Disclaimer: Este fic participa en el reto «De criaturas mágicas, seres no vivientes y otros monstruos» del foro Hogwarts a través de los años.

Los personajes pertenecen a JK Rowling


Los tres miedos de Sirius Black


El boggart llegó a Grimmauld Place escondido en el arcón de la novia más infeliz de toda la ciudad.

Ursula Flint salió de su casa llorando y pataleando, arrastrada por su madre y uno de sus tíos. En medio de la conmoción la caja del ajuar acabó tirada en el jardín de la casa vecina, una residencia que había sido abandonada tiempo atrás. El boggart, aburrido como estaba tras una larga temporada sin hincarle el diente a ningún miedo, no perdió el tiempo y se coló en su interior.

La primera en ver a la criatura fue, por supuesto, Ursula. Cuando abrió la caja para sacar el vestido que al día siguiente tendría que ponerse a la fuerza, el boggart salió tan deprisa que a punto estuvo de golpearse la nuca contra la tapa.

Un boggart no tiene cuerpo, pero el terror de Ursula sí poseía cabeza, y manos y pies, y una cara que a ella le resultaría muy familiar.

—Eres una desgracia —le dijo a Ursula, imitando la voz aguda de su madre—. ¿Quieres acabar en la calle? A lo mejor debería matarte con mis propias manos. ¡Lo haría antes de permitir que no cumplas tu deber, escoria!

Ursula no pudo defenderse. ¿Qué iba a saber, pobre chica, si solo la habían educado para casarse y darle hijos a un hombre sangre pura? Salió corriendo de la habitación y dejó abandonadas todas sus posesiones.

Tuvo que ser su futuro marido el que entrase en el cuarto para llevarse el arcón. Para entonces el boggart ya se había trasladado al cajón de un escritorio; en ese lugar se encontraba mucho más cómodo.

—¡Profesor Black! —Salió de su escondite justo cuando el hombre se inclinaba para recoger la caja—. ¡Profesor!

Había adoptado la forma de un pequeño e insignificante alumno, que llevaba un frasco de color brillante en la mano.

—¡Coja esto, profesor! —El boggart hizo el amago de lanzarle la poción.

Phineas Nigellus Black, que tenía una fea quemadura en el brazo producida por un producto de broma, huyó tan deprisa como lo había hecho su prometida.

El boggart se rio de lo lindo.

OoO

Durante sus primeros años en Grimmauld Place el boggart continuó asustando a Ursula, Phineas y más tarde a sus hijos. Intentaron destruirlo en numerosas ocasiones, pero los Black difícilmente sabían lo que era la comedia.

Eventualmente, los habitantes de la casa aprendieron a evitar esa habitación; pero los elfos domésticos no podían escoger qué cuartos debían limpiar. Entraban llorosos, con sus ojos enormes todavía más abiertos y los plumeros temblando en sus manos. El boggart saltaba de su cajón y les enseñaba los cuerpos decapitados de sus padres, madres y hermanos. Las criaturas ni siquiera podían huir; no les quedaba otro remedio que acabar el trabajo o deberían castigarse a sí mismos.

Era delicioso para el boggart y delicioso para la bisnieta de Ursula, Walburga Black, que odiaba a esas criaturas con todo su pequeño corazón.

El boggart estaba convencido de que a Walburga no habría podido mostrarle ningún miedo, porque ella misma parecía la encarnación del terror. A menudo la escuchaba chillar, ya fuera a los elfos domésticos o a sus dos hijos. El mayor le devolvía en los gritos; el pequeño se comportaba como un ratoncito que tras las peleas se movía de un lado a otro a pasitos pequeños y sin querer llamar la atención.

También pareció tímido la primera vez que se asomó a la habitación del boggart. El último elfo doméstico había huido dejando la puerta entreabierta y por ese resquicio se había colado su juguete, un caballito que se movía por sí solo.

—Por favor, Sirius —imploró el muchacho, mirando a alguien que permanecía a su derecha. Si el boggart hubiese podido enderezarse lo habría hecho; las pesadillas de los niños siempre eran divertidas.

—¿Por qué tengo que entrar yo? —replicó el niño llamado Sirius—. Es tu juguete.

—Me da miedo.

—Pues no haberlo soltado.

—Siriuuus... —El niño alargó la vocal, aullando como un lobo. Sirius resopló.

—Está bien.

