He aquí mi primer fic después de mucho tiempo. Para ser franca lo edité más de cinco veces, así que espero que haya quedado bien y les guste tanto como a mi.(: Cabe aclarar que usaré un lenguaje obsceno para ciertas escenas, y aun más cuando se trate del lemon, así que quedan avisados por si desean saltearse dichas partes.

Disclaimer: Los personajes le pertenecen a Rumiko Takahashi, pero la historia sí es mía, por ende quisiera que la reportaran si es que la ven en cualquier otra página web, ¡muchas gracias!


"Requiem for a dream"

Prólogo

Justicia Divina

Periodo Sengoku ; 1490

Los destellos de la luna llena se alzaban por todas sus tierras como un gran manto abrazador, iluminando hasta el más pequeño animal que se encontrase en lo profundo del bosque. El viento comenzó a soplar haciendo que su larga y caótica cabellera plateada se meciera con él, dejando a la vista unas orejas puntiagudas y el inicio de unas franjas magenta en cada mejilla. Sus ojos dorados mantenían su misma frialdad y apatía de siempre; sin duda, una mirada de este Demonio pondría de rodillas hasta el más inmundo campesino —como él los llamaba—, sin embargo, dicha expresión para las mujeres de su especie solo sería como una invitación para ceder ante sus propios deseos, y es que ninguna podía resistirse a aquel atractivo y distante rostro que, pese a su seriedad, el gran Lord del Oeste solo tendría que chasquear los dedos y al cabo de unos segundos, una horda de bellas Yōkais llegaría con la excitante idea de acompañarlo a su lecho y poseerlo.

"Hmph" Incluso para un Inuyōkai tan poderoso como él, los placeres carnales iban en una misma abalanza junto con los deseos de Supremacía y total dominio de, no solo su propio Imperio, sino también todo lo que sería el Este; unas tierra que pudieron ser suyas, pero las perdió el día en que su inepto padre, el más poderoso Daiyōkai, se metió con una débil y putrefacta humana. De esa unión, de esa mezcla prohibida, nació un ser tan repugnante que nunca debió tocar este mundo: un Hanyou. Un niño que jamás sería aceptado por los Demonios y mucho menos por los humanos. Incluso su padre debió tenerlo en cuenta, pero lo ignoró, ya que de haber sido piadoso, lo hubiera cortado en varios trozos aprovechando que solo era un repulsivo cachorro, de esa forma hubiese acabado con su patético sufrimiento. Pero para ese entonces, el Lord del Oeste no se había percatado que su padre ya tenía todo planeado, y pensaba dividir sus tierras para que tanto su hijo como su nueva mujer pudieran vivir a salvo dentro de sus dominios.

La noticia atravesó su orgullo como una katana de doble filo. Sus planes, objetivos y confabulaciones se vinieron abajo, y todo por un amorío que nunca debió suceder.

Ese día nació un profundo odio hacia su progenitor y su furia hacia los humanos se intensificó, tanto así, que ese desprecio lo obligó a quedarse en pie a unos centímetros de su ejército, viendo cómo las llamas devoraban todo a su paso; todo el Este había sido cubierto por una nube espesa de polvo que no hacía más que incrementar con forme el fuego se abría paso por los terrenos, haciendo cenizas la flora y fauna. El Daiyōkai, cuyos ojos yacían encendidos por el odio y la sed de venganza, se encontraba a solo unos pocos metros de la tragedia, escuchando los lamentos y pedidos de auxilio que venían de dichas tierras; es en el castillo donde el olor de la sangre se había intensificado, entrando por sus fosas nasales y llenando sus pulmones de ese embriagante aroma. Todo aquel que había decidido seguir a su padre por encima de él tenía lo que merecía, ahora solo les quedaba arder en el infierno. Simplemente dejaría que los repulsivos humanos terminaran con todo a su paso, incluyendo con la aberración de su padre, luego iría con su ejército a exterminarlos a todos y recuperar el territorio que debió ser suyo desde un principio. Pero jamás contó que con la victoria de ese humano al que llamaban "General" se desataría un mayor problema, y es que entre sus tropas portaba a una Sacerdotisa de largo cabello azabache, espadachín y con el poder de cien samuráis; una mujer con la habilidad de purificar las almas de cientos de espíritus malignos al mismo tiempo.

