Disclaimer: Ni Evangelion ni sus personajes me pertenecen.
Perdido en ninguna parte
Viajar en tren siempre le había provocado sentimientos encontrados, por una parte los hermosos paisajes que le ofrecía la vista le permitían perderse en sus pensamientos y aislarse del mundo al escuchar su música favorita; sin embargo, por otro lado, su mente también era bombardeada con dolorosos recuerdos que creía haber enterrado en lo más profundo de su ser.
Por ello, luchando por mantenerse del lado que lo hacía sentir más cómodo, Shinji, sin quitar los ojos de la ventana, veía en silencio los miles de árboles y montañas que se movían con rapidez a medida que el ferrocarril lo llevaba hacia Tokio-3. El sol brillaba en lo alto y el cielo lucía despejado, sin duda alguna era un día bonito, era una pena que tal belleza no valiese nada para él.
A su derecha, unos asientos más adelante, Shinji no pudo evitar mirar de reojo a una familia que compartía el mismo vagón que él. A pesar que su viejo reproductor de cintas no le permitía oír lo que decían, Shinji, con solamente mirarlos, podía ver las sonrisas que adornaban sus rostros, al señalar, con un dedo, cualquier cosa que viesen pasar por su respectiva ventanilla.
Shinji, no logrando soportar aquello por más de unos segundos, movió su cabeza a su izquierda mientras se hundía en su silla. Tal muestra tan pequeña pero sincera de afecto encendió el fuego que traía consigo desde que tenía memoria, y su imaginación, tomando el control de los eventos, lo empujó a fantasear con la idea de morir destrozado al descarrilarse el tren que lo transportaba.
No le importaba si los demás pasajeros compartían su horrendo destino, únicamente deseaba que su miserable existencia acabase de inmediato antes de que llegase a Tokio-3 y estuviese cara a cara con su padre. Empero, negándole la posibilidad de huir de su inevitable reencuentro familiar, la dura y hostil realidad dictaminó que el recorrido continuaría sin problemas ni demoras.
– ¡Próxima parada: Tokio-3! –Y como si la providencia quisiese abrir aún más la herida, la voz de una grabación, resonando en el ambiente y penetrando sus audífonos, le anunció que se encontraba muy cerca de terminarse su largo viaje– ¡próxima parada: Tokio-3!
Hace tan sólo una semana atrás, Shinji, por ninguna circunstancia, hubiese emprendido aquel éxodo por su propia voluntad con tal de reunirse con su padre. Los recientes sucesos dieron un vuelco inesperado rompiendo su rígida rutina, la culpable de dicho golpe de timón la perpetró una escueta pero poderosa carta que llegó a manos de su tutor apenas un par de días antes.
Shinji, quien cumplía con sus clases de violonchelo como habituaba todas las tardes, detuvo en seco sus movimientos cuando su maestro entró en su habitación con el mensaje en la mano. Sorprendido, siendo aquella la primera vez que recibía correspondencia en su joven vida, una indescriptible mezcla de sensaciones lo abrumó al descubrir quién era el remitente de tal misiva.
– ¿Es de mi padre? –pasmado, todavía incrédulo al leer el nombre de su padre en aquel sobre, Shinji le cuestionó a su tutor, quien, emprendiendo la retirada, no permaneció mucho tiempo con él para aclarar sus dudas– ¿mi padre me escribió?
– Así es, deberías leer la carta. Supongo que debe ser algo muy importante…
Oyendo como la puerta de su recámara se cerraba, Shinji, quedándose solo otra vez en aquel recinto, se mantuvo petrificado en su sitio mirando por una eternidad el documento en su poder. Sintió mucha emoción pero también un gran pavor, sencillamente no era capaz de imaginar que su padre se hubiese tomado la molestia de escribirle con su propio puño y letra.
Lento al principio, ansioso al continuar, Shinji fue rompiendo el sello del sobre encontrándose con dos objetos separados y de diferente naturaleza. El primero, sobresaltando al tímido y reservado jovencito, se trataba de la fotografía de una mujer desconocida que le sonría con picardía a la cámara en tanto saludaba. Asimismo, sin ningún pudor, algunos garabatos apuntan a su escote.
Hola Shinji, estaré esperándote en la estación de trenes de Tokio-3 en dos días. Nos vemos muy pronto, buen viaje.
Al término de tan breve y concisa descripción, Misato, como decía llamarse, decoró la imagen con la marca de sus labios en una extraña forma de despedida. Caminando hacia su cama, Shinji, sentándose en el colchón sin soltar la foto de aquella chica, siguió observándola sin comprender todavía cuál era el propósito de aquella nota, lo cual, en el acto, le hizo leer la carta.
