Marco exploraba la isla de cempasúchil y veladoras. Como una flecha, un colibrí colisionó con él. Marco detuvo la caída del ave con sus manos. Estaba desorientada, fría, pero ilesa; era preciosa, tenía la cabecita y las alas negras, además de la garganta roja. Marco se sentó, anonado, en la plaza llena de flores y altares. Con el colibrí acurrucado entre las manos, e hipnotizado por la danza de las llamas diminutas, se durmió. Días después, el fénix recodaría la leyenda de los muertos que renacen en colibríes y acompañan al sol. Después sonreiría y miraría sus manos, ahora vacías.
