Disclaimer: Digimon no me pertenece. Este fic es para Chia Moon por su cumpleaños, ¡felicidades!
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El tarugo y la bruja excéntrica
o
Las luces de la ciudad
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Aunque pareciera que no, tenía todo bajo control.
Súper bajo control.
Por supuesto.
Así que, cuando se le cayó la enorme caja justo delante de la puerta de su vecina, y se desparramaron los pedazos rotos de vajilla (¡que se hubiera salvado algo, solo pedía eso!), es lo que le dijo.
—¡¿Qué pasa contigo?! —le gritó ella sin abrir la puerta.
—Lo tengo todo bajo control.
La excéntrica chica recién llegada al edificio entreabrió un resquicio de la puerta y asomó la nariz. Era larguirucha, fina y larga. Y su nariz también.
—¡¿Qué hace todo eso ahí?! ¡Ya puedes estar limpiándolo!
—¡Oye, ni que hubiera sido a posta! ¡Acabo de cargarme cosas que me iban a ahorrar mucho dinero! ¡Déjame llorar mi pérdida en paz!
La chica arrugó la frente y lo miró a través de esas gafas tan gigantes que llevaba. Su pelo también era largo y recto. Todo en ella era largo y recto menos sus gafas redondas. Hacían un contraste raro. Esa especie de pañuelo que llevaba en la cabeza tampoco ayudaba a que Daisuke no pensara que era una bruja moderna.
Le gritó un rato más porque al parecer la había despertado de una siesta reparadora «de esas de soñar con un caballero de brillante armadura que la salvara de aquella torre que apenas podía pagar». Daisuke intentó ignorarla y no cortarse con los trozos de vajilla desperdiciada. Se sorprendió de que la loca excéntrica lo ayudase, pero no se quejó. Solo por eso no le respondió a algunos de los gritos.
Le dolían los oídos ya de escucharla.
—Oye, ¿cómo te llamas? —le preguntó, cuando ya tenía todo metido en la caja otra vez. Ella arrugó la nariz y Daisuke se dijo que quizá olía mal por haber cargado la dichosa caja desde casa de sus padres.
—Miyako.
Se lo dijo como a regañadientes, antes de cerrar de un portazo.
Qué tía más rara.
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El tarugo se empeñaba en saludarla. Todos los días. TODOS. LOS. DÍAS.
Miyako tenía suficiente con intentar poner en orden su vida de mujer fuerte e independiente, porque intentaba serlo de verdad, como para tener que aguantar la energía de ese chico. De verdad, era una absoluta bola de energía.
Por las mañanas, cuando Miyako lo único que tenía eran ojeras y un café en el estómago, el chico llegaba de correr o de lo que fuera que hacía. A mediodía, se encontraban a veces en el ascensor y juraría que él intentaba exterminar la raza humana, porque ese exceso de colonia no era normal. Por la noche, se cruzaban al entrar o salir a sus respectivos balcones (maldita suerte que tuvieran que estar tan pegados), y a Miyako la incomodaba que la saludara a la vez que podía ver sus braguitas tendidas.
No es que se avergonzase de Yoda, Chewbacca y los sables láser, pero tampoco le apetecía que el tarugo de su vecino las viera, gracias.
Encima ni siquiera iba a poder seguir llamándole tarugo como si fuera su nombre.
—Me llamo Daisuke, por cierto, que no me preguntaste —dijo él, tendiéndole el paquete que había recogido en su nombre.
Debería darle las gracias.
—¿Y por qué iba a preguntarte? —fue lo que salió por su boca.
—Pues porque yo te pregunté a ti —replicó él, ya indignado.
—Habías intentado derribar mi puerta con vajilla voladora, bastante que te ayudé.
—¡Fue un accidente! ¡Y tú fuiste una borde loca!
—¡¿Qué me has llamado?!
Sí, le cerró la puerta en la cara. Y sonó el timbre. Miyako resopló antes de abrir.
—Te olvidabas tu paquete —dijo Daisuke, con gesto burlón.
Miyako se lo arrancó de las manos y volvió a cerrarle en las narices.
Se sintió culpable todo el día, y era algo que no llevaba bien, acababa haciendo tonterías. Como dejarle en la puerta un bote de jabón de lavadora con una notita en la que ponía «tregua».
¡¿Qué?! El jabón era caro, al menos el bueno, y ella siempre tenía descuento en la tienda de sus padres.
Daisuke empezó a oler a una mezcla del jabón y de esa colonia apestosa y Miyako se dijo que, bueno, podría haber sido peor.
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Los apartamentos eran minúsculos. Tanto, tanto, que la casa de Daisuke se reducía a un rectángulo donde estaba la cama, la cocina, una pequeña mesa con dos sillas, un terrible y minúsculo armario y una puerta corredera que daba a un baño. Probablemente, no sería tan grave si no fuera porque Daisuke era un desastre absoluto.
No solo en recoger y limpiar, también en cuidarse un poco.
