidad de escapar después de todo. Pero debía ganar tiempo para que su cuerpo no le traicionara cuando se intentara escapar.
- Mentiroso de mierda – susurró.
- ¿Cómo has dicho? – preguntó el Mohicano, volviéndose hacia ella.
- Ya me has oído – respondió, alzando la cara – Mentiroso de mierd…
El Mohicano se adelantó, salvó la distancia a la velocidad del rayo y le cruzó la cara de un revés.
- Perdona, no te he escuchado bien. ¿Podrías repetirlo?
Ella agitó la cabeza para apartar el cabello que le había caído de la cara, aguantando el dolor. Boqueó y miró a su interlocutor. Obviamente no respondió porque sabía que si había la boca la volvería a pegar así que en su lugar se limitó a fulminarle con la mirada.
- Eso me había parecido – asintió él y entonces consultó su reloj y se volvió al hombre tatuado – Jefe ¿cuánto puede tardar?
- Mínimo diez minutos – contestó éste y miró a la chica – Máximo ¿quién sabe? A fin de cuentas, él ha elegido el sitio.
- Siempre llega tarde para hacerse el interesante – dijo el Mohicano, encogiéndose de hombros – Quizá podamos divertirnos un poco mientras viene… diez minutos dan para mucho. ¿Eh?
Genial. El bofetón le había quitado el estupor y comenzaba a notar un hormigueo por los brazos y en las piernas. Su cuerpo se estaba despertando despacio, algo era algo, pero necesitaba más tiempo.
- ¿Quién viene? – preguntó.
- Has sido como un grano en el culo estas semanas, lagartija – dijo Dragon Face – Pronto vas a descubrir lo que les sucede a aquellos que se meten con los Dragones Púrpura.
- No me dais ningún miedo – le espetó ella.
- ¿Ah sí? Eso dices ahora, veremos qué dices dentro de diez minutos.
Ambos hombres se rieron. Las cuerdas no cedían, por mucho que moviera las manos. Al menos tenía libres las piernas, ya había que ser idiota para no atárselas. Ya tenía un plan pero para ejecutarlo debía ser rápida y no fallar. Movió las piernas arriba y abajo para comprobar si estaba lista; confiaba en que pensaran que sus movimientos eran por los nervios.
- Pero se supone que tú eres el mandamás aquí ¿no?
- Se supone no, lo soy.
Ella negó con la cabeza.
- Esperáis a alguien importante – dijo – Alguien que está por encima de ti o al que le rindes cuentas, que quiere encargarse personalmente de mí. Si no fuera así ahora mismo estarías encargándote de mí – hizo una pausa cuando vio que Dragon Face se estaba enfadando. Ella esbozó una sonrisa triunfante – Aaaah, entiendo… Le tienes miedo… sí que debe ser chungo, sí…
- ¡ESCÚCHAME SABANDIJA! – dijo él, elevando la voz y agarrándola del pelo con tanta brusquedad que casi la hizo gritar - ¡Yo no le temo a nada ni a nadie! Si quisiera podría matarte ahora mismo con mis propias manos – la soltó, pero no se apartó, estando su rostro a apenas un palmo del suyo - Así que muestra un poco de respeto hacia….
Todo sucedió muy deprisa. La chica apretó los dientes y estampó su frente contra la nariz de Dragon Face, qué gritó y retrocedió dando tumbos llevándose las manos a la cara.
La chica se puso de pie con la silla cargada a la espalda como si fuera un caparazón y giró sobre sí misma, agachándose, cuando el Mohicano le propinó un puñetazo. Obviamente falló y ella aprovechó para hacer un barrido con la silla, tirándole al suelo. La madera crujió pero no cedió.
Miró a la ventana. Ahora tenía la vía libre así que corrió hacia ella; esto iba a doler. Saltó de lado, volviendo el rostro para no cortarse. El cristal se hizo añicos, pero su giro continuó, de tal modo que cuando pasó al otro lado la silla se encontraba en la parte de abajo. La chica levantó las piernas mientras caía en un intento por protegerlas, pues a fin de cuentas las iba a necesitar.
