¿Seréis capaces de resolver este complicado caso a la vez que Básil? ¡Comprobémoslo!


Capítulo II. Los casos de Básil: Apuñalado y envenenado

Película: Básil, el ratón superdetective (1988)

El siguiente caso que les voy a relatar tuvo lugar poco después de conocernos Básil y yo. Acabábamos de resolver el robo de la joya de una delicada dama, que había concluido con que la culpable era su codiciosa vecina de enfrente que había domesticado a una urraca para sustraerla, y ahora habíamos decidido ir a celebrarlo como Dios manda al Ducasse, un importante restaurante cercano a los jardines de Kengsinton, ubicado en uno de los altos árboles de la Avenida, desde donde teníamos una vista panorámica de toda Londres, elegante y refinada (atendidos por grillos de la mejor alcurnia), digna de dos socios de tan enorme éxito como lo éramos nosotros dos.

No voy a negarles, que en lo que se refiere al éxito de nuestra sociedad, más bien yo le debía todo a Básil: mi intelectual amigo detective tenía realmente un olfato increíble para resolver cualquier caso, y si debo darles una descripción escueta pero certera de todo lo referente a su persona, me decantaría por considerarlo poco menos que un genio. Básil llevaba toda su vida estudiando la criminología, la deducción y los códigos secretos, además de biología, filosofía, química y álgebra avanzada. Yo me enorgullezco de haberme graduado cum laude en la Escuela de Medicina de Londres, naturalmente, pero había veces en las que mis conocimientos me hacían sentirme al lado de Básil como un niño pequeño. Esa noche, por ejemplo, mientras degustábamos un caro vino Ridgeview, me hablaba de un importante texto de anatomía que había estado leyendo aquella misma mañana.

-… exactamente como se lo estoy diciendo, Dawson: se llama letargo mental, o sueño de la muerte; forzado por una reacción química que parte del cerebro, el cuerpo roedor puede verse sumido en una parálisis absoluta en la que las funciones vitales se detienen… es una especie de defunción temporal. El cuerpo no necesita comer, ni beber, ni respirar… ¡puede permanecer así incluso años!

-Asombroso Básil ¿pero cómo es posible?-le pregunté yo, fascinado al escucharle. Básil gesticulaba mucho al hablar. Solía mantener una actitud cínica y reservada salvo en contadas ocasiones, como aquella, en que dejaba entrever las cosas que realmente lo apasionaban y se dejaba llevar por la emoción. Cuando él vibraba como su violín con las teorías que estaba contando, todo aquel que lo escuchaba vibraba con él. Era algo casi mágico.

-Tiene que ver con la homeostasis del cuerpo, Dawson. Usted sabe que nuestras células absorben parte del oxígeno conducido por los glóbulos rojos al…-continuó explicándome Básil, pero por una vez algo distrajo mi atención de sus palabras, y mis ojos se desviaron hacia un lado del restaurante, donde acababan de entrar unos recién llegados.

-Pero Básil… ¿no es ese el ministro de Finanzas?-pregunté yo, sin poder ocultar mi ávida curiosidad-¡sí, sí que es él! Estaba con nosotros cuando nos nombraron caballeros de Inglaterra…

-Es cierto sí, es Candy Farcile-Básil se giró, ciertamente molesto de que lo hubieran interrumpido-y fíjese Dawson, esa debe ser su nueva mujer.

Señalaba a la bella ratona acompañante del ministro. Perdonen si les soy totalmente franco (esto me produce cierto apuro) pero ella era sin duda alguna la roedora más hermosa que había contemplado yo jamás: su larga melena pelirroja caía en cascadas en sus esbeltos hombros, tenía los ojos delineados con un fino tinte violeta y un vestido negro y ajustado (quizás demasiado ajustado para un lugar como el Ducasse) con una joya roja que colgaba de su cuello. La bella ratona se sentó al lado del ministro de Finanzas y de sus acompañantes, dos matrimonios sin duda pudientes de Londres.

-¿Cómo sabe que es su esposa?-pregunté a Básil, cotilla. Él sonrió con suficiencia. Le encantaba explicarme siempre sus deducciones.

-No lleva el anillo, es cierto, pero lo ha seguido hasta la mesa y se han sentado juntos. Lo más obvio sin embargo es la clara marca de pintalabios que el ministro Farcile lleva en sus labios y cuello.

-¡Caray!-exclamé, asombrado. Si agudizaba la vista, la mancha era efectivamente visible.

-Ahora si no le importa dejar de mirarla, podríamos continuar con nuestra conversación-gruñó Básil, algo molesto. Yo debía de seguir distraído con ella, porque al final mi amigo detective carraspeó, y luego dijo pícaramente-no le tenía a usted por un fogoso, Dawson.

-¡Oh, no!-exclamé yo al instante, avergonzado-¡No Básil, de ninguna manera! Es solo que… bueno…

-Las mujeres son criaturas admirables, sobre todo por su inteligencia-dijo Básil con su habitual cinismo-pero si le soy sincero yo, no tengo tiempo para ellas.

-¿Ah no?-le miré curioso, y algo suspicaz-¿y cómo es eso, Básil? Siempre me pregunté cómo un hombre como usted…

-La respuesta a eso es fácil, Dawson-dijo Básil, que aunque no disfrutaba de este tipo de conversaciones estaba dispuesto también a quedar por encima en ellas-un ratón debe unirse siempre a una ratona que sea de su altura. Pero para alguien como yo, por triste que sea… ¡no hay nadie de mi altura! Así que siendo parcos, hay que decir que no existe para mí una ratona digna… lo que equivale a una provechosa y feliz vida de soltería.

-Ya…-arqueé una ceja, satisfecho de tener por fin algo con lo que poder picar a mi amigo-¿sabe qué? Yo pienso Básil que a usted le da vergüenza… hablar con las damas.

-¿Perdón?-Básil iba a devorar su gruyere, cuando al escuchar esa frase el tenedor casi se le cae de las manos.

-Sí, creo que es ciertamente eso-le dije a mi amigo detective, muy ufano.

Básil iba claramente a contraatacar cuando un ruido repentino nos sobresaltó: en ese mismo momento alguien acababa de colarse en el restaurante, y derribando a dos de los camareros grillos corrió hacia la mesa donde estaba el ministro Farcile.

-¡NO!-Básil se incorporó de un salto para impedirlo, pero fue demasiado tarde: el murciélago arrojó contra el ministro una daga que se clavó en la espalda de este, y segundos más tarde cayó sobre su mus de chocolate, inerte.

