Capítulo 1:

Amaba muchísimo a Rosalie, y sin embargo la odiaba con todo mi alma.

Detestaba que siempre fuese caminando por el mundo sintiéndose la peor basura que podía existir, cuando había millones de personas que lo darían todo por ser iguales a ella.

Odiaba que se dijera a si misma fea, que pensara que nadie la apreciaba por ser tan extrañamente hermosa, odiaba su falsa modestia al decir que era solo una chica más, una del montón…

Y a pesar de todo, no podía pasar un segundo alejada de Rose. La consideraba una hermana, esa persona a la que le cuentas tus secretos con los ojos cerrados, aquella en la que siempre puedes confiar.

Con su cabello rubio, mirada color zafiro y cuerpo escultura, daba una imagen de mujer segura y fuerte que nadie más que yo conocía era capaz de poseer… Nada podía derrocarla, nadie podía quebrarla. Ella era una diosa flotando en una nube de oro que ninguna flecha podía atravesar, por más dura y fuerte que fuera.

Todo en su vida era especial y fuera de lo normal. Sus padres no le daban limitaciones en ninguna actividad, por lo que podía salir a beber y a bailar todas las noches si quería sin que ellos la reprendieran por ello. Era libre de comprarse cuantas cosas quisiera sin percatarse siquiera en el precio y de tener tantas citas como ella prefiriera…

Rose vivía la vida de sueño que cualquier adolescente inteligente quiere tener, y era por eso que la consideraba perfecta… Porque tenía una vida de cuento de hadas, una belleza de cuento de hadas, y aunque mi corazón se sintiera pesado y muerto cuando pensaba en ello, también tenía un novio de cuento de hadas.

-.-.-

Las clases del día lunes eran, definitivamente, mis favoritas. En realidad amaba todas las asignaturas que tenía en ese colegio, pero las de ese día eran mis preferidas.

Y no solo porque pertenecía al grupo de "las ratas de biblioteca" y era una total cerebrito que amaba a la escuela y la consideraba su segundo hogar, sino también porque era ese día el único en toda la semana en la que me tocaba sentarme junto a mi mejor amigo, el único chico que había despertado en mi verdaderos sentimientos de amor, el dueño de todos mis sueños…

Edward Cullen.

Ambos nos conocíamos desde que éramos pequeños niños, casi bebés. Nuestras familias eran dueñas de una cadena de pequeños hoteles que se repartían alrededor del país y desde que tenía conciencia ellos siempre habían tratado de unirnos, de mantenernos uno al lado del otro.

Nuestra amistad era algo muy fuerte y hermoso… Él siempre había sido demasiado sobre protector conmigo, me cuidaba hasta de las pequeñas abejillas que volaban en el parque del pueblo en donde siempre solíamos jugar, argumentando que creía que yo era de porcelana y que temía que me rompiera al más mínimo toque.

Yo era su muñequita preferida…

Al pasar los años las cosas comenzaron a cambiar a una velocidad impresionante… Fue durante un viaje para celebrar la inauguración de un nuevo hotel cuando noté que Edward ya no era el mismo niño regordete y tímido de antes.

Su cabello dorado y desordenado le robaba discretamente destellos al sol, adquiriendo un brillo color cobre que no parecía real. Sus ojos eran dos esmeraldas puras e hipnotizantes al igual que su sonrisa torcida. Su cuerpo musculoso de forma natural te provocaba escalofríos si lo observabas más de un par de segundos y su mandíbula fuerte y a la vez redondeaba comenzaba a despedirse de los últimos rastros de niño que aún le quedaban…

Él me gustaba… Lo hacía demasiado.

Entonces cuando todo comenzaba a voltearse a mi favor, cuando Edward comenzaba a percatarse de que yo tampoco era la misma niña que antes había sido, llegó la princesa de hielo y congeló todo a mi alrededor con sus mágicos poderes…

Para Rose conquistar a Edward había sido algo relativamente sencillo. Muchas veces me cuestionaba si los sentimientos que ella decía sentir por él eran reales, puesto que nunca parecía demasiado interesada en su novio, y sin embargo él parecía un insecto frente a una luz brillante cuando ella estaba cerca.

No pasó mucho tiempo hasta que ambos hicieron oficial su relación… Ese día yo les había sonreído con dulzura y descaradamente los había felicitado dándole un abrazo a cada uno, tomándome más tiempo en Edward… Como despidiéndome, como sabiendo que ya nada sería de nuevo lo mismo. Luego de eso había corrido a mi casa y ocultándome debajo de las sábanas había llorado durante toda la noche, hasta quedarme dormida.

Lo había perdido, y me odiaba por ello.

