I'm back, in the D18 hell ~~

Solía decir que D18 no es un ship sino un vicio y eso lo define muy bien (no tengo acceso al alcohol y lo estoy reemplazando con D18? Parece que sí xD)


Cazadores, presas, tratos

Era la tercera noche seguida de esto y se empezaba a cansar. Tener que perseguir a un vampiro por los techos de las casas no era su idea de diversión, pero para eso estaba allí. Responsabilidad, eso es lo que era. Debía ser responsable.

–¿Quieres dejar de correr? –le gritó a la figura, aunque no esperaba que lo escuche– ¡Algunos usamos la noche para dormir!

El vampiro saltó desde el techo hasta el piso, finalmente deteniéndose y Dino lo imitó. Estaban en las afueras de la ciudad, cerca de su iglesia y al bosque. Al ver que seguía de pie, lo observó. El vampiro tenía la apariencia de un muchacho delgado, no mayor de 16 años. Vestía de negro y tenía ojos grises o azules, tal vez. Lástima, era muy lindo y su trabajo era destruirlo.

–Gracias. Me estaba cansando de correr.

–Quería conocerte. ¿Quién eres tú y porqué estás en mis terrenos?

Dino sonrió. No esperaba que el vampiro hablara con él. Llevó una mano a su cintura, de donde colgaba el látigo, por si acaso.

–Sólo estoy reemplazando al sacerdote por un tiempo. Dino Cavallone, a tu servicio.

–¿Un sacerdote? –el vampiro sonrió. Sus ojos observaron la mano de Dino en la cintura–. Y un cazador.

–No asumas cosas, jovencito.

–Me has perseguido –replicó–. No mientas en vano, ¿no es pecado?

Dino soltó una risa, tomando el látigo y estirándolo. ¿Era muy raro que se estuviera divirtiendo con esta pequeña charla?

–Discúlpame. Entonces, me presentaré otra vez. Dino Cavallone, sacerdote y cazador a tus servicios. Por favor no me des muchos problemas para cazarte, ¿sí?

–Eres divertido –el vampiro sacó unas tonfas y Dino se extrañó. Los vampiros no solían usar armas–. Y hueles bien –añadió antes de lanzarse hacia adelante. Dino apenas alcanzó a retroceder, bloqueando la tonfa con el látigo. Era fuerte y rápido y tuvo que esforzarse para seguirle el ritmo. El vampiro lanzó un golpe a su rostro y otro a su estómago, que Dino evitó sosteniendo una mano con el látigo, aunque las tonfas rozaron su cuello. El vampiro retrocedió, llevando las tonfas a su boca, haciendo que Dino notara las puntas que salían de ella y la herida en su nuca. Lo observó lamer la sangre y, para su sorpresa, el vampiro trastabillo y cayó de bruces al suelo. Dino se acercó, curioso. Lo que debería hacer era terminarlo, pero no sé sentía con ganas. Lo ató con el látigo y lo llevó hasta la iglesia sin plantearse mucho porqué lo estaba haciendo.

–¿Qué estoy haciendo aquí?

Dino se giró. Había dejado al vampiro dentro la iglesia, atado con el látigo. No esperaba que despertara tan rápido, apenas estaba cerrando las puertas.

–Hola... ¿tienes un nombre? No me gusta no saber con quién estoy hablando.

–¿Por qué no me mataste, cazador? –respondió, ignorando su pregunta. Dino suspiró. Podría ser un poco más agradecido.

–Oye, deberías estar feliz que no lo hice –comentó, acercándose a él. Bajo la luz de las lámparas, su piel lucía más pálida y ahora que se fijaba en su rostro, parecía cansado y con ojeras debajo de los ojos.

–Dijiste que querías algo fácil –replicó el vampiro–. Era lo más fácil que podías obtener.

–Perdón por no matarte cuando te desmayaste, vampiro –respondió, sarcásticamente.

El vampiro lo miró, curioso y Dino hizo lo mismo. Era la primera vez que veía uno de cerca que estuviera vivo. Sabía de ellos lo suficiente para matarlos y lo había hecho, pero nada más. Tal vez era porque éste parecía demasiado joven que no tenía ganas de asesinarlo.

–¿Por qué no lo hiciste, cazador?

–Me llamó Dino. Si me llamas por mi nombre, te lo cuento.

El vampiro frunció el ceño y cerró los ojos, como si estuviera reuniendo paciencia. A Dino le pareció gracioso y adorable. Se levantó, continuando su rutina de arreglar las bancas y dejar la Iglesia lista para la mañana. Lo que habría hecho horas antes si a alguien no se le hubiera ocurrido buscar comida e interrumpirlo.

–Extraño mi casa –se quejó, dejándose caer en una banca y acostándose, mirando las pinturas del techo–. En serio, debería estar en Italia, disfrutando del sol y la compañía en vez de estar aquí. Ni siquiera quería ser sacerdote.

Dudaba que al vampiro le importaran sus problemas, pero por una vez tenía a una audiencia cautiva con la que quejarse.

–Ah, sí, es la "tradición familiar" y la sangre y demás... a quién le importa. Debería ser opcional, ¿no lo crees? Pero mira esto... ahora debo vivir en una iglesia. Y todo porque algunos ancestros hicieron cosas que no debieron o lo que sea. ¿Qué opinas, joven vampiro?

El vampiro guardó silencio.

–Oye, vamos, habla conmigo. Eres lo más divertido que me ha pasado en meses.

–Pensé que te fastidiaba porque perseguirme evita que duermas.

–Entonces me escuchaste –Dino soltó una risita–. Me refiero a esto, hablar contigo, es divertido. No necesitas que finja que soy un buen sacerdote, ¿verdad, vampirito?

–No me importa –contestó–. Y no me llames así.

–No sé tu nombre. Puedo llamarte como quiere. Vampirito. Pequeño. Pequeñín.

–¿Por qué no dejas todo atrás? –le interrumpió–. Podría hacerlo por ti.

–¿De qué hablas? –preguntó, levantándose y acercándose nuevamente a él.

–Si odias tanto ser sacerdote, ¿por qué no te vuelves un vampiro? Tu sangre te haría fuerte.

Dino ladeo la cabeza. El vampiro parecía hablar en serio.

–Pero tampoco tengo muchas ganas de ser un vampiro y beber sangre –comentó, poniéndose en cuclillas delante del vampiro–. No tienes mucho que ofrecer por tu vida, así que... ¿Por qué no me dices tu nombre y hablas conmigo? Si me caes bien te dejaría vivir –comentó, y estiro una mano para palmearle la cabeza.

–¿Por qué piensas que no puedo matarte? Eres un idiota, cazador.

–Estás atado, débil y en mis terrenos –comentó Dino, dejando que su voz bajara unas octavas. Así le divirtiera este vampiro, todavía era lo que era–. Tal vez deberías replantearte el hacer amenazas.

El vampiro sonrió, al parecer complacido por la amenaza y en un instante, una bandada de negros murciélagos lo reemplazó, esparciéndose por la iglesia. El maldito vampirín era un sangre pura, genial. Cogió el látigo y estaba a punto de levantarse cuando el peso del vampiro le cayó encima, los murciélagos nuevamente transformándose en un chico que ya tenía la tonfa sobre su cuello. Dino notó su respiración agitada y el temblor en su brazo. Al parecer el pequeño truco le había costado las fuerzas.

–Sí que estás malherido, ¿verdad?

–Cállate –jadeó el vampiro. Dino sintió las puntas de la tonfa surgir y presionarse contra su cuello. Un poco más de fuerza y tendría una herida de cuidado. Mierda, maldito descuido. Era una suerte que el vampiro estuviera tan débil. Movió la mano, apresando el brazo del vampiro. Todavía tenía fuerza suficiente para resistir y lucharon un momento hasta que el vampiro dejó caer el brazo y apoyó la cabeza en su pecho, agotado. Era extraño, pero Dino sintió un poco de lástima por él.

–Oye –dijo, nuevamente hablando antes de pensarlo–. ¿Qué tal otra oferta? Me dices tu nombre, hablas conmigo y te doy sangre. No necesitarías cazar más. Y creo que, si no te alimentas, morirás pronto.

