Digimon y sus personajes blablabla, no pertenecer.
.
.
LA DEL AUTO DE SORA
—Deberíamos comprar un auto.
Detiene el grifo para asegurarse de que ha escuchado bien sus palabras. Se seca las manos y la encara. Ella está limpiando la mesa con la bayeta como si no hubiera dicho nada. Unos instantes después, al notar Sora que ya no escucha el agua, lo mira y sonríe. Aún le quedan un par de vasos por fregar pero no dice nada al respecto. Se acerca y besa su asombrado rostro. Yamato al fin reacciona.
—¿A qué viene ahora eso?
—¿El beso? —cuestiona divertida. Le da un bayetazo en el brazo para que despierte del todo.
Lo hace, regresando las manos al agua, terminando de lavar la vajilla empleada en la cena. Sora queda a su lado. Pega la mejilla a su brazo y observa los movimientos de sus manos. No se resiste a tocar el agua y enjabonar su dedo.
—Quiero un auto, Yamato.
—Ya tenemos mi motocicleta, que es mucho más práctico.
Sora se despega con un sonoro resoplido de desaprobación. La espuma se desprende de su dedo al cruzarse de brazos.
—En realidad, tienes.
—Puedes manejarla cuando quieras.
—¿De verdad?
Ha terminado de fregar y se seca las manos. Sora ya le acerca la crema hidratante que este acepta sin mirar. Lo hace de forma soslayada al rato. Reconoce lo que está detrás de ese tono ilusionado. No es sincero, al igual que él tampoco fue sincero en su ofrecimiento. Esperaba una negativa y ella sabía lo que él esperaba. Se encuentra con su adorable sonrisa y Yamato al fin suspira derrotado.
—No sabes manejarla —dice, saliendo de la cocina hacia la pequeña sala. Busca el mando a distancia pero Sora le sigue los pasos. No pasará desapercibido como pretendió.
Apaga la televisión sin apenas haber pasado un par de canales y la enfrenta. Ella mantiene su mirada en él. Mirada ruda y demandante que Yamato no consigue suavizar ni con su mejor sonrisa.
—¿Por eso no quieres que tenga un auto?, ¿me consideras una inútil al volante?
—No es eso —dice él—. Es que no es práctico. Necesitaríamos alquilar una plaza de aparcamiento, ¿sabes lo caro que es?
—¿Y sabes tú lo que no es nada práctico si queremos ser padres?: ¡tu motocicleta! Está bien para ti. Para ti y para mí si me apuras, ¿pero dónde se supone que llevaremos a nuestro bebé?
—¿En Garurumon? —susurra Yamato, lo que hace que Sora se exaspere. No la está tomando en serio. Al ver su expresión y darse cuenta de que en verdad está empezando a enfadarse, Yamato trata de relajar la tensión acariciándole el rostro. Ella lo mira sin intención de ceder—. Por eso mismo. ¿Por qué no mejor guardamos ese dinero para nuestra futura casita con plaza de aparcamiento incluida?
—Eso todavía nos llevará algún tiempo, Yamato. —Sora suaviza el tono. Hace un amago de puchero—. Si nos embarazamos en breve como es nuestro plan el bebé nacerá aquí, en este apartamento y me gustaría disponer de un auto por si alguna vez le sucede algo.
Yamato pasa el brazo por detrás de Sora, invitándola a recostarse contra él. Esta lo hace sin oponer resistencia lo que Yamato considera como una victoria. Le besa la sien enternecido.
—Lo entiendo, pero sigo sin verlo viable. Es caótico y suicida conducir un auto por este distrito.
Un breve silencio en el que Sora toma sus dedos suaves con aroma a aloe vera. Vuelve el rostro a él y ve la sonrisa que marcan sus labios antes de posarse en los suyos. Un roce que dura lo que Sora tarda en separase.
—No lo entiendes, Yamato.
Suelta sus dedos y se prepara para levantarse. No puede hacerlo por el brazo que Yamato ha llevado a su cintura. Arrastra la cabeza por su hombro al son de un largo suspiro. En breve se encuentra con su mirada.
