2. Disfraces

Una de las ventajas de haberse criado tan lejos del núcleo urbano era que algunos de los aspectos más desagradables de la sociedad no habían hecho mella en Uraraka. Dado que nunca le interesó la televisión o las revistas de moda, la noción de belleza que tenía era bastante natural. Se había criado en una familia con miembros entrados en carnes. Así que, siendo sincera, jamás vio nada de malo a los pliegues que se formaban en su vientre al sentarse. O en cómo, durante el proceso de quitarse su traje de héroe, el firme material se negaba a despegarse de su trasero. Engordar un par de kilos de vez en cuando no importaba mucho y, en el caso de no perderlos con el entrenamiento usual de la Academia, tampoco tendría insomnio. Mientras que los chequeos médicos no señalaran lo contrario, esa grasa era materia. Ni buena ni mala: solo estaba ahí y punto.

Y, curiosamente, el descuido que sentía hacia su cuerpo había propiciado su popularidad en las redes sociales. Muchas personas le escribían mensajes directos explicando que verla sentirse tan bien consigo misma, sin cumplir los estándares normativos, los animaba a quererse tal y como eran. Uraraka no entendía muy bien cómo había llegado a esto, sin embargo, poder ayudar a la gente a sentirse mejor con ellos mismos, sin duda, la alegraba.

Así, cuando se probó el disfraz de ángel de hace un par de años, le trajo sin cuidado que le quedara un poco estrecho. Se hizo una foto en el espejo de su cuarto y la subió a las historias de Instagram, a pesar de que aún no era el día de la fiesta. De nuevo, recibió oleadas de mensajes que reafirmaron su convicción. ¿Y qué si se le pegaba a la figura como una segunda piel? También lo hacía su traje de heroína. Aunque el de ángel era, incluso, más pegado: su pecho sobresalía un poco por encima del escote y la falda del vestido blanco apenas cubría sus muslos carnosos.

Total, pensaba, es una noche: no iba comprar un disfraz nuevo, el cual, probablemente, no se pondría nunca más. Mina bromeó llamándola «tacaña», no muy en serio: sabía que la situación económica de sus padres no era buena. Y tampoco le salvaba el culo trabajar a medio tiempo como ayudante en la copistería del centro. De hecho, contaba con menos tiempo para preocuparse por esas tonterías.

—Son para hoy las copias del profesor Aizawa, ¿sabes?

Y bastante tenía con las gilipolleces de Monoma.

—Sabes que también trabajas aquí, ¿no?

Uraraka, en verdad, estaba controlando dos impresoras al mismo tiempo: la primera, ocupada con las copias del profesor y, la segunda, con las invitaciones para la fiesta. Habían acordado celebrarla para todas las clases que quisieran ir, así que, había mucho por repartir.

El rubio resopló dramáticamente y encendió la tercera impresora.

—Si no estuvieras imprimiendo lo de Halloween, ya habrías terminado… Que, por cierto, seguro que al jefe de estudios no le hace mucha gracia que andes gastando tinta y papel en vuestra cutre fiesta.

—De hecho—respondió ella—, tengo su permiso. Mi delegado fue a su oficina a pedirlo. Así que, Monoma, puedes ir cerrando la boca. ¿O quieres quedarte sin invitación? Créeme: mi clase no te echará de menos.

Uraraka no era una persona borde por naturaleza. Solía ser simpática con todo el mundo, genuinamente. Lo cual era una ventaja en todos los aspectos de su vida, sobre todo, estando destinada a dedicarse a atender a la gente. No obstante, con Monoma, ser amable se volvía una ardua tarea. Y más cuando se trata de tu compañero en una diminuta copistería.

Ja, ja. Muy graciosa. Pero, para tu información, pienso ir. Tengo ya listo mi traje.

La joven tomó los folletos recién salidos de la segunda impresora e introdujo más papel. No sintió la mirada de Monoma a su espalda, admirando la curva de su cuerpo cuando se agachó a por los folios.

—¿Ah, sí? ¿De qué te vas a vestir?—preguntó, sin ni siquiera fingir interés en su tono.

