3. La víspera de Halloween

Monoma no le caía bien. Lo cual hubiera despertado la risa en sus mejores amigos, dado que estos, conocedores de su carácter eminentemente bondadoso, perjuraban que Midoriya era un bonachón. Si la personalidad abrasadora —por ponerle nombre— de Bakugou no lo había espantado con el paso de los años, nada lo haría. Así pues, reconocer que alguien no le caía bien implicaba mucha, mucha persistencia por parte de Monoma. Le producía un agrio sabor debajo de la lengua. Quizá fuera por el brillo narcisista de sus ojos o la arrogancia con la que se dirigía a los demás. Había algo de serpiente en su carácter que a Midoriya no le gustaba ni un pelo.

De ahí que no tuviera ningún inconveniente en que este sujeto, de forma casi natural, lo ignorara. Parecía obviar la existencia de Midoriya como el vuelo de una mosca: está, es molesto y lo ignoro hasta que pase.

Así, mientras el peliverde entrenaba con Todoroki en las pistas de fuera —solo un par de ejercicios con balones, para perfeccionar reflejos—, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Indicó a su amigo el fin del ejercicio antes, incluso, de que Monoma los apelara:

—Buenas tardes, idiotas del A. Vosotros dos sois amigos de Uraraka, ¿no? ¿Sabéis dónde está?

Con su tono de superioridad moral, casi parecía exigirle la información en lugar de preguntársela. Midoriya frunció el ceño, sin ocultar siquiera su cautela. Cruzó rápidamente la vista con Todoroki, quien le dedicó otra mirada suspicaz. Este último, tan neutro como siempre, respondió:

—¿Para qué la buscas?

No es que tuviera algún problema con decirle el paradero de su amiga. Pero Todoroki tenía un tope de tolerancia con los gilipollas. Era como un baremo de capullos. Y con Bakugou en la vida de Uraraka su grupo de amigos tenía bastante, muchas gracias.

—No es asunto tuyo—respondió Monoma, sonriendo.

Todoroki mantuvo su gesto indiferente para contestar:

—Entonces, tampoco es asunto tuyo dónde esté.

Hay que aclarar que Midoriya, aun siendo especialmente observador en algunos aspectos, en otros carecía hasta de la mínima perspicacia. Lo achacaba a su personalidad más bien torpe. Por ejemplo, no fue hasta que encontró a Bakugou en el cuarto de Uraraka —sin camiseta y dispuesto a volarle la cabeza por «ser más inoportuno que un gatillazo»— que cayó en lo que realmente se llevaban entre manos. Al contárselo a Todoroki, este se encogió de hombros y le respondió «Se veía venir».

«—Hombre, pues no, Todoroki, no se veía venir».

Sin embargo, en este caso, la tensión era claramente palpable. La sintió acrecentarse cuando Monoma clavó sus venenosos ojos en Midoriya. Había determinación en ellos.

—Uy. Será mejor que controles a tu novio—. Colocó el dorso de la mano junto a su boca, como para que no le oyera Todoroki. —A lo mejor te está poniendo la cornamenta con Uraraka.

Midoriya apretó la mandíbula y volvió a dirigirle un vistazo a su amigo. Aun aparentando serenidad, lo cierto es que era muy sensible a su entorno. Y con sensible se refería a que no se lo pensaba dos veces antes de partirle la boca a un impertinente. El peliverde lo sabía. Por ello, optó por una salida rápida. Lo mejor era sacar a Monoma de escena, y se ahorrarían explicaciones innecesarias a Aizawa.

—No sabemos dónde está. Déjanos en paz.

La lengua del rubio era rápida.

—Oh, yo creo que sí lo sabéis.

Pero la de Todoroki también.

—Sí, sí que lo sabemos. Lo que pasa es que no nos sale de la polla decírtelo.

Había avanzado un par de pasos, encarando a Monoma. Este no perdió la sonrisa, aunque sí retrocedió un poco y levantó las palmas —en un modo pacífico—. En una mano llevaba una agenda.

—Sólo quiero devolverle esto. Se lo ha dejado en la copistería—. La abrió por una página y señaló el día de hoy. —Según esto, ahora le toca entrenamiento. Pero aquí no está…

—Mira tú qué calamidad—respondió, con sutil ironía, Todoroki.

—No sabía que el hijito de papá tenía tan mal genio. ¿Lo has sacado de él o es cosecha tuya?

Midoriya casi se atraganta. En serio, ¿no había otras cosas que sacar a relucir? Por esto, por esto no le gustaba ni un pelo Monoma. Si podía ir a donde dolía, iría sin pensárselo dos veces. Lo suyo era talento para, como bien diría su amigo de la infancia, «tocar los huevos».

Todoroki no pudo retener la leve mueca de asco que le cruzó la faz unos instantes. Aquello significó una señal para el peliverde, quien se apresuró a aclararse la garganta y confesar:

—Está en casa de Bakugou.