—Te propongo algo: alquilamos un coche un par de días, te convences de que es absurdo y dejamos el tema por una temporada.
Un sonrisa se ha ido formando al ritmo de sus palabras.
—Pero si te demuestro que sí tiene sentido, lo compramos, ¿de acuerdo? —Y tiende su mano, que él acepta, la aprieta, la demanda, y de nuevo juntan sus labios. Esta vez sin posibilidad de separación inmediata.
.
—Yamato, ¿qué haces?
El hombre la busca con la mirada sin entender su reclamo. Le sorprende encontrarla a su lado y no al otro lado del auto. Mantiene la palma de su mano extendida y la mirada fija en la llave que Yamato tiene entre sus dedos. Le regala una sonrisa condescendiente, mientras deposita la llave y rodea el auto para alcanzar el lado del copiloto.
—Solo pretendía sacarlo del aparcamiento.
—Muy amable, pero creo que seré capaz de hacerlo.
La sonrisa de Sora va a juego con su tono impuesto, pero se transforma en el instante que nota el volante entre sus manos y la carretera en el horizonte. Yamato no puede contener la risa por ver la emoción de una niña en su esposa que ya casi alcanzó la treintena.
Esa emoción que digievolucionó en nerviosismo cuando tras arrancar el auto, este paró abruptamente.
—Se te caló.
—Ya… parece que estoy un poco desentrenada.
Ese nerviosismo que superdigievolucionó en tensión cuando el auto aceleró en vez de frenar.
—¡Sora, el otro pedal!
—¡Au!, ¡no me pises, Yamato!
Esa tensión que megadigievolucionó en frustración cuando se topó con un kilométrico atasco.
—Toma la autopista o no cruzaremos la ciudad nunca.
—¡No toques el volante!
Esa frustración que ultradigievolucionó en desconcierto cuando tomó el desvío equivocado
—Atenta a la próxima salida o acabaremos en Shimane, visitando a la abuela.
—Deja tranquilo el navegador.
Ese desconcierto que ADN-digievolucionó en cansancio cuando pasó de largo la enésima salida a su distrito.
—¿Cómo vas de combustible?, a este paso deberemos repostar, y pon las luces que ya está atardeciendo.
—¡Sé ponerlas yo!
Ese cansancio que súper-mega-ultra-ADN-digievolucionó en ira cuando perdió la paciencia.
—Supongo que cuando lleguemos al mar no te quedará otra que parar. Es una suerte vivir en una isla, porque no llevo mi pasaporte conmigo.
—¡Quieres callarte de una vez Yamato!, ¡tú tampoco eres perfecto en todo!
.
Ni sabe que hora es cuando deja sus zapatos en el genkan de su apartamento. Ni sabrá tampoco donde quedó el auto, pues es Yamato quien se ha encargado de buscarle un aparcamiento cuando al fin logró llegar a su barrio. Cuando lo escucha regresar ella ya está bajo su futón y la ira ya es tristeza incluso desde antes de dejar al auto.
—Sora, he traído algo para cenar.
Se asoma a la habitación a oscuras al no escuchar respuesta. Se acerca y el bulto bajo el futón se mueve levemente.
—¿Te preparo un baño?
El bulto apenas se mueve esta vez y Yamato resopla. Enciende la lámpara de su mesita que emite una suave luz anaranjada y se sienta a su lado.
—Lo siento, Sora.
Del bulto sale una mano y después una cabeza. Sora se encuentra con el rostro de Yamato. Tan abatido que por un momento olvida su propia tristeza.
—¿Por qué te disculpas?
Mantiene la mirada en sus manos, la desvía un instante hacia Sora que se mantiene expectante y vuelve a concentrarse en sus dedos que tamborilean en su muslo con nerviosismo.
—No he sido consciente hasta hoy, pero creo que soy una de esas personas que cuando no conducen y van de copilotos son un poco… un poco…
—¿Insoportable?, ¿insufrible?, ¿molesto?, ¿irritante?, ¿inaguantable?
