Esta es una antología de cuentos inspirados en películas Disney. Todos tienen un cierto matiz más adulto, ya sea por el humor o la situación, pero intentaré mantenerlos fieles a las películas. ¡Espero que os gusten! Dejadme reviews con vuestra opinión, que me interesa siempre mucho;)
I. La fiesta de cumpleaños de Gruñón
Película: Blancanieves y los Siete Enanitos (1938)
Amanecía en el reino dichoso y unas palomas volaron hasta la ventana de la alcoba de Blancanieves en el palacio real. Asomándose para verlas aún vestida con su camisón blanco y dorado, ella rió emitiendo una carcajada musical y después besó la cabeza de una de las palomas cariñosamente cuando esta se posó en su dedo.
-¡Habéis vuelto a verme! ¡Muchas gracias!-cantó la princesa mientras sacaba de un pequeño frasco del aparador algo de comida para sus blancas amigas-¿sabéis? ¡Hoy es un día muy especial! ¡Es el cumpleaños de mi amigo Gruñón! ¡Y quiero que se lo pase muy bien!
-Cucooo-respondieron las palomas mientras picoteaban y la observaban con interés.
-Nunca lo ha celebrado, y la verdad es que lo entiendo, porque es un día que a algunas personas no les gusta-continuó Blancanieves-¡pero yo creo que el día de tu cumpleaños es de los días más bonitos! ¿no os parece? ¡Se celebra que viniste al mundo, como un regalo! Y que eres alguien especial para tus invitados. Gruñón es alguien especial para mí… por eso quiero hacerle esta fiesta.
-Cucooo-las palomas no tenían demasiado tema de conversación, pero Blancanieves disfrutaba cuidándolas y cantando con ellas.
Desde el fondo de la habitación Ferdinand, su prometido, se asomó por la puerta de la habitación para saludarla. Blancanieves cantaba ahora una dulce melodía con las palomas, parecida a la de cuándo se habían conocido tiempo atrás en el pozo del castillo de la reina.
-Siempre te encuentro cantando-dijo el príncipe Ferdinad acercándose a ella y abrazándola por detrás-por eso nunca dejo de buscarte.
-Oh, Ferdinand…-Blancanieves se sonrojó, mientras se dejaba caer en sus brazos. Luego se dio cuenta de algo-¡No estoy presentable!
Corrió a esconderse en la habitación contigua, donde tenía su vestidor. Ferdinad rió ante la inocencia de ella, pero luego la siguió, insistente. Cada día a su lado le parecía un segundo de lo mucho que disfrutaba. Pero él necesitaba más. Mucho más.
-Blancanieves… pronto seremos marido y mujer… necesito ver algo más… de lo que pronto va a ser mío…-dijo Ferdinad. Enseguida se arrepintió de lo que había dicho. Blancanieves era muy recatada con esos temas, y había dejado claro desde el principio que esperaría hasta el matrimonio para avanzar más allá en su relación. Ferdinad estaba de acuerdo con ella, era lo correcto naturalmente, pero… era cada vez más difícil aguantarlo. La boda estaba cada vez más cerca, y a la vez la sentía todavía muy lejos.
-¿Cómo irás hoy a ver a los enanitos? ¿Quieres que te lleve a caballo?-preguntó Ferdinad sentándose en la cama de Blancanieves mientras ella se cambiaba en el otro cuarto. En el balcón, las palomas seguían picoteando, a lo suyo.
-Sí, oh, claro-dijo Blancanieves desde el otro lado-necesito llevar unos pasteles que he preparado, me vendría bien algo de ayuda.
-No hay problema, conozco a la persona adecuada-dijo Ferdinad quitándole importancia. Luego, aprovechando que ella no estaba se acercó a las sábanas y aspiró su aroma perfumado. Oh sí… olía totalmente a ella. Le dejó temporalmente anonadado.
-¿Qué tal estoy?-Blancanieves llevaba un sencillo conjunto rojo y negro que resaltaba su hermoso rostro. Bailó por la habitación hasta Ferdinad que la tomó de las manos y la acercó hacia él, dándola un beso casto.
-Estás perfecta-dijo él. Por un momento estuvo tentado de intentar algo más. Pero se contuvo, no quería asustarla. Finalmente, incorporándose, abrió la puerta de la habitación y la hizo un galante gesto para que pasase-¿nos vamos?
Blancanieves se subió al caballo de Ferdinad, Astor, mientras en el otro iba su criado, Harold, con las tartas. Harold no era demasiado competente que digamos, y con el caballo se llevaba a matar. Durante todo el trayecto estuvieron peleándose y forcejeando mientras las tartas iban a un lado y a otro cada vez más rápidamente.
-Señorita Blancanievees, esto se va a caeer-protestó Harold con su voz nasalizada mientras el caballo llamado German daba botes intentando tirarlo.
-Ni se te ocurra tirarlas, Harold. ¡Haz el favor de llevarlas bien!-reprendió Ferdinad a su criado girándose con cara de pocos amigos.
-German, trata bien a Harold-le dijo Blancanieves al caballo con dulzura. El equino al escuchar a la princesa a la que, como todos los animales, quería mucho se tranquilizó y permitió que Harold fuese un poco más tranquilo llevando las tartas en su lomo.
-Caballo pesado-le dijo Harold de malas pulgas, y German le dio con el rabo en la cara.
El resto del trayecto por las siete colinas y más allá de la séptima cascada fue tranquilo. Blancanieves cantó otra canción (como no) y se llevó un susto muy grande porque pensaba que una rama era una serpiente, pero Ferdinad ya estaba acostumbrado también a esos ataques de pánico, así que se limitó a tranquilizarla y continuar el viaje.
Finalmente llegaron a la cabaña, donde los enanitos ya les estaban esperando, y habían colocado la mesa y las sillitas en el jardín de fuera, para celebrar allí la fiesta.
