5. Desenlace

La escena al completo sacudió a Midoriya. Este, aun no entendiendo muy bien cómo la fiesta había derivado en aquel esperpento, supo que tenía que intervenir. Kirishima estaba muy ocupado sujetando a una colérica Uraraka como para evitar que Bakugou desfigurase la cara de Monoma, así que sólo quedaba él para detenerle.

No obstante, y por razones que tampoco lograba comprender ahora, la parte izquierda de su cuerpo pesaba muchísimo más que la derecha. El pánico inundó por dentro a Midoriya. Sin pensarlo dos veces, se agarró al sillón más cercano, sintiendo el vértigo confundirlo. ¿Por qué le estaba pasando esto? ¿Acaso un villano había entrado en la fiesta y había utilizado contra él su especialidad? ¿Quién? ¿Y con qué fin? ¡Dios! ¡Todos estaban en peligro! ¿A nadie más le estaba pasando? ¡Tenía que avisarles!

Entre el estruendo de la música —alguien estaba dándolo todo en el karaoke—, intentó llamar a Todoroki. Sin embargo, este continuaba sumergido en la tarea de ordenar las sillas. Con una mirada de suma concentración, las movía unos milímetros una a una; precisando su posición hasta el extremo. Algunas las recolocaba un poco, para luego negar furiosamente con la cabeza y devolverlas a su estado. No dejaba de observarlas, de manera que no podía siquiera adivinar que Midoriya lo necesitaba para no caerse al suelo.

¿Qué narices está pasando?

Hay una gran diferencia entre estar preocupada y enfadada. Uraraka lo sabía: había experimentado ambos sentimientos de forma imprecisa incontables veces. No obstante, en ocasiones no sabía distinguirlos muy bien, ni tampoco gestionarlos. Cuando se daban tales casos, comía chocolate hasta que le dolía el estómago. Porque Uraraka era una persona madura; una chica fuerte e independiente. Sí.

Mofletes.

La voz de Bakugou atravesó su conciencia como las primeras notas de una guitarra española: melodiosa e insondable. Reclamaba su atención. No se había dado cuenta de que llevaba todo el camino observándola de reojo, como comprobando que seguía ahí con él. Su silencio hacía difícil creerlo.

—¿Si?

Bakugou chasqueó la lengua. Estaba muy callada. Y no dejaba de comer ni para retocarse los mechones de pelo sueltos. El rubio estaba tentado a lanzar por la ventana la tarrina de chocolate a la que ella se aferraba.

—¿Vas a decirme qué coño pasa en algún momento? ¿O qué te ha dicho el mamón ese?

A pesar de la evidente exigencia de su tono, Uraraka no reaccionó. Normalmente, se estremecía o se enfadaba cuando le espetaba algo —y, vamos a ser francos, a él le gustaba causar ese efecto, aunque ello lo convirtiera en el capullo que es—. Por otra parte, su nueva pasividad lo estaba poniendo de los nervios.

—No pasa nada. Ya te lo he dicho.

Oh, genial. Otra vez eso.

Bakugou apretó el volante y la mandíbula se le tensó aún más. Sintió que las manos le sudaban y querían emerger pequeñas explosiones de sus dedos. Así que, con el fin de no cargarse su coche, trató de seguir los consejos de su psicólogo. Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas: a respirar contando, como un gilipollas.

Uno, dos, tres. Inhalamos. Cuatro, cinco, seis. Exhalamos.

No ayudaba a su humor el atasco. Incluso había bajado la ventanilla, más acalorado y agobiado que de costumbre. Y estaba a un pedo de mosca de gritarle cuatro cosas al subnormal que tenían delante. No dejaba de cambiar de carril —como si fuera a avanzar más en medio de un jodido atasco— y de frenar a destiempo. Además, llevaba un Volvo. Menudo maricón.

Uno, dos, tres. Inhalamos. Cuatro, cinco, seis. Exhalamos.

—No me vengas con esa mierda, Ochako—. La lentitud de la circulación le permitió dirigirle una mirada recriminatoria. —Y deja de comer guarrerías. Te va a sentar mal la comida de la fiesta.