Sus poderes espirituales no eran de este mundo, el gran Lord del Oeste lo supo al instante en que combatió contra ella. La sangre coagulada que se había esparcido por sus filosos dientes provenía de las cabezas de todos los monjes que se habían osado a detenerlo con conjuros y rituales absurdos; una escena que al parecer desgarró el corazón de la Miko. El Daiyōkai se percató al instante, incluso en su verdadera forma de perro gigante no era rival para ella. Fue entonces que en medio de la guerra, entre el olor putrefacto de los cadáveres incinerados y los escombros de las ya destrozadas cabañas, comenzó una danza entre el bien y el mal que minutos después terminó con un brazo cortado y una inminente muerte.

Ese día ninguno salió victorioso.

—A-Amo Sesshomaru…

El Peliplata volvió en sí al escuchar la voz de su fiel sirviente, sin embargo, su cuerpo continuaba inmóvil recordando viejos acontecimientos. De repente su expresión cambió y las facciones de su rostro se tornaran oscuras, sentía que estaba viviendo en un círculo vicioso del que no podría escapar a menos que tomara venganza. "Venganza…" Repitió en su mente. Por instinto, llevó su mano hacia donde debería estar su brazo izquierdo, pero solo encontró vacío, un vacío que hería su orgullo y lo obligaba a sucumbir ante su ira interna; "maldito…" Si tan solo su padre le hubiese dejado a Tessaiga, hubiera acabado con la Miko y todas sus escorias en un parpadeo. ¿Acaso era este un castigo por haberse revelado en contra de su progenitor?

—Espero por tu vida que sea importante, Jaken.

El pequeño Yōkai dejó caer su bastón e hizo una rápida reverencia. Unas gotitas de sudor resbalaban por su sien, sabía que hacerle perder el tiempo al amo significaría una sentencia de muerte para él. —Perdone amo bonito… —Sobresaltado, el pánico fluía en su voz. —P…Pero los guardias atraparon a dos espías provenientes del Este… Los llevaron al salón principal.

Una chispa de malicia apareció en sus orbes doradas, sus sospechas se habían confirmado en cuanto percibió aquel repulsivo aroma a su alrededor. Sin decir una palabra más, el Gran Sesshomaru dio media vuelta para caminar majestuosamente detrás de su fiel sirviente; su estola se elevó con la brisa de la noche que, al descender, dos mujeres Yōkais aparecieron detrás de ésta. Ambas vestían con un kimono rojo ajustado con bordados plateados, lo único que las diferenciaba era que una llevaba puesta una armadura junto con un obi púrpura por encima de su cintura, y la otra simplemente portaba una espada en su mano izquierda, aun así compartían el mismo vínculo, y es que las dos era gemelas. Los cuatro caminaron al unísono, con las jóvenes siguiendo a su amo con la cabeza agacha y manteniendo un espacio prudente a unos metros de él. Era una regla que todo súbdito no levantara la mirada en presencia de su Lord, de lo contrario, el castigo sería peor que la muerte. El único que podía tomarse ciertos privilegios con su amo, era aquel pequeño demonio con apariencia de sapo.

-O-

Un destello cegador rodeó al ser con alas negras y nariz puntiaguda, inmovilizándolo por completo. Mientras su carne ardía y se desintegraba, vociferaba maldiciones a su adversario. ¡TE VERÉ EN EL INFIERNO MALDITA MIKO! Fueron sus últimas palabras antes de desaparecer de este mundo. Un haz de luz rosada quedó dispersa en el aire, era su efecto purificador, el cual podría quemar a cualquier ser maligno que se encontrara cerca. Pasado unos minutos dicha luz desapareció, dejando al responsable de tan tortuosa muerte en casi plena oscuridad. Para su suerte, esa noche de luna llena brillaba como ninguna otra y hacía resplandecer la cascada, como si diminutos diamantes fuesen parte de su apogeo. Aquello era suficiente para continuar con lo que su acompañante estaba haciendo. La Sacerdotisa finalmente bajó su arco y miró hacia los arbustos que estaban detrás, era claro que la pequeña no saldría hasta que ella diese la orden. Sonrió para sí misma, esa criatura sacaba lo mejor de ella, sus sentidos se condensaban y su instinto de protegerla la volvía más fuerte cada día.