El vampiro alzó la cabeza. Tenía una expresión de angustia en el rostro, la boca abierta dejando ver el par de filosos colmillos y los ojos brillantes y rojos.

–¿Por qué harías eso?

–Ya te dije, eres lo más divertido que me ha pasado –respondió y llevó las manos a la sotana, abriéndola lo suficiente para dejar su cuello a la vista. El vampiro apoyó una mano en su hombro y enterró la cabeza en su cuello, y Dino sintió el par de colmillos rozar su piel, afilados como agujas y luego hundirse en su cuello. Cualquiera que dijera que esto era sexy, era sexy, mentía. Dolía como el infierno, más que la vez que tuvo que hacerse el tatuaje emblema de su casa.

–Mierda –jadeó. Podía sentir al vampiro bebiendo su sangre y por primera vez pensó que tal vez esta no era una buena idea. Enredó una mano en el cabello negro del vampiro y tiró de él, tratando de despegarlo de su cuello. Lo único que causó fue más dolor, pero el vampiro se separó y lamió la sangre, causando escalofríos en su piel. Cuando terminó, se movió al otro lado de su cuello.

–Quieto, cazador. O te rasgaré de más y morirás –advirtió, antes de volver a clavarle los colmillos.

–Ya siento como si me estuvieras matando –se quejó, pero dejó que el vampiro terminara de beber, sintiéndose cada vez más ligero. ¿Y si no se detenía? Era raro, no le importaba demasiado. Pero el vampiro lo hizo, terminó de beber y lamió la sangre sobrante y lo miró a los ojos, hasta que Dino logró calmarse y devolverle la mirada. En algún momento el vampiro se había acomodado sobre él, las rodillas a ambos lados de su cintura y en otras circunstancias, Dino habría apreciado tener a un chico joven en su regazo.

–Hibari Kyoya –dijo el vampiro, llamando su atención–. Es mi nombre.

–Kyoya –repitió Dino, esbozando una sonrisa–. Me gusta.

Kyoya le golpeó en la cabeza con la tonfa y Dino se quejó.

–Eso dolió, ¿por qué lo hiciste?

–No seas tan familiar conmigo, cazador.

–Has bebido mi sangre, creo que tengo el derecho a ser familiar –bromeó, llevando sus manos a la cintura de Kyoya–. Y no es cazador, es Dino. Dino Cavallone. Ahora, dime, ¿por qué un pura sangre como tú estaba tan malherido?

Kyoya desvió los ojos a las manos sosteniéndolo, enarcando una ceja.

–Pensé que los sacerdotes eran célibes.

–Ya te dije que no quería serlo –sonrió Dino, insinuante. Aunque, de hecho, no pretendía nada más que sostenerlo y asegurarse que no escapara–. Vamos, cuéntame, fue el trato.

Kyoya suspiró, antes de empezar a hablar. Era obvio que no le agradaba contarlo.

–Alguien me atacó por la espalda y me envenenó –dijo, cruzando los brazos sobre su pecho–. No pude digerir alimentos por un tiempo.

–¿Y no tomaste algún antídoto?

–No era necesario. Eventualmente, mi cuerpo lo expulsaría.

Dino negó con la cabeza.

–¿Y si morías antes?

–Sólo alguien débil moriría por veneno –afirmó Kyoya. Posó las manos en las muñecas de Dino y lo obligó a alejar las manos de su cuerpo, levantándose y sacudiendo la ropa. Por un momento, miró hacia la cruz en la iglesia, esbozando una sonrisa burlona.

–Bien. Es un trato –dijo, mirando a Dino, que se incorporó también–. Si vengo y hablo contigo, me darás tu sangre. Es mejor que matarte y sólo beberla una vez.

–Espera, espera, no dije nada sobre después.

Kyoya lo ignoró.

–Y si cambias de opinión, todavía puedo convertirte en vampiro.

–Eso no va a pasar –replicó Dino. Kyoya lo ignoró otra vez y, de un salto, alcanzó los altos ventanales de la iglesia y los abrió. Dino lo observó, temblando ante el repentino frío. El vampiro le devolvió la mirada, y se despidió con un ademán de la mano, antes de saltar. Dino se planteó seguirlo, pero había perdido mucha sangre y tampoco tenía ganas. De hecho, se preguntaba cuándo volvería a verlo.

–––

–Cazador –escuchó la voz a sus espaldas. Regresaba de hacer compras y se giró, observando a Kyoya salir de una esquina y caminar a su lado. Habían pasado dos meses desde que se conocieron y su acuerdo seguía en pie. Kyoya no atacaba humanos (aunque los criminales y extranjeros eran otra cosa, Dino había aprendido que él consideraba esta ciudad como su territorio y se sentía con derecho a juzgar. Sin embargo, pelear sobre los derechos de criminales no le importaba demasiado) y él le daba sangre a cambio de su compañía.

–Es Dino –contestó. A la luz de las farolas, Kyoya aparentaba ser un adolescente normal. Llevaba un simple pantalón negro y una camiseta púrpura de mangas largas y una chaqueta negra encima–. ¿No piensas llamarme por mi nombre nunca? –preguntó, abriendo la puerta y sin extrañarse cuando Kyoya simplemente desapareció. Cerró la puerta y se quitó la sotana, mirando a los lados mientras trepaba las escaleras que daban a su habitación. Era pequeño en comparación a su antigua habitación en Italia, lo único interesante era el vampiro encaramado en la ventana.

–Podrías usar la puerta –comentó, acercándose y abriendo la ventana. A Kyoya no parecía molestarle el frío. Sólo se acomodó, sentándose con una pierna dentro de la habitación y la otra colgando fuera, observando.

–No tiene caso si puedo llegar más rápido, Haneuma.

–Es Dino –corrigió, de forma automática, antes de darse cuenta del nombre que Kyoya había usado–. Espera, ¿cómo conoces ese nombre?

–¿Caballo saltarín? –se cuestionó Kyoya– ¿salvaje? Un caballo bronco. No sé si te queda.

–¿Me estuviste investigando?

Kyoya entró al cuarto, cerrando la ventana tras él. Se sentó en la mesa de noche, encogiéndose de hombros.

–Es normal que investigue a los que llegan a vivir en mis dominios. El último descendiente de la familia Cavallone, ¿qué hace aquí? Estás muy lejos de Italia.

–No es que estuviera ocultando nada. Te dije mi apellido desde el principio.

Dino se sentó en la cama, preguntándose si había una razón para que Kyoya sacara a colación su linaje.

–Por eso tu sangre sabe tan bien. Pero, ¿haneuma? Más bien un pony.

–Oye –empezó, fastidiado. No es que le gustara el apodo, o su familia, pero se sentía insultado. Había derramado sangre por ese apodo, de manera literal. Abrió las piernas, de forma insinuante–. ¿Qué tal si vienes y compruebas que merezco el nombre por ti mismo?

–De nuevo dices cosas que un sacerdote no debe decir –dijo Kyoya, pero se levantó y caminó hasta ubicarse entre sus piernas–. Todas esas personas a las que ayudas, ¿saben de esto?

–Claro que no –admitió. Kyoya tomó su brazo derecho y lo elevó hasta sus labios, clavando los colmillos en su muñeca. Seguía doliendo como el infierno, su brazo repentinamente ardiendo y apretó los labios. Kyoya alzó la mirada, usando su mano libre para apartarse el pelo de la cara y Dino se mordió la lengua por algo más que el dolor. Vampiro de mierda, era muy guapo. Cuando se apartó, Dino observó los labios manchados de rojo del vampiro y deseó hacer algo más que simplemente bromear. Titubeante, llevó la mano hacia su rostro y acarició su mejilla. Kyoya esbozó una sonrisa de burla.

–Un pony. Un caballo salvaje no sería tan dócil.

Bueno, lo guapo no le quitaba lo irritable que era. Sólo por eso, desvió la mano hacia su cabello y apretó, poniéndose de pie.

–¿Quieres comprobarlo?

–Cuando quieras, cazador. Pero no hoy.