El niño se adentró en la habitación mirando al frente, con la barbilla bien alta, como si tratase de demostrarles a los muebles que no tenía miedo, aunque la palidez de su rostro dijese otra cosa.

Aun sin salir de su cajón, el boggart pudo ver lo que asustaba al niño: era una imagen impresa sobre su cabello negro, una fotografía que el boggart incluso podría oler y tocar, si dispusiese de los miembros que procuraban esos sentidos.

El niño se inclinó para recoger el juguete y el boggart salió del cajón.

La cabeza cortada de un elfo doméstico cayó con un golpe sordo en el suelo, manchando las tablas de sangre ficticia.

Sirius casi aplastó el caballito entre sus dedos. A su favor se podría decir que no gritó: se limitó a salir de la habitación a una velocidad envidiable, cerrando la puerta tras de sí.

El boggart regresó a su cajón con un cosquilleo de satisfacción en su interior y la vaga sensación de que había presenciado algo inusual, ya que los miedos de los vástagos Black raramente tenían en consideración a sus sirvientes ejecutados.

OoO

El boggart escuchó a Sirius Black crecer a gritos y portazos, siempre enfadado con su madre o su padre. Se enfadaba incluso con los elfos domésticos, a los cuales ni se acercaba ni apreciaba. Al ritmo que sus cabezas volaban en esa casa, bien hacía en no encariñarse con ellos.

Una noche, tras la habitual pelea de Sirius con sus padres, la puerta de la habitación del boggart se abrió repentinamente.

—¡Ahora recupéralo! —gritó Walburga—. ¡Si quieres seguir hablando con ese traidor a la sangre, atrévete a entrar!

El boggart fue vagamente consciente de qué había acabado cerca de su cajón: un espejo. Era un objeto repleto de buenos recuerdos y sensaciones agradables, y al boggart le dio repelús tenerlo tan cerca.

No tuvo que esperar mucho para que su dueño entrase en el cuarto. A la criatura le ofendió que Sirius Black pareciera más indignado que asustado. El chico cogió el espejo con un gesto de rabia y luego miró a su alrededor, desafiante. Ante tal provocación, el boggart salió de su escondite sin dudarlo.

Esta vez, lo que tocó el suelo fueron dos pares de tacones. El miedo de Sirius Black había cambiado; ahora llevaba una túnica púrpura y tenía el cabello tan oscuro como él, aunque salpicado de canas blancas.

—Sirius, cariño —dijo, con una voz suave que probablemente el chico nunca había escuchado de parte de su madre—. Estoy muy orgullosa de ti. —La mirada de Sirius se ensombreció al tiempo que el boggart abría los brazos en un gesto de cariño—. Siempre he sabido que entrarías en razón. Eres todo lo que esta familia desearía.

El chico apretó los puños y se puso lívido. El boggart podría haber bostezado; él prefería que la gente llorase o vomitase de terror, no que reflexionasen sobre su existencia mientras contemplaban algo que les disgustaba.

Al día siguiente, el boggart fue vagamente consciente de que Sirius había abandonado la casa. Y por los gritos de Walburga y el siseo del tapiz al quemarse, el boggart adivinó que el nuevo miedo de Sirius Black nunca se haría realidad.

OoO

El hermano de Sirius murió, el padre también, y la casa se volvió todavía más triste. Durante muchos años solo vivieron allí Walburga y uno de los elfos domésticos. Cuando el sirviente entraba en su habitación para limpiarla, el boggart le mostraba el cadáver putrefacto de Regulus Black, que pedía ayuda incluso después de la muerte. En cuanto Walburga empezó a perder la cabeza a causa de la vejez, el elfo aprovechó su falta de órdenes para no volver a visitar el cuarto.

Así que el boggart durmió. Walburga falleció y pasó una década arrullado por el silencio y los murmullos solitarios del elfo doméstico.

Hasta que lo despertó una voz conocida.

—Esta es mi casa ahora; mi herencia. Haré lo que quiera con ella e invitaré a quién desee, y si quiero llenarla de gente que te desagrada no te queda más remedio que obedecerme y tratarlos bien, ¿entendido?

El elfo se quejó como nunca había hecho, pero Sirius Black lo mandó callar. El boggart se desperezó, agradeciendo no tener músculos que pudieran agarrotarse.

