¡Buenas amigos! Lo sé, yo también quiero matarme. ¿? Pero mis tardanzas acabarán pronto, pues en dos semanas o menos ya podré tener mi nueva Notebook y así podré subir todos mis archivos ahí sin que me saquen a patadas de la PC de mi casa. /Sniff.
Quiero agradecerles a las personas que están siguiendo esta historia. No importa si se trata de una o dos, o cincuenta; yo aprecio cada una de sus palabras y las tomo en cuenta siempre al momento de seguir escribiendo.
La shipp de SesshoxKag nos será muy agraciada, pero aun así, para las que dejamos que nuestra imaginación vuele, verlos juntos saca toda la emoción en nosotros. :')
En fin, ¡espero que disfruten el capítulo!
Disclaimer: Los personajes le pertenecen a nuestra talentosa Rumiko Takahashi.
Capítulo 2
Decisión
La mecha palpitaba sobre su base metálica, haciendo un esfuerzo para no extinguirse. Su luz ligera era la única que iluminaba su celda y las grietas que había en ella; debido a la condensación, se empezaron a formar gotas de agua que luego fueron cayendo del techo. Una por una y en diferentes direcciones, incluyendo su rostro. No obstante, él continuaba profundamente dormido pero con un ritmo jadeante en su respiración, pues todo lo que venía inhalando desde su encierro era la fría humedad y el moho en su entorno."Sombrío y tétrico"así escuchó decir a los presentes antes de sentir una fuerte punzada en la nuca. Desde ese entonces todo su mundo se volvió oscuridad. Los cráneos y esqueletos esparcidos por todo el pasadizo quedaban en segundo plano, ya que no pueden ser vistos con sencillez a menos que chocaran contra ellos; una consecuencia que cualquier prisionero debería que abordar si es que tomaba la decisión de huir, a sabiendas que aquellos restos pertenecían tanto a Yōkais como a humanos y por ende, estaban malditos. Para el ojo humano podía ser un escenario abominable y cruel, pero para todo demonio que haya sido testigo de la imprudencia y descaro de aquellos que se revelaron en contra de su amo, dicho castigo era bien merecido.
Lentamente, el eco de unos pasos fue incrementando con forme se acercaban al individuo encadenado. Se trataba de dos guardias Yōkais que escoltaban a uno más pequeño y con apariencia de sapo; éste se habría paso entre los cadáveres con ayuda de su Nintoujou * el cual escupía un potente fuego, iluminando la mazmorra así como brillaba un radón en su punto de congelación.
—No puedo creer que mi amo bonito me haya ordenado vigilar a este apestoso humano.
El Yōkai pasó a cubrir su nariz con la manga de su haori. —¡Chisst! No creo poder soportarlo. —Su malestar era evidente, tan solo aspirar su aroma mezclado con la putrefacción de los cadáveres le provocaba arcadas.
El pequeño demonio hizo un ademán para que uno de los guardias lo levantara de ambos brazos, mientras que el otro se aproximaba a tirarle una cubeta de agua.
—¡Oye, niño! ¡Despierta de una vez!
Su voz retumbó en sus oídos e inmediatamente el muchacho comenzó a toser con violencia. Los Yōkais al verlo reaccionar lo dejaron caer bruscamente al suelo. El sonido de las cadenas chocando contra las piedras titiló en esas cuatro paredes. De no ser porque todavía llevaba puesto su traje de exterminador, el oxidado metal habría infectado sus muñecas.
—¿Do-Dónde…? ¿Dónde… estoy…? —Balbuceó.
Sus ojos se sentían pesados y le temblaban las rodillas. Quería gritar, pero la sensación de sequedad en su garganta apenas le permitía tragar.
Como si le hubiesen leído la mente, frente a él cayó un pedazo de carne junto con una pequeña cubeta de agua fresca. —¡Vamos niño!
—Soy... Kohaku...
—No me interesa quién seas. —El pequeño demonio agitó su báculo sobre la cabeza del muchacho dos veces.
Esos golpes dejaron a Kohaku más adolorido que antes. Se tomó de la cabeza buscando resguardarse mientras los quejidos salían por voluntad como murmuros. ¿Por qué simplemente no lo mataban? ¿Qué querían de él?
—¡Eso fue por no mostrar agradecimiento! —El Yokai ignoró sus lamentos y prosiguió: —Ten más respeto por el amo Sesshomaru y guarda silencio. Incluso tu presencia aquí es una ofensa para él.
