Bueno, para este fic me inspiré en uno bastante exitoso y muy bueno escrito por carbonaraspaghetti, Reformatorio Shinsekai, de lo que le ocurriría a los protagonistas de One Piece si vivieran en el mundo real y estuvieran en un reformatorio. A partir de ahí (y con su permiso claro) yo he desarrollado mi propia historia. Espero que os guste, y dejadme un review con vuestra opinión, es muy importante para mí ;)


Capítulo 1:

La vida no es justa ¿verdad? Al menos, eso es lo que opinamos la mayoría de nosotros. Si se le pregunta por la calle a cualquier persona si es feliz con su vida, lo más probable es que diga que no (siempre que sea sincera). Quizás les gustaría que su trabajo fuese otro, o que su familia fuese menos desagradable, o simplemente dirían que les gustaría tener otro color de pelo, o de ojos. Si por el contrario dijeran que si, lo más probable es que estuvieran mintiendo, o que si lo pensaran con más profundidad, se dieran cuenta de que no es así.

Para Roronoa Zoro, la vida no era nada justa. De hecho, para él la vida era una mierda. Una auténtica basura.

Mientras observaba distraido resbalar las gotas por el cristal de la ventana del coche, con las que en otro tiempo hubiera hecho carreras por ver cual se deslizaba primera hasta abajo, reflexionaba acerca de lo asqueroso de su existencia.

Era cierto, había pegado a ese chico ¿y qué? Tampoco era un crímen. Se lo merecía, y encima él había salido aún peor parado. Y había suspendido seis asignaturas de ocho posibles. ¡Claro que tendría que haber estudiado más! Pero había estado centrado en otras cosas. Él tenía sus sueños, sus ambiciones. Le fastidiaba mucho que su viejo no pudiera entenderlo.

El señor Roronoa miro con agresividad a su hijo desde el cristal del retrovisor. No habían mediado palabra desde el inicio del viaje. Casi dos horas ya. A Zoro no le importaba demasiado. Nunca se había entendido con su padre, y después de lo ocurrido en aquel año, no esperaba para nada que las cosas entre ellos cambiaran.

Sin embargo, el señor Roronoa habló, con una voz fría y ronca, como si le costase mucho articular las palabras.

-Estamos llegando-informó , secamente.

Zoro prefirió no contestar. Permaneció sumido en sus pensamientos. ¿Por qué le habría tocado alguien como él por padre? Era insufrible. Un hombre serio, que vivía solo para su trabajo y sus propios intereses. Poco le importaba Zoro, y menos aún su madre, que se había ido de casa tiempo atrás.

-Espero que esto te ayude a sentar cabeza de una maldita vez, y cuando te recoja seas una persona madura y decente-Zoro no esperaba que su padre fuese a decirle nada más. Aquel comentario, sin embargo, le encendió.

-No creo que vaya a poder decepcionarte mucho más-dijo, con resentimiento.

-No, yo tampoco-corroboró su padre, que seguía impasible-has tocado fondo este año. Te va a venir bien estar lejos de casa.

Zoro respiró hondo. Sabía a donde iba a llevarle todo aquello...

-Claro que me va a venir bien. No puedo soportar más tu egoísmo. Mejor estar jodido en un reformatorio que en casa, contigo.

Sabía que le había enfadado. Pero total ¿importaba algo ya?

-¿Sabes? Cuando yo tenía tu edad, estudiaba mucho para sacar muy buenas notas, y mis padres estaban impresionados conmigo. Aprovechaba lo que tenia.

-No me vengas ahora con el rollo de tus padres, a los que ahora no hablas. Búscate otro cuento para marear, si te apetece.

Notó que su padre se movía un poco. Le había enfadado.

-Eres un imbécil niño, como lo era tu madre. No me extraña que...

-No hables de mamá como si estuviera muerta-le interrumpió Zoro.

-HABLARE CÓMO ME DE LA GANA-gritó su padre. Zoro se calló. Se había enfrentado a tipos duros y matones, pero los gritos de su padre aún le hacían enmudecer.

El señor Roronoa desató por fin toda su rabia sobre su hijo.

-He podido entender algunas cosas: que te gustase esa estupidez de las espadas, que te costara enterarte en clase, o que tuvieras problemas con tus compañeros. Al principio era tolerable. Pero tienes ya edad suficiente para responsabilizarte de tu vida y ser alguien de provecho. No vas a volver a ese instituto el año que viene...

