Estaba confundida, avergonzada y ciertamente, tímida. Después de todo, ella había venido al despacho de –su ahora esposo– Cecil, creyendo que necesitaba ayuda (lo cual dudaba) o que de lo que hablarían era bastante importante y que, tendría que ver con el reino o su matrimonio.
Y de camino se preguntó más sobre lo último, ¿Habría fallado en su objetivo de ser una buena esposa y reina? ¿Cecil estaría molesto con ella? ¿Hizo algo mal? ¿Fue porque le rechazó un beso al ponerle la mano en sus labios, porque la tomó por sorpresa?
Cálmate Bertia Evil Nochesse, se dijo, dándose unas palmadas en las mejillas con tan de despejarse y no calentarse la cabeza. Debía ser fuerte y estar concentrada para lo que sea que necesitase Cecil.
Después de todo, ese era su deber como la buena esposa y reina que era y debía ser.
Y la verdad era que no fue nada de lo que pensó o esperó, pues… Para lo que Cecil la llamó, fue para que estuviera con él.
Por ello, terminó sentada en las piernas de su esposo en lo que él revisaba documentos importantes, cartas y demás.
…Técnicamente, soy una pelota anti estrés.
Cuando salió de su estupor, habló –… Ummm, Ciel.
- ¿Sí, Tia?
-… Ehhh… ¿E-Exactamente por qué me llamaste? ¡N-No es que me moleste esto pe-pero debe haber una razón!
Cecil sonrió –como siempre solía hacerlo–, divertido –. ¿Y si mi única razón era para estar con mi linda (y tonta) esposa?
- Pienso… Pienso que podríamos estar juntos en otro momento cuando, no estés ocupado.
- Ummm~, ¿está mal querer estar un momento con mi esposa? – se acercó a su oído, susurrando –: A solas.
A Bertia nuevamente se le subieron los colores al rostro. El tono con el que Cecil le susurró sobre estar a solas, y el hecho de caer en cuenta que, en efecto, ni Kuro ni Zeno se encontrasen ahí; lo único que provocaba en ella era un enorme sonrojo, vergüenza y que varias escenas –no aptas para menores– se reprodujeran en su mente cual película.
¡Ahhhhh! ¡Cálmate Bertia, cálmate! ¡Respira!
-… Ce-Cecil.
- ¿Sí, Tia?
-¿…U-U-U-Usted…?
- Tia, somos esposos, puedes hablarme de tú.
Respiró hondo y profundo, mentalizándose para lo que diría –o más bien, preguntaría–. Por ello, se volteó a verlo y con firmeza preguntó:
- ¿Cecil, tú…Quieres hacerlo?
Cecil no era idiota, pero, provocar en su linda esposa reacciones y sonrojos, era algo que lo encantaba. Por lo que, mirándola e inclinando ligeramente su cabeza a un costado y con una sonrisa preguntó –. ¿Hacer qué, Tia?
Sentía su cara estallar de lo caliente que estaba, pero debía explicar para no hacer un malentendido –. Y-Ya sabes… L-Lo que hacen los esposos cuando se quieren mucho, y… ¡Y para tener herederos!
-… ¿Quieres hijos, Bertia?
- ¡Sí…! Eh, quiero decir, sí, más adelante pero… E-Ese no es el punto – se aclaró la garganta, dándose valor en el proceso –. Yo pregunto si, quieres intimar conmigo.
Un pequeño silencio, en el que solamente se miraban el uno al otro. Donde azul oscuro miraba al ámbar; donde Bertia trataba de no amedrentarse ante la mirada de su amado esposo, y donde Cecil se preguntaba por qué su adorable esposa había llegado a esa conclusión.
Porque sí, amaba a Bertia y todo lo que era ella, además de que sí habían consumado el matrimonio… Pero eso no significaba que la quisiera exactamente para eso.
- ¿Ciel?
- Tia, en verdad te amo, pero… ¿Por qué llegaste a esa conclusión?
Ahora Bertia se quería morir de la vergüenza.
- E-Es que dijiste que estamos a solas… Y pensé qué… Q-Querías hacerlo.
-… Tia, solamente quería estar un momento con mi esposa sin terceros – expresó sereno, con una sonrisa suave. La atrajo hacia sí, haciéndola recostar su mejilla en su pecho –. Y para intimar, hay un lugar y esa, es nuestra habitación.
Bertia sonrió, avergonzada pero sintiéndose mejor por las primeras palabras –… Te amo, Ciel.
Cecil sonrió, satisfecho –. Y yo a ti, Tia.
Y lo que restó del día, pasó con suma tranquilidad.
Nota: Esto no estaba planeado, pero... Lo disfruté.