No tenía cuidado de qué cosas llevaban los alimentos que compraba. Pero, a ver, ¿por qué iban a tener nueces las galletas que comía siempre? ¿Cómo iba a saber él que había cogido la caja que no era, con otra receta?
Y encima su teléfono se lo había dejado en casa de Jun. ¡Necesitaba asistencia médica urgente!
Así que, como no le quedaba otra alternativa, luchando por respirar llamó a la puerta de su excéntrica vecina. Sabía que estaba en casa porque había visto la luz desde el balcón, así que insistió.
—¿Qué quieres, pesado? Estoy ocupada… —Debía ser cierto, tenía la cara llena de alguna cosa negra viscosa.
—Teléfono —consiguió decir.
Miyako frunció toda la cara esta vez.
—¿Por qué eres un zombie y qué quieres?
—¡Teléfono!
Ella masculló algo sobre E.T el extraterrestre antes de sacarse del bolsillo el móvil y tendérselo. Daisuke marcó de memoria su propio número y rezó. Sus rezos habían sido escuchados.
—¿Diga? —se escuchó una voz masculina al otro lado.
—Nueces. Ayuda.
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¿Acababa de desmayarse el tarugo de su vecino en la puerta de su casa y placándola de camino al suelo?
Efectivamente.
Como pudo, salió de debajo del chico, comprobó que no se había partido la cara (literalmente) y le latía el corazón, y se acordó de que había una llamada en curso.
—¡Daisuke! ¡Daisukeeeeeeee!
—Hola —se quedó sorda, pero la voz paró por fin—. Este chico me ha pedido el teléfono y después se ha quedado inconsciente. Y como no vengas a ayudarme me voy a echar a llorar histéricamente porque no quiero en la conciencia un cadáver.
—¿Tiene la cara hinchada?
—Bastante. Se habrá puesto botox, pero no soy quién para juzgar… Es eso, ¿verdad? —preguntó Miyako, ya entre lágrimas.
—Ve a su apartamento, en uno de los cajones de la cocina tiene que haber una jeringuilla.
—¡No voy a ser capaz de pincharle!
—Vas a tener que hacerlo. Tiene alergia a las nueces, muy grave.
Miyako tenía las gafas empañadas y el corazón a mil. Dejó al chico ahí tirado, porque de todas formas no podía con él, aunque se aseguró de que estuviera de lado para que no se tragara la lengua. Rebuscó entre toda la porquería de los cajones (¿eso era tickets de hacía meses? ¿Por qué guardaba palos de helado?) y encontró la jeringuilla.
La llamada seguía en curso y la voz al otro lado se transformó en alguna especie de dios para Miyako. Siguió sus indicaciones y, después de obligarse a secarse las lágrimas (anda, tenía las manos negras, llevaba todavía la mascarilla) le puso la inyección.
El chico volvió a respirar enseguida y ella quería estrangularlo.
Su nuevo dios, mejor llamado Jou, apareció poco después muy despeinado y con la chaqueta a medio poner. Le ayudó a meter a Daisuke al apartamento, taparlo con una ridícula manta de dinosaurios que Miyako se sintió tentada de robar y trajo una nueva jeringuilla para otra emergencia. Ella no quería saber nada.
Así se lo hizo saber cuando por fin reaccionó.
—Si vuelves a hacer eso te voy a matar yo. —Quizá no era lo mismo que decir que no contase con ella para morirse.
—Perdón. —Tuvo la decencia de parecer avergonzado. Se incorporó un poco y se pasó una mano por la cara.
—¡Podría haber llamado a una ambulancia, no a tu amigo!
—No pensaba con claridad, y él es médico.
—Y muy guapo.
—Quieta, fiera, que es de mi hermana. —Miyako resopló.
—Y yo que pensaba que era el principio de una comedia romántica.
—Pues más bien sería de terror, casi me muero en tu puerta —replicó Daisuke, riéndose— Por cierto, sigues teniendo cosa negra en la cara.
Miyako lo zarandeó sin compasión y después se levantó, llevándose la caja de galletas con ella.
—Jou tenía que irse por una operación, ha dicho que Jun vendrá luego así que asumo que es tu hermana. Me ha dicho que aleje estas galletas de ti y que te llame tarugo.
—¿En serio ha dicho eso?
—Me merezco al menos unas galletas como pago, ¿no crees?
—Digo lo de tarugo.
—La verdad es que no, eso lo digo yo.
Se marchó sin esperar respuesta, pero la tuvo esa noche por medio de mensaje.
De: Número desconocido [23:36]:
¡Hola, soy Daisuke! Ahora tengo tu número. Y tú el mío jajaja.
Oye, que gracias por salvarme. Mi hermana dice que quiere hacerte un pastel o algo así, pero no te lo recomiendo.
Mejor te lo hago yo. ¿Te he dicho que me gusta cocinar?
De: Miyako [23:39]:
¿Cómo me lo ibas a decir si apenas nos conocemos?
De: Daisuke [23:39]:
No empieceeees.
¿De qué quieres el pastel?
De: Miyako [23:40]:
No quiero ningún pastel, quiero que no vuelvas a asustarme así.
