Era tarde pero no hacía frío, al contrario; el bochorno del verano sumado a lo que estaba pasando, hacía que sintiera como si su piel estuviera ardiendo. Notar aquella mano agarrándole el antebrazo, quizás con más fuerza de la necesaria, no ayudaba a bajarle el calor. Se quedó de espaldas a él, deteniendo su paso de golpe.

— Suéltame. – la palabra salió escopeteada de sus labios, antes de que fuera siquiera capaz de procesar aquel gesto.

— ¿A dónde vas? – contestó casi tan rápido como lo había hecho el otro, sin moverse ni un centímetro.

— Suéltame. – repitió lo mismo más despacio, remarcando todas y cada una de las sílabas.

— No hasta que me digas qué mierdas te pasa. – sintió los músculos del pelirrosa tensionarse bajo su mano.

A diferencia de lo que el de ojos azafranados pensó en un principio, no se tensó por nerviosismo o incomodidad, sino porque iba a moverse. Antes de que pudiera darse cuenta, un inesperado dolor se instaló en su pie, centrándose en los dedos de este; efectivamente, le había pisado. Como es lógico, se echó para atrás por puro reflejo a la vez que un quejido salía desde su garganta, alejándose de su acompañante en el proceso.

— Pero, ¿de qué vas? – obviamente, su voz no sonaba precisamente feliz, entre otras cosas porque el pie todavía le dolía.

— Te lo he pedido primero, eres tú el que no me ha hecho caso. – retomó su camino cuando aún estaba hablando, convenciéndose de que quería irse de allí cuanto antes. Eventualmente comenzó a correr, huyendo por la que consideró la vía más rápida.

— ¡Kirino! – oyó la voz de Tsurugi llamándole un par de veces más, junto con unos pasos tan acelerados como los suyos propios a su espalda.

Por suerte, el ojiazul era más rápido. Corrió por las calles de la ciudad sabiendo que no podía girarse a mirarlo porque, si lo hacía, se detendría y ya no habría vuelta atrás. Ese ciclo sin fin regresaría, y esa tortura volvería a empezar.

Para entender lo que acababa de pasar, debía dejar que su mente volviera unas cuantas semanas atrás, al inicio de todo…


Había estado lloviendo casi toda la tarde, por lo que las calles estaban mojadas. Era tarde, las dos y pico de la mañana; y ahí estaba él, con la todavía presente humedad calándole los huesos. ¿Por qué estaba en medio de la calle a esa hora? Aquella era realmente una buena pregunta. Hacía como media hora, había recibido una llamada teóricamente importantísima, hecha por un aparentemente preocupado Tsurugi, que le pedía que se reuniera con él inmediatamente.

Por suerte o por desgracia, ninguno de sus padres estaba en casa y pudo salir sin problemas. Según le habían dicho, tenían una cena en casa de unos amigos y, como pasaba siempre, estaba seguro que no volverían hasta muy tarde.

Volviendo a su situación, estaba parado frente a la entrada de un club de dudosa reputación, al que no estaba muy seguro de querer entrar. Si supiera qué era eso tan urgente de lo que le había hablado su… ¿amigo? Sí, amigo, quizás decidiría qué hacer.

— Niño – no dudó de que esa voz iba dirigida a él –. O entras o sales, pero no te quedes en medio.

Murmuró una disculpa o algo que se le parecía antes de entrar al ya mencionado antro, incluso menos seguro de lo que estaba unos segundos atrás.

La música le golpeó nada más entrar, estaba a un volumen altísimo; no pudo evitar preguntarse cómo se enterarían los empleados de la barra de lo que los clientes pedían. Otra cosa que no le resultó demasiado agradable fueron las luces, de tonalidades azules y violetas, que apuntaban a todas partes y le cegaban cuando se cruzaban con sus ojos. El olor a alcohol tampoco ayudaba a mejor el ambiente, especialmente para alguien que, como él, no estaba para nada acostumbrado.