La casa se llenó de gente. El boggart podía oler sus miedos de lejos: veía el cadáver de una niña persiguiendo a un anciano al que todos respetaban; la luna brillando sobre la cabeza de un hombre que siempre se sentía enfermo; la sangre de los hijos de una mujer pelirroja; la muchacha de ojos verdes que miraba con reproche a un hombre ya de por sí atormentado. El boggart habría dado el alma de la que no disponía para que cualquiera de ellos cruzase la puerta de su estancia, pero ninguno parecía muy dispuesto a aventurarse en cuartos que no conocían.

El único que se atrevió fue Sirius Black.

Ocurrió en un día sin actividad en la casa. Era entonces cuando la desesperación de Sirius casi podía palparse en el ambiente; no quería estar solo porque eso lo devolvía a sus peores momentos, y la única forma de aliviarse que encontraba eran las bebidas que sus compañeros traían a Grimmauld Place.

Precisamente llevaba consigo dos botellas cuando entró en el cuarto. Una la lanzó contra el cajón del boggart; cuando se rompió la criatura sintió lo más parecido a un sobresalto que podía experimentar.

—Adelante —lo retó Sirius, mientras levantaba la segunda botella—. Muéstrame lo peor que tengas.

¿Quién era el boggart para negarse?

Así que asomó la cabeza de su escondite, y esa cabeza estaba otra vez cubierta de cabello negro, aunque pertenecía a una persona muy distinta. El boggart notó unas gafas torcidas sobre el puente de su nariz y ropa chamuscada sobre su cuerpo falso, que además tenía la piel pálida y algo hinchada.

A Sirius Black se le escapó la otra botella, que reventó contra el suelo.

—Me fallaste —dijo el boggart.

—No. —Sirius puso una de esas caras que al boggart le gustaban, tan conmocionadas que era imposible decir si iba a vomitar o a desmayarse

—Tú le pediste a Peter que fuese nuestro guardián secreto —continuó el boggart.

—Solo lo hice porque sabía que nadie iba a sospechar de él.

—¿Y no te sentiste aliviado cuando te liberaste de esa carga? —El boggart era capaz de ver aquel recuerdo sobre la cabeza de Sirius: fue un solo segundo de debilidad del que enseguida se arrepintió, pero estuvo allí y el boggart podía sacarle provecho. Bendita fuera la insistencia de los humanos en torturarse.

—No —volvió a quejarse Sirius—. Hice lo que pude por ti, hice…

—Me fallaste. Me fallaste y me vas a fallar de nuevo. Deberías proteger a mi hijo, pero no vas a poder, igual que no pudiste hacerlo durante trece años. Él lo matará y será culpa tuya.

—¡Cállate! —Sirius sacó la varita; al parecer, acababa de recordar que no se encontraba frente a su amigo muerto.

—No sirves para nada. Aquí estás, encerrado como lo estabas en prisión. Inútil, incapaz de defender a nadie…

—¡Riddikulus!

Antes de que el boggart pudiera darse cuenta se había convertido en un adolescente de cabello grasiento, colgado del tobillo y enseñando los calzoncillos. Eso no hizo que Sirius se riese, pero sí le dio la distracción necesaria para salir de la habitación, dejando al boggart más avergonzado que contento.

Ocurrió muchas veces durante ese verano. Cada vez que Sirius Black se sentía solo, cada vez que se perdía en una botella, acudía al cuarto para recibir los reproches de su amigo.

—Perdóname —le decía de vez en cuando, de nuevo olvidando que se encontraba sólo frente a un boggart—. Perdóname.

El boggart no perdonó; no era su trabajo. Su faena consistía en que ese hombre acabase roto de dolor, y lo conseguía.

Atormentar era lo que el boggart había nacido para hacer y habría continuado durante años y décadas, de no ser por la mujer pelirroja que entró en el cuarto con la varita preparada para limpiarlo todo.

A ella le mostró hijos muertos. Mientras iba saltando de cadáver en cadáver, pensó que era curioso que ella también sintiera miedo por ese tal Harry Potter, el mismo chaval cuya seguridad hacía temblar de horror a Sirius Black.

Entonces entró en la habitación el hombre enfermizo. El boggart se convirtió en una luna.

Un hechizo impactó sobre él, tan intenso que sintió como lo desgarraba por dentro, obligándolo a dejar atrás los miedos y desaparecer.

Se podría decir que fue divertido mientras duró.


NA.

Tengo que darle las gracias a Milenrrama por echarle un vistazo al fic antes de publicarlo :) Y gracias a ti, por leerme.

Recuerda que fic sin reviews es el boggart del escritor :P