Habiéndose olvidado de tan inusual señorita, Shinji, sacando el segundo objeto en el paquete, se halló frente a una hoja de papel que, de forma muy notoria, estaba adornada con varias insignias de algo llamado "Nerv". La mayoría del texto impreso le era imposible de leer, por alguna razón que no comprendía, dicho texto se veía censurado y tachado con espeso plumón de tinta negra.
Sin embargo, en una esquina, escrito de modo apresurado y nada amigable, Shinji se topó de frente con lo que, indudablemente, era algo dejado allí por su padre: "Ven". Una palabra, simplemente una palabra. Shinji no necesitó más que eso para asustarse y soltar el endeble papel, juraría que escuchó la voz de su padre en el instante que leyó tan cruda y efímera comunicación.
Tal estremecimiento fue lo suficientemente poderoso como para abrir las jaulas de sus demonios, provocando, al unísono, que tanto el Shinji del presente en el tren como en el Shinji del pasado en su dormitorio, se sujetase del cabello con vehemencia enterrándose sus uñas en su cuero cabelludo. Aquel dolor físico, que le hacía sangrar, era minúsculo en comparación con el interior.
Se vio a sí mismo, mucho más pequeño e ignorante de lo que pasaría, parado frente las puertas de un vagón de ferrocarril que esperaba únicamente por él. A sus espaldas, sosteniendo dos pesadas maletas llenas de ropa y otras pertenencias suyas, yacía Gendo Ikari, quien, como era habitual, no mostraba la más ínfima expresión en su rostro de piedra.
Un rostro que, por los años por venir, sería su gran tormento.
– Entra, Shinji. Ya se está haciendo tarde, tienes que irte…
– ¿Adónde voy, papá? –volteándose, reaccionando a la voz seca de su padre, el Shinji de aquel entonces le cuestionó sin tener el deseo de marcharse.
– A un buen lugar, estarás bien allá. Ya me encargué de todo, nada te faltará.
– ¿Vas a venir conmigo? –Siendo demasiado joven para entender lo que ocurría, Shinji, a punto de comenzar la travesía que lo marcaría para siempre, volvió a preguntarle a su padre quien se acercaba a él– ¿viajaremos juntos, papá?
– No, ya es hora que tomes tu propio camino lejos de mí hasta que llegue el momento en que me seas útil…
No queriendo prolongar más lo inevitable, Gendo, con muchísima prisa, colocó el equipaje de su único hijo en uno de los asientos del tren antes de volver a salir para ir por él. Shinji, por su parte, al fin comprendiendo lo que ocurría, sintió como las primeras lágrimas que caerían ese día empezaban a desbordarse de sus ojos, humedeciendo, con una abismal velocidad, sus mejillas.
El futuro Comandante de Nerv, resistiéndose a ver la faz desfigurada de Shinji por el llanto, lo sujetó con rudeza de un brazo y lo arrastró hacia el vagón. Escuchando el eco de sus propios gritos y lloriqueos en el pretérito, el Shinji adolescente, temblando al ahogarse con su sufrimiento, trató de dejar de recordar aquella ocasión, fracasando, miserablemente, al no parar de hacerlo.
– ¡Papá, no me dejes!
Con cobardía, escapando de las súplicas de Shinji, Gendo no se molestó en despedirse de él limitándose a dejarlo en su butaca antes de retroceder sobre sus pasos. Las compuertas, confabulándose a su favor, se cerraron en el acto aprisionando a un desconsolado Shinji, el cual, no deseando quedarse solo, empezó a golpear con sus palmas los cristales de las ventanillas.
¿Hacia dónde se dirigía?
¿Quién cuidaría de él una vez llegase a su destino?
¿Por qué su padre lo abandonaba a su suerte como si fuese una basura?
Ninguna de esas cuestiones pasó por su mente en aquel momento, no por ahora, meramente se vio forzado por las circunstancias a enfrentar el mundo que lo rodeaba sin la guía ni la protección de nadie. Aún podía ver la imagen de su padre empequeñeciéndose y alejándose de él, con forme aquel tren, ganando más y más potencia, se movía con el transcurrir de los minutos.
Durante los dos días que tardó el recorrido, lloró en aquel solitario lugar sin que alguien se acercase a consolarlo. Ni siquiera el hambre ni el sueño aplacaron sus sollozos, era tan sólo una alma rota que tendría que romperse y deformarse aún más, dándole nacimiento, una a la vez, a todas las facetas que conformarían al chico que todos conocerían más tarde como Shinji Ikari.
Y la ira, luego de la tristeza, fue la próxima emoción en aparecer en Shinji al ir creciendo. Dicha ira, explotando al principio solamente cuando se encontraba en soledad, fue la misma que lo impulsó a recoger del suelo la carta enviada por su padre. Tan pronto como la tuvo entre sus dedos, Shinji, sin contenerse, arrugó y destrozó aquel papel rompiéndolo en mil pedazos tirándolos por doquier.
