Siguiente historia. ¡Espero que os guste, por fa dejad un review!


IV. Otro timo del Honrado Juan

Película: Pinocho (1940)

Hola amigos ¡soy yo, Pepito Grillo! Como siempre, vengo a ilustrarles sobre los malos actos de algunos humanos, que una buena conciencia como yo no debe permitirles hacer. ¡Y es que son tantos!

Supongo que después de que Pinocho consiguiera ser un niño de verdad, les habrán quedado muchas dudas en la cabeza, como que pasó con él y con Gepetto, o con el hada, o con la ballena, o conmigo… pero ¿ y que hay de esos dos pícaros, ese par de sinvergüenzas problemáticos tan descarados que eran el Honrado Juan y Gedeón? Seguramente volverían a sus estafas habituales, y no les iría mal, como siempre ¿verdad? Bueno, esta es la historia de lo que después sucedió con los dos. ¡Lean, y a ver si pueden sacar una buena enseñanza de ello!


-¿Acaso no te parezco yo de confianza? ¡Venga ya!

El niño negó con la cabeza firmemente. La verdad es que el Honrado Juan parecía de todo, menos confiable. Un zorro nunca es de confianza, y menos aún uno ataviado con prendas tan teatrales como una capa y un sombrero de copa, y con un alargado bastón con el que hace movimientos pronunciados y dramáticos. Su acompañante, Gedeón, un gato con mirada poco inteligente y ropas también elegantes pero raídas y remendadas por el paso de los años, tampoco parecía el tipo de persona ideal para juntarse.

Pero aun así, como buenos artistas del chanchullo que eran siempre se las arreglaban para colarle un buen timo a sus desafortunadas víctimas, sobre todo a los niños, que son bondadosos y confiados, si no son además estúpidos, y de los que se puede sacar un buen beneficio monetario a poco que les insistas.

Ese era el caso de Paolo, un crio de seis años al que le gustaba más jugar a la fantasía en el bosque que estar en casa haciendo los deberes. Carne de timo, para en Honrado Juan.

-El doctor Juan lleva resolviendo los deberes de los niños desde hace décadas-le explicó el Honrado Juan hinchando el pecho mientras se le llenaba la boca de palabras insuflantes-¡yo le he resuelto los problemas de matemáticas de peras y manzanas hasta al mismísimo rey!

-¿Al rey?-Paolo abrió mucho los ojitos azules, asombrado.

-Sí, hijito, sí. Al rey-el Honrado Juan le cogió a Paolo su manzana y luego se acercó a un puesto de fruta de la calle, cogiendo una pera-tengo una manzana y le sumo una pera, ¿ves? Y ahora… ¡las resto!-se apresuró a engullir ambas frutas antes de que volviese el tendero.

-Entonces… ¿tú sabes cómo resolver todos los ejercicios del libro?-el niño le enseñó su cuaderno de problemas, preocupado. Tenía que hacer cinco ejercicios como tarea para mañana, o el maestro se enfadaría. La sonrisa del Honrado Juan se ensanchó aún más.

-Puedo resolver cualquier problema que me pongan, así es la gran mente de Juan, doctor en ecuaciones parasintéticas ortodoxas y en sintaxis feudal.

-Sintaxis feudal-repitió el pequeño, impresionado.

-Sintaxis feudal-asintió el Honrado Juan-mi compañero Gedeón y yo, de profesión sabios, viajamos por el mundo ayudando a los niños a resolver estos problemas… no tiene sentido que el maestro os los mande… él solo lo hace porque quiere quitaros tiempo de juegos. Para eso sirven los maestros… impiden que los niños jueguen, y así al final ellos se convencen a sí mismos de que lo que hay que hacer es trabajar duro, y se hacen adultos.

-Nunca lo había pensado así-reconoció Paolo reflexionándolo-papá dice que el trabajo dignifica al hombre… pero él no es un sabio.

-No, claro que no. Tú confía en mí Paolo-el Honrado Juan le guiñó un ojo y luego le tomó el libro de problemas-quince liras y no tendrás deberes por el resto del año. Palabra del Honrado Juan…

-Quince liras…-Paolo puso un poco de morritos-es más de lo que tengo ahorrado…

-Ay, pero tu padre seguramente pueda dejarte algo más…-le persuadió el Honrado Juan, mirando a Gedeón de reojo y sonriendo malvadamente. Paolo caviló.

-No tenemos mucho dinero… pero esto es importante… supongo que si me quedo sin postre unas semanas lo compensaría…-razonó.

-Oh claro… además los adultos siempre tienen dinero… lo que pasa que dicen que no tienen para que los niños no se lo gasten todo. Son muy avaros-razonó el Honrado Juan.

-Pero… ¿tú no eres adulto también?-preguntó el niño mirándole extrañado. La sonrisa del Honrado Juan tembló un poco, pero se apresuró a forzarla un poco más.

-Sí que lo soy. Pero un adulto bueno… existen solo unos pocos como yo ¿verdad, Gedeón?

Gedeón se estaba atiborrando en el puesto de frutas, pero se apresuró a asentir para darle la razón a su jefe.

-Pues… aquí tengo cinco liras… el resto os las puedo dar esta tarde…-dijo Paolo sacando de su bolsita de cuero las monedas. Los ojos del Honrado Juan brillaron por la codicia como dos rubíes. Extendió su mano, englobada en un guante, para cobrar la tan ansiada recompensa.

-Oh sí… es la mejor inversión de tu vida… ¡todo un año de juegos para ti! Y además muy buenas notas…-mintió, terminando de convencer a Paolo.

-¡JUAN!-la voz del policía hizo que el Honrado Juan pegase un brinco y saliese disparado por la calle sin pensarlo más, peor el agente fue rápido y lo agarró por la capa, impidiéndole escapar.

-¡Ugh!-protestó el Honrado Juan, atragantado. Gedeón al ver al poli corrió a esconderse dentro del puesto de frutas, donde el viejo frutero se había vuelto a quedar dormido. Aprovechándolo, el glotón gato se dedicó a vaciarle todas las existencias.

-Creía haberte dicho que no te quería más cerca de los niños, Juan-dijo el policía, el señor Bertolucci, mientras le sujetaba por el cuello de su camisa, impidiéndole escapar.

-¿De los niños, qué niños?-saltó el Honrado Juan fingiendo indignación-¡yo estaba haciendo la compra en la frutería!

-¡Ibas a estafarle a ese niño cinco liras, no te hagas el listo conmigo!-le amenazó el agente Bertolucci.