De verdad que ese muchacho se había ganado el desprecio de su clase. Siempre estaba esperando la mínima oportunidad para insultarles u obstaculizarles. Así que, Uraraka no quería saber nada de él.

A veces, sin embargo, sentía pena. Tenía la teoría de que inició aquello como una broma y, puesto que fue tomado en serio, tuvo que seguir por orgullo. Pues no se explica de otra manera su situación. Ha acabado empapado en el desprecio de todos. Era... triste.

A lo mejor solo necesitaba un amigo.

Se incorporó y continuó su tarea. Metódica, eficiente. Con el fin de no pensar en Monoma, Uraraka centró sus pensamientos en su quedada con Yaoyorozu, Hanta, Tsuukiyama y Kirishima para ir preparando el gimnasio. Debían empezar con el decorado si querían que estuviera listo el sábado. En su imaginación, trataba de adecuar los materiales con los que contaban al espacio: mesas, cartulinas con rótulos, sillas, vasos, platos, esas cosas que se pegan al techo de papel maché que quedan tan bonitas, un pequeño escenario para las fotos y otro para la mesa de mezclas de Jiro…

—Quería vestirme a juego con alguien. Y, como un pajarito me ha dicho que vas de angelito, tengo listo mi disfraz de diablo. ¿No crees que haremos buena pareja?

Uraraka entendía a la perfección su idioma, de modo que no se explicó por qué esa información le resultó incomprensible. Tardó literalmente medio minuto en comprender qué coño estaba diciendo ese payaso. La joven, frunciendo el ceño, dejó lo que estaba haciendo —las fotocopias de Aizawa estaban listas y solo había que llevarlas— y le dedicó su atención.

—¿Qué?

El compañero más odiado de su curso la observó con una muy complacida sonrisa. Luego, descarado, le guiñó un ojo.

—Lo que oyes. ¿Te recojo a las ocho?

Bakubro, solo digo que, si vas a una fiesta de Halloween, tienes que disfrazarte de algo.

Bakugou levantó una ceja, escéptico. ¿De verdad pensaba Kirishima que podía tomarle en serio con una nariz de payaso puesta? Por cierto, ¿cómo era posible que hubiera tantos tipos de narices de payaso? ¿Quién puede ser tan idiota como para tener que decidir entre unas y otras?

—¿Cuál te gusta más?—preguntó el pelirrojo, intercambiando tres narices distintas.

—Y yo qué sé—gruñó el rubio, apoyado en el estante con cara de desesperación. —Son jodidamente iguales.

—¡Eh, Kiri tiene razón! No tiene gracia si vas sin disfrazarte, Bakubro—opinó desde el otro extremo del pasillo Kaminari. Trataba de colocarse un pene con ventosa en la frente. —Yo voy de esqueleto y Jiro de bruja.

—Creo que esta me gusta más—murmuró para sí Kirishima. En seguida, pasó a probarse pelucas. El espejo de la tienda estaba bastante sucio, mas, puesto que su amigo se negaba a ayudarle con esto, tenía que arreglárselas. —Imagínate: todos vamos a estar disfrazados. Es que es el «laite móti» de la fiesta.

Kaminari se aproximó con una sonrisa eufórica, ya con el pene en la frente. Al mismo tiempo, la encargada de la tienda los observaba con el ceño fruncido desde el mostrador.

—Querrás decir leitmotiv, gilipollas—le corrigió Bakugou. Colocó los dedos en el puente de la nariz, incapaz de asimilar lo idiotas que eran sus amigos.

—Lo que sea—respondió con desdén el pelirrojo, cambiando a otra peluca. La azul le gustaba, pero no le quedaba tan bien como la rosa. ¿De qué color era su disfraz? No se acordaba. —Me has entendido.

—¿Quién me da un besito?—dijo Kaminari, paseándose entre ellos para hacer gala de su pene artificial.

Los otros dos le ignoraron.

