Lápiz labial.

*Este fic puede tener imprecisiones históricas, pues desconozco cuándo llegó el lápiz labial a Japón o cuándo se inventó.

Miró la bolsa con todo el maquillaje que compró con un rostro bastante satisfecho.

Había una cantidad de pinturas lo suficientemente grande para transformar a todas las miembros de la mansión en unas preciosas y elegantes geishas. Aunque le costaba imaginárselas como chicas así.

Todas ellas tenían una belleza muy particular y lejana a la elegancia. Siempre pensó que, si sus amadas amigas y hermanas fueran flores, definitivamente serían flores silvestres y perenes. Y una geisha tenía un aspecto tan delicado y extraño, se las imaginaba como flores que las volaba el viento, y eso no calzaba con ninguna de ellas.

Pero sería muy divertido probar su maquillaje en todas ellas a la vez. De ese modo podría no solo verlas bonitas, sino que practicar y divertirse en caso de que saliese todo mal.

Se rio en pensar lo que tendría que hacer para que Aoi aceptase en pintar su rostro, seguro que tendría que atraparla antes.

Entró a la casa, pero se sorprendió de no escuchar los pasos de Sumi, Kiyo y Naho. Kanao, muy probablemente, estaría en el jardín dejando que las mariposas se posasen en ella sin problema.

Buscó en la cocina, en las habitaciones, en el jardín y en los alrededores. Ninguna de sus preciosas asistentes y hermanas estaba a la vista para el tiempo de calidad que tenía planeado.

Abrió la última puerta, la de la enfermería, esperando encontrarse con el mismo baldío y silencioso escenario que la había recibido en todas las otras habitaciones.

Deslizó hasta atrás la puerta, hasta que divisó la interesante figura de cabello oscuro de reflejos azules.

Sonrió con su típica sonrisa de amabilidad, aunque de su mirada se desprendió un destello de malicia.

Tomioka estaba colocándose su haori cuando tuvo un presentimiento extraño. La alerta se activó en su cerebro, como a los momentos previos a los ataques de animales salvajes y al de los demonios que se encargaba de cazar.

Se dio la vuelta al mismo tiempo que escuchó el timbre agudo y suave de Shinobu.

—¡Tomioka!

Shinobu deslizó la puerta con fuerza haciendo al chico dar un brinco.

—¡Qué sorpresa encontrarte aquí! —juntó sus dos manos en un aplauso y lo escrutó con la mirada.

—Kocho…—logró decir el muchacho todavía en una postura rígida—. Buenas tardes. Ya me iba.

—¿Tan pronto? ¿Ya te revisaron? ¿Todo en orden?

La chica comenzó a acercarse al muchacho a paso veloz.

—Sí, todo bien. Dale mis agradecimientos a la señorita Kanzaki, por favor—Tomioka hablaba atropelladamente mientras trataba de atarse los cinturones de sus piernas y buscaba desesperadamente sus sandalias en el suelo.

Sin embargo, Kocho fue más rápida. Lo tomó por el hombro y el dirigió una mirada que Giyuu no pudo ignorar.

—¿Dónde está Aoi, Tomioka?

Tomioka tragó saliva.

—Salió.

Se hizo un silencio.

Shinobu no cambió un ápice de su expresión facial, sin embargo, respiró profundamente y su voz se torció una octava hacia la irritación.

—¿A dónde salió, Tomioka? ¿Y por qué? —se apresuró a decir. Pues si no, estarían ahí toda la tarde.

—Al mercado. Me dejó una nota sobre la mesa, diciendo que si me sentía mejor que me fuera. Y eso es lo que estoy haciendo—se levantó rápidamente con el aspecto y estilo de Sanemi, los botones mal abrochados, las cintas de sus canillas pobremente colocadas y el cinturón a la altura de la cadera—. Muchas gracias, nuevamente. Dile que le estoy agradecido.

—¿Por qué fue al mercado? ¿Te dijo?

Tomioka alzó una ceja.

—No. Pero figuro que no fue a pescar al mercado, Kocho.

Shinobu apretó los dientes.