Ella asintió, todavía con la vista hundida en el frente y sin dejar de comer. Pasando de su culo, vamos. ¿Y él tenía que limitarse a respirar? La tarea se estaba volviendo más ardua de lo que parecía.

—En cuanto lleguemos a la residencia, buscamos al imbécil de Monoma y le das de hostias hasta que no sepa ni cómo se llama. Y luego, me lo dejas a mí. Que le quiero decir una cosa al oído.

Tampoco eso apartó a Uraraka de su estado. Mas, ¿qué otra cosa puede sentar mejor que aporrear al culpable de tus problemas? A Bakugou le había funcionado toda la vida. De verdad, no podía imaginarse otra solución ahora mismo.

Uno, dos, tres. Inhalamos. Cuatro, cinco, seis. Exhalamos.

La frustración comenzaba a asfixiar a Bakugou con mayor intensidad. Estos problemas no los tenía antes. No era suficiente con cuidar su salud emocional; tenía que ir y pillarse por una idiota, de modo que tenía dos estabilidades emocionales de las que preocuparse.

Ahora mismo, matar a Monoma no parecía suficiente. Y estaba seguro de que lo haría, aun sin saber qué le había dicho. Solo sabía que tenía más ganas de descuartizarlo que antes. ¿Quién dijo que la violencia no es la solución? Fuera quien fuese, no había tenido un problema en su puta vida. Porque Bakugou estaba bastante seguro de que nadie ha ganado nada pidiendo las cosas por favor. «Monoma, por favor, deja de molestar a Uraraka» sonaba a algo que diría Midoriya Izuku, no Bakugou Katsuki. Y la castaña estaba con él. Sólo con él. Y si su chica —vale, había dicho su chica, pero sin compromisos, eh— no le daba una paliza, se la daría él mismo. A ella no la rayaba nadie. Y menos el desgraciado de Monoma. Oh, cuando acabara con él, ni siquiera tendría huevos a respirar muy fuerte cerca de Uraraka.

La violencia de las imágenes que cruzaron la mente del rubio casi despertó una explosión en sus palmas. Volvió a concentrarse en el aquí y en el ahora.

Uno, dos, tres. Inhalamos. Cuatro, cinco, seis. Exhala-…

El Volvo acababa de hacerlo de nuevo. Bakugou tuvo que frenar de golpe por su culpa, lo cual provocó que la tarrina de chocolate que sujetaba Uraraka se cayera sobre la guantera. Ella pestañeó un par de veces, sorprendida. Inmediatamente después, empezó a llorar desconsoladamente.

No me lo puedo creer.

Bakugou no estaba pensando coherentemente cuando se bajó del coche, avanzó hasta el Volvo, abrió la puerta del conductor y sacó a ese hombre del vehículo agarrándolo de la camiseta. El desconocido, quien rondaría la edad de su padre, fue sacudido y abofeteado al son de «¡Voy a matarte, hijo de puta!».

Al principio, creyó que se trataba de una agenda. No porque en sí lo fuera: el calendario y los días ocupando las páginas estaban dibujados a mano. Sin embargo, más o menos a partir de la mitad del cuaderno, era eso: una agenda. Si bien contaba con detalles personales —por ejemplo, en los días en los que estaba escrito «ENTRENAMIENTO CON K», siempre había un corazón—, la mayoría de las páginas estaban llenas de fechas de exámenes, horarios, deberes, trabajos, recordatorios de cumpleaños, etc.

No obstante, lo precedente a todo eso era otra historia.

En efecto, Monoma había descubierto el diario de Uraraka Ochako de forma tan casual como ridícula. A la chica se le había caído de la mochila cuando salía de la copistería. Y, para él, tener que devolvérselo era una oportunidad como cualquier otra: podría verla después del trabajo e insistir en que fuera con él a la fiesta. No prestó verdadera atención al contenido de la agenda, pues poco interés podría despertar en él las responsabilidades de la muchacha. Pero el destino quiso que se le cayera el objeto mientras regresaba de las pistas —y de hablar con Midoriya y Todoroki—. Así fue como, puesto bocarriba y abierto por las primeras páginas, lo descubrió.