Cuando dio contra el suelo el golpe hizo añicos la silla y, a pesar de que le había salido bien, dolió más de lo que esperaba. Durante unos segundos se quedó boqueando tendida sobre su dolorida espalda sobre los restos, con las extremidades ya libres extendidas, viendo puntitos de colores en el techo del almacén. Vio la ventana rota que había atravesado; efectivamente el despacho se encontraba a un nivel por encima del suelo y se accedía a él por unas escaleras de metal. La pasarela continuaba más allá, atravesando el almacén de un extremo a otro.
Se sintió tentada de tomarse algo más de tiempo pero los gritos de Dragon Face la hicieron volver a la realidad y, por mucho que le doliese, se forzó a levantarse. Quiso correr, pero se había lastimado lo suficiente como para que corriera a trompicones, cojeando.
Por desgracia no había tenido en cuenta que hubiera más dragones en las inmediaciones. Cuando uno de ellos se le interpuso para intentar detenerla, enarbolando una palanca, ella no perdió tiempo en luchar si no que se dejó caer al suelo, deslizándose entre sus piernas abiertas y continuar la carrera. Se frenó en seco cuando un tipo enorme la encaró haciendo girar una cadena así que se volvió con ánimo de meterse entre las cajas. Pero según avanzó apareció vio cómo un bate se dirigía a ella tan rápido que no lo pudo esquivar. El golpe la derribó y la dejó tendida de espaldas y si no perdió la conciencia fue por la propia fuerza de su voluntad. Sin embargo, esto no fue suficiente para que fuera capaz de incorporarse de nuevo.
Alrededor de ella pudo ver numerosas personas, todas armadas. Se dio cuenta, para su desesperación, que la escapatoria era imposible con tanta gente de por medio.
Reapareció el Mohicano, que la agarró sin contemplaciones y la hizo levantarse. Ella protestó pero no tenía fuerzas para resistirse. Entonces Dragon Face, con la cara ensangrentada, la agarró de nuevo por el pelo.
- ¿Pensabas que nos la ibas a volver a jugar, eh? – le gritó - ¿Qué te ibas a escapar de nuevo perdiéndote la diversión? No, lagartija, no… ésta no ha hecho más que empezar…
A pesar de que las tortugas se habían puesto en marcha con bastante rapidez les resultó obvio que sus enemigos les sacaban demasiada ventaja. Como ellos iban a pie por mucho que corrieran no conseguirían alcanzarles y el tiempo era crucial. Cuando Leonardo lo hizo notar descubrió que Donatello se le había adelantado.
Desde que abandonaran la azotea la tortuga había accionado el control remoto que controlaba el vehículo acorazado y Don lo había ido guiando mientas se movían para no perder tiempo. Esta función la había agregado no hacía mucho y la verdad es que era bastante útil, aunque un malfuncionamiento de la misma mientras la instalaba fue la causa de que parte del mobiliario de las tortugas fuera destruido por lo que el maestro Splinter había vetado al vehículo de las alcantarillas.
Mientras Donatello conducía Raphael les puso al día de lo que había averiguado.
- A pesar de lo que creas, Leo, todo iba muy bien porque me contó el motivo por el que se lanza de cabeza contra esos palurdos de los dragones púrpura.
- ¿Y bien?
- No tiene ni la más remota idea.
Raphael sonrió satisfecho cuando vio la sorpresa reflejada en los rostros de los otros.
- Eh… creo que me he perdido – dijo Mikey, rascándose la cabeza.
- La niña tiene amnesia – explicó Raphael – Por lo que me dijo no es capaz de recordar nada de su niñez ni de su origen, ni siquiera cómo fue mutada. Y desconoce el por qué, pero siente que el atacar a los Dragones Púrpura sirve a algún tipo de propósito, qué se yo. Si ni ella lo sabe cómo va a explicármelo.