-Eso no es verdad agente, solo le estaba ofreciendo un favor… él quería compensármelo, no hay nada ilegal en eso-dijo el Honrado Juan con voz ahogada-no he hecho nada que no sea legal… conozco mis derechos.

-Sí, yo también-insistió el agente, apretándole más fuerte-mira, Juan, te lo voy a decir solo una vez, y quiero que te quede claro. Si os vuelvo a ver a ti o al bobo de tu amigo cerca de un niño, os mando directos al calabozo, ¿me habéis entendido? Y poca broma, que no me queda paciencia para eso.

-¿Pero por qué? No hemos hecho anda, no puedes encerrarnos sin pruebas…

-Conozco mis derechos-le recordó el agente, sonriendo. Luego se acercó más a Juan, hasta susurrarle en su zorruno oído-sé que os llevasteis a aquellos niños a la Isla de los Juegos… sé que fuisteis vosotros. Mi sobrino, Polilla, iba en ese barco… nunca más voy a volver a verlo…

-¿La Isla de los Juegos? Nop-el Honrado Juan se zafó del agarre del guardia y le miró sonriendo-no sé qué es eso, agente. Pero yo la noche en que los niños desaparecieron estaba en mi casa con Gedeón, plantando gardenias. Todos los vecinos me vieron. Así que tengo coartada.

-No vuelvas a acercarte a los niños, Juan-le recordó el guardia, e hizo temblar la porra en su mano-si te vuelvo a ver, me va a dar igual que tengas coartada o no.

-Claro agente, claro… ¡qué bien!-canturreó el Honrado Juan mientras se despedía de él con una educada reverencia quitándose el sombrero-¡siga atento, el pueblo le necesita! Vámonos, Gedeón.

Gedeón salió de la tienda con la boca empapada de jugo de ciruelas, y el Honrado Juan le agarró del cuello y se lo llevó corriendo antes de que el agente Bertolucci pudiese acusarlos de algo.


-La vida tiene etapas buenas y malas, Gedeón, pero esta es desde luego la más lúgubre que hemos atravesado-comentó el Honrado Juan mientras le servían una buena jarra de cerveza en una terraza cercana a la playa. A su lado Gedeón comía unas galletas y observaba a la gente pasear por la arena. Aunque aún no había llegado la primavera, ya se empezaba a ver señales del buen tiempo. Pronto el pequeño pueblecito de la Toscana se llenaría de turistas del interior, y el Honrado Juan y Gedeón podrían comenzar con sus estafas veraniegas, que incluían curas milagrosas para las quemaduras del sol, supuestas ventas de entradas para espectáculos que no existían, y la venta de una limonada de sabor especial que no era otra cosa que orina del gato. Junio, julio y agosto eran meses lucrativos para los dos villanos, pero tenían que sobrevivir hasta entonces.

-Miau…-Gedeón señaló a un niño bien vestido que parecía perdido y estaba llamando a su madre.

-Sí, sí, ya lo sé. Es presa fácil, pero no podemos-gruñó el Honrado Juan bebiendo de su jarra con mal humor-¡Nada de niños! ¡todo por culpa de Bertolucci, no nos quita ojo de encima! Y de ese Pinocho, que nos acusó… maldito niño… ¿cómo se supone que consiguió volverse humano? Que yo sepa, destransformarse es imposible…

-¿Miau?-Gedeón se encogió de hombros. La magia era un misterio para los dos. Solo sabían que la odiaban.

-Vamos a necesitar una buena idea pronto, Gedeón, o para junio solo seremos un saco de huesos-razonó el Honrado Juan-¿qué sugieres tú, Su Gatestad?

Gedeón vaciló unos instantes mientras limpiaba las galletas. Luego negó con la cabeza.

-Miau, miau-dijo. No se le ocurría nada de nada. El Honrado Juan se estiró del morro, cansado, y luego miró hacia donde se encontraba el camarero, que estaba ocupado atendiendo a unos clientes-creo que es el momento…

Se levantaron y echaron a correr hacia la salida de la terraza.

-¡EH!-protestó el camarero, intentando pillarles. Mientras se iban el Honrado Juan cogió un bollo de la señora de la mesa 5, lo mojó en el café del señor de la mesa 8 y se lo fue zampando hasta dar esquinazo al camarero.

-¡Jajajaja, le está bien empleado!-se carcajeó el Honrado Juan chocando con Gedeón una vez estuvieron lejos del peligro-¿Qué te digo siempre, Gedeón? Pagar es para los jubilados y los paralíticos, que no pueden correr. ¡JAJAJAJAJAJA!

-¡Miau, miau, miau!-se rió Gedeón, encantado. El Honrado Juan se cruzó de brazos, satisfecho, y luego miró a su alrededor. ¿Dónde se encontraban? Estaban cerca de la iglesia… y por tanto también del colegio, que estaba solo a unas calles de allí…

-Demos un paseo para bajar la comida, Gedeón-dijo el Honrado Juan atusándose los bigotes mientras intentaba pensar un nuevo timo. Tal vez podían intentar robar de nuevo del cepo de la capilla, pero empezaba a ser arriesgado porque el sacerdote les tenía ya fichados, y además era amigo de Bertolucci. El cerco sobre ellos empezaba a estrecharse en ese pueblo. Juan sabía que, más pronto que tarde, iban a tener que emigrar a otro pueblo donde empezar de nuevo con sus estafas.

De repente algo le detuvo. Eran un grupo de niños, más bien eran chicos de ya unos quince años, y parecían estar hablando en corro de algo importante. El Honrado Juan arqueó una ceja. Más fáciles todavía que desplumar que los niños eran los adolescentes, que además de ingenuotes y atolondrados cometían el tremendo error de creerse adultos cuando todavía no lo eran. Y Bertolucci no había dicho nada de adolescentes, ¿verdad? Solo de niños pequeños…

El Honrado Juan se acercó hasta el grupo de chavales, quedando solo a unos metros de ellos: eran chicos y chicas, y rodeaban a otro niño de su edad, de enormes gafas de culo de botella y aspecto frágil, increpándolo. Las chicas se reían, mientras que los chicos le daban empujones, agresivos.

-¿Te crees muy gracioso por haberle recordado al maestro que teníamos examen? ¡Eres un pringao!-le gritó el que parecía el líder del grupo, un chico alto y atractivo llamado Tomassi. El Honrado Juan le conocía, ya le había visto otras veces en las tabernas del pueblo, montando bronca contra los adultos.