Yamato da un respingo por la poca dificultad de su esposa para calificarlo. La mira con una expresión lastimosa.
—Bastaba con un solo adjetivo.
Remueve la manta escondiendo una risa enternecida. Se sienta a su lado ya con la mitad de su cuerpo descubierto. Se inclina y le besa dulcemente el hombro. Ese gesto alienta a Yamato a acariciar su cabello y volver a sonreír con seguridad. Sin embargo, cuando toma su rostro entre sus manos, ha regresado el disgusto a su mirada.
—Tenías razón, soy una inútil al volante.
—¡Nunca dije eso! —Defiende Yamato, regresando la ternura a la risa de Sora.
Esta le da un toque en la nariz con un movimiento que invita a Yamato a retirar sus manos.
—Pero sí dijiste que era absurdo tener un auto en estos momentos y tenías razón. Si tuviéramos un bebé y le pasara algo más vale que recurra a Birdramon porque si dependiera de que yo lo lleve en auto no tendría ninguna posibilidad de sobrevivir.
—Tampoco hay que ser tan trágica —dice Yamato inclinándose hacia ella. Le devuelve el beso sobre el hombro. Sora le corresponde deslizando los dedos por su nuca.
—Supongo que está bien si lo dejamos para más adelante.
—Sí, de momento seguiremos con la motocicleta. —Sonríe Yamato, recorriendo con besos cortos su cuello.
—Tu motocicleta. —Sora enarca una ceja separándose, momento que aprovecha Yamato para capturar sus labios.
Un beso que acaba en un suspiro de Sora al encontrarse con sus ojos tan cerca. Se separa y delinea sus facciones ensimismada.
—Discúlpame, Yamato. —Sora se ruboriza por el gesto de incomprensión de Yamato. Tan adorable que quiere comerlo—. Siento haberte gritado.
Este niega.
—No importa. Me lo merecía.
—Da igual, no quiero ser de esas mujeres que gritan a sus esposos.
A Yamato se le escapa una mueca de agradecimiento. En su mirada se refleja la ilusión y la esperanza. Sora repeina su cabello hacia atrás con ambas manos. Se pierde en sus océanos que son reflejo del cielo.
—Además, te mentí. Sí eres perfecto en todo, por lo menos para mí.
Yamato ríe y aparta la cara abrumado. Sora se muerde el labio ansiosa.
—No te creo.
Sora le agarra de la camisa para atraerlo más hacia ella. Siempre se puede un poquito más cerca. Vuelve a monopolizar su mirada.
—Trato de crear una atmósfera romántica para concebir a nuestro bebé, no lo estropees. —Ríe al sentir la mano de Yamato en su barriga. Deposita la suya sobra la de él—. Todavía no está ahí.
—Eso no lo sabes. Quizá lo hicimos ayer, o anteayer, o anteante ayer o…—Calla en el beso. Despacio. Una caricia. Un anticipo—. Aunque siempre hay que asegurarse.
Las caricias se vuelven fuego cuando tocan su piel. Cuando sobra la ropa. Separa su labios y se da un segundo para observarla. Su diosa de fuego. Tan perfecta ella aun cuando es imperfecta. La besa lentamente hasta que termina acariciando mimoso sus labios con la nariz.
—De verdad puedes manejar nuestra motocicleta siempre que quieras, confío plenamente en ti.
—¿Porque estamos rodeados de mar? —La risa es interrumpida por el estremecimiento de su roce. Hay movimiento allá abajo—. Creo que de momento me conformo con esta otra motocicleta.
Acomodada sobre él, hace temblar a Yamato entre ardientes besos.
—Esta se te da mejor.
Incrementa la presión de sus dientes sobre su labio, de sus piernas sobre sus caderas.
—Se me da genial.
Su mano le guía. El beso se hace urgente. El suspiro inevitable.
—Se te da perfecto —Ríe. Se prepara. Se desliza. Gime. Se detiene. Yamato sonríe. Encuentra adorable su incomprensión. Sonrisa divertida. Sonrisa salvaje que cambia todo—, pero ahora me toca conducir a mí.
.
.
.