- Cáspita, nunca me lo hubiera imaginado – dijo Donatello, echando un breve vistazo a su hermano por el espejo retrovisor – Aunque eso explicaría sus pocas ganas de contarnos cosas sobre ella, seguro se sentía incómoda. Se supone que las pérdidas de memoria pueden ser provocadas por enfermedades como el Alzheimer pero también por culpa de un acontecimiento traumático o estresante, lo que origina lagunas en la memoria que pueden abarcar desde minutos hasta años. Cuando es por este motivo se llama amnesia disociativa.
- Me he vuelto a perder – dijo Mikey, levantando una mano y mirando a Donatello.
- Resumiendo, su cerebro bloquea los recuerdos dolorosos como método de defensa, de ahí que no recuerde nada. Aunque se esforzara por recordar, nunca lo conseguiría.
- ¡Claro! – exclamó Raph – Eso explica lo que dijo sobre los dolores de cabeza.
- ¿El qué?
- Me dijo que siempre que lo intenta sufre unas intensas migrañas que pueden dejarla fuera de combate por varias horas. De ahí los toques que se da en las sienes…
- ¡Vaya! Sí que tiene una bien gorda ahí dentro – comentó Donatello tras un momento de silencio.
- Te pido disculpas Raphael – dijo entonces Leonardo, pillando desprevenido a su hermano – Llevabas razón; te has acercado a ella de un modo que los demás no hubiéramos conseguido, o quizá sí pero con un tiempo que muy probablemente no nos hubiera dado.
- Bueno, tampoco es que lo haya hecho de puta madre – admitió Raphael con cierto tono de amargura – Quizá lo hubiera conseguido igualmente si os hubiera esperado. Además a ella tampoco le sentó nada bien que le mintiera...
- Pero ¿qué…? – exclamó Donatello.
- ¿Qué ocurre Don? – preguntó Leo acercándose al asiento de su hermano.
- La señal. Ya no está.
Donatello tocó la pantalla para dar más énfasis a sus palabras. Efectivamente el punto rojo, que había estado parpadeando en todo momento, acababa de desaparecer. Ellos no lo sabían pero eso sucedió en el mismo momento en que los dragones metieron a la chica en aquél almacén.
- ¿No me digas que la has perdido? ¿Por dónde estaba?
- Creo que puedo sacar la dirección aproximada. Dadme un segundo. Sé que esto no se debería hacer pero…
Donatello tomó con una de sus manos un mapa de la ciudad y comenzó a estudiarlo, examinando a su vez el escáner. Había adquirido mucha pericia al volante tras horas de práctica y era el único de sus hermanos que sabía conducir. Sabía que lo que estaba haciendo era una temeridad, eso de conducir con una sola mano, pero quería asegurarse de no perder ni un solo segundo porque eso podía ser fatal.
- Eh, Donnie – dijo Michelangelo inclinándose hacia él - ¿Y si me dejas a mi y tú sigues conduciendo?
- No Mikey, mejor no.
- ¡Jo!
Donatello no sintió lástima ante la decepción de Michelangelo. La última vez que su hermano se ofreció a sujetarle unos papeles acabaron pringados de grasa de pizza. Su hermano era muy entusiasta pero también un poco manazas y prefería mantenerle alejado de sus cachivaches y planos todo lo posible.
Justo cuando casi estaba terminando Leo dio un grito por detrás.
- ¡SEÑORA A LAS DOOOOOOOOS! – avisó señalando al frente.
Donatello pisó el freno con ambos pies y el vehículo acorazado se detuvo tan bruscamente que sufrieron una fuerte sacudida. Gracias a que llevaba el cinturón de seguridad Donatello evitó el darse de frente contra el volante. Alzó la cabeza y miró con pavor hacia delante, temiendo que hubiera atropellado a alguien.
Por suerte la señora había salido indemne y ni tan siquiera se había inmutado a pesar de que por poco no había sido atropellada. Donatello había detenido el vehículo en el límite del paso de cebra y la anciana, encorvada y que caminaba con ayuda de un bastón, avanzaba muy pero que muy lentamente. Llevaba unas gafas gruesas y un bolsito diminuto colgado del brazo que sostenía el bastón. Iba muy emperifollada y arreglada, como si volviera de una cita importante.
Donatello soltó aire y se pasó la mano por la frente.