-Yo solo quería que… bueno, es nuestra responsabilidad estudiar…-le recordó el chico de gafas, y entonces Tomassi le tiró al suelo. Los demás aplaudieron al verlo.

El Honrado Juan ya no sonreía, si no que estaba muy serio. Sentía lástima por el chico. No le gustaban los abusones que trataban así a los más débiles. Él había sido pequeño y débil una vez, antes de aprender que su palabrería era la mejor manera de defenderse. Sentía lástima por el chico.

-¡Como vuelvas a tocarme los cojones, Antonino, te aseguro que será lo último que hagas!-le gritó Tomassi, y entonces le pisó las narices con fuerza, rompiéndoselas. Antonino comenzó a llorar por la sangre que le brotaba de la cara, y los chicos rieron. Alguna chica parecía algo más compadecida de él, pero no dijo nada. Antonino miró especialmente a una de ellas, una chica rubia y hermosa, muy bien vestida.

-Amanda…-susurró, consternado. Ella miró hacia otro lado, incapaz de defenderle. Tomassi rió dándole otra patada.

-Mirad al pringao ¡le gusta Amanda!-se cachondeó.

-¿Miau?-Gedeón le enseñó su maza al Honrado Juan, sugiriendo entrar en acción. Pero la mente del Honrado Juan iba más allá. Se le estaba ocurriendo una estupenda idea…

-Eh, Tomassi amigo… ¡creo que viene el maestro!-le advirtió uno de los compañeros de Tomassi. Al ver que el maestro iba por esa calle todos los alumnos se apresuraron a marcharse corriendo.

-¡Ni se te ocurra decirle nada al maestro, Antonino! ¿Me has entendido?-le amenazó Tomasi, agarrando al chico de su impecable corbata-¿entendido?

-Ssí…-susurró él, asustado. Tomassi le tiró al suelo y se alejó corriendo.

-Um buenas tardes Antonino ¿se encuentra usted bien?-le preguntó el maestro a Antonino al ver que estaba en el suelo, solo, con la nariz sangrante.

-¿Eh? No maestro, que va, que va… es solo que… me he caído sabe… me he dado en la…

-Me alegro que no haya pasado nada grave…-replicó el maestro y se alejó antes de tener que escucharle más tiempo. Si su jornada había acabado, el maestro no tenía ni el más mínimo interés por aquellos chicos tan pesados y llenos de espinillas.

Antonino se quedó solo, sentado en el suelo, sollozando. Entonces el Honrado Juan se acercó a él con pasos sigilosos y exagerados, como si fuese un bailarín de ballet.

-Lo has visto todo… ¿verdad?-le dijo Antonino con voz ahogada-te he visto ahí, oculto…

-Casualmente sí…-dijo el Honrado Juan mientras le ofrecía un pañuelo para que se secara la sangre-lamento no haber intervenido, muchacho…

-No, si lo entiendo. A todos les da miedo Tomassi… es un… un

-Un burro. Y créeme, sé bastante de eso-comentó el Honrado Juan, irónico-pero yo no he intervenido porque le tenga miedo… lo he hecho… por ti.

-¿Por mí?-repitió Antonino, pasmado. El Honrado Juan asintió, satisfecho. A su lado, Gedeón asintió también, aunque en realidad no se estaba enterando de mucho.

-Mira Antonino, me caes bien, pero tienes que sobreponerte. No puedes permitir que te traten así por ser el listillo de la clase ¡mírame a mí! Yo era también un genio, atrapado en el cuerpo de un niñito. Y no me va nada mal-bromeó el Honrado Juan.

-Ya…-Antonino no parecía muy convencido con él. El aspecto sucio y decadente del Honrado Juan no concordaba con sus zalameras palabras.

-Peeeero has tenido suerte, chico-el Honrado Juan sonrió, avieso-porque puedo echarte una mano para sobrevivir en la escuela… créeme… Gedeón y yo sabemos mucho de ello. ¿A que sí, Gedeón?

Gedeón le dio un fuerte martillazo al suelo, dándole un buen susto a Antonino, y luego asintió muy convencido.

-¿Y qué sabéis… exactamente?-preguntó Antonino, extrañado. El Honrado Juan y Gedeón se miraron y sonrieron.

-Todo. Tú solo escúchame… y te aseguro que de aquí a una semana todos te reirán las gracias a ti, y no a ese Tomassi del demonio-le dijo el Honrado Juan ayudándole a incorporarse y ofreciéndole su brazo para caminar-palabra del Honrado Juan.

-El Honrado Juan…-repitió Antonino arqueando una ceja-¿me… me lo prometes?

-Pues claro, hombre-aseguró él. Sentía lástima por el chico. Pero eso no le iba a impedir timarle como no lo había hecho nunca.


-Esta es mi casa…-Antonino señaló uno de los chalets de la calle mayor. El Honrado Juan se frotó las manos con satisfacción ¡era un chico rico! Ojojojo… ya podía saborear el dulce botín.

-Si no os importa, prefiero no ver a mis padres…-dijo Antonino abatido-tengo un escondite secreto…

-¿Un escondite secreto? ¡Increíble!-exclamó el Honrado Juan fingiendo estar emocionadísimo-¡Ay, enséñanoslo, enséñanoslo Antonino!

Gedeón dio saltos y palmaditas, corroborándolo.

-Es aquí…-Antonino levantó unos arbustos en un jardín cercano. Tenía varias cestas de comida y unas mantas-vengo aquí cuando no soporto estar más en casa.

-Mmmmmn ¿y eso?-el Honrado Juan estaba aprovechando que el chico se había distraído hablando de sus sentimientos para fisgarle toda la comida que pudiese de las cestas.

-A ellos solo les interesa que saque buenas notas y en el futuro sea un médico, como todos en la familia-confesó Antonino-¡pero yo no quiero eso! Me gustaría ser capitán de barco… he hecho prácticas, en secreto. Seré un lobo de mar.

-Como mucho eres una trucha de mar…-siseó el Honrado Juan-¡a ver, Antonino, tenemos que espabilarte! ¡No vas a impresionar a nadie con esa cantinela del niño rico abusado! ¡La gente pasa ya de eso!

-¿Qué quieres decir?-preguntó Antonino, confuso.

-Es simple. La imagen que das ahora mismo amigo mío es la de un completo y absoluto perdedor-clarificó el Honrado Juan rodeándolo con las manos como si le fotografiara-a la gente no le gustan los perdedores, porque les da miedo que se les contagie algo de ellos.