—Rin, ya puedes salir. —Dijo con un dulce tono de voz.

Como era de esperarse, una joven de no más de nueve años apareció entre la oscuridad. Algunas hojas y ramas se habían enrededado en sus cabellos, algo que no le importó ya que corrió para rodear la cadera de la Miko con sus cortos brazos.

—¡Onee-sama!

—Shh, tranquila…

La joven le brindó una cálida sonrisa a su hermana menor, mientras aprovechaba para sacudir sus cabellos y dejarla como nueva. — ¿No ibas a atrapar un pescado? —Preguntó, acariciando su mejilla.

La pequeña le devolvió la sonrisa. — ¡Sí! — Acto seguido deslizó su kimono naranja hasta arriba de las rodillas para hacer un nudo con los pliegues, de esa forma no se mojaría al momento de pescar su comida.

La Miko simplemente se quedó en pie a pocos pasos de la orilla. No estaban muy lejos del palacio de su General, pese a eso, la cantidad de Youkais que estaban siendo atraídos hacia sus tierras se había incrementado los últimos meses. Sospechaba que parte de esos ataques se debía a la Shikon no Tama, una esfera tan rosada como reluciente capaz de volver invencible a cualquier ser con intenciones oscuras que la tuviera en sus manos, y que le fue otorgada después de la muerte de su madre. Su misión era simple: debía protegerla a cualquier costo.

—¡Onee-sama, mira!

Sus pensamientos fueron interrumpidos por una voz chillona. La niña se encontraba chapoteando en la orilla del río con un pescado entre sus manos; el pobre animal no hacía más que luchar por zafarse de su agarre.

—¡Bien hecho, Rin! —

Juntó sus manos para aplaudir su acto, no obstante, la celebración cesaría al escuchar un trote acercarse a la par hacia ellas. Entre los árboles aparecieron cuatro soldados equipados con lanzas, escudos y flechas; uno de ellos que parecía ser el líder, se quitó el casco e hizo una corta reverencia. —Miko-sama, nos han ordenado escoltarlas de vuelta al palacio. Son órdenes de nuestro general Takemaru.

La joven cerró los ojos mientras dejaba salir un pesado suspiro de sus labios, obviamente aquel demonio les había quitado el corto tiempo de libertad que les habían otorgado.

No hizo reproche alguno, como la guardiana de la perla debía dar el ejemplo y acatar órdenes por el bien de todos.

—Rin, vámonos…

—¡S-Sí! —La niña siguió sus pasos. Caminando a su costado, sus pequeñas manos le tomaban de su nagabakama*, de esa forma no tropezaría con los hoyos profundos que adornaban la tierra. Podría parecer que para su edad era muy temerosa, pero en realidad se esforzaba por mejorar sus habilidades de Sacerdotisa todos los días, de esa forma, en un futuro podría llegar a ser tan fuerte como su hermana mayor e invulnerable como su queridísima madre. Con una sonrisa de oreja a oreja inclinó su cabeza para buscar la mirada de su benefactora, pero solo encontró preocupación en sus ojos, lo que hizo que dicha sonrisa desapareciera. ¿Por qué su hermana lucía tan preocupada? ¿Será que ese horrible monstruo la había dejado agotada?

Más allá de esas preguntas sin respuestas, la situación que le provocaba la inquietud de la Sacerdotisa era otra, y es que su corazón había empezado a latir con mucho vigor.

La joven de cabellos azabaches deslizó la diestra hacia su pecho tratando de calmarlo, pero el desasosiego la carcomía por dentro; era un dolor punzante, como si hubiese perdido algo importante.

¿Podría ser que…?