—Te ves más desastroso que de costumbre, Tomioka. ¿Tienes prisa? —preguntó la muchacha manteniendo su sonrisa.

Tomioka se tomó unos segundos para contestar, mientras rodeaba a la chica que le seguía con la mirada como las pinturas macabras de los museos.

—De hecho, sí. Tengo que atender algo importante.

—¿De verdad? ¿Quieres que te acompañe? —la chica comenzó a seguirlo de cerca hasta la puerta de la enfermería.

—No hace falta. Ya han hecho mucho por mí.

—¡No seas modesto! ¡No me molesta acompañarte para ver que no te haces daño, para variar!

Shinobu, a pesar de su altura y de tener un cuarto menos de las piernas de Tomioka, sorprendentemente no le perdía el paso al chico, y tampoco parecía cansada por el movimiento.

El cerebro de Tomioka empezó a trabajar. No había forma de deshacerse de manera educada de otra persona educada, sobre todo de Shinobu. Era inmune a las excusas y alérgica al rechazo, por lo que mantener la distancia y pretender que no existía era la mejor manera de abordarla para que lo dejara en paz.

Pero ello tomaba una considerable cantidad de energía y tiempo.

—Tengo que ayudar a una señora con sus perros—resolvió—. Esta mañana me lo pidió.

—¡No sabía que eras bueno con los animales, Tomioka! —la joven ni se inmutó.

Shinobu sabía que Tomioka era tan malo con los animales peludos como lo era ella. Se sintió tan ofendida de que pensara que ella podría llegar a creer una mentira tan pobremente pensada. Pero pensar no era el fuerte de Tomioka, así que había que perdonárselo sutilmente.

—¡Podrías enseñarme cómo hacerlo! ¡Te veré desde una distancia segura! ¡Así que, vamos juntos!

Tomioka no había ni llegado a la puerta y ya lo había dado todo por perdido. Era imposible engañar a esa mujer, o al menos para él era una hazaña que había que abandonar.

Se dio media vuelta y se encontró cara a cara con ella. Sabiendo que los dos sabían que la excusa no había funcionado.

—¿Quieres algo de mí, Kocho? ¿Necesitas algo?

—De hecho, sí.

Shinobu no supo por qué contestó aquello tan inmediatamente. Pero no quería dejarlo ir tan fácil. No luego de ser tan grosero con ella. Y de inventar una mentira tan tonta. Sobre todo, por lo último.

Él tenía que pagar por ello.

Pero necesitaba ser más rápida que Tomioka. Tampoco es que fuera tan complicado. Él estaba imposibilitado de medir las expresiones ajenas, de saber las intenciones de otros y de leer a las personas en general. Por esto caía tan mal.

Shinobu sintió nuevamente el peso de su compra de aquella mañana y los engranajes de su cabeza comenzaron a funcionar como reloj suizo.

—¿Ves esto? Necesito que me acompañes para probarlos.

—¿Qué es eso?

—Ya lo verás. Vamos.

Shinobu lo llevó a su cuarto y lo invitó a sentarse.

En el camino a la habitación, había inventado excusas perfectas, todas ellas tan congruentes que la única manera de que Tomioka adivinara sería que pudiera leer mentes.

Shinobu creía que Tomioka con suerte podía leer, por lo que no se preocupó en lo más mínimo.

Sacó uno a uno todos los instrumentos y los dejó sobre la mesa. Para alegría de Shinobu, el rostro de Tomioka se torció en profunda confusión.

—Quiero probar mi maquillaje. Pero ninguna de mis chicas está, así que quiero hacerlo contigo.

El muchacho alzó la vista para mirarla. Aquello no era una broma, ¿cierto? Pero la chica no movió un músculo. De verdad estaba esperando una respuesta positiva o negativa. ¿Y si decía que no? Probablemente Shinobu inventaría otra excusa mejor de la que él podría ocurrírsele jamás, o le pediría ayuda para hacer otras cosas, o peor, le obligaría a hablar largo y tendido sobre el clima, las flores y el té y lo obligaría a escucharla a hablar a ella sobre todo lo que se le viniera a la cabeza.