-Vaya, pues gracias-gruñó Antonino cruzándose de brazos-no estás siendo de mucha ayuda hasta ahora…

-Peeeero, a la gente le gustan los triunfadores-el Honrado Juan exhibió una perfecta sonrisa con sus afilados dientes de zorro-y sobre todo los triunfadores ricos. Es tan fácil como quitarle un caramelo a un niño, créeme… un lavado de imagen, un cambio de look… y los tendrás a todos comiendo de tu mano.

-¿Tú crees?-Antonino se reajustó sus gafas nada convencido-pero esta corbata me da un aspecto elegante, y las gafas…

-Son de pringado, de chupatintas-dijo el Honrado Juan, y Gedeón gesticuló con asco-¡las gafas fuera ya, largo!

Tiró las gafas contra el suelo y Gedeón las aplastó de otro mazazo.

-Tu amigo tiene problemas…-observó Antonino.

-Una infancia difícil, créeme, pero centrémonos en ti-insistió el Honrado Juan-sin las gafas y la corbata, y con el pelo mmmmn veamos… así no… así tal vez… ¡oh, no! Assssí.

Se lo había levantado formándole una curiosa cresta negra. Luego le abrió un poco la camisa, y le bajó los pantalones que solía llevar a la altura del ombligo.

-Nno estoy presentable…-susurró Antonino, preocupado-si me ven mis padres…

-Dirán ¿quién es este, y como podemos hacer para que no vuelva el anterior?-rió el Honrado Juan-¿tienes dinero?

-Sí, pero no voy a darte…

-Tenemos que ir a hacer unas compras-le convenció Juan-y después, a ver a tus amigos.

-No son mis amigos…

-Oh, pero lo serán-los ojos del Honrado Juan brillaron sagazmente-créeme, caro amico. La amistad cambia más rápido que el tiempo.


Gedeón se probaba un enorme sombrero con plumas mientras el Honrado Juan bailoteaba alrededor de Antonino cambiándole de ropas una vez tras otra. Antonino veía su dinero desaparecer billete tras billete mientras más y más prendas de pesada ropa caían sobre él.

-¿Qué opinas sobre la camisa?-le preguntó el Honrado Juan al dependiente. Este se colocó a su lado con la misma expresión de diva que el zorro.

-Demasiado ancha, a mí me parece. Es que tiene poca espalda. Hay que buscarle otra cosa-dijo mientras abría más cajones llenos de prendas.

-Yo creo que con eso está bien…-musitó Antonino preocupado-a mis padres no les va a gustar nada que renueve el armario.

-¿Roja o verde?-le preguntó el Honrado Juan a Gedeón, probándose una corbata.

-¡Eh! ¡No pienso compraros ninguna ropa!-les avisó Antonino con su habitual patético tono con el que intentaba hacerse notar.

-No, no Antonino, claro… esto es… para ti…-se apresuró a mentir el Honrado Juan-y en mi opinión y digo la verdad, que te queda estupendo… je, je…

Antonino tragó saliva mientras el Honrado Juan le vaciaba la billetera con todos aquellos atuendos nuevos.


-Vale, ya he cambiado toda mi vestimenta…-dijo Antonino mientras se reajustaba sus nuevos pantalones anchos y su camisa abierta, con una cadenita de oro enrollada en el cuello-¿y ahora qué? ¿los invito ya a la fiesta?

-Oh no… aún quedan cosas por arreglar…-comentó el Honrado Juan-ven mira… vamos a sentarnos.

Era la hora de cenar, y Juan lo había llevado a una cara pizzería del centro. Las mesas estaban ocupadas por las familias más pudientes del pueblo. Antonino se encogió, preocupado.

-Esos de ahí conocen a mis padres… si me ven cenando con vosotros…

-Pero relájate hombre, que no mordemos. Bueno, yo no-dijo el Honrado Juan mirando a Gedeón, que al final se había llevado el sombrero de plumas de la tienda "gratis"…

-¿Qué se supone que me vas a enseñar aquí?-preguntó Antonino tamborileando los dedos con impaciencia.

-A hablar guay, cool, enroshado-le explicó el Honrado Juan poniendo morritos-¿y qué mejor forma de hacerlo que en un lugar como este?

-¿Una pizzería pija?

-Exacto. Cuando veas que los que están a tu alrededor se escandalizan, significará que lo habrás conseguido-le explicó el Honrado Juan mientras revisaba la carta.

-Ya. O que quieres cenar gratis-gruñó Antonino, que podía ser un pringado pero tampoco era tonto. El Honrado Juan se encendió un puro sin ninguna vergüenza.

-Eso también. Pero te lo aseguro, Antonino… luego me lo agradecerás. Vas a ver.

-Ya, bueno… enséñame a hablar guay, o culo, o lo que sea-rezongó el chico mientras miraba su nuevo e inmaculado reflejo en la cuchara.

-En vez de decir ya bueno di algo como "okey" o "bah". Hay un par de palabras mágicas que te meterán de lleno en la moda joven, confía en mí-dijo Juan mientras le señalaba los postres a Gedeón, que dio palmaditas emocionado. ¡Iban a ponerse las botas!

-De acuerdo…-dijo Antonino tomando nota.

-¿De acuerdo? ¿Cómo?

-Ah, estooo… okey-se apresuró a corregirse Antonino-¿qué más?

-Em vale, a ver… di palabras en inglés, todas las que puedas. Haz referencia a cosas actuales, como Garibaldi, y sobre todo di palabrotas. Muchas, muchas palabrotas. Todas las que puedas-especificó el Honrado Juan.

-¿Palabrotas?

-Cuantas más mejor-los ojos del Honrado Juan se abrieron mucho-a ver, vamos. Quiero escucharte. Una palabrota, Antonino… solo una.

-Pues em, a ver…-Antonino reflexionó un momento-¿porras? ¿Jo… jolines?

-No, no, a ver-se impacientó el Honrado Juan mientras Gedeón se retorcía en la silla de risa-¿eso son…? Eso no son palabrotas, hombre… a ver… suelta un coño, bien dicho. Suéltalo, que te oiga. Coño, joder… algo así.

-Co…co…-Antonino vacilaba al intentar decirlo. No le habían educado así…

-¿Coco? ¿Co qué, Antonino? ¡Vamos!-le exhortó el Honrado Juan-¡toma un trago de vino, hombre! ¡Y dilo bien alto!

-Co… co…¡COÑO!-gritó el chico, dando un fuerte golpe en la mesa-¡COÑO, JODER, HOSTIA, MIERDA… MIERDA!