- ¡Uff! ¡Ha ido por un pelo! Menos mal que revisé los frenos hace poco.
- Menos mal que Leo iba pendiente de la carretera – dijo Raphael en tono duro, haciendo que Donatello agachara la cabeza.
- ¡Pobre mujer! – dijo Michelangelo y tras abrir la puerta de atrás se dispuso a salir.
- ¿Pero qué haces? – preguntó Leo.
- ¿Tú qué crees, Sherlock? ¡Ir a ayudarla!
- ¡Tierra llamando a Mikey! ¿Qué parte de que no nos pueden ver no has entendido? – le riñó Raphael.
- A ver, que la señora tiene unas gafas de esas de culo de vaso. No ve tres en un burro. Además, cuanto antes cruce, antes podremos continuar.
Acto seguido salió y se aproximó corriendo hasta ella. No había prácticamente nadie alrededor ya que esa calle era muy tranquila. Michelangelo rodeó el vehículo y se aproximó a la señora, que se detuvo momentáneamente cuando se percató de que alguien se le acercaba.
- Señora. Deje, yo le ayudaré – dijo Mikey cortésmente y tomó el brazo de la señora que portaba el bastón.
Entonces ésta dio un grito con su descascarillada voz, lo apartó y alzando el bastón lo proyectó contra la joven tortuga, dándole en la cabeza, en el brazo, en el hombro y en el caparazón.
- ¡Policía, auxilio, quieren robarme!
- ¡Ay! ¡Qué no, señora! ¡Ouh! Que yo sólo… ¡ay! Quiero ayudarla… ¡aauh!
- ¡Vergüenza debería darte, aprovecharte de una pobre e indefensa anciana como yo, delincuente!
- ¡Pero señora, que yo soy de los buenos! ¡AY!
Donatello, que aún tenía las manos en el volante, miró la escena con los ojos como platos y la boca abierta, Leonardo sacudió la cabeza y Raphael se dio con la palma en la frente.
Pocos segundos después Michelangelo llegó hasta el vehículo a trompicones y saltó dentro, cayendo de bruces. La señora ya había cruzado la calle al perseguirle y se acercaba enarbolando el bastón. Algunas personas se habían asomado por las ventanas de las viviendas y por las puertas de los locales para ver qué sucedía.
- ¡ARRANCA DONNIE, ARRANCA!
Donatello pisó a fondo, marcando ruedas y se alejaron rápidamente del lugar. Michelangelo se sentó frotándose la dolorida cabeza. Se notó un bulto en toda la cocorota, lo que significaba que iba a salirle un buen chichón.
- Bueno, al final llevabas razón Mikey – concedió Raphael mientras le miraba aguantándose la risa – La señora no se ha dado cuenta de que eras una tortuga mutante y también has conseguido que cruzara más aprisa de lo que lo hubiera hecho sola.
- ¡Jo, me va a salir chichón! Yo, Michelangelo, el legendario héroe maestro en el ninjutsu y en el manejo de los nunchakus derrotado por una ancianita ciega y coja de unos cien años – dijo, adoptando una voz un tanto teatral.
Leo y Raph intercambiaron una mirada y el último se encogió de hombros.
- Consuela a tu hermano – dijo.
- ¡Ah! Creía que era TU hermano – apuntó Leo, con una sonrisita.
- No, no es mío, si no tuyo…
Siguieron así un rato para consternación de Michelangelo mientras Donatello ponía rumbo hacia la zona donde había desaparecido la señal.
- ¿Qué demonios está pasando aquí? Te dije que no se le tocara un pelo hasta que yo llegara.
Dragon Face, quien aún mantenía alzado el puño para golpear a la mutante, se volvió y miró sorprendido al recién llegado.
- ¿Y-ya estás aquí? – preguntó y soltó a la chica, que cayó al suelo de bruces.
Desde su posición volvió el rostro para mirar al recién llegado. Ese hombre era grande. No, gigante. Mientras le observaba la la chica tuvo una extraña sensación de deja vú, como si ya le conociera de antes. ¿Cómo era posible si era la primera vez que le veía?