-O-

Los rumores no tardaron en circular en el gran palacio, así como el olor pútrido que recorría cada rincón de éste, varios Yōkais tenían que cubrir su olfato con las mangas de sus iromujis* y por ende, soportar el aroma impregnado hasta en sus ropas. Entre todos ellos, incluyendo sus guardias, solo había un Ser que no tomaba aquello como algo del todo desagradable, más bien sirvió como una oportunidad para tomar represalias, y era al estoico Inuyōkai que yacía acostado en su lecho totalmente desnudo, dejando a la vista las franjas de su nacimiento a los costados de su cadera y haciéndolo lucir como una criatura engendrada por los mismísimos Dioses. Su cuerpo fornido era acariciado por unos delgados y pálidos dedos que subían hasta su torso y descendían por sus hombros, perdiéndose en esos fuertes brazos. La luna creciente en su frente emitía una luz atrayente, algo que sucedía con frecuencia cuando la sangre en su cuerpo hervía ya sea por la excitación o la impaciencia. Siguiendo el recorrido de su estola suave y blanquecina, sus profundos ojos dorados se posaron en una cabellera roja moviéndose en un delicioso vaivén mientras su boca continuaba estimulando su hombría; su grueso falo ahora estaba totalmente erecto, esperando ansiosamente por culminar dentro de esa húmeda cavidad.

—¡Ngh!

En un arranque de impulso tomó a la Yōkai de esos mismos cabellos para obligarla a tragarse toda su verga, sin importarle sus arcadas él mismo decidió guiarla en su exquisito camino al clímax; moviendo su cabeza con brusquedad y dejando que sus garras se incrustaran en las raíces de su hermosa cabellera. La joven por poco perdía la respiración, pero eso no detuvo al gran Lord del Oeste que con ímpetu, acompañó aquel sexo oral con un meneo de sus caderas. Para ese punto, el sucio sonido de las penetraciones se había incrementado, obligando a su acompañante a contener las lágrimas y deseando que su Amo fuera condescendiente; pero en la mente del poderoso Sesshomaru solo rondaba la imagen de aquella mujer de melena azabache que había acabado con su brazo izquierdo. Impulsivamente la imaginó en un charco de sangre y con él degollándola lentamente, perdiéndose en la desesperación y el miedo en sus ojos. Aquello fue la gota que rebalsó el vaso, y junto con esa sádica imagen, el peliplata expulsó su espeso y pegajoso líquido blanco dentro de la boca de su oirán*. Su animal interior aulló del placer, dejando libre a la mujer demonio que se esforzaba por respirar.

—Lárgate.

No esperó a que lo repitiera, desnuda salió corriendo de sus aposentos con sus delgados pies tocando el frío piso de madera. Sesshomaru se quedó en silencio, su semblante volvió a ser el mismo; se sentía insatisfecho, disgustado, insaciable… En otro momento habría relacionado el sentimiento con un enigma, pero ahora no era necesario indagar puesto que lo sabía. Comprendía lo que debía hacer para que su espíritu se llenara de gozo.

«"¡Mi Lord, le hemos traído a estos humanos! Se mezclaron entre los guardias para poder entrar a sus dominios."

El pequeño Yōkai no podía creer lo que oía y en su desesperación lanzó una amenaza. "¡Más vale que hablen claro! El Señor Sesshomaru no va a permitir ningún insulto, ¡es imposible que estos humanos hayan podido cruzar estas tierras sin que su olor sea percibido!"

Los guardias inmediatamente tomaron posición, poniéndose de rodillas e inclinando sus cabezas. "Señor, perdónenos si fuimos impertinentes."

"Mi Lord, al parecer estos humanos llevaban consigo un pergamino que desprendía una mezcla extraña a dalias y claveles." Contestó otro guardia con la mirada en el suelo. "Debido a que desprenden un fuerte poder espiritual no pudimos quitárselas" Dicho esto, el súbdito Yōkai elevó su mano izquierda para mostrarle a su Señor una potente quemadura que tardaría meses en sanar.

La mandíbula del pequeño sapo cayó "I…Imposible…"

"Silencio Jaken."

Sesshomaru, quien había escuchado con calma cada palabra de su subordinado, no se mostró sorprendido; aun cuando dicha mezcla empezaba a envolverlo como un aura, llevándolo de vuelta al pasado, a ese día.

Como se esperaba, el peliplata bajó los tres escalones que lo separaba de sus dos oportunistas. La túnica dorada que cubría su Yukata resbalaba por los suelos en forma de V. De repente la gemela encargada de portar su espada se acercó a su Amo con la cabeza aun inclinada; de rodillas, elevó sus brazos ante él: "Mi Lord."

El Daiyōkai tomó posesión de Tokijin* cuyo rojo resplandor emitía una fuerte energía demoniaca.

"N-No creas que tenemos m-miedo"

Los ojos de Sesshomaru penetraron en el alma del individuo.