Rosalie tenía un sinfín de defectos a pesar de ser perfecta. Era muy poco inteligente, se preocupaba más por el color de uñas que utilizaba que por el resto de personas en su vida y no le preocupaba dejar de lado a un destrozado y enamorado Edward con tal de salir a pasear con sus "amigos", que en mi opinión eran mucho más que eso.

Pero colocándome a mí en una balanza y colocándola a ella del otro lado, sabía que el aparato siempre escogería a la princesa.

Y era por eso que había renunciado a todo por ella… Había decidido guardarme mis sentimientos hacia Edward muy profundo dentro de mi corazón, me había tomado el derecho de llamarlo amigo aun cuando sabía que yo necesitaba mucho más de él, me había comportado como una hipócrita mencionándoles la hermosa pareja que hacían siempre… Lo había hecho todo porque sabía que yo, Isabella Marie Swan, nunca podría ofrecerle a Edward las cosas que ella le daba.

Yo no era divertida, mucho menos bonita. Jamás podría acaparar las miradas de los hombres, nunca obtendría nada mejor que un libro como compañero para siempre. Si encadenara a Edward a mi vida lo estaría condenando a una cadena perpetua de aburrimiento y monotonía.

Rosalie era mejor que yo para él, para cualquier persona. Debía dejarla a ella con mi amado chico, por más que llorara por dentro cada vez que se besaban frente a mí, por más que sintiera un puñal cada vez que se susurraban "te amo".

Era mi castigo por odiar tanto a Hale.

Un sonido inquieto a mi lado me hizo levantar la mirada de mi cuaderno de anotaciones y en ese momento me sentí morir…

Edward estaba igual de guapo como siempre a diferencia de que ese día sus ojos se veían aún más penetrantes y su sonrisa había conseguido marearme. De no estar sentada habría caído al suelo en un abrir y cerrar de ojos.

-¿Otra vez en tu mundo?, preguntó mientras se sentaba a mi lado, observando los tristes garabatos que había dibujado mientras esperaba a que la clase comenzara.

-Lo lamento, a veces me concentro mucho en otras cosas y no noto lo que sucede a mí alrededor, le respondí tímidamente mientras tomaba mi lápiz amarillo y le daba los últimos detalles al dibujo de Bob Esponja que había realizado.

Lo sé, era una estúpida patética por dibujar esas cosas con casi 17 años, pero no podía evitarlo. Era parte del complejo de perdedora que me perseguía constantemente, muy contrario a la fama de popular que Rose tenía.

-Haces bien en hacer eso. El mundo real un asco, dijo mirando atentamente mi dibujo mientras revolvía en mi caja de lápices buscando algún color para pintar. Lo observé embobada por unos segundos y luego suspiré derrotada.

-Te peleaste con Rose de nuevo, ¿no es cierto?

Él hizo un gesto algo extraño como dándome a entender que no quería hablar de ello, y luego rayó mi dibujo con un color azul espantoso, arruinándolo por completo.

Pero yo no le dije nada… Amaba ver su rostro de frustración cuando intentaba arreglar algo, cuando pensaba… Dios amaba a ese hombre.

-No estés triste Edward… Sabes que a vec…

-Estaba abrazando a Emmet, de nuevo, me dijo casi en silencio, observando a todos lados buscando a algún posible traidor que pudiese oír nuestra charla privada.

Emmet era el ex novio de Rose, y a su vez, el hermanastro de Edward. Él lo detestaba porque decía que seguía acercándose demasiado a su novia a pesar de haberse peleado, y que en ocasiones encontraba llamadas de su hermano en el celular de ella, pero yo siempre intentaba tranquilizarlo diciéndole que al igual que yo y él, ellos eran mejores amigos.

-No debes darle importancia a ello, Ed…

-Es sencillo para ti decirlo… Ella es tu amiga, la defenderías a muerte.

-Oye!, le grité dándole un puñetazo de juego en el brazo, sacándole una brillante y perlada sonrisa. –Tú también eres mi amigo, le dije tristemente. –Sabes que te quiero muchísimo.

-Te adoro Bella, respondió mientras me estrechaba fuertemente entre sus cálidos brazos. Ese lugar se sentía tan bien que podría vivir ahí sin ningún problema.

Lamentablemente, el Señor Banner llegó al aula y nos ordenó a todos sentarnos bien para comenzar con su lección, por lo que Edward y yo tuvimos que separarnos y enderezarnos en nuestras sillas.

-Gracias, dijo él.

-¿Por qué?

-Solo gracias… Por todo.


Bueno, aquí está el primer capítulo del fic. Es un poco corto pero así tiene que ser porque no es una historia muy larga y no quiero que tenga pocos capítulos. 5 reviews y les actualizo! ;)