CAPÍTULO 11 - CONFLICTO
Cuando habían llegado a la zona en la que Donatello insistía haber perdido la señal del dispositivo de rastreo que Raphael le había colado a la muchacha en su abrigo se habían puesto a examinar los alrededores tras haber aparcado en un callejón cercano el vehículo acorazado.
No tuvieron que dar muchas vueltas para dar con el edifico donde, sospechaban, tenían retenida a la niña. Fue Michelangelo quien les llamó la atención cuando se puso a mirar por una bóveda de cristal de un edificio que parecía un almacén. Ya les había llamado la atención la presencia de los guardias con aspecto punk en la calle y lo que vieron desde allí arriba les disipó todas sus dudas.
Habían llegado justo a tiempo para ver cómo Hun, un viejo conocido del grupo, amenazaba a la muchacha, a la que tenía arrinconada contra una pared. Leonardo tuvo que dar un par de órdenes concisas y sin más demora atravesaron el techo de cristal. Mientras caían Donatello lanzó una suriken para detener a Hun.
A pesar de la gran altura que separaba el techo del suelo las cuatro tortugas aterrizaron sin problemas sobre sus fuertes piernas con sus armas alzadas y listas para entrar en combate.
- ¿Acaso nos buscabas, culo gordo? - preguntó Raphael mostrando los dientes.
- ¡VOSOTROS! – gritó Hun, furioso pero antes de que pudiera hacer o decir nada más la voz de Leonardo se alzó como un trueno.
- ¡Tortugas! ¡Al ataque!
Y así fue como se lanzaron contra los Dragones Púrpura.
Por una vez Raphael no se sumergió de lleno en la lucha, a pesar de que lo deseara con toda su alma. Sus órdenes eran otras de modo que cuando sus hermanos atacaron él ejecutó una pirueta en el aire para separarse de la refriega, guardó sus sais mientras rodaba por el suelo y así llegó hasta la muchacha, que yacía en el mismo sitio donde Hun la había dejado caer.
- ¡Mocosa! – llamó.
- ¡No sabes las ganas que tenía de verte, rarito! – le dijo Hun, crujiendo los puños delante de él. Por mucho que le tentara pelear contra él Raphael no se dejó distraer. Tenía unas órdenes que cumplir y si se peleaba con ese mastodonte no podría cumplirlas. De modo que optó por la evasión.
Dio un salto ágil en el aire, pateando a Hun en la cabeza y aterrizando con un mortal por detrás, le volvió a patear la espalda, arrojándole contra la multitud que peleaba.
Entonces se agachó para encargarse de la chica. Ésta estaba mortalmente pálida y mantenía su brazo izquierdo apretado contra su torso; tanto Raphael como sus hermanos habían sufrido muchas lesiones en los entrenamientos y durante las peleas que habían librado hasta la fecha, así que sabía identificar un brazo roto cuando lo veía.
- Raphael – murmuró ella pero no pudo decir nada más cuando una punzada de dolor le crispó el rostro.
- ¡Shh! Es hora de sacarte de aquí, niña. ¡Vamos! - dijo, y la tomó en brazos justo cuando ella perdía el conocimiento. Se tomó un momento en apreciar que era liviana como una pluma.
- ¡La tengo, Leo! – avisó, volviéndose a Leonardo.
- ¡SÁCALA DE AQUÍ! – gritó su hermano sin mirarle mientras despachaba a la vez a dos dragones, interceptando sus estocadas con sus dos ninjatos. Finalmente rechazó a sus contrincantes usando la patada del dragón y se volvió hacia el siguiente insensato que se ponía en su camino.
¡Fácil decirlo! Aunque ese era el plan A: hacerse con la chica y encontrar una salida rápida mientras sus hermanos peleaban. Mirando a su alrededor sólo veía gente luchando así que optó por salir por el mismo sito por el que habían entrado; por el tejado. Le bastó un vistazo para ubicar la pasarela. Agarrando firmemente su carga echó a correr, y se dispuso a pasar entre los luchadores, usando toda su agilidad para esquivarlos.
