¡Y es 8 de noviembre! Momento de publicar mi segunda historia ItaSaso del año. No estoy segura de cuándo se volvió una "tradición" escribir algo para este día o si a alguien le importa, ¡pero nada me encanta más que inventarme historias sobre mi Uchiha y pelirrojo favoritos en sus cumpleaños!
Advertencias: Yaoi, tremendo (asombrosamente enorme) OoC.
Disclaimer: Cualquier personaje que reconozcan, le pertenece a Kishimoto. También me veo en la necesidad de decir que esta idea, aunque no la misma, lo hago en memoria al mejor ItaSaso que leí en inglés. No sé quién eras, persona que publicó Betting doll, pero borrar tu historia fue un golpe que llevaré conmigo de aquí a 84 años. Dicho esto, hay escenas del fic basadas en esa historia y, si por alguna coincidencia del universo, alguien tiene guardada esa historia en un word... por favor, la necesito sólo para mi goce personal ( x ' D )
¡En fin, les deseo buena lectura!
Nota: Senpai, ¡me estoy congelando! Y es tu culpa que me quisiera levantar de mi camita a las 12 para publicar ( D x ) Ojalá disfrutes la historia cuando la leas. Sé que yo disfrutaré la tuya a mares *insertar corazón*
(( ~*~ [ Not another doll ] ~*~))
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La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.
—Herman Hesse
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Itachi observó su reflejo y apretó los labios, dubitativo. El cuerpo esbelto del Uchiha —ataviado con la falda de olanes, una blusa roja, calcetas altas y zapatos con un tacón discreto— hacían una visión particularmente insólita. Akasuna disfrutaba verlo en casacas de terciopelo, disfrazado de mago, aventurero, pirata y otros muchos; no obstante, jamás había insinuado que usara la ropa que llevaba ahora. Por lo tanto, aun si fue su decisión, estaba nervioso.
Abrió y cerró los puños, tratando de sacarse las dudas mientras bajaba —por enésima vez— su falda borgoña. Giró sobre su propio eje sin quitarse el ojo de encima. Todo había quedado perfecto: la diadema negra de encaje y lazos bermellón; su melena trenzada a la espalda; un ligero rubor sobre las mejillas; su boca pintada discretamente; la blusa con mangas largas que podría rivalizar contra el pelo de Karin Uzumaki; el corsé desde donde bajaban los pliegues de su falda; un par de medias negras adornadas con unos listones carmesí; zapatos negros de tacón recto (no muy altos, para ser honesto) y punta redonda.
A grandes rasgos, él fue capaz de recrear esa —increíblemente bella— marioneta que vieron unas semanas atrás. Sasori la había visto por el gran vitral de una tienda, posando como una especie de niña. Itachi, quien advertía cada mirada y hasta los más ininteligibles suspiros de su novio, supo que el Akasuna había quedado prendado de aquella pieza de arte.
Quiso regresar por la muñeca y sorprenderlo en su cumpleaños; sin embargo, cuando regresó de su oficina al día siguiente, la vitrina tenía otro modelo. El moreno se precipitó al interior y preguntó si había otra.
—Disculpe —respondió la joven del mostrador, tímida—, las muñecas son únicas y justo ayer la compraron. Si gusta —agregó, haciendo un gesto que abarcara el interior de la (oscura) tienda que exhibía cientos de modelos—, puedo mostrarle una similar. ¿Es un regalo?
Itachi gimió.
—Así era… —se frotó la nuca—. Quería dársela a alguien que le gustó muchísimo, pero no le gustará otra. ¡Oh! Sin ofender. Realmente son hermosas. Él felicitaría a su creadora, estoy seguro.
—Ya veo —dijo ella, asintiendo.
—Muchas gracias, de todas formas. Hasta luego.
Faltaban varias semanas para el cumpleaños del Akasuna, seguramente daría con algo. Sin embargo, con el paso de los días, Itachi se frustraba más y más. ¡Nada era tan exquisito! ¿Podía rogarle a su creadora repetir la muñeca y llenar un cheque de ceros?
—Un verdadero artista jamás aceptaría eso, hum —objetó Deidara—. No uno a quien Sasori-danna respetara.
—¿Y qué debería hacer?
El rubio inclinó la cabeza y sonrió. Volvió su mirada a la pantalla de su laptop y añadió otra pestaña.
