Título: Cores

Pareja: Ryomen Sukuna / Itadori Yuji

Resumen: Como siempre todos los problemas en la vida de Itadori Yuji tienen una misma causa: Ryomen Sukuna.

Advertencias: Acoso, Dub-Con.

Notas: Esta cosa ha estado en borradores mucho tiempo, necesitaba deshacerme de ella. La canción que escuchaba mientras escribía esto: Paradox – Arashi.

.

.

.


.
PARADOX
.


Itadori Yuji despierta con un lio revuelto entre sus sábanas.

Las cigarras retumban contra sus oídos en un min-min singular.

Sería un buen despertar, su cuerpo se siente cómodo, relajado como no se ha sentido en meses. Los músculos laxos, y la carne magullada en un hormigueo agradable que lo recorre hasta abajo; el olor del sudor y atrayente sándalo.

Todo sería perfecto de no ser porque su ropa interior está completa, desastrosa e incómodamente húmeda.

No puede poner el dedo exactamente en lo que soñó, Jennifer Lawrence ¿quizás? Pero no se siente correcto, es como si todo se hubiera mezclado y disuelto en una miel pegajosa que lo atrapa y evita que recuerde.

Lo único que Itadori Yuji sabe es que debió haber sido algo bueno, supone rascándose la parte posterior de la cabeza… Es así como opta por su segunda vía, intentar ignorarlo por completo lo cual no significa que no apriete las sábanas entre sus dedos y se cubra la cara con la almohada. Tiene 15 años, esa clase de cosas suceden, o eso es con lo que intenta convencerse a sí mismo…

Lo único bueno es que nadie lo sabe… aunque, quizás Sukuna lo sabe.

Oh, Dios, Itadori ruega que Sukuna no se dé cuenta.

Aun así, por alguna razón mientras está en la ducha no puede evitar sentirse algo incomodo consigo mismo, lleno de interrogantes, con algo picando en el fondo de su mente, se sentía casi como si estuviera siendo observado.

Yuji se apresura a sacudir el sentimiento a la parte posterior de su cabeza. Suficiente con un secreto vergonzoso como para aumentar el conteo a dos en una misma mañana.

Si esta sociedad de magos, chamanes, hechiceros. En lo que su vida se ha convertido, y en lo que sea que ha terminado por hacer parte. Si esto es como la de las series que ve en el horario nocturno de televisión le han hecho creer. No sería extraño que alguien realmente lo estuviera observando.

Esto le genera un escalofrío que recorre todo su cuerpo.

Yuji simplemente desearía que no lo hicieran mientras se baña.

Itadori cierra los ojos, y tararea bajo el agua caliente, olvidándose de todo. Es así como no nota las marcas, hileras de dientes con colmillos en la cara interna de los muslos.

Ni el ojo que posado en su nuca observa con diversión la forma en la que sus músculos se mueven.

.

Sucede de nuevo,

Itadori Yuji estaba demasiado ocupado jadeando con la cara enterrada en el agujero que existe en la unión entre el cuello y el hombro de quien sea que le esté haciendo esto.

Incapaz de hacer algo más allá que sujetarse con fuerza al kimono elegante, y a esos hombros sorprendentemente amplios a comparación de los suyos.

La cabeza de Yuji girando pastosa en el aroma del sudor, la sangre y el sándalo perdido entre la maraña de extremidades. Extrañando momentáneamente el calor de la sombra que se cierne faustuosamente sobre su pecho descubierto. Mantiene los ojos cerrados. Puede sentir el peso de una mirada sobre su pecho, entonces el cuello, el hombro, la clavícula, deslizándose hacía abajo. Pegajosa y cáustica.

Puede sentir uñas afiladas dejando surcos profundos en su piel, cavando hasta sus huesos.

Los siente quebrarse contra el sonido de la seda fina.

No ve la sonrisa, pero la siente presionada contra la cara interna del muslo.

No ve las manos que lo tocan, pero, sabe que son más que solo dos.

Todo sumado a una risita sibilante contra su oreja.

En retrospectiva, eso debió haber sido todo lo que necesitase para darse cuenta.

No, inconscientemente Yuji siempre lo supo, y conscientemente intento continuamente negar toda posibilidad de lo que esa verdad implicaría. Una parte cobarde y tímida en su interior le sugiere que podría intentar algo.

Es así como termina con los ojos desenfocados observando las paredes corredizas, el techo de madera iluminado por la tenue luz cobriza de las farolas de papel, particularmente similares a las de la sala de ejecución.

Al girar sutilmente la cabeza, cuatro ojos le devolvieron la mirada.

Cuatro ojos en un número exacto, en lo absoluto metafórico. Cada uno encima del otro.