Era molesto escuchar a Shinobu echar veneno sutilmente sobre de todo lo que la irritaba con sarcasmo e ironía, pero ella siempre suspiraba al final, como diciendo "bueno, ya fue suficiente" y su rígida figura se relajaba y parecía dejar de apretar los dientes en su permanente sonrisa.

Solo después de soltar lo incompetente y pútrido que le parecía el mundo, Shinobu parecía respirar y relajarse. Y parecía que en verdad lo necesitaba, a veces.

Y entonces, la compañía de Kocho se hacía más que agradable.

Él la miró fijamente sin molestarse en disimular, y fue capaz de ver la tensión en cada músculo del cuerpo de Shinobu.

Giyuu se tomó un momento para pensar. Y finalmente se decidió.

—De acuerdo.

Shinobu abrió los ojos sorprendida. Esperaba de verdad que le dijera que no, pero no había que echarse para atrás.

Sentó al chico en un costado de la mesa y a su lado se colocó ella. Esparció el maquillaje por la mesa y se quedó mirando a Giyuu.

Sonrió genuinamente por una vez. Aquello iba a ser muy divertido.

Shinobu había comprado muchos labiales: rojo, rosa, fucsia, morado, violeta, azul, negro… Muchos, muchos colores que en la piel de Tomioka se vieron… Sorprendentemente bien.

Sostuvo el lápiz en su mano viendo su trabajo terminado y lo que la atacó fue un sentimiento de… ¿Envidia?

El rojo resaltó la blanca piel de Tomioka, libre de impurezas y cicatrices. El ávido color contrastaba con los profundos ojos azules del chico y hasta ese momento Shinobu no se percató de lo largas que eran sus pestañas y del grosor de los labios de su compañero pilar.

¿Él siempre tuvo una carita de muñeca? Porque su expresión aburrida ni siquiera fue capaz de aplacar lo hermoso que se veía.

Shinobu movió su cabeza, tratando de sacudirse esos pensamientos tontos. Primero, de estar envidiosa de un chico que nunca se maquillaba, y segundo, de encontrarlo atractivo.

—¿Quedó mal? —preguntó Tomioka.

Shinobu se encogió de hombros, mientras cerraba la herramienta.

—Pudo haber sido peor… ¿Vas mucho a las aguas termales, Tomioka?

El chico soltó un largo y perezoso bostezo.

—No…—dijo mientras se rascaba uno de sus ojos.

Shinobu apretó los dientes.

"Así que su piel era así de natural, ¿eh?", pensó. Tomioka, carecía de modestia y humildad. Es que era esa una de las razones por la que lo detestaba tanto. Encima le quedaba bien cosas que nunca usaba y se veía tierno mientras se rascaba los ojos.

Ese hombre la irritaba. Como ningún otro en la tierra.

—¿Puedo probarlo? —el chico la sacó de sus pensamientos con aquella pregunta.

Shinobu pestañó lentamente.

—¿Disculpa? —contestó la chica con consternación, su sonrisa había desaparecido con cierta confusión.

—El labial—Tomioka apuntó a sus preciosos labios rojos—. ¿Tengo que probarlos de alguna forma?

Shinobu se dio unos segundos para contestar.

—Eso es lo que estoy haciendo, Tomioka. Estoy probando los labiales. En ti.

—Pero así no se prueban los labiales.

—¿Como que no? —Shinobu alzó una ceja, con su sonrisa completamente desaparecida—. Uso maquillaje todos los días, Tomioka, sé cómo probar labiales.

—Estoy seguro que así no se prueban.

Shinobu se cruzó de brazos y se hizo ligeramente hacia atrás, con un aire condescendiente.

—¿Ah? ¿sí? Entonces, ¿cómo vas a probarlo?

Tomioka pestañeó un momento antes de contestar.

—¿Puedo probarlo, entonces? —Tomioka inclinó su cabeza hacia delante y hacia abajo.

Shinobu puso los ojos en blanco.

—Pruébalo, Tomioka.