-¡Blancanieves, Blancanieves!-todos corrieron hacia ella en medio del jolgorio, deseosos de saludarla. El primero en llegar fue Mudito. Dando saltos y con los ojos muy abiertos abrazó a la princesa y luego le puso morritos para que le diese un "besito de bienvenida". Blancanieves le dio un beso en la calva mientras reía y luego saludó a los demás.
-Oh, Blancanieves, ¿qué tal en el palacio?-la saludó Sabio ajustándose sus gafas lo mejor que pudo para parecer lo más interesante posible.
-¡Sabio!-Blancanieves abrazó a su amigo y luego a Feliz, Tímido y Dormilón, que por una vez parecía algo más despierto-¡Oh, os he echado tanto de menos chicos! ¡Soy tan feliz de veros que podría…!
-¿Podrías?-repitieron los enanitos mirándola entusiasmados.
-¡Podría cantar!-exclamó Blancanieves mientras se disponía a comenzar otro número.
-Oh vaya. Ahí vamos otra vez-dijo Harold mientras bajaba los envoltorios de las tartas del caballo.
-Harold, tú a lo tuyo-le reprendió Ferdinad severamente. Luego volvió a contemplar a Blancanieves mientras ella cantaba cogiendo flores y corriendo por la casita.
Una vez más, estoy aquí
Una vez más, con mis siete amiguitos
Una vez más, todos juntitos
Una vez MÁAAAAAAAAAAS
Las gafas de Sabio se resquebrajaron un poco con el último agudo.
-¿Y dónde está Gruñón?-preguntó Blancanieves al terminar su aria.
-Oh, el viejo está arriba-dijo Mocoso, pícaro-ya sabes que no lo lleva demasiado bien.
-¿Cuántos cumple?-preguntó Ferdinad con curiosidad. Mudito le indicó con los dedos algo así como trescientos.
-Voy a verle. Vosotros esperad aquí… podéis ir colocando las tartas… ¡Veo que tenéis la casa muy limpia!-les felicitó Blancanieves echando un vistazo al salón, con algo de polvo pero no como la primera vez que había llegado a la cabaña.
-¿Y has notado algo más, Blancanieves? ¡Yo ya no estornudo!-dijo Mocoso muy orgulloso-son estos tapones que inventó Sabio… con ellos ya no puedo oler nada que me dé alergia.
-¿Y cómo respiras?-preguntó Harold interesado.
-¡Harold, las tartas!-le exigió Ferdinad, cuya paciencia se estaba agotando rápidamente.
Blancanieves sonrió y subió a la habitación de arriba a ver a Gruñón y saludarlo. Como se esperaba la puerta estaba cerrada y él en la habitación a oscuras. Lo distinguió sentado en su cama en la ventana del fondo, en una pose dramática de reflexión.
-Blancanieves…-dijo Gruñón con voz ronca mientras sus ojos brillaban en la oscuridad.
-¡GRUÑÓN!-exclamó ella corriendo a abrazarle-¡FELIZ CUMPLEAÑOS GRUÑÓN!
-¡Ay, AY!-protestó él cuando ella le abrazó y le cubrió de besos-¡Suelta mujer! ¡Que no quiero!
-¡Gruñón, te hemos preparado una fiesta sorpresa!-dijo Blancanieves girando sobre sus faldones mientras abría las ventanas de la habitación de par en par y encendía las velas-¡Tienes que bajar, te va a encantar!
-¡Que te dije que no!-protestó Gruñón saltando sobre su cama mosqueado-¡Además no ha sido ninguna sorpresa! ¡Llevan hablando sobre ello días, y encima Dormilón habla en sueños!
-¿Ah, sí? Vaya-Blancanieves se mordió el labio, algo cortada. Pero se recuperó enseguida-ay Gruñón, tienes que venir a verlo. Hay tarta de frambuesa (tu preferida) ¡Y también tarta de mora!
-Mientras no haya de manzana…-comentó él, sarcástico.
-Pero Gruñón, tienes que venir-le insistió Blancanieves-¡me hace mucha ilusión celebrar tu cumpleaños!
-¡Ya, pero es que ese es el problema, princesa, porque a mí NO!-insistió Gruñón tirándose de la barba-¡No, no y NO! ¡Así que si no te importa me quedo aquí, en la oscuridad, como si estuviera muerto que es lo que pronto voy a estar!
-Oh… tienes miedo de hacerte mayor-dijo Blancanieves, comprensiva.
-¡Que no quiero hablar de mis sentimientos!-insistió el enano, metiéndose dentro de la cama y dando por finalizada la reunión. Blancanieves le observó unos momentos mientras intentaba pensar una forma de persuadirlo. Realmente estaba cerrado en banda. Pero ella sabía que eso era cuestión de insistirle.
-Al menos si no lo haces por tu cumpleaños, hazlo por mí-le pidió con ternura-me hace mucha ilusión verte y pasar este día contigo.
Debajo de las sábanas Gruñón se revolvió, huraño, mientras pensaba la respuesta. Así que le hacía ilusión. Al enano se le dibujó una sonrisa en el rostro que fue incapaz de reprimir. Está bien. A fin de cuentas, se alegraba mucho de volverla a ver. Quería a Blancanieves más que a nadie. Más incluso que a…
-Y además viene tu madre-dijo la princesa.
-¡¿QUÉEEEEEEEEE?!-Gruñón pegó tal bote en la cama que se dio en la cabeza con la viga del techo.
En el jardín los enanitos recibían al resto de invitados de la fiesta (a excepción de Dormilón que como siempre se había quedado dormido en una esquina).
Estaban todos los animalillos que Blancanieves había conocido en el bosque, como los cervatillos, los conejos, la traviesa ardillita e incluso la tortuga, que había tenido que ponerse en marcha con dos días de adelanto para llegar puntual. Venía también Trikilitrí, un duende del bosque cantarín (y para Gruñón algo pesado) y el viejo Elmer, que era quién les compraba los diamantes a los enanitos.
