¡Hola mi gente!

Ok, normalmente soy un poco más eufórico con respecto a esto pero sé que todos deben estar enojados por haber tardado tanto en actualizar. Pero la verdad yo también estoy un poco enojado conmigo mismo; la verdadera razón la pondré en las notas finales, de momento regresemos a nuestro pequeño resumen:

En nuestro capitulo anterior, Steit fue condenado a reparar todo lo que rompió, la mayoría sigue sin confiar en él, solo Percy parece darle una oportunidad, y Nico decide arriesgarse y pedirle que le habla de su madre: ¿Qué clase de historia le contara el druida? ¿Cómo llego a Florencia? ¿Cómo se topo con María? ¿Qué edad tenia Bianca?

Capitulo 8:

"Recordando a Mi Familia I-¿Fue todo por él Estofado?"

Bien las cosas no estaban tan mal. Tenía cerca de una semana vagando por allí y, la verdad, no estaba resultando tan difícil sobrellevar todo el asunto de tolerar a las personas. Al menos las colles olían bien por toda esa buena comida... ¿Cómo era? Ah sí, comida "cacera" había escuchado que le decían. Significara lo que significara. Aunque las personas eran algo gritonas, especialmente cuando le veían caminar como un tigre o un oso. Al menos no montaban escándalo cuando le veían en forma canina, y también resultaba mucho más fácil conseguir comida con ese aspecto.

-"Humano"-Se repitió mentalmente, sentado a un lado de la calle desierta donde se encontraba. Poco a poco su pelaje se contrajo, sus extremidades se alargaron y regreso a aquella forma que solo tenía pelo en la cabeza y cuyas manos, debía admitir, eran bastante útiles para sujetar cosas. Tomo la hogaza de pan a su lado que había tomado de una ventana antes y comenzó a comer. Sabía bien, estaba caliente y tenía cierto saborcillo que había olido antes pero que no lograba identificar. Mientras comía no podía parar de pensar, satisfecho, que ya no le costaba tanto trabajo mantener aquella forma.

-Miauu...

-¿Mmm?-Estaba comiendo cuando un maullido a su lado le hizo girar. Se trataba de una gata atigrada color gris y negro que le miraba curiosa-Aquí tienes pequeña...-El minino le agradeció frotándose contra su pierna antes de tomar el pedazo de pan y salir corriendo-Cachorros ¿eh?

Como fuera, tenía que encontrar un refugio para pasar la noche. Esa calle estrecha que había visto antes sonaba bien. Se levanto, se acomodo lo mejor que pudo su piel y comenzó a caminar. Todo aquel "pueblo", ese "país", no estaba tan mal. Pero definitivamente podría mejorar; una pequeña nevada sería un buen comienzo. En verdad detestaba ese clima caluroso.

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La mañana podía sentirse en la piel. Los rayos del sol, la brisa matinal y ese aroma a pan caliente que brotaba de la panadería; a su lado, su pequeña caminaba con aquella melena azabache, lacia y suelta, la cual jugaba caprichosamente al son del viento junto a la risa de la pequeña de cuatro años. María realmente adoraba salir a hacer las compras por la mañana. Llevaba su canasta de mimbre en un brazo y con el otro tomaba la mano de su hija, sabia lo buena que era pero también lo mucho que le gustaba irse a curiosear por ahí.

-¿Cielo que te gustaría?-Habían llegado al puesto de Don Jacinto, el hombre que vendía la mejor fruta de todo el mercado. Frente a las cestas la pequeña Bianca miraba fascinada todas las frutas de colores, entonces tomo una y se giro hacia su madre-Duraznos entonces...

-No pequeña...-Don Jacinto puso su mano sobre el durazno que Bianca iba a agarrar, y en su lugar le extendió otro con una sonrisa-Mira, estos son más dulces. ¿Como esta María?

-Bien gracias, ya sabe, preparándome-Respondió con una sonrisa la bella mujer de tez blanca con su cabello recogido a medio moño y frotando su pequeño vientre-¿No tendrá también algunas peras?

-Tengo unas muy jugosas-Respondió el hombre con una mano cubriendo un lado de su boca y agitando su poblado bigote con canas-Están atrás, iré por ellas.

En lo que él tendero se iba, María aprovecho para tomar también un par de manzanas y cuidar que su hija no probara ni una uva. Haciendo oídos sordos de la discusión que podría escucharse al fondo del puesto, donde podía escucharse claramente al tendero y a su esposa discutir. Cuando Don Jacinto regreso, cargando una cesta llena de peras podía vérsele con el ceño fruncido y su bigote alborotado. María le esperaba sonriente y amable:

-Le pido disculpas-Dijo el hombre mientras ponía un par de las frutas en la cesta de la mujer-Estas van por mi cuenta. Espero le gusten.