-Mejor-le interrumpió Zoro con desdén.

-Pero no voy a permitir que te eches a perder tan fácilmente. Te vas a pasar el verano en este colegio, y te aseguro que cuando vuelvas serás otro nuevo.

Zoro notó crecer la desesperanza en su interior.

-No es un colegio... ¡Es una cárcel!-no pudo evitar un deje de lamento en su voz al decirlo.

Su padre no respondió.

Siguieron avanzando por aquellas interminables colinas, mientras su coche era azotado por la lluvia. El señor Roronoa había puesto rock en la radio, y Zoro escuchaba entretenido "I'll be with yo again", de U2, con un ritmo muy apropiado para aquel deprimente momento. Le encantaba el rock. La música en general. Esa era una de las pocas cosas en común que compartía con su padre. Alguna vez, entre los pocos recuerdos alegres que Zoro tenía con él, habían estado hablando de música y de bandas de rock.

En una curva, el coche dio una sacudida. A Zoro no le hubiera extrañado que el Galápago (como cruelmente lo llamaba) se hubiera desmontado en ese instante. Era otra de las "virtudes" de su padre: no cambiar nada hasta que no pudiera usarse. Zoro estaba seguro de que hasta que el viejo coche no reventase, no lo cambiaría.

-Ahí-su padre no necesitó decir nada más para que Zoro lo entendiera.

El señor Roronoa señalaba un enorme edificio en lo alto de una montaña. Tenia cuatro plantas, y muchas ventanas, aunque todas ellas selladas con barrotes, cosa en la que Zoro reparó enseguida. Si quería escaparse, no lo iba a tener fácil. El edificio era gris, y el agua de la lluvia caía en cascada por el alero del tejado, dándole un aspecto triste, a la vez que amenazador.

-Abajo-dijo el señor Roronoa secamente-te recogeré en septiembre.

Zoro lanzó una ojeada al lúgubre edificio. Fuera hacia frío, y llovía. En el Galápago estaba caliente y confortable. Aunque no quería reconocerlo, no quería dejar a su padre.

Él era un chico orgulloso, y cuando se enfadaba podía ser muy tozudo, sobretodo con él, pero aquella vez, sentía en su corazón la necesidad de arreglar las cosas.

-Y-yo... siento haber sido tan imbécil.

Sintió que su rostro enrojecia un poco. No era muy bueno expresando sus sentimientos, y menos disculpándose. Era un chico directo.

-Sí, lo has sido-su padre le fulminó con la mirada-pero eso ya no importa.

Zoro miró a su padre esperanzado.

-Porque ahora te vas a quedar aquí, jodido, como dijiste, y así aprenderás la lección. Espero no tener que saber nada de ti hasta que te recoja.

Zoro agachó la cabeza, y sintió como la rabia volvía a bullir en su interior. No respondió, pero abrió la puerta del coche de una patada, haciendo que este chirriase de nuevo, y luego abrió con brusquedad su maletero, recogió sus cosas y se alejó, presuroso, mientras la lluvia le golpeaba el rostro con fuerza.

No le dijo nada más a su padre, pero prefirió no hacerlo, porque probablemente hubieran discutido de nuevo. Él no le entendía. Y desde luego no le quería. ¡Menudo gilipollas!

En el Galápago, el señor Roronoa suspiró viendo a su hijo alejarse. Se sentía mal por él, y también por no haber sido capaz de disculparse.

"Cuando salga-se dijo a si mismo-habrá cambiado. Estoy seguro" Pero algo en su interior le hacía dudar. ¿Lo estaba mandando al lugar correcto, en aquella especie de prisión de menores? ¿Qué habría dicho su madre de aquello?

Sumido en aquellos pensamientos, el señor Roronoa dio la vuelta en su coche y se alejó, mirando una última vez atrás, para ver a su hijo acercarse al colegio.

En la entrada, un portón enorme con varias cerraduras, Zoro leyó una placa algo vieja en la que rezaba " Colegio Shinsekawa: Reformatorio especial para jóvenes inadaptados o con un indebido comportamiento".

Lo releyó varias veces, sintiéndose cada vez peor.

-¿Indebido comportamiento? Vaya mierda-musitó.

Y sintiendo que el mundo entero le daba la espalda, que la vida se cagaba en él, pulsó el interruptor de la entrada, y suplicó en su interior que nadie contestase.

...