Trató de buscar con la mirada a Tsurugi entre toda la gente bailando, obviamente consiguió poco, porque entre las luces que le confundían y todos esos cuerpos moviéndose, era bastante complicado encontrar a nadie allí. Tras un par de inútiles minutos, decidió que lo mejor sería empezar a buscar por otra parte. Se acercó a la barra, donde, a parte de ofrecimientos y comentarios que optó por ignorar, tampoco sacó nada en claro. Con esos antecedentes, acabó por irse a unas mesas con sillas y sofás algo más alejadas de la pista y los altavoces, desde donde le sería más fácil – y especialmente más tranquilo – seguir con su búsqueda. No tuvo que esforzarse mucho, pues como si se tratara del destino, el chico de ojos azafranados que le había hecho ir hacia allí apareció en la mesa más alejada de todas, con un aspecto bastante más calmado de lo que cabría esperar después de su llamada.

— Tsurugi – suerte que estaban lejos del centro neurálgico del club, porque si no habría tenido que gritar a todo pulmón para que se le oyera por encima de la música –. He estado un buen rato buscándote. – se cruzó de brazos con un gesto de molestia, al menos podría haberle dicho en qué parte de la discoteca estaría para no hacerle perder el tiempo paseándose por ahí.

— ¿Kirino? ¿Qué haces aquí? – arqueó las cejas para después fruncir el ceño, algo no le cuadraba.

— ¿Perdona? Pero si me has llamado tú para que viniera. – ¿le estaba tomando el pelo? Porque si era así no le hacía nada de gracia.

— Sí, pero luego te he enviado un montón de mensajes diciéndote que no hacía falta, que al final era una falsa alarma. – no pudo evitar sonreír un poco, que hubiera venido a pesar de lo que le había dicho tenía su gracia.

— ¿Eh? Eso no puede ser, me habría dado cuenta antes de-… Oh. – había sacado su móvil para comprobarlo a medida que hablaba, dándose cuenta de que Tsurugi tenía razón y callándose en el proceso.

Una pequeña risa mezclada con un suspiro escapó de los labios del pelimorado, divertido ante la situación:

— Vamos, siéntate; voy a invitarte a algo como disculpa por hacerte venir hasta aquí. – le ofreció el sitio en el que él mismo había estado, a la vez que se levantaba de ese sofá, que tenía aspecto de ser bastante cómodo.

— Está bien. – se sentó sin pensárselo dos veces, le pareció un gesto bastante bonito por parte del menor.

...

Ese vaso era ya el… ¿tercero? ¿Cuarto? Tampoco lo tenía del todo claro. No podía evitar seguir bebiendo, ese dulce sabor afrutado con un ligero toque amargo, que parecía quemar al descender por su garganta, tenía un efecto adictivo.

— Este refresco está muy bueno, ¿cómo se llama? - ¿era él o su voz había sonado algo más lenta de lo habitual? Seguramente solo eran imaginaciones suyas…

— ¿El refresco, dices? Pues no sé exactamente cuál lleva… - porque sí, eso que le había dado llevaba algo de refresco, al igual que llevaba fruta. Todo eso era necesario para disimular el de entrada mal sabor del alcohol que, por supuesto, esa combinación tenía.

— ¡Voy a preguntarle al camarero! – en ese momento, le pareció una idea maravillosa; digna de un genio, vamos.

Al levantarse de golpe, su alrededor dio una vuelta más de lo normal; habría caído a donde estaba sentado momentos atrás de no ser por Tsurugi, que le sostuvo muy amablemente, agarrándole del hombro y la parte baja de la espalda para evitar que perdiera el equilibrio.

— Cuidado, que no vas muy fino. – y eso era, en parte, culpa suya. Puede que no le dijera que contenía exactamente esa bebida que le estaba dando, pero es que realmente tenía curiosidad por ver al pelirrosa yendo contentillo.

— Tsurugi… - al verle tan cerca, se dio cuenta de algo bastante evidente – Eres muy guapo. – es que lo era; aunque llevaba un peinado así un poco abstracto, tenía una cara bonita y atractiva.

— Ah… Gracias, tú también. – al principio se sorprendió un poco por ese comentario, pero enseguida sonrió; no se esperaba que Kirino fuera ese tipo de persona cuando bebía.

— No, en serio – se lo miró de arriba abajo, porque en ese momento vergüenza poca –. Y encima estás bueno.

Tsurugi tuvo que contener la risa, el de ojos cian era más interesante de lo que creía.

— Vaya, me alegro de que pienses eso. – notó como el pelirrosa se apoyaba más en él, recargando parte de su peso; tampoco se quejó, pues mentiría si dijera que no le gustaba la cercanía del defensa.