La chica que escribió aquello no se parecía en lo más mínimo a la sarcástica y confiada castaña. Lloraba mucho recordando a sus padres y su pueblo, apenas se relacionaba con el resto de su clase y solo sabía parlotear sobre Midoriya Izuku —más conocido como «Deku»—. Por alguna razón, pasadas las treinta páginas, Uraraka convertía su diario en una agenda.

Monoma ignoraba, evidentemente, que ese cuaderno había servido de «confesionario» para una muchacha la cual aún no había entablado aún amistad con nadie. Estaba sola en una ciudad que no conocía, enfrentándose a nuevos estudios, enormes expectativas y a ocasionales villanos de corte muy real. Debido a ello, ciertos pensamientos intrusivos le impedían concentrarse. No tenía a quién contárselos. Por lo tanto, decidió escribirlos. Ello le sirvió deterapia hasta que sus relaciones sociales y su madurez florecieron lo suficiente como para abandonar esa costumbre.

En otro orden de cosas, no se había desecho del diario porque aún quedaban páginas en blanco y, siendo tan ahorradora como era, no pensaba tirarlo. Además, le traía una dulce sonrisa pensar en su «yo» del pasado y en lo mucho que había cambiado desde entonces. De modo que decidió usar el resto del cuaderno como agenda.

Si alguien le hubiera explicado esto a Monoma, quizá se hubiera mostrado más benevolente. O quizá no. Porque cuando todo el mundo espera de ti lo peor, a veces —y de forma prácticamente inconsciente—, acabas cumpliendo las expectativas. Así, el joven no dudó en poner al día a Uraraka Ochako de lo que sabía sobre ella y de lo que pretendía hacer con esa información si no se ajustaba a ciertas… peticiones.

En esos momentos, esperaba pacientemente a que la susodicha regresara a la residencia, se pusiera el disfraz de ángel más sexy que había visto y lo acompañara a la fiesta de Halloween. Había guardado el diario en su cuarto, entre el cabezal de su cama y la pared. No pensaba devolvérselo hasta haber conseguido de ella todo lo que tenía en mente.

Una retorcida sonrisa se dibujó en su rostro. Nada podía salir mal.

Oh, podían salir mal tantas cosas.

El pensamiento tenía agobiada a Yaoyorozu. Y eso que lo había revisado todo. Ocho veces, por lo menos. Vestida de Cruella de Vil, iba de un lado a otro del salón. Tenía que reconocer que Kirishima y los voluntarios habían hecho un gran trabajo. Una vez descartado el gimnasio como espacio para la fiesta, el salón de su residencia quedó como única alternativa. Y, a pesar de las dudas por parte de los profesores y en relación con la proporción del lugar, todo había quedado genial. Había un lugar con los sofás y sillones para sentarse y para los juegos de mesa; se colocó un billar cerca de una esquina; otra mesa —mucho más extensa— había sido preparada con el aperitivo y las bebidas; otro espacio dedicado a quien quisiera bailar, usar el karaoke o simplemente sentarse a escuchar la música de Jiro, responsable de toda esa zona…

Aun así, había demasiada gente. ¿Y si alguien se hacía daño? ¿Y si alguien se quedaba solo en una esquina? ¿Y si alguien manchaba los sillones? ¿Y si faltaban bebidas? ¿Y si no había comida suficiente?

Bueno, respecto a eso último, tenía que agradecer a los chicos del Bakusquad su colaboración. Casi le dio un desmayo de alegría al ver que Ashido traía, disfrazada de Catwoman, una enorme llanda con brownies. ¡Para todos! ¡Y ni siquiera entraban en el presupuesto de la fiesta! Oh, infravaloraba demasiado lo amables y generosos que eran sus compañeros.

Había que sumar que Iida no tardó nada en organizar un juego de mesa para ir quitando tensión. Vestido de soldado romano, tenía por lo menos a diez personas jugando al Uno con una pasión digna de una tragedia de Sófocles.

Por otro lado, a Jiro debía reconocerle que estaba poniendo el salón en ambiente, aunque aún no aparecían los invitados más impuntuales —no era de extrañar que ni Aoyama ni Uraraka estuvieran por allí—. Reconoció algunas caras de otros cursos, pero, a decir verdad, la mayoría ni le sonaban. Quizá debería socializar un poco más.