Todo el restaurante se había quedado callado, mirándolos. El Honrado Juan sonrió satisfecho, mientras Antonino se encogía, rojo de la vergüenza.

-Sí… eso está mucho mejor, hombre-le dijo, sonriendo satisfecho.

-¿Le ocurre algo, signore?-le preguntó un camarero, acercándose a la mesa donde estaban ellos.

-Nno… quisiéramos pedir, si no le importa-se apresuró decir Antonino, muy cortado.


Después de la cena (Gedeón se tomó cuatro pizzas y el Honrado Juan un enorme plato de spaguettis, rematándolo ambos con dos enormes helados bañados en sirope de chocolate) pasearon por el pueblo, mientras a Antonino, a quien habían emborrachado, se le subía bastante el alcohol a la cabeza.

-Joder, ssí… ahora lo veo mucho mejor-dijo el chico, atolondrado-¡mmañana va a ver Totomassi…! ¡Le demostraré quien soy!

-¡Pero mañana tienes que invitarles a la fiesta! ¿Recuerdas?-canturreó el Honrado Juan-¿no dijiste que tus padres se iban este fin de semana?

-Ssí, pero luego vvuelven…-musitó Antonino con voz torva. Gedeón le dio unas palmaditas para quitarle el hipo.

-Pero eso no será hasta el lunes… así que tenemos el sábado para hacer la fiesta… y el domingo para recogerla… ¿verdad?-le dijo el Honrado Juan con su habitual tono convincente. Antonino pareció quedarse en blanco unos momentos. Luego asintió, mientras se reía como una hiena.

-Ssí, vale… es una buena idea Jua… Juan-alcanzó a decir.

-Pues venga… te acompañamos a casa-sugirió el zorro. Antonino entonces le dio un fuerte abrazo. El zorro se quedó paralizado.

-Gra… gracias Juan…-le dijo, emocionado-hasta ahora sentía que yo nunca… que nunca podría encajar mis compañeros, porque simplemente no sabía ser como ellos… pero ahora ttú me has ayudado… no sabes cuánto te lo agradezco…

-Ya, claro-dijo Juan, intentando soltarse del abrazo sin éxito.

-Eeres mi mejor amigo…-lloriqueó Antonino-¡además nunca me había emborrachado!

-Ya, claro.

-Y tú también, Gedeón…-dijo Antonino, y el gato se apartó de él antes de sufrir también un abrazo. Después de esto se alejó dando tumbos. Juan prefirió no acompañarle, para no tener que recibir más abrazos.

-Oh, Gedeón… es un buen chico…-dijo el zorro sonriendo enternecido. Qué bien se sentía de ayudar al buen Antonino…

Luego a su rostro asomó una sonrisa malvada, y volvió a ser el Juan de siempre.

-Y ni se ha acordado de llevarse la ropa nueva… ¿ves? Ya podemos revenderla, jejejeje… pardillo.

-Miau, miau-Gedeón bailoteó con las finas telas que Antonino les había prácticamente regalado, dando saltitos. Luego miró al Honrado Juan, sabiendo que aún había más-¿Miau?

-Queda el remate final… una fiesta en su caserón, sin sus padres los médicos…-rió el Honrado Juan malvadamente-nos colamos "para ayudarle", nos llevamos todo lo que tengan de valor y nos mudamos a Roma… pan comido, amigo mío.

-¡Miau, miau, miau!-corroboró Gedeón entusiasmado. Negocio redondo. Un timo mejor que el del niño de madera, que ya era decir. Que exitazo, para ambos. El Honrado Juan se encendió otro puro y mientras lo compartía con su amigo el gato se fue calle abajo canturreando una alegre melodía.

Lalaralalí… yo ya me voy de aquí

A Roma a ganar mucho más,

No tendremos que mirar atrás

Lalaralalí ¡gracias a Antonín!


Al día siguiente, el nuevo y mejorado Antonin se presentó ante sus compañeros, que le miraban burlones y escépticos. Amanda sin embargo parecía más interesada. Con la cadena de oro y aquella camisa el chico estaba hasta… un poquito más guapo.

-Y quisiera decir que siento lo que pasó con el maestro y la tarea…-explicó Antonín-pero ahora… now… he tenido una buena idea para cambiar eso… me la ha dado un ami… un colega que es más mayor que nosotros.

-¿Ah, sí?-dijo Tomassi, excéptico-¿qué idea, tío?

-Pues… tío… hacer una fiesta en mi casa… en mi keli-aclaró Antonín, avergonzado-mis padres no están este fin de semana… así que podemos ir todos… a pasar la noche, sí… ¿joder?

-¿E…en serio?-los chicos se miraron entre sí, y el escepticismo se fue trasformando en emoción rápidamente.

-Y mi amigo… mi colega, el que es más mayor… puede conseguirnos alcohol… y cigarrillos-aclaró Antonín. Los chicos se miraron emocionados entre ellos, y entonces Tomassi dio un paso adelante, hablando en nombre de todos.

-Antonino… creía que eras un capullo. Pero veo que eres legal. ¡Yo iré a tu fiesta!-exclamó, y todos le imitaron, vitoreando el nombre del chico.

-¡Antonino, Antonino!-gritaron todos emocionados.

-Sigh… gracias…-dijo el chico, conteniendo una lagrimilla.

-Perfecto, todo va bien-el Honrado Juan los había estado espiando desde el exterior de la escuela, apoyado sobre Gedeón que hacía enormes esfuerzos por sostenerlo sobre sus hombros-ojojojojo… mañana cenaremos en la Fontanna Di Trevi…

-¿Qué estás haciendo, Juan?-preguntó Bertolucci sorprendiéndolo nuevamente. Gedeón pegó un brinco y corrió calle abajo, pero Juan esta vez no huyó. Ahora el policía pesado no podía probar nada contra él.

-Pues, um, agente… estaba revisando las ventanas de la escuela… es que quiero saber de dónde las compraron, para poner unas iguales en mi casa-le explicó hablando muy rápido.

-Tú no tienes casa-le recordó el agente-¿en qué cuchitril andas ahora de okupa?

-¿Okupa yo? Yo lo que estoy es ocupado, agente Berto-se apresuró a decir el Honrado Juan zafándose de él-sí em, tengo… tengo un nuevo trabajo y… y voy a llegar tarde. Así que si no le importa, me voy ahora.

El agente Bertolucci abrió mucho sus pequeños y redondos ojos negros y los señaló, para luego señalar a Juan.