—¿Por qué estoy aquí…?
Furioso, uno de los guardias le dio un puntapié en el abdomen, haciendo que su víctima escupiera saliva y se retorciera bajo su siniestra mirada. Seguido, el demonio se puso de cuclillas para tomarle de los cabellos mientras desvainaba su Tachi* y rozaba su filo contra su arteria carótida.
—¿NO ESCUCHASTE, HUMANO? TE DIJERON QUE GUARDES SILENCIO.
Observando cómo su compañero había obtenido tal sumisión, el otro demonio se acercó a un adolorido Kohaku para sacar de su obi una cuerda gruesa que espinas predominaban por toda su base, excepto su mango que era puro hierro.
—Jaken-sama, ¿quiere que le demos una lección? Prometemos no despellejarlo.
Los cuatro pares de ojos se mantuvieron inertes, al mismo tiempo que esperaban la aprobación de su maestro; estaban conscientes de su promesa, aunque por dentro se sentían deseosos de desgarrar la carne hedionda de aquel humano. La sed de sangre les nublaba de todo pensamiento cuerdo, sobre todo cuando se trataba de atormentar a seres inferiores a ellos.
—¿Eh? ¡No no no! —El pequeño Yokai brincó exaltado y apuntó su báculo contra los guardias. —Él es la presa del señor Sesshomaru. ¿O acaso quieren morir?
Dichas palabras fueron suficientes para hacerlos ceder de inmediato. Era tomar una decisión inteligente, o elegir el camino de la muerte.
Optaron por la primera opción.
Aun en su estado de aturdimiento, Kohaku oía la charla con claridad. Su rostro se encontraba inexpresivo, intentando soportar el dolor presente. "Me lo merezco" pensó. Todo por querer demostrarle a su hermana que ya había madurado, que podía luchar solo, que se había convertido en un hombre capaz de defenderla, así como su honorable padre. Pero solo demostró ser un cobarde y mostrar debilidad antes de aquellos despreciables monstruos. Se había infiltrado en la boca del lobo sin medir las consecuencias. Sin duda, aquel era su castigo y lo aceptaba.
Pronto la mecha se apagó y su figura comenzó a desvanecerse para volverse una con la oscuridad. Los pasos se están alejado, dejándolo solo y rodeado de partículas de polvo.
No hay nada que pudiera hacer, él perecería en ese lugar.
-O-
El aroma dulce del incienso se esparció por toda la alcoba, creando un ambiente afrodisíaco que penetró en las fosas nasales de los tres demonios presentes. Una joven Yokai de corta cabellera azul, cegada por su fragancia, se inclinó sobre otra que la esperaba ansiosa con los brazos estirados y las piernas flexionadas; así comenzó una danza erótica entre ambos cuerpos desnudos, donde el mayor punto de satisfacción se encontraba en esas vaginas chorreantes que se estimulaban una a la otra. Las finas sábanas amortiguaban el peso de ambas, pues sus movimientos eran veloces y su intensidad aumentaba con cada tacto. La atmósfera se llenó de gemidos, y el olor a sexo nubló sus sentidos demoníacos; un escenario tan erótico que bien podría ser sumergido en un retrato, donde las sombras capten sus figuras esbeltas y el volumen remarque cuidadosamente sus pezones erectos chocando entre sí en un suave masaje. Pero una de ellas quería más, por lo que tomó entre sus dedos una uva que luego llevó a sus carnosos labios y, siendo ávida, acercó tal manjar hacia la boca de su compañera para exprimir el exquisito néctar de la fruta sobre ésta. ¡Oh, qué estimulante!
—Mi Señor… Por favor, venga con nosotras.
El Daiyōkai que yacía en una esquina observándolas se mostró indiferente. Atravesando una cortina de hilos de seda dorada, su fornido cuerpo yacía sobre un futón suave, rodeado de cojines bañados en oro blanco y con varias velas aromatizadas en su costado, iluminando la fuente plateada donde se asomaban varias frutas de diferentes formas y sabores; desde melocotones hasta una buena variedad de jugosos mangos, el Yuzu* y Nashi*no podía faltar, ya que eran tan excéntricas y extravagantes que estaban hechas a la medida para endulzar su paladar. Aun así no mostró interés siquiera por lo exótico de la comida. Un gran demonio como él no podía darse el lujo de perder su tiempo en tonterías, no cuando aquel híbrido seguía con vida, portando a Tessaiga y pavoneándose por los bosques con una mujer humana.