"Nuestra Miko te vencerá! Ya ver…!"

El sonido de un corte trajo nuevamente el silencio al salón. Una cabeza salió disparada, cayendo en los pies del peliplata. La sangre comenzó a escurrir ante la mirada atónita de los presentes, con gotitas cayendo sobre la mejilla y sien del Inuyōkai.

Lu luz de Tokijin se volvió azul, pero al cabo de unos segundos volvió a su color normal, aquello significaba que la espada todavía estaba deseosa por tomar la vida de la otra escoria, cuyo cuerpo no paraba de vibrar.

Sesshomaru se puso de cuclillas, con sus garras tomó el mentón del muchacho y lo obligó a hacer contacto visual.

"¿Cómo te llamas?"

"Ko-kohaku…"

"Dime Kohaku, ¿quién es la mujer que te dio esos pergaminos?"

El niño tragó saliva, de ninguna manera tenía que revelar la descendencia de su gran salvadora.

"Yo…"

"Si dices que no lo sabes, te arrancaré los ojos y te obligaré a ingerirlos." Y así lo haría, puesto que la impaciencia del Lord había provocado que sus garras se incrustaran en el cuello ajeno. "Esa clase de energía solo le pertenece a una persona."

Kohaku se sentía impotente, si tan solo hubiese escuchado a su hermana, ahora no estaría aquí a punto de ser asesinado por este Demonio.

"K-Kagome…"

El apretón de Sesshomaru se volvió más potente.

"L-La s…señorita K-kago..me… es… la m-miko de… n-nuestras tierras…"

Un fulgor apareció en esos orbes dorados, la tentación de romperle el cuello seguía latente. Solo un desliz con su muñeca y su vida terminaría. Uno… dos… tres… Finalmente el agarre concluyó, dejándolo caer inconsciente al suelo.

"Jaken."

"¿S-si amo bonito?"

"Enciérrenlo. Quiero que lo mantengan con vida."

El pequeño demonio hizo una reverencia: "Sí, amo. ¿Qué hacemos con éste?" Preguntó señalando el cadáver.

"Pongan su cabeza en una lanza y déjenlo ahí hasta que se pudra."

La idea dejó a los presentes con un mal sabor en la boca, pero si querían continuar respirando ya sea esa peste, debían guardar silencio. "¡A sus órdenes, Sesshomaru-sama!" Gritaron al unísono.»

El graznido de un cuervo lo trajo de vuelta al presente. Toda la atención del Daiyōkai fue puesta sobre ese animal de tres ojos que lo miraba con intensidad. La revelación que vendría a continuación sellaría su destino, influiría en sus futuras acciones y condenaría tanto a su propia raza como a los humanos.

Algo que muchos llamarían Justicia divina…


Uff, hace tiempo que tenía esta historia en mi cabeza... Pero me he dado cuenta que pensarla y crearla son dos cosas muy diferentes. Me llevó más tiempo de lo que pensé hacer los primeros capítulos, sin embargo, se va volviendo más fácil cuando las cosas comienzan a resolverse.

Aclaraciones:

*Habrán momentos donde me refiera a Sesshomaru como Inuyōkai o Daiyōkai, que es prácticamente lo mismo. Recuerden que el significado de ésta última palabra quiere decir "Gran Demonio", haciendo referencia solamente aquellos Yōkais poderosos de sangre pura.

*Nagabakama: La hakama, es una especie de pantalón largo, técnicamente una falda-pantalón con siete pliegues (cinco por delante y dos por detrás), como los que lleva Kikyo en toda la serie.

*Iromujis: Vestimenta usada para ocasiones semi-informales y/o pequeñas ceremonias, como el té.

*Oirán: Cortesana de alto rango en Japón.

*Tokijin: Recuerden que fue la espada creada para Sesshomaru por el herrero Kaijinbō con uno de los colmillos de Goshinki.

También quería explicar que estos símbolos « » indicarán el momento en que inicia/termina un Flashback, y usaré las " " en vez del — en cuanto al diálogo, así habrá más diferencia.

En fin, espero que les haya gustado el capítulo. Pronto estaré subiendo el próximo, y si gustan pueden dejarme algún Review.

¡Gracias por todo!

TearsNoLie xx