Dino se encontró nuevamente sosteniendo el aire mientras Kyoya se desvanecía en una nube de murciélagos. Odiaba que hiciera eso. Se asomó a la ventana, a tiempo para verlo caer al piso y apoyó el rostro en una mano. Tal vez ya era hora de pensar en una forma de matarlo, era su trabajo aquí, después de todo. Pero también era lo más divertido de sus días y no era tan malo, ¿verdad? El vampiro regresó a verlo y el levantó una mano a modo de despedida. Lo último que vio fueron sus ojos acerados y entonces, los murciélagos ocuparon su lugar.

–––

Dino maldijo en voz baja. Era la tercera vez esta semana, la doceava en dos meses, en el que se reportaban ataques de vampiros. Siempre eran de aquellos que fueron convertidos, ex humanos hambrientos e incontrolables y cada vez, él acudía con la pequeña esperanza de ver a Kyoya. El vampiro simplemente dejó de aparecer por la iglesia y aunque Dino no quería admitirlo, estaba un poco preocupado. Sacudió la cabeza, concentrándose en el vampiro que debía cazar ahora y en el cuerpo inerte del niño en sus brazos. Demonios, el de hoy era peligroso. Ajustó el látigo, dejó el cadáver y se lanzó hacia adelante. El vampiro se alejó hacia el bosque y él corrió detrás, maldiciendo la oscuridad. No podía perderlo de vista y dejar que matara a otra persona, era su trabajo evitarlo y casi lo olvidó por concentrarse en Kyoya... y hablando del diablo, pensó Dino, deteniéndose abruptamente. Estaba allí. En medio del bosque, la luz de la luna iluminando sus cabellos y su rostro, como una aparición. Tenía al vampiro fugitivo sostenido por el cuello y la boca manchada de sangre, los colmillos visibles.

–Hola, cazador –saludó, dejando caer al vampiro. Por insisto, Dino se puso en guardia, retrocediendo unos pasos. Kyoya cogió las tonfas caídas en el piso, antes de mirarlo y lanzarse al ataque.

Era rápido y fuerte, pensó Dino, esquivando sus ataques. Bueno, él tampoco era un debilucho. Sonrió, sintiéndose mejor incluso cuando podía sentir las ganas asesinas de Kyoya y logró sostenerle un brazo con el látigo, aunque a Kyoya no le importó y lo atacó con el brazo libre. Dino logró apenas esquivarlo, ganando un rasguño en la mejilla.

No supo cuánto tiempo pasaron repartiéndose golpes, sólo que Kyoya sonreía cuando dejó caer las tonfas, en el momento en el que Dino cargaba sobre él. Por alguna estúpida razón, el ver que ya no planeaba luchar le hizo tratar de detener su ataque y tropezó en el intento, cayendo de cara al suelo.

–¡Mierda! –exclamó, rodando y limpiándose el rostro.

–¿Eres idiota, haneuma? Podrías haberme matado.

–Ya te he dicho –replicó Dino, sentándose en el suelo y cruzando las piernas–. No quiero matarte.

De hecho, estaba aliviado de verlo.

–¿A qué vino esto, Kyoya?

–Pensé en comprobar si eras fuerte –contestó Kyoya, sin rastro de mentira en la voz. Dino no supo si debía sentirse ofendido.

–Espera, ¿no lo sabías? Te gané la primera vez.

–Estaba herido, no cuenta mucho. Pero sí lo eres. Eso te vuelve interesante.

–¿No lo era antes? ¿Puedo preguntar qué era para ti?

–Despensa –contestó Kyoya. Esta vez, sí se sintió ofendido. Aunque era cierto, él simplemente era...

–¿Soy tu almacén de comida? –protestó de todas formas, indignado. Sí, ya sabía que a Kyoya le gustaba el sabor de su sangre, pero a él le divertía verlo y hablar con él, el vampiro podía sentir lo mismo por él, ¿cierto?

–Tú lo propusiste.

–Sólo la primera vez –se quejó–. Me siento como una prostituta ahora.

–Sería al revés –contestó Kyoya, recogiendo las tonfas–. Tú quieres compañía y alguien con quién no actuar de bueno y me pagas. Serías más bien el putero.

–No digas cosas tan vulgares con esa cara, ¿quieres? –Dino se levantó y camino hacia él. Le sonrió, insinuante–. Entonces, ¿te puedo seguir comprando?

La respuesta fue un golpe en el estómago que casi lo dobló en dos.

–Sigues diciendo cosas impropias de un sacerdote.

Dino sonrió, aún adolorido.

–Bueno, Kyoya, te pago para eso –comentó y retrocedió por si acaso pensaba en golpearlo de nuevo.

–Entonces, cobraré la tarifa de hoy.

Kyoya estuvo frente a él en un parpadeo y lamió la mejilla de Dino, que se quedó quieto, extrañado. Se dijo a sí mismo que su corazón no se había acelerado por la cercanía del vampiro ni mucho menos por la forma en que se lamió los labios, todavía a milímetros de su rostro, antes de desaparecer. Dino se dejó caer al suelo, cubriéndose el rostro con un brazo.

–Es demasiado guapo –se quejó–. Padre, me tendrán que desheredar.

–––

–Hey, Haneuma.

Dino suspiró, sin girarse. Estaba pensando en dormir temprano por un día, pero suponía que hoy no podría tampoco. Aunque tener a Kyoya era mejor que la alternativa.

–¿No piensas llamarme por mi nombre nunca? –preguntó. Sintió al vampiro abrir la ventana y entrar al cuarto y se dio la vuelta, dispuesto a reñirlo por interrumpirlo, cuando observó su aspecto. Desde la vez en el bosque, Kyoya solía buscarlo más seguido, interesado tanto en su sangre como en pelear, pero llevaba una semana desaparecido. Dino ya estaba acostumbrado a sus idas y venidas, pero en esta ocasión en vez de su apariencia pulcra, tenía la ropa rasgada y heridas visibles en el rostro.

–¿Qué demonios te pasó?

–¿Y a ti? –replicó el vampiro, cuando Dino saltó de la cama y se puso de pie para observarlo de cerca. Dino también tenía heridas. Una venda le cubría el brazo derecho y otra, el abdomen. Kyoya lo observó, curioso y luego, sus ojos se fijaron en el tatuaje.

–Vampiros recién convertidos –contestó Dino–. ¿Tienes algo que ver con eso? También aumentaron la última vez que desapareciste.

–¿Te parece que quiero tener más vampiros en mi territorio?

Dino negó con la cabeza. No, no lo creía.

–Entonces, ¿qué pasa?

–Supongo que quieren quitarme el puesto. Pero son demasiado cobardes para hacerlo directamente. ¿Qué tan herido estás, haneuma?

–Me recuperaré pronto –contestó. Kyoya se acercó a la cama y se metió sin pedir permiso, cubriéndose con las sábanas–. Oye, meterse en la cama de un hombre de esa forma es peligroso, Kyoya.

–No tengo ánimo para tus insinuaciones hoy, haneuma.

Dino se acercó a la cama, dispuesto a replicar, pero Kyoya ya estaba dormido. Dino lo observó, curioso. ¿Se suponía que fuera tan confiado? Claro que él no pensaba matarlo, pero incluso así... las heridas en el rostro de Kyoya empezaron a cerrarse lentamente mientras lo miraba y Dino acercó un dedo a su mejilla, tocando la piel pálida y fría. Por lo que sabía de los sangre puras, crecían hasta cierta edad y luego se detenían para siempre, a diferencia de los transformados, que conservaban la edad de su muerte. Trató de imaginarse al vampiro de adulto y se preguntó si podría verlo. Seguramente sus ancestros estarían revolcándose en sus respectivas tumbas, porque esta era la tercera vez que podía matarlo fácilmente y simplemente, no lo hacía. Incluso si trataba de imaginarlo, clavar una estaca en su pecho, cortarle la cabeza... no podía. Se divertía con el vampiro, y sus pequeños encuentros más de lo que lo había hecho en la mansión Cavallone, siendo entrenado y aprendiendo a distinguir un monstruo de otro, sabiendo que sólo tenía una opción en la vida. Suponía que mientras nadie de Italia lo descubriera estaba bien. Podía seguir viviendo aquí y seguir viéndolo.

