¡Hola, hola! Antes que nada quisiera disculpar mi atraso. Actualmente estoy trabajando en una PC que no es mía, por eso se me complica un poco al momento de usarla, buscar los archivos y editar algunas cosas antes de subir el capítulo oficialmente.

Aun así tengo la esperanza de que en menos de un mes tenga mi nueva computadora. ¡Crucen los dedos!

Oh, y también aprovecho este espacio para celebrar con ustedes, porque fue el día en que el SesshxRin se volvió Canon. ¡Al fin! ¡Te amo Rumiko! (':

No puedo esperar a mostrarles las historias que estoy escribiendo sobre ese par, pero hay que ir un paso a la vez. Así que sin más que decir, les dejo un capítulo nuevo que espero les guste. ¡Y gracias por sus bellos reviews!

Disclaimer: Los personajes pertenecen a la gran Rumiko Takahashi. Yo solo los tomé prestados para hacer esta historia.


Capítulo 1

Encuentro Clandestino.

手ぶらで世界に入ってきた、 Vine al mundo con las manos vacías,

裸足私はそれを残します. descalza lo dejo.

来て、去ってください: Venir, partir:

2つの簡単なイベント Dos sencillos sucesos

それは風と絡み合っています que se entrelazaron con el viento.

そして露の滴のように Y como gotas de rocío

蓮の葉に、 sobre una hoja de loto,

そよ風と一体になります me vuelvo uno con la brisa

そして私は空に消えます. y desaparezco en el firmamento.

Cerró el pergamino. Un cerezo había aterrizado sobre su cabeza. Lo tomó entre sus dedos y aspiró su aroma.

Una delicia.

—¡Whooa!

La Miko desvió su mirada hacia unos pares de ojos que la observaban con asombro. Algunos se habían acercado un poco más para no perderse el relato, y es que ese era el efecto que ella provocaba en los demás: fascinación. Uno de ellos tenía las mejillas sonrosadas mientras un hilo de baba se deslizaba por su barbilla, una escena tan dulce que la propia Sacerdotisa no pudo dejar pasar, ¿cómo podría? Si era solo un bebé... La niña que portaba a la criatura en su espalda inmediatamente adivinó las intenciones de la Sacerdotisa, y acto seguido, desató las ataduras que lo ajustaban a su pequeño cuerpo para entregárselo con cuidado. Su corazón palpitó con vehemencia, no sabía cómo describir la sensación que inundaba en su interior. ¿Así es como se sentiría cargar a su propio hijo? ¿Llegaría a ser madre alguna vez? Aunque su destino le hiciera recordar que aquel deseo estaba demasiado lejos de hacerse realidad, decidió que era mejor ignorarlo, puesto que pensar en ello solo le provocaba dolor. Ahora mismo los niños buscaban su atención, incluyendo el bebé, que de no ser porque estaba tirando de su flequillo con sus diminutas y regordetas manos, no se habría percatado de sus intenciones.

—¡Qué lindura! ¿Quieres jugar?

La joven que hace minutos había estado sentada en un tronco rodeada por su compañía, se puso de pie y lo elevó por los aires, teniendo por respuesta una risa contagiosa.

—¡Kagome-sama!

En seguida los demás niños se unieron a la diversión mientras creaban un círculo alrededor de la Miko.

—Kagome-sama, a Hotaru le gustas. —Aseguró una pequeña de kimono floreado y con una coleta que sostenía sus cortos cabellos.

—¿Eso crees?

Un sonrojo adornó sus pómulos, incluso una mujer como ella todavía conservaba sus actitudes de niña.

—Miko-sama, ¿es cierto lo que dice el poema? ¿Es verdad que hace mucho existió una mujer que se enamoró de un monstruo?

Kagome se mostró circunspecta, aunque el hecho pueda sonar verídico, en todos estos años no ha aparecido ninguna otra afirmación o indicio que le asegurara que aquello había sido real; la única "verdad" que poseía era el pergamino viejo y deslucido que yacía tirado en la tierra, al fin y al cabo se trataba solamente de una leyenda.