-¡CANDY!-gritó la esposa del ministro, corriendo a abrazar el cuerpo de su marido.

-¡QUIETO!-Básil fue hacia el murciélago pero este le esquivó y saltando por la ventana echó a volar. Yo habría reconocido esa pata de palo y el ala rota en cualquier parte. ¿Podría ser verdad que…?

-Oh, no…-dijo uno de los camareros mientras la mujer lloraba sobre el cuerpo del ministro-está… está muerto.


Se suponía que tenía que ser una cena tranquila y agradable para celebrar nuestro pequeño descanso en la investigación antes de volver a Baker Street a trabajar. Pero instantes más tarde yo me encontraba sentado en uno de los largos pasillos del Parlamento, observando a Toby, nuestro perro, corretear por las callejuelas mientras esperaba a que Básil saliera de su reunión. Miré los cuadros que había en el pasillo. Todos eran de importantes políticos del Parlamento. Yo nunca me he considerado lo suficientemente inteligente como para emitir una opinión política sólida. Por desgracia para el país, la mayoría de la gente no pensaba como yo.

-No cabe duda, se trata de ese criminal-dijo el Primer Ministro, Preston McMousen, saliendo de su despacho acompañado de Básil y de la Reina-Básil, ¿cree usted que Rátigan…?

-Imposible, Preston-dijo Básil con suficiencia-Rátigan murió tras caer del Big Ben ¿recuerda? Su cadáver fue enterrado en el cementerio de Tottenham Hale. Los muertos son muertos.

-Ya, claro-Preston asintió con gravedad mientras se recolocaba su grueso monóculo. El Primer Ministro Británico era un roedor muy alto, con lustrosos bigotes y un peinado que a mí personalmente me ponía un tanto nervioso: una especie de cresta moderna pero con rulos a la antigua usanza.

-Señor Preston, Majestad, les aseguro que encontraré al culpable y pondré fin a esta abominación. El Ministro de Finanzas no habrá muerto en vano-dijo Básil con decisión.

-Eso espero Básil… como siempre, confiamos en usted-dijo el Primer Ministro algo más tranquilo. Luego me miró a mí y me saludó con una elegante reverencia-señor Dawson…

-Oh Básil, confío en usted-dijo la Reina permitiendo que mi amigo la besase la mano, y luego a mí-¡Un placer verle, doctor Dawson!

-El placer es mío Majestad-dije yo sonriéndola.

Cuando se alejaron, Básil y yo salimos del Parlamento con intención de montarnos en Toby.

-¿Ve Dawson? Yo no tengo ningún problema a la hora de hablar con las damas-dijo Básil mientras se recolocaba su grueso pañuelo.

-Pero la Reina no cuenta Básil-bromeé yo divertido al ver como se picaba-¡dirigirse a Su Majestad no es lo mismo que hablar con mujeres jóvenes de su círculo social?

-¿Está llamando a Su Majestad una vieja?-preguntó Básil, desafiante.

-No, yo no he dicho eso-me defendí, sonrosado.

-Yo Dawson habló con mujeres constantemente-insistió Básil mientras tiraba del colgante de Toby. El perro ladró y se puso en marcha de vuelta a Baker Street-de hecho, no se si se acuerda, pero durante el robo del collar tuve una más que cordial amistad con Lady Labelle.

-Pero Básil, yo no me refiero a hablar de trabajo-insistí yo-¡si no de sus sentimientos! De cómo es, lo que le gusta… eso no suele hacerlo usted.

-¿Y qué necesidad hay de que lo haga?-exclamó Básil, claramente enfadado-como ya le expliqué, Dawson, no hay ratona ni ratón que pueda seguir mi flujo neuronal. Así que no voy a desperdiciar saliva intentando explicarlo. ¿Por qué le ve tanta importancia?

-No… por nada…-dije, conciliador.

Decidí dejar de insistir, al menos de momento, en ello.


-He ordenado venir aquí a los conocidos de la víctima. Es perentorio interrogarlos antes de ponernos a formular ningún tipo de hipótesis-me explicó Básil mientras preparaba su famosa "butaca de interrogatorios" en el salón de su confortable casa.

-Pero Básil… ¿no deberíamos empezar por Fidget?-le recordé yo, sin comprender muy bien su objetivo.

-Vaya haciéndolos pasar Dawson-me indicó él, ignorándome completamente como solía hacer cuando yo cuestionaba sus procedimientos. Y era comprensible que lo hiciera. Básil sabía bien como moverse por las cenagosas aguas de la investigación, así que no sería yo quién desmontara su método.

-Señor Básil, hay una docena de ratones esperando ahí fuera-nos avisó la señora Judson, empleada del hogar.

-Dígales que no se apiñen todos en la puerta si no quieren que venga un exterminador. Que se vayan a otro sitio y esperen su turno-dijo Básil, molesto.

A continuación nos siguió el más largo desfile de ricachones y burgueses que yo he presenciado en mí ya larga vida (y eso que he acudido a cientos de reuniones de la jet-set). Los conocidos de Farcile eran ratones con mucho poder e influencias, pero la verdad, como gentilratones dejaban mucho que desear. Eran estirados, desagradables, egoístas e incluso crueles. Debo decir que admiro el temple y el savoir faire con el que Básil supo manejarlos a todos exprimiéndolos para sacarlos hasta el más mínimo detalle sobre Candy Farcile sin perder los nervios, porque yo mismo, en varias ocasiones, estuve a punto de perderlos. Pero es que en cuanto a interrogatorios se refiere, Básil es todo un profesional.

-Y finalmente, usted-dijo el detective, observando a la viuda de Farcile, que acababa de entrar en la estancia. Extrañamente era la última de la lista (pero ya les he dicho que yo no pensaba cuestionar a Básil más)-su nombre es Linda… Linda Van Blood… ese no es un apellido muy común…

-Es usted rrealmente observadorrr detective-dijo Linda recostándose en el sofá de la estancia mientras contoneaba delicadamente sus caderas. Me miró como si supiera perfectamente que es lo que yo estaba pensando, así que me apresuré a observar con fingido interés la colección de fotografías de delincuentes que Básil tenía sobre su chimenea.

-Dígame… ¿hace cuánto que se casó con Farcile?-preguntó Básil escribiendo sus anotaciones rápidamente en su cuaderno.