- ¿Tan inútiles sois que casi se os escapa? – preguntó el recién llegado mientras observaba la sangre en la cara de Dragon Face, los restos de la silla, los cristales y cuerdas por el suelo. A la chica le sorprendió lo suave que era su voz, que no se correspondía con su tamaño.
- Si la quieres cumple tu parte del trato, Hun– le espetó Dragon Face por toda respuesta.
Hun… la chica pensó que el nombre le sonaría, pero no fue así. Seguía sin saber quién era, por mucho que su aspecto le sonara.
Y es que el hombre tenía un físico poco común que hacía que fuera difícil de olvidar si alguna vez te topabas con él, pues sobrepasaba los dos metros de estatura y poseía anchas espaldas y fuertes brazos, gruesos como un barril. Debido a su envergadura y sus más de doscientos kilos de peso, todo puro músculo, tenía que ir a un sastre especial para que le hicieran la ropa a medida. Vestía totalmente de negro, su color favorito, pero como su camisa no llevaba mangas la chica se fijó en sus dos tatuajes: en el brazo izquierdo lucía un dragón que le recorría toda su longitud – lo que demostraba su vínculo con la banda de Dragon Face - mientras que en el brazo derecho lucía una especie de tridente o llama roja, con un círculo que la envolvía. Llevaba el pelo rubio largo hasta la mitad del pecho recogido en una coleta y un aro dorado en su oreja izquierda.
La mirada que le dedicó a Dragon Face fue de lo más feroz. Alguno de sus hombres retrocedió un tanto.
- ¿Acaso no me consideras un hombre de palabra? – preguntó con tono peligroso – El acuerdo sigue en pie, pero hasta que no tenga a los otro cuatro no se hará efectivo. ¿Tienes algo que objetar? – añadió, cuando vio la expresión contrariada y rabiosa de Dragon Face. Sin embargo, no obtuvo respuesta – Bien.
Entonces se volvió a la chica y la sonrió de tal manera que a ella le dio un escalofrío. Sus ojos eran pequeños y negros, desalmados y carentes de empatía. Ahora podía ver que en su rostro cuadrado tenía una extraña cicatriz consistente en tres rayas, como si algún animal lo hubiese arañado.
- Vaya, así que esta lagartija escuálida es la responsable de tantas molestias… muy interesante.
- ¿Quién eres tú? – preguntó ella con rudeza para intentar disimular su miedo.
La sonrisa de él se ensanchó.
- ¿Así que no sabes quién soy? – preguntó con cierto tono de burla – Quizá esa no sea la pregunta correcta. Yo en tu situación preguntaría ¿qué es lo que vas a hacerme? – hizo una pausa - Lamentablemente aquí el único que hace aquí preguntas soy yo. Y es que quiero charlar contigo, largo y tendido, sobre todo de tus amigos raritos… ya sabes, esas tortugas. ¿Acaso te envían ellas?
Las tortugas… La chica fue entonces consciente de que nadie sabía dónde estaba (ni siquiera ella) y eso la hizo sentirse totalmente desconsolada. Entonces Hun la tomó por el cuello de la sudadera, alzándola y la zarandeó varias veces.
- ¿Estás sorda? – le gritó - Responde. ¿Te envían las tortugas?
- ¿Qué?
No fue la respuesta correcta. Hun la alzó por encima de su cabeza sin ningún esfuerzo, la chica convertida en una muñeca de trapo en sus manos. Acto seguido la arrojó contra una pared. Todo se volvió rojo y blanco cuando dio contra el muro de piedra. Quedó tendida boca abajo en el suelo, tan aterrorizada y dolorida que casi no podía moverse. Muy a su pesar comenzó a llorar y se encogió cuando sintió a Hun cerca, justo a su lado mientras ella luchaba por mantener la conciencia e intentaba pensar, sin tino, un plan B de evasión.
- No deberías agotar mi paciencia, así que lo preguntaré una vez más. ¿Dónde están tus amigas las tortugas?