Tomioka asintió, entonces procedió a acercarse a Shinobu. Se apoyó sobre sus rodillas y se estiró hasta tomar el rostro de la chica con ambas manos.

Shinobu no sonreía. Se había quedado de piedra en su lugar, aunque sintió como su corazón comenzaba a latir tan fuerte que lo sintió en sus oídos. Tenía a Giyuu tan cerca, tan cerca… Podía sentir el aire tibio de sus exhalaciones en su nariz.

Giyuu puso una de sus manos en la nuca y la otra en la mejilla de Shinobu y con su pulgar en el mentón hizo girar la cabeza, dejando la mejilla restante desprotegida y a su merced, entonces, el chico se acercó y posó sus labios tan profundamente como la piel de la chica lo permitía.

Shinobu cerró los ojos con fuerza. Era capaz de sentir a Tomioka exhalar, su piel suave y cálida contra ella y el agradable cosquilleo de sus pestañas y de su cabello sobre sus ojos. Levantó sus manos y pudo sentir también el pecho rígido y firme por encima del uniforme oscuro.

Le pareció una eternidad estando a la merced de él, sin poder juntar el valor o la razón para apartarlo.

Para Tomioka fue lo que fue. Un instante. Un instante que duró más de lo necesario.

Cuando Tomioka todavía tenía un lugar donde ir y unos brazos en los que arrojarse cuando sentía terror, tristeza y felicidad, solía tratar de atrapar insectos con una red.

No le gustaba que su hermana se entristeciera porque algunos de ellos se comían o arruinaban las flores que le costaba tanto criar. Por lo que, armado con una red, les plantó cara en su propio jardín bajo un incandescente sol de verano que le bronceaba la piel.

Trataba de atraparlos sin hacer ruido, tratando de dominar su postura y de hacerlo con agilidad, sin embargo, el desgarrador grito de su hermana lo hizo saltar y perder la concentración.

—¡Giyuu! ¡Giyuu, por favor! ¡Ven, rápido!

El niño soltó su red instantáneamente ante el llamado y comenzó a correr por su casa en dirección del grito.

—¿Hermana? —preguntó Giyuu—. ¿¡Hermana!?

Su llamado de apremio fue contestado por un ruido en el baño.

Giyuu se dio la vuelta en dicha dirección y se quedó petrificado unos momentos. Ahora se arrepentía profundamente de haber soltado su red.

Avanzó con sigilo, tratando de que la madera no delatase su posición. Cuando llegó al portal de su baño miró en todas direcciones hasta que sintió el grito de su hermana.

—¡Te atrapé!

Su hermana lo abrazó por el cuello y antes de que Giyuu se enterase de lo que ocurría, ella le plantó un beso en su mejilla con fuerza.

—¡Muak!

—¡Agg…! ¡Hermana! —protestó Giyuu—. ¡Odio cuando haces eso!

—¿Y cómo voy a probar mis labiales entonces? —rio Tsutako no aflojando el agarre, sino que haciéndolo más apretado.

Juntó las mejillas de ambos en un apretado abrazo del que Giyuu se soltó con fiereza, pero le gustaba sentir los abrazos de su hermana mayor.

—¡Todos los chicos se van a reír de mí porque haces eso!

Tsutako le tomó por el mentón y miró la marca de su beso.

—¡Este es de buena calidad! ¡Gracias, Giyuu!

Giyuu se separó de la mejilla de Shinobu y ella no se atrevió a abrir los ojos inmediatamente. Pero cuando lo hizo, Tomioka seguía tendiendo sus manos en su nuca y en su mejilla.

Cuando lo miró de soslayo, el chico estaba observando atentamente la marca, como si leyera un texto científico o una especie de manual. Fue entonces que asintió y se dirigió a Shinobu.

—Este es un labial de mala calidad, Kocho—sentenció Giyuu categóricamente.

Shinobu apretó los dientes y le cruzó la cara al chico de una bofetada.

Tomioka, honestamente, no se vio venir. Y se agarró el lado lastimado con una de sus manos y se quedó mirándola con sorpresa. Inamovible en su lugar.