-Crrreía que usted errra capaz de adivinarrr cualquierrr cosa, detective Básil-dijo ella pestañeando lentamente mientras le daba una calada a su cigarrillo. Básil respiró profundamente. Le quedaba paciencia, pero empezaba a ser poca.

-Le diré mis deducciones más adelante. Por favor, conteste a mi pregunta-la insistió. Ella reflexionó unos segundos, y finalmente se decidió a hablar.

-Un año. Nos casamos en febrrrero del año pasado.

-Oh, vaya… un año-dijo Básil anotando rápidamente. Yo tenía en mis manos la foto de Rátigan, y al escuchar aquello no pude si no mirarla conmovido: aquella pobre roedora había perdido a su marido tan pronto… en realidad teníamos mucho en común.

-Yo sí que sé lo que piensa usted, detective-dijo Linda, altiva, mientras fumaba nuevamente de su cigarrillo.

-¿Ah sí?-Básil arrugó la frente, extrañado-¿y qué pienso yo?

-Pues…-Linda intentó buscar las palabras en nuestro idioma, que claramente no dominaba todavía-pues que soy una mala mujerrrr… una de esas que se arriman a los hombrrres rrricos… porrr su dinerrro, y su forrrrtuna… se equivoca… yo no soy una de esas mujerrres…

-Ya. Pues todo indica lo contrario-dijo Básil ignorando como ella se restregaba por el sofá como una culebra. A mí me costaba más ignorarlo. De verdad que quería mirar a cualquier otro lugar de la sala que no fuese a la esbelta y fascinante Linda… pero es que ningún otro lugar merecía la pena.

-Perrro Farcile si erra uno de esos hombres… no voy a mentirrrle-dijo ella de repente. Yo la miré con sorpresa, pero Básil no tanto.

-La esposa es sin duda la que tiene las cosas más interesantes que decir del marido. Sin excepciones-dijo Básil con satisfacción.

-Pero Lind… señorita Van Blood-dije yo, intentando entenderla.

-Candy solo me quería porrr lo que podía ofrrrecerle… ya me entienden-dijo ella, y llevando sus manos hacia su ceñido traje negro se abrió descaradamente el escote, dejando al descubierto su voluptuoso pecho cubierto de pelaje blanco.

-¿Y entonces, si usted no es así por qué se casó con él?-quiso saber Básil con interés. Ella agachó la cabeza, algo molesta.

-Necesitaba obtenerrr la ciudadanía inglesa… no podía rrregresarrr a Transilvania-confesó-conocí a Candy y sabía que yo le gustaba. Él era mi única salida.

-Ajá. Muy bien-dijo Básil dejando a un lado su blog de notas y observándola con atención-¿y qué hay de su hijo? El que usted trajo de Transilvania, claro, no ninguno que haya tenido con Candy. Usted llegó de su país con un hijo pequeño, de padre desconocido. ¿Me equivoco?

-Créame, yo conozco a su padre muy bien-dijo Linda apretando los dientes con rabia. Básil sonrió burlón, contento de haberla conseguido desmontar su faceta de indiferente femme fatal.

-Yo no, pero le puedo decir que debe de ser un murciélago. Porque su hijo es un híbrido ¿no? En el registro nos consta como una mezcla entre murciélago y ratón…

-Su padre es un murrrciélago, sí… errra… falleció hace tiempo-explicó Linda-perrro no entiendo que tiene que verrr eso…

-El asesino de Farcile es un murciélago ¿recuerda?-dijo Básil hablándola con un tono infantil. Al notar que se estaba burlando de ella, Linda se autocontroló y volvió a adoptar la pose tranquila de antes. Incorporándose lentamente en el sofá se ajustó sus guantes negros mientras seguía observando a Básil.

-El murrrrciélago es un crrriminal buscado, ¿no? Un tal Fidget, que yo rrrecuerrrde-dijo la hermosísima ratona con calma-mi hijo no tiene nada que verrrr.

-¿Puede decirme por qué no ha venido su hijo a hablar conmigo entonces?-preguntó Básil interesado. Ella vaciló unos segundos.

-No sé dónde está-admitió finalmente.

-Ya…-Básil apuntó de nuevo-muy bien, señorita Van Blood. Pues creo que eso es todo.

-Sigue pensando que soy una de esas mujerrres, ¿no es cierrrto? Se lo veo en los ojos-dijo ella, incorporándose y yendo hacia Básil.

-Un detective se guía por las evidencias. Y en este caso, todo evidencia a un crimen de interés… debo mencionar que usted y su hijo Baltus son los beneficiarios de toda su herencia, ¿no es cierto?

Yo no podía creer las graves acusaciones que Básil estaba lanzando sobre Linda, pero también estaba dudando. Pero también empezaba a dudar… ella ocultaba algo, eso lo veía hasta yo… ¿pero el qué? Todo aquel asunto me estaba escamando.

-¿Y si yo me acerrrcase a usted… y le ofreciera lo mismo que le ofrrrrecí a Farcile? ¿Seguirrrría dudando?-Linda se sentó en las rodillas de Básil, y levantando sus manos le acarició las orejas. Él permaneció impasible, pero parecía enfadado.

-Señorita, bájese ahora mismo-pidió, molesto-en serio…

-Sé que es usted un hombre frrrrío y sin corrrrazón…-dijo Linda susurrándole al oído-pero eso a mí no me asusta…-sus labios rozaron la oreja de Básil, haciendo que el joven detective reprimiera un escalofrío. Luego las manos de Linda bajaron a los pantalones de Básil, y levemente acariciaron su entrepierna.

-Señorita… ¡Dawson!-me llamó, pidiéndome ayuda. Yo me encogí de hombros. A parte de sentir envidia por Básil, no sabía que más hacer.

-Tiene que encontrarrr a mi hijo, detective Básil-dijo Linda finalmente, incorporándose y yendo hacia la puerta-es demasiado importante…

-Ya. Bueno, le agradezco su información-dijo Básil-pero debo suplicarle que esté disponible para que se la requiera en cualquier instante.

Ella se volvió mientras se envolvía el cuello con un elegante fular de seda roja. Luego, para mí absoluto estupor, me miró y me guiñó un ojo.

-Yo estoy siemprrre disponible… parrra ustedes…

Después empujó a la señora Judson y cerró la puerta.

-En todos mis interrogatorios nunca…-empezó Básil, fastidiado-Dawson… ¿Dawson?

