¡Hola!

Este es un pequeño one-shot que escribí con motivo del cumpleaños de Sasori bebé :3 Nació de un doujinshi que mi Mary sempai me pasó hace unos meses, y se me hizo muy triste porque últimamente ando muy "Itachicanon" mode, jejeje. E imaginarme este escenario se me hizo bastante melancólico uwu


Even puppets need blankets

~ ItaSaso ~

I'm a man whose tragedies
Have been replaced
With memories
Tattooed upon my soul

[ Dead by sunrise - Into you ]

. . .

Los ojos de Itachi arden como llamas cuando se fijan sobre Sasori. Su rostro demacrado, delgado y anguloso enmarca una pequeña sonrisa. El marionetista puede leer la disculpa muda en los labios del Uchiha, pero no hace ningún comentario y se limita a cruzar el umbral de la habitación.

—Siento que tengas que hacer esto de nuevo—murmura Itachi, acomodándose sobre la almohada que le sirve como respaldo.

Sasori lo mira de reojo. Una telaraña roja cubre la esclerótica del moreno; probablemente ya ni siquiera es capaz de enfocar al Akasuna.

—¿Por qué? —inquiere la marioneta, sacando de su bolsillo el líquido que ha traído consigo.

Itachi permanece en silencio durante unos segundos. De pronto, sus ojos ruedan hacia la ventana. Sasori se pregunta si acaso el Uchiha todavía es capaz de ver la luz del sol —opaca, por cierto—, o tal vez solo perciba su calidez.

—Hacerte cargo de mi enfermedad debe ser un verdadero reto para ti—comenta el pelinegro. Mientras tanto, el taheño se prepara para vaciar el contenido del frasco en la bolsa de suero—. Seguramente desearías ese tiempo para trabajar en tus marionetas.

—Este es uno de mis pasatiempos, Uchiha—dice Sasori.

—Y te lo agradezco. En serio— se sincera Itachi. Sabe que, de no ser por el conocimiento médico de su compañero, difícilmente podría sobrellevar la enfermedad hasta que llegue el momento de su batalla con Sasuke.

—No tienes nada qué agradecer—asevera el marionetista—. No lo hago por ti, sino por mí. Trabajar en tu medicina también me ayuda a generar nuevos venenos.

Itachi gira su rostro hacia él. Sasori podría decir que la comadreja lo observa con curiosidad, como si supiera que lo que acaba de escuchar es parcialmente una mentira, aunque el pelirrojo no lo encara para confirmarlo. Está demasiado ocupado preparando todo para que Itachi reciba correctamente su medicamento.

Los segundos pasan en silencio. Itachi está tan quieto que Sasori tiene la sensación de estar trabajando con alguna de sus marionetas: Hermosa, frágil y rota.

—Es un día helado, ¿no crees? —menciona el moreno; su voz taciturna—. Aunque quizá sea solo yo.

—Yo no siento nada, Uchiha. Así que, si tú lo dices, confiaré en que estás en lo correcto.

Los ojos de Itachi son rojos al caer sobre Sasori, aunque no precisamente por el color del sharingan. Están rojos y parcialmente ciegos. Pero el taheño sabe que su rostro está expuesto ante la mirada del Uchiha, y el cilindro en su pecho palpita alrededor del material frío.

Quizá, si lo toca… ¿se encontrará con una piel más fría que la suya? ¿La calidez se ha esfumado de ese cuerpo?

Sasori sujeta el brazo del chico para conectar la intravenosa. Puede notar el camino que trazan las venas, ligeramente púrpuras, alrededor de su brazo. La sangre que corre por ahí hace que Sasori se percate de lo verdaderamente quebradizo que se ha vuelto el joven.

Roto.

«Si te rompes, puedo repararte.»

—¿Sabes cuál también es mi pasatiempo? —pregunta el pelirrojo—. Inmortalizar a aquellos que son dignos de formar parte de mi colección.

No es la primera vez que hablan de eso, por lo que las cejas de Itachi solo se mueven un ápice. Sasori lo observa. El medicamento comienza a correr por el tubo hasta conectar con las venas del Uchiha.

«Eres el ejemplar perfecto para mi colección, Itachi.»

—Si lo aceptas, entonces no tendrías que preocuparte por la enfermedad. Tu poder no estará limitado. Y no sentirías…

—No es lo que quiero— interrumpe Itachi, con amabilidad—. Yo no quiero… no sentir. Ni vivir para siempre. Estoy cansado.

«Muy cansado.»

La expresión del Akasuna se ensombrece.

Tampoco es la primera vez que Itachi hace alusión a eso (¿cuántas veces lo ha murmurado, a él, al silencio o a los fantasmas de su mente, entre las penumbras de la habitación del taheño?), pero Sasori está seguro de que se habría mofado de Itachi si hubiera escuchado aquello cuando lo conoció.

«¿Muy cansado de qué? ¿De haber asesinado a tu mejor amigo para obtener poder? ¿De masacrar a tus padres frente a tu hermano y condenarlo a un camino de odio, solo para probarte? ¿De haber destruido tu familia con tus propias manos?»

Cansado de todo.

Si Itachi está tan cansado y aun así quiere continuar, ¿por qué no lo acepta la propuesta de la marioneta?