—Atrevido…—soltó Shinobu con gélida ira.

Ya no sonreía. Apretaba los dientes con fuerza y la mano que usó para atacarlo estaba envuelta en un puño que sostenía peligrosamente cerca del rostro de Tomioka.

Las lágrimas se le juntaron sin piedad en sus ojos y su garganta se cerró dolorosamente; sus fosas nasales se taparon y no podía respirar, pero se negaba a hipar o suspirar con tristeza. Él no iba a verla vulnerable. Este idiota no iba a verla dentro de sus murallas.

Tomioka la vio en su sitio. Incapaz de decir una palabra para consolarla o para disculparse. Tan asombrado de que una chica como Shinobu se pudiera sentir tan ofendida y dolida por un acto que vino de él con una intención diferente, porque solo cuando el plato estaba quebrado, él pudo darse cuenta de cómo la chica lo interpretó.

Y se quedó pétreo en su sitio. Sin saber cómo responder, alargando un silencio que estaba matando a la chica.

—¿Tú piensas cómo afectan tus acciones a los demás? ¿Te importan cómo se sienten los demás, Tomioka? —Shinobu pronunció su nombre como una maldición—. Es por esto que no le agradas a nadie. Maldito indolente.

La chica sabía que era injusto culpar a Tomioka de sus sentimientos claramente no correspondidos. Pero él tampoco hacía esfuerzos para hacerle saber que la quería como una amiga, como una compañera pilar o como alguien que detestaba.

Era distante y de pocas palabras al punto de desesperar hasta el más introvertido, pero era de ademanes y comentarios tan descarnados y bruscos, y tan sinceros.

En momentos de peligro y de no tanto peligro, se empeñaba por sostenerla de las muñecas o de inmovilizarla con posturas vergonzosas, en las que, por supuesto, Tomioka se cuidaba de no tocar sus pechos, sus piernas o sus caderas. Pero luego no tenía reparos en tomarla por su cintura con sus grandes y firmes manos.

Tomioka no era tonto, por supuesto.

¿Acaso no tenía una pizca de delicadeza para tratar a las personas? ¿Tenía siempre que poseer este carácter tan imprevisible? ¿Tenía que venir con su actitud tan imprudente y confundir a las personas? ¡A nadie le gustaba eso! ¡A nadie!

No había forma de seguir con la mentira y tirar la culpa hacia Tomioka. Porque era claro que todo era su culpa.

Sus lágrimas se escaparon contra su voluntad y soltó un sollozo traicionero a la par que un pensamiento cruzaba por la mente de Shinobu:

"¿Por qué me empeño en confundir tu dejadez con afecto?".

Quizás Tomioka disfrutara de eso. Disfrutaba de su expresión confundida y de jugar con las dobles intenciones. Quizás saldría con una excusa tonta de que así le habían dicho que se probaban los labiales… ¿Es que la creía tan tonta?

—No quería hacerte llorar, Kocho…—la voz de Tomioka titubeó. Quizás se dio cuenta que había llegado demasiado lejos esta vez—. Yo…

—Contéstame una cosa—lo cortó ella con severidad, todavía se escuchaba constipada y sus ojos ardían por el llanto—. ¿Habrías hecho esto con cualquier persona?

Si Tomioka decía que sí, mintiendo o siendo sincero, Shinobu sabría perfectamente la clase de persona que era él. Alguien del que debía desistir inmediatamente.

Si decía que no… No estaba segura de cómo iba a reaccionar. Pero era seguro que matizaría. Pensaba que diría algo como: "No. Solo lo haría con chicas". Y también sería una señal de que este sentimiento debía morir.

—Yo…—comenzó el muchacho, con una voz extraña—. Yo no lo haría con cualquier persona.

Shinobu estaba esperando una respuesta tonta, pues lo que se planteó no sucedió. Lo importante era que dijera cualquier cosa que pudiera desprenderla de este sentimiento tan agridulce. Tan molesto.