De: Daisuke [23:40]:
¿Chocolate?
¿Zanahoria?
¿Limón?
De: Miyako [23:40]:
… el chocolate siempre es la respuesta.
De: Daisuke [23:41]:
Te haré los tres.
De: Miyako [23:41]:
Quieres cebarme para echarme al honro después, ¿o qué?
De: Daisuke [23:41]:
No decía todos a la vez, pesada.
De: Miyako [23:42]:
Pesado tú.
…
Daisuke.
De: Daisuke [23:42]:
¿Qué?
De: Miyako [23:43]:
Nada. Que eres tarugo.
De: Daisuke [23:42]:
¡Pero si ahora no he hecho nada!
De: Miyako [23:43]:
No hace falta.
Y, oye, me alegra que no te hayas muerto. No podía cargar con eso en la conciencia.
De: Daisuke [23:42]:
Tú también me caes bien, aunque seas tan rara.
Miyako le envió un emoticono con el dedo de en medio levantado.
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Llamó a la puerta y, cuando se abrió, entró sin esperar a que lo dejara pasar. Sospechaba que era capaz de no dejarle.
—¡Te traigo el pastel prometido! —dijo Daisuke, haciendo una floritura con el plato (y casi se le cayó).
Juraría que escuchó los dientes de Miyako chirriar, pero no le hizo caso. Primero, porque estaba admirando el apartamento, que básicamente era como el suyo, pero del revés, y que la chica tenía tan lleno de cosas que parecía aún más pequeño. Segundo, porque había una desconocida muy guapa en una silla de un naranja muy chillón.
—¡Uy, no sabía que tenías compañía! ¡Voy a por otro trozo…!
—No, tranquilo —lo interrumpió la chica, poniéndose de pie—. Yo ya me iba, pero muchas gracias.
Se despidió de su amiga y después Miyako cerró de un portazo y lo fulminó con la mirada.
—¿Se puede saber por qué te cuelas en mi casa de esa manera?
—¿Quién era esa? —preguntó Daisuke, ignorándola, y arqueando las cejas.
—Buena suerte intentando algo, campeón. Hikari está prometida.
—¡¿Prometida?! ¿Pero qué edad tiene?
—Pues la tuya.
—¿Cómo sabes la edad que tengo?
—Me lo dijo Jou. —Miyako se sentó en una silla de un morado muy llamativo y extendió los brazos—. Mi pastel.
Daisuke se sentó en aquella abominación naranja y le tendió el plato.
—¿Por qué está prometida tan joven?
—Pues porque encontró el amor de su vida a los trece y llevan como toda la vida juntos —explicó Miyako, entre bocados—. ¿Sabes ese amor de películas que no existe? Bueno, pues Hikari y Takeru se encargan de amargar la existencia a los demás demostrando que sí que pasa a unos pocos elegidos.
Él torció el gesto, un poco cansado de no ser de esos elegidos, y le robó un pellizco de pastel con los dedos. Siguió haciéndolo hasta que Miyako le dio un golpe con la cuchara en la cabeza, y dolía más de lo que hubiera esperado.
Miró el reloj de la pared, que tenía unos siniestros ojos que se movían de lado a lado y una cola de gato, y se dio cuenta de que se le hacía tarde.
Clase de Anatomía. Yuju.
—Me tengo que ir.
—Guau, eres el alma de la fiesta. No irás por ahí a comer nueces, ¿no?
—Tengo clase.
—¿Qué estudias?
—Un curso de preparador físico.
—Ah, por eso corres.
—Corro porque me gusta estar en forma y jugar bien al fútbol, no porque me guste estudiarlo. —Miyako pareció meditar sus palabras un momento, con la cuchara pendiendo de su boca.
—Bueno, estás hablando con una futura ingeniera, así que entiendo lo de asignaturas asquerosas.
—O elecciones asquerosas —replicó Daisuke, con un resoplido—. Me piro, luego vengo a por el plato, que me voy directo.
Esa noche, cuando llegó, Miyako lo recibió en el rellano con una bolsa de basura gigante y su plato fregado. Le tocó a él sacarle la basura en pago por el plato limpio, y estaba convencido de que había salido perdiendo en el trato. ¡Si tenía su plato porque le había llevado pastel!
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El día no podría haber sido más largo. Horas intensas con un examen que había hecho que le salieran sus primeras dos canas, apenas había comido en todo el día, más horas aguantando a los clientes impertinentes en la tienda de sus padres (¡algún día conseguiría un trabajo en el que no vinieran todas las vecinas que la habían visto crecer y se empeñaban en recordarle que se le pasaba el arroz!).
Estaba harta.
Era uno de esos días. Así que sacó helado de chocolate de la nevera, porque le gustaba hacer esas pequeñas cosas de película estadounidense. Ya que no podía estar allí, al menos podía imaginárselo.
Salió al balconcito. Lo mejor de ese minúsculo apartamento era que estaba en la planta undécima y desde allí había unas vistas impresionantes. Prefería las de la noche, en las que se sentía casi la única persona despierta en el planeta, observando la quietud y las luces.