—¿Sabes? Recuerdo muy bien la muñeca —replicó—. Tú fácilmente podrías ser su viva imagen, hum.
Uchiha abrió la boca.
—No estás sugiriendo lo que yo creo, ¿verdad?
—Le gusta probarte ropa, ¿no? —El tono sugerente del ojiazul no acabó de gustarle—. Quizá en un momento se le ha ocurrido, hum.
—Has sido de gran ayuda —contestó Itachi, sarcástico. Se levantó, tomando su mochila—. Adiós.
—¡Mira! —Exclamó el menor—. Hay un diseño casi igual en Amazon. ¡Deberías probar! ¡Es tu única opción, hum!
Las carcajadas del Iwa todavía resonaban cuando el moreno llegó a casa y, desesperado, buscó el outfit. Antes de darse cuenta, ordenó aquel conjunto para el día siguiente, aprovechando que Sasori haría una operación y regresaría por la noche.
"¿Qué estabas pensando, Itachi?" Se amonestó. "Ahorita ya es demasiado tarde para cambiar de opinión."
Dio una vuelta y bufó. Gracias a dios, la blusa quedó holgada. Él no tenía la misma complexión fornida de Hidan o Kisame, pero sí le había preocupado que la ilusión se rompiera si sus músculos sobresalían bajo la tela.
"Es una idea terrible. Cualquier cosa que sugiere Deidara termina siendo mala."
Miró el reloj sobre el buró. Llevaba 30 minutos ahí. Sasori iba a desesperarse.
Juntando valor de una fuente ignota, el Uchiha salió de la recámara. Caminó tambaleándose (no hubo tiempo para practicar durante la semana, obviamente), pero logró su objetivo de no caerse. ¡Ya era ganancia!
El repentino aire frío de la mañana causó un escalofrío. Nuevamente, Itachi se sintió desprotegido.
"Y todos estos listones, ¡maldición! ¿Por qué las mujeres los usan?"
Se sobó el torso, donde hizo su mejor esfuerzo por apretar el corsé. (Más lazos, ¡ugh!)
Cerró los ojos y exhaló. No sabía cómo sería recibido. La mera idea hacía que su corazón latiera violentamente dentro de su pecho, amenazando con saltar fuera.
¿Sí se parecía? ¿Akasuna lo diría? ¿Le gustaría? ¿Pensaría en la marioneta?
Él experimentó una oleada de celos por la figura que, exhibida en el aparador con su hermoso vestido rojo estilo victoriano, había robado la mirada de Sasori.
Tragó saliva y, con cuidado, dio el último paso al frente.
Sasori aguardaba en la sala, bebiendo un té de manzanilla y leyendo. Cuando el pelirrojo advirtió el movimiento (o quizá el escandaloso color del vestido) al final del pasillo, alzó el rostro y perdió las palabras. El Uchiha aguantó la respiración y trató de sonreír, aunque sus labios temblaron mientras su novio contemplaba su vestuario.
"¿Por qué no dices nada? Dios, ¡cualquier cosa!"
—Feliz cumpleaños, maestro —dijo. Intentó no perder el equilibrio con los (estúpidos) tacones al separarse de la pared.
Sasori tragó ruidosamente y sus mejillas se tiñeron de un (siempre adorable) carmesí.
—¿Maestro? —Repitió con voz estrangulada—. Itachi, tú…
—Quería comprarte la muñeca —interrumpió y, omitiendo el rol de Deidara, continuó—. Alguien más lo hizo y pensé… bueno, ¿por qué no ser tu marioneta por una tarde?
El ojigris dejó la taza de té sobre la mesita de noche y se levantó, caminando hasta que quedó frente al Uchiha.
—¿Fue demasiado? —Preguntó el moreno, ruborizándose. Sasori, quien ahora estaba más bajito, sonrió. Dio una vuelta completa alrededor del Uchiha, observándolo crípticamente. Asió la trenza de Itachi y, de forma delicada, la puso sobre el hombro del pelinegro.
—¿Entonces? ¿Mi marioneta habla? Qué edición tan especial —ronroneó Sasori.
Itachi ladeó la cabeza, preguntándose si debía guardar silencio.
—Luces hermoso —añadió—. Dime, ¿cuánto tiempo podré disfrutarlo?
—Hasta la noche, supongo —contestó él, nervioso—. Antes de que vayamos a la casa de Konan para festejar.