—Te pido disculpas, Kocho. De verdad que he confundido el contexto y…

Shinobu entornó los ojos y sonrió con suficiencia. Ahí iba la respuesta tan esperada…

—¿Y qué? ¿Qué contexto es el correcto?

Tomioka apartó la cara un poco avergonzado de sí mismo. Shinobu se exaltó un poco al ver cómo la ceja del chico temblaba.

—Una persona muy querida para mí hacía lo mismo conmigo cuando era pequeño. Yo… No lo haría con cualquiera por eso. Solo con personas que siento cercanas…

Shinobu contuvo la respiración.

—Pero me he equivocado—agregó rápidamente—. Fue solo un sentimiento que en realidad era unilateral. Por eso, de todo corazón, disculpa lo que te pudo haberte hecho sentir, Kocho—se inclinó sobre sus rodillas, pegando su frente al suelo—. ¡Lo lamento, si quieres castigarme puedes hacerlo!

La chica se quedó quieta en su lugar. Ya no corrían lagrimas por su rostro. Pero una incontrolable corriente de alegría le invadió el pecho, en forma de un cosquilleo agradable que se trasladó a sus mejillas que la obligaban a sonreír.

Pero ella no quería sonreír. Se empeñaba en continuar enojada y se castigaba a sí misma en la cabeza.

Dio un largo y liberador suspiro.

"¿Por qué me conformo con tan poco?".

Luego miró a Tomioka. Observó su nuca, su cabello y sus grandes y blancas manos, cuando de repente un fuerte coraje la invadió. Ya no temerosa de nada. Ni de él, ni de sus pensamientos, ni siquiera de su rechazo.

—Levántate, Tomioka—dijo Shinobu—. Es obvio que ha sido un malentendido.

El nombrado levantó la vista con sorpresa. Y se vio francamente adorable para Shinobu.

—¿De verdad? —el chico se inclinó indebidamente hacia adelante y un brillo apareció en sus ojos, que regresó a la normalidad, nada más ella asintió.

—Bueno, supongo que hay que continuar, ¿no, Tomioka?

Shinobu tomó el siguiente color, era más anaranjado y suave que el rojo. Tomó un pañuelo y con él limpió bruscamente la boca de Tomioka, para luego colocar comenzar a delinear nuevamente.

—Sabes, Tomioka. No sé quién te enseñó a probar los labiales, pero debo decir que su método no es el correcto, aunque no va mal encaminado tampoco.

Tomioka alzó una ceja, y solo preguntó una vez que Shinobu terminó.

—¿Qué le falta, según tú?

Shinobu selló el labial, y sintió su corazón latir en su pecho. Latía con fuerza y provocaba en ella una alegría extraña que le hacía sonreír incontrolable y auténticamente.

Ahora no importaba lo que ocurriera.

—Más que nada el lugar—concluyó Shinobu.

—¿Y dónde es lugar correcto?

—¿Quieres probar?

Tomioka pestañeó con confusión, al ver la expresión de Shinobu. Sus ojos y sonrisa tenían un aire malicioso muy diferente del que estaba acostumbrado. Aunque no sabía si interpretarlo ya como "malicioso".

Suspiró derrotado. Todavía sentía que Shinobu estaba molesta con él y, francamente, su falta de tacto le pasó la cuenta y merecía el castigo que viniese. A lo mejor lo hacía besar el suelo, su suela o lo hacía besar su codo. Pero al final, esperaba un castigo rápido que no le diera tantas risas a la chica.

Él asintió.

—Bien.

Shinobu se inclinó hacia adelante y extendió sus manos hacia él en un movimiento tan teatral y elegante que dejó a Tomioka francamente pasmado.

Sus brazos rodearon su cuello con tal delicadeza y suavidad que le provocó un cosquilleo agradable en la nuca y en toda la cabeza, y antes de que se diera cuenta, la tenía a centímetros de su cara, como él hacía unos momentos. Shinobu olía muy bien y el roce casual de sus manos lo dejó petrificado, pero, sobre todo, la genuina sonrisa de la chica lo atrapó.

Por instinto, el muchacho trató de ladear su rostro, pero Shinobu estrechó el abrazo, redirigiendo su boca y sus ojos para verla directamente.