Yo debía exhibir una expresión ciertamente necia en mi rostro, porque Básil, desesperado, pasó una mano por delante de mi cara tratando de devolverme a la realidad.

-Dawson… no puedo creerme que haya caído en sus trampas… la clásica sospechosa número uno, no hay duda-dijo Básil, concentrado siempre en primer lugar en el caso.

-¿Cree que ella es la culpable?-pregunté yo volviendo en mí al escuchar las cavilaciones de mi socio. Básil para mi alivio negó con la cabeza.

-No. Pero es obvio que oculta algo. Aquí hay gato encerrado, Dawson. Me temo que tenemos mucha tela que cortar todavía…

-¿Y por dónde cortamos ahora, Básil?-pregunté yo, aún con el aroma de Linda en mi morro.

-Por Fidget.

-¿Por Fidget?

-Exacto.


Básil tenía una costumbre algo extraña y cuestionable, que era guardar alguna parte de sus enemigos, ya fuesen pelos, uñas o dientes, en el interior de las fotografías que coleccionaba en su estudio.

-Toby, olisquea-dijo sacando los pelos de la cabeza de Fidget que había conseguido en su último encuentro con el psicótico murciélago-tenemos que encontrar a Fidget ¿te acuerdas de él, Toby? El murciélago…

El perro olió los cabellos de Fidget con mucha atención e instantes después tenía ya rumbo. Nos montamos en su grupa (yo como siempre acabé colgando del rabo) y Toby nos guió por Londres directo a las fangosas orillas del Támesis.

-¡Vamos Toby! ¡Busca, busca!-exclamó Básil, impaciente por encontrarlo.

Finalmente nos detuvimos en un pequeño barrio de casuchas habitadas por los ratones más pobres y peligrosos de la ciudad. Básil comenzó a mirar entre los tabernas con avidez, mientras yo le seguía, aturullado.

-¿No es mejor que nos disfracemos, o algo así?-pregunté yo mientras unos marineros bastante maleducados escupían en mis zapatos italianos.

-No crea, Dawson. Fidget no es Rátigan. No hace falta engañarlo. En cuanto nos vea, él vendrá a nosotros.

Y no se equivocaba. Saliendo de un callejón particularmente oscuro, Básil se encendió su pipa cuando yo distinguí algo en las sombras. Una sombra alada y amenazante… venía directo hacia nosotros.

-¡Cuidado Básil!-exclamé, preocupado. Pero mi amigo detective llevaba rato esperándolo. Girándose a toda velocidad le lanzó el tabaco ardiente de su pipa a Fidget en el ojo. El murciélago rodó por el suelo profiriendo gritos e improperios, dolorido.

-¡Ayayayayay! ¡Auauauau! ¡Básil, Básil, maldito Básil! ¡Te mataré!-gritó con su voz cascada y agresiva. Se me heló la sangre. Había olvidado lo terrorífico que resultaba Fidget visto de cerca: con sus enormes dientes de tiburón y esos ojos amarillos inyectados en sangre. Tenía una pata de palo y un ala rota… idénticas a las del asesino del bar.

-Necesito que te estés quieto, Fidget. Tengo que hacerte unas preguntas-dijo Básil mientras esposaba al neurótico murciélago, que seguía intentando morderle y escapar, a una de las farolas que había al lado.

-¡Nononononono! ¡Maldito Básil! ¡Te mataré, te mataré! ¡No pienso ir a la cárcel!-gritó Fidget enfurecido.

-No he venido aquí para detenerte, Fidget-dijo Básil cruzándose de brazos. El murciélago arqueó una ceja sorprendido y luego le miró con indecisión.

-¿Ah, no?

-No. Tengo que hacerte unas preguntas. Me temo que alguien se está haciendo pasar por ti y quiere incriminarte por un crimen que sin duda cometerías, pero que en esta particular ocasión no has cometido ¿me entiendes?-dijo Básil iluminando el rostro del murciélago con su pipa.

-Más o menos-respondió él-yo no he hecho nada Básil yo no he hecho nada… he estado aquí todo el tiempo… desde que Rátigan me tiró del dirigible no me he movido del Támesis.

-Me sorprende que sobrevivieras, la verdad-reconoció Básil, admirado-pero tampoco fue nada inesperado para mí. Ahora dime Fidget… ¿has hablado con algún otro murciélago en estos últimos días?

Fidget miró a un lado y a otro, nervioso. Básil se impaciento.

-Fidget, la verdad.

-Pues… sí, la verdad es que sí Básil, señor eh… sí-reconoció el murciélago-vino a verme hace unas semanas… un murciélago jovencito, sí, era jovencito Básil, jefe. Era como de Rusia o un sitio así de por América.

-Rusia no está en América, so bruto-le corregí yo (esta fue mi mayor contribución al interrogatorio, la verdad).

-Era de Transilvania, Fidget-dijo Básil-¿y qué te preguntó?

-No ssé, me contó cosas raras… no me acuerdo, no me acuerdo-dijo el murciélago, y al igual que Básil yo determiné que no estaba mintiendo-me hizo beber… mucho, jejeje… bebí mucho, Básil, jefe, amo.

-Ya. Fidget, me temo que Baltus solo quería observarte para poder suplantarte y acusarte del asesinato de Farcile. Una táctica muy astuta, pero muy obvia para alguien como yo. Y el que no se haya presentado aquí solo lo confirma.

-Ah… vaya…-Fidget se encogió de alas. A él ni le iba ni le venía-esto… ¿puedo irme ya, Básil, alteza, puedo? Ya he terminado aquí, ya he terminado… dijiste que no me detendrías, ¿te acuerdas?

-Yo no, pero la policía sí, cuando pasen por aquí, claro está-dijo Básil secamente. Fidget abrió mucho los ojos, horrorizado-me has proporcionado una ayuda, pero no puedo pasar por alto tus ignominiosas colaboraciones con Rátigan.

-¡Nononono! ¡Básil, Básil, Básil! ¡Maldito seas, maldito!-los estridentes ruidos de Fidget continuaron resonando en los oscuros callejones mientras Básil y yo nos alejábamos envueltos en nuestros gruesos abrigos negros, meditando en nuestras turbulentas mentes todo lo que el murciélago nos había dicho.


-Esto es más grave de lo que me imaginaba… no atisbo a ver la salida de este túnel…-Básil jugueteaba con el arco de su violín distraídamente mientras yo examinaba su agenta de notas-resulta que había veneno en el vino que tomó Farcile. ¡Veneno! ¿Por qué? Quisiera analizar el cadáver, pero de momento lo tienen los forenses…

-Pues si le soy sincero Básil, yo no lo sé-dije con humildad devolviéndole su agenda-lo único que entiendo de todo esto es que todas sus sospechas apuntan a Linda.