–Pero eso no funcionará si quién sea que anda tras de ti te asesina, ¿bien? –le susurró–. No pierdas, Kyoya.

–––

–Haneuma –Dino escuchó la voz llamarlo en sueños y se acomodó en el sofá en el que dormía, negándose a atender.

–Haneuma –insistió la voz–. Cavallone.

Dino abrió los ojos, bostezando. ¿Estaba soñando o Kyoya lo había llamado por su apellido? Miró la cama, pero Kyoya estaba oculto bajo las sábanas. Tal vez sí estaba soñando.

–Cierra las ventanas, haneuma.

–¿Me llamaste por mi apellido? –preguntó, sin moverse. Era muy temprano como para pensar en moverse y el sofá podía ser incomodó, pero era mejor que nada.

–Cierra la ventana, Cavallone –repitió Kyoya. Dino sonrió. Bueno, era un avance. Tal vez algún día le llame por su nombre–. Está por amanecer.

Refunfuñando, Dino se levantó. Claro, el sol. No pensó en eso. Corrió las cortinas y sólo para asegurarse, puso una manta encima, oscureciendo por completo el cuarto. Encendió la lámpara en su mesa de noche y retiró las sábanas del cuerpo de Kyoya, chasqueando la lengua al ver la sangre manchando su cama.

–Ah, genial. ¿Qué tan herido estabas?

Kyoya bostezó, abriendo los ojos.

–Ya me curé, no necesitas preocuparte.

–No es eso –replicó, señalando la cama–. Has arruinado mi cama, ¿dónde se supone que dormiré hoy?

–Los Cavallone tienen mucho dinero, ¿por qué te quejas?

Dino se rascó la cabeza, irritado.

–¿Nunca te has preguntado qué estoy haciendo en Japón, lejos de mi familia?

–Porque eres un idiota sentimental que no puede matar vampiros –contestó Kyoya. Dino sintió ganas de ahogarlo con la almohada, aunque fuera inútil.

–Puedo matar vampiros. Sólo elijo no matarte a ti.

–Vaya, gracias –ironizó Kyoya.

–No tengo dinero. Entonces, ¿qué harás con mi cama?

–Puedes usar las donaciones de la Iglesia para algo. Aunque nadie sea católico aquí, eres popular, ¿cierto?

Dino suspiró, dando la conversación por perdida. Aunque ahora tenía mucha curiosidad por otra cosa. Acomodó las sábanas y se sentó en la cama, al lado de Kyoya.

–¿Dónde vives? –preguntó. No podía ser pobre, siempre que lo veía usaba algo diferente.

–No te importa.

–Recuerda que ese es el pago por mi sangre.

Kyoya se quedó callado y se incorporó después de varios minutos. Su cabello estaba algo desordenado y Dino se mordió el interior de la mejilla. Se veía muy tierno así, incluso con la blanca camisa rasgada y manchada de sangre. Quería besarlo.

–Voy a irme a arreglar este asunto –comentó, señalando su camisa–. Tal vez tendrás más trabajo estos días.

Dino se mordió el interior de la mejilla más fuerte aún. Ahora quería besarlo con más ganas, pero lo que hizo fue descubrir un lado de su cuello y ofrecerlo.

–Venías por comida, ¿no?

Kyoya se acercó, sin más miramientos y Dino le acarició el cabello mientras le clavaba los colmillos. Dolía igual que siempre, el mismo intenso ardor esparciéndose por su piel, pero era más fácil de soportar. Dino prefería concentrarse en los labios fríos de Kyoya rozando su cuello, la lengua que como siempre lamió los restos de sangre de su piel. Ah, Dios, quería un beso. ¿Era mucho pedir después de servir como máquina expendedora de sangre? Kyoya se apartó y Dino apoyó las manos en sus hombros, reteniéndolo y moviéndose hacia adelante. Pero no tocó sus labios, en vez de eso, escondió el rostro en el cuello de Kyoya y abrió la boca, hundiendo los dientes en la piel pálida y suave. No era ni cerca lo que quería, pero era algo. Sus labios húmedos sobre piel fría y su lengua apenas rozándola cuando se separó.

–¿Y eso? –preguntó Kyoya.

–Quería saber cómo se sentía. Me has mordido bastantes veces.

Kyoya llevó la mano a su cuello, su rostro dibujando un gesto de extrañeza. Abrió la boca, como si fuera a decir algo, pero desistió y se ocultó bajo las sábanas nuevamente, mientras Dino se moría un poco en el sitio.

–No vas a perder, ¿verdad?

–Claro que no, Haneuma. Voy a deshacerme de las plagas.

Dino sonrió y se llevó las manos a la boca, ahogando sus chillidos, porque no, no acababa de sentirse orgulloso de Kyoya, ni nada parecido. Demonios, quería besarlo tanto... en vez de eso, salió de la habitación y lo dejó dormir. Amanecía, después de todo y tenía cosas que hacer.

–––

Kyoya tuvo razón. Después de su desaparición, las cosas con las que debía luchar sólo se habían incrementado. Dino se tiró a su cama, cansado. Alguien debía transformando a esos vampiros, pero quién... era su culpa no saber, su trabajo aquí era combatir a los vampiros, no pensar constantemente en uno lado. Si era otro vampiro el que estaba convirtiendo, podía ser el enemigo de Kyoya. Y podría lograr que regresara más rápido. Dino hundió el rostro en la almohada. Allí iba otra vez, pensando en el vampiro. Parecía que hubiera regresado a su adolescencia... aunque les tenía miedo a sus compañeros, así que no podía decir que vivió la parte de enamorarse y...

–Espera –dijo en voz alta–. Espera un minuto, Dino Cavallone.

Una cosa era que le gustara el vampiro. Y lo hacía, pero no lo quería. Sólo le gustaba. Le permitía hablar y no tener que vigilar cada cosa que decía y hacía. Y quería besarlo con desesperación, pero era por su bonita cara y sus bonitos ojos y sus labios... sí, eso era. No le diría que no a Kyoya y si tuviera la oportunidad, lo metería en su cama sin pensarlo ni un segundo, pero nada más.

–Es la abstinencia –se dijo a sí mismo. Decidió que era tiempo de hacer su trabajo. Empezando mañana. Después de dormir.

El día siguiente empezó como la mayoría de los días. Una persona desaparecida, ataques en la noche, la rutina. Dino desayunó, mientras pensaba en qué hacer y se cambió, cerrando la iglesia al salir. Tenía un largo día delante.

–Los ataques de vampiros habían disminuido, pero ahora están mucho peor que antes –le comentó el director de la escuela–. Me parece que tendremos que cerrar si siguen así las cosas. Y me parece que se está sobre esforzando.

–No hay problema –contestó Dino–. Pero me gustaría saber si hay alguna conexión entre los chicos perdidos. Así que si pudiera tener sus expedientes... Todos eran de esta escuela, ¿verdad?

El hombre asintió. Dino no les había dicho que muchos de los cadáveres eran vampiros en sí mismos, mejor que siguieran pensando que habían muerto siendo humanos. Se alejó con los expedientes y los leyó en un rincón de la biblioteca, tratando de encontrar alguna pista. Almorzó en la biblioteca y después de eso, se dirigió a la muerte. Sonrió mientras revisaba el último cadáver. En serio, había sido estúpido. Distraído y odiando el tener que hacer este trabajo y había pasado cosas por alto.

Los vampiros no solían morder de forma tan descuidada, apenas que quisieran matar y las cicatrices en los cuellos de los cadáveres eran terribles. Demasiado grandes, no hechas para convertir, sino por alguien muerto de hambre.

–La pregunta es por qué un vampiro muerto de hambre convertiría a otros en vez de alimentarse –se dijo a sí mismo, tamborileando los dedos sobre la mesa.

Cuando salió de la biblioteca, ya era de noche y esta vez, en vez de regresar a la Iglesia, se quedó en un parque cercano, esperando. Todos los ataques empezaban cerca, el problema es que siempre le avisaban cuando el vampiro causante ya había escapado. No pasaron ni dos horas cuando escuchó gritos y se levantó, corriendo en dirección al ruido. Una de las chicas con las que solía conversar en el mercado lo reconoció y le sostuvo de las manos.

–¡Otro ataque! –exclamó.