-Te estoy vigilando-le advirtió.

-Sí em agente… gracias… muy bonito eso…-dijo Juan con cara de asco-me alegra que me tenga tanto interés… ¡hasta luego!

Se escabulló enseguida, justo cuando sonaba la campana de la una y los chicos salían al recreo. El agente Bertolucci los vio salir y suspiró. No sabía que se traía Juan entre manos, pero estaba seguro de que los niños andaban en peligro…


Llegó la noche, y con ella la tan esperada fiesta: en la verja de la enorme casa de Antonino el chico esperaba a sus amigos, con el pelo peinado hacia atrás y un look modelado por Juan para impresionar. Dentro de la casa el zorro y el gato habían colocado las bebidas y las cajas de cigarros. También había comida que estaban trayendo los invitados. Juan terminó rápidamente de colocarlo todo y luego se deslizó hasta el salón contiguo al de la fiesta para cuchichear con Gedeón.

-Yo les distraigo y tú vas cargando el saco-dijo sacando un enorme saco de debajo de su capa-¡recuerda, cosas brillantes! Oro, joyas, cuberterías de plata… ¡todo lo que tengan el señor médico!

Gedeón señaló una lámpara, y el Honrado Juan le dio una colleja.

-No, eso no ¡céntrate, en serio!

Una vez lo hubo dejado en la estancia de al lado Juan pasó al salón donde estaban los chicos reunidos y saludó a Antonino. Era fundamental tenerlo distraído para poder así vaciarle la casa sin problemas.

-Antonino, xico…-Juan se acomodó en una sofá y bebió de una botella de vino-¡menuda fiesta más buena que estás dando!

-Que estamos…-dijo él, con una cálida sonrisa-chicos, os presento al Honrado Juan. Es el amigo del que os hablé…

-¿El Honrado Juan?-Tomassi miró al zorro que seguía bebiendo sin preocuparle manchar el sofá, y fue hacia él, furioso-¡tú le robaste a mi padre! ¡Le estafaste cincuenta liras en una partida de cartas!

-¿Si? No me acuerdo-dijo el Honrado Juan con aburrimiento. Sabía bien cómo manejar a gigantones unineuronales como aquel -oye, si quieres te enseño como lo hice… ¿te rentaría el negocio?

-Eh… pues sí-reconoció Tomassi, a quien se le iluminó una sonrisa-¡enséñame cómo, enséñame!

El Honrado Juan se sacó una baraja de cartas de la manga y empezó a repartir mientras charlaba animadamente. Además de lo que robase Gedeón, él iba a desplumar a aquellos chavales por la vía "legal", la del juego. Las chicas entretanto bebían y reían en corro, y Antonino miraba a Amanda fijamente, que fingía no notarlo.

-Em… tienes que acercarte a ella, Antonino-le susurró el Honrado Juan después de ganar dos veces en las cartas y quitarle a Tomassi su reloj de oro-¿no querías impresionarla? Es tu oportunidad…

-Me da vergüenza…

-Tú recuerda, palabrotas. A las mujeres les gusta eso-clarificó el Honrado Juan. Luego le abrió la boca y le metió un cigarro dentro-toma, puro, vaso… y vas hecho un Casanova.

-¿Ze… zeguzdo?-balbuceó Antonino casi masticando el puro. El Honrado Juan asintió y luego le lanzó hacia ella. Por lo que parece estaban congeniando, y Antonino estaba cada vez más emocionado, permitiéndose incluso tomarla de la mano y hablándola al oído. Amanda sonreía tontamente.

-Mmmmmn, creo que es el momento de ver cómo le va a mi amiguito-se dijo a sí mismo el Honrado Juan en voz alta.

-¿De qué estás hablando?-replicó Tomassi extrañado. Estaba también muy borracho.

-Me refiero a… bueno, da igual-gruñó el Honrado Juan, apartándolo. Se levantó del sofá con las ganancias de la partida de cartas y fue hacia los pasillos del interior de la casa. Había varios cuadros del matrimonio del doctor y su esposa, y también un caro busto del abuelo de la familia, un tal Fedor. El Honrado Juan lo observó interesado, y luego le robó parte de los ojos al busto, que eran de una cara piedra azul.

-Oh, ahí estás-dijo Juan encontrando a Gedeón en uno de los cuartos. El gato corrió hacia él sonriendo satisfecho y le mostró la mercancía-¿qué tienes? Ujujujuju ¡esto es bueno!-sujetó entre sus garras un collar de perlas inmaculado-¡con esto hemos hecho el año, Gedeón, amigo! ¡Jajajaja, dame un abrazo, viejo amigo! ¡Nos vamos a Roma!

Zorro y gato saltaron de felicidad mientras el Honrado Juan jugueteaba con el collar de perlas y los anillos de la señora de la casa. Gedeón por su parte se dedicó a manchar con tinta de la pluma de oro del doctor las paredes, hasta que su jefe le ordenó guardarla.

-Bien, vámonos-le dijo Juan a Gedeón. En ese instante, sin embargo, se sorprendieron: Tomassi y una chica de las de la clase acababan de entrar en la habitación, toqueteándose y preparados para pasar una buena noche en ella. Se quedaron mirando al zorro y el gato, mientras el Honrado Juan trataba de cubrir el saco de joyas con su cuerpo.

-Estoooo… Gedeón y yo íbamos a hacer lo mismo… je, je… pero mira, os la dejamos a vosotros… pasadlo bien-dijo Juan mientras tiraba del saco disimuladamente. La pareja se miró, sorprendida, y luego se encogieron de hombros.

-Gracias tío, eres grande-le dijo Tomassi antes de cerrar la puerta y seguir a lo suyo con la chica.

-Buf, por poco-dijo el Honrado Juan limpiándose el sudor de la cabeza-hala, vámonos… es mejor no arriesgar más.

Gedeón parecía estar de acuerdo. El Honrado Juan le dio el saco a su esbirro para que tirase de él y luego ambos bajaron por las escaleras al salón, y del salón iban al vestíbulo para después escapar con la pasta cuando los detuvieron en mitad de la huida.

-¡Un brindis por Juan y Gedeón, mis dos mejores amigos!-exclamó Antonino mientras levantaba una copa en su honor.

-¡Sí, un brindis! ¡Salud!-dijeron los demás levantando también sus vasos. El Honrado Juan sonrió nervioso y luego agradeció los aplausos con una reverencia. Como viesen el interior del saco, se le iba a caer el pelo.