—Me siento afortunado.
La expresión de Sasori sugería que nada le gustaría más que sentarse y admirarlo. "Nunca podré acostumbrarme a los besos de su mirada." Itachi, humildad fuera, estaba acostumbrado a otros embelesándose por su atractivo… no obstante, su corazón simplemente enloquecía cuando el Akasuna lo observaba.
—Te amo, Sasori.
—Y yo a ti —respondió, acariciándole la mejilla—. Ven. Si esto durará unas horas, he de aprovecharlo.
Sosteniéndole la mano, el taheño lo guio hasta el sillón, donde lo hizo sentarse. Empezó a acomodar su falda distraídamente, aunque su rostro mostraba gran concentración. Tras unos instantes, lo observó desde arriba y frunció el ceño.
El pelirrojo se inclinó, tomó los lazos del corsé y deshizo el moño.
—Voy a apretarlo un poco más —susurró con tono aterciopelado e Itachi hizo un gesto—. Me dices si te molesta, ¿OK?
Lo cierto, pensó, es que ya era ligeramente incómodo ahí donde lo había dejado él mismo. Sin embargo, asintió. El taheño comenzó a apretar con fuerza, atento a la reacción del joven y vigilando que no se excedía. Uchiha trató de mantenerse impasible y complacerlo, pero se le escapó un gemido.
De inmediato, Sasori aflojó un poco más. De esa forma, cuando se acostumbrara, no sentiría que el mundo giraba.
Akasuna se enderezó, satisfecho. Tomó sus muñecas y puso las manos de Itachi, quien se dejó hacer, sobre el regazo. A continuación, se hincó frente a él para cruzarle las piernas a la altura del tobillo. (El menor se estremeció cuando acarició su piel por encima de las —delgadísimas— medias).
—Aguarda aquí —ordenó el taheño, yéndose a una de las habitaciones. Esperó pacientemente hasta que Sasori regresó con un cepillo.
—Sólo a ti se te ocurre cepillarme el pelo cuando estoy usando un vestido —murmuró Itachi, enternecido.
—Es verdad.
Akasuna deshizo la trenza y, con cuidado, empezó su tarea. El moreno perdió la cuenta de veces que pasó las cerdas a través de sus sedosas hebras, negras y brillantes como de un gato. ¡Debieron ser al menos cien veces! Itachi estaba por quedarse dormido cuando Sasori le hizo levantar la barbilla. El Uchiha miró el rostro del taheño, quien se inclinó para depositarle un beso en los labios.
Él se entregó completamente, sintiéndose bien. No era demasiado profundo ni exigente. Ambos jugaban, explorándose y respirando el aliento del otro. Finalmente, el taheño se separó de él, observándole con admiración.
—¿Quieres bailar? —Preguntó Akasuna.
—¿Acostumbras a bailar con tus marionetas? —Cuestionó él, insertando un tono jocoso.
—¿Celoso?
Itachi alzó una ceja.
—Pero… estás bromeando, ¿verdad? —La voz del Uchiha no consiguió disimular su sorpresa.
—Obviamente, Itachi. Tú eres especial. Este regalo… ni siquiera empezaré a decirte cuánto significa para mí que el gran Uchiha, prodigio y el amor de mi vida, se vistiera así para hacerme feliz.
—¿Y lo logré? ¿De verdad te gustó?
Sasori rodeó el sillón y lo obligó a levantarse. Lo dejó esperando mientras conectaba el celular a la bocina, reproduciendo un vals.
Como marioneta guiada por sus manos expertas, Itachi lo siguió sin vacilar. Le encantaba la cercanía del otro joven.
Luego de varias piezas, finalmente se sentaron juntos en el sillón. Sasori le hizo recostarse en sus piernas, hablándole y acariciando su pelo hasta que concilió el sueño. (Uno delicioso, se dijo, considerando que la angustia del regalo causó un par de noches de insomnio).
En la fiesta de Konan, Deidara le extendió a Sasori una caja donde estaba la muñeca, pero mientras Sasori la observaba, se dio cuenta de que ya no le parecía tan hermosa como Uchiha Itachi.
FIN
¡Muchas gracias por leer!
Nota 2: Imaginaba que Deidara tendría un papel más malicioso, senpai ( x ' D ), pero ojalá le haya sido un poco fiel al nuestro *insertar corazón*