"Humana..." Repitió en su mente.
Sus matices se endurecieron al recordarla, el aura que rodeaba a esa mujer era demasiado poderoso; lo supo al instante en que vio cómo una luz rosada salía de ella mientras se mantenía abrazada al estúpido Hanyo. Inclusive, podía apostar que ni ella estaba enterada del poder espiritual que poseía, un poder que bien podría igualar el suyo.
En otro momento hubiese esbozado una sonrisa burlona por tan ridícula idea, sin embargo, ahora no podía ignorar las palabras que el viejo cuervo le había mencionado:
«La inocencia florece cada mil años, y ella ha sido elegida para cumplir con esa tarea. Al ser descendiente directa de la Sacerdotisa más poderosa, un día elevará su espíritu ante los caídos y conectará ese poder espiritual con el cielo como una divinidad. Su inocencia será tu destrucción y ese día desaparecerás».
Sesshomaru lo sabía en el fondo, pero no podía guiarse por unas simples palabras y una predicción absurda. No era suficiente con solo observarla desde los oscuros rincones de sus aposentos, necesita saber más. Debía asegurar de que esa mujer compartía la misma sangre con aquella que casi lo llevó al olvido.
—Sen.
Una de las gemelas a su cargo apareció frente a él, mostrando veneración con su postura inclinada.
—Mi Señor.
Su vestimenta no era de la misma que usaba siempre, puesto que ahora su armadura llevaba por encima su manchira*, unos Kōgake* que cubría sus pies y su manjunowa que consistía en una combinación de hombreras y protectores de cuello y axilas. Su apareciera era más como la de un Samurai que como la de una simple guerrera.
Es en sus brazos donde el Inuyokai divisó a simple vista su kabuto*; una pieza indispensable para su defensa.
—Ve al Norte y reúne al clan. Te veré de nuevo dentro de tres lunas.
La Yokai asintió. Luego de ponerse de pie, desapareció frente a sus ojos dorados, dejando un diminuto remolino de viento dispersarse en el aire.
El peliplata echó su cabeza hacia atrás. Su yukata se había abierto más de lo normal, dejando a la vista aquellos músculos que complementaban su bien dotado cuerpo. Su atractivo no pasó desapercibido por las dos mujeres demonio, quienes suspiraron al verlo. Pero su cavilación se sobrepuso ante todo, y cerrando sus parpados, se dejó llevar por él. Fue cuando su aprehensión tomó forma y unos cabellos azabaches se manifestaron repentinamente.
Entonces supo lo que tenía que hacer.
-O-
—Kagome-sama, ¿está segura de esto?
Varios aldeanos en los campos de cultivo se habían acercado a la joven para mostrar su descontento ante una tarea tan peligrosa.
—Les ruego que no se preocupen. Como verán, no voy sola.
La joven miró por encima de su hombro a un grupo de soldados con la alianza de un dragón rojo sobre sus armaduras de acero; aquellos provenían directamente del palacio de Takemaru. Y a sus costados los acompañaban tres de los mejores exterminadores que se habían ofrecido a seguirla en su camino peligroso.
Uno de ellos se paró a una distancia prudente de la Miko para dar palabras de aliento: —¡Escuchen todos por favor! ¡Sé que están preocupados por la señorita Kagome, pero juramos por nuestra vida que la protegeremos y la traeremos de vuelta!
—Keiji-san… —La joven le sonrió dulcemente. Su presencia siempre le era alentadora.
—Kagome-sama, tome esto por favor.
Una anciana de baja estatura se abrió paso entre la multitud para poner sobre su mano una pequeña planta cuyo peculiar perfume llegó hasta la nariz de la Miko. Lavanda. Su color no pasaba desapercibido, pues se asemejaba al malva; además de que sus espigas de flores se apretaban entre sí y le daba una apariencia más estética.
—Esta planta posee diferentes habilidades curativas, como usted sabrá. Úselas ante cualquier inconveniente.
Kagome guardó la flor bajo su kosode blanco y procedió a inclinarse. —Muchas gracias.
-O-
«Los pétalos de los cerezos caían en masa sobre ella, pero luego el viento las volvía a mecer hasta que terminaban flotando en un estanque cerca de sus pies, donde el agua se mostraba tan limpia que fácilmente podía ser comparada con el agua cristalina del arrecife coral que yacía en el Sur.