Aquel "ven", era más que insuficiente para comprender por qué su padre ordenaba su presencia; no obstante, sin olvidarse de aquella nada amigable separación que vivieron hacía más de una década, Shinji, sin temor a equivocarse, podría apostar su violonchelo a que Gendo simplemente quería verlo para usarlo en su beneficio personal, sin que le importase, realmente, convivir con él.
Convencido de eso, apretando sus puños mientras pisoteaba los restos destruidos de la carta, Shinji se prometió que no volvería a cometer el mismo error que hace tres años, cuando ambos, luego de mucho sin verse, se reunieron en el cementerio de Tokio-3 para conmemorar el aniversario de su madre fallecida al visitar su modesta tumba.
Ese día fue muy devastador para Shinji, en menos de un parpadeo, su padre, armado con una fría indiferencia, acabó con sus infantiles esperanzas de reparar su relación que daba la impresión ser imposible de sanar. Gendo, sin tan siquiera dedicarle una mirada amable, no mostró ninguna emoción en su cara más allá de su acostumbrada expresión de acero.
Shinji creyó, honesta e ingenuamente, que su padre lo recibiría con los brazos abiertos y le ofrecería un lugar a su lado. Igualmente, sin olvidarse de la manera en la cual se distanciaron, Shinji esperaba escuchar una explicación de su parte sobre qué lo llevó a enviarlo tan lejos de él para vivir con un tutor que; pese a ser cordial con él, no le ofrecía sincero cariño ni aprecio.
– La reunión se terminó, debo retirarme…
Pero Gendo, alejándose de él, dándole la espalda una vez más, machacó sus endebles ilusiones. Shinji, sabiendo que regresaría a esa casa bajo el cuidado de su maestro, no pudo tolerar volver a caer en la misma trampa por segunda vez, decidiendo, incitado por su inmadurez, a huir de aquel sitio sin importarle nada más que esconderse del mundo donde nunca lo hallasen.
Aún recordaba con claridad sus frenéticos pasos al correr, la voz de su profesor llamándolo se perdió en la lejanía al cabo de un santiamén, su única ambición en ese instante era salir de aquel cementerio plagado de lápidas. Gendo, sin inmutarse, lo veía desaparecer en el horizonte sin mover un dedo por detenerlo; no era necesario, ya le ordenaría a sus hombres que lo atraparan.
Y así sucedió.
Para cuando Shinji lo notó, varios automóviles negros y sujetos desconocidos vestidos del mismo color, le habían bloqueado por completo su camino cortándole el impulso procediendo a capturarlo. Gendo, viéndolo de vuelta siendo arrastrado por sus subordinados, no dijo frase alguna para él; aunque, por un leve segundo, Shinji pudo sentir la decepción de su padre dirigiéndose a él.
– Asegúrate de mantenerlo mejor vigilado, una rabieta como esta no debe volver a repetirse.
Sin mirarlo a él, hablándole únicamente a su guardián, Shinji escuchó como su padre lo reprendía haciéndolo culpable de los actos de su protegido, el cual, sin defenderse a pesar de su inocencia, aceptó la culpa como suya asegurándole que Shinji no volvería escapar nunca más. Enseguida, sin tan siquiera mirarse antes de partir, tanto Shinji como Gendo, sólo se ignoraron el uno al otro.
Fue allí cuando el rencor latente en Shinji contra su padre acabó de germinar, alimentándose, con gran voracidad, de todos los reproches y reclamos que él acumulaba para Gendo. Luego de muchísimo sin estar cara a cara, sin que mediera la más minúscula muestra de reconciliación entre ambos, Shinji sintió como Gendo agrandó el vasto abismo que los separaba lastimándolo aún más.
Y así, por los próximos tres años, no hubo ningún intercambio de palabras que los uniera. Mientras su padre se encargaba de su misterioso trabajo en Tokio-3, Shinji, como si viviese cautivo en un ciclo de pesada repetición, hacía lo mismo día tras día: estudiaba con su tutor, practicaba con su violonchelo por las tardes, y en las noches, bajo la tutela de su maestro, se encargaba de la cena.
Más allá de realizar también otras tareas domésticas, la vida de Shinji, básicamente, era vacía y superficial. En tanto otros niños esperaban alguna fecha en especial para celebrar una festividad o simplemente aguardaban por el fin de semana para jugar todos juntos, Shinji, sin que tuviese el más mínimo entusiasmo, elegía alejarse del mundo asilándose con su reproductor de cintas.