-Sí… ¡no me mire así, Dawson! Tiene el móvil, el dinero de Farcile, y por supuesto su hijo podría haber colaborado con ella, y ahora ella podría estar ocultándolo temerosa de que yo pueda desenmascararlos-sentenció Básil finalmente. Yo asentí. Sí, eso cuadraba bastante bien. Pero conocía a Básil lo suficiente como para saber cuándo hablaba en serio.

-Pero usted no cree eso de verdad, ¿a qué no?-dije. Mi amigo negó con la cabeza.

-Demasiado obvio. Puede que Linda esté mezclada, eso no lo sé… pero desde luego el móvil no es ese. ¿Y dónde entra el veneno, si ya iban a apuñalarlo? En realidad, creo que la clave está en Baltus, el bastardo murciélago. Él tiene la llave de todo este asunto…-dijo, dando vueltas por la estancia-¿pero cómo…?

En ese momento entró la señora Judson, y detrás de ella el Primer Ministro Británico, McMousen. Me puse en pie inmediatamente para saludarlo cortésmente. Él sin embargo no fue tan cortés, porque me pasó de largo.

-Básil, tenemos un problema-le dijo al detective, que alzando las cejas le detuvo en el acto con un grácil gesto de su pata.

-Déjeme adivinar, por favor. La llave de la caja de caudales de Inglaterra. La han robado-dijo. McMousen se quedó muy sorprendido de la predicción de Básil.

-¿Yya… ya lo sabía?-preguntó el Primer Ministro recolocándose su grueso monóculo.

-Pues no. Pero ha sido verle y reconocer la expresión de un hombre sin un centavo-dijo Básil encogiéndose de hombros.

-Ya…-gruñó McMousen, molesto por el comentario-mire Básil, como ya sabe esa caja se encuentra en un subterráneo, y solo esa llave abre la entrada. El ministro de Finanzas era el encargado de guardar la llave, y siempre la llevaba encima para protegerla con su vida.

-Precaria medida. Para esconder algo lo mejor es apartarlo lo máximo de ti-dijo Básil mientras iba hacia la mesa de su estudio y bebía un sorbo de su té-bien, dígame… ¿la cámara está bien protegida?

-Hay guardias, sí, pero ese no es el problema-dijo McMousen, impaciente-el problema es que…

-Ya he deducido cuál es el problema-le cortó Básil molesto-obviamente si no se puede entrar, tampoco se puede sacar el dinero, ya sea para bien o para mal.

-Exactamente…-el Primer Ministro se desmoronó, angustiado-¡Básil, escuche! ¡Si en el Parlamento se enteran de esto pedirán mi cabeza! ¡No puedo ser el primer Primer Ministro que deje a Inglaterra totalmente en la bancarrota por no poder entrar en su caja!

-¿No pueden forzar la cerradura?-quise saber yo. Lo veía bastante lógico.

-Claro que no, es imposible-me respondieron Básil y McMousen a la vez, impacientes.

-Tiene que conseguirme esa llave, Básil… como sea-dijo McMousen zarandeándolo impaciente-¡imagínese que ese Fidget la vende o algo así! ¡El tesoro nacional estaría en peligro!

-Fidget ya está camino de la prisión, y además él no ha tenido nada que ver, señor Ministro-dijo Básil con calma mientras se sentaba y continuaba bebiendo de su taza-le voy a decir lo que haremos: deme veinticuatro horas. En ese tiempo, tendré su llave… y al culpable, naturalmente.

El Primer Ministro miró a Básil desconfiado. Era un pronóstico demasiado optimista para alguien que está sin pistas, pero yo sabía que Básil dominaba el factor sorpresa… ¡sí, lo sabía bien!

-Muy bien Básil. Eso me tranquiliza. Buenas noches-dijo finalmente antes de salir poniéndose de nuevo su sombrero de copa que tapaba su aborrecible cresta y rulos. De verdad, cómo podía un ratón tan bien educado llevar un peinado así.

-Así que… ¿veinticuatro horas?-le pregunté a Básil sentándome enfrente suyo. Él dejó el té y tocó unos acordes en su violín. Luego asintió, sonriendo.

-Y me sobran veintitrés.


-Señorita Van Blood… soy yo, el doctor Dawson… David Q. Dawson.

Sé lo que se preguntan ¿qué hacía yo, un humilde roedor ya entrado en años y con cierta tendencia a meter la pata en frente de la puerta de la impresionante, deslumbrante y bellísima señorita Van Blood? Bueno, no crean que fue por iniciativa propia (no tengo tanto descaro). Básil me había enviado allí con una instrucción muy clara: coger a la señorita Van Blood y llevarla de inmediato al Parlamento, donde él nos estaría esperando. ¿Y por qué había confiado Básil algo tan delicado como aquello a alguien como yo? Me enorgullece poder decir que aquella noche me demostró que él confiaba en mí por encima de cualquier otro roedor en la faz del orbe.

-Dawson… ¿qué es lo que ocurre?-ella venía envuelta en una preciosa bata roja y negra, con el pelo húmedo, de lo que se deducía que acababa de bañarse (fíjense, se me están pegando las dotes detectivescas de Básil al final).

-Básil quiere reunirse con nosotros en el Parlamento… ignoro por qué. Solo me ha pedido que la convenza-la dije. No sé si ella notaba mi sonrojo. Recé en mi interior para que estuviese lo suficientemente oscuro como para que no reparase en él.

-Entrrre-me invitó Linda Van Blood con voz glacial. La casa era bastante siniestra, pero adorada de manera opulenta con muebles caros y filigranas de oro. Un enorme cuadro de Farcile y Linda coronaba el pasillo.

-Sé que Básil sospecha que yo tengo algo que verrr en lo de mi marrrido… perrrro está equivocado… usted me crrre, ¿no?-Linda me miró directamente, y yo sentí que me derretía. Cielos santo, ¿qué me estaba ocurriendo? Hacía años que una mujer no…

-Yo señorita Linda, yo… yo no sé qué creer-dijo finalmente Dawson con sinceridad. Ella asintió y se acercó más a mí, hasta que sus pechos voluptuosos rozaron con los míos (estoy un poco rellenito, nada más).