—Si la idea es que vayamos al gimnasio a vernos la jeta y emborracharnos, creo que da igual que vaya…

—Ah, ah, ah—le interrumpió Kirishima. —Nadie va a emborracharse, por favor, Bakugou. Vamos a estar en un centro educativo. Y estamos a cargo los delegados y algunos voluntarios más. Otra cosa es que alguien meta… cierto contenido en el ponche…

Bakugou puso los ojos en blanco. Por supuesto que se esperaba alguna estratagema por el estilo. Por dios, tenían diecisiete años. Ni siquiera los profesores se tragaban que no fueran a colar algo. Pero aquí todo el mundo guarda las apariencias. Ellos se hacen los locos y sus alumnos no les dan por culo un par de días por la resaca. Todo el mundo sale ganando.

—Que no me voy a disfrazar y punto. No me toquéis más los huevos.

—Vas a ser el único sin disfraz.

—¿Y?

—A mí, en verdad, me la suda—intervino Kaminari. Estaba intentando quitarse el pene de la frente, con poco éxito. Era buena la ventosa. —Con que se disfracen las chicas… ¡Por cierto! ¿Habéis visto la foto que subió Uraraka de su disfraz? Si en el cielo hay ángeles como ese, tendré que empezar a portarme bien…

—Si vas a entrarle con esa mierda de frase, avísame; que no tendrá pérdida grabarlo—rio Kirishima.

—Infravaloras mis encantos.

—Una cosa. ¿Tú no estabas con Jiro?—cuestionó el pelirrojo, decidiéndose a ayudarle con el pene en la frente. —Oi, esto no sale.

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—¡Auch! ¡No tan fuerte!—Kirishima dejó de tirar, de modo que el otro continuó: —A veces estamos juntos y otras, no. No sé. Estamos bien, luego discutimos, follamos y se nos pasa. Y vuelta a empezar.

—Pinta feo, eh.

—¿Lo de la polla o lo de Jiro?

Kirishima iba a hablar, pero decidió cerrar la boca. Entonces, buscó con la mirada a Bakugou, quien se había alejado para revisar el móvil.

-Mensaje nuevo de URARAKA OCHAKO, 18:03.

¿Le acabas de hacer captura a mi historia de insta?

Mierda. Había olvidado que con la actualización, salía un aviso al hacer captura.

—¡Bro! ¿Puedes avisar a la dependienta? La polla no se mueve.

Después de decirlo, el pelirrojo soltó una carcajada. Fue aquel el brillante momento donde se le ocurrió sacar el móvil y grabar, aún con la peluca de payaso puesta, a su amigo.

—¿Me enseñas la pollica, Denkiiiii?—decía, mientras lo perseguía por la tienda con la cámara.

-BAKUGOU KATSUKI está escribiendo…

¿Y qué si lo he hecho?

-URARAKA OCHAKO está escribiendo…

Tendré que denunciarte ; )

El rubio sintió el sonrojo acrecentarse. Escribió y borró varias veces, frustrado por no saber qué poner. La mensajería no le gustaba. Implicaba abandonar esos aspectos del lenguaje que él, personalmente, necesitaba. Como el tono. O la mirada asesina. Ningún emoticono podía expresar, ni de lejos, su cabreo si Midoriya preguntaba algo por el grupo de clase. Y nada le gustaría tanto como poder expresarlo también mediante el chat.

Uraraka, sin embargo, era otra historia. Controlaba las tecnologías con asombrosa maestría. ¿Hay algo que a esa imbécil no se le dé bien?

-URARAKA OCHAKO está escribiendo…

Espero que estés comprando un disfraz para la fiesta. Te veo capaz de presentarte sin uno…

-BAKUGOU KATSUKI está escribiendo…

¿Hay algún problema si lo hago?

-URARAKA OCHAKO está escribiendo…

Sí…

-BAKUGOU KATSUKI está escribiendo…

Venga, ilumíname, Cara bollo.

-URARAKA OCHAKO está escribiendo…

No te dejaré entrar en el cielo ; )

Bakugou tardó en coordinar los dedos para poder contestar.

-BAKUGOU KATSUKI está escribiendo…

Eres subnormal.

Al final, la dependienta tenía un líquido especial para despegar la ventosa. Por lo visto, ya había ocurrido antes.

En otro orden de cosas, Bakugou expresó su voluntad por comprar un disfraz. Kirishima no podía estar más contento.