Los dos presentes le miraron con sorpresa. En su defensa, diría que ya sabían para qué la necesitaba. Solo iba a devolverle su agenda. No podía haber nada de perverso en ello, ¿no? Además, quizá el nombre del explosivo rubio escarmentara un poco a Monoma. Y su actitud de gilipollas imperial.

Monoma soltó una larga carcajada.

—¿De veras esperas que me crea que está con ese palurdo?

De acuerdo. Independientemente de lo que Midoriya pensara respecto a la relación entre Bakugou y Uraraka, nadie tenía derecho a juzgarles. Y mucho menos él, que no conocía ni a la una ni al otro.

—Si no le crees, llámala—añadió Todoroki, seco.

Ocurrió tan rápido que apenas lo vieron. Y minutos después, los dos amigos lo comentarían incrédulos de sus propios ojos. Como quien cree ver un ovni o una sombra en el pasillo.

Monoma acababa de sonrojarse.

—¡Está bien, idiotas! En fin. Diría que ha sido un placer charlar con vosotros, pero os mentiría. Adiós, capullos.

Dio media vuelta y se dirigió a la residencia de nuevo.

Después de que su figura desapareciera de su vista, Midoriya dijo:

—¿En serio? ¿«No nos sale de la polla decírtelo»? ¿Eres Kacchan ahora?

El amago de una sonrisa sarcástica asomó por los labios de Todoroki.

—Intentaba ser elocuente.

—Está seca. Esa maría no vale—sentenció Hanta.

Ashido torció el gesto, aún jugueteando con el chupachup y sentada en el poyete de la cocina. Como distraída, acariciaba el pelo de Kirishima.

Kaminari asomó la cabeza desde el pasillo —su trabajo era vigilar que no viniera nadie—. Una sombra circular le marcaba la frente como recordatorio temporal de su brillantez. Se hizo oír con lo siguiente:

—¿No tiene que estar seca?

La muchacha se dirigió a él rápidamente y le ordenó continuar vigilando la puerta.

—A ver, en la receta de Internet no pone nada—comentó Kirishima, señalando en la pantalla del móvil una página web.

—¡Es obvio!—les reveló Hanta, tras llevarse los dedos al puente de la nariz.

—Yo no podía saberlo. Siempre la pilláis vosotros…—se defendió Ashido, un tanto frustrada.

Las circunstancias la habían depositado a ella como la responsable para pillar la marihuana, la cual usarían en los brownies de la fiesta. Y, ciertamente, había acompañado a Hanta alguna vez en sus excursiones al centro para comprarla; mas, nunca había ido sola. Kirishima no podía encargarse porque, con el cargo en la delegación, estaba muy ocupado. Y, bueno, dejar como único responsable de algo tan importante a Kaminari era, básicamente, dejarse robar. Tampoco podían contar con Bakugou, por razones obvias. Y porque hoy tenía entrenamiento con Uraraka. Y a ver quién es el valiente que intenta cambiarle los planes cuando esa chica anda en medio.

El caso es que Ashido era la única que podía encargarse de la simple tarea. Pues menudo fracaso.

El tono de Kaminari fue serio, pues consideraba que se enfrentaban a una desgracia de grandes magnitudes:

—Sero, si el problema es que está seca, échale agua, tío.

—Así no funcionan las cosas…

—Entonces, ¿no vamos a poder hacerlo?—cuestionó el rubio, preocupado.

—Sí, o sea, claro que podemos. Lo que no sé es cómo va a salir.

Como delegado de este año, Kirishima sintió que era su obligación intervenir.

—A ver, tampoco queremos envenenar a nadie.

Ashido soltó una carcajada.

—Por favor, dudo mucho que influya tanto si el hierbajo está seco o no.

Hanta la miró dudoso. Fue suficiente para Kirishima, el cual, movido por la responsabilidad, avanzó para arrebatarle la bolsita con la marihuana al otro muchacho. Ello despertó las quejas de todos.

—No pienso poner en peligro la salud de nadie.

—¡Bebé, que hemos pagado por eso!—gimió Ashido, abalanzándose sobre su robusta espalda.

—¡No seas aguafiestas, Kiri! Que no va a pasar nada. ¿A que no, Sero?

Hanta apretó los labios. Todos los ojos estaban puestos en él. Su vista se dirigió a la bolsa y, luego, se clavó en los ojos del pelirrojo.

—Yo creo que, como mucho, nos dará cagalera—pronosticó al fin.

—¿Ves, Kiri?—murmuró alegremente Ashido. —Nada de qué preocuparse. Una diarreíta de nada.

—Eso—contribuyó Kaminari. —¿Qué más da? Tú piénsalo: una noche de fantasía a cambio de un par de horas más en el trono. Además, que la gente ya va a beber y comer de todo. Raro es el que no se despierte a la mañana siguiente con el culo torcido. Yo digo .