-Salud, salud-dijo el Honrado Juan mientras Gedeón se mordía las uñas-¡gracias por tus palabras Antonino, aunque soy indigno de ellas! Solo ayudaba a un buen chico a encontrarse a sí mismo…

-¡Eh, ¿y qué es eso?!-preguntó otro de los muchachos, señalando la enorme bolsa que arrastraban el Honrado Juan y Gedeón. Ellos se quedaron callados.

-¿Qué es eso?-preguntó Antonino sorprendido señalando la bolsa.

-¿El qué?-preguntó el Honrado Juan haciéndose el tonto.

-El saco, Juan, jajajaja-se rió Antonino tontamente-¿qué traes ahí? ¿más alcohol?

-No, no… no exactamente-el Honrado Juan se balanceó un poco. Miró a Gedeón, que gesticuló imitando un ahorcamiento-es… es un regalo… para ti.

-¿En serio?-el rostro de Antonino se iluminó, emocionado.

-¡Ay Toni! ¡Ábrelo!-exclamó Amanda mirando el saco codiciosa.

-¡No no no!-se apresuró a decir el Honrado Juan, histérico. Todos le miraron muy serios-no, quiero decir… ¡era una sorpresa! Para cuando acabase la fiesta… ¡vamos!

-¿No puedo abrirlo ahora, Juan? ¡Venga ya!-se rió Antonino yendo hacia el saco. El Honrado Juan ahogó un chillido y luego lo apartó de él.

-Es que no tiene gracia si no es al final de la fiesta, Antonino…-insistió, a la desesperada-pero cuando sea la hora de irse puedes abrirlo…

-Pero…

-¿Confías en mí?-le preguntó el Honrado Juan a Antonino, mirándole fijamente a los ojos. El chico asintió lentamente.

-Pues claro, Juan. Siempre-dijo. Luego abrió una puerta que daba a una biblioteca interior-puedes dejar aquí el regalo hasta que llegue el momento…

-Oh que bien, genial, gracias, estupendo-se rió el Honrado Juan mientras por dentro decía un montón de tacos-gracias Antonino.

Dejó el saco en la biblioteca, y después Antonino la cerró.

-¡Y ahora a seguir con la fiesta!-exclamó el chico, volviendo hacia su Amanda que le estaba esperando.

-Maldito enano subnormal, nos lo ha fastidiado todo-gruñó el Honrado Juan mordiendo la copa de sus ombrero.

-Miau-Gedeón le tranquilizó y luego le enseñó su mazo, agresivo. El Honrado Juan negó con la cabeza.

-No podemos hacer eso. Es demasiado arriesgado-le dijo, obligándolo a guardarlo de nuevo-mira… creo que hace falta una astuta estrategia.

Gedeón se encogió de hombros. Él no era de astutas estrategias.

Pasada una hora los ánimos empezaban a decaer en la fiesta: todo el mundo se encontraba muy borracho o cansado, y algunas chicas debían volver a casa con sus familias. Antonino se estaba besando con Amanda de una forma poco apropiada en un rincón, hasta que ella subió las escaleras a su cuarto y le indicó con el dedo que le siguiera. Antonino sonrió y se dispuso a ir con ella.

-¿A dónde vas, campeón, a qué tanta prisa?-el Honrado Juan se puso al lado de Antonino ofreciéndole una copa.

-Nno gracias Juan, ya he bebido mucho…-balbuceó Antonino, que parecía bastante mareado.

-Pero hombre, vas a ir con una dama… va a ser tu primera vez, ¿no es cierto?-le preguntó el Honrado Juan dándole un masaje de ánimo en los hombros-tienes que estar preparado para lo que te espera ahí arriba… tu primera vez, muchacho… las puertas al Cielo.

-Mme… me estás poniendo nervioso Juan…-balbuceó Antonino, avergonzado-nno sé si voy a ser capaz de…

-Oh, tranquilo, no es difícil-dijo el zorro sagazmente-siempre que hayas subido preparado… y para eso necesitas otra copichuela de alcohol.

-¿Seguro?-preguntó Antonino, angustiado. Los ojos del Honrado Juan centellearon.

-Claro que sí.

Antonino tomó de la copa que le ofrecía Juan mientras el zorro le observaba bebérsela. Luego Antonino dio un buen salto y dijo, más animado.

-¡Estoy listo, Juan! ¡Estoy preparado!

-Muy bien, muy bien Antonino ¡pues ve para allá! ¡Esta noche nace un hombre nuevo!-exclamó el Honrado Juan dando palmas. Antonino subió las escaleras y se despidió de él una última vez.

-¡Gracias… gracias por todo!-dio un tropiezo y desapareció en el piso superior.

-Je… gracias a ti-masculló el Honrado Juan mientras echaba a un lado lo poco que quedaba de vino en la copa. Era un potente somnífero que no tardaría en actuar. Antonino no intervendría más en sus planes, porque se quedaría dormido en medio de su primera vez. Triste, pero necesario

El Honrado Juan corrió al lado de Gedeón y apresurándolo fueron hacia la biblioteca donde antes habían dejado el saco.

-Queda poca gente, vamos, es el momento-le dijo a su amigo gato. Mientras recorrían el pasillo Juan se asomó a la ventana y vio la luz de la estrella azul brillando clara en el cielo-Ah, Signora…-recitó-los hombres malos se convierten en zorros y en gatos… pero a los hombres malos les va mejor. Hoy soy rico, Signora… espero que no te olvides de eso… el Honrado Juan siempre gana.

Entraron en la estancia de la biblioteca y Juan dio una pirueta y cogió el saco.

-Muy bien, nos vamos Gedeón-le dijo a su compinche, sonriendo. El minino sin embargo no parecía muy convencido: señalando al saco, que notaba distinto, se acercó a él y lo abrió, examinándolo. Allí no estaba el oro y las joyas que habían robado. Solo un par de libros, para sustituir el peso muerto.

-¡MIIIAAAAAUUUU!-chilló Gedeón aterrorizado.

-¡AAAAAAAAAAAGH!-al Honrado Juan casi le da un infarto al verlo-¡No, NO, NO! ¿PERO CÓMO ES POSIBLE?