Y también estaba por supuesto la madre de Gruñón. Sabio había ido a recibirla, y parecía bastante cortado. Ella era… ¿cómo describirlo? Era como Gruñón, pero en señora vieja… y cabreada. Regordeta y con larga melena recogida en trenzas, tenía un poco de barba como su hijo, y una gran narizota roja.
-Le va a hacer una gran ilusión a Gruñón que vengas… ya verás la cara que pone-decía Sabio mientras la ofrecía un asiento-¡Por favor, siéntate!
-Qué bonita fiesta… me encanta la decoración-dijo la vieja con voz ronca. Sabio la miró sorprendido, mientras Ferdinand arqueaba una ceja.
-¿E… en serio, señora Gruñón?-preguntó el enanito sorprendido.
-Sí, bueno, al principio al verla pensaba que mi hijo se había muerto-dijo la vieja con saña-esto parece más bien un entierro.
-Oh, ya me extrañaba a mí-comentó Feliz que estaba poniendo los cubiertos al lado de cada plato y mirando a Ferdinand con elocuencia-no da puntadas sin hilo.
-Ya veo, ya…-Ferdinand observó a la señora Gruñón con aprensión. Un Gruñón ya rebajaba bastante el ambiente en una fiesta, pero dos…
-Cuántos animales ¿van a comer con nosotros?-preguntó la señora Gruñón mirando a los cervatillos con asco-porque hay una cosa que se llama pandemia…
-Mamá Gruñón, por qué no comes un poco de la rica tarta que Blancanieves ha traído-la ofreció Sabio intentando tirar de toda su paciencia posible.
-¿Blancanieves? ¿Qué clase de nombre es ese? ¿A quién habéis traído a esta fiesta?-preguntó Mamá Gruñon escandalizada.
-Blancanieves es mi futura esposa, señora, y es una amiga de Gruñón-dijo Ferdinad interviniendo por primera vez, con tono serio. Mamá Gruñón le miró de arriba abajo, poco impresionada, y él se achantó un poco-ya verá, ella está deseando conocerla…
-Sí, supongo que ella me envió la invitación-hizo memoria Mamá Gruñon-parecía como si el Arco Íris hubiese vomitado y se hubiese limpiado en ese papel…
-Anda, traedle la tarta a esta, a ver si come y se calla-les pidió Sabio a Mudito y a Tímido, que fueron corriendo hacia la cocina.
Mudito y Tímido se encontraron a Blancanieves en la entrada de la casa. Ella estaba tirando de Gruñón para que la siuiera.
-¿Cómo has podido invitarla? ¡No conoces a mi madre!-protestaba Gruñón muy enfadado.
-Oh, vamos ¿hace cuánto que no la ves? Y en un cumpleaños, la homenajeada siempre es también la madre-dijo Blancanieves, optimista.
-¡Pues que sople las velas ella!-se quejó Gruñón.
-Señorita Blancanieveees, hay un problemaaa-dijo Harold, que venía de la cocina. Blancanieves le miró extrañada.
-¿Qué ha pasado, Harold?-le preguntó con sorpresa.
-Emmm… las tartas-dijo el criado mirando hacia los lados, cortado-al abrirlas en la cocina… se han caído…
-¡Oh, no!
Blancanieves corrió hasta la cocina donde se encontró las tartas echas migas en el suelo. Las huellas de caballo la hicieron entender enseguida lo que había sucedido.
-¡German! ¡Harold! ¿Os habéis peleado otra vez?-preguntó la princesa, disgustada. Ellos se miraron enfadados.
-La culpa ha sido de él-se defendió Harold, y German relinchó en desacuerdo.
-Ay…-Blancanieves suspiró mientras se agachaba a recoger las migas-habrá que pasar sin tarta.
-Pues a la madre de Gruñón no le va a gustar-dejó escapar Tímido. Gruñón lo miró horrorizado.
-¿Mi madre ya está aquí? ¿Y le habéis prometido tarta?-exclamó, agarrando a su amigo de la barba.
-Pues… sí-dijo Tímido, asustado, y Mudito lo corroboró asintiendo frenéticamente.
-¡Oh, venga ya!-Gruñón se asomó por la ventana y vio a su madre sentada en la mesa, criticando las mallas que llevaba Ferdinad-¡Tenemos que hacer algo!
-Podría preparar otra tarta… pero aquí no hay ingredientes…-razonó Blancanieves rápidamente. Gruñón la miró desesperado.
-¡Solo tú puedes arreglarlo Blancanieves!-la pidió. Ella asintió, meditándolo.
-Supongo que podría volver hasta el palacio y pedir otras tartas-dijo, encogiéndose de hombros-mientras tanto yo puedo improvisar unos aperitivos aquí con lo que me traigan mis amigos animales.
-¡Sí!-exclamó Gruñón, satisfecho-¡sí, me parece buena idea!
-¿Y quién va a ir?-protestó Harold-¡porque yo no me subo más a ese caballo!
-¡Quita de en medio! ¡Ya voy yo, cansino!-dijo Gruñón saltando por la ventana y subiendo a lomos de German. Al instante el caballo dio un bote y lo echó fuera de su montura.
-¡German!-le regañó Blancanieves. El caballo bufó, mirando a Gruñón con cara de malas pulgas. El enanito se limpió el barro de los pantalones y le miró malhumorado.
-Mira bonito, no estamos para bromas, así que ya vas moviendo esas posaderas-lo amenazó, levantando mucho el dedo índice. German casi se lo come de un bocado.
-German, por favor, ayuda a Gruñón-le pidió Blancanieves con voz triste. El caballo bufó, mosqueado, pero finalmente cedió ante la dulce petición de la princesa y le dejó subir.
-Volveré en una hora-dijo Gruñón decidido-¡tened algo preparado para entonces!
-Pero Gruñón, de todas maneras…-dijo Blancanieves, pensativa-¿no sería mejor que saludaras a tu madre y le explicaras lo que ha pasado?
