2.
—Mi señora, llegó más correspondencia.
—Déjala en mi escritorio.
Déspina luchaba en tratar de entender el ruso. Lo había estudiado, pero le parecía ininteligible cuando estaba escrito. Era de un embajador en la región que le pedía algo similar a una reunión. Ante aquel rompecabezas se lamentó largamente, y arrojó cansada el papel en la mesa. Se sentó en el sillón justo para ver cómo el vuelo de la hoja desechada había barrido la mitad de las perfectamente ordenadas cartas de las tres, encolumnadas sobre su mesa. La rubia chistó y, en un salto, se agachó a levantarlas.
—¡Me lleve Cerbero! Sofía va a matarme... — se mordió el labio — ¿Por qué cada una no tiene lo suyo, en vez de dejarme todo a mi? Simplemente porque la que hace las relaciones políticas soy y-?
Cuando tomó el sobre lacrado en dorado con la insignia del Santuario de Atenas, supo que era para Thais. Y al tratar de enrollarlo un poco más, la fricción de sus manos deslizó una nota más pequeña, que parecía haber sido pegada desde atrás en la misiva original.
... ¿Y esto? ¿una carta oculta?
La tomó con cuidado y pensó si no era una continuación, para volver a pegarla atrás. Pero no funcionó. Cuando se dio cuenta de que no era el mismo papel, se despegó del todo. Cerró un ojo para no leerla, pero la curiosidad ganó su criterio.
Tesoro mío:
Vuelve la calma cuando mi vieja alma puede escribirse en este papel; pierdo la noción del tiempo y del cansancio, porque saber que tus luceros leerán mis palabras durante el ocaso me llena de una felicidad difícil de transmitir en palabras.
Ninguno puede dejar sus deberes, y saben los dioses la ansiedad de tenerte entre mis brazos. Pero debere esperar; he esperado paciente por muchas cosas más tiempo de lo que un humano debería, pero aquí estoy. Y para ti, estaré más allá de la muerte. Inclusive, y lo sabes bien, es un lugar donde no dejaré de cuidarte cuando nos llegue la hora de partir. Seré quien sostenga tus manos cuando bebas del Leteo para volver a comenzar; y rezaré a los dioses de que, si he sido un buen soldado, me permitan renacer a tu lado para darte la felicidad que no puedo darte en esta vida.
Lo siento... siempre soy algo lúgubre para mostrar mi afecto; es la costumbre de abundar en esos temas. Pero se que me entiendes; aunque no tenga la sensibilidad de un poeta, ahora mismo mis manos tiemblan porque cada palabra toque tu corazón.
Te anhelo, mi más grande amor.
Tuyo,
Sage de Cáncer.
¿Sage de Cáncer... ?
Déspina bajo la nota de sus manos, anonadada.
¿Un Santo Dorado? ¿Acaso la pelirroja tenía un amorío con un Santo? No, la Cloth esperaba aún a su dueño, los candidatos eran pequeños según sus cálculos. Entonces... se refería al anterior cangrejo dorado.
El Patriarca.
Pocas personas en el mundo sabían la identidad del Sumo Sacerdote, que se mantenía en la secrecía de la Orden de Atenea. Los Patriarcas eran líderes que cambiaban cada tanto, pero no interesaba mucho el nombre, sino quiénes habían sido. Cáncer fue el único sobreviviente de la Guerra Santa anterior junto con su gemelo Altar, y reconstruyeron el Santuario desde cero. Eso sí lo habían estudiado todas, porque fue un acontecimiento particular.
—¡THAIS!
La gravedad del asunto se reflejó pristina frente a ella: la pelirroja había roto el código de lealtad que se habían juramentado como Tríada. Y todo lo que eso implicaba.
Problemas.
La aludida apareció corriendo, dejando atrás los libros que tanto adoraba organizar junto con Sofía. El grito fue tan potente que rebotó en todos los pasillos, e hizo que la morocha saliera detrás, ante la urgencia de la voz.
—¡Déspina! ¿Qu-?
Sofía no pudo hacer nada cuando la rubia tomó a la pecosa y la arrastró con violencia hacia dentro del estudio, cerrando la puerta con fuerza. Tal fue la actitud fuera de sí, que Thais no reaccionó más que sobándose un brazo, confundida.
—¡Cállate!
—Déspina, por amor a Apolo ¿qué te pasa?— cuestionó preocupada la morocha.
—¡Me pasa que estamos frente a una mentirosa! — señaló, y del puño cerrado salió disparado un papiro arrugado hasta el cansancio. Rodó hasta los pies de la pelirroja y esta se puso pálida, paralizándose con la vista puesta en el suelo.
—¿Mentirosa?
—Sí, Sofía. La señora aquí tiene algo para decirnos, ¿O quieres que lo diga?
—Yo...— empezó la pelirroja.
—¡Perfecto, lo haré! — le cortó Despina, mirando a Sofía — ¿Recuerdas el día que juramos? Ella nos había dicho algo de su pasado.