Pero su pausa pacífica, con el culo ya doliéndole por estar sentada en el suelo, se vio interrumpida.
—¡Hola, Miya!
—¿Tienes que gritar tanto? —se quejó, girándose hacia Daisuke, que estaba apoyado en el pequeño murito que separaba sus balcones.
—¿Resaca? —Miyako negó con la cabeza—. Mal día.
No fue una pregunta, pero ella se encogió de hombros y él, por alguna razón, decidió que significaba una invitación. Daisuke pasó una pierna por encima del murito, se aupó y se coló en el de Miyako.
—Eso es allanamiento de morada. ¡Y podrías haberte desequilibrado y caído, tarugo!
—Bah, estaba bajo control.
—Ya te he visto estar a punto de morir, y apenas te conozco desde hace un mes.
Daisuke no le hizo caso. Se sentó a su lado y, entre los barrotes, se dedicó a observar la ciudad. Miyako suspiró al de un rato.
—¿Tú te imaginabas así la vida?
—¿Así cómo? —preguntó Daisuke.
—Pues… así.
Hubo un silencio. Fue él quien suspiró entonces.
—La verdad es que no. Pensaba que a estas alturas ya sabría qué quiero hacer.
Miyako asintió con la cabeza, le entendía, más o menos.
—O que te atreverías a hacerlo, ¿no? —preguntó. Él soltó un sonido entre divertido y amargo.
—Igual sí que eres una bruja excéntrica.
—¡Oye! —Le dio un golpe en el brazo y él se sobó el punto dolorido.
—Auch, bruta. Me refería a que lo has adivinado.
—No es difícil —murmuró Miyako, volviéndose hacia las vistas. Las lucecitas de la ciudad formaban sus propias constelaciones artificiales—. Casi todos tenemos algún sueño tonto que nunca hemos cumplido.
Daisuke hizo un sonidito con la garganta, dándole la razón. Después estiró el brazo (no se tuvo que esforzar, el balconcito era minúsculo) y le revolvió el pelo.
—No pasa nada, brujita, hoy solo ha sido otro día más. Mañana será mejor. —Ella hizo un puchero. No quería reconocer que necesitaba escuchar esas palabras.
—¿Por qué me llamas bruja?
—Al principio pensaba que lo eras. Con los turbantes que llevas a veces, todas esas cosas brillantes de colorines, y la peste a tés e inciensos raros.
—¡Habló!
—¿Eh?
—¡Tú siempre apestas a colonia!
—Eso es culpa tuya —murmuró él, avergonzado.
—¿Perdona? —preguntó Miyako, realmente indignada.
—La primera vez que hablamos arrugaste la nariz y pensé que apestaba. O que eras sensible a los olores o yo qué sé.
No reconocería que se sintió un poquito enternecida.
—Estaba resfriada, es la cara que pongo para sorber los mocos. —Daisuke hizo una mueca de asco, pero se rio—. Y después de eso ha sido porque cada vez te echabas más colonia. Pensaba que querías exterminar a la raza humana.
—He gastado dos botes desde que te conozco.
A Miyako se le escapó una carcajada. Después negó con la cabeza, ese chico era imposible. Se cerró mejor la chaquetita de lana de colores y Daisuke se bajó las mangas de la camiseta. Se quedaron un rato mirando en silencio esas estrellas artificiales, hasta que Miyako lo echó de su casa.
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Los golpecitos rítmicos en la puerta eran, sin ninguna duda, de Miyako. Siempre llamaba dando pataditas, en lugar de con el puño. Daisuke se levantó del cojín en el que estaba sentado y le abrió con una sonrisa.
—¡Brumiya! De bruja y de Miya, ¿lo pillas?
—Ay, de verdad, no puedes ser más tarugo —replicó ella, entrando sin ser invitada—. ¿Tienes mantequilla? Necesito…
Se interrumpió al ver que había más gente en el apartamento. Taichi y Yamato tenían ocupada la cama, sentados a lo indio, cada uno con un mando de la consola.
—¡Hola! —saludó Taichi—. ¿Nos conocemos? Me suenas.
—No lo sé, puede que tú a mí también —dijo ella.
—Soy Tai, y este es Yama.
—… to —añadió el rubio, fulminando con la mirada al otro.
—Yama-to —repitió Taichi, burlón.
—Tú me suenas más —dijo Miyako, pensativa.
—Quizá porque fue una estrella de rock adolescente. Espera, voy a ponerle el peinado de esa época, igual así…
Empezaron a forcejear, hubo hasta mordiscos. Miyako miró a Daisuke, parecía que no sabía si reírse o preocuparse. Él estaba sacando del fuego una enorme olla. Le hizo un gesto con la cabeza, para que se sentara.
—He hecho pasta a la carbonara. ¡Pero la de verdad! Hay de sobra, come con nosotros.
—¡Y después seguimos jugando! —dijo Taichi, olvidando su forcejeo.
—Solo es para ver si consigues ganarle a alguien —se burló Yamato. Y volvieron al forcejeo.