-Muchísimas gracias-María pago el resto de la fruta y se despidió. En cuanto se hubo ido la mujer del tendero salió; una mujer gorda, con chal y un grueso vestido verde:

-¿Ya se fue?

-No vayas a empezar otra vez mujer-Espeto su marido acomodando la mercancía-Es una buena cliente y una buena mujer-Agrego con tosquedad.

-Una mujer soltera, con una hija y embarazada-Siseo la mujer de vestido aquellas palabras cuales viles insultos. Para nadie era un secreto que María Di Angelo no era exactamente la mujer con mayor vida social en las calles de Florencia. Todos conocían de la joven mujer que jamás había contraído matrimonio, vivía sola y aun así criaba a una hija. Las demás mujeres casadas la miraban con dagas en los ojos, el cura de la parroquia siempre se olvidaba de su nombre para las donaciones que hacia la iglesia y más de un hombre la miraba con lascivia por su innegable belleza. Con todo eso María solo tenía ojos para su pequeña Bianca y ese pequeño, u otra pequeña, que venía en camino.

Compro unas patatas y vegetales para hacer estofado, algo de carne para el día y algo de harina para la cena. Al regresar a casa, para su alivio, el lechero ya había dejado la leche por lo que podría preparar el chocolate para el desayuno. Le pidió a Bianca que abriera la puerta por ella; pero en lo que la niña corría hasta la puerta, su madre se detuvo en el cercado al escuchar un alboroto, allí mismo en la calle:

-¡No vuelvas!-Su vecino se encontraba vociferando contra un joven al cual acababa de arrojar a la calle. Se giro al ver a María, bufo y se regreso a la casa, en cuya puerta su mujer esperaba con una clara mueca de indignación en el rostro.

-Auch que daño...-Tirado en la calle piedra el joven se frotaba un poco la mejilla, al menos ya había aprendido antes a quitar la nariz del camino de los golpes. Estaba levantándose cuando escucho como alguien más se acercaba a él:

-¿Te encuentras bien?-Era una mujer que le miraba con genuina preocupación.

-Sí fue solo un golpe-Respondió el druida, se levanto y sacudió su piel, sobre la cual había aterrizado. Por su parte María le dio una rápida mirada: llevaba el cabello muy largo, y descuidado, descalzo con unos pantalones que habían visto años mejores y una extraña capa que parecía piel de reptil-Solo preguntaba si tenían un poco de agua fresca.

-Puedes venir a mi casa-Ofreció la mujer-¿Ya comiste?

-Sí, anoche-Había algo tan genuino en la honestidad de ese muchacho, como si no conociera el concepto de desayuno, que María no pudo evitar mirarle con cierta ceja levantada.

-Ven a comer con nosotras-Ofreció con una sonrisa y, en lo que María regresaba a su casa, Steit se le quedo mirando un momento. Esta vez era él quien levantaba una ceja suspicaz. Un ser humano jamás había sido amable con él, ¿por qué esté lo era? Como fuera, no iba a negarse a una comida temprano en la mañana sin tener que tomarlo de alguna ventana o cazar. Siguió a la mujer, la cual cargaba una canasta llena de más comida. Cruzaron el pequeño cercado por el sencillo jardín hasta la casa. Una vez adentro el druida pudo notar un cierto olorcillo extraño, pero vagamente familiar y fue suficiente para hacerle sentir menos desconfiado, un poco. La casa era pequeña, de una sola planta, con piso de losas gastadas, paredes color crema, un techo de madera y el amueblado era sencillo pero, en cierta forma, elegante. Además del pequeño tufo que rondaba por la casa, también dominaba un profundo aroma a flores y algo dulzón. Era obvio que en aquella casa solo vivían mujeres-Puedes lavarte en el baño.

-Baño...-Se dijo Steit luego de seguir por la puerta que la mujer le señalo. Adentro miro a su alrededor, a las paredes blancas, la tina de bronce, el inodoro, el lavamanos y el espejo sobre el mismo-Los humanos son tan raros-No comprendía que era lo que movía muchos de sus comportamientos. Cosa que en verdad le hacía hervir la sangre, y el espejo empañado del baño era prueba de ello.

Cuando salió se topo con el agradable aroma a comida caliente. Y una pequeña con el cabello negro que le miraba desde una de las mesas del comedor de madera. Su expresión, un mescla de curiosidad y miedo, que terminaba en una mueca de lo más divertida con su ceño fruncido a la vez que intentaba levantar una ceja. Steit extendió su mano y movió sus dedos a modo de saludo:

-Hola-Gesto que la pequeña italiana imito junto con un saludo más humano.