—Déspina...
—¡Cállate, Thais! ¿Lo recuerdas Sofía? — esta asintió, sin comprender — Pues no es su "pasado", es más bien su presente.
—¡Basta!
Thais encendió su cosmos y sus ojos grises se tornaron aguamarina. Ante la palidez de ambas, se sorprendió y lo apagó de inmediato, ruborizándose con violencia.
¡No tienes derecho de ver estas cosas!
—¿Qué no tengo derech-? Disculpa, pero esta es supuestamente correspondencia formal. Dame una razón por la cual no debería leerla si no tenía nada que ocultar. Ustedes me dejan todo aquí para que lo revise. Era simplemente un intercambio de consejos militares... ¿verdad?
—Por favor, Des, no entiendo nada.
—Sofía, ¡avispate! — la rubia señaló a la pecosa — ¡Nos mintió todo el tiempo! Anda de amoríos con el Patriarca del Santuario, escudándose en su base militar y no sé qué tonterías...
—¿E-El Patriarca... ? — miró a Thais — ¿Es cierto eso?
En medio de ellas, el papel se iluminó en un fuego verdoso y se extinguió en segundos. Tras aquel espectáculo, la pelirroja recogió su pelo un poco, poniéndolo detrás de sus orejas con un gran suspiro.
—Es cierto — las miró a ambas — . Pero no tiene nada que ver con...
—¡Ah no, no me dirás que tienes una excusa! — la cortó la rubia de nuevo, roja del enojo — ¡Nos has mentido a nosotras, tu Tríada, tus hermanas! Las que no tenemos secretos, ¡no empieces a deslindar la situación! Eres el maldito Oráculo de Delfos ¡Tienes que estar consagrada a tus dioses! ¿En esta deshonra pretendes probar nuestros lazos?
—¡Amar no es deshonroso!— la voz imperante de Thais tronó, superando al carácter de Déspina — No les mentí, pues dije que me había ocurrido, que me había enamorado antes de venir aquí. Este asunto es mío y no puede dañar a nadie.
—Esa vanidad... — dijo entonces Sofía, comenzando a enojarse — Esa vanidad es la que disgusta a Artemisa. Nuestro único amor es...
—No te molestes, no va a entenderlo. Sigue amando a ese hombre. Más bien, siguen amándose — la rubia puso los brazos en la cintura — . Ahora me cierra todo, por lo que estabas tan urgida en ocuparte de lo militar; la prisa de las cartas, el entusiasmo, la insistencia... sigues con tu cabeza en Atenas, no aquí; pensando como ellos.
—¡Soy como ellos!
Thais frunció el ceño, enfrentando seriamente por primera vez a ambas muchachas. Ambas apretaron los dientes para no acobardarse, porque la postura de Thais era la de un soldado aún, y tenía mucha agresividad.
Nunca dejaré de serlo, pero eso no tiene nada que ver con todo lo que tengo que hacer aquí.
—¡Pero si es muy lógico para mí! —replicó Déspina, con su enojo en ciernes— Odias estar aquí, ¡Odias esta vida, lo que nosotras representamos para tí! Prefieres mil veces estar donde te criaron.
La pelirroja se mordió la lengua hasta sangrar. Sabía que podía quebrarles los huesos con sólo un movimiento. Estaban enfadadas y decepcionadas, ¿qué más podía esperar? Por eso, apretó los puños con tanta tensión que sus músculos saltaron.
—Déspina, tu enfado está hablando por tí — dijo lento para no elevar la voz. Las miraba en simultáneo — . Sofía, jamás lo haría si supiera que las perjudica de algún modo. Si no fuera capaz de sostener mi deber y mi vida, los dioses no me hubieran permitido sobrevivir, ni estar aquí con ustedes. Del mismo modo, si quieren que sea honesta con ustedes, lo soy. La realidad es esta — estiró los brazos — : Amo a Sage de Cáncer, y él me ama a mí. Aquí está Thais de Sextante.
Déspina frunció el ceño y se cruzó de brazos, mirando hacia un costado.
—¿Por qué no lo dijiste entonces? — Sofía preguntó, suave también — Si sabías que no iba a perjudicarnos.
—Es impúdico hablar de estas cosas — respondió Thais, mirándola con obviedad.
—¿Impúdico? Solamente porque nosotras sí nos consagramos desde niñas no significa que nos generaría incomodidad. Hasta te hubiéramos acompañado en una felicidad que podrías haber compartido con nosotras. Pero decidiste el camino más espinoso — dio unos pasos hacia ella — . Eres muy inteligente, Thais, piensa un momento.
Sofía quebró la voz ante la negativa de Déspina a mirarla.
Si nos has ocultado algo tan importante... ¿Cómo podemos confiar de nuevo en tí?
Sextante, siempre calculadora, no había pensado en la cualidad más básica que debían tener como Tríada.
Y ahora se había perdido.