—¡Ey! ¿Dónde está mi subdelegada favorita?

Kirishima la asustó cuando le dio una palmada amistosa en la espalda. Su disfraz de payaso le produjo un escalofrío, y el pelirrojo no pudo sostener la risa.

—Creo que eres el único que da miedo de verdad—le comentó Yaoyorozu, con una mano en el pecho.

—¿Tú crees? No sabría qué decirte. El disfraz de Hagakure me tiene acojonado, la verdad.

Yaoyorozu sonrió, dándole la razón. Hagakure se había pintado la cara de blanco y, puesto que nadie le había visto dicha cara antes, provocaba cierta inquietud incluso entre sus mismos compañeros.

La naturaleza social de Kirishima, entre otras virtudes, lo convertía en un buen delegado. De ahí que la gente no tuviera reparo en confesarle sus problemas. Y él, que tenía oídos para todos, también solía acudir a quienes veía preocupados.

—¿Por qué no te relajas un poco? Los chicos y yo nos hemos hecho con el billar. Apúntate, anda. Te lo has ganado—concluyó, guiñándole un ojo. Luego, añadió: —Bakugou nos está dando la paliza de nuestra vida, pero te aseguro que los brownies consuelan.

La morena oteó la zona del billar. Hanta, disfrazado de pirata, estaba discutiendo con Ashido sobre alguna norma del juego. Kaminari, que iba de Pikachu, portaba una fuente con algunos de esos brownies, de la que no dejaban de meter mano los de su alrededor. El único que se resistía al postre era Bakugou. El mismo, disfrazado con un uniforme naranja y negro de preso, parecía muy concentrado en la partida.

Yaoyorozu se mordió el labio inferior. Quería continuar vigilando que todo iba bien. No podría relajarse sin saber que todo estaba perfecto: era como si se dejara el trabajo sin hacer. Iba a darle una respuesta a Kirishima cuando una exclamación llegó a sus oídos desde el pasillo.

—¡Hostia puta! ¿Habéis visto con quién ha venido Monoma?

Siguiendo el grito de Tetsutetsu, ambos dirigieron la vista a la entrada. Yaoyorozu sintió que se le abría la boca de par en par, mientras que al pelirrojo las cejas casi se le subieron al techo por la sorpresa. De inmediato, miró a su (temperamental) sensible mejor amigo.

—Tengo que irme—dijo apresuradamente.

Uraraka se lo había dejado bien claro antes de entrar.

—No vas a publicar fotos de esto. No vas a bailar conmigo. No vas a tocarme. No vas a presentarme a nadie como tu pareja, tu lío o cualquier mierda que implique que entre tú y yo hay algo. Y si no me hablas en toda la noche, mejor.

A pesar de que su mirada estaba llena de ira, ese traje de ángel le apretaba las curvas deliciosamente. Así que, podía esgrimir ese dedo índice de forma amenazante todo lo que quisiera, porque Monoma sólo podía pensar en una cosa.

—¿Y dónde está la gracia de eso, princesa?

—Es que esta situación no tiene ni pizca de gracia—espetó.

Como le había sido prometido, Monoma iba disfrazado de demonio. Y ahora mismo, Uraraka pensaba que le venía al pelo.

—Estás siendo tan negativa.

—Bueno, teniendo en cuenta que me están chantajeando y que tengo que ser tu cita durante una fiesta que me he pasado semanas preparando para disfrutar con mis compañeros… Creo que estoy siendo bastante condescendiente.

Monoma ignoró el comentario con una amplia sonrisa y abrió la puerta del salón para ella. Sin dubitación, colocó una mano en su cintura.

—Lo que tú digas, princesa. Ahora, sonríe. Si te portas bien, mañana por la mañana te devolveré tu diario.

Kirishima lo había intentado. De verdad que sí. Pero el cuerpo le palpitaba de un modo extraño. Y, aunque era plenamente consciente de sus miembros, ver a Ashido besar así a Yaoyorozu —como si quisiera aspirarle el alma— lo había sumido en una especie de limbo. De manera que Bakugou había escapado de su supervisión y, en esos momentos, no sabía dónde cojones se había metido. Cuando lo preguntó, Shinsho —¿en qué momento había empezado a comer brownies con ellos?— señaló la pista improvisada de baile.