-¡NO!-exclamó Gruñón tirando de las riendas del caballo y obligándolo a moverse-¡Nunca lo entendería! ¡Nos vemos luego! ¡Adiós!
Gruñón cabalgó por las siete colinas y las siete cascadas (se cayó en una y comenzó a soltar una serie de improperios contra German que el caballo se tomó muy mal) y finalmente llegó al reino dichoso, donde se topó con las puertas de palacio cerradas de par en par.
-¿Qué quiere usted?-le preguntó un guardia acercándose a él con amabilidad.
-Pues verá, soy amigo de la princesa Blancanieves, ¿sabe?-explicó Gruñón rápidamente-estamos de celebración en el bosque, y necesitamos más tarta, porque el imbécil del caballo se la ha cargado…
-¿El caballo?-repitió el guardia señalando a German, que le hizo una mueca de asco.
-Sí, el caballo. Mire, déjeme entrar que tengo que ir a las cocinas…-insistió Gruñón, mirando al guardia con desconfianza. No parecía muy listo que digamos.
-¿Tiene algún documento que acredite lo que dice?-preguntó el guardia con voz monótona.
-¿Documento? ¿Pero usted qué dice?-saltó Gruñón impaciente. El guardia sonrió como si le estuviese hablando a un niño pequeño.
-Sí, una carta de la princesa por ejemplo. Es para corroborar su historia-explicó el guardia encogiéndose de hombros-si no, simplemente no puedo dejarle pasar.
-Pero vamos a ver…-Gruñón empezó a ponerse rojo por el enfado, y eso nunca era bueno-le estoy diciendo que soy amigo de la princesa. Uno de los enanitos ¿sabe? Blancanieves y los siete enanitos ¿le suena a usted? ¡Por favor, todo el mundo lo sabe!
-Ya, pero es que en este reino hay muchos enanos. Si yo dejo entrar aquí a cada enano que pasa y me dice que es amigo de la princesa, esto sería un cachondeo-se defendió el guardia con petulancia. Gruñón no sabía si estrangularlo o echarse a llorar-vaya a ver a la princesa y pídale una carta con sello real ¿de acuerdo? Y vuelva luego.
-¿Qué tal el caballo?-dijo Gruñón, iluminado de repente-el caballo es de palacio ¿sabe? Eso cuenta como prueba.
-Este caballo a mí no me suena de nada-replicó el guardia, impasible-y además tampoco es que sea una prueba concluyente. Lo puede haber robado.
-¡MIRE NO ME TOQUE MÁS LAS NARICES!-saltó Gruñón, sin más paciencia.
En la cabaña del bosque la cosa no iba mucho mejor. Blancanieves intentaba que Mamá Gruñón se divirtiera, pero no era cosa fácil.
-A mí esto no me parece un cumpleaños-decía la vieja-no hay ni Gruñón ni hay tarta. Será que en tu reino lo celebráis de otra forma, Blancahielos.
-Es Blancanieves-la corrigió el príncipe Ferdinad, a quien la vieja estaba empezando a minar la moral.
-¿Quiere que le cuente un chiste, señora Gruñón?-se ofreció Feliz sonriendo ampliamente.
-Tu cara sí que es un chiste hijo-replicó ella, tan borde como siempre.
-¿Sabe que le dice un techo a otro? Techo de menos-dijo Feliz haciendo un bailecito de la victoria al acabar de contar su chiste.
-¿Ja?-respondió Mamá Gruñón con sarcasmo.
-¿Por qué no bailamos?-sugirió Blancanieves-¡hace mucho que no me tocáis una de vuestras canciones!-le dijo a los enanitos con emoción.
-Es verdad-reconoció Sabio-¡vamos por los instrumentos!
-Por favor, decidme que no van a estar todo el día con las flautitas esas. Debería haberme dejado las orejas en casa-dijo Mamá Gruñón mientras se tomaba algo del aperitivo que Blancanieves le había preparado.
-Jejeje… coma, coma… es muy nutritivo-le dijo ella amablemente.
-Nutritivo espero que sea, porque lo que es sabroso…-comentó la vieja, mordaz.
-¿No te queda ninguna manzana envenenada?-preguntó el príncipe Ferdinand a Blancanieves cuando ella pasó cerca suyo para traer unas bebidas.
-Esas bromas son de muy mal gusto-le dijo Blancanieves poniendo los brazos en jarra-anda, ven a ayudarme con las bebidas…
En el palacio real Gruñón había conseguido entrar después de que hubiera un cambio de guardia, y tras entrar a toda pastilla en las cocinas había encargado a los cocineros cuatro tartas nuevas de parte de la princesa. Ellos obedecieron lo más rápido que les fue posible, pero aún así tardaron dos horas en tenerlas listas.
-¡Maldita sea, maldita sea! ¡Mi madre lo va a odiar!-exclamó Gruñón desesperado mientras cargaba las tartas en el lomo de German. El caballo relinchó, descontento, pero Gruñón le tiró de las orejas y le obligó a moverse-¡Venga, vamos! Jamelgo estúpido…
German amenazó con tirarle de su grupa, así que Gruñón tuvo que suavizar un poco el tono.
Después de eso volvieron a cabalgar rumbo al bosque, pasando de nuevo por las siete colinas y la séptima cascada. Gruñón iba tan rápido que apenas veía nada, y la barba gris le ondeaba al viento como una bandera de guerra.
Al llegar a la casa Gruñón se apeó del caballo y corrió hacia los invitados, jadeando.
-Vaya hijo, ya era hora-dijo su madre mirándole con aburrimiento-¿se puede saber dónde te habías metido?
-Ho… hola mamá…-jadeó Gruñón-tengo las tartas… ahora mismo te las traigo, ¿eh? Ahora mismo… arf…
-A ver si es verdad…
Los enanitos comenzaron a tocar música mientras Elmer leía un poema que había dedicado a Gruñón, pero él apenas lo escuchó porque se metió en la cocina a ver qué hacía Blancanieves.
