I

Dentro de las muchas habilidades que implicaba ser un ángel estaba la capacidad de percibir cosas que los humanos no hacían. Lo cual era algo bastante obvio si se tenía en cuenta su naturaleza etérea. Pero aparte de sentir las emociones y detectar presencias no deseadas, estaba una cierta agudeza en sus sentidos. Lo que le permitía ver, oír u oler más allá de lo que hacía una persona normal. Por supuesto, con sus limitaciones debido a su cuerpo humano. Aun así, era una ventaja para su trabajo, ya que le permitía contar con información extra. Sobre todo, cuando se trataba de enemigos del bando contrario.

Para su desgracia, no siempre sabía hacer un buen uso de ellos. No olvidaba las veces en que había terminado en problemas por no saber utilizarlos correctamente. Y gracias a cierto demonio, no había terminado peor. Muchas veces este le había regañado por no hacer uso de sus poderes intrínsecos. Pero no podía evitarlo. No quería levantar sospechas, por eso debía actuar como si fuese una simple persona. Sin ventajas. Lo humanos no eran tontos, o al menos algunos eran lo bastante perspicaces como para empezar a sospechar de su verdadera naturaleza. No podía arriesgarse a ser descubierto.

Crowley siempre se quejaba que una de las cosas que más lo delataban era su aroma. En los viejos tiempos no había sido nada agradable. Cualquier cosa con un remoto olor a azufre, era considerada maligna. Y por desgracia para el demonio, en algunas ocasiones no lograba disfrazar su aroma por más que lo intentase.

¨–Tu lo tienes fácil– había dicho alguna vez mientras bebían– Tu dulce aroma no levanta ni la más mínima sospecha. ¿Quién pensaría que alguien con aroma a almizcle y flores es malo? ¨

Sin duda su propio aroma, no era algo de lo que preocuparse. Al contrario, era algo con lo que las personas a su alrededor se sentían bien. Pero eso no aplicaba con cierta clase de enemigo. Las pocas veces que había tenido la desgracia de toparse con otros demonios, tuvo que buscar la manera de ocultar su aroma y pasar desapercibidos por ellos.

¨–Solo los que son como tú, querido –le contesto el rubio en aquella ocasión– Los demonios, quiero decir. A ustedes les desagrada nuestro aroma, ¿no es así? Es molesto para ustedes. Sospechoso.

–Eso ni siquiera cuenta, ángel –dijo moviendo su mano para quitarle importancia–. A los de Allá Bajo no les gusta nada que huela remotamente bien, ni siquiera tienen sentido del gusto. Además, es obvio que tampoco les va a gustar el aroma que emanan los de tu bando.

–Supongo que lo mismo se aplica con ustedes –medito por un segundo– Recuerdo que cuando me he encontrado con otros demonios, ni siquiera podía respirar el mismo aire que ellos... Aunque tú eres distinto...

– ¿Debería sentirme halagado? –pregunto burlón.

–No te ofendas, Crowley. Solo que tú aroma es más... peculiar. No se cómo explicarlo –agito sus manos nervioso, el carmín cubriendo sus mejillas–, pero lo que quiero decir es que no me molesta... ¿te desagrada mi aroma? –pregunto el ángel ansioso.

–Por supuesto que no, ¿por qué tendría que desagradarme? –contesto el demonio con una sonrisa– Después de todo yo si tengo buen gusto...

El ángel bebió de su copa tratando de ocultar el color carmesí de sus mejillas"

Y hablando de cierto de demonio, Aziraphale miro al sofá vacío frente a él. Hacia un par de semanas que el pelirrojo se había ausentado para atender algunos asuntos pendientes. Suspiro resignado pues no tenía otra opción más que esperar hasta que este regresara. Tanto tiempo había pasado el demonio en ese sillón que hasta conservaba su aroma. Lo extrañaba tanto que se conformaba con cerrar los ojos y fingir que este se encontraba acostado en él. Muy a su pesar, eso había sido un gran alivio los primeros días (prácticamente todo el lugar tenia impregnado el aroma de Crowley en el), pero conforme pasaban los días el aroma se desvanecía cada vez más. No podía evitar sentirse ansioso, ni siquiera podía contactar con él y no sabía dónde podría estar.

Una loca idea cruzo por su mente. Con un poco de duda se sentó en el sofá, al principio pudo sentir un aroma picante con un cierto toque dulce inundar sus fosas nasales, haciéndolo sentir querido. Se recostó en el sofá hundiéndose en el olor, imaginando que estaba siendo rodeado por los brazos protectores de Crowley. Cerro sus ojos, inhalando con fuerza, su esencia filtrándose por todo su ser.

El aroma demoniaco era horrible, un fuerte olor a azufre, mezclado con maldad.

Los demonios apestaban (literalmente).

Pero Crowley, su Crowley era diferente.

El aroma de su demonio era tan agradable como él.