— Es que mira – se giró para quedar cara a cara con el otro chico, y acto seguido empezó a pasar sus manos por los hombros, brazos y pecho de este, apretando un poco –. Estás duro por todas partes.

— Ni te imaginas cuanto como no te estés quietecito. – advirtió al notar que los gestos del mayor ya le estaban provocando un agradable cosquilleo que se instalaba en todas las partes que sus manos rozaban; y vamos a ver, que él de piedra pues tampoco era.

El ojiazul abrió los ojos con impresión, había pillado lo que quería decir. Dejó de mover las manos, pero no las apartó, dejando una en el hombro – casi cuello – de Tsurugi y la otra en su pecho.

El siguiente movimiento de Kirino dejó al pelimorado descolocado: sin previo aviso, se apegó bastante, por no decir mucho, al cuerpo del delantero, casi tirándosele encima.

— ¿Mejor así? No me estoy moviendo. – sonrió, para después sacarle la lengua y reafirmarse en su diversión; porque sí, en ese momento hacer aquello le parecía muy divertido.

Como ya hemos dicho, Tsurugi no era inmune a los encantos del defensa, y si a eso le sumamos que ya hacía un tiempo que estaba interesado en él… Le dio la impresión de que el mayor quería provocarle y, por supuestísimo, no iba a quedarse sin hacer nada al respecto.

A la vez que le abrazaba por la cintura, se tiró a los labios de Kirino sin pensárselo dos veces, pillándole por sorpresa (aunque este estaba más que encantado con la acción del menor). Que el ojiazul estuviera sacando la lengua justo antes no hizo más que mejorar la situación, pues el pelimorado no tuvo que esforzarse nada para profundizar el beso.

De un momento a otro estaban sentados de nuevo, con Tsurugi en el sofá y Kirino encima de él, en su regazo. Cómo habían pasado de estar de pie a esa posición era un misterio que ninguno de los dos iba a pararse a resolver en ese momento.

El pelirrosa podía sentir como la lengua del delantero se movía por toda su boca, llegando a puntos hasta entonces desconocidos incluso para él mismo. Se notaba que, a diferencia de lo que pasaba con él, el menor tenía experiencia y sabía lo que se hacía. Sus labios eran voraces y atrevidos, con ese sabor agridulce que le encantaba.

Todo pareció difuminarse a su alrededor, las luces se veían lejanas y la música no era más que un eco. Seguramente en otro momento se hubiera sentido cohibido con toda esa gente a su alrededor, sabiendo que todos podían verlos en esa situación tan comprometida; pero en aquel momento no podía importarle menos.

Lo único que le importaba era ese beso.

La realidad le golpeó como una maza cuando Tsurugi se separó de él en busca de aire, cosa que no le fue mal a ninguno de los dos. No tuvo tiempo de asimilar lo que estaba pasando cuando volvió a sentir los labios del pelimorado, en su cuello esta vez.

Inclinó la cabeza para darle más espacio, sintiendo cada uno de los húmedos besos que descendían desde casi su oreja derecha hasta la base de su cuello, y notando el cosquilleo que le provocaba la nariz del delantero al moverse por una zona tan sensible.

Kirino estaba hecho un desastre entre suspiros y pequeñas exclamaciones en forma de "mmm". Agarró la camiseta de Tsurugi con fuerza y se relamió los labios, cerrando los ojos para poder concentrarse más en aquellas maravillosas sensaciones.

El sonido de cristales rotos hizo que se separaran, bastante en contra de lo que les gustaría. El pelirrosa aún tardó varios segundos a reunir la fuerza de voluntad suficiente para levantarse; la misma fuerza que el menor fue incapaz de encontrar al momento de alejarse de Kirino, dejando sus manos donde estaban.

No tardaron en descubrir que ese ruido venía de una mesa no muy lejana, donde un cliente que había bebido más de lo que debía estaba armando un escándalo. Tsurugi sabía muy bien que ese tipo de situaciones podían descontrolarse muy rápidamente, así que quedarse allí no le pareció la mejor opción. Tomó a Kirino por la muñeca, teniendo que soltar su cintura en el proceso, y tiró de él para sacarles a ambos de ahí. El ojiazul pareció entender lo que pasaba, porque no dijo nada al respecto ni preguntó adónde iban, sino que se limitó a seguirle hasta que estuvieron fuera.