-¿Por qué no sacáis ya las tartas?-preguntó, impaciente.
-Las vamos a poner en unas fuentes, Gruñóoon, que no sabes esperar-le dijo Tímido con tono resabido.
-Tú no me toques las narices-le avisó Gruñón asesinándolo con la mirada-¡pues daros prisa, por favor! ¡Mi madre no aguanta más!
-Sabes, Gruñón, creo que deberías hablar con ella. Es muy mala invitada-dijo Sabio dando como siempre su docta opinión-es como tú, pero cien veces peor.
-Gracias, cuando me interese algo de lo que tengas que decir te lo haré saber-replicó el enanito groseramente.
-¡Pero será posible!-protestó Sabio, y le dio un manotazo-¡así aprenderás!
-¿Así aprenderé?-Gruñón empezó a propinarle puñetazos a Sabio y ambos terminaron rodando por el suelo. Mudito estaba cerca y quiso escurrise, pero al final ellos lo engancharon y terminó en medio de la pelea. El pequeño enanito chilló (sin sonido) mientras los tres rodaban por la cocina.
-Chiiiicos, nada de peleas-pidió Blancanieves con paciencia-¡Cuidado con las tartas!
Demasiado tarde: al chocar la cabeza de Mudito con la mesa en medio de su discusión hicieron que las cuatro tartas de frambuesa, arándanos y moras se cayeran al suelo y se chafaran como barro.
-¡Ay, no!-Blancanieves se llevó las manos a la cara mientras hacía el esfuerzo de recogerlas, disgustada.
-¡Nooooooo!-Gruñón se echó por el suelo, desesperado-¡Todo esto es culpa tuyaaaa!
-¿Mía? ¡Mudito ha sido quién se ha dado con la mesa!-protestó Sabio.
Mudito no podía defenderse así que solo les hizo un gesto grosero a sus dos compañeros.
-Lamentarse no servirá de nada chicos-les dijo Blancanieves mientras colocaba en la bandeja las migajas de las tartas-voy a intentar salvar lo que sea comestible y…
-¡NO! No, volveré a palacio-dijo Gruñón decidido-¡No tardo nada!
-Has tardado dos horas…-empezó Sabio, pero Gruñón le metió la barba en la boca.
-Mi madre nunca aprobará esta fiesta sin una buena comida… ¡y tus tartas son las mejores! Pero tienen que estar bien-dijo Gruñón, nervioso-dame una carta o algo para que me dejen pasar sin problemas, y estoy de vuelta enseguida…
-Como quieras, Gruñón-dijo Blancanieves encogiéndose de hombros-pero creo que es mejor que hables con tu madre y le digas que esta fiesta es importante para ti, y que quieres que ella esté contenta.
-Primero, esta fiesta a mí no me importa-dijo Gruñón desesperado-y segundo ¡ella nunca está feliz! Solo puede llegar a estar menos enfadada. ¡Así que ahora mismo vuelvo, ¿vale?!
Blancanieves se encogió de hombros y se dispuso a seguir a lo suyo. Gruñón se despidió una vez más antes de subirse sobre German y obligarlo a moverse de nuevo.
-Vamos, no me seas vago ahora, ¿eh?-le advirtió al caballo, que le sacó la lengua con enfado.
-No te preocupes, Gruñón valora lo que estás haciendo-le dijo Sabio a Blancanieves al notarla un poco entristecida-es solo que su madre le pone nervioso. A todos nos pasa. La mía por ejemplo, es una sabelotodo.
-La mía es demasiado vergonzosa-añadió Tímido.
Mudito explicó también algo sobre su madre, pero nadie lo entendió.
-Supongo que sí-dijo Blancanieves encogiéndose de hombros-bueno… de momento vamos a ver si podemos conseguir que la señora Gruñón esté a gusto.
-Se ha quedado hablando con tu prometido-dijo Sabio.
En el jardín, Mamá Gruñón le estaba contando a Ferdinand como había sido el matrimonio de sus bisabuelos mientras él miraba el riachuelo deseando ahogarse dentro. Los animales se habían puesto en la otra punta del claro para no escucharla, y la tortuguita se había metido dentro del caparazón.
-He visto unos buitres mientras venía también-recordó la vieja enanita mientras Ferdinand apretaba su gorro entre sus manos, desesperado-que animales tan bonitos, no como estos…
Gruñón acababa de dejar atrás las siete colinas y la séptima cascada cuando alcanzó nuevamente el reino dichoso. Gracias a la carta entregada por Blancanieves esta vez pasó sin problemas hasta llegar a las cocinas, a donde entró montado en el caballo.
-Necesito cuatro tartas más-les dijo a los cocineros, que estaban atónitos de verlo otra vez.
-¿Pero cuántos sois ahí?-preguntó uno de los cocineros asombrado.
-No nos quedan moras-recordó otro-ni arándanos. Hay que ir al bosque a por más.
-¡VOY YO!
Gruñón recogió arándanos y moras a toda pastilla para después correr una vez más a subirse a lomos de German. Pero este no quería moverse más.
-Vamos, ¡Por favor! ¡Venga ya!-gritó Gruñón desesperado-¡German, por favor!-el caballo negó con la cabeza-mira, hagamos un trato… si me llevas… te daré unos cuántos arándanos.
No esperaba que funcionase, pero para su sorpresa tras unos instantes pensándolo German accedió y lo llevó rápidamente de vuelta al palacio. Allí tras otras dos horas las nuevas tartas estaban listas.
-¿Seguro que puede llevarlas usted?-preguntó el cocinero amablemente.
-CLAROQUESÍ!-tronó Gruñón.
