Prólogo:
Silencio.
El hombre que ahora se autroplocamaba como dueño y señor del Mundo Mágico había terminado de dar su discurso triunfal.
-Harry Potter está muerto, a partir de hoy las cosas cambiarán, todos aquellos que fueron lo suficientemente estúpidos como para enfrentarse a mí lidiarán con las consecuencias, les daré algunos días para que se hagan a la idea, para que entierren y lloren a sus muertos, pero sobretodo para que analicen muy seriamente cuál será su forma de pensar en el futuro cercano. Tendrán noticias mías pronto.
Voldemort se retiró, desapareció en una nube de humo negro junto con sus secuaces, nadie se atrevió a pronunciar palabra aún habiendo transcurrido un par de minutos, el desenlace que tanto temíamos se había vuelto realidad. Alguien carraspeó y el mundo volvió a girar.
Hubo varias reacciones, todas entendibles, algunos se quebraron y lloraron, otros se reunieron con sus familiares y los abrazaron, incluso oí a un estudiante de Hufflepuff decir que se quitaría la vida. De a poco las tenues u distantes voces se convirtieron en un murmullo molesto.
El elegido está muerto, estamos condenados.
El sentir popular era obvio, no había necesidad de ser un experto en legeremancia para saber lo que estaban pensando. De este día en adelante el mundo cambiaría, y no para bien.
Entre tanta gente estaba yo, había perdido a mis 2 mejores amigos, mis padres fueron asesinados antes de lograr escapar, no tenía a quien acudir. Un montón de cabellera rojas se veían aglomeradas a lo lejos, ellos podrían darme la bienvenida, conociendo la calidez de aquel hogar lo harían con los brazos abiertos, pero ellos también necesitaban sanar, Fred y Ron cayeron aquel día y Bill estaba desaparecido junto con su esposa Fleur, tenían demasiados problemas como para agregarles uno más.
Estaba sola, sentada en un rincón, mirando a mis compañeros perder la esperanza, estaba segura que recordaría aquel día como el más doloroso de mi vida. Era consciente de que lo que vendría luego no sería nada fácil, menos para mí, hija de muggles, miembro de la Orden del Fénix y una de las mejores amigas de Harry Potter, ellos no me darían un destino como el de los demás, me cazarían y me irían matando de a poco, me torturarían, eso seguro, quizás un par de mutilaciones también y yo, que no aguantaría aquello con la cabeza gacha, lo iba a pasar peor.
Fue entonces cuando tomé mi decisión. Me puse de pie y di algunas sacudidas a la parte trasera de mis jeans en un vano intento de quitarles el polvo. Miré todo una vez más, memorizando cada detalle de la que había sido mi casa por 7 años, se me apretó el pecho, tanta destrucción en un lugar tan sagrado como Hogwarts debería ser considerado un pecado.
Mi vista fue pasando por cada uno de aquellos que consideraba amigos, los Weasley lloraban, Longbottom, que hoy parecía más hombre que adolescente, mantenía una conversación muy seria con McGonagall, la señora de avanzada edad parecía tranquila, pero aquel tic en su párpado superior derecho delataba nerviosismo. Cuando llegué a Luna sonreí involuntariamente, la chica rubia intentaba calmar a uno de los fantasmas del colegio. Hagrid se había marchado, tuvo en sus manos el cadáver de Harry, el niño al que quiso como hijo propio, para él debió ser más que difícil.
Grabé tan a fuego como pude sus rostros en mi mente. Ellos serían mi fuerza. Entonces comencé a caminar lejos de allí, un paso a la vez, no me atraparían, por la memoria de Ron y Harry lo juro, escaparé y viviré todo lo que pueda, hasta que la muerte decida encontrarme.
A partir de hoy, Hermione Jean Granger, sería una fugitiva.