—¡Eh! Menudo perreo le está haciendo Uraraka—narró Hanta, subido a la mesa de billar y haciendo como que sus manos eran prismáticos. Hablaba más lento que de costumbre. Silbó con admiración. —Hay gente que nace con suerte, macho.

—¿Vosotros creéis que han follado ya?—preguntó Ashido, moviendo las caderas vagamente, al compás del lejano ritmo.

—¡Mina!—Yaoyorozu simuló escándalo. —Eso no es asunto nuestro. Hay que respetar la intimidad de nuestros compañeros.

—Sí, sí que lo han hecho—intervino, pasando de la subdelegada, Shoji. Era conocido que su dormitorio quedaba, desgraciadamente, al lado del de Bakugou. —Los fines de semana, me vuelvo a mi casa. Me es imposible dormir aquí…

—¡Joder!—exclamó Kirishima. —Amigo, ¿cuánto tiempo llevas ahí? Te juro que no te he visto.

—Llevamos diez minutos hablando de tipos de llaves—contestó el susodicho, confundido.

Kirishima se planteó que a lo mejor no estaba tan lúcido como presuponía mientras masticaba otro trozo de brownie.

El estrés volvía a hacerse presente en el cuerpo de Uraraka, como una insistente marea. No sabía cuánto tiempo más podría soportarlo. Los ojos lascivos de un asqueroso Monoma no se despegaban de ella ni para comer almendras. En consecuencia, tenía el cuerpo tan tenso como un alambre. Además, solamente pensando en el plantón que le había dado a Bakugou, se le humedecían las pupilas. No era justo. Él no se merecía eso.

Casi con desesperación, se lanzó a los brownies; hambrienta por sentir el chocolate apoderarse de su malestar. Aunque fuera momentáneamente. Mientras pensaba cómo salir de este jaleo. Siempre podía escabullirse, entrar por la ventana del cuarto de Monoma y recuperar el cuaderno. No obstante, suponiendo que podría escapar de su vigilancia, tendría que averiguar cuál era su habitación en la residencia del B.

—Yo de ti, no me comería eso, ángel.

Sintió la cercanía de Bakugou como un amanecer idílico, cálido y eterno, ahí, acariciándole la espalda. Expulsó el suspiro que estaba conteniendo, como el peso de todos sus males.

No estaba enfadado. Al menos, no con ella.

—¿Por qué?

—Huélelos.

Uraraka obedeció. Arrugó la nariz.

—¿Qué han usado para hacer esto?

—María. Y no de la buena—. Los brazos de Bakugou, dos fortalezas tras las cuales dormiría siglos, la rodearon. Y su boca descendió hasta su oído para susurrar, ronco y neutral: —Si quieres comerte esa mierda, adelante. A lo mejor así soportas mejor a tu cita.

—Puestos a elegir drogas, prefiero el vino.

—En ese caso, siempre podemos escaparnos con la botella de vino.

Uraraka no dijo nada. Tampoco hacía falta. Él continuó:

—No soy idiota, Mofletes. Sé que ese payaso te está chantajeando con algo. No sé qué es, pero creo que podrías romperle los huevos con esas bonitas manos en lugar de entrar en su juego.

En efecto, era una imagen que la satisfaría mucho. Apoyó la cabeza en el hombro de él, disfrutando del tacto de sus labios en su cuello. Le gustaría quedarse así toda la noche.

—Si no te apetece, puedo darle la paliza yo—. Plasmó un beso en su mejilla, infinitamente dulce. —Mi chica lleva toda la noche pasando de mi culo; así que, estoy libre, sabes.

Uraraka sonrió.

—¿Tienes una chica? No me has hablado de ella.

—Eso no puede ser—repuso Bakugou. Utilizaba un volumen muy bajo, íntimo como una caricia en su oído. —No hablo de otra cosa.

—Qué extraño. No me parece que me la hayas mencionado—respondió ella con fingido desdén, sintiendo mariposas por todo el abdomen. Le gustaba eso de ser su chica.

—¿No?

—No.