Comieron comentando el capítulo de los Simpson que pusieron en la tele. Miyako devoró el plato, y repitió.
—Esto está buenísimo —murmuró. No parecía querer que Daisuke la escuchase… o quizá sí.
—Me alegra que te guste —dijo él. Pocas cosas hacían que se sintiera tan satisfecho como que alguien disfrutara con su comida.
Ella se encargó de fregar y Daisuke fue secando los platos.
—No es un mal pacto —dijo—, yo cocino y tú friegas.
Miyako se rio, negando con la cabeza y pasándole la olla.
—Me parece que sales perdiendo. Eso solo funcionaría si compráramos las cosas a medias. —Daisuke se encogió de hombros.
—Podríamos.
Terminaron y se sentaron en los cojines en el suelo, turnándose los mandos de la consola. Miyako no avisó de lo increíblemente buena que era. Les dio una paliza a todos, en todos los videojuegos que probaron, y Taichi se fue sintiéndose derrotado y prometiendo volver por una revancha.
Ella, todavía sin levantarse, le dio una patadita en la espinilla a Daisuke.
—¿Tus amigos son todos tan atractivos? —preguntó—. Vamos tres de tres.
Por alguna razón, no le hizo gracia la pregunta.
—Buena suerte. Están juntos.
—¿Taichi y Yamato? Claro, ya entiendo, había ahí mucha tensión sexual.
Él se rio. Se estiró para alcanzar el mando de la tele y fue cambiando de canal hasta que encontró algo decente. Se tragaron una película y media del Señor de los Anillos, acompañadas de palomitas que Miyako fue a buscar a su apartamento, hasta que la chica empezó a dar cabezadas.
Daisuke la acompañó a la puerta, a pesar de lo mucho que repitió que era una mujer independiente.
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De: Miyako [20:18]:
¿Necesitas algo? Voy a pasar por la tienda de camino al edificio.
De: Daisuke [20:18]:
¡Sí! ¡Café! Una bruja que conozco se lo terminó ayer.
De: Miyako [20:23]:
¡Oye! ¡Así dicho suena a insulto!
De: Daisuke [20:23]:
También tomate. ¿Te apetece venir a cenar? Puedo hacer ensalada.
De: Miyako [20:23]:
Vale. Llevo también pollo, podemos hacerlo a la plancha.
De: Daisuke [20:24]:
Yo lo haré a la plancha, querrás decir.
De: Miyako [20:24]:
Yo también séeee.
De: Daisuke [20:24]:
Se te queman hasta las tostadas.
De: Miyako [20:25]:
¡Tu tostadora me odia!
De: Daisuke [20:25]:
Deja el teléfono y ven ya, empiezo a tener hambre.
De: Miyako [20:25]:
No acepto órdenes de tarugos.
De: Daisuke [20:26]:
¡¿Puedes pasar cinco minutos sin insultarme?!
De: Miyako [20:26]:
Nop.
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Normalmente, Miyako estaría encantada de que Mimi hubiera decidido acompañarla hasta su casa, después de la sesión de compra de ropa. Ese día no lo estaba, porque su amiga había decidido pararse en el portal y no la dejaba escapar.
Idolatraba a Mimi, pero estaba agotada.
—… creo que sí. O sea, estoy casi convencida. Pero Kou-kou dice que quizá la gente piense que somos hermanos. ¿Y a mí qué más me da lo que piensen? ¡Yo quiero el pelo rojo!
Miyako asentía con la cabeza, con los dedos perdiendo sensibilidad por el peso de la bolsa (quizá se había pasado, su sueldo en la tienda le daba para comida, transporte y poco más… sus padres le pagaban el alquiler; qué fraude de mujer independiente). Seguía con un oído puesto en el parloteo de Mimi y con la mente llena de culpabilidad porque quizá no quería tanto esa falda, cuando alguien le dio con la puerta en la espalda.
—¡Eh! —se quejó, adolorida.
—Perdón, Brumiya, no te había visto. —Por supuesto, tenía que ser el tarugo—. Estaba ocupado intentando recordar de dónde me suena tu amiga. ¿Eres modelo? ¿Actriz?
—Y tú eres un coqueto —replicó Mimi, aunque claramente estaba encantada—. Estoy en vías de ser ambas cosas. Ya sabrás de mí por las noticias.
Le guiñó un ojo y Daisuke arqueó las cejas. Después, Mimi plantó un beso en la mejilla de Miyako y se dio media vuelta para marcharse.
La bolsa desapareció de su mano.
—¡Cómo pesa! ¿Qué has comprado, piedras? —preguntó Daisuke, sujetando la puerta para dejarle pasar.
—Compraré lo que me dé la gana —respondió Miyako, frustrada—. Por cierto, no te hagas ilusiones con Mimi, tiene novio.
Vale, quizá esa había sido la verdadera razón por la que no quería que su amiga la acompañase… Daisuke no tenía por qué ver que todas sus amigas eran preciosas y maravillosas, y ella era la bruja excéntrica.
