[[Prólogo]]

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El cuerpo de Kagome Higurashi ya hacía sobre el suelo, y a su alrededor se abría paso un gran prado repleto de frondoso césped, junto con uno que otro pequeño arbusto. Cuando recobró la conciencia, casi de golpe, notó que parte de su ropa había sido víctima de una brisa nocturna. Esta, así como adornaba las hojas de los árboles, las flores, las ramas y demás, también se la había llevado de paso a ella; sin lograr empaparla, pero mojándola lo suficiente como para hacerla temblar de frío.

Kagome observó el lugar sin encontrar algo que le dijera dónde se hallaba o cómo había llegado a aquel sitio tan extraño; y un repentino mareo a la hora de querer ponerse de pie la obligó a tomar su cabeza entre sus manos, con fuerza, como si aquello le ayudara a detener las vueltas que estaba dando, pero funcionó sólo un poco. Lo necesario para motivarla a intentarlo de nuevo.

¿Qué es esto? —se preguntó a sí misma, pero no logró dar con una respuesta; al menos no la que deseaba porque claro estaba que aquel sitio no era su casa, ni su calle o, siquiera, su ciudad. Era algo totalmente diferente, y eso no le terminaba de gustar. No tenía un buen presentimiento; de hecho, la sensación de encontrarse en peligro la invadía completamente. Quizá ahora más que temblar por frío, lo hacía por miedo.

"¿Será… una pesadilla?", pensó.

Sobre ella la luna estaba en su punto más alto, así que supuso que era pasada la media noche o un poco más; como con todo, no lo tenía seguro. Sus sentidos a penas y terminaban de despabilarse, los mareos estaban insistentes y no recordaba nada. No podía concentrarse. Su mente parecía un cuarto blanco, silencioso.

Demasiado blanco y silencioso.

Una nueva brisa corrió y movió su cabello, escuchó crujir varias ramas en los arbustos y a una que otra ave emprender su vuelo. Todo sonido compuesto de una manera que le supo tenebrosa; sin embargo, hubo otro –más lejano, más desapercibido- que captó su atención de inmediato. Se mantuvo quieta, expectante. Aquello había parecido un gruñido, ni humano y tampoco animal, sino todo lo contrario.

Enteramente bestial.

¿Quién está ahí? —No notó lo bajo que había hablado, pero cuando reparó en ello se aclaró la garganta con su propia saliva. Repitió, más alto: —¿Hay alguien ahí? Contesta, por favor...

Luchando por mantener sus dos pies sobre el suelo, caminó un par de pasos hasta donde se veía la entrada de un bosque. Desconocía su profundidad, y cuando por sus oídos cruzó un nuevo gruñido no quiso averiguarlo. Esta vez estaba más cerca, tanto que casi pudo sentir un aliento fétido entrar por sus fosas nasales, haciéndola caer de bruces al suelo. Se desorientó por unos segundos. Ese sonido estaba repitiéndose una y otra vez, tanto que le costaba distinguir sí estaba en su cabeza o si realmente alguna bestia la rondaba.

Eso tampoco lo quiso averiguar.

Detente, por favor —suplicó, comenzando a llorar—. ¡Detente!

Varias piedras bajo sus manos comenzaron a moverse, produciéndole una sensación parecida a la del comienzo de un temblor intermitente, pero muy recio. El pánico se apoderó de ella, le estaba costando respirar y, entre los gruñidos de la bestia y sus gritos de súplica, terminó por hacerse una bolita.

Es un sueño, es un sueño, es sólo un maldito sueño... —se dijo—. Tengo que despertar.

Y, en algún momento del cual no fue consciente, el temblor paró, el viento amansó y ningún gruñido continuó atormentando sus nervios. Todo parecía sentirse como al inicio: un lugar tenebroso y oscuro, sin más. Así se sentía. Así pensó que se veía porque hasta ahora su cabeza seguía entre ambas piernas. En un intento desesperado pellizcó sus brazos para despertar, se rasguñó y golpeó sus piernas. Nada funcionó, pero no desistió.

Fue sólo hasta que un fuerte escalofrío le caminó por la espalda, seguido de un aire caliente que sintió más a jadeo, que dejó de lado su auto-tortura; su pesadilla que comenzaba a tornarse realidad. Giró la cabeza lentamente, sintiendo la muerte tan cerca y tangible que tuvo nauseas, y miró algo: un par de ojos amenazantes, unas fauces hambrientas y su vida pasando en un instante.

Luego una calma total.