Saltó por encima de un dragón que acababa de ser derribado por su hermano Donatello, que hacía bailar el bo de un lado a otro enzarzado en un combate contra otros dos pandilleros. Esquivó por los pelos a Leonardo, que apartaba al Mohicano cortando el bate de madera que portaba en dos con sus ninjatos y lanzándolo lejos de una patada. Esquivó un objeto volador no identificado que pasó por su lado y casi se dio de bruces contra Dragon Face con un listón de madera. Raphael esquivó dos golpes, una echándose hacia atrás y otra agachándose, agarrando con firmeza a la chica inconsciente. Pero entonces…
- ¡Sayonara baby! – exclamó Michelangelo que apareció por un lado mandando a Dragon Face a tres metros de distancia de una patada en el estómago- ¡Uh, vamos, Raph! ¡Será mejor que salgamos de aquí! ¡Já! – gritó atizando con sus nunchakus a otro dragón que venía por su retaguardia, y a otro más…
Aunque Raphael se moría de ganas por unirse a la pelea recordó que Leonardo le había ordenado expresamente que fuera él quien cogiera a la mocosa; él intuía que se debía a que así se aseguraba que la lucha no se alargara más de lo necesario. Y hasta que él no saliera por delante con su carga sus hermanos no le seguirían. Por una vez no había replicado en contra de una orden de su hermano, pues sabía que la vida de la chica – y por extensión la de ellos - estaba en juego, de modo que siguió adelante con ánimos de escapar… aunque siempre podía saciar una parte de sus ganas de conflicto. Esquivó una cadena y tuvo el tiempo justo de dejarse caer al suelo, ejecutando una patada barrida que echó abajo al dragón púrpura que la enarbolaba.
Raphael se incorporó de un salto y se permitió dos segundos extra al ejecutar una patada giratoria en el aire, mandando al tipo contra unas cajas de madera, que se rompieron por el impacto con gran estruendo.
- ¡Agradece que esté ocupado para no poder darte un poco más de eso! – le gritó por encima del hombro, siguiendo su camino.
Había llegado justo debajo de la pasarela pero ésta estaba demasiado alta; al menos para saltar de una sola vez. Se detuvo un momento, pensando en cómo se las iba a apañar para subir sin usar la escalera – mucha gente por el medio de la que se estaban encargando Mikey y Leo– y sin poder usas las manos para agarrarse.
Un gemido le hizo mirar hacia abajo. La chica, a quien creía inconsciente, se había despertado y le miraba con ojos brillantes.
- Aún no respondiste a mi pregunta – le susurró.
- ¿Eh? – preguntó él, distraído, mirando hacia arriba y los lados.
- El tipo de tu historia… ese que había tocado fondo. ¿Eras tú?
Así que era eso... ya se le había olvidado. Justo en ese momento se percató que las propias cajas de madera adyacentes servirían para subir, aunque tuviera que dar un pequeño rodeo. Una vez en la pasarela sería fácil subir a la azotea. La muchacha seguía mirándole, expectante. Él le echó una ojeada y luego esbozó una sonrisa torcida.
- No lo dudes ni por un momento – respondió y ella le dedicó una sonrisa cansada.
En el instante en que se alzaba en el aire una mano se cerró en torno a su espinilla, haciendo que Raphael abriera los ojos de par en par por la sorpresa. Le zarandearon en el aire, derribándole con su preciada carga. La chica lanzó un grito cuando rodó por el suelo y aterrizó sobre su brazo herido. Raph extendió una mano hacia ella pero alguien le volvió a agarrar por la pierna, le volvió a voltear en el aire y le arrojó contra las cajas a las que había planeado usar. La tortuga desapareció en medio de una nube de polvo y madera astillada.
- Aún no hemos terminado, rarito – dijo Hun, escupiéndose en las manos.
Se giró hacia la chica, que había presenciado la escena mientras yacía tirada en el suelo. Cuando ella adivinó sus intenciones retrocedió pataleando. Hun la agarró por un pie y tiró de ella, que gritó y se revolvió, proyectando uno de sus pies a sus partes nobles.
Hun ahogó un grito y la soltó llevándose las manos a la entrepierna como acto reflejo porque había contado con el golpe doloroso. Pero la niñata había fallado. Sonrió con ferocidad y la observó arrastrarse por el suelo como una sabandija. Dio un par de pasos y esta vez la pisó la cola con todas sus fuerzas. Ella gritó de dolor y se agitó bajo su peso.