"El sur…" Susurró súbitamente.
Ella jamás había ido más allá de la región, puesto que su lugar era aquella aldea; su hogar. Y para una Sacerdotisa de su calibre, tan joven y agraciada, todavía era peligroso que se internara sola por los espesos bosques.
Ajustó su arco contra su hombro, elevó la mirada al cielo y cerró sus ojos. Sentía demasiada calidez en su corazón, ¿sería la ventisca la que provocaba dicha calma? ¿O habría otro motivo?
Lo único que sabía hasta ahora era que debía cumplir con sus obligaciones, pues pronto sería ella la que tomaría el lugar de su madre. Ese día habría una gran ceremonia donde le sería otorgada la Shikon no Tama , una perla tan poderosa como peligrosa. Una joya que vino al mundo el día de su nacimiento y que iluminó hasta el cielo nocturno aun dentro de su pequeño cuerpo.
Su largo cabello lacio se agitó, provocando que la cinta blanca que los ajustaba se deslizara y se perdiera con el viento. La imagen que irradió en ella luego se podría asemejar a la de un ángel agitando sus alas hacia el cielo, y es que su piel era tan blanca como la nieve y su rostro, pese a mostrar seriedad, se mantenía intacto sin importar la situación.
Tanta belleza que ella misma le mostraba al sol cada mañana, por las noches era contemplada por un par de ojos rojos que la observaban sin pudor alguno.
Comenzó con una intromisión hacia su persona y el por qué tan exagerado poder cuando solo era una simple humana. Pero luego, el capricho se hizo presente y el deseo de poseerla fue tan desenfrenado que ese día abrió una grieta en la tierra y trajo consigo al mismo infierno con tal de tenerla.
Derrota. »
—¿Sigues con nosotros… Naraku?
Sus parpados se entreabrieron con lentitud. Mientras se recuperaba de aquel recuerdo, se limitaba a mirar el cuadro frente a él, apreciando los detalles de la misma forma en que lo hacía con ella cuando seguía con vida. Una acción que se volvió rutina cada vez que poseía el cuerpo de aquel repugnante humano, puesto que él era su única conexión que podía conducirlo desde las sombras hacia el mundo de los vivos.
—¿Tan especial fue esa mujer para ti?
Al no obtener respuesta, la Yokai curvó sus labios hacia arriba en una sonrisa burlona. —Vaya, ¿quién diría que una humana le robaría el corazón al gran demonio de los infiernos?
De repente se escuchó un sonido palpitante que obligó a la mujer a sucumbir en el frío suelo. Desesperada, sus manos apretaban con fuerza su pecho. Fue cuando comenzó a sentir ira y miedo, y así continuó soportando esos minutos de agonía.
—¿C-Cómo… te atreves…?
El demonio se puso de pie para caminar a pasos lentos hacia ella. Con la mirada clavada en su estado moribundo, estiró el brazo para mostrarle a la joven el órgano que poseía en la palma de su mano.
—Ten mucho cuidado, Kagura. Sabes muy bien lo que pasará si decido estrujar tu corazón.
"Maldición…" Pensó temerosa . "¿Acaso... su poder no afecta... a ese humano?"
Naraku no aguantó la risa.
—Takemaru es mi marioneta, y ahora él se encuentra dormido. Nada malo le sucederá mientras siga así. —Mientras estaba dentro de él, nadie notaría su presencia y por lo tanto seguiría viéndose como un humano común y corriente.
El demonio dio media vuelta para encontrarse nuevamente con la pintura de la Miko. —Kagura, ahora tienes trabajo que hacer.
La Yokai intentó por todos los medios ponerse de pie, y con dificultad lo logró, aunque todavía seguía sufriendo los efectos al no tener su corazón consigo.
—¿Qué necesitas que haga?
—Ahora mismo, Kagome se dirige hacia los Sauces de cadáveres .
—¿De qué estás hablando? Ella tiene prohibido abandonar el Este.
—Esas fueron las órdenes que le di a Takemaru.
Un graznido hizo que ambos giraran la cabeza; seguido, unas plumas negras cayeron sobre el Tatami de aquella oscura alcoba. Era el cuervo de tres ojos quien había cesado su aleteo, aferrando sus patas a la estructura de madera ubicada en el techo.
—¿Y ese cuervo…?
—Presta atención, Kagura.