La humedad y el viento de la calle le fueron muy bien para despejarse un poco, el no estar acostumbrado a beber alcohol le estaba haciendo mella en ese momento. Vio que el otro chico le decía algo, pero fue incapaz de oírle; la música estaba demasiado alta ahí dentro como para enterarse de nada después de tanto tiempo escuchándola.

— ¡La hora! – cayó de golpe el pelirrosa – ¿Qué hora es? – hablaba casi a gritos, pero lo hacía de forma inconsciente.

Al ver que no podía oírle bien, Tsurugi le enseñó la pantalla del móvil con un gran "4:27" en esta. Como sus padres llegaran a casa y vieran que no estaba, se la cargaría. Aunque sabía que era peligroso ir por la ciudad a esas horas, se despidió lo más rápido que pudo – como si no hubiera pasado nada entre ellos unos minutos atrás – y echó a correr hacia su casa como alma que lleva el diablo.

Cuando llegó, abrió la puerta deseando que nadie estuviera esperándole dentro. Tuvo la suerte de que todavía no habían llegado y se fue directo a su habitación. Ahora que ya estaba más tranquilo y el efecto del alcohol había desaparecido casi completamente, todo lo sucedido esa noche le vino a la cabeza de golpe. ¿De verdad había hecho eso con Tsurugi? ¿No se lo había imaginado o algo? Se tocó los labios aún un poco hinchados, definitivamente había pasado.

Se tumbó en la cama y cerró los ojos, consciente de lo mucho que le costaría dormir esa noche. Ni siquiera se cambió de ropa, se le había olvidado que aún iba vestido de calle, pues su mente no le dejaba concentrarse en nada que no fuera Tsurugi.

Definitivamente, si algo había aprendido Kirino Ranmaru esa noche era que, cuando bebía, su vergüenza desaparecía y eso le hacía pasárselo muy bien.


Suspiró con cansancio y se frotó los ojos, no estaba entendiendo nada de la clase. La noche anterior había vuelto a quedar con Tsurugi, hacía ya un tiempo que salían algunas noches, desde lo que pasó aquel día en el club. No sabía si estaban en la segunda o la tercera clase, pero él habría jurado que llevaban diez horas escuchando al mismo profesor hablando como un loro. Bostezó y, cuando volvió a abrir los ojos, pudo ver como el maestro recogía sus cosas por fin. Se fue del salón y la entrada de la profesora Haruna le confirmó que, desafortunadamente, solo habían pasado dos horas de clases.

Dejó caer la cabeza encima de los libros, luchando por mantener los ojos abiertos. Lo único que le hacía no tirarse por la ventana era el pensamiento de que al llegar a casa podría pasarse toda la tarde – y posiblemente noche – durmiendo. Levantó la cabeza cuando notó que Shindou, su compañero de pupitre, le daba unos golpecitos con el codo; para después encontrarse a la profesora Haruna justo delante de él. Se irguió de golpe, casi cayéndose para atrás al hacerlo.

— ¿Te encuentras bien? – en vez de reñirle, le preguntó aquello con voz preocupada.

— Sí, no se preocupe. – casi suspiró de alivio al ver que la maestra no se había molestado.

— ¿Estás seguro? Pareces bastante cansado. – insistió un poco más, la salud de sus alumnos era más importante que las clases.

— No he podido dormir mucho, eso es todo. – le mostró una sonrisa cansada que intentaba ser tranquilizadora.

— Ve a la enfermería y descansa un poco, no sirve de nada que te quedes aquí si no puedes concentrarte. – habló con suavidad y le devolvió la sonrisa, consiguiendo que Kirino quisiera construirle un pedestal a modo de agradecimiento.

Le dio las gracias y se dirigió a la enfermería, sintiéndose mejor con cada paso que daba (más que nada porque la idea de dormir un rato se le antojaba maravillosa). Al llegar, como era común en su instituto, la sala estaba vacía. Se dirigió directamente a una de las camillas y cerró los ojos, quedándose dormido en el instante que su cabeza tocó el cojín.

...

"Kirino…"

Oír su nombre tan cerca de su oído, en ese suave susurro, le pareció muy agradable. Empezó a sentir aquella cálida caricia en su mejilla, obligándole a centrarse en la imagen que tenía delante. El rostro de Tsurugi fue apareciendo lentamente con más claridad, siendo eso lo único que los ojos del defensa pudieron enfocar durante unos largos segundos. Cuando fue capaz de apartar la mirada y fijarse en su alrededor, todo se veía tan difuso y distante que una certeza apareció en su mente: eso era un sueño, un sueño en el que Tsurugi se había adentrado.