Prefería ignorar la realidad que lo acogía antes de seguir mortificándose por su padre; sin embargo, sin importar qué tan alto escuchase las melodías grabadas en aquellos obsoletos casetes, Shinji, quisiese admitirlo o no, sabía que ese placebo no resolvería sus problemas. Solamente se mentía a él mismo, como si esperase que la solución apareciese por sí sola.
Ansiaba con desesperación ser querido y valorado por los demás; no obstante, con gran terror, temía ser traicionado y engañado al acercarse demasiado. Odiaba el frío de la soledad, pero le asustaba la calidez de la compañía. Aquella paradoja, manteniéndolo atrapado en un intrincado laberinto mental de aflicción y odio, no le permitía avanzar y descubrir que no estaba solo.
Así pues, su existencia prosiguió inmutable hasta hace escasas cuarenta y ocho horas, cuando Shinji, ante todo pronóstico, tomó una decisión que lo llenó tanto de esperanza como de angustia.
– ¡Pasajeros con destino a Tokio-3, por favor prepararse! –interrumpiendo sus recuerdos y meditaciones, la misma voz proveniente de los altavoces del vagón, le hizo darse cuenta que se encontraba a ínfimos instantes de concluir su viaje– ¡pasajeros con destino a Tokio-3, por favor prepararse!
Después de haber roto la carta de su padre, Shinji, un poco más tranquilo, sintiendo como su rabia se enfriaba, comenzó a cuestionarse qué pasaría si atendía a su llamado. Todavía sospechaba que su padre meramente lo usaría sin tenerle franca estima; empero, al mirar los incontables trozos de aquel papel tirados en su habitación, una inesperada idea se manifestó ante Shinji.
Su padre lo despreciaba por alguna razón que desconocía, pero quizás, si hacía lo que él le dijese y le demostraba que podría serle de utilidad, Gendo, cambiando de opinión, le ofrecería el reconocimiento y la atención que le ha negado desde aquella vez cuando lo envió lejos. Tal cosa indicaba que Shinji haría lo que fuese por una limosna de cariño, era algo atroz; pero lo aceptaba.
Lo detestaba, pero quería su aceptación.
Lo repudiaba, pero anhelaba un abrazo de su parte.
Lo aborrecía, pero intentaría lo que fuese por una sonrisa suya.
No imaginaba porqué su padre requería su presencia; empero, esperanzado en que este fuese un nuevo inicio para los dos, Shinji decidió que partiría a Tokio-3 para averiguarlo. Por ello, recogiendo uno por uno todos los pedazos de la destruida carta, el hijo de Gendo, utilizando un rollo de cinta adhesiva, fue arreglándola uniendo cada pieza hasta regresarle su forma original.
Más tarde, al cenar con su tutor, Shinji, armándose de valor, le comentó todo lo relacionado con el mensaje de su padre, excluyendo, por obvios motivos, la llamativa fotografía de aquella mujer llamada Misato. Asimismo, al terminarse su plato, también le expresó su intención de marcharse él solo a Tokio-3, a lo que su profesor, sin oponerse, le prometió comprarle el boleto de tren.
Y así, llenando con sus pocas posesiones personales un par de maletas, Shinji, con una educada reverencia, le agradeció a su maestro por todas sus enseñanzas y por haberle dado un techo donde vivir por más de diez años. Enseguida, esperando estar haciendo lo correcto, se marchó de aquel lugar enrumbándose a la estación de ferrocarriles para dirigirse a Tokio-3.
– ¡Les agradecemos por haber viajado con nosotros, les deseamos un feliz día!
Si bien aquella grabación iba dedicada a toda una multitud, al detenerse el vagón en su destino, el único pasajero que cruzó las puertas para salir fue Shinji. Mirando a sus alrededores, empezando a preguntarse si tomó la elección equivocada, Shinji se percató del solitario y silencioso ambiente que lo recibió en lo que se suponía que era una bulliciosa y densamente poblada ciudad.
Permaneció allí parado por unos minutos, al no ver señales de Misato por ninguna parte, Shinji, agudizando su visión, observó una caseta telefónica a unos cuantos metros de distancia. Ya no podía arrepentirse; ya no había marcha atrás, sea lo que sea que quisiese su padre de él, lo descubriría muy pronto, y esperaba, con toda sinceridad, que el dolor al fin se terminase.
Y por primera vez desde que emprendió su travesía, Shinji, mirando el cielo despejado y soleado, pensó que aquel podría ser un buen día.
Fin
Hola, muchísimas gracias por haber leído esta historia, espero que la lectura les haya gustado. Siempre me intrigó cómo era la vida de Shinji antes de convertirse en piloto, a diferencia de Asuka, que se preparó por años, Shinji no sabía nada de Nerv antes de partir hacia Tokio-3. Con esa duda en mente, y aprovechando unas horas libres que tenía, acabé escribiendo este corto relato.
Muchas gracias por leer y hasta la próxima.