—Pues…

—No digas tonterías, Akira. —Un niño de baja estatura apareció entre los árboles.

Apenas lo vio, la pequeña Akira fue corriendo para tirarse encima de él. —¡Hermano!

—¡Es cierto! Nadie podría enamorarse de algo tan horrible… ¿Verdad, Kagome-sama?

La joven quien había decidido apartarse del tema se había ganado nuevamente la atención de los curiosos. Sus labios titubearon, estaba consciente que existían uniones que hasta el día de hoy eran aborrecidas por su pueblo. No importaba qué, en su mundo se consideraba prohibido sentir afecto por cualquier ser, ya sea oscuro o no; tal hecho solo traería desgracias, y dicho infortunio caería sobre el responsable y su familia como una estructura rota de una montaña nevada, tal como se predecía en el pergamino, salvo que su incógnita solía estar mezclada entre las palabras. La realidad es que eran pocos los que podían descifrarla. La Miko retiró un mechón de pelo de su rostro, una acción que había imitado de su madre desde su niñez, y que a la vista de todos seguía conservando sus majestuosos rasgos. Su pecho palpitante no la dejaba responder con sabiduría, no es como si ella tuviese un corazón de hierro, ¿entonces por qué sus acciones siempre le llevaban la contraria?

Sabía la respuesta, solo que no podía admitirlo abiertamente.

—¡Miren! ¡Hojas!

Una ráfaga de viento azotó contra sus ropas, distrayendo a la Miko de sus pensamientos. Sin duda, aquello era un gran alivio para esos días soleados que pronto llegarían a su fin; con la llegada del otoño sería más fácil desplazarse libremente sin necesidad de que su cuerpo arda del calor. Todos serían testigos del bello cambio de las hojas, la vegetación y el petricor, que es lo que más llenaría sus pulmones por la mañana.

—¡Señorita Kagome!

Un joven de apariencia descuidada corrió hacia a ella jadeante. Si no fuera por el nudo debajo de su mentón, su kasa* habría volado lejos.

—Hojo… ¿Qué sucedió?

El tono de su voz alertó sus sentidos, no era común verlo tan neurótico, no cuando habían compartido muchas huidas informales y guerras de lodo en el pasado. Actualmente lo consideraba su familia, pese a sus constantes cortejos.

—La se-señorita Sango… ella… —Se inclinó, apoyando las palmas sobre sus rodillas y así tomar una bocanada de aire. Para este punto Kagome previó lo peor. ¡Estúpida! Fue todo lo que pudo decirse, jamás debió ceder a esa petición que ponía en riesgo al hermano de su mejor amiga. Y ahora, era probable que por su credulidad haya firmado su sentencia de muerte. De ser así, ella jamás se lo iba a perdonar.

¿Por qué? ¡¿Por qué?!

—Hojo, cuida a los niños por favor.

-O-

El depósito estaba lleno de arena ferrosa y a una corta distancia el fuego las iluminaba, dejando ver unos pequeños puntos negros en la pared rocosa como resultado de su proyección. Sus sombras titilaban como las lejanas estrellas, y en ese momento, una imagen más oscura obstruyó a las otras; era una figura baja pero robusta. El hombre de aspecto longevo llevaba encima de su hombro un enorme martillo que usaba para forjar sus espadas, sus ojos saltones no se apartaban de su última creación, un arma a la que llamó "Tenseiga"; el último pedido que su buen amigo le había encargado antes de morir y que, descaradamente, casi fue destruida por aquel que debía cuidarla. "Si no sirve para luchar entonces desaparece de mi vista" Tan insolentes palabras lo habían dejado con una mano masajeando su cuello, como si el responsable estuviese a su lado a punto de estrujárselo. Era un anciano temeroso, debía admitirlo, por esa razón no tuvo más remedio que apartarse y dejar de insistir. Egocéntrico y despiadado, así es como Totosai llamaba al primer hijo de su difunto Guardián del Oeste. Seguía siendo un misterio el por qué le había ordenado forjarle a su primogénito una espada que no podía cortar, pero que podía revivir a mil humanos al mismo tiempo con solo agitarla. El rechazo del Inuyōkai hacia su propia arma provocó que la luz de Tenseiga se opacara, viéndose como una espada común y corriente. Desde ese día, el anciano se esmeró por mantenerla limpia y afilada, esperando a que su propia dueño recapacite y se presente para al fin tomar posesión de ella.