Y, si era un sueño, daba igual lo que hiciera, ¿verdad?

Con eso en mente, estiró los brazos hasta alcanzar el cuello de la camiseta del menor y tirar de ella hacia abajo. Los ojos del pelimorado se abrieron con impresión, pero le dio igual. Finalmente, sus bocas se juntaron, besándose despacio. Sus labios ya no tenían ese toque amargante, ni tampoco dulce de otras veces; eran salados y totalmente deliciosos.

Le costó un buen rato ser consciente de que aquello se sentía demasiado… real. Estaba notando las cosas de una forma mucho más intensa de lo que cabría esperar en un sueño. Cuando por fin relacionó conceptos, se separó de golpe, completamente rojo.

— ¡Lo siento mucho! Pensaba que… – se incorporó, preguntándose cómo explicar eso sin quedar como un idiota.

Para su sorpresa, la reacción de Tsurugi fue muy diferente a lo que esperaba. Cuando quiso darse cuenta, el delantero le había puesto una mano en la nuca y le estaba besando de vuelta. Le lamió los labios, pero, cuando abrió la boca para dejarle pasar, se separó unos pocos centímetros.

— Si siempre te despiertas así, me aseguraré de no dejarte dormir solo. – sus labios se rozaron al hablar.

No le dio tiempo a contestar cuando ya le estaba volviendo a besar. Kirino subió las manos hasta las mejillas del otro y correspondió a sus movimientos, abriendo la boca para que el pelimorado tuviera vía libre con su lengua (cosa que, por supuesto, no desaprovechó). Se separaron, dejando un poco más de distancia entre sus labios que anteriormente.

— ¿Qué haces aquí? – fue el turno de Kirino de preguntar.

— Te estaba buscando. – se sentó en el extremo de la cama, mirando al mayor y volviendo a acercarse a él, acortando la distancia hasta darle un beso más corto que los anteriores.

No tendría sentido preguntar cómo sabía dónde estaba, pues era plenamente consciente de que Tsurugi podía tener toda la información que quisiera y más, al menos en el instituto.

— ¿Y tú, qué haces aquí? – el de ojos anaranjados se separó otra vez para hablar.

— Tenía sueño… - le costaba concentrase en decir algo con sentido - ¿Cómo puedes aguantar este ritmo todas las noches?

Escuchó una muy leve risita por parte del menor, notando como se acercaba a su oído para susurrarle:

— Con mucha práctica…

Lo siguiente que sintió fue la lengua de Tsurugi en su oreja, lamiéndole el lóbulo con lentitud, tanta que resultaba desesperante. No pudo evitar cerrar los ojos y suspirar, a la vez que un delicioso escalofrío le recorría la espalda. La lengua del delantero se movió por la mejilla del pelirrosa hasta llegar a sus labios, con lo que se entretuvo un rato antes de besarle de nuevo.

— Mgh-… – fue la reacción de Kirino al notar los atrevidos movimientos de la lengua intrusa que, ahora que tenía los sentidos a pleno rendimiento, notó aún más que la noche anterior.

Tsurugi fue echándose sobre él muy despacio, tanto que no se dio cuenta de ello hasta que lo tuvo completamente encima. Notó como una de las piernas del menor se colaba entre las suyas propias para separarlas y meterse entre ellas, reduciendo así la distancia de sus cuerpos a cero.

Sentía como una parte en especial de su cuerpo empezaba a alegrarse demasiado por esa posición y los gestos del pelimorado, estaba seguro de que la cercanía entre ambos haría que su "amigo" se diera cuenta rápidamente de lo que sucedía. La pequeña risita que se le escapó al delantero se lo confirmó.

— Te veo contento… – canturreó encima de los labios del mayor, casi besándole a la vez que hablaba.

— Cállate. – inició un nuevo beso del que intentó llevar el control, fallando ante la técnica de Tsurugi.

Lo siguiente que notó fueron unas hábiles manos levantándole la camiseta, subiéndola despacio hasta pasarla por su cabeza, dejando así su torso al descubierto; por otra parte, el pelimorado no le dejó sacar los brazos y los dejó atrapados dentro de las mangas para tenerle más a su merced.