La mano de la castaña había abandonado el postre para trasladarse por los brazos de Bakugou, sintiéndolos, hasta llegar a entrelazar los dedos.

—Pues si no te hace caso esa chica tuya, podrías darle celos para llamar su atención.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Bakugou posó su palma sobre el entrepecho de ella, al aire gracias a ese glorioso disfraz. Dejó que, lentas, sus yemas ascendieran hasta su cuello.

—¿Y a quién propones?

—No sé. ¿Alguien más te gusta además de ella?

Uraraka contuvo la respiración cuando su tacto cruzó su cuello, amagando rodearlo unos instantes. Después, sujetó su mentón, para obligarla a mirarlo a los ojos. Sus respiraciones casi se derretían la una sobre la otra.

—No hay nadie más.

Monoma estaba muy cabreado. No ayudaba la cantidad de denkibran que había consumido. Y, mucho menos, ver cómo su cita se escabullía por tercera vez para bailar con cierto capullo. Encima, ella lo estaba dando todo. Movía sin vergüenza esas pecaminosas caderas, ignorando cómo las manos de Bakugou perseguían, famélicas, cada curva. Había un brillo lujurioso y cómplice en los ojos de ambos, mientras erraban de una esquina del salón a otra. Como si así pudieran esconderse entre la gente.

De acuerdo. Monoma era una persona paciente, incluso cuando estaba enfadado. Por ello, esperó a que acabara esa canción junto a la mesa de las bebidas. Como era de esperar, acudió allí Uraraka, cuyos mechones se le pegaban a la nuca por su intenso baile.

—¿Lo estás pasando bien restregándote como una perra en celo?

A lo mejor había sido un poco brusco. No obstante, la ráfaga de pánico que cruzó el rostro de ella mereció la pena. Duró poco, sin embargo. Uraraka depositó su vaso en la mesa tras respirar profundamente. Luego, se plantó frente a él con una determinación que a Monoma, siendo franco, lo puso cachondo.

—Mira, me da igual lo que digas o lo que hagas con ese diario. He venido a pasarlo bien con quien me dé la gana, ¿me oyes? Tú, precisamente, no eres nadie para juzgarme. —Enseguida, añadió: —Y que sepas que a mí me daría auténtica vergüenza creerme un héroe y hacer ese tipo de cosas. Capullo.

Fue el alcohol quien lo hizo, en realidad. Pero el rubio actuó por él. Y Uraraka lo vio a cámara lenta: cómo el vaso de Monoma era abocado sobre ella. Inmediatamente después de sentir cómo el licor acababa con su traje blanco y azul, pegándose a su cuerpo de un modo desagradable, su palma voló a abofetear al culpable. Quiso darle de nuevo, con más fuerza, pero otro cuerpo la estaba sujetando y salvando de una pequeña explosión.

La música seguía sonando con fuerza cuando Bakugou placó a Monoma y comenzó a darle de hostias como si no hubiera un mañana. Algunos testigos de lo sucedido, los cuales podrían considerarse los menos embriagados del lugar, vieron a Midoriya intentar avanzar hacia el par, pero no conseguía caminar recto. De hecho, al llegar junto a ellos, se cayó y trató de caminar de lado, de forma horizontal al piso. Estaba muy agitado y no dejaba de repetir que había un villano en la sala.

Con tanto alboroto, Aizawa apareció en el salón. Dicen que tenía la cara manchada de chocolate, pero nadie estaba totalmente seguro. Fue gracias a él que Monoma sólo quedara con la mandíbula recalcada. De modo que Bakugou estuvo expulsado un mes.

Ni falta hace decir que Uraraka fue a visitarlo todos los días a llevarle los deberes. Para que estuviera al día y eso.


¡Hola, amigas y amigos! Gracias por llegar a este capítulo. Ha sido un placer poder escribir para vosotros.

No seáis tímidos y decidme si os ha gustado. ¿Queréis más? ¿Os habéis reído? ¿Habéis echado de menos esos celos? (pista: yo no) ¿Qué os parecen más escenas en el coche y un poco más del Bakusquad liándola parda? Adoro vuestros comentarios y siempre me animan a seguir.

Un beso enorme de parte de Kolapso 3

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