-¿Tienes nombre?-Steit se acerco y sentó frente a ella en el comedor.

-¡Bianca! Bianca di Angelo.

-Yo soy Steit-Como no tenía ningún problema con los cachorros humanos se quedo allí, jugando a ese extraño pero divertido juego de chocar las palmas de cierta forma al ritmo de una cancioncilla. Y desde la cocina María podía escuchar como su hija había conseguido un nuevo compañero de juegos. Se quedo allí por otros veinte minutos hasta que el desayuno estuvo listo; fue al comedor cargando una sencilla sopera humeante con estofado:

-¿Quieres pan?-Pregunto con una sonrisa mientras su extraño invitado se bebía toda su estofado a pecho, sin apenas reparar en lo caliente que debía estar. De todas formas le pasó un par de rebanadas de pan al igual que a Bianca y le preguntaba si quería una ración más de estofado. Steit no se negó, ¡aquello estaba realmente delicioso! Tenía sabor a leche y especias, ¿y eso eran patatas? Jamás había probado nada así. Una vez que terminaron de comer el druida se puso de pie, agradeció por la comida y se fue, no sin que antes María le diera un par de manzanas para el camino.

Tras tan extraña visita la mujer prosiguió con su rutina de tejer, cuidar a Bianca, preparar el almuerzo y salir a pasear con su hija por las calles de Florencia. Sus días eran tranquilos; al atardecer se entretenía leyendo para su hija y ese pequeño que crecía en su vientre. J.M. Barrie era su lectura favorita, las aventuras de Peter Pan siempre le animaban el corazón. Por la noche arropaba a Bianca y luego ella se iba a acostar. Aquella era su rutina, más o menos; disfrutaba de la tranquilidad, de tejer un chal y de preparar la cena. Aun cuando era consciente de la opinión que tenían las demás personas sobre ella, no le importaba; podía valerse por sí misma.

La noche transcurrió tranquilamente, calurosa y despejada, la luz de la luna creciente fue reemplazada por los rayos del sol calentando los tejados. Poco a poco la ciudad fue cobrando vida; el lechero reemplazaba las botellas vacías, el mercado comenzaba a abrir, los niños se iban a la escuela y María se dedicaba a leer sentada en una silla de madera que había sacado al jardín. Ella y el capitán Nemo estaban a punto de sumergirse nuevamente en las aguas del pacifico, cuando algo más llamo su atención:

-¡Hola!-Parado al otro lado de la cerca estaba el mismo muchacho que había visto antes. Agitaba su mano en el aire y lucia, extrañamente, un poco más limpio. Incluso llevaba el cabello un poco húmedo. María se levanto y se acerco, genuinamente curiosa ante aquel extraño chico:

-Hola-Saludo sujetando el libro contra su pecho-Steit, que sorpresa verte de nuevo.

-¿Puedo comer algo de "esofado"?

No pudo evitarlo. Esa cosa en verdad era deliciosa, ¡que hasta había ido al rio a bañarse o como lo llamaran los humanos! Aunque, por la risa que soltó la mujer, por un instante temió recibir una negativa de comida gratis, en cuyo caso simplemente se metería por una ventana y se serviría una gran porción para él solo. Pero no hubo necesidad de eso. Amablemente María le dejo pasar y acabarse todo el "esofado". Una parte de ella se sentía preocupada de ver la forma en que el muchacho se acababa todo el tazón; además de su ropa, y su aspecto descuidado, resultaba evidente que no tenía un hogar fijo.

-¿De done eres?-Inquirió luego de comer y estando ambos sentados en la sala.

-Del norte-Por su parte el druida se dedicaba a lamer el fondo del plato. Era difícil no compararle con un cachorro-Llegue hace unos días.

-¿Viajas solo?-Un asentimiento, y no estaba segura de poder tantear el terreno preguntando "¿Y tus padres?", mientras pensaba fue el turno de Steit para preguntar:

-¿Donde está la pequeña?-Miro a ambos lados de la estancia mientras olfateaba-Creí que querría jugar.

-Está en la escuela.

-¿Que es "la escuela"?

-Steit...-Esta vez, María se inclino hacia adelante con una mirada mucho más seria-¿Eres humano?-Tal vez fuera una pregunta demasiado directa, definitivamente demasiado extraña e, increíblemente, más extraño aun fue:

-No-La respuesta. Directa, natural. María había visto muchas cosas extrañas, sin agravar la distinción del padre de sus hijos, pero Steit, a diferencia de la mayoría, no asustaba-Soy un druida. ¿Cómo lo supo?