—Tus acciones siempre fueron como un rompecabezas, Toga.

Inesperadamente su nariz comenzó a picar, se escuchó un chillido y al segundo siguiente vio cómo su sangre era absorbida por una pulga diminuta.—¡Wuuju, qué delicia!

Ésta se hacía más grande con cada sorbo, volviéndose redondo y pesado. Fatigado, el herrero lo aplastó contra su cara, dejándola caer en una espiral.

—¿Mm? ¿A qué se debe la visita, Myoga?

El yōkai que había vuelto a su forma normal saltó sobre unos bloques de acero para quedar a una altura que fuera suficientemente visible para hacer notar su angustia.

—Totosai, estoy buscando al Amo. No lo encuentro por ninguna parte, ¡y en unos días será luna nueva! —El sudor resbalaba por su diminuto cuerpo, al contrario de su camarada quien se mantenía neutral.

El anciano guardó silencio e instintivamente su mirada se dirigió hacia el Este. Sabía que sus intentos por persuadir al chico no habían servido desde que notó un cambio drástico en su persona, y sospechaba que la responsable de todo era esa mujer humana. Sin darse cuenta, ella habría creado un balance entre los dos, para luego dejar que ese efecto influyera en el corazón de su Amo. Era aquí donde entraba la pregunta que Totosai siempre le hacía desde que éste era un cachorro: ¿No te arrepentirás?

—Déjalo, aparecerá en cualquier momento.

—P-Pero…

—Él ya no es un niño.

Dicho esto se montó sobre Mo-Mo llevando una pesada bolsa sobre su espalda. Luego de que un remolino de viento los envolviera, el buey de tres ojos se elevó por los cielos, dejando sola a una pulga afligida y con muchas dudas.

Solo le quedaba orar para que los Dioses cuidaran bien de su joven Amo.

-O-

Sus dedos se pasearon por todo el lienzo hasta detenerse en esa prolongada línea que unía la tinta de tonos sepia con los bordes traslúcidos de las esquinas. Brillante, susurró. La base frente a sus ojos no requirió ningún tipo de precisión. En concreto, fueron hechos con mayor soltura y trazos libres, como si la persona detrás de tan bella obra de arte no se hubiese esmerado en lo más mínimo, dejando que su alma fuera quien proyectara su esencia en la pintura en una pequeña danza sobre el agua, donde el pincel sería su mayor protagonista. Esta analogía había sido sacada de una fábula poco popular, conocida como "Ánima envilecida" y que lo acompañaba desde que sus pies aterrizaron por primera vez sobre la tierra impura de ese imperio. De pronto su atención recorrió el pigmento que sobresalía sobre la figura alta en medio de los diluidos de agua; aquello le daba un toque más sublime, más simbólico; esa era la palabra clave. Su vanidad lo obligaba a ser meticuloso cuando se trataba de objetos de gran valor como el suyo.

"No importa cuántas veces la mires, ella ahora es un cadáver. Puros huesos"

Esas palabras retumbaron en su cabeza una y otra vez; el bastardo había buscado la forma de infiltrarse en sus pensamientos aun cuando había tomado posesión de éste.