Él solo se rio y pasó delante para entrar en el ascensor. Ya no apestaba a colonia, gracias a dios. Bueno, gracias a Miyako, en realidad.
—Puedo llevar mis cosas —dijo ella, quitándole la bolsa.
—Ya lo sé, ¡intentaba ser amable! —replicó Daisuke, ofendido.
A pesar de estar enfurruñados, el chico la siguió a su apartamento y Miyako lo dejó pasar. Empezó a sacar la ropa de la bolsa y él hacía comentarios del estilo «parece suave el jersey», «esas botas me recuerdan a unas que tiene mi hermana…». Cuando llegaron a la falda larga de la que Miyako se arrepentía por cargo de conciencia, Daisuke sonrió.
—Te pega mucho, es muy de bruja excéntrica.
—¡Oye!
—Y te iría bien con la camiseta azul que tienes, la del pájaro… ¿Águila?
—¿Te refieres a la de Ravenclaw?
—No recuerdo los nombres.
—¡¿Cómo?! —Miyako, indignada, se plantó delante de él y le apretó la punta de la nariz con el dedo—. Ahora mismo vamos a hacer un maratón de Harry Potter. Y, cuando acabemos, vas a hacer el test para saber a qué casa perteneces.
—Pues a la de los valientes, eso seguro —dijo él, sonriente—. Pero mejor mañana, que es sábado, y hoy tengo que… ¡Oh, mierda!
Se puso de pie tan a las prisas que se tropezó consigo mismo y casi tiró una silla.
—¿Qué te pasa, tarugo?
—¡Me estaba yendo, que tengo entrenamiento extra hoy! Me has distraído.
—¡Si no he hecho nada!
—Has aparecido, llevaba todo el día sin verte. —Daisuke se quedó quieto un momento, le revolvió el pelo y se dirigió a la puerta—. ¡Hasta mañana! ¡Traeré palomitas!
Miyako tardó en dejar de fruncir el ceño, solo paró porque le empezaba a doler la cabeza.
El sábado lo pasaron entero viendo las películas de Harry Potter. Diecinueve horas y treinta y nueve minutos, nada menos. La primera la empezaron a ver comiendo cereales a puñados y con los ojos legañosos, porque Miyako le avisó de que tenían que empezar pronto. Para la tercera ya estaban completamente espabilados y también sacando juegos de mesa. Para la quinta se durmieron a ratos. Para la séptima se les empezaba a pasar el efecto explosivo de los cafés y las bebidas energéticas que Daisuke había salido a comprar. Para cuando terminaron, el sol volvía a estar alto en el cielo, era domingo y Daisuke un recién bautizado Gryffindor.
—El próximo maratón de Star Wars —le dijo Miyako, cuando ya se marchaba.
—No, primero elijo yo. Uno de Jurassic Park.
—Bah, ese es mucho más fácil.
—Bueno pues Jurassic Park y 007.
—Ya lo veremos.
Él entrecerró los ojos, divertido, y le apretó la barbilla, antes de cerrar la puerta tras él.
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No le sorprendió encontrarla en el balconcito. Tampoco el bol usado de helado de chocolate. Agarró su manta de dinosaurios, que sabía que le encantaba, y se subió al murito que los separaba.
—Te vas a caer algún día —dijo ella, arrugando la nariz porque estaba sorbiendo los mocos—. Y te van a entrar a robar.
Daisuke, alarmado de pronto, cerró la puerta corredera antes de terminar de saltar el murito. Envolvió a Miyako con la manta y se metió él también debajo.
—¿No estabas en una fiesta? —preguntó la chica.
—Esto es más importante.
—Solo he suspendido un examen, no es el fin del mundo. —Él le apretó la mejilla, mojándose los dedos con sus lágrimas.
—Ya, eso vengo a decirte. Sé lo dramática que eres, Brumiya. Ese mensaje me ha dejado preocupado.
—¡No soy dramática!
—Aprobarás el siguiente. Y si no, el siguiente, ¿qué importa? —Miyako se abrazó las rodillas y dejó de mirarlo. Las luces de la ciudad se reflejaban en sus gafas y Daisuke a veces jugaba a imaginar que enseñaban un mundo paralelo, uno en el que sí se atrevía a hacer las cosas.
—Importa porque estoy atascada. Es la tercera ingeniería que pruebo.
—Pues yo no estoy atascado, pero como si lo estuviera.
Pasó una ráfaga de viento y Daisuke se aseguró de que Miyako estuviera bien tapada. Después la zarandeó.
—¡Espabila!
—¡Ay, para, tarugo!
—¡Si estás tan harta de todo, haz algo al respecto! —Ella se quedó quieta, mirándolo.
—Quién fue a hablar —murmuró.
—Lo sé. Por eso sé que no deberías ser como yo. Quieres hacer algo, pues haz algo para conseguirlo.
—Mi sueño siempre ha sido vivir en el extranjero, conocer otros ambientes... Es caro y difícil —confesó Miyako. Daisuke sonrió.