Increíblemente, para el druida, pasaron el resto de la mañana charlando de esto y aquello. María, a quien había apodado como "doña", era muy divertida; amablemente le explico muchas cosas que no entendía, como los semáforos y los automóviles; también que la escuela era a donde enviaban a sus hijos para aprender; en cuanto Steit le pregunto si el también podría, para ponerse al día con muchas cosas del mundo humano, esta le dijo que posiblemente ya era muy grande; casi se va de espaldas cuando el druida se encogió hasta parecer de la edad de Bianca, cosa de la que después ambos se reían. Para el medio día María le invito a acompañarla para buscar a Bianca, a lo que druida acepto curioso.

-¡Mami!-La pequeña se lanzo a los brazos de su madre, se veía bastante adorable con su uniforme. Mientras tanto Steit se dedicaba a mirar por aquí y por allá, ignorando las miradas hostiles para con él. Bianca le saludo efusivamente antes de preguntarle si podía llevarla en sus hombros. Un segundo después observaba a todos desde las alturas con una gran sonrisa. El camino de regreso lo hacían tranquilamente, María respondiendo a las preguntas de Steit, quien señalaba de aquí para allá:

-Todas las farmacias tienen esa cruz... No, no cualquiera puede conducir... Si el semáforo esta en rojo no puedes cruzar, no es que los autos vallan hacia ti-Iban caminando tranquilamente, Bianca de la mano de su madre debido a que había estado halando del cabello de Steit cuando, de un momento a otro un chillido hizo que todos en la acera se giraran para ver como el druida sostenía tensamente la muñeca de un hombre:

-¿Qué ocurre?-Pregunto alarmada la mujer.

-Desde hace rato esta siguiéndonos-Siseo mientras ejercía aun más fuerza y el hombre aullaba. Varias personas les rodeaban curiosas, una mujer lo idéntico como el asaltante que había robado su bolso y ahora había intentado robar el de María. Y aunque no tenía idea de que era un "asaltante", a juzgar por el tono y el ambiente no debía ser nada bueno. Por su parte, María, observaba boquiabierta como los ojos de aquel muchacho se habían tornado rojos y brillantes.

-¡¿Que ocurre aquí?!-Justo en ese momento llegaron un par de oficiales. Y fue entonces que se desato el verdadero caos. Uno sujeto al asaltante, quien de paso tenía un negro cardenal en su muñeca, pero en cuanto el otro intento siquiera poner su mano sobre el hombro de Steit salió despedido contra el muro. Las personas se asustaron y alejaron en cuanto el druida corrió hacia un callejón, perseguido por ambos oficiales-¿Qué rayos?

-¿Steit?-María comenzó a caminar junto a Bianca y a un peculiar perro mastín, que había salido del mismo callejón desierto y sin salida que era escrutado por dos perplejos oficiales de la policía.

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Con el tiempo María aprendió a leer las irises bicolores del druida; a notar como su seco jardín ahora era verde y lleno de flores, incluso con un pequeño árbol creciendo a un lado, mientras que los del resto del vecindario seguían secos y amarillentos; aprendió que Steit, aun cuando era muy bueno para congeniar con los animales, incluida esa víbora que se había colado en la cocina, era sumamente desconfiado para con las personas:

-Usted fue amable conmigo-Le había respondido Steit cuando le pregunto al respecto...

-"Los humanos no son tan malos"-Nico pudo ver un destello de dolor y rabia en los ojos de su guardián-"Ve con ellos, aprende a conocerlos". Esas fueron las últimas palabras de mi padre...

-¿Por eso te quedaste con mi madre?-Inquirió el italiano-¿Porque era buena?

-En realidad fue por su estofado.

-¿No tenias otra razón?, no sé, algo menos simplón-Nico casi tenía ganas de empujar al druida de la rama en donde estaban, aunque sabía que no serviría de nada. Entonces Steit sonrió mientras extendía su mano hasta su cabeza y le despeinaba con una sonrisa nostálgica:

-De hecho la tenia-Dijo, y Nico podría apostar su espada a que sabía lo que vendría a continuación.

-No. No vayas a decir "Tú"-Gruño y suplico a la vez con sus orejas calientes:

-Ok, entonces sigamos hablando del estofado-

Continuara...

Ey chicos, la razón por la cual tarde tanto en actualizar no fue la tesis (claro, eso colaboro mucho) pero la verdadera causa es que sencillamente no estoy recibiendo los Reviews que esperaba. Y no lo digo solo como la típica broma del autor que quiere comentarios, lo digo porque, chicos en serio. Me estoy esforzando mucho con mi meta de alcanzar los 1000 reviews. Si no los recibo no tiene sentido que siga escribiendo.

En fin, espero que me ayuden a seguir y nos veremos en el siguiente cap…