-He visto como me mirrrra… sé lo que piensa de mí…-dijo ella posando sus dedos de afiladas uñas cerca de mi cuello. Tragué saliva, incómodo-… igual que Candy.

-Se equivoca usted, señorita-me atreví a decir, y ella me miró con sorpresa.

-¿Cómo?

-Yo no soy como Candy-dije valientemente-jamás me atrevería a caer en el error de considerar a una dama… tan solo por su apariencia. Una mujer es mucho. Es mucho más.

Linda asintió lentamente. Ahora me miraba de otra forma, como si acabase de verme por primera vez. La forma en que me miraba ahora me gustaba… mucho más.

-Usted ha estado casado antes, ¿no es cierrrrto?-dijo la mujer. Yo asentí lentamente.

-Sí, hace años-reconocí, sin poder disimular mi tristeza-la amé mucho mientras vivió.

-Lo siento mucho. Entiendo lo que siente. Al padrrrre de Baltus, Igorrr, yo también lo amaba mucho-me explicó la mujer tomándome de la mano-el dolorrrr es desgarrrrador…

-No hay un día que pase en que no piense en ella-reconocí, y Linda me sonrió enternecida-pero la mejor manera de honrar su memoria es que yo siga siendo feliz. Sin olvidarla. Pero sin quedarme estancado.

-Eso es muy bonito-reconoció ella, y noté como su mano me apretaba más. Entonces entendí que era el momento de ponerse serios. Ya tenía su confianza. Ahora necesitaba su cooperación.

-Señorita Linda… necesito que me acompañe al Parlamento ahora mismo-dije, mirándola a los ojos. Tuve el impulso joven e imprudente de besarla, que naturalmente contuve y desterré de mi corazón.

-Doctor… corro un grrrave peligrrrro si voy… mi hijo…

-Lo sé, pero escúcheme… yo confío en Básil, ¿sabe? Él puede arreglarlo… y de hecho sabe cómo-dije con firmeza. Caray, ¿de verdad estaba yo tomando las riendas por una vez? Me sentía poderoso-si yo confío en Básil, Linda… ¿confía usted en mí?

Linda dudó unos segundos. Finalmente asintió.

-¿Porrr qué no… David?-dijo, y después de que se vistiera rápidamente me acompañó a lomos de Toby hacia el edificio del Parlamento.


Cuando llegamos, Básil ya nos estaba esperando. El ratón sonreía con suficiencia, por lo que yo deduje que controlaba la situación. Mi pregunta era… ¿de qué clase de situación se trataba? Porque estaba muy oscuro, y cuando nos indicó que descendiéramos por unos oscuros escalones en dirección a los sótanos del edificio empecé a preocuparme.

-Básil, ¿a dónde vamos?-pregunté sin poder contener más mi miedo.

-Ssssssh, Dawson, si nos escuchan estropeará la sorpresa ¿me entiende? Tenemos que esperar el momento oportuno-dijo él con calma. Negué con la cabeza y luego miré a Linda encogiéndome de hombros.

-Un momento…-ella parecía súbitamente alarmada-¿qué prrrrretende usted?

-¡He dicho silencio! Dawson, ciérrela esa boquita si no quiere echarlo todo a perder!-me dijo Básil con enfado, como si yo tuviera la culpa de que ella estuviese hablando. Nervioso, le supliqué con la mirada a Linda que se callase.

-Confíe en él…-le susurré. Ella asintió, nerviosa.

Al cruzar un pasillo particularmente oscuro llegamos a nuestro destino: una larga pared de piedra negra, con un enorme candado de oro que bloqueaba una puerta cerrada a cal y canto. Quise observarla más de cerca, pero Básil no me lo permitió. Al parecer estábamos esperando a que alguien llegase a la cámara del tesoro…

-Bien…-Básil sonrió cuando una sombra apareció en la oscuridad y avanzó hacia la cámara. Linda ahogó un gemido y miró a Básil consternada. Aquella silueta no era ningún murciélago, desde luego. No se trataba de Baltus.

Era Candy Farcile. El ministro de Finanzas exhibía un aspecto mucho más saludable que la última vez que yo le había visto en la morgue. Con paso resuelto avanzó hacia la cámara y extendiendo la llave se dispuso a abrirla.

-Buenas noches, señor Farcile-Básil apareció detrás suyo sonriente, y él se giró, con la boca abierta.

-¿Ba-básil?-exclamó, descolocado-¿ppero cómo? ¡Linda! ¡Tú se lo has contado!-señaló a su mujer, acusador.

-¡Pues clarrro que no, Candy!-protestó ella, llorosa-¡he hecho todo como me dijiste! ¡Yo no…!

-Sigue vivo… usted sigue con vida… ¿cómo es posible?-exclamé yo. Los tres me miraron como si fuese el burrito de la clase. Obviamente a mí se me escapaban cosas que todos los demás ya sabían.

-Observe atentamente Dawson. Piense-dijo Básil con una sonrisa triunfal-¿recuerda lo que le dije la noche en la que cenamos en el Ducasse?

-Pues… que ella era su esposa… por lo de… su pintalabios…-recordé de repente. Las marcas de pintalabios de Linda. El hombre las llevaba por toda la boca y el cuello. Era un poco vergonzoso. Pero era cierto-el pintalabios…

-¡Exacto Dawson! Bueno, yo no me refería exactamente a eso, ¡pero el pintalabios tiene mucho que ver!-exclamó Básil de nuevo con aquella vibrante emoción en el rostro-¿no se acuerda? El sueño de la muerte, ¿eh? ¡El letargo inducido!

-El sueño de la muerte…-repetí yo. Recordé lo que Básil me había contado mientras estábamos cenando. ¡Era cierto! El cuerpo humano detiene sus funciones vitales, no necesita comer, ni respirar, ni dormir…-pero… no lo entiendo… ¿por qué él?

-Era todo un montaje, Dawson. ¿Recuerda el veneno en el vino del que nos alertaron los de la forense? ¡Él se lo bebió a propósito! Mezclado con un potente placebo que venía dado en los pintalabios de Linda, no le causaría la muerte, sino un temporal sueño del que podría despertarse una vez todos lo hubiésemos creído muerto.

-Un buen plan-razone yo, mirando al asustado Candy que miraba a Linda y a Básil a cada tiempo-así que fingió su muerte ayudado de su esposa y su hijo… para poder robar en la cámara con la llave de las Finanzas… ¿y después?