El color exacto de las camelias en el verano.

Yuji despertó.

No fue el número o el color lo que lo asusto, o el hecho de era su propio rostro deformado lo que lo recibió en una expresión desagradablemente presumida.

Fue la mirada de lujuria y arrogancia perversa. Esa que decía que no era más que un objeto, y un pasatiempo hasta el amanecer. El pánico que creciente en su pecho junto a la punzada de celos, eso fue realmente lo que lo hizo huir, escapar y esconderse de Sukuna.

—Cobarde.

Yuji chasquea la lengua.

—Cállate —fue todo lo que murmuró contra la almohada empapada de sudor.

Eso no hizo que su pijama manchado desapareciera, o la erección punzante que golpeaba contra el futón, un castigo egoísta por haberse detenido justo en el medio. Se mantuvo resistiendo el sueño que lo atacaba en oleadas dispersas, contando las tablas en el techo de su pequeña habitación tan distinta a la habitación elegante sacada de un taiga dorama en sus sueños.

Agradecido de la luz mortecina de la luna que entraba por la ventana.

Una y otra y otra vez.

Hasta el amanecer.

.

Ellos no hablan de eso.

Lo cual no quiere decir que Sukuna simplemente desaparezca de su mente durante el día, que es algo que a Yuji realmente le encantaría, porque no ha tenido ni un solo momento de privacidad en las últimas semanas, y eso le hace querer subirse por las paredes.

Sukuna se enoja, murmura improperios, e inicia peleas con Gojo, y Fushiguro.

En ocasiones extrañas determina a Nobara como algo más que una criatura insípida, especialmente cuando lanza una pulla venenosa que golpea con fuerza devastadora al ego de Itadori. Hay insultos que retumban en su cerebro. Comentarios hostiles que intentan salir de su garganta. Lo normal, supone, solo es Sukuna intentando tomar el control.

Aun así, no se detiene.

De vez en cuando Sukuna se calla por días enteros.

En ocasiones, muerde las plumas de Yuji con el solo motivo de arruinarle la tarde, haciendo las palabras y la tinta borrosas. En ocasiones se dedica a revolver sus pensamientos. Pero, es una Maldición se dice. Eso debe ser lo normal, esa es su vida, puede simplemente aceptarlo y seguir adelante. No tiene ni idea con que clase de vara empezó a medir la normalidad en su vida desde que decidió comerse un dedo de entre todas las cosas, pero por algún lugar tiene que empezar.

En conclusión, no cree que Sukuna tenga mucho que hacer adentro suyo tampoco.

A lo mejor, el plan de la tarde de Sukuna era sentarse en un rincón en la pose más elegante que pueda imaginar, observando el mundo a través de sus ojos. Nada demasiado interesante.

Sin embargo, en las noches en las que no puede dormir...

Itadori corta el pensamiento al instante, de cualquier manera, fue demasiado tarde. Su rostro ya está floreciendo en carmín. Yuji cree escuchar un suave pervertido restregándose contra la parte posterior de su cuello, tórrida y decadente.

Aun así, él no ha dicho nada.

Ni Fushiguro.

Ni Kugisaki.

Ni hablar de Gojo-sensei.

Nada en lo absoluto.

.

Ya debería estar acostumbrado piensa Yuji, cuando sucede de nuevo.

Cuando está lleno a reventar y no quiere hacer nada más que llorar porque reconoce el rostro que lo mira desde arriba, con condescendencia y placer perverso. Debería estar acostumbrado se dice así mismo, mascullando las palabras rotas, monosilábicas, que desaparecen en un gemido ronco.

Solo resiste inútilmente.

Entre el placer, y el dolor.

Con la preocupante acotación de que la parte de placer va ganando.

Entonces, a la mañana siguiente Itadori Yuji, se vio (de nuevo) en la penosa tarea de tener que levantarse a lavar las sabanas y cambiar su pegajosa ropa interior. Lo hizo ignorando el ardor en la parte baja de la cadera.

Creyendo en un deje infantil y con los ojos aguados; que los moretones en sus muñecas desaparecerían si los frotaba con la suficiente fuerza, agua y jabón.

Esta era la séptima vez que sucedía en la semana, ni siquiera era miércoles aún.

No puede hacer más que suspirar.

.

—¿Te pico un mosquito?

Pregunta Nobara descuidadamente señalando la parte posterior del cuello de Itadori, quien está observando los rastros dejados por una Maldición que intenta esconderse en un antiguo distrito comercial.

—Eh, ¿dónde? —Responde descuidadamente Itadori, siguiendo algo que se mueve en la esquina de su visión, otra maldición quizás; está demasiado ocupado buscando la maldición que se esconde entre las cajas desocupadas…

—Justo aquí... —responde Kugisaki empujando una uña roma contra la carne magullada.

