4. Llamada

—¿Qué coño?

El gruñido de Bakugou se conjugó con una expresión contraída y sorprendida. No se movió de su posición, sentado frente a ella en la alfombra de su cuarto. Tampoco atinó a decir más en ese momento; mientras su dedo se deslizaba por el registro de mensajes. Desde luego, no se esperaba esto.

Aquella tarde, habían quedado para salir a correr por el parque cerca de su barrio. Una vez terminada la sesión de ejercicio, Bakugou la invitó a su casa y, tras una intensa ducha juntos, había terminado pintándole las uñas. En algún momento de la tarde, ella reconoció que no se las pintaría para la fiesta de Halloween porque era especialmente torpe y siempre acababa con las manos llenas de esmalte.

Por supuesto que, sabiendo esto, Bakugou no permitiría que asistiera a la fiesta sin las uñas azules. Así pues, no dudó en ponerse manos a la obra. Su madre guardaba un pintaúñas perfecto para la ocasión, azul como los flecos del disfraz. Lo demás fue utilizar su encanto natural para convencerla.

Pronto se habían sumergido en su dulce, íntimo mundo. Aquel que se reservaban para sus escapadas secretas. El silencio el cual los envolvía era melifluo y cálido, y sus miradas discretas, unos besos idílicos.

Mas, una llamada de teléfono había roto el hechizo.

—¿Qué pasa? ¿Quién es?

Esa camiseta negra con la calavera blanca, la cual pertenecía a uno de los pijamas de Bakugou, no armonizaba con ella en absoluto. Pensó en cuán distinta era su carita de ángel al estilo macabro de esa prenda. Meditó también acerca de lo sexys que eran sus muslos desnudos, entrelazados y apenas resguardados por los bordes de la camiseta. De inmediato, recordó lo dulces que habían sido en su boca cuando los había besado y mordido en su ducha hacía apenas un par de horas. Y se preguntó por qué.

Por qué no había ocurrido antes.

—¿Por qué te habla el subnormal de Monoma?

Pues la chica que tenía ahí, por la que se consumía a fuego lento e implacable, era perfecta. Y él había asumido muy rápido que el resto del mundo era demasiado gilipollas para verlo. Ja.

Tarde o temprano, se iban a dar cuenta de esos ojos y cabellos melosos; del delicioso aroma escondido por su cuello; de las rosas que florecían en sus mejillas cuando ejercitaba o se enfadaba; de la melodía de su voz; de lo adorable que era su torpeza; de sus comentarios inteligentes y sarcásticos; de lo atractiva que era cuando lo retaba, y se contoneaba, y se cabreaba, y…

Tarde o temprano, , cuando se dieran cuenta… ¿qué tendría que hacer exactamente Bakugou? ¿Cómo podría convencerla para que se quedara a su lado?

—¿Monoma? Oj.

¿Qué mierda significa «Oj»?

La exasperación cubrió el rostro de Uraraka; levantó los ojos al techo y negó un par de veces entre suspiros. Ponía esa misma cara, pensó Bakugou, cuando él insistía en hacer una serie más durante un entrenamiento duro. O cuando el profesor Mic repetía algo muy obvio. También se la había visto cuando Melissa aparecía —la cual, por razones que él no entendía pero aceptaba, enfurecía a Uraraka—.

De igual forma, el rubio sintió una retorcida satisfacción al comprobar que, en efecto, Monoma surtía exasperación en ella.

—Ignóralo—concluyó Uraraka, y comenzó a soplarse el esmalte de las uñas. A ver si se secaban de una vez.

—Te ha invitado a su habitación—lo dijo más para creérselo que para informarla. Sí, era difícil de creer que un completo inútil piense siquiera en tener una oportunidad con ella. —Y te ha llamado «princesa»—añadió, recalcando el mote con un tono entre burlesco y asqueado.

Ella no mostró ni un ápice de sorpresa. Ni siquiera se molestó en mirarle al contestar:

—No abras el mensaje. Pasa de él.

Bakugou frunció el ceño aún más.

—¿Esto es normal?— Su voz emergió más brusca de lo que pretendía.

Uraraka Ochako no era estúpida. sabía que sus siguientes palabras eran decisivas. Tras esa fachada, se escondía un chico bastante inseguro de sí mismo —al menos, en cuanto a lo que en las relaciones se refiere—. ¿Podría pensar que tenía alguna aventura con Monoma? Es que, siquiera planteárselo, era para mear y no echar gota.

—Sí, se ha vuelto normal.