—Cumplirías tu meta más fácilmente si olvidaras cómo se siente cargar con el peso del mundo—señala el taheño, sentándose sobre la cama, junto al Uchiha—. Peso que, déjame decirte, ni siquiera te corresponde a ti. Y no tendrías que morir. — Itachi permanece mudo—. Ellos no sabrán lo que hiciste.

—Un verdadero shinobi es aquel que protege a su pueblo desde las sombras—declara Itachi, como si estuviera recitando—. Me enseñaron eso, Sasori. Es el camino que he elegido.

—¿Por qué? —«¿Por qué al mundo que te dio la espalda? ¿Por qué a aquellos que te arrastraron a perder a quienes más amabas?» —. Lazos, recuerdos… es más fácil cuando te deshaces de todo eso. No lo entiendo.

Los labios de Itachi se hacen una fina línea antes de contestar.

—Porque no quiero olvidar que amo a mi familia.

Es la primera vez en años que Sasori experimenta una sensación parecida al mareo, como si el cuerpo en el que habita comprimiera el cilindro que encierra su corazón. «Amor», es lo primero que piensa, y dentro de su mente brota la imagen de un niño posando frente a una cámara, en brazos de sus padres y en compañía de su abuelita.

«Recuerdos». Piensa en una despedida, ve claramente a mamá y papá perderse en la lejanía, mientras Chiyo lo invita a entrar a la casa, diciéndole que preparará algo delicioso para cenar. «Familia». Sasori ha olvidado cómo se siente que sus padres calmen su llanto; un hueco crece en su pecho al contemplar lo afortunado que es aquel otro niño.

«Lazos». Las marionetas son divertidas. Si eres hábil con los hilos de chakra, puedes hacer que te abracen.

«Amistad». Sasori convirtió en marioneta a su mejor amigo.

«Dolor». Los hilos de chakra también se rompen.

«Es cálido». Sasori parpadea. Tiene la sensación hueca de algo sobre su rostro, y se da cuenta de que Itachi ha acortado la distancia entre ellos. Su palma —pálida, marcada por las venas púrpuras— está sobre la mejilla del taheño. «No es su mano, es su mirada.»

—No quiero que mueras—confiesa la marioneta.

¿Vale la pena un cuerpo inmortal si su corazón sigue siendo el de un niño; si no ha podido escapar de sus sentimientos y lo único que logró fue desechar sensaciones viscerales?

¿Y quién es Itachi para juzgarlo? ¿Acaso él no rogó por una forma de acabar con el dolor cuando su hermano, tirado sobre el piso, lo contempló con ojos rotos y horrorizados mientras él le decía que tomara el odio como su motivación para vivir?

—No quiero vivir para siempre, Sasori—repite, tallando el rostro del niño de quince años que se inmortalizó en una marioneta. Itachi inclina su frente lentamente, hasta casi pegar contra la del taheño. Los mechones negros se deslizan sobre sus hombros—. Pero estaría bien si puedo formar parte de tu colección de otra manera—admite, provocando que los ojos grises se expandan sobre él—. No deseo que mi cuerpo vuelva a ser usado para lastimar a otros. He tenido suficiente de esto.

Sasori intenta procesar las palabras de Itachi. Sin embargo, su corazón comprimiéndole el pecho no ayuda en nada. Aunque aprendió a volverse una paradoja cada que está junto al Uchiha, todavía le resulta extraño que los latidos de su corazón pierdan el ritmo con las sensaciones vacías del tacto de Itachi; de sus manos, o los labios del moreno sobre su frente y su boca hueca.

«Si te vas, ¿con qué me quedaré? No quiero volver a depender de los hilos. No si se trata de ti. Nunca si se trata de mis padres.»

—Hace frío, ¿verdad? —La voz de Itachi lo arrastra fuera de sus temores. Sasori lo observa, a punto de recordarle nuevamente que eso es algo que él no puede saber. Sin embargo, Itachi lo atrae hacia él, estrechando a la marioneta entre sus brazos; ambos recostados sobre la cama—. Me pareció que estabas temblando.

—No siento el frío, Itachi.

Sasori frunce el ceño. Logra escuchar los latidos en el pecho de la comadreja (¿o son los suyos?), y siente algo parecido a la somnolencia.

«Quizá también estoy cansado.»

Entonces, Itachi cubre a Sasori con la delgada sábana de su cama. El pelirrojo parpadea, mirando los ojos ciegos y preguntándose si Itachi olvidó con quién está tratando (¿o es un efecto secundario de su medicina?).

—Incluso las marionetas necesitan una manta—murmura el moreno—. Prométeme que cuidarás bien de la mía.

El sentimiento arrasa con el corazón dentro del cilindro. Sasori sonríe sarcástico hacia sus adentros. Piensa que podría perderse ahí durante unas horas, antes de volver al mundo real; antes de partir a su tierra natal para capturar al jinchuriki de una cola.

¿Itachi seguirá ahí cuando regrese?

«Parece que después de todo, no soy la marioneta perfecta.» Y, por ahora, eso está bien. La calidez que percibe no viene de la manta, ni del abrazo del Uchiha.

Viene de Itachi mismo.

—Lo prometo. Serás la marioneta más hermosa que he tenido.


¡Muchas gracias por leer! Sé que no es mucho, pero lo hago de corazón.