VANITAS VANITATUM
(lat. vanidad de vanidades)
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Mi fallo, mi fracaso, no se debe a mis pasiones,
sino a mi falta de control sobre ellas.
Jack Kerouac.
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Para Lilium Karmín.
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Ni siquiera se atrevería a decir que estaba lleno de talentos, no, no tenía muchos, lo que sucede es que era tan fácil hacerle creer a los demás que sí, tan jodidamente fácil. Las personas suelen creerse todo, suelen quedarse con la imagen, con la pose, con la idea. Venderle al resto una imagen de lo que uno pretende ser… es tan fácil.
Él siempre le mostraba a los demás lo que querían ver, lo que les era más fácil de creer. Que era un hijo de puta, un pendenciero, un desalmado, aunque a veces podía ser un desamparado, un lisiado de sus malas elecciones, un preso de sus pasiones encerrado en la cárcel sus concepciones y de lo que soñaba para sí mismo.
Nada con Milo Kyrgiakos era improvisado, todo siempre fríamente calculado, una perfecta actuación desde el principio y hasta después de bajar el telón y más tarde.
Nunca poseyó nada de verdadero valor, no provenía de una familia de rancio abolengo, ni tampoco había nacido en un cuna de oro.
No.
Lo único que tenía Milo era a sí mismo, a sí mismo para ser fuerte, para valerse sólo por él… y algo que el resto de mortales llamaban corazón, y que de eso él no quería saber nada, para su infantil mente, no valía de mucho… por eso es que se esforzó siempre en mantener oculto y enterrado ese pequeño pedazo sin valor… sin saber que aquello, era lo más valioso que tenía, eso y sus muchas ganas de vivir, de amar, de proteger y de perdonar.
Al fin y al cabo, él era el rufián de siempre, el inquebrantable Milo, aunque… sólo era una idea.
"No quiero necesitarte, porque no puedo tenerte…"
Eso le dijo un día a Camus, un día cuando tenía catorce o tal vez quince, a veces se le desdibujaba un poco eso, pero no los recuerdos. El marsellés, sólo había sonreído de soslayo, estaban discutiendo, para variar, esa era su rutina, la de discutir y de sentirse vivos en la pasión del debate desgarrado; Camus sólo guardó silencio y se sintió otra vez, como mil veces más, desarmado ante los arrebatos de sinceridad de su parabatai.
—Pero yo me equivocaba… porque siempre me equivoco aunque diga que no… te necesito y me tienes como un prisionero voluntario… ¿Sabes que ya no existo? No, ya no existo… porque amé a alguien al grado de ya no existir… —se atragantó con sus palabras, con su propio llanto mudo y lacónico, mustio.
Las lágrimas surcaban sus ojos y los cabellos rubios cortados groseramente hasta el cuello, en símbolo de duelo, se agitaban mientras trataba de abrazarse a un recuerdo que no iba a volver, a una realidad infinita: la suya y la del objeto de su amor, la suya y la de su única propiedad valiosa… su corazón roto en pedazos…
Abrazó la estela funeraria, y se dijo a sí mismo que cruzaría mil mares para encontrarle, aunque le tomara un milenio hacerlo…
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FIN