Con una mano Tsurugi le sostuvo los brazos encima de la cabeza, mientras usaba la otra para acariciar lentamente su costado. Aquella segunda mano no tardó en ser sustituida por una húmeda lengua que le recorrió desde debajo del ombligo hasta el cuello, trazando una línea recta y provocando multitud de suspiros y varios sonidos obscenos por parte del ojiazul.

— E-espera… – se dio cuenta de que las intenciones del delantero eran ir más allá y, aunque no le desagradaba nada la idea, era mejor ser precavidos – Aquí no, puede venir alguien… – usó una fuerza de voluntad de la que no se sabía poseedor para poder decir eso.

— Tienes razón, será mejor dejarlo para otro momento… – le mordió suavemente la zona de la nuez del cuello antes de separarse y salir de encima de él, intentando autoconvencerse de que parar era la mejor opción.

Respiraron profundamente, intentando calmarse ellos y a sus cuerpos (aunque quizás una visita al baño no le iría mal a ninguno de los dos). Cuando ya estuvieron un poco más, digamos, relajados, Tsurugi se dirigió a la salida, no sin antes mirar al pelirrosa y dedicarle una breve media sonrisa.

— Eres un buen entretenimiento, Kirino; me gusta jugar contigo. – y con eso, salió de la enfermería y se fue vete tú a saber dónde.

El defensa sintió una punzada en su estómago, algo no estaba bien. Eso que había dicho justo ahora… ¿era verdad? Le dolió de solo pensar en ello, mas no entendió por qué. En teoría no había nada mal con eso, técnicamente no eran pareja ni nada por el estilo, así que un "entretenimiento" sería una buena manera de definir su relación, pero…

Pensar que Tsurugi lo consideraba un juego, que, a diferencia de él, no se había tomado nunca en serio lo que hacían o decían, le dejaba con una muy amarga sensación oprimiéndole el pecho. Incluso se sentía con ganas de llorar, y todo por un estúpido comentario… Quizás no debería pensar tanto en eso, pero no podía evitarlo; porque dolía, Dios, dolía y quemaba como el infierno.


Lo pensó largo y tendido, en qué hacer con esos sentimientos contradictorios que se arremolinaban en su interior. Hacer como si no estuvieran no era mala idea, de no ser porque lo había intentado y no daba resultado. Cada vez que le veía, una parte de su alma se estremecía y aquella maldita conversación volvía a su mente, recordándole que no era más que un juego para pasar el rato.

A fin de cuentas, la culpa era suya. Se había involucrado demasiado en una relación que, desde el inicio, era puramente física. Había permitido que su mente se confundiera con lo que el otro le decía, había creído que ese trato diferente le hacía especial; y no era así. Se había dejado llevar por palabras bonitas que, después de todo, no eran más que eso, palabras que en el fondo estaban vacías.

Lo peor de todo, era que no sabía cómo ni cuándo había pasado, era como si ese sentimiento siempre hubiera estado allí, pero él sabía que no era así. Era algo nuevo y difícil de nombrar, sentía un cariño especial por Tsurugi y cualquier cosa que hacía le afectaba más de lo que quería admitir. Le preocupaba la idea de que se fuera, pero aún peor era la de que se quedara, siguiendo con ese "juego" que le hacía ser consciente de lo poco que le importaba al pelimorado.

Por eso decidió alejarse, sabía que al principio dolería pero que al final sería lo mejor. Era injusto, porque dejaba a Tsurugi sin explicaciones, pero, ¿qué más daba? Si para él no era más que un entretenimiento, debería estar bien, ¿no?

Ese era el plan y, de hecho, le pareció un ben plan. El problema fue que no contó con que el de ojos azafranados se había convertido en su debilidad. El delantero le buscó de nuevo para "jugar" y él, como el estúpido que era, no pudo negarse. Lo intentó, de verdad que sí, pero era superior a él. Acabaron besándose como siempre hacían, y Kirino se entregó sin dudarlo.

Aquella situación se repitió una y otra vez, y con cada día que pasaba, más aumentaba la torturosa sensación que se agolpaba en su corazón. Le dolía seguir con eso, pero se sentía incapaz de acabarlo, su mente se nublaba cuando le veía cerca y se quedaba completamente en blanco al sentir aquellos suaves labios sobre su piel.