Kirishima quedó en silencio unos segundos, meditabundo. Por fin, suspiró con resignación y entregó la bolsita a Hanta. La pelilila saltó triunfal y besó la mejilla del delegado. Por su parte, Kaminari soltó una carcajada vencedora y algo como «¡Grande, Kirishima, que eres un grande! Te comía la boca si me gustaran los tíos».

—Bueno, bueno. Ahora toca la receta. Búscala en Internet. No puede ser muy difícil: la hacen los yonquis, ¿no? Y tú, Denki, no te muevas de la puerta. Avisa si ves a alguien. Aizawa nos cortará la cabeza para ponerla en su chimenea si se entera.

—Bah, seguro que se uniría—bromeó Ashido.

Manos a la obra. Hanta, ataviado con un delantal, sacó una llanda del horno y, en un hueco, fue dando instrucciones de lo que necesitaban mezclar. Kirishima y Ashido se encargaron de la preparación, mientras que el moreno leía las recetas de distintas webs. Cuando un paso no le convencía, cambiaba de página; y así sucesivamente. Si cogía lo mejor de cada una, saldría más buena, ¿no?

En fin, ¿qué podía salir mal?

Lucía una tarde calurosa, a pesar de estar entrado el otoño. Las hojas se esparcían de colores gualdos y terrosos, pizcas de albas congeladas. Y la calma flotaba por las calles, como un suspiro cansado de la naturaleza.

—¿Te gusta el otoño?

El olor a pintauñas le quemaba las fosas nasales a Bakugou. Sin embargo, ello no lo hizo perder la concentración. Con cuidado de no desviar el pincel, terminó con el dedo corazón de Uraraka. Después, con la tranquilidad y precisión de un profesional, continuó con el siguiente.

Bakugou mentiría si no admitiera que le fascinaba lo delicadas y suaves que eran las manos de ella. A cualquiera le resultaría difícil imaginarla dando puñetazos o levantando veinte kilos con ambos brazos. No obstante, el rubio la había visto en directo haciendo esas cosas y, de recordarla haciéndolas, se le iluminaba el interior del pecho.

Sí, Uraraka lo embelesaba. Sus detalles, sobre todo, despertaban en él todo tipo de sensaciones. Podía pasar de ser endiabladamente adorable a volverse una seductora implacable.

Ahora bien, Bakugou jamás entendería por qué él era el elegido. Por qué el destino, si una cosa tan aristotélica y supersticiosa existía, lo había recompensado con eso.

¿Qué cojones verá Ochako en mí?

—Bah.

—¿Cómo que «Bah»? ¿Te gusta o no?

—Es una estación como otra.

—No, no. Cada estación es distinta.

Pasó a la siguiente uña, ignorando la mirada inquisitoria de Uraraka. ¿Por qué le importaban tanto esas nimiedades? Él solo quería dejarle las uñas perfectas y azules, a juego con los malditos flecos del maldito disfraz de ángel que lo llevaba obsesionado varios malditos días. Eso sí que era importante, coño.

—Lo que tú digas, Mofletes.

El móvil de la joven comenzó a vibrar. Estaba sobre la cama. Cuando hizo un movimiento para alcanzarlo, Bakugou gruñó.

—Si no te estás quieta, me saldré.

—A lo mejor es importante…

Ochako.

La seriedad con la que pronunció su nombre la paralizó.

—¿Si, Katsuki?—respondió, esforzándose por ponerle ojitos.

—Si te estás quieta ahora, te recompensaré.

El móvil continuaba sonando.

—¿Y si es mi madre?

—Tu madre siempre llama por las mañanas.

—¿Y si es mi padre?

—Tu padre te llama sólo cuando está tu madre.

—¿Y si es Deku?

Cambió de dedo. Inalterable.

—El puto Deku me puede comer los cojones.

—¿Y si es Todoroki?

—¿Te estás riendo de mí, Cara Bollo?

—Sí.

—Eres una impertinente.

—Para qué esconderlo.

Quedaron unos instantes en silencio, hasta que el móvil finalmente se acalló.

—Qué mal. ¿Con qué voy a tratar de desconcentrarte ahora?

Cambió de mano. Y, brevemente, la miró con cierta ironía.

—Puedes desnudarte.

—¡Katsuki!

—¿Qué?

—Tu padre está en casa.

—Está medio sordo. No ves que mi madre habla gritando.

¿Y tú no?» estuvo tentada a responderle.

—Que no.

—Cobarde—bromeó. —Si tanto te interesa, yo lo miro, que estoy más cerca. Lo que no quiero es que se salga el esmalte.

Uraraka asintió, empezando a concienciarse de la responsabilidad de llevar las uñas pintadas.

Cuando Bakugou tomó el móvil, vio lo siguiente:

Una llamada perdida y un mensaje no leído de MONOMA NEITO , 19:12

Tengo algo para ti, princesa. Te espero en mi habitación a las 8. Ven sola ; )