-Ahora voy a cantar yo una canción-dijo Tímido colorado mientras todos los invitados le miraban-me da un poco de vergüenza… se llamaba "La tímida Violeta"…
-¡Que empiece ya, que el público se va!-gritó Mamá Gruñón desde su asiento-¿y dónde están las tartas?
-Están terminando de hornearse…-le explicó Blancanieves con una sonrisa-ya sabe que eso tarda.
-Pues no sabía que tanto hija. Eres un poco lentita. Me han dicho que durmiendo también.
El príncipe Ferdinand quería estrangular a Mamá Gruñón pero se contuvo gracias a la mirada de advertencia de Blancanieves. Ella sabía que con personas como Mamá Gruñón, tan negativas y sarcásticas, hay que tener paciencia, porque al final siempre consigues sacarles un lado bueno si sabes cómo manejarlas.
-¡Ya estoy, ya estoy! ¡Las tartas!-Gruñón bajó del caballo con los cuatro pasteles y los llevó hacia la mesa, pero Tímido, Mocoso y Mudito se los quitaron y los llevaron a la cocina.
-Primero hay que ponerlos en la fuenteee Gruñón, ¿te acuerdas?-le dijo Tímido, risueño.
-Te voy a matar-dijo el enanito apretando los puños con fuerza.
Pusieron las cuatro tartas en la cocina y empezaron a colocarlas en las fuentes, cuando Blancanieves entró también a toda prisa.
-¿Las tenéis ya? A la señora Gruñón le rugen las tripas que parece una avalancha.
-Sí, es una cosa de familia-reconoció Gruñón, sonriendo.
-¿De qué es esta tarta, Blancanieves? ¿De moras?-preguntó Mocoso poniendo el dedo en una de ellas y probando. Gruñón le miró horrorizado.
-¡No Mocoso! ¡Esa es la de frambuesa, eres alér…!
-Aaaaaaaaaah…. Aaaaaaaaaaaah…. ¡ATCHÍS!-el estornudo huracanado de mocoso provocado por la alergia fue brutal y la mesa, los platos y las tartas salieron disparados por los aires estrellándose en el lavaplatos y quedando destrozados.
-Oh, no-Gruñón corrió hacia las tartas y recogiéndolas se las echó por la cara en un ataque de ansiedad extremo-¡NONONONONONONO!
-Gruñón, tranquilo… todo tiene solución-dijo Blancanieves con dulzura.
-Vaya, parece que los tapones de Sabio no son efectivos cien por cien-comentó Mocoso recogiendo los tapones que le habían salido disparados también. Al oírle hablar Gruñón agarró un pedazo de tarta y se lo tiró a la cara con todas sus fuerzas, haciendo que Mocoso se cayera al suelo con el impacto.
-Vale, genial, perfecto-dijo el enano recuperando el control-solo hay una solución. Solo hay una. Tengo que volver al palacio y coger cuatro tartas más ¡NO ME MIRÉIS ASÍ! Y una vez que las traiga DIRECTAMENTE se las ponéis a mi madre debajo de la barba.
-Sí, tiene un poco de… bueno, nada-dijo Tímido quitándose de en medio.
-Gruñón…-Blancanieves se inclinó a su lado y le miró fijamente-¿por qué no vienes a sentarte con nosotros y me dejas lo demás a mí? Seguro que podemos convencer a tú madre.
-No, gracias. Ella nunca lo entenderá-dijo él enfadado. Luego corrió al caballo y volvió a tirar de él. German esta vez ni se resistió. Ya se había resignado-¡Vamos! ¡Comemos enseguida!
-Más bien cenamos-corrigió Tímido, y Mudito rió.
-¿Qué tal si hacemos un número de magia para entreteneros?-sugirió Sabio hablando al público-yo, el Gran Sabio, y mi ayudante Mudito podemos sorprenderos con los mejores trucos a este lado del río Jolgorio.
-Ya… no es un río muy largo-comentó Mamá Guñón.
-Blancanieves, ¿y las tartas?-le preguntó Ferdinand a su prometida al verla llegar.
-Gruñón va a ir a por otras-explicó Blancanieves, y Ferdinand se dio una palmada en el rostro.
-Vamos, Mudito, métete en la caja y te cortaré por la mitad-dijo Sabio. Mudito, que hasta entonces había estado a su lado sonriendo muy dispuesto a colaborar, se quedó algo preocupado al oír eso. Rápidamente, comenzó a deslizarse hacia la esquina para meterse en la casa. Sabio le vio hacerlo-¡Ayudante Mudito, vamos! ¡Tienes que meterte en la caja!
El ayudante Mudito no quería y hacía muecas y pataleaba mientras Sabio peleaba con él para meterlo en la caja. Los animales empezaron a reírse al verlo, y para sorpresa de todos, Mamá Gruñón también.
-Jajajaja… qué bueno… que le de otra patada… jaja…-rió la vieja señalando a los dos enanos.
-Cuando se ríe es aún peor-comentó Ferdinand horrorizado, y Blancanieves se rió al oírlo.
-Por lo menos ahora está entretenida-observó.
-Vamos… Mudito… solo es… un truco…-dijo Sabio empujando el trasero de Mudito para que se metiera dentro de la caja. Pero el enanito hacía presión para el otro lado haciendo todo lo posible por escapar. Al final los dos cayeron rodando por la pradera y tiraron la caja de trucos de Sabio, provocando las carcajadas de Mama Gruñón.
-¡Otra vez, otra vez, Jajajajaja!-exclamó, histriónica.
-Ay cielos…-Blancanieves se llevó las manos a la boca, preocupada por sus amiguitos.
Entretanto mientras las luces del atardecer caían Gruñón atravesó una vez más las malditas siete colinas y las puñeteras siete cascadas para llegar hasta el palacio real. Una vez allí no esperó ni a que los guardias le dejasen pasar para entrar en las cocinas con el caballo y exigir cuatro tartas más.