Instintivamente él relamió sus labios y casi inmediatamente, Shinobu los unió en un beso.

Sus mejillas y labios eran muy suaves, y como ella los movía en su boca era todavía mejor. Tomioka cerró los ojos al percatarse que la chica había cerrado los suyos, entonces, trató de seguirle el ritmo con una torpeza digna de él.

En silencio, y en la práctica, Shinobu trató de enseñarle, pero parecía imposible que Tomioka aprendiera intuitivamente, por lo que se separó un instante para mirarlo.

—Oye, tú. Si no relajas tus labios no lo harás nunca bien—Shinobu apretó las mejillas de Tomioka con una mano—. Haces que me duela, y así no podemos probar bien los labiales.

—Ah. Era por los labiales.

Shinobu pudo ver el rostro de Tomioka fruncir el ceño con decepción. Le pareció, por una fracción de segundo, que el chico había hecho un mohín.

Ella sonrió.

—Eres un caso incorregible, Tomioka.

Shinobu se acercó más y se colocó entre las piernas de Tomioka, cuidado de rozar solo los muslos del chico con sus piernas. Y fue más gratificante cuando lo sintió temblar repentinamente bajo sus brazos, como si hubiera sufrido por una descarga eléctrica.

Ella continuó con el beso y él logró adaptarse a las instrucciones de la chica con cierta dificultad, hasta que se le hizo natural y agradable a partes iguales.

Tomioka decidió hacer un movimiento que consideró osado, pues se atrevió a tocar la cintura de la chica por debajo del haori, pero lo que le pareció un movimiento tan temerario fue mermado absolutamente por Shinobu que lo forzó a irse de espaldas, sin despegarse de los labios ni por un momento.

Sentir bajo su espalda el suelo y que sobre su pecho descansase Shinobu era una sensación asombrosa y agradable. Sentía las caderas de ella sobre su abdomen y su suave busto contra sus pectorales y su cuello.

Shinobu lo tomó por la mejilla y lo instó a entreabrir su boca para dejarle meter su lengua. Ahora esto había adquirido un nivel diferente de complejidad, que le costó agarrar, mucho más que los besos de principio.

Tomioka alzó su mentón de tal manera que los separó del beso, solo entonces se percató de que faltaba el aire, y que escuchar jadear a Shinobu era su nuevo sonido favorito.

—Kocho… ya no estamos probando labiales.

—¡Muy inteligente, Tomioka! —ella le golpeó suavemente la nariz con su dedo índice, mientras le sonreía con picardía.

—¿No lo haremos a menos que probemos labiales?

—¡Tonto! No tenemos que probar los labiales antes para darnos besos. Siempre que lo hagamos en privado y sin que nos vean, podremos hacerlo.

—En ese caso, debemos parar, Kocho—Tomioka la tomó por los hombros y la alejó ligeramente de él.

—¿Por qué? —Shinobu alzó la ceja.

Tomioka estiró su cuello levantando el mentón y Shinobu siguió su gesto con la mirada hasta que se dio de cara con la puerta abierta y a su subordinada Aoi petrificada en el portal mirando en su dirección.

—¡Aoi!

—¡Me disculpo, superiora Kocho! ¡Volveré en otro momento!

La chica deslizó la puerta con fuerza y abandonó el lugar con el rostro colorado.

Shinobu se separó de Tomioka como si de repente le hubiese venido la lepra.

—¡¿Hace cuánto estaba allí!?—chilló Shinobu tapándose la cara con las manos.

—Desde que dejaste de besarme. Al menos ahí fue donde la vi yo—contestó Tomioka a la vez que se incorporaba.

—¿Y por qué no me dijiste? ¡Si me hubieras dicho me habría separado de inmediato!

—Por eso. Porque pensé lo mismo— dijo el muchacho desviando la mirada.

Shinobu apretó el puño y los dientes.

"Buena respuesta, Tomioka".

Shinobu se levantó y procedió a lo oportuno del momento.