Bakugou torció aún más el gesto, si tal cosa era posible. No había soltado el móvil, pero apretaba el otro puño.

—¿Desde cuándo?

Uraraka se llevó una yema al mentón. Sentía la intensa mirada del otro clavándose en su rostro. No dudó en decirle claramente lo que ocurría.

—Se le ha metido en la cabeza que vayamos a la fiesta conjuntados: yo de ángel y él de demonio. No me deja en paz desde entonces.

Uno, dos… tres, cuatro… cinco. Cinco segundos de silencio. Hasta que él exhaló una carcajada incrédula.

—Me estás jodiendo.

—Más quisiera.

Volvió a reírse. Ella siguió su ejemplo, contagiada por su diversión.

—Menudo pelmazo—. Se aproximó a ella, al tiempo que su sonrisa se volvía fiera. —¿Por qué no me presento yo en su habitación? Y le explico la diferencia entre y no.

Uraraka tocó con la punta del dedo, cuidadosa de no mancharle, su nariz. Juguetona, murmuró:

—¿No estarás, en el fondo, celoso?

—¿Celoso? ¿De ese soplapollas?

—No. De mí.

De ti—repitió, suspirando las palabras junto a los labios de ella. Los tocó con el pulgar, haciendo uso de una suavidad extrema. Luego, acarició con su boca la de ella, lento y recatado. La sintió respirar más agitadamente, impaciente. Bakugou sonrió.

—Quieres presentarte en el cuarto de Monoma para que te llame «princesa» y juegue contigo a los disfraces.

—Te advierto—gruñó él, rehuyendo el beso que ella intentaba darle—que si me presento en su cuarto, no creo poder resistirme a darle una paliza.

—¿Por qué?

Permitió que sus labios se unieran, hambrientos de sí. Entonces, Uraraka volvió a sentirlo tentarla, separándose un poco cada vez. Ella trataba de avanzar otro poquito, siguiéndole.

—¿Ser subnormal no es suficiente?

—No… Katsuki, confiesa. Quieres pegarle porque me está molestando. Como en las películas románticas malas. Esas que tienen parejas tóxicas y mucha tensión sexual sin resolver.

—Yo sólo sé—masculló—que quiero partirle la cara.

Bakugou volvió a dejarse atrapar por los besos de ella. Le burbujeaban fuegos artificiales en el vientre. Y tenía que limpiarse el sudor-nitroglicerina de las manos en los pantalones.

—¿Es esto lo que se le dice a una chica cuando la estás besando? No me extraña que no ligues…

Sintió la mano de él errar por su cintura, buscando lares más bajos y voluptuosos. Le apretó la nalga con fuerza, obligándola a suspirar.

—A mí me parece que me va muy bien.

Al intentar separarse de ella de nuevo —jamás se cansaría de verla desesperada y molesta—, Uraraka tomó la iniciativa y se sentó en su regazo.

—A mí me parece que eres un capullo.

—Pero el capullo con más suerte del mundo—susurró él, ronco y sonriente.

Continuaron besándose, buscando con las manos los recovecos y fuegos más íntimos del otro. Y, mientras se consumían entre suspiros lascivos y pecaminosos ánimos, el móvil de Uraraka volvió a sonar.

Se separaron. Los ojos de Bakugou se hundieron en los suyos unos instantes. En silencio, la joven se dejó inundar por su intensidad. Y, sin apartar la vista de él, alcanzó el teléfono, olvidado en la alfombra.

Era Monoma.

—Esto puede acabar aquí y ahora—dijo Bakugou, haciendo el amago de tomar el aparato. No obstante, ella negó con la cabeza. Colocó los dedos, cuyo azul estaba ya seco, en la boca del rubio y contestó.

—Me pillas ocupada, Monoma.

Bakugou comenzó a besar dichos dedos. No se lo pensó dos veces antes de agarrar el trasero de Uraraka y continuar besando su cuello.

—»Princesa, créeme cuando te digo que esto te interesará más.

Sintió las ondulaciones de deseo cruzar su cuerpo, incitándola crear un compás y cabalgar su calor sobre Bakugou.

—Permíteme dudarlo.

El muchacho escuchó reírse a Monoma desde la otra línea. Poco le importaba ahora que serpenteaban sus manos por el vientre de Uraraka. Era cálida y suave y blanda y armoniosa y perfecta.

—»Tengo tu diario.

Se atragantó con su propia saliva. Bakugou detuvo sus movimientos, consciente del cambio radical en la expresión corporal de ella.

—¿Qué pasa, Mofletes?

—»¿Adivinas qué tienes que hacer para recuperarlo?