-¿Sabe? Ya nos esperábamos que volviera-le dijo el cocinero jefe, señalándole cuatro tartas ya preparadas para llevar-ha sido una corazonada…
-Oh, oh ¡Gracias! ¡Muchísimas gracias!-dijo Gruñón emocionado al cogerlas, mirándolos con gratitud-esta es la última vez que vengo ¡prometido!
-Como usted diga. Ahora mismo nos ponemos a hacer otras cuatro-respondió el cocinero, aburrido.
Gruñón salió de las cocinas y se subió a lomos de German, cuando este se tumbó en el suelo sin ninguna vergüenza y dejó caer la cabeza para relinchar.
-¡Oh, no! ¡Venga ya, venga! ¡No!-gritó Gruñón, enfadado. Apuntó al caballo con su dedo índice, que parecía crecer varios metros cuando lo sacaba-¡Te tengo calado, caballito del diablo! ¡Haces esto para amargarme! Lo tenías todo planeado, ¿no es eso? ¡Pues hoy no te vas a salir con la tuya! ¡Hoy te has encontrado con el clavo de tu herradura!
Salió corriendo y volvió con una rama de un árbol del patio de la princesa, con la que comenzó a darle golpes al caballo en el trasero furioso, sin que este se inmutara. Al final German le dio una coz y Gruñón salió disparado, yendo a parar a una fuente del jardín donde se empapó.
"Maldita sea, no quiere hacer caso… lo voy a convertir en pienso-pensó el enano, furibundo. Luego se paró un poco. Tal vez fue el agua fría, pero fue capaz de recular y pensarlo un poco más-¿qué haría Blancanieves? Ella siempre tiene buenas ideas…"
Gruñón observó a German entrecerrando sus ojitos y entonces recordó como antes le había dado parte de la fruta que habían recolectado para convencerlo. Fue una suposición, pero de repente se dio cuenta de lo obvio que era.
-Tú lo que quieres es tarta, y por eso pisoteaste las primeras, porque te dijeron que no eran para ti ¿a que sí?-dijo el enanito. German lo miró con sorpresa. Por un momento el caballo le miró fijamente, y luego asintió, con cierta vergüenza.
-Ya. ¡Solo tendrías que habérselo dicho a Blancanieves y ya está! ¡No es tan complicado decir lo que queremos!-exclamó Gruñón enfadado. Luego al ver que el caballo se inclinaba con vergüenza lo entendió-oh… sí que es tan complicado… en realidad… en realidad a mí también me pasa.
Se sentó a su lado y poco a poco acercó la mano a sus crines, terminando por acariciarlas. El caballo relinchó, risueño, y se incorporó. Gruñón le miró, ahora más contento.
-¿Sabes qué? Te propongo otro trato: tú me llevas hasta la cabaña otra vez y yo te doy el primer pedazo de tarta, que sería para mí ¿te parece?-German asintió, muy contento-¡bien! ¡Pues entonces ahora vamos! ¡Arre, que no hay tiempo que perder!
Después de cargar las tartas a lomos de German por tercera vez Gruñón se subió también y ambos partieron del palacio del reino dichoso una vez más, para atravesar el camino del bosque y volver a su hogar.
-¡Mudito, ven aquí! ¡Muy bien, estoy harto!-Sabio tiró su sábana mágica con la que pensaba hacer desaparecer a Mudito y se fue del escenario enfadado. Los animales hicieron ruidos de disconformidad mientras los demás enanitos se apresuraban a aplaudir intentando animarlo un poco. Ya había anochecido y solo la luz de la luna iluminaba ya el claro.
No quedaban más números, porque Feliz ya había contado todos sus chistes malos y Tímido no había sido capaz de recitar su poema. En cuanto a Dormilón, seguía dormido en una esquina de la casa como aquella mañana.
-Oh oh…-Ferdinand señaló a Mamá Gruñón, que ahora volvía a exhibir una expresión de asco profundo en su arrugado rostro.
-Hasta ahora estaba entretenida… ¿qué vamos a hacer?-preguntó Blancanieves angustiada. Mamá Gruñón entonces se levantó lentamente y miró a un lado y a otro con severidad. Luego fue hacia la princesa.
-Bueno… para mí está bien claro que esta fiesta ha sido un fiasco-dijo la vieja con voz grave. Blancanieves tragó saliva-y ni siquiera he visto a mí hijo. Y peor aún, ni siquiera he comido tarta. Así que si no os importa ahora yo me marcho.
-Oh no…-Blancanieves la cortó el paso intentando sonreírla aunque estaba muy nerviosa-por favor, no lo haga señora Gruñón. Su hijo va a volver enseguida. Es que…
-¿Es que está demasiado ocupado? Gruñón siempre es igual-dijo Mamá Gruñón poniendo los ojos en blanco mientras se le llenaba la boca de críticas-nunca le parece nada bien, siempre se está quejando de todo. Es incapaz de celebrar una fiesta en condiciones porque absolutamente todo le parece mal. La verdad es que no sé cómo tratar con mi hijo. Si tú sabes mejor que yo ¡buena suerte!
-¡Espere!-insistió Blancanieves, poniéndose nuevamente frente a Mamá Gruñón y el carro en el que pretendía montarse-usted no lo entiende… Gruñón… Gruñón se ha pasado todo el día esforzándose para que usted estuviera contenta en su fiesta… y tuviese unas tartas muy ricas…
-¿Cómo?-Mamá Gruñón la miró con sorpresa. Blancanieves asintió.
-A Gruñón no le parecía nada bien porque… porque me parece que piensa que a usted tampoco… y quiere que a usted le guste todo… y no lo consigue-dijo Blancanieves. Mamá Gruñón abrió mucho la boca, ofendida, pero luego la volvió a cerrar. Hizo lo mismo tres veces más, y finalmente cuando le salió la voz ya no era tan casposa y desagradable como antes. Ahora parecía más bien quebrada.
-De… ¿de verdad es así?-quiso saber, angustiada.