Finalmente encontró una solución, inmadura e infantil, pero una solución. Empezó a evitar a Tsurugi, alejándose cada vez que le veía e ignorando sus mensajes y llamadas. Decidió que no pensaría en él ni en lo que pudiera ocasionarle su rechazo, le daría igual dañar al delantero si así él podía sentirse mejor.

Eso habría estado bien, ¿verdad?

A la que veía varios mensajes acumulados, respondía sin poder evitarlo, volviendo a empezar aquella tortura tan innecesaria y a la vez adictiva, que le llenaba de sensaciones mágicas para después hundirle en la melancolía. Siempre se decía que pararía, pero nunca tenía suficiente; hasta que, finalmente, decidió cortarlo de raíz.

Le dio su móvil a sus padres, al fin y al cabo, casi no lo usaba para nada más por lo que era prescindible, y le pidió a Shindou que no se alejara de él en el instituto para evitar quedarse a solas con Tsurugi. Su táctica funcionó durante un tiempo y cada vez se le hacía más soportable, sentía como el pelimorado le buscaba con la mirada cuando se encontraban, y estaba bastante seguro de que su teléfono estaría a reventar de mensajes, pero sabía que el tiempo todo lo cura y eso no sería la excepción.

Porque se olvidaría rápido de todo, ¿no?


Y esto nos lleva a la situación actual, donde un muy "amable" Kariya se había aliado con Tsurugi para hacer que se encontraran. El peliazul había ido hasta su casa por la noche, porque sabía que estaba sin teléfono, y le había pedido que lo acompañara a hacer un recado importante. Kirino no tenía por qué sospechar, así que aceptó sin problemas y fue con él. Lo que no se esperaba, era que el "recado" de Kariya los llevaría hasta un club que conocía muy bien, pues allí era donde todo había comenzado con Tsurugi.

Al principio creyó que no era más que una coincidencia y que no tenía nada que ver con el de ojos anaranjados. No tardó en descubrir que se equivocaba, cuando sus pasos los guiaron hasta, curiosamente, cierta mesa con sofás en la que había tenido el gusto de, digamos, interactuar con Tsurugi. Por supuesto, el delantero se encontraba allí esperándolos cuando llegaron.

Su corazón se había acelerado y la temperatura de su cuerpo había aumentad con solo verle, especialmente en un lugar tan significativo y lleno de recuerdos que le vinieron instantáneamente a la cabeza.

Kariya se lo hizo venir bien para irse tan rápido como habían llegado, dejándoles solos y en un incómodo silencio. Tsurugi se le intentó acercar, pero él fue más hábil de lo que creía rechazándolo. No habían pasado ni dos minutos cuando el defensa ya se dirigía hacia la puerta, dispuesto a irse y vetar durante un tiempo a cierto peliazul que le había engañado.

Consiguió salir del club rápidamente, cosa que nos lleva a la situación primeramente presentada.

...

No sabía ni por donde estaba yendo, pero le sonaba haber pasado por allí con Kariya hacía un rato. Torció a la izquierda en un cruce, dándose de boca contra otra persona con la que, por supuesto, no tenía tiempo de disculparse. Esa era su idea, pero no pudo llevarla a cabo porque, cuando levantó la cabeza, su cuerpo se congeló bajo aquella mirada crepuscular.

— No huyas de mí. – clavó sus ojos en los de él, impidiendo que el mayor se atreviera a apartar la mirada.

Su error, no había contado con que Tsurugi conocía esa parte de la ciudad mucho mejor que él, por lo que no fue difícil para el pelimorado poder interceptarle. Un montón de ideas y sentimientos se le subieron a la cabeza, tenerle tan cerca definitivamente no le hacía bien. Sintió ganas de pisarle de nuevo y correr, de ponerse a llorar para dejar salir sus emociones, de tirarse encima de él y besarle… Quería hacerlo todo a la vez, pero al final se quedó callado y en el sitio, esperando a lo que fuese que el menor fuera a hacer.

— Kirino… - su voz había adquirido una tonalidad más suave, no quería asustar al ojiazul.

Notó como a mano del delantero subía hasta su mejilla y se posaba en esta, propiciándole una casi imperceptible caricia, mucho más dulce que cualquiera de los besos que habían compartido. Desvió la mirada, se sentía débil ante Tsurugi y no quería que se diera cuenta. No vio como el menor entrecerraba los ojos al ver su gesto, retirando la mano lentamente.