Entonces, el cerebro de Itadori hace cortocircuito. Recuerda la noche anterior. Eso, eso, fue culpa de ese tipo, la noche pasada, la noche pasada… Es el vergonzoso pensamiento que se arremolina en su cabeza, cae y se estrella. Los dientes de Sukuna, la boca de Sukuna, los dedos de Sukuna presionados en su cadera, las marcas de las que ahora es hiperconsciente; ha deambulado meses mostrandolas como un estandarte a la depravación inconsciente que lo devora.

—¿Qué pasa? —inquiere Kugisaki.

Yuji no puede contestar. No quiere contestar. Su rostro arde, arde horriblemente.

—Por eso no eres popular Itadori.

Nobara se encoje de hombros, mientras Itadori promete que usara más repelente, especialmente cuando se trata de insectos que le molestan en la noche, y promete que cerrara la ventana para que no entren.

Itadori exorciza tantas maldiciones como puede, ignorando todas y cada una de las protestas de Sukuna. Especialmente, esa que descaradamente declara:

Te gusta.

.

Si solo fuera ser molestado, y toqueteado, lo cual es una ocurrencia constante, francamente bochornosa, pero constante. Yuji en realidad no lo pensaría demasiado, de cualquier manera, eso sería predecible, y algo que Sukuna no es, en lo absoluto, es ser predecible. Demasiado egoísta como para mover sus designios para que concuerden con los de alguien más.

Por ende, los momentos más extraños considera Yuji son aquellos en los que no sucede nada. No, es que en un sentido literal no ocurra absolutamente nada, es que no ocurre lo que está acostumbrado… Eso es algo incluso más preocupante.

De ninguna manera extraña el calor de otro cuerpo contra el suyo, o la extraña amalgama que se forma entre la mirada de odio teñida de deseo en el rostro de Sukuna. De su propio rostro. Con una expresión que el sabe seria incapaz de reproducir.

En algún momento próximo, Gojo-sensei le daría una charla muy incómoda sobre la incontinencia, y sobre lidiar con el trauma. Lo cual no ayudaba mucho a su situación, porque un espíritu del que no podía librarse seguía molestándolo en las noches.

Yuji suspira, lo que ya se estaba convirtiendo en un mal hábito, y Sukuna en su interior ríe.

.

Itadori Yuji siente como si hubiera perdido la batalla.

Todo se vuelve una cadena pegajosa que intenta atar desesperadamente, sin embargo, el momento en el que el hilo se une y algo, cualquier cosa comienza a tomar sentido, la consciencia se desliza entre sus dedos como seda fina en montones desordenados que sólo caen al suelo y se deshacen.

Su cuerpo arde lentamente cuando su mente divaga al respecto, la voz de Sukuna se hace mas fuerte, y el aroma a sándalo comienza a impregnarlo desde adentro hacia afuera.

Tanto él como Sukuna simplemente fueron metidos en una licuadora juntos, obligados a convivir por la vida que les queda restante, y teniendo en cuenta la hechicería inversa de la que Sukuna gusta presumir, está va a ser una vida muy larga.

Itadori suspira, sacude la cabeza y se empeña en salvar a tantas personas como le sea posible.

.

Entonces, una noche la primera en la que se toca a si mismo desde que se tragó un dedo maldito en un ataque de desesperación y pánico. Le gusta duro, entonces suave en la punta… Repentinamente sus hombros se sacuden en un espasmo de terror instantáneo, puede sentirlo, plomo caliente sobre sus piernas, alguien, no algo lo está mirando fijamente.

Solo necesita girar la cabeza un poco hacia la izquierda y arriba al espejo que esta justo al frente suyo para encontrar reflejado el ojo que lo observa directamente, situado justo debajo del suyo propio. Abierto y auscultante. Esta es la única manera que tienen para verse cara a cara, es algo triste, y algo extraño, y es en parte, algo que simplemente es.

—No mires.

Murmura Yuji avergonzado e incapaz de detenerse. Porque quizá sí tiene una vena exhibicionista desconocida. Hay una risa profunda que empuja contra sus pulmones, que intenta escapar por su laringe, atrapada a punta de fuerza de voluntad.

La que cuando se rinde se transforma en un gemido casi femenino.

—Te gusta —dice Sukuna, en su voz rota, profunda, y tan diferente de la suya propia.

Entonces no hay nada más.

Yuji no se había venido tan fuerte por su propia cuenta en mucho tiempo.

El ojo no desaparece.

Se miran fijamente el uno al otro durante mucho tiempo.

Itadori Yuji solo puede suspirar, y aceptarlo todo.

.

.

.

.

.

Fin.