"La mujer que tengo bajo mi mando podría serte de utilidad"

Intuyó que lo diría. Ambas eran como dos gotas de agua, sin embargo, no podía decirse lo mismo de su personalidad. Mientras una había sido firme y tenaz, la otra era más pura de corazón y obstinada. Creyó que teniéndola cerca apaciguaría sus más mórbidos deseos, pero la realidad le pegó tan fuerte que en su descargo había liberado un potente veneno, provocando la muerte de todo sirviente que había permanecido a su lado.

No era cierto, ¡ellas no eran iguales!

—Maldita seas…

Sus ojos rojos ya no miraban la pintura, sino al cráneo que reposaba sobre un pequeño pedestal de acero. La culpable de que sus planes se arruinaran, la mujer que evitó que surgiera con todo su manto de oscuridad sobre este mundo pútrido y devastado. "Ingenua, cuando el miedo reina la esperanza deja de existir", fueron las últimas palabras dirigidas hacia la Miko antes de que él mismo le cortara la cabeza.

Evitó a toda costa que las criadas le dieran santa sepultura. Lo que ella merecía era una eternidad de miseria en los abismos de su propio reino.

"Que seas un demonio débil no significa que me puedas controlar a tu antojo"

Sus labios se curvaron en una sonrisa perversa.

—¿Débil, eh?

Tomó el mango de una alabarda y con la punta se abrió paso entre la gruesa armadura para perforar su espalda, abriendo su carne en línea vertical hasta detenerse un poco antes de llegar a su cintura.

La sangre se había escurrido por todo el piso, una escena tan atroz que venía acompañada con los gritos de dolor de su desdichada víctima.

"¡MALDITO! ¡¿QUÉ ES LO QUE ME HICISTE?!"

—Un recordatorio. —Seguido de esto, una luz azul emergió sobre la herida, el cual comenzó a esparcirse por sus omoplatos y parte baja de su espalda mientras tomaba una forma bastante peculiar, pues la cicatriz se habría extendido lo suficiente para culminar en la figura de una araña.

"¡¿C-Cómo te atreves?!"

—Takemaru, nunca olvides quien fue el que llevó la gloria a tu falso imperio. Perdiste toda oportunidad de elegir el día en que viniste hacia mí cegado de poder, y ahora no eres más que un peón al que pienso utilizar para mi propio beneficio.

"Hipócrita… ¡teníamos un acuerdo!"

El demonio se limitó a reír. Los papeles se habían invertido, y la avaricia que había unido su destino a él ahora le jugaba en contra, dejándolo en su completa merced.

No importa qué, toda guerra está basada en el engaño. Eso era lo que le daba equilibrio al mundo.

-O-

—Lo lamento mucho, Sango…

Las lágrimas de su amiga habían humedecido el kosode* de la Miko, quien se esforzaba por reprimir un gemido de frustración. Ni un millón de disculpas servirían para remediar su incompetencia. Su pena llevaba a Kagome al día en que perdió a su madre y en cómo después de eso su vida había cambiado por completo. La sangre, el olor a muerte, los gritos desesperados resonando en el cielo, y unos ojos amarillos que desprendían un potente odio… Si alguien hubiera ilustrado ese momento en un papiro, probablemente la hubiese dibujado como un cordero a punto de ser engullido por un dragón.

Un recuerdo que hasta el día de hoy intentaba sacar de su cabeza.

—Por favor Kagome, no te sientas responsable por las decisiones de mi hermano… —Respondió limpiando sus lágrimas con un pañuelo. Su quebrada voz apenas le dejaba articular las palabras. —Sa-Sabes bien… que no podías ir en contra de nuestro General…

—No es verdad, ¡yo pude hacer algo para evitarlo!

La joven negó repetidas veces con la cabeza, su cuerpo había dejado de temblar pero las lágrimas continuaban adornando su bello rostro.

—La verdad es que fue Kohaku quien pidió la misión. Yo lo supe desde un principio, pero no dije nada porque estaba convencida de que se lo negarían.