Miré a Linda angustiado. Así que efectivamente si era culpable. Culpable de mentir, de pretender perpetrar un robo… y de romperme el corazón.

-No Dawson, no de nuevo. Eso es lo que pensé yo al principio. Que el montaje lo habían hecho entre Farcile, Linda y Baltus para saquear la cámara de Londres y huir del país con todo el oro. Pero no es cierto. En esta historia, Linda y Farcile no son los malos… si no los buenos. He tenido suerte de encontrarle Candy, antes de que haga una locura.

-Usted no lo entiende Básil… él no parará hasta conseguirlo… así que debo advertir a la Reina… llevarlo ante ella-dijo Candy muy convencido-ya he corrido demasiados riesgos.

-¿Él?-pregunté yo, impaciente. ¿Por qué no podían soltarlo todo de una vez y ya? ¿Es que era tan difícil?

-Se refieren a mí, doctor Dawson-dijo una voz desde atrás. Del susto casi me caigo al suelo de culo. Se me heló la sangre al encontrarme nada menos que con el Primer Ministro McMousen… y con el famoso Baltus, el hijo de Linda.

-¿Pri… Primer Ministro?-dije, sin comprender.

-Él querrría las llaves desde hace años-me dijo Linda al oído-amenazó a Candy con matarrrrlo si no se las daba, perrrro no podíamos cederrr a su chantaje… luego se acerrcó a Baltus… yo no pude evitarrr que le lavase el cerrrebro.

-No me ha lavado nada mamá-dijo Baltus con morbosa satisfacción-yo estoy aquí por el dinero. Igual que lo estabas tú.

-Eso no es cierrrrto hijo-se defendió Linda, dolida.

-Lo sabía-dijo Básil mirando a McMousen triunfante-me temo que Inglaterra lleva teniendo un Primer Ministro corrupto desde hace dos años. Mala suerte, la nuestra.

-Oh por favor Básil, todos los Primeros Ministros son corruptos-rebatió McMousen con desdén. Luego sacó un trabuco y apuntó a la cara de mi amigo con descaro-en fin, a lo nuestro. Es hora de morir.

-Un momento, por favor se lo pido-replicó Básil educadamente. McMousen levantó una ceja, extrañado-si no le importa, antes de morir me gustaría dejar resuelto este último caso, para que mi fiel amigo y socio el doctor Dawson pueda entenderlo.

-Te va a dar igual Básil, porque a él voy a matarlo también de todas formas-dijo McMousen con una mueca de desagrado en el rostro.

-Verá, doctor, dentro de la cámara, además de cantidades ingentes de oro y joyas pertenecientes a la Corona de Inglaterra hay una cosa más: los documentos firmados por la propia Reina que le otorgan su poder sobre el pueblo en nuestra Constitución. Sin esos documentos, su reinado puede ponerse en entredicho… lo que equivale a una República, de la que su presidente sería… nuestro Primer Ministro.

-Jefe de Estado…-deduje yo, impresionado-así que su plan era ese… ¡el muy bribón!

-Conseguí que Baltus se pusiera de mi parte ¡más lo han hecho!-explicó McMousen reajustándose su grueso monóculo con malignidad-pero la noche que lo mandé a asesinar a su padre disfrazado de Fidget para robarle la llave él y Linda ya lo tenían previsto. Cuando le apuñaló y le dimos por muerto Farcile escapó de la morgue y dejó otro cadáver en su lugar, escapándose con la llave para proteger los documentos.

-Usted me pidió que encontrase la llave, y desde entonces me ha seguido hasta aquí-completó Básil mirando a McMousen casi con orgullo-¡muy bien jugado, McMousen! Ha sabido adaptarse bien a las adversidades, como un buen villano, y al final ha conseguido llegar a la llave una vez más.

-No necesito tu felicitación, Básil-replicó McMousen con desprecio-necesito la llave de la cámara. Ahora.

Apuntó a Farcile, que la apretó fuertemente contra sus manos, decidido a morir por ella.

-Désela, Farcile…-dijo Básil tragando saliva-no tiene sentido morir por esto…

-Nos va a matar de todas formas…-respondió él, angustiado-así que no, no pienso dársela.

Tengo que reconocer que el ministro de Finanzas, para ser un ministro de Finanzas, me cayó bien. Así es como hay que plantarle cara a la muerte. Pese a ello, no podía evitar sentir una pizca de envidia por él, y por como Linda no dejaba de mirarle ni un segundo.

-Está bien, la única solución es mataros a todos-dijo McMousen, y a su lado Baltus asintió, satisfecho-no es muy limpio pero… es lo que hay. Me las he visto en peores.

-Tiene razón, McMousen-dijo Básil avanzando hacia él sin miedo-¿pero sabe una cosa? Yo también.

Con un rápido movimiento Básil le quitó el arma. McMousen gritó furioso y forcejeó con él. Ambos caballeros lucharon por toda la sala mientras los demás corríamos para evitar ser apuntados por el cañón de la pistola. Baltus sacó una navaja e iba a intervenir cuando alguien se tiró encima suyo y le noqueó. Debo decir que viendo el valor que había demostrado Farcile, yo no podía quedarme atrás a ojos de la señorita Linda.

-¡IDIOTA!-McMousen alejó a Básil mientras recuperaba su arma-¡esto ha acabado, Básil! ¿No lo entiendes? ¡Gano yo!

-¡Queda usted detenido, por orden de Su Majestad!-unas enormes manos agarraron a McMousen y lo sujetaron, mientras cinco enormes guardias más entraban en la estancia y atrapaban también a Baltus, tirándolo en el suelo y dejándolo inconsciente.

-¡Doctor!-Linda me abrazó asustada, y yo sentí que me elevaba hasta los cielos.

-Su Majestad, como le dije el caso está resuelto-dijo Básil mientras la Reina en persona entraba en la estancia y miraba a McMousen, furiosa.

-No puedo creerlo. Yo confiaba en usted-dijo la Reina, con las manos temblorosas-¡Llévenselo de inmediato!

-¡No, NO, UN MOMENTO! ¡Un momento, Majestad, todo esto es un error! ¡Tiene que escucharme!-exclamó McMousen intentando liberarse de los guardias que se lo llevaban a rastras.

-Ella seguramente lo hubiera hecho de no ser porque has confesado todo tu plan-dijo Básil guiñándole un ojo malicioso-ahora nada va a impedir que ingreses en prisión.