–Dime de dónde ha venido –pidió Dino. La muchacha señaló a una casa, gritando acerca de cómo conocía al chico que atacaba y Dino maldijo. Era mejor cuando atacaban en la oscuridad y nadie tenía que pasar por ver a sus conocidos convertidos en cosas sedientas de sangre. Ignoró a la chica y corrió hacia la casa, por el momento ignorando el ataque. Le gustaría tener más tiempo y no tanta gente alrededor, pero no podía hacer nada con eso. Observó los edificios alrededor, guardándolos en su memoria para después y tiró el látigo hacia arriba, usándolo para llegar al techo. Por los gritos, el vampiro estaba cerca. Abrió una ventana de un golpe y se lanzó hacia la habitación, esbozando una sonrisa al ver que el vampiro estaba distraído. Bingo. Finalmente. Antes que pudiera reaccionar u olerlo, el látigo se enredó en el cuello del vampiro y Dino lo arrastró hacia atrás, retirando una jeringa de sus jeans e inyectándola en su cuello.

–No se preocupe –le dijo a la aterrorizada mujer que lloraba en un rincón–. No podrá hacerle daño.

–Es mi hermano –murmuró la mujer, entre lágrimas–. ¿Qué le ha pasado?

Dino se mordió la lengua. En serio. Odiaba este trabajo.

–Lo siento –dijo y volvió a saltar por la ventana, llevando al vampiro a cuestas, de regreso a la Iglesia.

Era la segunda vez que tenía un vampiro atado allí, excepto que éste no le importaba en nada. Por supuesto, no quería más muertes, pero era sólo eso. Cualquier persona decente querría que las muertes paren. El vampiro finalmente despertó y Dino observó los ojos rojos y desenfocados, la boca que se volvió una mueca hambrienta con los colmillos visibles y saliva corriendo por su barbilla. El veneno debería calmarlo, si estaba en ese estado, significaba que llevaba días sin comer y para un recién transformado, la sed era incontenible.

–Espero que me seas de utilidad –murmuró–. Oye, ¿puedes entenderme?

El vampiro gruñó en respuesta y Dino maldijo. No creía que esto fuera a funcionar. Observó su muñeca, en el que los colmillos de Kyoya habían dejado una leve cicatriz, dos pequeños puntos blanquecinos en su piel y suspiró. Si no tenía opción... resignando, sacó un cuchillo y un tazón y se hizo un corte en la muñeca, dejando que su sangre fluyera y curando la herida antes de acercarse al vampiro que lo miraba con los ojos abiertos y hambrientos. Dino llevó el tazón hasta su boca y lo ayudó a beber. El vampiro gruñó cuando le alejó el tazón, pero parecía más lúcido.

–Entonces, ¿ya me entiendes? –el vampiro parpadeó, confuso.

–Más... –murmuró. Dino se miró la muñeca, negando con la cabeza.

–Te daré más si me contestas, ¿lo entiendes? –preguntó. El vampiro gruñó enseñando los colmillos y luchando con las ataduras. Era inútil, el veneno lo tendría débil unas horas más–. Mira –dijo Dino llevando el cuchillo a su brazo–. Lo tendrás si contestas.

–Eres el... el sacerdote...

–Muy bien –sonrió–. Y te puedo ayudar, pero necesito saber quién te ha hecho esto.

El vampiro le dirigió una mirada vacía.

–Extranjero... –murmuró.

–¿Un extranjero?

–En el bosque... atado...

Dino frunció el ceño, esta historia se ponía cada vez peor.

–¿En qué parte del bosque?

–El templo, pero... no recuerdo cómo llegué.

–Bueno, es suficiente –comentó. El vampiro alzó los ojos, fijos en su muñeca, lamiéndose los labios. Era una lástima, pero no había forma alguna de regresarle su humanidad. Alzó el látigo y le dio un golpe certero en la garganta, con la suficiente fuerza para partirle los huesos. Tendría que ir al bosque y averiguar, y mientras más rápido terminara, mejor.

–––

El templo estaba abandonado. Cubierto de musgo y flores que crecían salvajes. Dino había escuchado historias en el pueblo, sobre fantasmas y demás, pero sabía de monstruos lo suficiente para no hacerle caso a los fantasmas. Encontró una pared rasguñada y sí, rastros de cadenas y escuchó pasos detrás de él. Se giró, solo para encontrarse con Kyoya malherido caminando hacia él. Estaba peor que la vez pasada, cojeaba de forma visible, la camisa blanca llena de sangre, pero aún llevaba las tonfas y la expresión desafiante en la mirada.

–¿Eres otra de las ilusiones, haneuma?

Dino frunció el ceño. ¿Ilusiones? ¿Un ilusionista? Él conocía a uno. Ah, mierda. Esto era peligroso.

–No –contestó, esperando que Kyoya le creyera. Quería preguntar qué demonios estaba pasando, pero no era el momento.

–Hola, sacerdote –se escuchó otra voz. Kyoya se giró, alzando las tonfas y Dino hizo lo mismo con el látigo. Quien hablaba era un muchacho delgado, con un tridente por arma. Dino logró ver el ojo de otro color, brillando rojo a la distancia. Ése era, entonces–. ¿Has venido a acabar con el vampiro también?

–Sí, de hecho. Aunque el que buscaba ya no está aquí –contestó.

–Ah, sí, ese ya está muerto. Pero creo que acabar con dos sería lo mejor para ti, ¿verdad?

–No interfieras, Haneuma –murmuró Kyoya.

–No creo que estés en posición de...

–Es mi presa –le interrumpió–. Sólo quédate dónde estás.

Kyoya se lanzó hacia adelante y Dino se apoyó en la pared. Intervendría si las cosas iban mal. Observó mientras ambos luchaban, Kyoya atacando y el extraño defendiéndose, hasta que las tuercas cambiaron y Kyoya cayó de rodillas. Dino se puso en guardia por un segundo, pero el ataque del extraño se vio interrumpido cuando Kyoya atacó desde abajo, las estacas de las tonfas haciendo acto de presencia y clavándose en el brazo del muchacho. La otra tonfa se estrelló contra el rostro del muchacho y a eso le siguieron los colmillos, sobre el brazo que sostenía el tridente. Mirándolo pelear desde lejos, Dino suspiró. Kyoya realmente era salvaje. El muchacho trató de quitárselo de encima, pero Kyoya le golpeó la cabeza contra el pavimento, para después caerle encima, al parecer rendido. Dino corrió en su auxilio, usando el látigo para alejar el tridente y conteniendo al muchacho cuando éste trató de patear a un inconsciente Kyoya.

–Pensé que estabas aquí para matarlo –gruñó el muchacho–. ¿No eres un cazador?

–No creo que le deba explicaciones a alguien que causó tantos desastres –replicó Dino–. Dime, ¿quién eres?

–Alguien más dispuesto a hacer tu trabajo que tú –farfulló el chico.

Dino se encogió de hombros, sacó otra jeringa de sus bolsillos y se la inyectó. Lo sentía por él, pero no quería tomar riesgos. Finalmente, se acercó a Kyoya y le dio la vuelta, observando sus heridas. No estaban cerrando como la vez anterior, seguían sangrado y al palpar su cuerpo, notó huesos rotos. Ese chico no estaba tan herido, lo que indicaba que Kyoya no había peleado con él. Suspiró, aliviado, cuando Kyoya abrió los ojos.

–¿Dónde está? –preguntó.

–No te preocupes. Toma, aquí –le mostró el brazo derecho y se lo acercó a los labios entreabiertos de Kyoya–. Bebe y cuéntame qué demonios pasó.

Kyoya obedeció. Dino apartó el brazo cuando empezó a sentirse mareado, preguntándose cuánto tiempo tenía hasta que amaneciera.

–Tenía a un extranjero secuestrado. Otro pura sangre –empezó a contar–, pero no podía controlarlo al completo, así que lo dejó aquí y poseía a los otros para que vinieran y pudieran convertirse.

–¿Luchaste con ese vampiro?

–Lo maté –dijo Kyoya–. Y a los otros también. Los estaba matando de hambre a todos ellos, sólo eran carnada.

–¿Y te dijo por qué?