¿Él conocía a las tortugas? No, eso no era posible. Quizá pensara que sí por el mero hecho de que ella era mutante. Siguió encogida en el suelo, intentando reunir el valor suficiente como para contraatacar… no, eso sería una estupidez. Ese tío era tan duro como una roca – seguro – y no era alguien a quien se debiera menospreciar.
Hun era
(malvado)
Y
(no tenía piedad)
él
(empezó como dragón pero la banda se le quedó pequeña había matado antes y volvería a hacerlo muchas veces si captabas la atención de Hun podías darte por muerto y)
Hun interrumpió el torbellino de pensamientos inconexos cuando la alzó de nuevo agarrándola esta vez por el pescuezo. Ella se revolvió inútilmente y le golpeó con sus puños, diminutos en comparación a los de él. Él la soltó para que se quedara de pie, pero sólo para sujetarla por el brazo y retorcérselo con tanta fuerza que ella dio un alarido.
- Estás agotando mi paciencia, rarita. ¿Dónde está la guarida de las tortugas?
Ella apretó los dientes, pero sólo consiguió que él apretara más. Entonces notó cómo uno de sus huesos cedió con un sonoro chasquido. Dio otro alarido y Hun la dejó caer al suelo, echa un guiñapo. Se aferró el brazo roto y retrocedió hasta la pared, hiperventilando y a punto de perder la conciencia, pues veía puntos negros por todas partes. El dolor era indescriptible.
- El cuerpo humano tiene unos 206 huesos en el cuerpo – le explicó Hun con un tono de voz dulce – Ignoro cuántos tiene una rarita como tú, pero yo diría que se le acerca. Ése ha sido uno… Te romperé otro cada vez que te haga una pregunta y no respondas. ¿Dónde se esconden las tortugas?
Iba a morir. A pesar de que ella no deseaba morir eso es lo que iba a suceder. No sabía la respuesta porque se perdió ante tanto giro de alcantarilla, pero aunque lo supiera tenía claro que jamás, jamás de los jamases traicionaría a aquellos a los que había ayudado. Además, sabía que, aunque le contestara con una mentira, él acabaría con ella de todos modos. A pesar del dolor y a pesar de que estaba a punto de perder el conocimiento el pensamiento afloró tan intensamente en su mente que era imposible de ignorar. Estaba tan cansada, tan dolorida… sólo quería que todo parase y dormir, dormir toda la noche de un tirón…
Hun pareció darse cuenta de su apuro y la alzó de nuevo en el aire, zarandeándola. Ella ya no se resistió y colgó como un peso muerto, a pesar de las punzadas de dolor que le recorrían el brazo.
- Venga, antes de que tome una decisión sobre cuál será el siguiente hueso que te rompa ¡RESPONDE! – rugió él, empezando a impacientarse.
Ella murmuró algo, tan débilmente que Hun no la escuchó.
- ¿Qué has dicho? – preguntó, volviendo la cabeza para escucharla mejor.
Si tenía que acabar así, que acabara.
- Vete… a… la mierda…
Hun volvió el rostro hacia ella con una mueca de rabia.
Debía reconocer que la mocosa mutante tenía agallas pero su suerte se había terminado justo esa misma noche. Aunque ella les hubiera dicho el paradero de las tortugas la hubiera destrozado igualmente y usado su cadáver a modo de advertencia contra ellas.
Justo cuando había decidido que el siguiente hueso en caer sería su clavícula sucedieron varias cosas: se escuchó el ruido de cristales rotos, el grito de los dragones y pasó a su lado un objeto silbante que le arañó la mano que aferraba a la chica.
Gritó, soltó a la mocosa y se aferró la mano, que ahora sangraba por un corte, buscando con la mirada qué le había ocasionado tanto dolor. Sus ojos se abrieron como platos cuando vio que en el suelo, justo a su lado, había clavada una suriken. Detrás de él y por delante de los dragones, que habían observado toda la escena de su interrogatorio, cuatro formas achaparradas acababan de aterrizar en medio de una lluvia de cristales rotos.
- ¿Acaso nos buscabas, culo gordo? – dijo una voz que él reconocería en cualquier circunstancia.
Habían llegado las tortugas.