El plan de Hun consistía en usarla como medio de detener la pelea y capturar a las cuatro tortugas: arrojad las armas o la rompo el cuello. Sonrió; sí, eso les haría entrar en razón. Alzó el rostro y vio que se las habían apañado para despachar casi a la totalidad de sus muchachos. Apretó los dientes y justo cuando iba a gritar imponiéndoles rendición notó que bajo su pie no se oponía resistencia. Bajó la vista y se quedó mirando atónito la cola de reptil solitaria, que apenas se sacudía salvo por un espasmo residual… ¿Y la chica?
- ¿Pero qué? – preguntó tontamente y alzó la vista para ver a la muchacha de pie a un lado con el brazo izquierdo abrazado a su torso.
- ¡Truco de lagartijas, mamón! – le gritó y reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, se las apañó para ejecutar un flick flack hacia atrás, dándole de abajo a arriba una patada en todo el mentón.
Hun encajó el golpe y retrocedió a la par que la chica se tambaleaba delante de él.
- ¡Cobawunga! – gritó Michelangelo, surgiendo por detrás y saltó en el aire estampando uno de sus nunchakus en la cara de Hun - ¡Al fin lo dije,sí! ¡Uoh! – exclamó, cuando la chica, dando tumbos, se desplomó sobre él.
Hun retrocedió varios pasos más, llevándose una mano a la cara, pero siguió en pie.
- ¡Marchando un Donnie's Special! – gritó Donatello. Clavó el bo en el suelo y usándolo como pértiga saltó por el aire y le dio una patada a Hun en pleno rostro.
- ¡Tenías razón, no hemos terminado, caraculo! – gritó Raphael y dio una tercera patada en el pecho haciéndole caer al suelo.
Entonces Donnie alzó un pulgar.
- ¡Todo tuyo Leo!
Hun, que le escuchó, miró hacia arriba. Pero Leonardo ya había cortado con sus ninjatos una sección de la pasarela y ésta cayó encima del hombretón, golpeándole en la cabeza y en los hombros. Se quedó tendido en el suelo y no se movió.
- ¡Strike tres, eliminado! – gritó Mikey y por poco dejó caer a la chica al suelo. Se la cargó sobre el hombro derecho y chocó palmas con sus otros dos hermanos.
Leonardo llegó hasta ellos saltando de manera harto elegante de la pasarela.
- ¿Cómo ha ocurrido? – preguntó dubitativo, mirando la cola de la chica abandonada en el suelo.
- ¿Y yo qué sé? – preguntó Raph encogiéndose de hombros– Ella lo ha llamado truco de lagartijas. Cuando se despierte, se lo preguntas.
- Naturalmente – asintió Donatello – Las lagartijas pueden despojarse de su cola en caso de peligro. Con el tiempo les vuelve a crecer y…
- Todo eso está muy bien, Don – interrumpió Mikey – Pero me parece que no hay tiempo para lecciones de biología.
Contrariamente a lo que creían no habían despachado a todos los dragones porque surgieron más dispuestos a seguir peleando. Escucharon un gemido y un sonido metálico cuando Hun comenzó a incorporarse, listo para continuar.
- Coincido. Pasemos al plan B, si no os importa – dijo Donnie. Sacó su control remoto y pulsó un botón para llamar al vehículo acorazado.
Retrocedieron aproximándose hacia la salida pero los dragones avanzaban hacia ellos. Entonces oyeron el ruido de neumáticos de un vehículo que se aproximaba. A pesar de las circunstancias y de ir cargado con una mutante adolescente herida sobre el hombro sintió la necesidad de hacer un chiste y de paso, desconcertar a sus enemigos.
- Taaaaaxiiiiiiiii – llamó, como hiciera aquella noche en la Jaula, canturreando mientras alzaba una mano de tres dedos.
Dicho y hecho. El vehículo acorazado irrumpió en el interior de la nave, derribando una de las puertas basculantes. Algunos dragones tuvieron que apartarse para no ser atropellados. El vehículo se detuvo entre ellos y Hun, y las tortugas no perdieron el tiempo en subir al vehículo.
- ¡Písale Don! – pidió Michelangelo a su hermano, saltando dentro del vehículo con su preciada carga seguido de cerca por los otros dos - ¡PÍSALE!
- Tus deseos son órdenes para mí, Mikey – replicó Donatello mientras giraba el volante y los sacaba de allí lo más rápido que podía. Tras derribar unos contendedores de basura y la valla del recinto las tortugas se perdieron en las calles de Nueva York.
Fue así como rescataron a la chica mutante de la emboscada de los Dragones Púrpura.