— Por favor, no hagas esto… - nunca había oído al pelimorado hablando de esa manera, era tan cercana, tan… cálida – Háblame, dime algo; ¿qué ocurre?

— ¡No, eres tú el que no tiene que hacer esto! – se había hartado, si quería que hablara, hablaría - ¡Deja ya de confundirme! ¡No actúes como si te importara cuando no es así!

Fue el turno de Tsurugi de sorprenderse, no esperaba para nada una arrancada como esa por su parte.

— ¿Cómo? ¿De qué ha-…? – intentó hablar, viéndose interrumpido sin siquiera poder acabar la pregunta.

— ¡Para de una vez! No hagas como si no supieras de qué hablo – le picaban los ojos, tenía unas ganas de llorar terribles –. No quiero caer en esto otra vez… Eres tan cruel… – su voz amenazaba con romperse, pero se mantendría fuerte todo el tiempo que le fuera posible.

— ¿Por qué piensas eso? – puso las manos en los hombros del pelirrosa, intentando… bueno, no sabía muy bien lo que intentaba, pero no le gustaba nada verle así.

— Haces lo que quieres conmigo… Solo tú, Tsurugi, solo tú consigues hacer que no pueda pensar en nada, que todo gire entorno a ti… – bajó la cabeza hasta que esta apuntó al suelo, sintiendo como unas primeras lagrimas escapaban de sus ojos.

— Kirino, por favor, no llores. – le dolía horrores ver al defensa de aquella manera, más aún cuando sabía que él era el culpable de su pena.

— No, para, no quiero tu compasión – apartó las manos del de ojos anaranjados de una sacudida –. Vete a jugar con alguien más, búscate un nuevo entretenimiento porque yo ya no puedo seguir con esto. – finalmente lo había dicho y, al contrario de lo que había pensado que sucedería, no se sintió para nada mejor.

Algo hizo "click" en la mente del menor, que lo abrazó sin pensárselo dos veces, ignorando sus protestas y forcejeo.

— Lo siento – esas dos palabras provocaron que Kirino se quedara completamente quieto de golpe –. Lo siento mucho. – le abrazó un poco más fuerte, respirando profundamente en su cuello; había extrañado tanto su aroma…

— ¿Qué…? – no entendía lo que estaba pasando, se veía incapaz de decir algo más hasta que su cerebro procesara la situación.

— Soy un idiota que dice las cosas sin pensar – rompió el abrazo para poder mirarle a la cara –. Nunca has sido un entretenimiento para mí, te aseguro que lo que siento por ti no es un juego.

Las palabras de Tsurugi le confundían, se contradecían con lo que le había dicho anteriormente y ya no sabía qué pensar.

— Pero tú dijiste… - no quería acabar la frase, y tampoco hacía falta; ambos sabían de qué hablaba.

— Lo sé… y lo siento – cerró los ojos y respiró hondo, definitivamente se lo diría –. Tenía miedo de mis sentimientos, cada vez eras más importante para mí y bueno… Pensé que si lo decía en voz alta me lo creería, lo de que todo era un juego… Pero, ¿sabes qué? No funcionó. No me lo creí, ni tampoco me lo creo ahora.

Se quedó sin habla, quería decirle que él sentía lo mismo, que no podía parar de pensar en él, que… Dios, que le quería. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cuáles eran las palabras indicadas? Resolvió que no había buenas palabras, sino buenas acciones para comunicárselo. Le miró a los ojos y, después, le besó. No fue un beso fogoso ni demandante, de esos que se daban siempre. No. Fue un beso dulce y pausado, apenas un roce de labios y nada más. Se separó casi al instante, hacer aquello había sido mucho más vergonzoso que cualquiera de las cosas que habían hecho antes.

Ese simple beso plasmó todos sus sentimientos, el amor nacido de la pasión que había crecido en silencio y que, por fin, salía a la luz. Ese simple beso era una disculpa por sacar conclusiones precipitadas y un "te perdono" por aquellas dolorosas palabras. Ese simple beso era un retrato de sus emociones, de su corazón desnudo y su alma al descubierto. Ese simple beso lo era todo.

Y Tsurugi lo entendió.