Y así lo hizo. De mala gana tuvo que escuchar sus palabras, aun con la incómoda atención que el animal le estaba dando, pues su visión no se apartaba de ella desde que llegó.
Le causaba repulsión y una sensación estremecedora.
-O-
Estaban cerca del monte Yahiko. Lo supo en cuanto vio decenas de lápidas apiladas sobre una masa de tierra seca. Sus flores se habían marchitado, como todo a su alrededor, ya que al estar abandonado por muchos años nadie se atrevía a poner un pie en sus bosques. A menos que quisieran ser devorados por algún Yokai.
"Inuyasha"
La imagen de su Hanyo invadió su mente. Habían pasado dos días desde su encuentro en el magnolia Kobushi y aún conservaba el dulce sabor de sus labios, así como la primera vez que los había probado. Su constante recuerdo la había hecho tomar una decisión; hallaría la forma de convertirse en una mujer normal para poder estar con su amado. Una idea sencilla si lo imaginaba, pero sería todo lo contrario cuando decida emplearla.
¿Estaría dispuesta a tomar riesgos por el hombre que amaba?
Definitivamente sí.
—Kagome-sama, ¿se encuentra bien?
—¿Uh-h? Si…
—Es que, su rostro…
La Miko se dio cuenta al instante y, desesperada, palmeó sus mejillas hasta que recuperaran su tono normal.
Se reprochó, sabiendo que debía aprender a controlar sus emociones en compañías ajenas.
—Señorita Kagome, ¿usted cree que Kohaku siga con vida?
La joven detuvo sus pasos para concentrarse en el exterminador a su lado. El dolor de su ausencia aun atormentaba su corazón, pero no podía imaginar lo difícil que era para él, considerando que Kohaku era su primo y parte de su familia.
—Keiji-san… Yo le hice una promesa a Sango. —Las suaves manos de la Miko envolvieron las suyas y continuó: —Le prometí que juntas lo recuperaríamos. Confía en mí.
El calor que sintió en sus manos viajó hasta sus mejillas, haciéndole ver como un niño sonrojado. Era imposible para él resistirse al tacto de una mujer tan hermosa como aquella Sacerdotisa, y es por eso que se sintió tan estúpido que no la miró cuando asintió.
—¡Kagome-sama, el cielo!
Sus ojos se desviaron hacia arriba solo para encontrarse con un cambio drástico; el sol había sido eclipsado por unas nubes oscuras cuya densidad les hizo creer a los guardias que se trataba de una simple llovizna. Pero Kagome vio la verdad en esa alteración del tiempo, el cual trajo consigo un viento tan fuerte que amenazó con arrancar todos los árboles de sus raíces. "Esta sensación..." Era imposible que se equivocara, no cuando su aura maligna se había diseminado por encima de ellos, bajando lentamente en una especie de aro, como si quisiera encerrarlos.
¡MUJER, ENTREGAME LA PERLA DE SHIKON!
—Esa voz… ¿De dónde viene?
—¡¿Qué… ¿Qué sucede?! ¡Kagome-sama!
Un movimiento brusco sacudió sus pies, era la tierra que intentaba elevarse debido a la energía demoníaca. Asimismo, de sus grietas comenzó a emerger un potente veneno cuya toxina fue consumiendo los árboles mientras los dejaba en un estado deplorable.
—¡Exterminadores, sus mascarillas!
—¡Keiji! ¡¿Y los guardias?!
—¡Por favor, no se aparten de mí! —La voz de Kagome los obligó a retroceder, de modo que extendió sus dedos y los entrelazó rígidamente entre ellos para formar un triángulo; posteriormente y entre murmuros, inició con un poderoso conjuro. Sus cabellos se elevaron y una luz rosada se manifestó fuera de su cuerpo de una forma tan ágil que no le dio tiempo al demonio de reaccionar, pues su veneno estaba siendo purificado por los brillos que salían dentro del cuerpo de la Miko.
¡ESTÚPIDA! ¡¿CREES QUE PODRÁS DETENERME CON HECHIZOS HUMANOS?!
Hizo oídos sordos mientras prolongaba sus dichos, y con ello, creó una enorme barrera purificadora alrededor de ella y los soldados presentes, quienes observaron sus poderes con admiración. Fue entonces que aprovechó su seguridad para sacar de sus mangas una pequeña tela blanca.