—Sango…

—Conoces las reglas, Kagome. Ningún exterminador que sea novato tiene permitido abandonar estas tierras.

Lo sabía perfectamente. Después de la invasión, su Comandante saboreó la victoria condenando a muerte hasta al más pequeño Yokai que quedara, y junto con eso, impuso nuevas reglas para que todo hombre, mujer y niño que estuviese bajo su mando las siguiera al pie de la letra; una de esas normas era no abandonar el territorio a menos que tuvieras un permiso dado por escrito por el mismo Setsuna no Takemaru. ¿Entonces por qué? ¿Por qué a Kohaku se le permitió ir? Él apenas tenía experiencia en combate, y poseía un nulo conocimiento sobre la región enemiga. En pocas palabras, no estaba capacitado para hacer ese viaje. Aun recordaba cuando le había pedido personalmente unos pergaminos sagrados que lo ayudaran a ocultar su rastro y en cómo ella se rehusó a dárselos, pero que al final tuvo que ceder porque órdenes eran órdenes.

Tal vez si se hubiera negado hasta el final, él no habría ido.

Tal vez…

La Miko bajó la mirada para observar su pecho, la perla dentro de ella no había dejado de emitir un tenue brillo desde hace unos días. Un evento curioso que solía dejarla meditando por horas hasta tener el cuello rígido. ¿Cuál era su significado? ¿O acaso esa joya podría llegar a sufrir los mismos cambios que guardaba en su corazón? Sabía que como protectora de la perla no podía tener pensamientos negativos, pues eso solo la contaminaría. Era más probable que la calidez que expulsara se debiera a su preocupación por Kohaku, como si la misma perla intentara consolarla.

—Señorita Sango, por favor tome este té de hierbas. Hará que se sienta mejor.

Kagome vio cómo su hermana había regresado de los cultivos para hacerles compañía. Un gesto demasiado dulce como ella.

—Gracias Rin…

La pequeña contestó con una sonrisa de oreja a oreja.

Esa noche, ambas decidieron quedarse en la misma cabaña, de ese modo podrían apaciguar un poco las malas aguas y dar por sentado que Kohaku todavía seguía con vida. Así lo había asegurado la pelinegra desde lo profundo de su alma; su intuición jamás le había fallado, y esa no sería la primera vez.

Los suaves suspiros que llegaban a los oídos de Kagome le daban a entender que, finalmente, era la única que se mantenía despabilada. Su entorno se encontraba oscuro. El fuego que habían prendido para calentar la cena se había extinguido, quedando solo cenizas en el centro de las rocas. Como de costumbre, había cambiado su vestimenta por una Yukata más cómoda de seda blanca, la misma que usaba todos los días durante el crepúsculo.

Sus dedos se habían aferrado a la delgada tela de su futón, no era necesario ver más allá de la tienda para saber que la luna se encontraba en su punto más alto, indicándole que ya era pasada la medianoche. "Vamos…" Más que una exigencia propia, era una súplica "¡Vamos!"Se repitió. Fue entonces que oyó un siseo proveniente del bosque, uno que se hacía constante con el pasar de los segundos. Inmediatamente la joven se puso de pie, dejando que sus negros cabellos resbalaran como cascada sobre su espalda. Con sigilo tomó su arco y flechas para luego, a paso silencioso, salir de la cabaña. Sus ojos chocolate no volvieron a mirar a atrás, pues al atravesar el marco, sus pisadas pasaron de ser lentas a convertirse en un agitado trote, guiándola hasta el punto más obscuro de la naturaleza. El pecho de la joven subía y bajaba en incesantes jadeos, podía escuchar el chirrido de las especies nocturnas mezclarse con el sonido de sus zancadas; aun así se mantenía intrépida y con su mano sujetando con fuerza su arco.