Recorrió la estancia buscando por todas partes ¿quién podía haber hecho eso? ¿quién podía haberlos engañado a ellos? Miró el enorme cuadro del doctor y su esposa colgado en la pared. El doctor y su mujer…

Una horrible sospecha recorrió la espina dorsal del Honrado Juan. Miró las fotos del aparador: el doctor y su mujer, la mujer del doctor, el doctor, el doctor, la mujer… no había ni una sola de Antonino, su hijo. "Su hijo"…

-No puede ser…-el Honrado Juan echó a correr hacia el piso de arriba seguido de Gedeón. Abrió las puertas de las habitaciones de una patada, hasta encontrarse con Amanda en una de ellas-¿Y Antonino? ¿EH? ¿DÓNDE ESTÁ?

-Yo que sé…-respondió ella enfurruñada-me ha dicho que volvía enseguida… pero luego ha bajado las escaleras y no ha…

-¡NO!-el Honrado Juan bajó las escaleras de un solo salto y salió a la calle. Atravesó el jardín de la casa hasta llegar al pavimento de la acera, pero Antonino no estaba por ninguna parte, había desaparecido. Se había ido. Y las joyas, también.

Al Honrado Juan se le abrieron tanto los ojos que estuvieron a punto de salirle disparados de su cabeza de zorro. Gedeón, a su lado, temblaba, nervioso. ¿Y ahora qué iban a hacer?

Juan pensaba a toda velocidad. Antonino no era el hijo de aquellos médicos… por eso no les había invitado a su casa el primer día… todo ese rollo de sus padres… la fiesta… solo había sido para colarse en la casa, robar y… y…

-¡Ahí estás, tenías que ser tú!-gritó el agente Bertolucci, enfadado.

… y cargarles a ellos dos el muerto.

-¡No! ¡Agente Bertolucci, quiero denunciar un robo!-se apresuró a decir el Honrado Juan.

-¡Pero tendrás la cara dura! ¡Ven, que te voy a dar un repaso!-dijo el agente sacando su porra. Al Honrado Juan casi se le caen los pantalones al verla.

¡ZAS! Gedeón fue más rápido, y sacudiéndole un fuerte golpe en la cabeza al agente Bertolucci con su maza lo dejó fuera de combate. El Honrado Juan le miró, agradecido. Luego ambos huyeron calle abajo, corriendo.

-¡Tenemos que encontrar a ese traidor, Gedeón!-le dijo el Honrado Juan a su amigo mientras torcían por una callejuela-¡Cuando le agarre le sacamos las tripas!

Gedeón asintió, dando mazazos a un Antonino imaginario.


Entretanto en el puerto Antonino embarcaba en uno de los veleros que zarpaba de la costa de Toscana en dirección a Malta. Antonino pagó el pasaje con una sortija de "su madre", la esposa del doctor germano que tenía una casa en el pueblo, y luego llevó en su maleta hasta el camarote que le correspondía.

-Ja… aquí empieza una nueva vida para Antonino… ya nunca más tendré que vivir en orfanatos… ni que estudiar como un imbécil-canturreó mientras se rascaba las mejillas.

Pobres zorro y gato, los había timado miserablemente, y ahora después de avisar al agente Bertolucci seguro que acababan detenidos y pagaban el pato por él. No había ninguna prueba contra Antonino, y además daba igual porque ya no estaría en Italia para cuando las hubiera. Una jugada maestra… ¡y por fin podía dedicarse a navegar, que es lo que más quería! Cuando llegase a Malta, se compraría su propio velero.

-¡Jajajaja, joder!-exclamó, satisfecho.

Mientras pensaba en el patético Honrado Juan y en cómo se había creído estar estafándole por hacerle pagar una cena y varias ropas relativamente caras, Antonino sonrió. Llevaba años planeando el golpe contra la casa del médico, y todo había salido bien. Ahora ya podía descansar. Había sido más astuto que nadie, había timado a los timadores…

Se volvió a rascar las mejillas, molesto. La barba que le salía últimamente era muy áspera, parecía un pelaje anaranjado…


-Me parece muy bien, Juan. Pues hasta que encontremos a ese Antonino, tú te quedas en el calabozo-le dijo el agente Bertolucci, llevándolo a patadas por la comisaría. Sus compañeros policías asintieron. Habían conseguido atraparlos antes de que abandonasen el pueblo por el camino del bosque.

-¡Pero si yo no he hecho nada, en serio! ¡Soy la víctima aquí!-chilló Juan, desesperado.

-A parte de comprarles tabaco y alcohol a unos menores, quieres decir-le recordó Bertolucci-para mí está claro que eres el culpable del robo, pero ya veremos. Anda, buena pieza, espera en el calabozo con los demás. Ya me ocuparé luego de vosotros dos.

El agente Bertolucci le dio una patada en el trasero a Gedeón, como pago por el mazazo de antes. Luego cerró la puerta del calabozo con llave. En ella estaban encerrados todos los compañeros de clase de Antonino, sospechosos también del robo y culpables de allanamiento a la casa del médico.

-Oh Gedeón, hay que pensar una forma de salir de aquí enseguida… podemos huir a Roma esta misma noche, si nos damos prisa-dijo el Honrado Juan observando el candado con atención.

-Miau, miau…-le avisó Gedeón señalando a donde estaban los chicos. Todos les habían rodeado, encabezados por el furibundo Tomassi.

-Así que ese pringao de Antonino nos ha timado a todos, y por culpa vuestra…-dijo Tomassi haciendo crujir los nudillos-¿sabes lo que me va a hacer mi padre?

-¿El de la partida…?-el Honrado Juan sonrió, nervioso-venga, chicos… comportémonos de manera razonable, como adultos…

-Nosotros no somos adultos…-le recordó Tomassi, antes de echarse encima suyo.

La celda se tambaleó mientras el zorro y el gato chillaban pidiendo socorro, pero nadie les hizo caso.


Y la moraleja es, no intentes engañar a los demás, porque puedes acabar tú siendo engañado. ¿Les gustó la historia? Tengan cuidado con la gente que es como el Honrado Juan, sibilina como los zorros y que pretende ganarse su confianza, solo para utilizarla en su contra. Y tengan cuidado de convertirse en un Honrado Juan, manipulando a otros para conseguir lo que se quiere, porque nunca lleva a nada bueno.

Ahora Pepito Grillo se despide ¡hasta nuestro próximo encuentro! Recuerden ir por el camino del bien y no dejarse tentar por el mal. ¡Si ven que van a decaer, denme un silbidito, y allí estaré para guiarles!


¿Os gustó? ¿Cuál ha sido vuestro cuento favorito hasta ahora? A mí el personaje del Honrado Juan me ha encantado, y también Gedeón. Dejadme un review con vuestras opiniones ¡y nos leemos pronto!