–¿Importa? Voy a matarlo de todos modos.

Dino suspiró.

–No, no lo harás.

Kyoya se levantó, llevando una mano al costado y clavó sus ojos en él.

–Es mi presa, haneuma.

–Lo siento, pero, ¿puedes dármela?

–¿Por qué?

–Lo enviaré a Italia. Será juzgado y condenado.

–¿Por qué? –exigió Kyoya. Dino decidió ser sincero.

–Porque quiero quedarme aquí –dijo, sentándose en el piso–. Mis superiores no están muy felices conmigo. Después de tantos ataques, si les envío al responsable dejaran de fastidiarme y no me exigirán que me vaya.

Kyoya lo observó como si fuera un bicho raro y Dino sonrió, poniéndose de pie y tomando el rostro de Kyoya entre sus manos. Estaba lleno de sangre goteando desde no frente y, aun así, las ganas locas que tenía de besarlo surgieron.

–¿No lo entiendes, Kyoya? Quiero quedarme contigo un poco más. Quiero quedarme aquí un poco más.

Kyoya le tocó un brazo, indeciso. Dino sabía que esto no era otra de sus insinuaciones estúpidas, otra de sus bromas y sabía que Kyoya lo entendía.

–Has lo que quieras –murmuró y Dino se encontró por tercera vez con un grupo de murciélagos en las manos.

Ah, mierda, pensó, frotándose los ojos. Quería besarlo más que cualquier otra cosa.

Después de eso, lo que siguió fueron dos semanas de limpieza. Encontró el sótano con cadáveres frescos y una nota escrita con la firma de Kyoya indicando que se había encargado de eso. Vampiros dejados sin comer hasta que el hambre los enloquecía y salían a atacar como perros rabiosos. Todos muertos ahora y todos sin saber qué demonios había pasado con ellos. Al menos, él no había tenido que matar a todos esos chicos.

Después, llegar al chico a Italia, regresar a la casa de su infancia que de repente le parecía vacía y solitaria mientras esperaba por un veredicto. Se enteró, mientas estaba allí, que el chico fue usado por una organización criminal de monstruos y los odiaba. Kyoya no era más que su propio experimento matando vampiros. Al menos, pudo mentir y decir que se había escapado y Rokudo Mukuro, ese era el nombre, sería el único responsable de las muertes.

–Podría decirles a todos que te negaste a matar al vampiro –le dijo. Dino estaba de visita en la celda y agradeció no tener que tocar él ese punto. Porque de eso justo quería hablar.

–¿Por qué no lo hiciste? –preguntó.

–Al grano, Haneuma –dijo, en una falsa voz aguda–. Qué ofreces.

–Mi antiguo maestro podría usarte –Dino no veía ningún punto en mentir. Era él quien más quería que esto acabe y regresar a Japón–. Quiere una persona de confianza, al parecer entrena a alguien nuevo. Así que eso ganarías. No vivir en una celda, ser más o menos libre. Y antes que digas algo más, podrías decirle a todo el mundo que no maté al vampiro. Igual te juzgarán. Sigues siendo responsable de todas esas muertes. Pero si no hablas, ambos ganamos.

–¿Y qué te hace pensar que no mataré a ese maestro tuyo?

Dino rio en voz alta. Le encantaría verlo intentarlo. Reborn era un maldito monstruo, más fuerte que el mismo Kyoya.

–Eso sería una sorpresa. Pero él es incluso más fuerte que mi vampiro, ¿sabes?

Mukuro sonrió.

–Tenemos un trato, entonces, Cavallone. Aunque si fuera tú, me cuidaría de apegarme a tu vampiro. Todos ellos son iguales.

–––

Dino se tiró en la cama. Nunca pensó que extrañaría este pequeño cuarto y esta cama, pero lo había hecho. Estar de vuelta era bueno y se puso de mejor humor cuando sintió a Kyoya entrar por la ventana.

–Buenas noches –saludó, incorporándose. Esta vez, Kyoya vestía con un pantalón negro y botas altas, casi hasta la rodilla y una camisa ajustada con los últimos botones abiertos, dejando ver la línea de su cuello y su pecho. Dino se mordió el interior de la mejilla, preguntándose si Kyoya no estaba planeando en secreto matarlo de la frustración.

–Estás de vuelta –dijo Kyoya–. ¿Y Mukuro?

Dino no preguntó cómo supo el nombre. Debía haber averiguado por su lado.

–En buenas manos –contestó. El vampiro se acercó y Dino notó los guantes de cuero negro cubriendo sus dedos–. ¿No te alegra volver a la normalidad?

–¿Qué hay de normal en esta situación? – preguntó Kyoya. Se acomodó entre sus piernas, como había hecho tantas veces antes. Dino llevó las manos a su cintura, tratando de no pensar en su cercanía. Kyoya llevó las manos a su rostro, apartó el pelo de su frente y se inclinó y, por un momento, Dino no fue capaz de procesar qué estaba ocurriendo.

Luego, la realidad lo golpeó. Era Kyoya y sus labios fríos sobre los suyos, moviéndose suavemente, pero con insistencia. Era lo que llevaba meses queriendo probar. Era la lengua de Kyoya lamiendo sus labios cerrados y él reaccionando al fin y abriendo la boca, juntado sus labios entreabiertos, probando el sabor de los labios de Kyoya y el interior de su boca. A diferencia de su piel fría, su boca era cálida. Dino le cogió el cabello, y lo atrajo sólo un poco más, sin dejar de besarlo.

–Como dije –susurró Kyoya, contra sus labios–, no hay nada de normal.

Dino asintió, decidiendo que puestos a pecar, hacerlo de una vez por todas. Retrocedió en la cama, llevando a Kyoya con él, buscando más besos, mordiendo sus labios, hasta que finalmente lo tuvo debajo. Ojos grises fijos en él, y ese rostro del que estaba completa, perdidamente enamorado.

–¿Quieres cambiar el trato, Kyoya?

–No soy un incubo, Cavallone –replicó Kyoya.

–Pero quieres mi sangre. Y yo quiero estar dentro de ti. Abrirte, besarte –murmuró, dejando besos en su mejilla–. Ir tan profundo dentro de ti...

–Sigues diciendo cosas impropias de un sacerdote –Dino sonrió, apartándose un poco y se alarmó al notar la sonrisa burlona en el rostro de Kyoya.

–Oye, espera... –muy tarde, nuevamente tenía murciélagos dónde antes estaba Kyoya y lo vio reaparecer en la ventana.

–Nos vemos, Haneuma –se despidió, desapareciendo otra vez.

–Maldito vampiro –Dino se dejó caer en la cama, frustrado. La próxima vez, le tendería una trampa y no lo dejaría salir de esta habitación hasta que lo tuviera desnudo y jadeando y… ah, mierda. Ahora no sólo quería besarlo.

–––

Dino observó la casa en las afueras del bosque. Ya no le extrañaba que Kyoya desapareciera meses sí y meses no, pero después de besarlo decidió que si la montaña no viene a Mahoma... y allí estaba, después de leer y averiguar sobre posibles lugares, este lugar en apariencia abandonado era uno de los pocos que le quedaba por revisar.

Estaba a punto de forzar la puerta cuando una mano en el hombro lo detuvo.

–¿Ahora también allanas casas ajenas, Haneuma?

–Hola, Kyoya –respondió, sonriendo sin rastro de vergüenza. Se giró y lo enfrentó, contento al ver que esta vez no estaba malherido ni nada por el estilo–. Ya me conoces, como siempre dices, hago cosas impropias de un sacerdote.

–Tienes suerte que me guste tu sangre –comentó, adelantándose unos pasos y abriendo la puerta. Dino lo siguió dentro sin esperar ser invitado, observando el lugar. O lo que podía con la poca iluminación.

–¿Sólo mi sangre? –cuestionó–. Me estás haciendo sentir mal.

–¿Hay otra cosa en ti que me pueda gustar? –Kyoya se acercó a la pared, y Dino lo siguió, apoyando una mano al lado de su cabeza mientras éste encendía las luces.

–Tal vez –murmuró, agachándose–. Si lo pruebas.