—Yo quiero montar puestos de comida por el mundo. Lo más cercano que he encontrado es hacerme preparador físico, porque tiene una parte sobre nutrición. ¿A que es triste? Intenté la carrera de economía y la abandoné, no se me daba nada bien.
Como no recibió respuesta, se giró hacia ella. El pelo le caía en cascada a ambos lados de la cara y sus ojos y gafas brillaban con las lucecitas artificiales. Le sonreía.
—Gracias.
—¿Por ser un desastre?
—Así no me siento la única. —Daisuke le devolvió la sonrisa. Entonces ella se quedó seria—. No tienes llaves de tu casa, ¿a que no?
—¿Eh?
—Has cerrado el balcón.
—¡Me has asustado con ladrones!
—¡¿Cómo puedes haberte quedado fuera de tu casa?!
Discutieron un rato. Había una llave de repuesto en casa de sus padres, pero era tarde, le caería una bronca por ser tan despistado y por despertarlos. Así que Miyako resopló.
—Vale, quédate aquí.
—Debería dejar una llave de repuesto en tu apartamento. Y tú una en el mío.
—No me fío de ti.
—¡Oye! —Daisuke puso un puchero y Miyako se rio. Hacía rato que no había más lágrimas en su cara.
—¿Tienes hambre?
—No, estoy bien. Voy al baño. ¿Tienes algo para dejarme de pijama?
Por la cara que puso, tramaba algo, pero él seguía queriendo animarla así que le daba un poco igual. Tuvo que ponerse un camisón de esos de abuela de las películas de época y valió la pena porque Miyako volvía a llorar, pero de la risa.
Daisuke hizo amago de dormir en el suelo, el resultado fue un cojín dándole en la cabeza.
—Vas a destrozarte. Ven aquí, anda.
Si el corazón le latía un poco rápido, no quería decir nada.
Se metió bajo la colcha y se quedó mirando al techo. Miyako nunca cerraba las cortinas, así que entraba algo de luz de la ciudad dormida. Daisuke se puso de lado para observar a la chica y se encontró que ya lo estaba mirando.
—Gracias.
—Ya lo has dicho —se burló él, en un susurro. Ella le sacó la lengua y cerró los ojos.
Se despertaron a la mañana siguiente con las piernas entrelazadas y fingieron que ninguno se había dado cuenta. Pero a Daisuke le costó no inclinarse y quitarle la pasta de dientes de la comisura de la boca, y se dijo que algo había cambiado. Al menos, para él.
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—No puedes venir a mi casa, nunca jamás de los jamases de la eternidad eterna mundial infinita. ¿Vale?
Sora abrió y cerró la boca un par de veces. Después se echó a reír.
—No sé si debería sentirme ofendida o si es que ocultas un cadáver o algo así.
—No puedes venir porque eres preciosa y maravillosa —dijo Miyako.
—¿Gracias? Eso no me responde, pero gracias.
No podía dejar que Sora apareciera por su apartamento, porque ella estaba soltera y era genial y acababa de descubrir que Daisuke un poco también. Era un tarugo, un desastre y la irritaba a menudo, pero era bastante genial y ella estaba bastante confusa.
Porque esa mañana después de dormir juntos había tenido el estúpido impulso de morderle la clavícula, el cuello del camisón era ancho y Miyako no estaba segura de en qué momento la piel de Daisuke le había empezado a apetecer.
Así que eso, mejor asegurarse. Solo por si acaso, mientras intentaba entender. O para que nada cambiase…
No iba a darle más vueltas. Se negaba.
Salió de la cafetería a saltitos, porque tenía una canción en la cabeza y seguía su ritmo. Llegó a su calle tarareando, ensimismada, y por eso tardó en darse cuenta de que alguien salía del edificio.
Daisuke estaba empujando a un chico.
—… venga, rápido. Y recuerda, no vengas por aquí nunca más, ¿vale?
—Pero, Dai, ¿estás seguro de que no estás enfadado?
—Que no… ¡Y ahora largo!
—¿Qué pasa? —preguntó Miyako, confusa.
Daisuke soltó de golpe a su amigo y se giró a ella, con una sonrisa demasiado grande y un tic en la pierna derecha.
—Nada, nada…
—Soy Ken, encantado… ¡Anda! ¿Tú no eres la amiga de Hikari? Nos conocimos en el cumpleaños de Takeru, ¿te acuerdas?
—¡Ah, sí, es cierto! ¿Qué tal estás?
—Bien, bien, aunque Yamato no deja de recordarme que me ganó a los bolos…
—¡Anda, ya sabía yo que me sonaba de algo!
Empezaron a charlar, Miyako alucinando cuando se dio cuenta de que Taichi el amigo de Daisuke era el mismo Taichi hermano de Hikari. Se giró entusiasmada a Daisuke y se sorprendió del gesto que se encontró.
—¿Qué pasa?
—¡Nada! —se apresuró a decir él, agitando las manos.
—Bueno, yo me voy —dijo Ken, mirando también fijamente a su amigo, como intentando descifrarlo—. Pero oye, Miyako, a ver si nos vemos pronto. Le diré a Takeru que se lo diga a Hikari, podemos quedar todos…
La cara de Daisuke se volvió completamente inexpresiva. Y eso sí que era una novedad.