"Madre, guíame hacia el camino de la luz"
Su deseo fue escuchado por la perla y de dicha tela brotó una raíz luminosa cuya grandeza iba aumentando con el pasar de los segundos, estirándose lo suficiente como una rama para terminar rozando con un árbol en particular, el cual el veneno del Yokai no había podido derretir.
¡¿QUÉ ESTÁS HACIENDO?!
—¡Es ahí! ¡Keiji córtalo!
—¡A sus órdenes!
Dicho esto, el muchacho lanzó su kusarigama * fuera de la barrera para cortar el árbol a la mitad, provocando el tormentoso alarido del Yokai.
Pronto todo a su alrededor empezó a desvanecerse, desde las lápidas hasta el más pequeño arbusto. En absoluto, el escenario anterior solo había sido una ilusión.
—Kagome-sama, esto es…
—Si.
La energía maligna había sido apaciguada, por esa razón, ahora mismo lo único que pisaban eran restos de esqueletos esparcidos sobre la tierra seca y maltratada. El sol seguía oculto, pero esta vez debido a la gran neblina que rodeaba el lugar. Es en su cumbre donde Kagome divisó un cráneo enorme que confirmó dónde estaban.
—El Sauce de cadáveres. —Musitó.
Su mano se aferraba a la perla escondida bajo sus ropas. Aquello fue por instinto, pues tenía una mala sensación.
—Quédense cerca. —Ordenó la joven. —Esto aún no termina.
POR SUPUESTO QUE NO TERMINA.
Debajo de los cientos de cadáveres surgió un gran demonio con apariencia de araña. Su estatura triplicaba a la de sus víctimas y de sus ocho patas liberaba una rara toxina de color verde.
¡MIKO, DÁMELA. DAME LA PERLA DE SHIKON!
—¡Ni lo sueñes!
Decidida a terminar con esto, Kagome apuntó una de sus flechas hacia el centro su cuerpo, dejando que su aura espiritual la envolviera de pies a cabeza. Pero el Yokai no iba a permitir que dispare, por lo que se lanzó sobre ella.
—¡Guardias, a sus posiciones!
Lanzas, espadas e incluso el fuego se encargó de cubrir el cuerpo del Demonio. Pese a eso, éste no mostraba ningún signo de dolor y seguía balanceándose sobre sus enemigos, siendo tan rápido como el aleteo de un colibrí.
La secuencia era observada desde lejos por unos ojos tan rojos como el carmesí. La mujer se encontraba sobre una pluma a unos metros tolerables para que aquella Sacerdotisa no detectara su presencia.
Aun se preguntaba por qué Naraku la había mandado a despertar a una bestia tan asquerosa e inservible. Si era cierto que la Miko había heredado los poderes de su madre, entonces no duraría mucho.
De pronto vio cómo un brillo rosado iluminó todo el Sauce. "Esa mujer..." Kagura apretó los dientes siendo obligada a retroceder, pues temía que aquella luz la purificara también a ella.
El fulgor duró solo un minuto y en cuanto desapareció, no se vio más rastros del Yokai.
Tal como lo sospechó, su extensión había perecido.
—Naraku, has fallado de nuevo…
-O-
Se quedó en silencio y sujeto hacia aquel poder, de su vivacidad, de su espíritu de lucha…
«Estaba parado justo delante de ella, sin intimidación y sin rodeos.
"¿Crees ser rival para mí?" No me hagas reír… Ni siquiera en tu verdadera forma serías capaz de soportar mis flechas."
Había sido descubierto. Joder, incluso su voz era como una melodía.
La deseaba. En todos los sentidos, quería ultrajarla, humillarla y que su alma sea suya para siempre.»
—Kikyo… Si no pudiste ser tú, entonces será ella quien pague por tus pecados.
"Él está cerca, Naraku"
El cuervo se comunicó telepáticamente, distrayéndolo de todo pensamiento.
Una sonrisa adornó los labios del demonio. —Ya es hora.
-O-
La neblina había desaparecido junto con cualquier rastro del Yokai. Aquello había sido una tarea bastante fácil, sobre todo porque no había perdido a ningún hombre, por ende la Miko no podía sentirse más aliviada y feliz.
—Buena flecha, Kagome-sama.
El guardia recibió una risa cálida por parte de la joven. —Muchas gracias.
—Volvamos pronto, señorita Kagome.
—Sí, Keiji-sa…
Un hilo de sangre salpicó en el aire. Un ataque efímero pero preciso. Aturdida, la joven bajó la mirada para ver cómo una pata de araña había atravesado su abdomen. "No puede ser…" Inmediatamente perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
—¡Miko-sama!