-Q… ¿quiere decir que usted ya tenía todo esto planeado?-le preguntó McMousen a Básil, mirándolo con terror. Él asintió y estrechó la mano de Farcile, que estaba a un lado mirando a su hijo adoptivo con enfado.

-No hay nada como un buen plot twist, ¿verdad? Contacté con Farcile poco después de que usted me visitase en Baker Street para pedirme que encontrase la llave. N cuanto me dijo que le preocupaba ser un buen Ministro para los ingleses, supe que me estaba mintiendo. Así que encontré al ministro de Finanzas y le convencí para que fuera a la caja y pudiésemos montar este pequeño teatro. Mientras usted me seguía a mí, los guardias de la Reina le siguieron a usted, y ahora han grabado su confesión y saben a quién deben lealtad.

-Hay gente de mi parte… tengo contactos…-McMousen exhibió una horrible sonrisa degenerada mientras fulminaba con la mirada a Básil-¿me has oído Básil? ¡Tengo contactos! ¡Me vengaré! ¡Estás muerto, te lo juro, estás muerto!

-Sí, venga… hasta luego-se despidió Básil dándole la espalda con desdén para volver a concentrarse en la Reina-bueno Majestad… como siempre un placer ayudar.

-Le nombraría Sir, si no lo hubiese hecho ya-dijo la Reina emocionada-¡y usted doctor Dawson, como siempre le ha ayudado mucho!

-Solo cumplía con mi deber, Majestad… ayudar a mi buen socio-dije yo con modestia. La Reina me sonrió y después se marchó, llevándose consigo la llave de la cámara de finanzas. De momento sería mejor que ella misma se hiciese cargo…


-Supongo que ahora volverá con Candy, ¿no es cierto?-miré a Linda, que estaba de brazos cruzados observando las aguas del Támesis pasar. Ella se volvió hacia mí y me sonrió lentamente.

-¿Dónde si no irrrría?-dijo. Yo cavilé. No sabía cómo decírselo. Pero si había un momento, era ahora.

Pero no podía hacerlo. Ella era una mujer aún joven, con mucho por vivir, y yo ya rozaba esas edad en la que lo cariñoso es llamarte "persona mayor". No funcionaría… al menos, los dos pensábamos eso. Porque yo sabía lo que ella estaba pensando.

-Tendrré que irrr a prrisión a cuidarrr de Baltus… perro quisierrrra que viniese a verrme, de vez en cuando-dijo Linda mirándome y sonriendo. Yo asentí cortésmente.

-Se lo prometo-dije alzando una mano para darle mi palabra de ratón. Ella sonrió. Y entonces, acercándose a mí me dio un beso en los labios. Yo me puse colorado hasta la punta de la cola, y ella rió. Después, atusándome el bigote con un dedo me dio una última caricia en mis regordetas mejillas y se despidió.

-Adiós, doctorrr Dawson-dijo. Dándose la vuelta desapareció por la lluviosa orilla del río. Yo me quedé observándola largo rato, hasta que mi cansada vista no pudo verla ya más.

-Buenas noticias, Dawson. Acaban de llamar de la mansión de Major-Básil apareció detrás de mí contento como unas castañuelas. En sus manos sujetaba la pistola de McMousen, que seguramente guardaría como trofeo en casa-nos necesitan, ¿sabe? Ha habido un asesinato…

-Me parece bien Básil. Vayamos allí-dije yo. No pude ocultar cierta tristeza. Acababa de entender que el amor había pasado para mí, y era algo que no iba a volver a disfrutar en esta vida. Al menos no como cuando era joven.

-Dawson… Dawson…-Básil me miró preocupado al verme así, y entonces sonriendo me pasó una mano por detrás del hombro y me acercó hacia él, cariñoso-¿no le he dicho que las mujeres solo traen problemas? Creo que en la mansión de Major reside una bella joven llamada Lenore… tal vez quiera probar suerte con ella ¿no le parece? Podría ser otra buena adquisición.

Sabía que me la estaba poniendo fácil, así que aproveché.

-¿Sabe Básil? Creo que esta vez voy a dejársela a usted-dije, y él hizo una exagerada exclamación de disconformidad-¡No, se lo digo en serio, Básil! ¡No querrá llegar a mi edad sin haber amado nunca a una mujer! Pero no se preocupe, que yo voy a encontrársela… seguro que esa Lenore es aficionada a la música de Vivaldi como usted… ¡hágame caso… yo mismo prepararé su cita!

-¿Sabe que le digo, Dawson? ¡Que debería usted irse de cita al cuerno!

Mientras seguíamos discutiendo entre risas nos fuimos alejando en la luz del amanecer que poco a poco asomaba en Londres, disipando con cada paso las nieblas de nuestro futuro… ¿qué nos depararía? No lo sé. Pero junto a Básil, yo no tendría miedo. Seguramente no entendería nada hasta el final, pero miedo no tendría.


Mientras Básil y Dawson continuaban su paseo por Londres, lejos de allí en Tottenham Hale algo extraño sucedía. Unos niños que jugueteaban en el cementerio se alejaron corriendo asustados al escuchar unos ruidos desesperados, violentos, mórbidos, que retumbaron entre las tumbas como un trueno. Alguien se estaba moviendo bajo tierra. Alguien se estaba liberando.

Escarbando con sus afiladas uñas la alimaña fue abriéndose paso entre la tierra como un gusano, primero rompiendo la madera del ataúd, luego arrancando raíces y guijarros hasta ver por fin la verdosa luz de la superficie.

Rátigan salió de entre los muertos como en una pesadilla, boqueando para tomar aire, y después exhibiendo una espeluznante sonrisa con sus dientes largos y amarillos mató de un infarto al viejo sepulturero que se había acercado a ver qué ocurría. Después de esto, Rátigan soltó una siniestra carcajada mientras se quitaba la tierra del pelaje y sonreía al cielo.

-El sueño de la muerte, Básil-dijo, lamiéndose las heridas que aún conservaba su cuerpo por la inmensa caída. Luego nos miró a nosotros-¿no hay nada como un buen plot twist, verdad? ¡Jajajajajeejeeje!

FIN


¿Os gustó? ¿Fuistes capaces de resolverlo al igual que Básil? Dejadme un review con vuestras opiniones, por fa, ya sabéis que me encanta eso. Me ha gustado mucho escribir este relato, sobre todo por la perspectiva de narrarlo como el doctor Dawson, y por la escena final protagonizada por Rátigan, que es mi favorito de la peli :D