Miyako solo acertó a decir que sí vagamente, más concentrada en intentar entender qué le pasaba al tarugo de su vecino. ¿Sería por la mención a Hikari? ¿Tanto le había gustado? LE había preguntado por ella alguna vez, pero…
Ken se marchó y Miyako se quedó sola, porque Daisuke se había metido al edificio sin esperarla. Tuvo que correr para entrar en el ascensor.
—¿Vemos hoy el siguiente capítulo de The Witcher? —preguntó ella, para romper el silencio—. Me quedé enganchada…
—¿No dijiste que querías leerte los libros?
—Sí, pero da igual, los leo luego.
—No me apetece. Hoy estoy cansado.
El ascensor llegó a arriba y Daisuke se fue directo a su apartamento, sin decirle nada más. Juraría que había dado un portazo.
Miyako consideró seriamente ser una persona normal. Alguien más corriente que ella lo dejaría estar, esperaría unos días o mandaría un mensaje. Pero no por nada ella era una bruja excéntrica.
Llamó a la puerta de Daisuke. No recibió respuesta hasta que no empezaba a dolerle el pie de dar pataditas.
—Quiero estar solo, ¿vale? —escuchó al otro lado de la puerta.
Juraría que tenía la voz rara…
De nuevo, Miyako no era una persona normal. Así que fue a su balconcito, se sentó sobre el muro rezando a todos los dioses que conocía, y se coló en el de Daisuke. La puerta estaba abierta y el chico sentado en la cama, con la cabeza entre las manos.
—Acabo de cometer un delito porque estás raro, así que ya puedes tener una buena razón —soltó ella, dándole un susto impresionante. (Le costó mucho no reírse).
—¡¿Pero qué…?!
—¿Se puede saber qué te pasa?
—¿No puedo tener un poco de privacidad? —se quejó Daisuke, dejándose caer en la cama y tapándose los ojos con el antebrazo.
Miyako no le hizo caso. Se descalzó, se subió a su lado y le secó el rastro de una lágrima.
—¿Te ha roto el corazón tu amigo Ken?
—La verdad es que sí, pero fue hace mucho —respondió Daisuke, riéndose.
—¿Y entonces qué te pasa ahora?
—Pues que te pasará como a mí, te deslumbrará ese chico perfecto y querrás casarte y tener un montón de hijos con él.
Miyako se echó a reír y le obligó a quitarse el brazo de la cara. Tenía los ojos rojos, pero ya no lloraba.
—No pretendo quitarte a ese chico, si es lo que te preocupa —dijo ella. Aunque escocía decirlo—. De todas formas, no le gustaría.
—Claro que sí. ¿Por qué no ibas a gustarle? Y no me refiero a eso. Fui yo quien dejó a Ken hace años…
—¿Y por qué?
—Porque no era lo que buscaba. No él en sí, nosotros. No sé, da igual, es agua súper pasada.
—¿Entonces por qué te importa si me deslumbra o no?
—Porque no puedo competir con él.
Lo soltó sin pensar, claramente, porque después puso cara de susto y empezó a balbucear algo. Miyako no le hizo caso, solo aprovechó la posición para acorralarlo y darle un beso de esos de película. Daisuke parecía muy confuso cuando lo soltó.
—¿Pero yo…? ¿Pero tú…? ¿Pero…?
—Como no digas algo más que eso me voy a hacer bruja de verdad para fulminarte con un rayo —replicó ella, nerviosa—. Acabo de comerte la boca y solo se te ocurre…
No terminó, porque Daisuke la agarró de la nuca para que volviera a agacharse y la besó.
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Esa nueva torre era todavía más alta que la anterior. El apartamento era un poco más grande, pero eran dos personas. Las luces artificiales creaban constelaciones muy diferentes, nuevas. Daisuke estaba deseando memorizarlas en el reflejo de las gafas de Miyako. El paisaje de Nueva York era distinto al de Japón, también su futuro allí, más impredecible.
Pero, juntos, daba un poquito menos de miedo atreverse. Solo un poco.
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No sé cómo he escrito tantas palabras cuando realmente no pasa nada jajaja. Pero lo he disfrutado, y me encanta poner a Miyako como una friki increíble, y a Daisuke como un atolondrado adorable. Esto también me ha recordado un poco a Sopho, porque es imposible no pensar en él cuando hablamos de Daiyako.
Y ahora sí, ¡feliz cumpleaños, Chia! ¿Por qué te he escrito esto? No lo sé bien. Estuve buscando ideas entre retos que habías dejado en el foro, había una de Koushiro y Hikari que llamó mi atención, pero por alguna razón en mi cabeza se sustituyeron por el Daiyako y ya no pude silenciarlos. Espero que pases un buen rato leyéndolo, que tengas un día maravilloso y que solo sea el primero de un año que también lo sea. Todos mis buenos deseos, mis abrazos virtuales y mi cariño para ti, te quiero mucho :)