No fue hasta que rodeó un pequeño lago que llegó a un sendero nuevo, donde más allá de la capa de árboles, se distinguía uno en especial al final del camino. Estaba cerca, desde su corta distancia la Miko logró atisbar pequeñas pero innumerables flores blancas que caían sobre su cabeza como gotas de lluvia. Tan hermosa exhibición tenía un toque especial, puesto que provenía del magnolia Kobushi*; aquel era su punto de encuentro.

Pronto se detuvo frente a él. Su corteza se mantenía fuerte sin importar el cambio de estación, y la luminosidad que la luna dejaba caer sobre éste hacía que sus flores y ramas brillaran en todo su auge.

Entonces lo vio.

Estaba de espaldas y con la mirada perdida en el puñado de frutos rojos que crecían en las copas. La brisa meció sus cabellos plateados y las flores a su alrededor se unieron a él en un baile, dejando a una joven hipnotizada con tan bella esencia majestuosa.

Kagome dejó caer sus armas sobre la fría tierra y él movió las orejas.

—Inuyasha…

El Hanyo dio media vuelta para reencontrarse con la mujer que ocupaba la mayor parte de sus pensamientos. Había percibido su aroma desde varios metros de distancia, pero quería tomarse al atrevimiento de tenerla a escasos centímetros de él para poder contemplarla mejor.

No fue necesaria una respuesta para que la Miko se lanzara hacia su cuerpo y así aferrarse a su kosode rojo con todas sus fuerzas.

—Quería verte… —Declaró con lágrimas bajando por sus sonrosadas mejillas.

—Kagome. —El Inuyōkai la tomó del mentón y obligó a que sus miradas chocaran.

La joven quedó cautivada, juraba que podía ver su alma a través de esos ojos dorados. Es en su presencia donde podía confesar la verdad con completa libertad, y es que aquel ser había robado su corazón.

Como si hubiese leído sus pensamientos, el Hanyo acortó la distancia entre ellos para besar los dulces labios de su mujer. Un momento que volvió tan íntimo al rodear la cintura de la Miko con su antebrazo, a la par de que sus garras se perdían en esa sedosa cabellera negra, atrayendo su cabeza hacia él para profundizar más su unión.

La sincronización de sus bocas era el puro reflejo del deseo mutuo que irradiaban cuando estaban juntos; no existía el caos, ni nadie más.

-O-

Habían bajado la guardia. La ocasión perfecta para que su aleteo no fuera percibido mientras aterrizaba sobre las ramas de un viejo Alnus* Sus tres ojos vigilaban la romántica escena de la misma forma en que un búho observaba a su presa.

Gracias al poder cercano de la perla, podía sentir su aura demoniaca rodeando todo su cuerpo, a punto de hacerlo mutar a su verdadera forma.

"Puede verlo, ¿mi Señor?" Preguntó en un eco interno.

Más allá de esas tierras, en la región Oeste, un poderoso Daiyōkai de fríos ojos dorados divisaba la imagen con una expresión de repugnancia en su mirar. El sake que llenaba una de las Oirán sobre su copa pasó a ser devorado por un fuego verde que el mismo Lord había provocado, partiendo el cristal en pedazos mientras dejaba a la mujer demonio vociferando del dolor, pues sus tersas manos habían sufrido graves quemaduras.

El cuervo tomó ese accionar como un "Sí".


Aclaraciones:

Como reescribí anteriormente, estos símbolos son los que usaré para el Flashback: «» De esa forma evitaremos confusiones.

*Kasa: Sombrero tradicional japonés.

*Kosode: Vestimenta japonesa que significa "Manga pequeña" y es utilizada por hombres y mujeres.

*Magnolia Kobushi: Especie de árbol originario en Japón, el cual produce flores y pequeñas semillas de color rojo.

*Alnus Japonica: El aliso japonés es una especie de árbol caducifólio perteneciente a la familia de las betuláceas.

Creo que eso sería todo. Muchas gracias por apoyarme y los espero de nuevo en un par de días!

TearsNoLie xx