"¿Qué sucede...? Mi cuerpo... No se mueve..."
—¡Señorita Kagome, resista!
Mujer, ya no podrás escapar. Mi veneno ha entrado por completo en tu cuerpo.
"No es cierto..." Movió sus labios pero solo hubo silencio.
Su miedo la obligó a ver la realidad: No podía hablar.
Contuvo la respiración. Se estaba ahogando, pero se negaba a mostrarse intimidada para no aceptar la derrota, aun cuando su cuerpo se había sumergido en constantes sacudidas, las cuales intentó controlar en vano. Era tarde, ya no poseía el control de sí misma.
Este es tu castigo, Miko.
Con esas palabras, la pata en su interior se desvaneció y un temblor agitó la tierra, abriendo un hueco por debajo de ellos donde miles de escombros fueron cayendo al vacío con una Kagome herida.
Los gritos ajenos de sus amigos; fue lo último que escuchó antes de que su cuerpo fuera abrazado por la oscuridad.
«"Kagome..."
Guió a su visión en dirección al papiro que estaba en sus manos. Había letras en él, pero con un lenguaje desconocido y que solo consistía en una especie de textos escritos.
"¿Qué es esto?" Preguntó con inocencia.
"Es un manuscrito"
"Uhm..." La pequeña lo examinó curiosa. Se veía aburrido. "¿Y qué es lo que dice?"
"Es un idioma antiguo. Aun eres muy joven para aprenderlo"
La niña hizo un puchero, ella quería aprender ahora.
La mujer vio su expresión y soltó una risa baja. "Lo sabrás a su tiempo. Pero, por el momento, promete que lo cuidarás bien. Esto es una reliquia en nuestra familia."
Kagome supo que era importante cuando ella cambió el tono de su voz.
"¡Lo juro, hermana!"
"Buena chica..."
Pero antes de tomar el papel en sus manos, se detuvo y preguntó: "¿Cómo se llama?"
La Sacerdotisa sonrió: "Ánima envilecida".»
—Ánima…
Murmuró mientras sus párpados se abrían con cierta torpeza. Los sentía pesados, así como todo su cuerpo mojado.
"¿Mojado?"
Miró a su costado, encontrándose con muchos árboles que no solo la rodeaban a ella, sino también a una cascada de gran altura ubicada a sus espaldas.
Su cuerpo estaba boca abajo. Era probable que la corriente la hubiese guiado en su estado moribundo hasta las rocas que sobresalían cerca de la tierra mojada.
¡Por kami! Era un milagro que siguiera con vida. Fue cuando notó el cielo nocturno y que la luna había desaparecido. ¿Cuánto tiempo había permanecido inconsciente?
"Entonces es hoy..." Sus pensamientos cambiaron rápidamente, volando hacia el Hanyo y que ahora debía estar en su forma humana y oculto en algún lugar.
Su corazón se oprimió y sus uñas rasgaron la roca, dejando su marca en ella.
Quería verlo.
Se sumergió tanto en ese deseo que no percibió la presencia de cierto Daiyokai de larga cabellera plateada que la miraba circunspecto. El ámbar en sus ojos se había convertido en brazas que recorrían su cuerpo inerte; desde sus lastimados pies, siguiendo por su ropa tradicional de sacerdotisa, hasta detenerse en su melena azabache.
Una chispa de malicia adorno la seriedad en su rostro; entonces su olfato capturó su olor al instante.
Dalias.
La había encontrado.
Aclaraciones:
*Nintoujou: Báculo de dos cabezas.
*Tachi: Es una espada japonesa de la cual se dice a menudo que es algo más curvada y un poco más larga que la katana.
*Yuzu: Cítrico cuya apariencia es de una pequeña naranja y es de color amarillo o verde. El sabor es parecido al de la toronja o el pomelo.
*Nashi: Fruta con forma de manzana y con su misma crujiente textura, sin embargo tiene el sabor dulce y refrescante de las peras.
*Manchira: Chaleco blindado que iba por encima de la tela pero también por debajo de la armadura.
*Kōgake: Una especie de escarpe (zapato) que cubre la parte superior del pie.
*Kabuto: Casco hecho de acero.
Les agradezco de nuevo por seguir mi historia y me disculpo por no ser constante. Se los compensaré pronto, ya tengo algunos planes hechos para eso. (;
¡Saludos!