Dino se movió, dejando que sus labios rocen la nuca de Kyoya, mordiendo un poco la piel expuesta. Sonrió cuando Kyoya no le respondió con un golpe.

–¿No tienes a nadie más que te ayude con la abstinencia, Haneuma? No me pagas para eso.

–Tú lo dijiste –susurró, besando su cuello–. Contigo puede dejar el acto de buena gente. Por eso también te pago.

Kyoya se giró, y lo observó, ladeando el rostro. Dino se debatió internamente entre ir por ello o esperar algún comentario. Pero ya había roto todas las reglas con él y fue Kyoya quién lo besó primero. Apoyó una mano en su mejilla y se inclinó, rogando al Dios en el que no creía que no se moviera y le dejara tener esto. Kyoya no lo hizo y Dino se encontró con sus labios entreabiertos, su boca dispuesta. Lanzó una plegaria interna de agradecimiento a quién sea que lo hubiera escuchado.

Sintió las manos de Kyoya en su cintura, los colmillos rozar su lengua y jadeó, empujándolo contra la pared, metiendo una pierna entre las de Kyoya. Kyoya respondió moviendo el rostro hacia su cuello y Dino lo dejó, usando las manos para forzar la camisa fuera de los pantalones, acariciando su espalda fría mientras Kyoya hundía los colmillos en su cuello. El dolor lo paralizó por un momento, pero no evitó que lo siguiera tocando, concentrado en el cuerpo entre sus brazos y no en la sangre siendo drenada de su cuerpo.

–¿Sabes que duele como el infierno? –comentó. Prefería tener esa boca sobre la suya y no mordiéndole. Kyoya se detuvo, lamiendo su cuello.

–Si voy a ver qué más en ti me puede gustar, debo comparar sabores, ¿no?

Dino se detuvo un momento, sin entender y sintió su cerebro hacer cortocircuito cuando Kyoya se arrodilló y le abrió los pantalones sin ningún miramiento. No es que se quejara, pero era demasiado para procesar. Él había imaginado un largo proceso antes de siquiera pensar en...

–¿Estás muerto, Haneuma? –se burló Kyoya. Dino volvió en sí, esbozando una sonrisa nerviosa.

–Un poco, creo –admitió. Kyoya bufó, rodando los ojos antes de abrir los labios y acerca su boca a la erección palpitante de Dino. Sólo en el último momento se le ocurrió pensar en el par de colmillos afilados y en lo peligroso que era hacer esto, pero Kyoya ya tenía la cabeza de su miembro en la boca, usando una mano para apartarse el pelo del rostro y la otra para sostenerse de las caderas de Dino.

Dino no quería correrse tan rápido, pero la visión de Kyoya engullendo su miembro de a pocos, la lengua, la sensación caliente dentro de su boca y sus ojos cerrados como si estuviera saboreando... embistió sin querer, causando que Kyoya se detenga, le dejara libre y le enseñara los colmillos.

–Quieto, haneuma –advirtió, pasando la lengua por sus colmillos. Dino tragó saliva. No debería encontrar la implícita amenaza sexy, pero lo hacía y asintió sin atreverse a responder.

–Buen chico –murmuró Kyoya. Dino se dijo a sí mismo que no se había imaginado como un buen caballo domado, sólo para mantener la dignidad.

Kyoya se inclinó otra vez, esta vez lamiendo primero. Dino apoyó las manos en la pared, usando toda su fuerza de voluntad para permanecer quieto y disfrutar el espectáculo, pero era muy difícil cuando Kyoya decidió succionar la cabeza de su miembro, gimiendo en voz baja. Ah, mierda, quería follárselo, no sólo estar allí de pie, aguantando las ganas de embestir en su boca, llegar hasta su garganta, hacerlo llorar un poco... Kyoya pareció sentir su frustración porque alzó los ojos y sus labios esbozaron una sonrisa, todavía con el miembro en su boca. Sin dejar de mirarlo, se inclinó hacia adelante, haciendo que Dino gimiera, y luego retrocedió con lentitud, dejando que el miembro de Dino abandonara sus labios. Y luego se puso de pie, como si nada.

–Tu sangre sabe mejor –le dijo, llevando un dedo a sus labios.

–No te atrevas a... –muy tarde, desapareció. Dino maldijo en voz alta. Los murciélagos se alejaron y Dino se preguntó si debía seguirlo. Pero primero, apretó los dedos en su miembro, masturbándose con el recuerdo de Kyoya de rodillas, la boca que todavía quería besar, su sonrisa de burla, y se corrió entre sus dedos. No se molestó en limpiar el desastre en la pared antes de irse. Si Kyoya podía dejarlo a medias, él también podía dejar sucia su casa.

–––

Dino suspiró, quitándose las gafas que sólo usaba de vez en cuando. Kyoya nuevamente llevaba semanas sin aparecer y él tampoco iba a buscarlo, en especial porque los ancianos de la familia Cavallone ya estaban pidiendo su cabeza. No era algo en lo que quisiera pensar y en vez de eso, se tocó el cuello, en donde las marcas de los colmillos ya habían desaparecido. Que no bebiera su sangre indicaba que bebía de otros y sólo en la mañana, Dino encontró el cuerpo de un ladrón drenado y con las características marcas de colmillos en el cuello. Mientras observaba cómo la policía se llevaba el cadáver, se dijo a sí mismo que no estaba sintiendo una pizca de celos ni que estaba extrañando esas mismas marcas (y el dolor ardiente que venía con ellas y los labios fríos y la lengua húmeda) sobre su cuello. Tal vez debía tomar una decisión y dejar de vivir en esta especie de limbo, por mucho que le gustara mantener las cosas así. Sin que pasara nada grave, sin tener que regresar a casa y ser enviado a asesinar más cosas... y sí, con Kyoya en su ventana, escuchándolo hablar si no podía hacer otra cosa.

Escuchó ruido y sonrió, sin alzar la vista. Ya conocía los pasos de su dolor de cabeza favorito.

–Haneuma –saludó Kyoya, dejándose caer en el sofá. Dino regresó a mirarlo. Estaba sentado de lado, con las piernas subidas en el brazo del sofá, y había un pequeño pájaro parado en la punta del zapato. Dino parpadeó, pero decidió ignorar al animal–. Hoy no pareces un sacerdote.

Dino miró su camiseta. Vestía una sin mangas, desteñida por el uso, y llevaba el cabello desordenado. Suponía que para Kyoya era un look extraño.

–No es como que deba usar sotana todo el día –comentó–. ¿A qué has venido?

–¿No estás feliz de verme? –comentó Kyoya, burlón–. ¿Pasó algo, Haneuma?

Dino se encogió de hombros.

–No mucho, excepto que me están exigiendo que te mate.

Kyoya no reaccionó con más que una pequeña risa.

–Eso sería divertido, ¿lo vas a intentar?

–Debería –murmuró Dino–. Pero ya dejamos claro que no quiero matarte.

Kyoya giró el rostro hacia él.

–No entiendo por qué –dijo, y Dino sonrió–. Tú no me conoces. ¿Qué quieres de mí, exactamente?

Eso era cierto, pensó Dino. No sabía más que su nombre, dónde vivía y que se divertía con él. Decir que lo quería sería exagerado.

–No, es cierto. Pero... –se levantó y se acercó al sofá, inclinándose sobre Kyoya, apoyando una mano en el respaldar–. Soy un cazador, después de todo. Es lógico que quiera atrapar a mi presa y ponerla en una jaula.

–Y yo soy un depredador. Lo único lógico de hacer con mis presas es que las devore.

–Puedes devorarme en cualquier momento –dijo, medio en broma y para quitarle seriedad al asunto, llevó una mano a la cremallera de sus jeans–. Puedes comerme, si quieres.

Kyoya lo ignoró.

–Entonces, eso quieres, ¿atraparme?

–Atraparte, tenerte –dijo Dino, acercando el rostro al de Kyoya–. Sí, eso quiero.

Kyoya pareció considerar sus palabras. De repente elevó una mano, tomando un mechón de cabello rubio entre sus dedos.

–Esto me gusta –murmuró–. El color.