En ese momento el relinche de un caballo las sorprendió: Gruñón acababa de aparecer en el claro tras cruzar el puente del río y corría hacia su madre cargado con las tartas y con los ojos salidos como un loco.
-¡MAMÁAAAAA!-gritó, desatado-¡AQUÍ VIENEN LAS TARTAS, MAMÁAAAAAA!
-¿Gruñón?-exclamó ella, asombrada.
-¡Gruñón!-Blancanieves dio un saltito, contenta.
-¡MUDITO!-Sabio perseguía al joven enanito con su capa de invisibilidad de nuevo, y al cruzarse con Gruñón otra vez los tres rodaron por el suelo, arrastrando las tartas y dejándolas echas un asco.
-¡NNNNNNOOOOOOOOOJOJOJOJO!-Gruñón se tiró encima de lo que quedaba de las tartas desesperado dando un aullido que asustó a los lobos que vivían en la otra punta del bosque. Espachurrando entre sus manos los pedazos de la destrozada tarta se tiró de la barba con desesperación mientras comenzaba a llorar y a moquear desconsoladamente.
-Oh, Gruñón…-dijo Blancanieves, compasiva, pero fue su madre quién llegó antes a él.
-¿Gruñi, Gruñi… estás bien?-le preguntó Mamá Gruñón a su hijo, tomándolo de las manos.
-Llo ssiento mamá, yo quería que pasases un bbuen rato en mi cumpleaños, pero todo ha salido mmal…-dijo Gruñón con los ojos rojizos-es que… es que…
-¿Qué, hijo?-le preguntó Mamá Gruñón, mirándole preocupada.
-Es que no no me gusta cumplir años porque ya soy soy muy mayor…-confesó Gruñón finalmente, con la nariz goteándole hasta que su madre le sacó un pañuelo y se la secó-ya no hago las cosas tan bbien como antes… y me pone… me pone triste…
-Oh Gruñi, hijo mío… tú siempre vas a ser el bebote de mamá-le dijo Mamá Gruñón a su hijo, abrazándole-cumplir años nos asusta a todos… pero no hay que dejar que eso nos agüe la fiesta.
-Pero… te… ¿te estaba gustando?-preguntó Gruñón mirándola asombrado. La señora Gruñón asintió lentamente mirando a Blancanieves y sonriendo levemente.
-No es la mejor fiesta del mundo, pero no está mal-concedió finalmente.
-No me lo puedo creer-dijo el príncipe Ferdinand mirando a la señora con agotamiento.
-Mamá…-Gruñón miró a su madre mientras aun lado Sabio, Mudito y Blancanieves recogían la tarta menos estropeada y colocaban encima las velas.
-¿Quieres que soplemos hijo? Aún no se ha terminado el día de tu cumpleaños-le dijo Mamá Gruñón a su hijo. Y llevándolo de la mano los dos se pusieron en torno a la tarta y soplaron las velas con emoción. Gruñón miró a su madre y luego la dio un fuerte abrazo, mientras los demás aplaudían contentos.
-¡Creo que es el momento para una canción!-dijo Blancanieves mientras empezaba a bailar moviendo sus faldas.
-Esta no tiene mucho tema de conversación, ¿no?-observó Mamá Gruñón, sarcástica.
Mientras los enanitos tocaban su música y Mamá Gruñón se apropiaba del órgano que su hijo solía tocar, Blancanieves bailó con Gruñón tomándolo en sus brazos y luego fue con él hacia el río.
-¿Sabes Gruñón? Aunque tú digas que estás mayor, hoy te has movido más rápido que nadie para arreglar los problemas de la fiesta-le dijo Blancanieves a su amigo pestañeando con dulzura-¡se diría que has sido casi más joven que yo!
-Tienes razón…-Gruñón asintió lentamente, reflexionándolo-aunque he contado con una ayuda muy importante…
Miró hacia German, que se estaba comiendo los restos de todas las tartas hechas aquel día, con una inocultable satisfacción. Blancanieves sonrió a Gruñón y le dio un fuerte abrazo.
-Feliz cumpleaños, Gruñón-le dijo, alegre.
-¡Eh, Gruñón, ven! ¡Tu madre quiere que toquéis juntos!-le llamó Feliz. Gruñón se despidió de Blancanieves y corrió a la casa con su madre, los enanos y los otros animales.
-Bueno, después de todo el día no ha ido tan mal-dijo Ferdinand poniéndose al lado de Blancanieves.
-¿Y vamos a tener que pasar la noche aquí?-preguntó Harold, mirando al bosque con miedo.
-Pues sí, así que ve buscando un buen claro-le dijo Ferdinand fulminándolo con la mirada. Luego volvió a concentrarse en Blancanieves, una vez volvieron a estar solos-¿por qué es siempre en el bosque?
-¿El qué?-quiso saber ella, extrañada.
-El beso-dijo él, y juntando sus labios a los de ella la besó románticamente. Blancanieves lo estrechó en sus brazos y se fundieron en un abrazo rodeados por los árboles y la alegre música de la cabaña, hasta que Mudito se metió en medio e intentó que Blancanieves le besase a él también.
-Jajajaja-rió la princesa con aquella risita tan musical que a todos tanto alegraba-¡Oh, Mudito!
Entretanto en un rincón de la casa Dormilón se despertó al fin y avanzando hacia la cocina vio las pocas migajas que quedaban de las tartas.
-¡No me lo puedo creer!-protestó el enano dando un fuerte bostezo mientras se ponía unas cuantas en un plato-¡Se lo han comido todo! No puede uno ni cerrar los ojos un momento…
FIN
¿Os gustó? Espero que sí, cualquier crítica, buena o mala es bien recibida. Mis favoritos han sido Gruñón y Blancanieves, me he divertido mucho escribiendo las partes en que tenía que ir a buscar más tartas.
Subiré el siguiente cuento en cuanto lo tenga terminado. ¡Hasta entonces nos leemos, un abrazo muy fuerte!