—Bueno—juntó sus manos en un aplauso—. Creo que es momento de que te vayas, Tomioka. Ya no es necesaria tu ayuda aquí.

Además, tenía que limpiar su rostro y pensar en una excusa sobre cómo se había metido un demonio a la casa cuya habilidad era la de hacer que las personas fueran testigos de situaciones desagradables. Pero había que ensamblarla bien y contarles a todas las chicas para que pasivamente le hicieran pensar a Aoi que ella había visto una alucinación.

Ya tenía parte del plan hecho.

—Kocho—el chico la sacó de su estupor—. ¿Vamos a repetirlo? ¿De verdad?

—Sí… Lo prometo. Necesitaré de ti para probar mis labiales más seguido. Pero, ahora, vete. ¡Y que no te vean las otras chicas!

—¿Por qué no quieres que nos vean?

—Porque tendría que explicar muchas cosas ahora, y ya no tengo energías. Muchas emociones por hoy—Shinobu negó con la cabeza y luego le miró ladeando la cabeza—. Después les daré la sorpresa. Solo ten paciencia.

—De acuerdo.

Tomioka se acercó y le dio un último beso de despedida antes de partir.

Tomioka se acercó a la plaza de aquel pueblo mirando a todos lados, en busca de sus compañeros Pilares. Divisó la nívea cabellera de Shinazugawa y el llamativo haori de Obanai. Los vio conversar de manera distante a un costado del mercado y se acercó para oír o enterarse algo de lo que comentaban.

Pero nada más notar su presencia los muchachos se detuvieron.

—Llegas tarde—le espetó Obanai.

—Lo siento, tuve asuntos que atender antes.

Nada más salir de la mansión, su cuervo, la lenta y envejecida ave se posó en su hombro y con dificultad logró comunicarle a Tomioka donde era su próxima misión.

Sanemi lo miró de arriba abajo y luego se sonrió.

—¿Qué? ¿Te besaste con un payaso?

Tomioka tenía alrededor de su boca dos tonos de color que se habían esparcido y desvanecido.

Él se tomó la barbilla con una de sus manos y finalmente contestó.

—No exactamente.

Los dos chicos se quedaron sin aliento. Sanemi alzó una ceja en su sitio y Obanai abrió sus enigmáticos ojos de par en par.

Esa respuesta tan criptica se prestaba fácilmente para malas interpretaciones, y fue exactamente lo que cruzó por la mente de ambos muchachos, que a la vez pudieron sentir cómo les subía una amarga bilis por la garganta de la pura envidia.

Sanemi no recordaba la última vez que le había dado un beso así de feroz y Obanai se deprimió al pensar que quizás nunca iba a besar a nadie de esa manera. En su oído su pequeño amigo serpiente siseaba palabras de aliento que solo él podía entender, pero que no aplacaban su envidia y tampoco su incipiente furia.

Claro. Nosotros arriesgando la vida y él se va a enrollar no con una, sino que con dos mujeres.

—Eres tan repugnante –gruñó Sanemi con la mirada sombría.

—Me limpiaré de inmediato, discúlpame.

Una vena se hinchó en la cien de Sanemi. "¡A nadie le importa, basura!", pensó para sí mismo.

—Mientras tanto, ¿cuál es el plan?

Obanai apuntó a una calle de la ciudad.

—Tú vas por ahí—luego apuntó a un sitio en dirección opuesta—. Y nosotros por acá.

—¿Iré solo?

—Definitivamente, irás solo. ¿No te gusta tanto trabajar así? —Sanemi le miró encima del hombro y comenzó a caminar en la dirección indicada con Obanai detrás.

—¿Y qué pasa si encuentro al demonio?

Obanai rodó los ojos y Sanemi se dio media vuelta con violencia.

—¡Le invitas a tomar té y unos dulces, Tomioka! ¿¡Qué haces cuando ves a un puto demonio?! ¡Lo cazas! —se volvió—. Piérdete. No vuelvas si no estás a punto de morir.

Y los dos Pilares se alejaron todavía con la amargura en la garganta. Incapaces de mediar palabra entre ellos.