Dino le rozó los labios con un dedo, preguntándose si ya podía besarlo. Kyoya abrió la boca y lo lamió, y Dino observó mientras uno de los colmillos rozaba su dedo y le abría la piel. Kyoya chupó la sangre, y Dino le recorrió los labios con el dedo herido, pintándolos de rojo. Kyoya alzó la cabeza al mismo que él se inclinaba, ambos encontrándose a medio camino. Dino saboreó su propia sangre en los labios de Kyoya, y no le importó en absoluto.

Kyoya se incorporó sin dejar de besarle, se puso de rodillas sobre el sofá y le rodeó el cuello con los brazos mientras Dino se alejaba de su boca para besar su mejilla.

–Entonces, es un trato –susurró Kyoya, enredando los dedos en su cabello y tirando de él, causando que Dino se alejara reluctante de su piel.

–Trató –repitió, abriéndole los pantalones y metiendo las manos dentro. De alguna manera, terminó sentado el sofá, sin camiseta y con los jeans enredados en los tobillos, con Kyoya sobre él, desnudo bajo la luz pálida de las luces de su habitación. Dino lo observó, mordiéndose los labios mientras introducía un dedo tras otro en su cuerpo y Kyoya siseaba, moviéndose lentamente con los ojos apretados y los colmillos clavados en sus propios labios. Dino le abrió los labios con la lengua y lo besó, acariciando su rostro con la mano libre, hasta que consideró que estaba listo y se alejó, introduciendo un par de dedos en su boca que Kyoya lamió y mordió, rasgando la piel con los colmillos mientras Dino reemplazaba los dedos en su interior con su miembro, penetrando suave y lentamente. Kyoya gimió, echando la cabeza hacia atrás, mientras Dino se introducía en él, poco a poco hasta que no pudo ir más adentro.

–¿Estás bien? –preguntó, besando sus hombros. Kyoya suspiró y se movió un poco, jadeando cada vez que lo hacía. Sus uñas se clavaron en la espalda y Dino supuso que tendría más que un rasguño al día siguiente. En respuesta, elevó las caderas y empezó a embestir, las manos en la cintura de Kyoya para ayudarlo a moverse.

–Haneuma –jadeó Kyoya contra su cuello, antes de morderlo y hundir los colmillos. En otras circunstancias, el dolor le habría hecho perder su erección al segundo, pero esta vez sólo se mezcló con las sensaciones, el interior de Kyoya apretándole, tan suave y caliente, sus gemidos ahogados... el dolor sólo logró que se sintiera más excitado, al borde del orgasmo, y embistió, perdiendo el ritmo, apretando a Kyoya contra su cuerpo. Sintió a Kyoya temblar y correrse, todavía con los dientes clavados en su cuello y cuando los retiró, la visión de sus ojos nublados por el placer, labios rojos de su sangre le hizo terminar dentro, embistiendo mientras se corría, obligando a Kyoya a moverse con él.

–Dino... –jadeó Kyoya. Dino lo beso, sintiéndose mareado y se quedó quieto, respirando sobre su boca.

–¿Me llamaste por mi nombre? –preguntó sin poder evitar la sonrisa de burla que se dibujó en sus labios–. De haberlo sabido...

–No completas esa frase, Haneuma –le cortó Kyoya. Dino aún estaba dentro de su cuerpo y no tenía ganas de dejar de estarlo, aunque el sofá era incómodo.

–¿Segunda ronda en la cama? –preguntó, dibujando círculos en la espalda de Kyoya.

–¿Tienes sangre suficiente para eso? –preguntó. Dino lo pensó. No se sentía tan mal y Kyoya no había bebido tanto. Y si no, bueno, averiguarlo sería divertido.

–Averigüémoslo –murmuró.

Dino no esperaba, la mañana siguiente, encontrar a Kyoya todavía en su cama. Dormía desnudo sobre las sábanas, en el cuarto a oscuras. Kyoya debía haber cubierto las ventanas antes de dormir porque Dino no recordaba haberlo hecho. Se acomodó un poco, pero le dolía el cuello, Kyoya lo había mordido más de una vez la noche pasada, cuidando de no tomar demasiado y ahora tenía una colección de heridas con la marca de sus colmillos cubriendo ambos lados de su cuello.

Lo sintió despertar y ponerse de espaldas, y le sonrió.

–Buenos días –saludó. Kyoya le observó un momento y cerró los ojos, sin responder. Sobre el sofá, Dino notó al pájaro. Lo había olvidado por completo–. ¿Qué diablos pasa con el pájaro?

Kyoya abrió los ojos, alzando una mano.

–Ven aquí –dijo. El pájaro voló hacia su mano y se posó en ella. Dino lo observó, sorprendido.

–No sabía que podían tener mascotas –comentó, observando al pequeño pájaro que pronto decidió volar por la habitación–. ¿Tiene nombre?

–Hibird –respondió Kyoya. Dino lo miró, esperando que le dijera que era una broma. Pero no, Kyoya no solía bromear así. Trató de aguantar la risa, sin éxito.

–¿En serio? ¿Hibird?

–Yo no se lo puse –Kyoya se cruzó de brazos y se incorporó, buscando su ropa con los ojos–. Fue una mujer algo tonta. Pero se quedó con el nombre.

La sonrisa de Dino se borró de sus labios. ¿Una mujer? ¿Vampiro, humana? ¿Podía preguntar?

–Celoso, ¿Cavallone? –Dino no lo negó. Kyoya suspiró, antes de seguir hablando–. Es sólo un incordio, una pacifista entre los nuestros.

–¿Hay pacifistas entre los vampiros? –preguntó, curioso. El sexo parecía haber vuelto parlanchín a Kyoya y pensaba aprovecharlo–. Eso no me lo hubiera imaginado.

–Hay, unos pocos. Son los que menos se mueven y los más débiles. Pueden seguir viviendo, pero nada más. Sólo los de mi clase pueden serlo. Los que se transforman, se vuelven locos sin la sangre.

–Pero el sangre pura que Mukuro atrapó estaba hambriento.

–No todos pueden vivir sin beber. La mayoría de nosotros la necesitamos –explicó Kyoya–, si dejara de alimentarme, me volvería igual. Pero si lo decidiera y entrenara, tal vez podría resistir la sed.

–Supongo que no pueden evitar ser lo que son –comentó Dino, acariciando su abdomen. Kyoya rozó el dorso de la mano que lo acariciaba, siguiendo las líneas del tatuaje.

–Eso es cierto. Tú tampoco puedes, Cavallone –Dino observó los dedos subir por su brazo, dibujando las cadenas tatuadas en su piel–. Esto es lo que eres.

Dino esbozó una sonrisa vacía. En realidad, odiaba ese tatuaje. Significaba precisamente eso, la incapacidad de escapar de su destino, por más que lo había intentado. Su padre no tuvo ningún otro hijo al que heredarle la carga y aunque lo hubiera tenido, cada uno de ellos habría sido marcado con esto sobre su piel. Uno de sus ancestros, hace muchos años, prometió luchar contra los vampiros y a cambio de su fuerza, ofreció a todos sus descendientes. Todos ellos estaban malditos, y se suponía que él se uniera a alguna chica y tuviera al siguiente en la línea.

–Aunque siempre puedes decirme que corte estas cadenas –agregó Kyoya, haciendo un pequeño corte con sus uñas en la piel de su brazo, sobre una de las cadenas del tatuaje–. Serías interesante de ver como vampiro. No creo que nadie haya transformado un cazador antes.

–Ya te dije, no me interesa matar a otras personas para sobrevivir –le tomó la mano y se la llevó a los labios, besando los dedos de Kyoya –. Esto está bien para mí –apretó la mano de Kyoya entre sus dedos, antes de agregar –, y no te atrevas a desaparecer hoy. Quiero tenerte todo un día para mí.

–¿Planeas enjaularme, Cavallone?

Dino sonrió, moviéndose para quedar sobre el vampiro, apresándolo entre la cama y su cuerpo. Se inclinó, rozando la boca de Kyoya con sus labios.

–Así es –admitió–. Sólo un poco.


Notas finales: Estoy trabajando en una continuación de esto, porque el vicio... ¿verá la luz? ¿tendrá sentido? No lo sé xD. Pero, hey, me divierte y eso es algo xD